5
El temido Equipo Rocket
Era cerca del mediodía y en la bulliciosa Ciudad Viridian, el calor comenzaba a elevarse del asfalto que cubría las calles cuando una gran cantidad de humanos salía un momento de sus trabajos para almorzar, corriendo para ser de los primeros en las largas filas que se formaban en los locales de comida rápida o para reservar una mesa, todo con tal de regresar rápidamente a sus puestos y no ser amonestados por sus respectivos jefes.
Ocupados en el tiempo y en criticar lo mucho que los explotaban en sus trabajos, ignoraban que una criatura los observaba atentamente desde la azotea del edificio más alto que podía encontrarse en la urbe. Poseía una estatura intimidante para cualquiera, de dos metros aproximadamente; su cuerpo era blanco a excepción de su larga cola, que era de un intenso color púrpura; y sus ojos, con una mirada severa y aguda, poseían un tono violeta fuerte y brillante. Desde su elevado escondite, podía estudiar el "ir y venir" que era la vida cotidiana de la mayoría de los residentes del lugar sin que nadie le molestara.
Entrecerró los ojos con recelo, meditando acerca del pensamiento que acababa de cruzar por su mente y molestándose por ello. Y es que desde su llegada a la ciudad, había caído en una rutina aburrida sin darse cuenta. Aquello no le gustaba, por supuesto, el sólo hecho de compararse con el hombre ojeroso y crispado por los nervios que cruzaba la calle en ese instante le provocaba un molesto escalofrío que recorría toda su espalda una y otra vez.
Suspiró con frustración y pesar entremezclados. Era momento de ocupar su tiempo en algo mejor, no sólo dedicarse a recorrer la ciudad día y noche —en especial en las que había Luna Llena— o de brindar ayuda a algún que otro humano en apuros —y sólo si se lo merecía, lo cual no era siempre el caso—; aunque eso lo había hecho tan pocas veces que podía contarlos con sus dedos... ¡y sólo tenía seis!
Justo cuando se preguntaba qué cosa podría renovale el ánimo, inyectarle algo de emoción a su vida, sus ojos fueron atraídos al mismo lugar al que muchos otros allá abajo estaban mirando. Se trataba de una humana joven, por su vestimenta y la bicicleta que arrastraba dedujo que se trataba de una entrenadora que iba de paso, como muchos otros antes que ella, pero lo que realmente curioso eran sus acompañantes: dos extraños pokémon, uno blanco y otro negro, que jamás había visto en su vida.
La altura le proporcionaba el beneficio de observarlos fijamente sin incomodarlos, pero no pasaba lo mismo con los citadinos, quienes no eran nada discretos señalando y cuchicheando cuando pasaban, logrando que la chica se sintiera incómoda. El pokémon blanco, por su parte, no tenía muy buen aspecto, como si estuviese enfermo; y el negro ignoraba por completo las miradas, caminando muy contento y despreocupado, era difícil decir si era por desconocer que era el centro de atención o porque, sencillamente, era tonto.
Lo cierto es que verlos había encendido su curiosidad, se sentía como si ellos lo invitasen a seguirlos, tentándolo. Sí, eso haría, los seguiría; pero no sólo por haber encontrado tan oportunamente algo que rompiera con la monotonía que se apoderó de su vida. No... Había algo muy peculiar en aquellos pokémon, lo que realmente le sorprendía de ellos y que a la vez lo perturbaba.
— "Tienen cierto parecido a… ¿Será que…? No, es imposible"—pensó ansiosamente, sacudiendo la cabeza para alejar las ridículas ideas que comenzaron a revolotear en su cabeza. Era demasiado imprudente de su parte sacar conclusiones tan pronto—. "Aún así…"
Pudo permanecer ahí y terminar de entregarse a una vida tranquila —y probablemente aburrida—, encontrando la "paz perpetua" en la falta de emociones, pero sintió que algo en su interior... una voz lo llamara, susurrándole al oído una canción que le advertía del error que cometería si decidía quedarse ahí. Suspiró; tenía que despejar al menos sus dudas con respecto a aquellos pokémon. Necesitaba saber de dónde venían, qué hacían ahí y si tenían relación con él de algún modo.
Con ese nuevo pensamiento rondando en su mente, tomó la decisión de seguir a los peculiares forasteros prudentemente desde las alturas, dispuesto a averiguar todo lo que pudiese de ellos.
Dyfir arrastraba su bicicleta por las concurridas calles de Viridian como si llevase una gigantesca cruz a cuestas. A pesar del cansancio que venía acumulando desde días atrás, la joven tenía mucha mejor pinta que Eve, quien lucía claramente enferma y permanecía en absoluto silencio; ni buscaba la manera de sacarla de quicio como era costumbre.
La joven entrenadora notó que el semblante de Eve comenzó a cambiar mientras más se acercaban a la ciudad, empeorando con cada paso que daban hacia su destino, aunque no le prestaba demasiada importancia en esos momentos. Dyfir estaba más preocupada por encontrar el Centro Pokémon antes de que algún loco les saltara encima por Eve y Moonghost.
— ¿Dónde estaremos? —preguntó Dyfir levemente preocupada, lanzando una mirada desesperada a su alrededor en busca de alguna señal, los elevados rascacielos la confundían e intimidaban—. Sólo esto nos faltaba… ¡perdernos en Viridian! —lloriqueó agobiada.
— No es tan malo —dijo Moonghost despreocupadamente y riendo con picardía—. Con preguntarle a alguien basta, lo haré por ti si así lo prefieres. Vamos al Centro Pokémon, ¿no?
Dyfir asintió con cautela y mirándolo con desconfianza. Le costaba creer que estuviera tan sereno estando perdidos en una ciudad tan grande y que no conocían, especialmente cuando un montón de personas lo señalaban y cuchiceaban sin cesar al verlo pasar.
— Veamos… —musitó Moonghost pensativamente, sonriéndole a todo quien pasara a su lado mientras los escaneaba con sus pálidos ojos, en busca de quién sabe qué— ¿A quién debería preguntarle?
Al otro lado de la calle, justo frente a ellos, estaba un hombre harapiento, envuelto en un montón de prendas rasgadas y con muchas baratijas colgándole de la larga y mugrienta barba. Al mendigo parecía que le patinaba el coco, ¡y no era para menos!, ya que cuando alguien le dejaba una moneda en el vaso que sostenía y agitaba sin cesar, comenzaba a gritar a todo pulmón, espantando a todo quien estuviera cerca y ganándose improperios de los más susceptibles.
— ¡EL FIN DEL MUNDO SE ACERCA! —gritó el hombre con todas sus fuerzas, mostrando los pocos dientes que le quedaban manchados por el tabaco y la falta de cuidado— ¡Y LOS POKÉMON SERÁN LOS CULPABLES! ¡APARENTAN SER EL MEJOR AMIGO DEL HOMBRE… PERO NO! ¡ELLOS NOS MATARÁN Y DEVORARÁN NUESTRAS ENTRAÑAS! Y es cierto todo lo que digo… —dijo, bajando el tono de voz drásticamente y aprovechando que alguien se acercaba para hacerse el misterioso, intentando atraer a quien fuera para que escuchara sus delirios— ¡NOS MATARÁN A TODOS, PORQUE NOSOTROS NO HEMOS HECHO MÁS QUE ESCLAVIZARLOS! ¡SÍ, ESO ES! ¡BUSCARÁN VENGANZA POR TANTOS AÑOS DE HUMILLACIÓN!
El pobre loco, en su desesperación por transmitir sus palabras, puso sus garras sobre la gabardina negra de un hombre que pasó muy cerca suyo. Aunque el transeúnte era de contextura delgada y aspecto bastante enclenque, no evitó que consiguiera desembarazarse del hombre con un empujón, gritándole a vivo pulmón y acentuando el rasgo más llamativo que tenía: su rostro era la viva imagen de un Primeape.
— ¡Suéltame, viejo loco! —gruñó el hombre de la gabardina, haciendo un movimiento brusco para que el mendigo no volviese a ponerle las manos encima.
Moonghost contempló lo que sucedía, escuchando muy atentamente y con las orejas bien en alto las sandeces que soltaba el mendigo. Al notarlo, Dyfir se preguntó si debía preocuparse, quedando desconcertaba cuando Moonghost sonrió, señaló al hombre de sucios ropajes y, con firmeza, dijo:
— Él es el indicado.
— ¡¿Qué?! —exclamó Dyfir atónita. Quiso detenerlo, sabía que de alguien tan... "tocado de la cabeza" no obtendrían respuesta; aunque para cuando pudo reaccionar para intentar detenerlo, él ya había cruzado la calle flotando por encima de los autos y la gente—. ¡Moonghost! ¡¿Acaso has perdido la razón...?! —chilló desesperada e intentando alcanzarlo, pero la luz del semáforo cambió y un grupo denso de personas comenzaron a cruzar la calle, arrastrándola y devolviéndola a donde estaba.
— Déjalo —gruñó Eve débilmente apenas articulando con la boca, siguiendo atentamente a su hermano con la mirada mientras se apartaba para que la multitud no la arrastrase también —. Supongo que entre locos se entienden.
Dyfir giró a verla, creyendo no haber escuchado bien, ella no solía aprobar los disparates de su hermano, y ahí es donde reparó en que realmente tenía muy mal aspecto. Eve se apresuró a apoyarse contra un poste de luz cercano, tambaleándose levemente mientras caminaba con pasos cortos, clavando la mirada en el suelo y cubriéndose la boca con la mano, como si estuviera aguantando las ganas de vomitar.
Mientras tanto, Moonghost ya estaba al lado del mendigo, dándole unos toquecitos en el hombro para llamar su atención. El hombre de la gabardina fue el primero en notar su presencia y quedó tan boquiabierto como el otro al voltear.
— ¡Hola! —exclamó Moonghost alegremente, ignorando lo mucho que su presencia y su capacidad para hablar la lengua humana impactó a ambos.
El mendigo palideció más que un Duskull en cuanto lo escuchó, trastabillando varios pasos hacia atrás, muerto del miedo. Moonghost sonrió amablemente, acercándose al hombre a medida que éste intentaba alejarse de él, quizás tratando de hacerlo sentir cómodo sin caer en cuenta de que sólo conseguía lo contrario.
— Disculpe que interrumpa su tan inspirador monólogo, pero... ¿sería tan amable de indicarme hacia dónde queda el Centro Pokémon? —preguntó Moonghost muy educadamente, con una sonrisa tan pura e inocente que cautivaría a cualquiera—. ¿Por favor? Las muchachas están algo cansadas, como podrá notar... —añadió, señalándole con la cabeza a Eve y Dyfir al otro lado de la calle.
Hubo un intenso silencio que pareció durar una eternidad. Moonghost y el vejete loco sostuvieron sus miradas largo rato, con el hombre Primeape como fiel espectador mudo sudando a montones. Repentinamente, el mendigo liberó un potente grito de horror, corriendo en círculos en el mismo sitio al menos un par de veces antes de perderse entre la muchedumbre, huyendo a empujones como si hubiese visto al mismísimo diablo y escandalizando a los demás transeúntes al pasar.
— ¡Gracias! —gritó Moonghost agitando el brazo para despedirse, sonriendo y demostrando que estaba genuinamente agradecido. Se dio la vuelta e hizo el camino de regreso a donde estaban sus compañeras como si nada, canturreando alegremente mientras el hombre de la gabardina lo seguía con la mirada, aún boquiabierto por lo que acababa de presenciar—. Es por allá —informó en cuanto estuvo de vuelta con ellas, apuntando la dirección con una sonrisa tan grande que daba miedo.
— ¿C-cómo estás tan seguro de que es por ahí? —preguntó Dyfir, completamente confundida y desconfiando en la credibilidad del fantasma.
— ¡O sea! ¡Satélite llamando a Tierra! —exclamó Moonghost con tono de voz más agudo y nasal de lo usual, tanto que lo hizo sonar como alguien totalmente diferente. Era bastante desconcertante pero gracioso a la vez, Dyfir tuvo que hacer lo posible para evitar reírse, no quería dejar de preocuparse sólo porque el pokémon sonaba como la vecina insoportable que le robaba los juguetes cuando era una niña—. Le pregunté al señor y él me dijo dónde. ¡Es increíble! Tú escuchaste cuando me respondió —agregó algo decepcionado, su voz había vuelto a la normalidad.
El ofendido fantasma se dio la media vuelta y comenzó a trazar el camino, flotando a sus anchas despreocupadamente, tomando las riendas del grupo sin dejarles ninguna otra opción a las otras dos más que seguirlo.
— Mejor le damos una oportunidad —sugirió Eve con voz ronca a Dyfir, quien la miró con los ojos abiertos como platos sin creer que le estuviera dando la razón a su hermano—. Deja de mirarme de ese modo, de igual modo no sabemos en dónde estamos parados y tú no alzas lo suficiente la voz para que alguien note que quieres preguntarle algo —levantó la mano de inmediato para detener la réplica de Dyfir, que se había puesto roja como tomate ante la acotación. Sí, se sentía mal, por eso no estaba dispuesta a soportarla como de costumbre—. Además, nunca he entendido cómo lo hace, pero siempre funciona cuando pide indicaciones a alguien más tonto y loco que él.
— Está bien... —refunfuñó Dyfir con resignación luego de calmarse por la grosería de Eve, alzando una ceja pues todavía no le convencía de que aquello fuera buena idea—. ¿Y a ti qué te sucede? Te veo algo… pálida —fue inconsciente, pero eso no le hizo sentirse menos estúpida por decirle eso a un pokémon que tenía el pelaje mayormente blanco, cosa que Eve no pasó por alto al lanzarle una mirada asesina.
— Por lo visto, las ciudades la ponen algo mal, como si la intoxicaran. La enferman —respondió Moonghost rápidamente, apareciendo de repente y asustando a la pobre entrenadora.
— ¿Cómo que la enferman? —preguntó Dyfir, atropellando las palabras y sosteniéndose el pecho para evitar que su corazón saliera disparado.
— ¡Sí! ¿No te has dado cuenta? Tiene nauseas, todo le da vueltas y ve Miltanks alados. Ya sabes, lo normal… creo —contestó Moonghost encogiéndose de hombros—. Bueno, la verdad no estoy seguro, es algo nuevo. En Vermilion también se sintió algo mal, pero no tanto como ahora. No soy quien para decirlo, pero sospecho que la razón es que las grandes ciudades tienen mayor polución; sin embargo, no entiendo por qué eso le afecta tanto —explicó. Dyfir no estaba segura de que esa fuese la razón, pero volvía a preocuparse por el modo en que llamaban la atención y no estaba escuchando la improvisada explicación del fantasma—. Seguramente Eve es algo sensible —agregó, haciendo un cruel énfasis en la palabra sensible y retomando sus funciones como guía.
Eve tuvo una gigantesca necesidad de moler a golpes a su hermano, pero el malestar era demasiado grande, tanto que siquiera tenía fuerzas para dedicarle alguno de sus comentarios. El apestoso olor del humo, proveniente de los tubos de escape de los vehículos y de los cigarros que fumaban compulsivamente la mayoría de los humanos, la asqueaba, sólo el hedor le daba ganas de vomitar y el estar luchando contra ello le producía mareos. Si intentaba hacer algo para castigar a su hermano, seguramente acabaría de cabeza en algún basurero y esa era una humillación por la cual no estaba dispuesta a pasar.
En alguna parte de la ciudad, el hombre con rostro de Primeape caminaba presurosamente, con tal ansiedad que no reparaba en otros transeúntes y se llevaba por el medio a todo el que se le atravesase. Continuó con su vertiginosa marcha hasta que sus pasos lo dejaron frente al gimnasio pokémon local.
La arquitectura del edificio estaba claramente inspirada en la época romana, con altas columnas sosteniendo el techo y un largo corredor que llevaba a las inmensas puertas de cobre. En partes de la fachada se podía encontrar relieves que mostraban feroces batallas, protagonizadas por pokémon considerados entre los más poderosos que existían, en mayoría temibles colosos; eran sólo ornamentales, pero también fungían de advertencia para todo retador que se atreviese a cruzar aquellas puertas. No en vano, aquel era considerado el gimnasio más difícil de superar en la región, tanto que muchos preferían optar por retar otros gimnasios de menor prestigio; sólo muy pocos entrenadores salían con la medalla en sus manos... o con sus pokémon completos.
El hombre sonrió con crueldad al pensar en ello, mientras sus largas zancadas lo llevaban a la entrada. Custodiándola se encontraban dos fornidos guardias, engalanando unas soberbias armaduras de bronce, con yelmos que ensombrecían sus rostros para que nadie pudiese verlos, remarcando así su presencia como guardianes de las puertas del recinto. Aquel par era la última advertencia, la última oportunidad que tenían los entrenadores para retirarse, un acto en exceso benévolo de parte del Líder. Y es que no sólo su aspecto era intimidante, las inmensas hachas de doble filo que sostenían los hacían lucir mucho más amenazantes, en especial porque no eran de utilería.
El hombre que dirigía aquel gimnasio gustaba de mostrar su poder y de apabullar a los débiles, sólo para que la voluntad del entrenador ya flaquease al momento de pisar la arena de batalla. ¡Era brillante! Quizás por eso es que la Liga era incapaz de hacer algo contra la brutalidad con la que trataba a sus retadores, la idea de llevarle la contraria los hacía temblar como hojas azotadas por el viento, siendo él un huracán. Todo eso, irónicamente, hacía de quien tuviera una Medalla Tierra en su posesión, alguien de mucho prestigio.
Con todo aquello dando vueltas en su cabeza y causándole satisfacción, el hombre de la gabardina fue hasta las puertas tranquilamente, prestándole atención a los guardias sólo cuando éstos se movieron para abrir las puertas, permitiéndole la entrada sin cruzar miradas siquiera. Era obvio que así fuera, pues él era un conocido que visitaba el lugar con bastante regularidad; si le negaban la entrada, corrían el riesgo de ser castigados severamente.
Las puertas comenzaron a abrirse con demasiada lentitud, chirriando y crujiendo, como si se quejaran de que perturbaran su descanso. El hombre resopló impacientemente y se deslizó entre las puertas cuando tuvo suficiente espacio para atravesarlas. Los guardias se quejaron entre ellos por su condenada prisa y volvieron a cerrarlas de inmediato, dejando al visitante sólo y en completa oscuridad.
Como no había retadores presentes y eran muy pocos quienes se atrevían a cruzar las puertas, era innecesario mantener las luces encendidas. A él no le importaba la falta de luz, no necesitaba que le alumbraran el camino para saber a dónde ir, se sabía de memoria cada centímetro del lugar.
Se dirigió a una de las esquinas del fondo, la más sombría en el recinto incluso en la luz, tanteó en la pared y presionó un botón perfectamente disimulado en el concreto. Al instante, unas puertas escondidas se abrieron y revelaron la entrada a un elevador; el hombre pasó, sintiéndose ligeramente abrumado por la intensa luz blanca, y apretó un botón en el tablero, cerrándose así las puertas e iniciando su viaje en descenso.
El hombre salió disparado en cuanto las puertas se abrieron al llegar al piso más bajo, recorriendo los pasillos con la misma prisa que tenía en la superficie. Aquella parte del gimnasio era totalmente secreta, la Liga Pokémon ignoraba de su existencia, y es que todo lo demás era sólo una fachada. Todo lo que aquel lugar escondía escandalizaría a cualquiera, por lo que la seguridad era en extremo alta, fe de ello era que tuvo que validar su identidad en varios puestos de control, haciendo que la llegada a su destino se hiciera aún más tediosa.
Lo curioso es que si bien un selecto grupo tenían acceso a los sótanos secretos del gimnasio, sus pasillos no estaban para nada vacíos: varias personas —la gran mayoría usando uniformes negros— también circulaban por los pasillos y la gran mayoría lo saludaba al verlo pasar, pero él no les devolvía el saludo, no quería perder tiempo.
Después de tanto correr desde el centro de la ciudad y deambular por aquellos desquiciantes pasillos, se detuvo frente a unas elegantes y costosas puertas dobles de roble. Las contempló por un rato, temeroso y ansioso por entrar, pues dudaba en si era el momento adecuado para ello; ya varios le habían advertido que quien se encontraba al otro lado no quería que lo molestaran, pero le urgía darle la información... ¡al demonio con todo! Golpeó tres veces la puerta con sus nudillos y una voz, con bastante hastío, le indicó que pasara. Giró la perilla lentamente, sintiendo que la emoción hinchaba su pecho y entró a la habitación por fin.
Se encontró en una oficina bastante amplia y extremadamente lujosa, sus paredes forradas en papel tapiz de pálido oro rompían con el monótono color plomizo de los pasillos al otro lado de las puertas, la suntuosa decoración —compuesta de cuadros costosos y artículos únicos de colección— y mullidos muebles de cuero rojo oscuro eran detalles soberbios, dignos para quien era dueño de aquel espacio y todo el lugar. En el centro de la habitación, reposaba un hermoso escritorio labrado de caoba oscura y detrás de esa espectacular pieza, se hallaba un hombre revisando unos folios, con tanta atención que ni se molestó en echarle una mirada a su visitante.
— ¿Qué quieres? —preguntó muy malhumorado antes de que el visitante siquiera abriera la boca para presentar sus respetos. Sus negros ojos se posaron sobre el nervioso cara de Primeape, su aspecto era intimidante aún con la pulcritud con la que iba vestido y arreglado, usando un traje a la medida azabache y el cabello castaño peinado firmemente hacia atrás— ¿Acaso nadie te dijo que estoy sumamente ocupado? —espetó, señalando todos los papeles que tenía desperdigados en su escritorio.
— Señor Giovanni… ¡disculpe! ¡Jefe, quise decir! Le ofrezco mis disculpas por esta terrible intromisión de mi parte... —tartamudeó, temblando como hoja y clavando los ojos en el suelo, en busca del valor que perdió cuando su jefe puso sus ojos sobre él—. J-jefe, sé muy bien que ha estado ocupado en la reorganización de los archivos luego de que la policía hallara una de nuestras bases más importantes en Saffron. También por los esfuerzos que está colocando en la reestructuración del Proyecto Fuji. Comprendo que tenga el tiempo contado... —se detuvo un momento para recuperar la compostura, los labios le temblaban y le era difícil pronunciar correctamente las palabras. Tragó saliva antes de continuar: — P-pero me tomé el atrevimiento de venir hasta acá e interrumpirlo por buenas razones... e-estoy seguro de que esto le interesará.
Entonces sacó de uno de los tantos bolsillos de su gabardina una minúscula tarjeta negra, tan pequeña que podía hacerla trizas sólo el índice y el pulgar con que la sostenía. El hombre que se encontraba detrás del escritorio, quien respondía al nombre de Giovanni, observó con extrañeza la tarjeta, resopló con resignación mientras dejaba a un lado los folios que revisaba, y señaló con la cabeza un armario empotrado que estaba a su derecha.
Cara de Primeape se acercó a donde le indicaban, trastabillando por los nervios, lo abrió y encontró un televisor de tamaño envidiable con varios tipos de reproductores debajo. Tardó unos segundo en encontrar el reproductor adecuado e introdujo el chip en una pequeña ranura. Encendió el televisor, escogió el archivo que le interesaba y se apartó para que Giovanni pudiese ver las imágenes que se proyectaban.
Eran tomas de muy mala calidad y seguramente la cámara iba en una ubicación muy precaria, la imagen estaba desenfocada y la resolución tanto del audio como del video era fatal. Aún así, podía apreciarse lo que sucedía.
El Cara de Primeape adelantó el video y lo detuvo en la parte que le interesaba mostrar. En la pantalla podía verse al mendigo gritando con los ojos desorbitados y, casi al instante, apareció un pokémon de pelaje negro acercándose al viejo loco. A pesar de lo pixelado de la imagen, se veía claramente que el pokémon estaba gesticulando, pero la calidad del audio era tan mala que apenas pudo escucharse lo que decía. La cámara enfocó en otra dirección, justo cuando el pokémon negro hizo una seña, mostrando a otro pokémon casi idéntico al que hablaba con el pordiosero —pero éste era blanco y ligeramente más pequeño— y a una entrenadora joven, quien observaba lo que ocurría con cierta aprehensión. En eso, se escuchó un grito de terror y la cámara enfocó a tiempo para grabar al mendigo corriendo por la calle y al pokémon despidiéndose con una gran sonrisa en su rostro. Ahí, el hombre detuvo el video, dejando congelada la imagen de los tres cuando estaba juntos de nuevo.
— ¿Qué le parece? —preguntó Cara de Primeape muy emocionado, rogando porque la suerte le sonriera y pudiera complacer a su jefe con su descubrimiento. No pudo evitar sonreír triunfante cuando vio la expresión en el rostro de Giovanni; si no tuviera que mantenerse quieto para que lo tomasen en serio, seguramente estaría bailando can-can.
Giovanni tenía la boca entreabierta, sus ojos fijos en la pantalla brillaban de sorpresa y excitación, sin duda deleitado por lo que había visto. Se enderezó en su mullido asiento y recuperó la compostura, suspirando y meditando sobre lo que acababa de ver. Pensaba en el parecido físico que tenían esos pokémon con un Mew, sin duda algo sorprendente y quizás una señal de que reabrir el Proyecto Fuji no era tan mala idea. Un presagio de que todo saldría como eran sus deseos, especialmente el que tenía que ver con ser el poseedor del pokémon más poderoso que jamás haya existido.
— ¿Tienes alguna información adicional acerca de esos pokémon? —preguntó Giovanni seriamente, taladrando con la mirada a su subordinado y esperando que la respuesta fuera afirmativa.
— En realidad… no, Señor —balbuceó con una risilla nerviosa, maldiciéndose a si mismo por ser tan imbécil y no poseer más que un video. La cruel mirada que le dirigió su jefe lo empujó a dar una respuesta desesperada—. L-l-la chica los llamaba… Mumfost y Eni.
Giovanni alzó una ceja, eran unos nombres bastante ridículos y dudaba que su empleado hubiese escuchado bien. Retiró la vista de su subordinado y clavó sus ojos en la pantalla, contemplando la imagen congelada de la joven y los dos pokémon, pensando en las acciones a tomar.
— Estas son las órdenes —dijo finalmente, después de un largo rato de silencio—. Afortunadamente, sabemos que se dirigían al Centro Pokémon de la ciudad, así que ya sabes por dónde comenzar. Todo apunta a que pasarán la noche en el lugar; si no es el caso, siempre es fácil rastrear a un entrenador —añadió dibujando una cruel sonrisa en su rostro—. No irás sólo, asignaré a otros tres agentes a esta misión, para asegurar la captura y mantener la discreción lo más posible; no quiero perder ésta base por descuidos absurdos. Escogerán los pokémon que deseen de las reservas disponibles en el Laboratorio, le pasaré al doctor Grimm la orden de inmediato. Me aseguraré de que todo esté listo para el final de la tarde. Deberías sentirte honrado, los pokémon que tenemos aquí son para entrenadores élite, por lo que espero resultados satisfactorios.
Cara de Primeape asintió enérgicamente y permaneció quieto, bien firme y esperando más instrucciones, mirando con alegría y los ojos brillosos a su jefe; se sentía como si caminara en las nubes, no podía creer que tuviera tal privilegio. Tan ensimismado estaba, que no se percató de que Giovanni ya había vuelto a concentrarse en revisar los documentos que reposaban en su escritorio, y éste no reparó en él hasta que un bufido de su leal Persian se lo advirtió.
— ¿Qué haces todavía aquí? ¡Muévete! —gruñó Giovanni muy groseramente y frunciendo el ceño, secundado por un bufido amenazante de su Persian.
Cara de Primeape se exaltó tanto que pegó un brinco, tan alto que casi hace pegar su cabeza del techo, entrando en pánico y saliendo a trompicones de la oficina por los nervios, todo bajo la reprobatoria mirada de su jefe, quien comenzaba a cuestionarse si asignarle aquella misión había sido prudente.
Aunque ese hombre tenía una de las caras más feas que había visto en su vida y luciera como un completo imbécil e incompetente, lo cierto es que era uno de los soldados de más alto rango en su organización y siempre cumplía bien con su trabajo.
Giovanni dejó escapar un suspiro lleno de frustración y se reclinó en su cómodo sillón de cuero, dejando de lado sus papeles, necesitaba un descanso. Su Persian bostezó con aburrimiento y trató de llamar su atención sin mucho éxito, así que comenzó a acicalarse. Giovanni levantó la mirada y fijó sus ojos en la pantalla del televisor, donde aún estaba el video pausado, mostrándole a aquellos pokémon en la mejor resolución que podía ofrecerle esa cámara tan inútil. La contempló largo rato hasta que una sonrisa macabra se dibujó en su rostro.
Que jamás hubiese visto tales pokémon en su vida no garantizaba que fueran útiles, su larga trayectoria como líder del Equipo Rocket le daba suficiente experiencia al respecto, más no podía negar que el ligero parecido físico con Mew era intrigante... y emocionante.
No podía dejar de preguntarse si aquellos pokémon tenían alguna relación con Mew y, si así era, qué tan fuertes serían. Pero lo más importante de todo, es qué tan grande sería su poder si lograba tenerlos bajo su control.
Anochecía en Ciudad Viridian. Poco a poco, las luces fueron iluminando las calles, brindándole un encanto del que carecía por completo durante el día. A esa hora las calles no estaban tan congestionadas, volviéndolas más llamativas para tomar un tranquilo paseo y disfrutar de todo lo que ciudad podía ofrecerle a los visitantes. Era como si Viridian se transformara para brindarles a sus habitantes algo de paz en su ajetreada vida.
En esos instantes, Dyfir, Eve y Moonghost disfrutaban de una suculenta y muy deliciosa cena en el Centro Pokémon. Moonghost y Dyfir devoraban con ansiedad y gusto unas gigantescas y suculentas hamburguesas. Eve, en cambio, prefirió milanesa de Torchic a la plancha y una ensalada, aunque no comía con la misma voracidad de sus compañeros; en realidad, casi no había tocado su comida porque su estómago estaba tan revuelto que parecía una montaña rusa.
— ¡Ahhh! ¡Estoy llena! —exclamó Dyfir muy complacida y con una gran sonrisa surcando su rostro, sintiéndose muy satisfecha con su cena.
— ¡Igual yo! —secundó Moonghost, recostándose en el espaldar de su silla y acariciándose la pancita, que estaba ligeramente más hinchada de lo normal—. Esas hamburguesas estaban exquisitas, ¡para chuparse los dedos! ¿Qué tal está tu cena Eve? La ensalada debe estar muy buena —preguntó burlonamente.
— Abusas de tu suerte —espetó Eve fríamente y dirigiéndole una mirada asesina. Aún no se sentía nada bien y eso salvaba a Moonghost de una bien merecida paliza.
En eso, la enfermera Joy encargada de ese Centro Pokémon se les acercó con una bandeja en la que reposaban seis pokebolas. El parecido con la enfermera Joy de Altomare era bestial, como si se hubiera teletransportado y pretendiera que no se conocían, pero Dyfir sabía que todas las enfermeras lucían igual ahí, en Johto y en cualquier otro lado. Al llegar a la mesa, ella les sonrió y le tendió la bandeja a Dyfir.
— Disculpa la intromisión. Ya tus pokémon están listos —dijo Joy mientras Dyfir agarraba las pokebolas y las colocaba de vuelta en su cinturón—. Permíteme felicitarte, todos están muy sanos y perfectamente entrenados, son muy dóciles —agregó con una gentil sonrisa.
— Muchísimas gracias, enfermera —agradeció Dyfir, sintiéndose muy halagada y devolviéndole la sonrisa.
— No es nada. Tú sólo eres una prueba más de que la Organización debería reconsiderar la edad mínima para permitir ser entrenador. Últimamente, los entrenadores de diez no tratan adecuadamente a sus pokémon —comentó Joy seriamente, haciendo referencia a la organización de la Liga Pokémon, que se encargaba de otorgar licencias a los nuevos entrenadores, así como mantener el control de sus progresos. La enfermera echó una ojeada en la mesa, deteniéndose inmediatamente en el plato de Eve. Quizás por eso, preguntó con cierta preocupación: — ¿Qué tal estuvo la cena? ¿Les gustó?
— Estuvo bastante deliciosa, gracias… de nuevo —contestó Dyfir, fijándose en la expresión de la enfermera y sintiéndose ligeramente apenada por ello— ¿Por qué? ¿Sucede algo?
— ¿Eh? ¡Oh, no es nada! Creo... —balbuceó Joy negando con la cabeza y los brazos, algo apenada—. Lo mencionaba porque noté que al pokémon que te acompaña, por lo visto, no le agradó el especial A Tu Salud de esta noche. ¿Segura que no prefieres darle comida especial para pokémon? Puedo prepararle una que se adapte a sus gustos ahora mismo, no me moles…
— ¡No es necesario! —exclamó Dyfir de prisa, riendo nerviosamente para que la mirada asesina que le lanzaba Eve a la gentil Joy pasara desapercibida—. Sólo no se siente muy bien, es todo, en serio…
— Entonces debería hacerle un chequeo. Podría estar enfermo. Podría padecer de anemia. Pasemos a hacerle unos exámenes de inmediato —dijo Joy atropellando las palabras y abalanzándose sobre Eve, intentando revisarle las escleróticas con una pequeña linterna que sacó del bolsillo de su delantal.
— ¡No! —exclamó Dyfir escandalizada, levantándose de un brinco para detener a la enfermera y a Eve de insultarla— ¡No está mal de salud! Es psicológico, no le gustan las ciudades —balbuceó rápidamente, rezando porque se lo creyera... aunque no mentía.
— E-está bien… —balbuceó Joy, poco convencida con la excusa de la entrenadora—. En cuanto terminen, avísenme para que recojan las cosas y mostrarles su habitación. Si necesitan algo más, no duden en llamarme o avisarle a una de las Chansey. Ahora, con su permiso, me retiro —se despidió, haciendo una sutil reverencia y se alejándose.
Dyfir no se movió ni un ápice, siguiendo a la enfermera con la mirada y desparramándose en su asiendo cuando ésta desapareció por el marco de la puerta, suspirando con gran alivio; se sentía como si hubiese evitado la Segunda Gran Guerra de Kanto. Moonghost se carcajeó en cuanto notó la respiración alterada de la joven, ganándose una mirada de reproche de los ojos café de la entrenadora.
— ¡Tuviste... que ver... tu cara! —exclamó el fantasma, hablando entrecortadamente a causa de la risa.
— ¡No es gracioso! —bufó Dyfir agudamente, frunciendo el ceño.
Eve los miró y suspiró con desgana, fijando la atención de nuevo en su plato. Generalmente no ponía reparos con los alimentos, podía comer prácticamente cualquier cosa, incluso carroña en los casos más extremos —por suerte, sólo tuvo que hacerlo una vez—, pero aquella comida sólo le revolvía el estómago más de lo que ya lo tenía. Finalmente, se dio por vencida y admitió que no tenía apetito.
Le avisaron a la enfermera Joy que ya habían acabado y las Chansey se acercaron a recoger los trastos sucios. La enfermera se les acercó una vez más para informarles que pronto cerrarían, por consiguiente, se acercaba la hora de dormir y no permitían que quienes pernoctaran en el Centro deambularan por los pasillos.
No tenía que mencionárselos, pues su única intención era descansar en un lecho suave y cálido. El trío siguió a la enfermera sin rechistar hasta su habitación; apenas llegaron, Dyfir y Moonghost se lanzaron en las mullidas camas.
— Bueno, veo que las camas les parecen cómodas —rió la enfermera Joy, sonriendo de oreja a oreja—. El desayuno se sirve a las siete de la mañana, les sugiero estar en el comedor a esa hora. Buenas noches, espero que duerman bien.
Joy dejó la habitación y sin nada más que decir, todos se sumergieron en la suavidad de sus camas, cayendo rápidamente en un profundo y tranquilo sueño.
Era pasada la medianoche. Eve dormía plácidamente, reflejando tal tranquilidad en su rostro que parecía que su malestar había desaparecido, envuelta en la seguridad de una cobija esponjosa y suave. Repentinamente, sus orejas se pusieron muy en alto, moviéndose de arriba hacia abajo levemente en movimientos rápido, hasta que abrió sus ojos de súbito. Aquella cristalina mirada se entornó, sus ojos brillaban tenuemente en la oscuridad al reflejar la poca luz que había en la habitación, luciendo como un par de fantasmas bailando en la noche mientras inspeccionaba cada rincón del lugar.
Se incorporó rápidamente y miró a su izquierda, donde yacía Moonghost dormido, roncando peor de lo que lo haría un Snorlax; suerte que ya estuviera acostumbrada a ellos y ya no le molestaran tanto. Se acercó un poco más a él y lo zarandeó efusivamente para despertarlo.
— Mami… deja de golpearme… con el bate inflable… ya dije que no quiero usar vestido... me hace ver gordo —balbuceó Moonghost, aún bajo los efectos del sueño.
— ¡Deja de decir tantas estupideces y levántate! —espetó Eve en voz baja y con hastío, propinándole un fuerte coscorrón a su hermano.
— ¡Ouch! —se quejó Moonghost, levantándose con brusquedad y sobándose la cabeza. Sus ojos se aguaron al instante, cuando se percató de que estaba despierto— ¡Eso me dolió, Eve! ¡Y estaba soñando algo tan bonito! —lloriqueó.
— Claro... —musitó Eve escépticamente.
Dejó a Moonghost refunfuñando y se acercó a Dyfir, sacudiéndola con fuerza mientras se regocijaba por empezar a cobrarle las bromas del día a su hermano.
— ¡Atrapen a ese Lugia! —exclamó Dyfir alarmada, levantándose de sopetón y con el cabello hecho jirones.
— ¡Ya basta los dos! —masculló Eve cortantemente, en verdad harta de que ambos balbucearan sinsentidos—. Alguien entró al Centro —musitó, moviendo de nuevo sus orejas para escuchar.
— Deben ser ideas tuyas -gruñó Moonghost, escondiendo su rostro bajo la almohada—. Mira que tú eres medio paranoica, aunque lo niegues...
— Debe ser algún entrenador que llegó durante la noche a la ciudad o alguna emergencia. Recuerda que estamos en un Centro Pokémon —susurró Dyfir perezosamente, bostezando; tenía los ojos entreabiertos y se rascaba la cabeza, intentando acomodar un poco su cabellera—. La enfermera habrá ido a atender lo que fuera, seguro eso escuchaste, es normal…
— Si fuese así, no pondrían tanto esmero en ser cautelosos, están haciendo algo extraño —señaló Eve despectivamente, maldiciendo el oído poco desarrollado de los humanos—. Además, si la enfermera estuviera atendiendo a un viajero nocturno, no tendrían que haber forzado la cerradura. Eso fue lo que me despertó —explicó frunciendo el ceño—. Tú también puedes oírlos Moonghost. ¡Vamos, hazlo!
— Está bien, está bien, voy a complacerte. A ver si así me dejas dormir —gruñó Moonghost fastidiado, deshaciéndose de la almohada y poniendo muy en alto sus orejas. Permaneció así por unos leves instantes, hasta que las mismas decayeron y, suspirando, agregó de mala gana: —. Tienes razón. Y permíteme agregar que, sean quienes sean los que hayan entrado, de prudentes no tienen nada —dijo en tono burlón.
— Eso no me interesa, la torpeza es algo nato en los humanos —espetó Eve en tono cortante, omitiendo el "¡Hey!" que soltó Dyfir ante la ofensa general—. Mejor vayamos a revisar, podrían ser ladrones.
Dyfir resopló malhumoradamente, levantándose y recogiendo su cinturón de pokebolas de la mesita de noche. Moonghost dejó escapar una risilla, pues los cabellos de la joven era un desastre y la hacían lucir graciosa.
Salieron de la habitación y caminaron en silencio por los oscuros pasillos del Centro Pokémon. Sus pasos los llevaron al recibidor, que estaba completamente a oscuras. Dyfir escrutó en la negrura del amplio espacio, en busca de algo que no debiese estar ahí, pero ni encontró ni escuchó nada sospechoso.
— ¿Ven? Aquí no hay nadie —declaró Dyfir con tranquilidad, cruzándose de brazos, sintiéndose levemente molesta porque interrumpieran su descanso tan abruptamente por nada—. Deben estar imaginando cosas por la fatiga y eso —agregó, dejando escapar un gigantesco bostezo—. Volvamos a la cama, ¿si? Tengo mucho sueño…
— Pues, yo sí los veo, Dyfir -dijo Moonghost burlonamente, en un susurro apenas audible y mirando con el ceño fruncido hacia el otro extremo del recibo. Cuando giró a su hermana, añadió: — Odio cuando tienes razón, Eve.
— ¡Esos son! ¡A ellos!
A la orden de la voz de un desconocido, aparecieron desde la oscuridad un Lanzallamas, un Trueno y una Bola Sombra. El choque entre estos tres ataques frente a Dyfir, Eve y Moonghost, quienes no tuvieron oportunidad de reaccionar, ocasionó una pequeña explosión que llenó de humo el recibidor.
— Eso debe ser suficiente para noquearlos —señaló una segunda voz masculina con mucha tranquilidad.
— Sí, nadie es capaz de soportar ese combo. Esperemos a que se disipe el humo y manos a la obra —dijo otra voz, también de hombre.
El humo comenzó a dispersarse y, cuando hubo desaparecido por completo, los agresores soltaron un gruñido de frustración colectivo desde las sombras. Sus objetivos estaban ilesos, gracias a que Eve consiguió levantar una Pantalla de Luz frente a ellos bastante rápido.
Dyfir contempló ligeramente boquiabierta la hermosa cúpula violácea que se alzaba sobre ellos, admirando cómo algo de apariencia tan delicada podía detener ataques tan potentes hasta que se desvaneció de sopetón. Los ojos de la entrenadora se posaron inmediatamente sobre Eve, justo cuando su cuerpo dejaba de brillar, notando el tono verdoso que adquiría su rostro, tambaleándose ligeramente hasta que no pudo más y cayó sentada al suelo.
Moonghost corrió rápidamente a auxiliarla con clara preocupación, preguntándole en voz muy baja qué tal se encontraba y si había algo que pudiera hacer para que se sintiera mejor. El aspecto de Eve era lamentable, nada que ver con la pokémon apática de todos los días, pero Dyfir no podía evitar pensar que también resultaba demasiado chistoso.
— ¡Dyfir, rápido! —exclamó Moonghost, algo alarmado— ¿Cómo se llaman esas cosas en donde se depositan fluidos estomacales? —preguntó atropellando las palabras, sujetando con firmeza a Eve para que dejara de tambalearse.
— ¿Cómo? —soltó Dyfir, bastante confundida— ¿Te refieres a una bolsa para mareos?
— ¡Eso mismo es! —dijo Moonghost, dibujando una enorme sonrisa de alivio, muy contento por haberse dado a entender. Sin embargo, su alegría no duró mucho pues, en ese preciso instante, se escuchó una arcada y luego una salpicadura desagradable. Moonghost cerró fuertemente sus ojos, respiró profundamente y, con un tono gracioso en su voz, agregó: — Olvídalo, ya es muy tarde para salvar la alfombra.
Súbitamente, la recepción fue iluminada por unos rayos de luz provenientes de unos proyectores, instalados estratégicamente para apuntar hacia un lugar muy específico: a los intrusos. Se trataba de cuatro sujetos, todos delgados y algo larguiruchos, a excepción de uno que era mucho más alto que el resto y también más gordo. A pesar de tan marcada diferencia, todos llevaban la misma vestimenta encima, por lo que supusieron se trataba de un uniforme: el pantalón y la camisa —de mangas largas— eran negros como carbón, coronaban sus cabezas con boinas del mismo color, calzaban botas blancas y enfundaban sus manos con guantes del mismo color. Pero lo que más resaltaba en toda la vestimenta se encontraba en el pecho, donde una enorme R estampada parecía brillar gracias al intenso carmesí con que fue marcada en el atuendo.
Los desconocidos observaban con suma atención al grupo de viajeros, inspeccionándolos de pies a cabeza, sin dejar de sonreírles con cierta burla y malicia. A excepción de Eve, que hacía un enorme esfuerzo por controlar su malestar, los otros dos estaban más intrigados por el arreglo de luces que por la identidad de sus agresores.
— ¿Están preparados para los problemas? —preguntó súbitamente uno de los sujetos, apuntándolos con el dedo luego de hacer una breve coreografía que, además de elaborada, resultó extraña y tonta.
— Si no es así, más les vale que nos teman —continuó el segundo, haciendo movimientos similares al del primero.
— Para llenar… —comenzó el de al lado, pero Eve lo interrumpió en seco.
— ¡¿Qué es esto?! —gruñó, lo suficientemente alto para callar al hombre, con esa insuperable habilidad de expulsar ácido en cada sílaba que pronunciaba.
Dyfir suspiró aliviada. Si Eve era capaz de ser tan gruñona como siempre, significaba que no se encontraba tan mal; eso o es que bajo ninguna circunstancia era capaz de dejar de lado su mal carácter. ¡Qué esperanzas!
— Creo que es una obra de teatro de mala calidad—la respuesta que Moonghost dio la sacó de sus pensamientos, notando que el fantasmas analizaba cuidadosamente a los sujetos con la mirada—. Ya sabes —continuó—, de esas que nunca tendrán éxito porque los actores no son sexy-sexys y en verdad puedes encontrar algo dentro de sus cráneos, aunque sea minúsculo.
— ¿D-de qué estás hablando? —farfulló Dyfir, compartiendo la vergüenza de Eve ante la extraña deducción del fantasma.
— ¡¿Eso a qué viene?! —exclamó el cuarto hombre muy molesto, era el único que no había articulado palabra alguna hasta ese momento y quien tenía el aspecto más delicado, por no decir femenino, de todos— ¡Prosigan con el lema! —ordenó con elegancia, dando unas palmaditas en el aire.
Y antes de que cualquiera de los tres pudiera hacer algo para evitarlo, el grupo de uniformados prosiguió con lo que habían dejado por la mitad.
— ¡Para llenar al mundo de devastación! —exclamó el hombre al que Eve había interrumpido, con tanto vigor y emoción que afloraron algunas lágrimas en sus ojos.
— ¡Ya cierren la boca de una buena vez! —gritó Eve con mucha más fuerza y cortándolos en seco de nuevo, harta de tan absurdo espectáculo.
— ¡Argh! ¡Olvidemos por ahora del lema! —exclamó frustrado uno de los desconocidos, haciendo que los tres viajeros notaran el parecido que tenía su rostro con el de un Primeape. Se puso lo más derecho posible y, con aire altanero, indicó usando su índice—. Ese es Mumpost —dijo señalando a Eve— y este Eni -señalando a Moonghost.
— ¡Oye! Primero que nada, yo soy Mumpost y ella es Eni —reclamó Moonghost inmediatamente, muy indignado por la confusión hasta que un fuerte escalofrío recorrió su espalda. No necesitó voltear para saber que Eve le lanzaba una mirada asesina tan potente, que si realmente pudiera matar con sus ojos, él ya estaría hecho polvo— ¡Ay, no, no, NO! —exclamó efusivamente, negando rápidamente con la cabeza—. Yo soy Moonghost y ella es Eve —se apresuró a corregir, haciendo un énfasis bastante exagerado en sus nombres—. No sé en dónde habrás escuchado de nosotros, pero deberías ir al doctor para que te revisen los oídos, probablemente necesitas aparatos porque escuchas fatal. No está mal ser diferente, quizás si te esfuerzas puedes llegar a hacer grandes cosas, como…
— ¡Mis orejas no tienen nada que ver en esto! —chilló Cara de Primeape furioso y agarrándose las orejas, como si quisiera asegurarse de que estaban en su lugar—. A partir de este momento, ustedes dos son propiedad del Equipo Rocket. ¡Atrápenlos!
— ¡¿E-equipo Rocket?! —balbuceó Dyfir, abriendo los ojos de par en par ante la sorpresa. Conocía ese nombre y no era para nada algo bueno.
A la orden del Cara de Primeape, desde las sombras surgieron los autores de los ataques que cayeron sobre ellos hace poco: un Arcanine espectacular, de sedoso pelaje y enormes colmillos que mostraba para intimidar; un fornido Electabuzz, que retaba a sus oponentes chocando sus puños cargados de estática; a su lado, apareció un Lickitung que prácticamente arrastraba su extensa lengua, que era muco más larga de lo normal gracias a que él mismo era más grande que el promedio de su especie; y por último, casi imperceptible por la mala iluminación, se dibujó la figura de un Houndoom que expedía ascuas de sus fauces, gruñendo y moviendo su cola puntiaguda amenazadoramente. Los cuatro pokémon lucían feroces y era notorio que tenían un nivel mucho más alto que el de un entrenador promedio, todo ellos preparados para luchar y saltar al ataque apenas se los indicaran.
— ¡Llamita, yo te elijo! —exclamó Dyfir, lanzando una pokebola al aire sin chistar.
De ella surgió un fornido Typhlosion, rugiendo y haciendo que del pelaje más oscuro sobre sus hombros se generaran llamas que saltaron en todas direcciones, señal de que estaba preparado para la batalla. Aunque los contrincantes lucían fuertes, ni Dyfir ni su pokémon mostrarían la más mínima pizca miedo.
Moonghost intercambió una mirada de complicidad con la entrenadora y sonrió. Dio un paso hacia delante y se colocó en posición, dispuesto a luchar junto al pokémon de Dyfir.
Eve observó detenidamente a todos los presentes. No tenían más opción que enfrentarse a esa cuerda de alcornoques, pero hicieran lo que hicieran, aquello traía consigo consecuencias que a la larga le ocasionarían problemas. Lo único que le quedaba esperar es que con ese obstáculo no llamaran más atención de la que ya obtenían, no necesitaba tener una fila de entrometidos pisándole los talones... más que ahora.
Suspiró con resignación, esperando a que ocurriese un milagro y lograran pasar desapercibidos mientras se reincorporaba con cierta dificultad, haciendo lo imposible por contener las náuseas y prepararse también para entrar en batalla.
