4
Sin atajos
Luego de que Moonghost les contara todo lo que era capaz de recordar y que Eve se recuperara, Dyfir decidió acompañarlos en su búsqueda con mucho entusiasmo. Moonghost estaba encantado, tanto que pegó brincos de alegría por una hora al menos; por el contrario, Eve no estaba tan de acuerdo con la idea, incluso le sugirió a la entrenadora hacerse un favor y lanzarse al canal para ahogarse.
Aún cuando Eve se esmeraba para que Dyfir se sintiese incómoda, esperando a que se arrepintiera, no hubo nada que le quitara la ilusión a Moonghost de tener una nueva amiga, así que el júbilo del fantasma pudo más que la ponzoña de su hermana.
Antes de partir, Moonghost dejó el cuidado de la esfera a Bianca, contándole que era muy importante que la resguardara como si de su vida se tratase, ya que si caía en manos enemigas volvería a ser recluído en ella. También agregó cosas como que le saldrían llagas en todo el cuerpo o que le caería una maldición que la condenaría a caminar hacia atrás por el resto de su vida; pero Dyfir creía que eran exageraciones para asustar a Bianca.
En esos instantes, los tres esperaban una lancha que los llevaría al puerto, donde tomarían un barco que los llevaría a Ciudad Olivine, en Johto. Unas cuantas personas más también esperaban por la lancha y todas, sin excepción, observaban a Eve y Moonghost con curiosidad, sin siquiera molestarse en disimular sus indiscretas miradas.
Dyfir los miraba fijamente, tratando de que cayeran en cuenta de lo que hacían y la vergüenza lo hiciera mirar a otro lado, pero no funcionaba y comenzaba a ponerse nerviosa. Se sentía incómoda con tantos ojos puestos sobre ellos, a sus oídos llegaban los imprudentes comentarios que hacían algunos, haciéndole temer que entre ellos hubiese algún cazador o un loco que intentara llevárse a sus dos nuevos compañeros.
Mientras Dyfir estaba hecha una mata de nervios, Eve estaba más ocupada en discutir en voz baja con su hermano que de fijarse en los humanos que los rodeaban.
— No entiendo qué le encuentras de divertido a lo que le dijiste a esa humana -murmuraba con efusividad, mirándolo con hastío—. Contigo fuera, esa esfera ya no posee valor alguno; ¡ni siquiera para volverte a encerrar en ella! Que por cierto, eso es algo muy difícil de hacer y nadie va a desperdiciar ni su tiempo, ni su energía, en sellarte. Es más fácil que te maten... otra vez.
— ¡Lo sé, lo sé! —musitó Moonghost sin poder contener la risa—. Es que me cayó mal, sólo quería fastidiarla. En verdad, espero que se haya tragado el cuento completo y se preocupe por eso hasta que llegue a vieja.
— No es que le tenga mucha estima a los humanos y ella no es la excepción, pero tampoco es tan tonta para creerse tal cosa. Y dudo mucho que lo haga, más cuando no parabas de reírte en su cara —puntualizó Eve levantando una ceja.
— Entonces, si realmente nunca se da cuenta de que es una mentira… ¡será el doble de divertido!
— ¡Eres un inmaduro! —resopló ella torciendo los ojos, harta del tema y las absurdas formas de entretenimiento de su hermano.
— Ay, ya relájate, ni que sea la gran cosa —le pidió Moonghost riendo por lo bajo, pues él creía que su hermana disfrutaba del sufrimiento de Bianca tanto como él… muy en lo profundo de su ser, pero lo hacía.
— Estaría dispuesta a tomar ese consejo si tan sólo te hubieses conformado con esa triquiñuela barata —espetó Eve frunciendo el ceño, dándole toquecitos en el pecho con su dedo para que entendiera que era un regaño— ¡Pero no! Tenías que pedirle a ésta otra que nos acompañara a sabiendas de que va a ser un estorbo. En serio, ¿cómo te atreves a pedirme que me relaje? Te recuerdo que esto no es un viaje de placer.
— ¡Pero míralo por el lado positivo! Somos más viejos de lo que parecemos, estamos muy chapados a la antigua y no podremos desenvolvernos bien en esta nueva era sin algo de ayuda —puntualizó el fantasma, sin mostrar ni una pizca de reproche hacia la actitud de su hermana -. Además, nos sirve como escudo. Muchos humanos llegarán a la conclusión que somos de su propiedad, así que no intentaran capturarnos ni nada por el estilo.
— ¡Oh, claro, por supuesto! Se me olvidaba que somos criaturas indefensas en este mundo cruel, que necesitamos ayuda para poder cumplir nuestra misión. Y es que nosotros, como aquellos que se enfrentaran contra la encarnación del mal, somos incapaces de arreglárnoslas contra unas cosas que apenas son capaces de correr… ¡oh, pobres almas en desgracia las nuestras! —ironizó Eve con un falso tono melodramático.
— Eres una exagerada —resopló Moonghost, cruzándose de brazos y dándole la espalda; eso no le parecía divertido.
— Si crees que decir la verdad es una exageración, pues lamento decirte que exageraré más que nunca por todo el camino —espetó Eve en respuesta.
— ¡¿Por qué no te relajas?! En verdad, te acomplejas demasiado la vida por nimiedades -dijo Moonghost haciendo pucheros—. Deberías ser más como yo, que mantengo la calma y vivo en la paz y el amor...
— Actúas así porque no tienes una responsabilidad tan grande como la mía —señaló Eve cruelmente, logrando intimidar a su hermano. Repentinamente, el esbozo de una sonrisa burlona se asomó en su rostro y agregó: — Además, no me gustaría parecerme a ti ni un poquito, especialmente por esa particularidad de contar pésimos chistes.
— ¡¿Q-qué insinúas?! —preguntó Moonghost profundamente ofendido.
— ¿Yo? ¡Oh, nada! ¿O crees que estoy lanzándote indirectas? —contestó ella, haciéndose la desentendida pero con clara ironía en su voz.
— Recuerda que soy muy susceptible, no seas mala y no hieras mis sentimientos —lloriqueó Moonghost en son de broma, haciendo pucheros más exagerados que los anteriores y dejando que en sus ojos se asomaran algunas lágrimas, todo en busca de apostar por la compasión de su hermana.
Cosa que nunca pasó.
— Ya llegó la lancha —avisó Dyfir, ignorando que los interrumpía.
Ambos hermanos pegaron un respingo y detuvieron su discusión, justo a tiempo para observar cómo la lancha arribaba al muelle y se detenía lentamente. A los pocos minutos estaban acomodados en sus asientos, inmovilizados con enormes chalecos salvavidas y satisfechos por partir. Sólo tuvieron que esperar un poco más para estar en mar abierto, ansiosos por el viaje y por llegar a su destino.
Mientras se alejaban surcando las olas y con el viento azotándolos en el rostro, Dyfir volteó para ver la ciudad por última vez, sintiendo un poco de tristeza por irse tan pronto de Altomare pero a la vez emocionada.
Ahora su viaje la llevaba por otro camino, uno en el que su aventura nada tenía que ver con entrenar pokémon y ganar medallas para entrar en un torneo; no señor, en éste nuevo trecho sus habilidades y esfuerzo, junto a sus queridos pokémon, serían puestos a prueba.
Sonrió al pensarlo, era con lo que muy a menudo le gustaba fantasear, algo que siempre había deseado desde que era una niña. Suspiró. Era increíble, pero realmente estaba pasando y no perdería la oportunidad, no cuando tan pocos tenían aquella suerte.
Pasaron dos semanas desde su partida de Altomare y el grupo de viajeros se desplazaba por un camino rural, el cual nacía en Ciudad Pewter y llevaba directamente a Ciudad Viridian.
Ese día la mañana llegó fresca y esplendorosa, como venía haciéndolo desde hace días, acompañada por el suave cantar de los Pidgey y el susurrar de la brisa al acariciar los extensos mares de hierba que se extendían hasta la lejanía, perdiéndose entre los frondosos bosques que resguardaban las grandes montañas como si de muros se tratasen.
A pesar del hermoso día que les fue obsequiado, Dyfir no se sentía con ánimos para disfrutarlo como era debido. Mientras pedaleaba a ritmo constante sobre su bicicleta, sólo pensaba en llegar pronto a Viridian; dejaba que su rostro mostrara lo exhausta que estaba a propósito, apostando por la misericordia de Eve para que anunciara una parada para descansar.
No es que Dyfir llevara mucho tiempo manejando, incluso regresaron al camino más tarde de lo previsto por no poder despegarse de las sábanas y estaban atrasados. Pero no podía, o más bien no quería, dar señales de que estaba harta de las decisiones que se tomaban, pues sabía que Eve la vigilaba muy de cerca.
La susodicha le llevaba el paso al vuelo, muy cerca, monitoreándola cuidadosamente, probablemente en espera de que renunciara a la idea de viajar con ellos. Moonghost, por su parte, iba bastante cómodo en la rejilla que Dyfir había pedido colocar en la parte de trasera de la bicicleta; afortunadamente, el pokémon era tan liviano como una pluma y casi no se sentía su presencia.
— ¿Por qué teníamos que ir tan lejos? —preguntó Dyfir de sopetón, rompiendo el silencio que se había prolongado por largo rato y desahogando sus pesares. Sabía que se estaba ganando una mirada asesina de Eve pero poco le importó, necesitaba desahogarse y no estaba precisamente sola como para tragarse sus problemas.
Su nueva aventura comenzó sin muchos contratiempos. La lancha que tomaron en Altomare los dejó en el puerto de una isla llamada Vetrasta, de ahí tomaron un barco que se dirigía a Ciudad Olivine. Dyfir aprovechó de hacerse con la bicicleta apenas desembarcaron y partieron casi de inmediato hacia Ciudad Goldenrod, donde intentaron abordar el flamante Tren Magnético para dirigirse a Kanto y ahorrarse un buen trecho del camino.
Sin embargo, cuando ya estaban subiéndose al tren, éste comenzó a presentar fallas y no pudieron partir. Dyfir estaba decidida a usar el transporte, no sólo por lo práctico sino por la emoción de viajar en tan moderno transporte, así que pasaron una noche en el Centro Pokémon de la ciudad. A pesar de eso, cuando abordaron al día siguiente se repitió la situación y tuvo que tirar la toalla. Nadie fue capaz de darle una explicación, ni siquiera determinaron el motivo de la falla. Tan decepcionada estaba que sintió una cruel satisfacción por el caos que invadió la estación cuando se retiraron.
Cuando Dyfir logró consolarse, regresaron a Ciudad Olivine para tomar un barco que los llevaría al puerto de Ciudad Vermilion en Kanto, desde donde ella había pedaleado casi sin descanso. Se levantaban antes de que el sol siquiera se asomara detrás de las montañas y paraban sólo cuando la luna estaba en lo más alto del cielo.
El sólo recordar por todo lo que habían tenido que pasar la molestaba, y que ignoraran la pregunta que formuló empeoraba su humor, aunque ya esperaba que eso pasara; Eve apenas decía lo necesario y si Moonghost hablaba, ella se aseguraba de cerrarle la boca casi de inmediato.
Pero eso no la desanimó, exigía respuestas y las quería lo más pronto posible, al menos para tener algo con qué consolarse, por lo que añadió lacónicamente:
— Eve, tú eres un pokémon psíquico, ¿cierto?
— Ajá —respondió ella con poco interés. Era notorio que le fastidiaba que la entrenadora le hablara.
— ¿Y sabes usar Teletransportación? ¿Así como los Abra?
— Ajá.
— Entonces… —susurró Dyfir furiosa, activando los frenos y deteniéndose con brusquedad, sólo para exclamar con energías: — ¡¿Por qué no nos teletransportaste directamente a Ciudad Viridian?! ¡Pudimos haber ahorrado muchísimo tiempo! ¡Y yo no estaría tan cansada!
Eve también se detuvo, la ira de la entrenadora no la conmovía ni intimidada, así que sólo la miro con el mismo interés que mostraría por una roca.
— Porque nuestro verdadero destino no es ese, sino el Bosque de Viridian. Lo he dicho varias veces —respondió Eve con cierto atisbo de sarcasmo en su voz que sólo hizo enojar más todavía a Dyfir.
— ¡Pudiste habernos teletransportado igual! —replicó echa una furia.
Eve no le respondió y eso exasperó más a Dyfir, quien gruñó llena de frustración y decidió seguir pedaleando para buscar calmarse, no sin antes añadir:
— A veces pienso que lo haces a propósito, como si no quisieses que yo los acompañara.
Eve no dijo nada de nuevo, pero el atisbo de una sonrisa fue más que suficiente para despejar sus dudas, escandalizándola hasta el punto en que su mente se puso a volar. ¿Y si Eve fue la causante de la falla en el Tren Magnético? No, imposible. ¿Cómo podría hacerlo?
Dyfir estaba consternada por confirmar que la pokémon la detestaba, así que optó por mantener la boca cerrada y seguir pedaleando. Si se permitía seguir con la discusión, seguramente acabaría con ella obligando a Eve a tragar tierra.
A la media hora de aquel pequeño, pero airoso intercambio de palabras entre Dyfir y Eve, ésta última sugirió que tomasen un descanso. La chica aceptó muy contenta y se detuvieron a la sombra de un árbol, donde la entrenadora se recostó a sus anchas. Moonghost también recibió el anuncio con bastante alegría y se apresuró para acomodarse al lado de Dyfir. Eve en cambió prefirió dar una vuelta por ahí, dejándolos a solas.
Aparte del hecho de por fin tener un respiro, Dyfir recuperó algo de su usual buen humor porque Viridian ya podía vislumbrarse a los lejos. Dicha ciudad siempre fue pequeña, comparada con otras urbes como Vermilion o Cerulean, y hasta hace unos años apenas es que comenzó a crecer; todo gracias a la reapertura del Gimnasio Pokémon, luego de que permaneciera cerrado por más de dos décadas… o eso es lo que ella había escuchado. Al ser de Johto, no estaba muy al tanto de todos los detalles.
Tampoco es que le importara mucho si Viridian era una ciudad grande o pequeña, lo único importante para ella era volver a estar en contacto con la civilización, aunque fuese por unas horas.
— ¿Dyfir? —llamó Moonghost somnolientamente, tomándola por sorpresa.
— ¿Sí, Moonghost? ¿Sucede algo? —preguntó Dyfir con el mismo tono que el fantasma, aunque curiosa por averiguar qué quería decirle.
— ¿Te puedo pedir que no vuelvas a presionar a Eve? —respondió él, en su voz no había ni pizca de reproche, pero Dyfir no estaba muy contenta con lo que le solicitaban—. Al menos no en lo que respecta a usar Teletransportación, porque lo demás me resulta bastante divertido.
— ¡Pero Moonghost…! —replicó ella muy indignada y sentándose al tiro—. Si ella usara Teletransportación, llegaríamos más rápido a nuestro destino, eso le ahorraría tiempo a ella y yo no tendría que destrozarme las piernas pedaleando todo el día —hizo una pausa para intentar tranquilizarse, pero Moonghost había puesto el dedo en la llaga y era difícil detenerse ahora—. Además, ¿por qué teníamos que ir tan lejos? Pudimos haber ido a buscar al hermano que estuviese más cerca de Altomare—agregó con cierto resentimiento.
— Eso es lo más ideal pero, lamentablemente, las cosas no funcionan así, Dyfir —contestó Moonghost con cierto pesar, mostrándose más comprensivo que la entrenadora, cosa que la hizo sentir culpable por su arrebato—. Nuestros hermanos despiertan uno a uno, cada quien por separado y sin ningún orden. Así que, si tenemos suerte, unos estarán cerca y otros estarán lejos, incluso podría tocarnos regresar sobre nuestros pasos alguna vez y ni Eve, ni nadie, puede hacer algo para evitarlo. Lo único que nos queda es continuar y dejar que el viento nos lleve a donde así lo desee.
— De acuerdo, tienes un punto, pero eso no explica el por qué Eve no usa Teletransportación. ¡Todo sería más sencillo! —insistió Dyfir.
La joven entrenadora creyó que con eso se ganaría al menos un insulto, estaba actuando muy neciamente y sacaría de quicio a cualquiera con facilidad, pero quedó boquiabierta cuando Moonghost se echó a reír.
Luego de carcajearse por al menos un minuto, el fantasma se enjugó las lágrimas y miró en todas direcciones, probablemente le diría algo importante y se estaba asegurando de que Eve no estuviera cerca. Cuando confirmó que su hermana no podía escucharlos, posó sus pálidos ojos sobre Dyfir y se acercó al oído de la chica.
— Lo que sucede es… —susurró nerviosamente—. Es que… Lo que pasa es que a Eve le da pavor teletransportarse.
— ¿Disculpa? —soltó Dyfir anonadada, le costaba creer que alguien como Eve fuese capaz de sentir miedo… o cualquier otro tipo de emoción.
— ¡Baja la voz, por favor! —suplicó Moonghost con un tono de voz más agudo de lo normal y mirando a su alrededor, temeroso de que su hermana se diera cuenta de que estaban cuchicheando—. Y no volveré a repetir lo que dije. Si averigua que te lo conté, me mata... de nuevo. Y mira que tengo muy mala suerte, siempre he recibido los peores castigos y no entiendo por qué. Recuerdo cuando se me ocurrió la graciosísima idea de teñir de verde a mi hermano mayor. ¡Los azotes que me dio…! ¡Uy, nunca los olvidaré! Me azotó justo en…
— ¿Y por qué le da miedo usar Teletransportación? —preguntó Dyfir interrumpiéndolo en seco; aunque ya lo sospechaba, no quería saber en dónde había sido azotado Moonghost—. Es una habilidad demasiado útil para ser desperdiciada.
— La verdad es que no lo recuerdo, eso sucedió hace mucho más tiempo del que podrías atreverte a imaginar. Lo único que sé es que, luego de la primera vez que la utilizó, más nunca quiso volver a teletransportarse —contestó Moonghost con total sinceridad.
— Eso quiere decir que tengo que olvidarme de las facilidades de la teletransportación —señaló Dyfir, posando sus ojos en la silueta difusa de los más altos edificios de Viridian, poco contenta con la idea.
— Me temo que sí —suspiró Moonghost con una media sonrisa.
— ¡Demonios! —lloriqueó Dyfir con pesar, acostándose de nuevo y esperando que, al menos, la suave hierba la consolara.
— Así es, mi querida Dyfir, lo mejor es olvidarnos de usar atajos —añadió el fantasma gentilmente, ensanchando su sonrisa a tal punto que consiguió robarle una a la chica—. Ya saben lo que dicen: no siempre son buena opción.
Apenas terminó de decir aquello cuando vieron que Eve se les acercaba. Moonghost pegó un respingo, tratando de actuar con naturalidad, pero mientras más se acercaba su hermana, más nervioso se ponía; pero Dyfir le dirigió una mirada tranquilizadora que surtió efecto casi al instante, logrando que disimulara un poco más su nerviosismo.
Eve se detuvo frente a ellos y los miró por unos segundos con el ceño ligeramente fruncido, paseando los ojos de lado a lado, parecía como si intentara averiguar qué habían estado haciendo.
— Ya descansaron suficiente —les dijo de mala gana—. Hora de partir.
Dyfir y Moonghost se levantaron refunfuñando por lo bajo, pues querían quedarse un rato más ahí, bajo la sombra de aquél cómodo árbol. Pero a pesar de estar renuentes, estaban más agradecidos por no ser descubiertos, así que se levantaron y retomaron su travesía hacia Ciudad Viridian.
Moonghost decidió imitar a su hermana e ir parte del trayecto a vuelo, para facilitarle las cosas a Dyfir aunque, en realidad, no hacía mucha diferencia. Aún así, la joven entrenadora le agradeció el gesto y se adelantó un poco, pedaleando con más entusiasmo que hace un rato.
Cuando el fantasma se preparaba para seguirla, Eve lo detuvo agarrándolo por el hombro; no desaprovecharía aquella oportunidad para abordarlo e interrogarlo.
— ¿Hablaban de mí? —le preguntó repentinamente.
— ¿Quién? ¿Yo? ¡No! ¡Para nada! ¿Por qué lo preguntas? —respondió Moonghost al instante, soltando las palabras con prisa por los nervios.
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— Por nada —espetó Eve, mirando a su hermano con recelo.
Moonghost sintió que si se quedaba ahí se delataría, así que corrió a alcanzar a Dyfir y ocupó su puesto en la rejilla, ganándose los reproches de la entrenadora por su cambio de opinión.
Eve no le quitó la mirada de encima mientras los alcanzaba también, pero a mitad de camino, muy inesperadamente, le dio un ataque de estornudos que la dejaron anclada en el lugar por un rato considerable.
— Mi hermano cree que yo nací ayer —musitó para sí, mirando a su hermano con cara de pocos amigos y considerando seriamente el dejarlo atado a un árbol cuando se descuidara.
