Notas del autor: La respuesta es 42. La pregunta es: ¿cuánto es seis multiplicado por J.K. Rowling?
Notas de la traductora: Disfruten!
Capítulo 7
La ecuación en la pizarra leía x + a/b - (b-c)/b.
–Ahora, considerando la regla de operaciones, ¿cuál es la manera más simple de expresar el valor de x? –Preguntó la profesora Vector–. ¿Sr. Montague?
El joven Slytherin lo pensó por un momento. Era muy inteligente, pero como la mayoría de la clase, se había sorprendido cuando los números desaparecieron completamente de las ecuaciones–. ¿A menos c dividida por b? –dijo sin confianza.
–No, Sr. Montague. ¿Sr. Diggory?
Tampoco parecía irle bien a Cedric. Escribió unos cuantos símbolos en su pergaminos y dijo–: A menos b menos c dividido por b.
–No, tampoco es correcto… ¡Señorita Granger!
–¿Diga? Ah… A menos b más c sobre b –dijo rápidamente saliendo de su aturdimiento.
–Correcto –dijo Vector–. Señorita Granger, sé que tuvo astronomía anoche, pero espero que permanezca despierta en mi clase.
–Sí, profesora –dijo avergonzada. Unas cuantas personas se burlaron detrás de ella e incluso los miembros de su grupo de estudio lucían indecisos entre burlarse o sorprenderse de que pudo responder correctamente y sin dudar una pregunta que apenas y podían entender aun cuando estaba medio dormida.
Hermione rápidamente había dejado de levantar la mano en clase de aritmancia, por lo menos en lo que se refería a las lecciones de matemáticas. Algunas veces la profesora Vector le hacía preguntas después de que unos cuantos de sus compañeros habían respondido incorrectamente, y otras lo escribía en la pizarra. El problema es que así no era como Hermione estaba acostumbrada a hacer las cosas, y los jueves le era más difícil permanecer despierta si no estaba lo suficiente ocupada. Lo peor es que ya no sólo era los jueves. Aunque la clase semanal de astronomía en medio de la noche la afectaba más, estaba teniendo problemas para dormir en general, permaneciendo despierta leyendo más tarde de lo que debiera durante varias noches. Todo había comenzado por la intención de aprender lo más posible sobre el mundo mágico para que lo pudiera comprender mejor, pero se estaba convirtiendo rápidamente en un mal hábito.
Mientras se encontraba perdida en sus pensamientos, la profesora Vector explicó los pasos para simplificar la ecuación en la pizarra y demostrar la respuesta y después se dirigió a Alicia
–Señorita Spinnet, ¿pudiera resolver esta ecuación en base a b?
–Um… –Alicia, rápida pero cuidadosamente describió los pasos en su pergamino murmurando para sí misma–. Um… ¿a más c dividida por x más uno?
–Correcto. –Alicia mostró una expresión de orgullo, al igual que Hermione al saber que había logrado que por lo menos una persona en su grupo comprendiera el punto. Tuvo que reprimir su risa cuando alguien preguntó si era magia lo que hacía que los números aparecieran y desaparecieran de las ecuaciones de esa manera. Era extraña la manera en la que personas que habían crecido con magia pensaban sobre esta.
Era un día frío y nublado en otoño. El tipo de día en el que los estudiantes agradecían las túnicas pesadas de lana de Hogwarts. Todo estaba tranquilo en el patio del viaducto. Incluso las aves estaban inusualmente calladas en la niebla. Los sonidos más notorios eran los susurros de las hojas otoñales y el ruido de su portaminas. Hermione levantó la mirada al exterior del castillo y con detalle dibujó lo que observó. Ese sería el primer dibujo del exterior del castillo que mandaría a sus padres, y podía observar bastante desde su ubicación: el vestíbulo a la entrada, la torre mayor, el ala oeste, y varias de las torres del ala este. Pero prestó más atención a la torre mayor, la columna enorme que contenía la gran escalera.
Comió su desayuno rápidamente esa mañana para comenzar temprano su exploración del espacio alrededor de la más grande y complicada de las ciento cuarenta y dos escaleras que había en Hogwarts. Había comenzado con la parte más baja, en el nivel de las mazmorras, e hizo su camino hacia arriba. Había una puerta doble al final del nivel de las mazmorras lo cual indicaba que la escalera continuaba más abajo, pero estaba cerrada con llave. Titubeó en ese momento, a punto de dirigirse hacia arriba, pero algo la detuvo. No era como si alguien siguiera las reglas. Se acercó a la puerta, se aseguró de que no hubiera nadie a su alrededor, y sacó su varita discretamente para susurrar "Alohomora". La puerta no cedió, pero valió la pena el intento: aunque sí le hizo preguntarse por qué el pasillo del tercer piso no estaba mejor protegido. ¿Quizás alguien tenía que alimentar al perro? El pensamiento la hizo estremecerse.
Con tres bases cuadradas, grandes y conectadas, había diferentes maneras en las que las escaleras pudieran ir, y una parte de la gran escalera siempre estaba en constante movimiento. Tuvo que detenerse un momento cuando la escalera en la que se encontraba cambió de dirección para conectarla con el corredor prohibido en el tercer piso y esperó hasta que cambió de vuelta. Ese no era un error que iba a cometer nuevamente.
Contó los escalones mientras subía, anotando todos los cuartos alrededor de la escalera, pero en cuanto llegó al octavo piso, arriba de la entrada a la oficina de Dumbledore, las cosas comenzaron a sentirse diferente. Primero, las escaleras complejas e interconectadas se redujeron a un sólo rellano. Aún era de veinte pasos en un lado, pero los rellanos se fueron reduciendo a tener quince, y después diez pies de largo conforme continuaba ascendiendo. Los cuartos alrededor de la escalera también eran más pequeños, y la mayoría parecía no estar en uso, mientras que los pocos que sí parecían ser utilizados eran almacenes para artículos especializados, o contenían experimentos inusuales, probablemente de Dumbledore, a menos que algún otro profesor experimentara con rarezas como relojes revertidos o fuentes inversas.
En el piso diecisiete los retratos se veían diferente. Parecían borrosos y distorsionados, como si fueran copias de copias. Las figuras ya no le hablaban y se movían de manera extraña. Al mismo tiempo, las piedras finamente talladas de las paredes comenzaron a ser más irregulares hasta que parecían más una pila de rocas sostenida por alguna mezcla. Unos pisos más arriba la escalera cuadrada se transformó en una escalera en espiral más angosta, pero los escalones estaban torcidos, y al contar los pasos, estaba segura que debía de estar unos cincuenta pies sobre la cima de la torre. No podía ver por cuánto más continuaba la escalera por como la torre se tornaba aún más angosta sobre ella, pero podía ver uno o dos pisos más, por lo que siguió su camino.
Aún había cuartos ahí, si es que se les podía llamar eso. Eran de ocho pies de ancho por ocho o dieciséis de largo. Se aseguró de anotar cada uno en su cuaderno, pero apenas y los podía describir. Parecían fragmentos al azar de otros cuartos del castillo: un salón de clases con sólo tres escritorios, una habitación con sólo espacio para una cama individual. Algunos cuartos tenían copias de los experimentos extraños que había visto más abajo, pero eran copias descompuestas. Tenían engranes que se atascaban o tuberías que no estaban conectadas a nada.
También había ventanas pequeñas, que parecían estar a la altura correcta, más allá del techo del castillo. Pero después, al observar desde el patio, notó algo que no había notado antes: hileras tras hileras de pequeñas ventanas que se hacían más pequeñas y estaban más cercanas hasta que no las podía ver desde donde se encontraba. Parecía como, sin importar que tan extraño el castillo fuera, la estructura permanecía la misma: una ventana afuera coordinaba con una ventana adentro. Había algo reconfortante en ese pensamiento. Por lo menos el castillo tenía algunas reglas.
Pero era extraño. Mientras Hermione escalaba cada vez más las cosas eran aún más torcidas. Los retratos parecían arte moderno en movimiento, y muchos no eran rectángulos y no tenían marcos completos. Las cosas no parecían estar hechas de los materiales correctos: un escalón pudiera ser de madera y otro de metal, y a veces estaban tan torcidos que no podía pisarlos. Algunos ni siquiera estaban ahí. Las antorchas que nunca se apagaban podían estar hechas de cobre o de barro en lugar de madera, pero aún se encontraban prendidas, o por lo menos las que no estaban metidas en la pared. Incluso pasó por una armadura con cuatro brazos hecha de barro. Y había puertas de cristal, inclinadas, y de formas tan extrañas que sería imposible entrar a través de ellas. Comenzó a evitar esquinas oscuras ya que más de una vez se encontró con arañas e insectos más grandes de lo normal, e incluso encontró un murciélago enorme que por suerte voló hacia abajo y lejos de ella.
La torre continuó haciéndose más angosta hasta que los cuartos eran de sólo cuatro pies de largo y estaban llenos de cosas que no tenían sentido. Había la mitad de un escritorio, imposiblemente de pie con sólo dos patas; una silla con las patas arriba en la que nadie se podría sentar; una cama hecha completamente de piel y con su base sobre la pared porque era la única manera en la que podía caber. Todo eso pudiera estar en el mismo cuarto si fuera lo suficientemente grande, y estaba segura de que algunos cuartos habían cambiado cuando se había dado la vuelta.
Eventualmente todo parecía mezclarse. Podía sentir la magia retorciendo todo a su alrededor. Las escaleras aún se podían utilizar, pero todo lo demás (paredes, puertas, cuartos, ventanas y muebles) parecía como si alguien hubiera tomado partes del castillo y las hubiera tirado en una licuadora. Ya no parecían cuartos sino armarios.
Intentó una puerta que parecía una puerta de una alacena en una cocina y adentro encontró una pequeña ventana y lo que parecía ser una cama. El colchón era del grosor normal, pero era del tamaño de una otomana y tenía sábanas hechas de piedra muy delgada. En lugar de cabecera había parte de una silla, de madera, pero con las patas amarradas en un nudo. Una de las patas tenía al final una llave de agua caliente de la cual el agua salía hacia arriba y la otra tenía unos engranes que parecían hechos de un retrato ya que tenía manchas de colores que se movían.
La vista desde la ventana la mostraba a cuatrocientos pies en el aire, dos veces más que la altura del castillo. No había antorchas a esa altura, afortunadamente. No estaba segura de que ocurriría si eran lanzadas en la licuadora mágica. La única luz provenía de las ventanas que salía de las habitaciones directamente a la escalera.
Después de observar la extraña cama escuchó un ruido sobre ella, un sonido agudo como el del canto de un ave. Se acercó al ruido, pero cuando lo hizo, un ratón del tamaño de un terrier salió de uno de los cuartos, la observó por un momento, dio un chillido como el de un cerdo, y subió las escaleras a toda velocidad.
Hermione gritó todo el camino abajo. Fue un milagro que no se tropezó con algún escalón torcido o ausente. Se dio por vencida. La torre no tenía fin, estaba segura. Sólo continuaba elevándose más y más, cada vez más angosta, hasta que se disolvía en átomos y magia pura, y estaba segura de que sería comida de una cucaracha gigante mucho antes de llegar a ese punto. No se detuvo hasta que hubo corrido los trescientos pies de escalones de vuelta al séptimo piso, donde casi se estrelló con Albus Dumbledore mientras salía de su oficina.
No había tenido aún la oportunidad de conocer en persona al director, y esa no era la manera en la que hubiera querido hacerlo. Era el Jefe Supremo, el Jefe de Magos, quien había derrotado al mago tenebroso Grindelwald por todos los cielos, y ahí estaba ella, sudando, desarreglada, espantada, y sin poder respirar al punto de que tuvo que sostenerse contra la pared para permanecer en pie.
Pero Albus Dumbledore sólo observó con preocupación a su joven estudiante.
–¿Señorita Granger? –Le preguntó–. ¿Cuál es el problema?
–Yo… yo estaba… arriba… y había... –Hermione trató de articular entre respiros apuntando hacia arriba.
El rostro del director sólo se tornó más preocupado.
–¿Arriba en la torre? ¿Qué tan arriba llegaste?
–Más… más arriba de la cima, señor –tartamudeó–. Había un… ratón enorme… ¡un ratón enorme! –Dijo indicando el tamaño con sus manos.
–Oh, vaya, ¿tan arriba? Señorita Granger, creo que lo mejor sería que fueras a ver a Madame Pomfrey por una poción calmante. Y en el futuro, no debes de explorar más arriba de lo que la torre debiera de ser sin la ayuda de un profesor.
Ella asintió con fervor.
–Sí, señor.
–Sin embargo –dijo Dumbledore con una sonrisa–, no es normal el ver tal curiosidad sobre el castillo por parte de los estudiantes. –Sus ojos brillaron un poco mientras continuaba–. Cinco puntos para Gryffindor por la iniciativa.
La boca de Hermione se abrió completamente hasta que recuperó la cordura y pudo responder.
–Gracias, profesor – dijo antes de salir corriendo rumbo a la enfermería.
No había sido la mejor manera de empezar el día.
Después de que Madame Pomfrey le diera la poción calmante y después del almuerzo, considerando la hora, se dirigió al exterior del castillo donde estaría relativamente a salvo para disfrutar de una tarde tranquila y normal sola mientras dibujaba lo que pudiera ver. Esa parecía ser la manera en la que terminaban sus fines de semana. Hermione no estaba avergonzada por preferir un poco de paz y tranquilidad, aunque sí se sentía un poco aislada a veces. No era probable que alguien estuviera afuera un sábado. En el resto de los terrenos quizás, pero no tan cerca del lago.
–¿Hermione?
Volteó drásticamente en dirección a la voz.
–¿Dean? ¿Qué haces aquí?
Dean Thomas estaba caminando hacia ella desde la entrada del castillo.
–Iba a hacer unos dibujos del castillo para mis padres –dijo.
–¿En verdad? Es lo que yo estoy haciendo.
–¿Sí? No sabía que también eras una artista.
–No lo soy –dijo ella rápidamente–. Sólo se la suficiente geometría para hacer los edificios.
Se sentó en el banco al lado de ella.
–Entiendo, bien, enséñame lo que tienes.
Ella lentamente le entregó su cuaderno para mostrárselo, nerviosa al tener su trabajo analizando por un artista de verdad.
–Mm… no está mal –dijo Dean–. Las sombras ocupan un poco de trabajo, y no parece que estés interesada en los detalles más finos, como la hiedra y eso. –También comenzó a ver otros dibujos–. ¿Qué es esto?
Hermione tomó su cuaderno de vuelta defensivamente.
–Estaba tratando de dibujar la gran escalera –dijo–. No… no me fue bien.
–Oh, lo siento.
Ambos se sentaron en silencio mientras dibujaban, ninguno queriendo decir más después de eso, aunque Dean le dio unos cuantos consejos. Se sintió incómoda después de haberle respondido de tal manera, pero no estaba lista para hablar con nadie de su pequeña aventura todavía. Cuando pensó que ya había terminado le dijo adiós con un poco de incomodidad y se dirigió de vuelta al castillo.
–Hoy comenzaremos la primera unidad en destransformaciones –comenzó la profesora McGonagall–. Porque transformaciones puede conllevar varios errores es importante saber cómo revertirlas. Este es un arte complejo por sí mismo, lo cual requiere una maestría de diferentes hechizos dependiendo de si la transformación es permanente o no, de si se conoce la forma original, y de si algún otro hechizo fue utilizado, especialmente hechizos para asegurar la forma.
–Ahora, para muchas transformaciones temporales, como lo han estado haciendo, un simple Finite Incantatem debiera de ser suficiente; pero esto no funcionará con transformaciones más complejas o permanentes, y al mismo tiempo, cancelará muchos otros hechizos que no quisieran. Así que comenzaremos con el hechizo más general para destransformar cuando se conoce la forma original del objeto, Reparifarge, para que puedan revertirlo en su propio trabajo si cometen un error.
La profesora McGonagall dirigió su mirada a Hermione durante la siguiente parte, como siempre lo hacía cuando explicaba puntos más esotéricos en su materia.
–Reparifarge es aproximadamente la inversa aritmántica del hechizo general de transformación, el cual lo hace eficaz para revertir una variedad de transformaciones, pero no tan poderoso. Y al igual que las transformaciones libres requieren mantener el objeto final en mente, el hechizo reverso, Reparifarge, requiere que mantengan la imagen original en su mente.
Hermione se sorprendió al notar que eso no lo sabía. Numerología y Gramática hablaba más de encantamientos y maldiciones que de transformaciones, algo que ella consideraba un descuido. Sabía el principio, por supuesto, aún si no sabía la composición de ese hechizo en particular: tomar la recíproca de los elementos aritmánticos y construir el hechizo a partir de los primeros términos algebraicos… probablemente sólo los primeros dos términos. Sospechaba que un hechizo de nivel tan bajo sólo sería una aproximación de primer orden.
Anotó con entusiasmo la explicación de la profesora McGonagall y unas cuantas de sus especulaciones y preguntas basadas en eso. Como era normal, fue la primera en lograr el hechizo: el destransformar exitosamente su hoja de roble en una pluma. Intentó ayudar a Harry Potter con su hechizo ya que había terminado sentada junto a él, pero no creyó que él estuviera muy interesado en su ayuda.
–Señorita Granger –le llamó la profesora McGonagall una vez terminada la clase.
– ¿Sí, profesora?
–El director me informó de tu pequeña excursión a los niveles más altos.
–Oh… –dijo ella nerviosamente.
–Aunque admiro tu perseverancia en explorar el castillo, estoy de acuerdo con él que debes ser más cuidadosa. La magia puede ser impredecible. Si las cosas comienzan a parecer extrañas… bueno, aún más extrañas de lo normal, lo mejor es darse la vuelta antes que después.
–Sí, profesora –dijo ella un poco decaída y dejó el salón de clases.
Hermione deambuló por los terrenos por un tiempo mientras buscaba un buen punto desde donde pudiera dibujar la mayor parte del ala oeste. Caminando desde la torre del reloj, pasando por el círculo de piedra que los estudiantes más avanzados a veces utilizaban para practicar, se dirigió por el camino que llevaba a la cabaña del guardabosques. Estaba en un nivel más bajo de lo que le hubiera gustado, pero tendría que aguantarse.
Ya casi llegaba cuando el guardabosques salió de detrás de una montaña de calabazas que de alguna manera eran tan grande como él.
–Hola, ¿qué tal? –Le llamó él con entusiasmo–. No esperaba compañía hoy.
–Hola, Sr. Hagrid –respondió Hermione tímidamente.
–Ah, me puedes llamar Hagrid… Y me temo que yo no recuerdo tu nombre –le dijo.
–Es Hermione, señor. Hermione Granger.
–Pues, encantado de conocerte, Hermione –dijo Hagrid–. ¿Y qué estás haciendo hoy por aquí?
–Estoy… dibujando el castillo para mis padres. Este parece un buen lugar para hacerlo, si no hay problema.
–Por supuesto que no. Es una buena vista, ¿no? Anda, siéntete como en casa.
–Gracias… Hagrid. –Hermione se sentó en la entrada de la cabaña y sacó su cuaderno.
–Me gusta tener compañía –dijo Hagrid–. No veo a muchos estudiantes jóvenes. Por supuesto, Harry Potter y su amigo, Ron, vienen a visitar a veces. ¿Los conoces?
Hermione resistió la tentación hacer algún comentario de más.
–Sí... los conozco –dijo. No se podía escapar el conocer a Harry Potter, a pesar de lo mucho que el niño lo intentara. Le hacía sentirse mal por él, cuando no estaba ocupada estando molesta con él y Ron.
Pero a Hagrid parecía que le agradaban, como a muchos.
–Buenos muchachos, esos dos –continuó–. Por supuesto, tuve que recoger a Harry de sus parientes este verano. De los peores muggle que he visto.
–¿En serio? –Exclamó ella. Era algo nuevo.
–Oh, sí. Deberías haber escuchado lo que dijeron de sus padres y de Dumbledore. Ni siquiera le habían dicho lo que le pasó a sus padres.
Hermione dejó de dibujar. Eso no sonaba como al Harry Potter que conocía… usualmente feliz, buen estudiante, amable la mayoría del tiempo, pero desesperantemente sin miedo a meterse en problemas (especialmente alrededor de Malfoy), aunque eso explicaba el por qué no hablaba de su familia cuando Ron y todos los demás lo hacían, incluso ella.
Como si le hubieran dado señal, Hagrid continuó.
–Por supuesto la mayoría de los muggle son bastante decentes. Tus padres son muggle, ¿no?
–Sí, son dentistas –dijo mientras continuaba dibujando.
–¿Dentistas? ¿Qué es eso?
¿Es que acaso nadie sabía lo que era un dentista?
–Son sanadores, pero sólo de los dientes.
–Ah, qué curioso funcionan las cosas ahí.
Hermione encontró extrañamente satisfactorio el hablar con alguien que no tenía idea de quien era acerca de nada en particular. En cualquier escuela a la que había atendido su reputación como un genio para las matemáticas siempre había sido conocida por todos en cuestión de días, pero Hagrid no parecía estar informado, o quizás no lo recordaba. Eso no le sorprendería.
–¿Haz estado pasando tus sábados explorando el castillo sola? –Dijo Hagrid después de que le explicó lo que estaba haciendo.
–Algo así. Es difícil cuando hay partes del castillo que no tienen sentido, o por lo menos no para los muggles. Pero he explorado la mayoría de las secciones a la que los estudiantes tienen acceso.
–Mm… –dijo impresionado–. Aunque debe de ser algo solitario, ¿no lo crees?
Hermione se paralizó. La verdad es que sus excursiones eran algo solitarias. Casi nunca veía a nadie, excepto por Dean en ocasiones, pero nunca tenían mucho que decirse, lo cual era extraño ya que él había sido criado por muggles. Y la mayoría del tiempo estaba tan ocupada con su tarea que no tenía mucho tiempo para hablar con nadie. Estaba comenzando a notar un patrón, pero era otra cosa de la que no sabía cómo explicarle a alguien, incluyendo sus padres.
–A veces… –admitió–. Veo a Dean Thomas dibujando algunas veces, pero no hay muchas personas interesadas en este tipo de cosas. Aunque creo que he terminado la mayoría de los dibujos que quería.
–Bueno, no te preocupes. Estoy seguro de que harás buenos amigos. Los estudiantes siempre son buenas personas, la mayoría.
–Sí… claro… –continuó dibujando sin dejar que Hagrid viera su rostro.
Mientras estaba colocando los detalles finales en su dibujo algo le llamó la atención, algo que no podía creer no había notado antes.
–¿Hagrid? –Le llamó.
–¿Sí?
–¿Qué hay arriba del gran comedor?
–¿Arriba de dónde?
–Mira. –Señaló al castillo–. Arriba del gran comedor hay tres hileras de ventanas y tres torres pequeñas. Estoy segura de que no se pueden ver desde adentro. Deben de estar por encima del techo encantado. ¿Sabes qué hay ahí?
Hagrid se acarició su barba pensativamente.
–Mm… no estoy seguro. Nunca había prestado atención. No creo que nadie vaya nunca ahí.
¿Acaso era sólo ella, o había muchas cosas en Hogwarts a las que nunca nadie prestaba atención? Claro, el castillo tenía más de mil años de antigüedad, y Hagrid era sólo el guardabosques. Quizás alguno de los profesores sabría.
No. Nadie en verdad prestaba atención al castillo. La profesora Vector le dijo que nunca había pensado acerca de que pudiera estar encima del gran comedor y nunca había escuchado que alguien utilizara ese espacio. El profesor Binns era desafortunadamente inútil, como siempre, al igual que Historia de Hogwarts, y no se sentía cómoda preguntándole a la profesora McGonagall después del fiasco de la gran escalera, lo cual era algo ridículo, incluso para ella. Era una pregunta perfectamente razonable. Pero el hecho de que todos los demás parecían ignorarlo la hacía sentir que era tabú o algo similar. Y la profesora McGonagall no parecía el tipo de persona a la cual se pudiera acercar para algo así.
En una escuela normal no hubiera sido una pregunta difícil. Pero nuevamente, en una escuela normal, varias de las cosas que le habían pasado ese año no le hubieran ocurrido. Y los estudiantes tampoco eran de ayuda. De su grupo de estudio Cedric era el único que siquiera había notado las ventanas. Había también intentado preguntar a los prefectos de séptimo año, y ninguno sabía qué había ahí, ni mucho menos como subir.
Hermione soltó un suspiró. Quizás era hora de tomar acciones más drásticas. No quería hacerlo, pero admitió que probablemente funcionaría…
–Hermione –le llamó alguien interrumpiéndola de sus pensamientos.
–¿Sí? Ah, Parvati, hola –dijo notando a su compañera de cuarto sentada a su lado en la sala común.
–No te he visto mucho últimamente. ¿A dónde vas todo el tiempo?
–A la biblioteca, normalmente… Me gusta hacer mi tarea pronto… y leer un poco.
–Bien, eso es bueno si puedes. Aunque, ¿por qué no convives con Lavender y conmigo a veces?
–Oh, ¿qué suelen hacer?
–Tú sabes, hablar. O podemos arreglar tu cabello –le ofreció Parvati.
Hermione se reclinó en el sillón y resopló. Nunca había tenido una amiga que no le hubiera ofrecido eso por lo menos una vez. No es que le gustara su cabello revoltoso, pero no tenía tiempo de mantenerlo bajo control todas las mañanas. O, si era brutalmente honesta, no quería tomarse el tiempo como otras niñas.
–Lo siento. ¿Pero quizás sólo hablar? –dijo Parvati notando su molestia.
–No lo sé. Nunca he sido buena en eso tampoco… ¿de qué hablan las niñas normalmente?
–Mm… chicos, estrellas de quidditch, familia, otras niñas, lo que sea que hayan publicado en Corazón de Bruja, cuanto nos desagradan nuestros profesores…
–Me agradan la mayoría de los profesores –se quejó Hermione–. Además, tenemos casi los mismos.
–También hay otras cosas. Mira, ¿qué tal si te presto mi copia de Corazón de Bruja? Así por lo menos sabrás que está ocurriendo.
–Erm, sí, gracias –dijo Hermione sin entusiasmo.
–Bien…
Intentó leer la copia de Parvati de Corazón de Bruja esa noche. En verdad lo intentó. Pero se rindió a la mitad. No soportó leer todos esos artículos de chisme. No le ayudó que no sabía quién era Gwenog Jones, o porque debiera importarle su correspondencia con Kirley Duke de las Brujas de Macbeth. Nada de eso le importaba en el mundo muggle, y ahí no iba a ser diferente.
¿De qué hablaba con sus amigos en casa, además de la escuela? ¿Libros? ¿Películas? Sí, había algo de eso, pero la mayoría de las personas en el mundo mágico ni siquiera sabían quién era Tolkien, ni mucho menos Arthur Clarke, y ciertamente no habían visto películas, igual que ella no había visto obras de teatro mágicas. ¿Romance? Sí, comenzaron a hablar de eso en su secundaria, pero también había estado fuera de su elemento ahí.
Honestamente, a Hermione le gustaban las matemáticas, la ciencia, la ciencia ficción, la fantasía, la música clásica, la historia… y podía encontrar a otras niñas a las que les gustara eso en el mundo muggle. Pero en Hogwarts, por lo menos se encontraba en la casa equivocada para eso. Al final, no tenía nada en común con Lavender o Parvati. Y con Lily y Sally-Anne no era mucho mejor. Normalmente se la pasaban juntas, y casi no las veía fuera de clases ya que ellas se levantaban aún más temprano. Se estaba preguntando si el sombrero seleccionador no debió de ponerla en Ravenclaw.
Mientras tanto, su curiosidad sobre que se encontraba sobre el gran comedor sequía creciendo, y estaba llegando a la conclusión de que sólo le quedaba un recurso.
Era el momento. Era su última esperanza para resolver el misterio. Era un riesgo, pero si era parte de Gryffindor, lo mejor era poner eso a uso.
–Hola, Fred y George –dijo un poco nerviosa cuando los encontró en la sala común.
–Señorita Granger, un placer. ¿Qué podemos hacer por usted? –Dijo uno de los pelirrojos, probablemente Fred. Estaba comenzando a notar que Fred era el más extrovertido de los dos y tendía a hablar primero.
–Erm, ¿ustedes saben bastante del castillo, no?
–¿Que si sabemos bastante del castillo, Fred? –Dijo el segundo gemelo riéndose.
–Diría que sabemos bastante, George. ¿Estás buscando una manera de escabullirte?
–¡No! Sólo me preguntaba si podrían decirme que hay sobre el gran comedor.
Ambos la miraron con confusión.
–¿Disculpa? –dijo George.
–Hay tres hileras de ventanas sobre el gran comedor. Me preguntaba que hay ahí. Ni siquiera la profesora Vector lo sabe.
Los gemelos se miraron el uno al otro.
–Nunca lo había notado –dijo George.
–Yo tampoco –respondió Fred–. Tampoco las he visto mencionadas en… ningún lugar.
–¿Crees que deberíamos de revisar si…? –George bajó el volumen de su voz.
–Sí, creo que sí. Señorita Granger, ¿podría darnos unos minutos para consultar nuestras… fuentes de referencia?
–Erm, claro.
–Ven, George, vamos. –Ambos subieron a su dormitorio.
Hermione se preguntó de qué se trataba todo eso. Si descubría que esos dos habían tenido un mapa todo ese tiempo ella… bueno, no estaba segura de lo que haría aún, pero por lo menos reconsideraría el no antagonizarlos.
En su cuarto, Fred y George rápidamente se aseguraron de que no hubiera nadie adentro, cerraron la puerta, y sacaron su posesión más preciada: El mapa del merodeador.
El mapa del merodeador era uno de los objetos mágicos con los encantamientos más impresionantes que hubieran visto. Se lo habían robado a Filch en su primer año, de un cajón que decía "Confiscado y altamente peligroso". Al principio pensaron que era sólo un pedazo de pergamino encantado para insultar a las personas, pero aparentemente, sintiendo la presencia de bromistas, les había ayudado a descubrir la contraseña:
–Juro solemnemente que mis intenciones no son buenas.
Al decir la contraseña el pergamino cobró vida, dibujando los nombres de Lunático, Colagusano, Canuto y Cornamenta, los mentores desconocidos de los bromistas mágicos.
Era un artefacto complejo. Al desdoblarlo era de tres pies de largo, y aun así, los puntos que representaban a las personas en el castillo eran apenas más grandes que un punto final. Durante las comidas, el gran comedor era un desastre de nombres entre hileras de puntos.
Pero era sorprendentemente fácil de utilizar. El mapa era como un libro, con el ala oeste en el lado izquierdo y el ala este en el derecho. La portada mostraba el título y una representación de los terrenos. La primera página contenía las mazmorras, con una sección entrecortada para los almacenes debajo de las mazmorras. Después estaba la planta baja, el primer piso, y así consecutivamente, hasta el séptimo piso. Finalmente, en la novena página y en la parte de atrás, se encontraban docenas de pequeños círculos: secciones de todas las torres hasta llegar a la cima de la torre de astronomía.
Encontrar a una persona en esas páginas era difícil, pero encontrar un lugar debiera de ser fácil. Y aun así, después de revisar todos los niveles para estar seguros, encontraron que sus recuerdos eran correctos: el edificio que mostraba el gran comedor sólo se encontraba en la planta baja.
–Eso sí es extraño –dijo Fred–. Sé que he visto esas ventanas, pero no están en el mapa.
–Lo sé… –dijo George–. Quizás los merodeadores nunca fueron ahí.
–¡Blasfemia! –Exclamó su gemelo–. ¡Quemen al blasfemo!
–Tiene sentido –se rio George–. No hay razón de ir si nadie lo utiliza. Y si ni siquiera lo saben los profesores…
–... ellos probablemente no lo consideraron. Increíble…
–Esa pequeña tiene futuro.
–Oh sí, hermano. Que Merlín nos ayude si algún día decide causar problemas. ¿Alguna idea de cómo subir?
–Debe de haber alguna puerta en el gran comedor o en el vestíbulo, pero no estoy seguro de donde buscar. ¿Tú?
–No tengo idea… pero creo saber de alguien que sí.
Ambos gemelos sonrieron pícaramente.
–Travesura realizada.
Hermione los estaba esperando en la silla donde la habían dejado cuando los gemelos bajaron las escaleras.
–Nos ha derrotado, señorita Granger –dijo uno.
–Incluso nosotros no sabemos lo que hay sobre el gran comedor…
–...algo que creímos imposible.
–Oh, está bien –dijo Hermione decepcionada.
–Parece tener la habilidad de encontrar cosas –dijo el segundo gemelo, a lo cual ella asintió. Ella pensó que tenía más que ver con la falta de curiosidad de los demás.
–Si llegara a descubrir lo que hay ahí arriba…
–...espero que nos lo haga saber.
–Es un placer el conocer a alguien que pueda competir con nosotros en este tipo de cosas.
–Gracias –les dijo–. Lo tomaré en cuenta.
Estaba agradecida de que la dejaron sola después de eso. Apreció el cumplido, pero no quería ser afectada por su reputación.
En cuanto a buscar un camino al lugar desconocido, intentaría revisar las puertas en esa parte del castillo, aunque no sería fácil. Ya había dibujado el resto del castillo y había ido a todas las torres que no estaban fuera de límite, pero eso fue gracias a que pidió direcciones a estudiantes mayores. Había tantas puertas ocultas y puertas que sólo "pretendían" ser puertas en Hogwarts que sería difícil encontrar un lugar del que nadie sabía nada. Y mientras tanto, por sus esfuerzos en crear un mapa, no estaba tan al corriente en sus estudios de cálculo como tenía planeado, sin mencionar sus relaciones con sus compañeros. Quizás era hora de tomar un descanso de sus exploraciones.
