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Pueblo Paleta

Las praderas que recorrían rebosaban frescura mañanera. El aire que se respiraba era tan limpio que podía purificar el espíritu de cualquiera mientras el sol, con su luz radiante, mantenía cálidos sus corazones y les anticipaba que un maravilloso día estaba por venir. Era perfecto para andar en bicicleta, cosa que Dyfir hacía tranquilamente, disfrutando del paisaje y el clima con el resto siguiéndola a vuelo.

El camino era una simple franja de tierra que atravesaba el mar de grama, sin rastro de asfalto, típico de las zonas rurales. El lugar estaba plagado de Pidgey y adorables Rattata… o así se refería Dyfir a las pequeñas ratas hasta que uno, bastante osado, saltó de la hierba alta y se encaramó en su mochila para intentar robarle comida.

Luego de su caótica aventura en el Bosque Viridian, esperaron a que amaneciera para buscar la salida, encontrando el camino que llevaba a Pueblo Paleta. Dyfir se entusiasmó muchísimo en cuanto verificó el mapa en su Pokenav, pidiéndoles hacer una parada para conocer uno de los puntos más emblemáticos de la región. Eve no estaba muy a gusto con la propuesta, pero debían reabastecer provisiones y era el lugar más cercano.

Cuando era cerca del mediodía, avistaron el pequeño pueblo a lo lejos, repleto de casas blancas con techos rojos y amplios jardines vistosos, llenos de hermosas flores o pequeños huertos.

— Pueblo Paleta —suspiró Dyfir emocionada, deteniéndose al borde de la colina para contemplar el panorama—. Aquí es donde los entrenadores de Kanto suelen recibir su primer pokémon de manos del más reconocido investigador de la región: el profesor Oak. Él es como una hacedor de sueños, es quien permite que todos los niños bajo su tutela emprendan su camino a la grandeza y...

— ¡Qué emotivo! Tus conmovedoras palabras casi me hacen llorar... o vomitar, no estoy segura —dijo Eve con tono sarcástico, interrumpiendo bruscamente a la chica—. No sé qué es lo que realmente pretendes hacer en el pueblo, pero más te vale que no me hagas perder el tiempo, te recuerdo que no hay nadie aquí.

— Pensé que era obvio que quiero conocer al profesor Oak —Dyfir no prestó atención a lo que Eve le decía, tan ilusionada con la idea que no había modo de desalentarla—. El profesor Elm me dijo que si se me presentaba la oportunidad de conocerlo no la desaprovechara. Es toda una eminencia, no sólo por todos sus aportes al estudio de los pokémon, también es un reconocido criador y poeta. ¡¿Quién no quisiera conocerlo?!

— Está bien que sea famoso y todo eso, pero… exactamente, ¿de qué te serviría conocerlo? —preguntó Moonghost—. Digo, debe estar muy ocupado haciendo cosas científicas e importantes, ¿no?

— ¡Oh, vamos! —rezongó Dyfir con pesar por no poder hacerles entender el motivo de tanta ilusión—. Quiero que examine a mis pokémon, obtener su visto bueno y poder decir 《 ¡Hey, conocí al Prof. Oak y dijo que mis pokémon están geniales! 》.

Todos la miraron con cierto escepticismo, aún sin comprender por qué tanto alboroto, haciendo que Dyfir se sintiera algo abochornada.

— Pequeña, no necesitas que nadie te diga lo buenos que son tus pokémon, mientras estén sanos y te adoren es lo único que cuenta, ¿no es verdad? —señaló Flowar maternalmente haciendo alarde de su voz tranquilizadora, que bien podía aliviar corazones como cualquier buen chocolate—. Pero si eso te hace feliz, no veo qué hay de malo en que le hagamos una visita.

— Gracias, Flowar, eres muy dulce —dijo Dyfir, sacándole unas risitas a la flor.

Reanudaron la marcha y en poco menos de una hora llegaron a las puertas del pueblo. Caminaron por la avenida principal, inmersos en una absurda discusión acerca del palo que llevaban los Farfetch'd, donde Flowar aseguraba que era un cebollín petrificado y Moonghost un palo de hockey.

Eve pareció ser la única en percatarse de todas las miradas que atraían y las mandíbulas desencajadas que dejaban al pasar. Suspirando con frustración, sólo le quedaba esperar a que nadie los molestara y que el dichoso profesor hubiera muerto en un absurdo accidente.

En uno de los pocos abastos grandes del pueblo, la anciana dueña del establecimiento y otra señora regordeta entrada en años, cuchicheaban ávidamente entre ellas. Lo cotidiano en Pueblo Paleta podía llegar a ser aburrido en extremo, por lo que tomaban como algo emocionante el estar al tanto de la vida privada del resto a cualquier costo, llevando el chismorreo a niveles más allá de un simple pasatiempo, como si eso las mantuviera vivas.

— Ya te había contado lo que sucedió con los Verdana, ¿cierto? —dijo la primera, esperando que al dejar la pregunta al aire pudiera captar la total atención de su compañera de cotilleo.

— Creo que no. De hecho, tenemos mucho tiempo que no sabíamos nada de ellos, así que más vale que me digas. ¡Cuenta, cuenta! —le animó la señora regordeta, parando la oreja para no perderse ningún detalle, recordando que la Sra. Verdana le caía como una patada en el estómago.

— Bueno, resulta que el matrimonio de los Verdana no está pasando por el mejor de sus momentos, todo porque Doris consintió que su hijo de seis años iniciara su viaje sin la aprobación de su marido —contó la anciana, actuando como si aquello le pareciera una total insensatez. Mientras, su oyente negaba con la cabeza, reprobando por completo las acciones de la protagonista del chisme—. Y claro, como Oak no quiso entregarle un pokémon a ese malcriado, la madre tuvo que pagar a un criadero exclusivo para que tuviera su pokémon. Por eso es que el día de su aniversario de bodas, según me contó una de las criadas, el regalo que recibió Doris fue un Smoochom que le estampó un beso sin dudarlo.

— ¡No te creo! —exclamó escandalizada la regordeta.

— Difícil de creer, pero así pasó, la pobre Doris todavía se pone los calzones en la cabeza. Sigue desorientada aunque la hayan tratado los mejores médicos —agregó la primera con un tono bastante melodramático, haciendo como si el asunto la afectara profundamente.

— ¡Eso no es nada! Yo te tengo otro cuento más bueno todavía—se apresuró a decir la señora regordeta, no le gustaba que superaran sus chismes.

Pero el cuchicheo tendría que esperar, pues un coro de voces teniendo una conversación bastante animada llegó a sus oídos, interrumpiendo su sesión abruptamente. Sus ojos casi saltaron de sus cuencas cuando se toparon al grupo de viajeros, especialmente al caer en cuenta de que los pokémon estaban hablando como cualquier otro humano.

No era común que los entrenadores pasaran por el pueblo a menos que fueran oriundos del lugar y regresaran para visitar a sus familias luego de sus largos viajes. ¿Qué vendría a hacer en ese lugar alguien que no era del pueblo? La respuesta era más que obvia: Oak.

— ¿Estás completamente segura de que es por aquí? —preguntó Moonghost ansiosamente.

— ¡Ya te dije que sí! —refunfuñó Dyfir, alzando un poco la voz a causa de la frustración—. El señor dijo que siguiéramos derecho por dos cuadras, luego girar a la izquierda, luego seguir caminando hasta encontrar un letrero cubierto con forma de Pidgey y tomar el camino de la izquierda… ¡Y este es el camino de la izquierda! —recitó rápidamente con cierta desesperación. Estaba tan hastiada de repetir las instrucciones, que arrancaría el poste y lo quemaría cuando partieran del pueblo—. Se supone que deberíamos tropezarnos con unas escaleras que llevan a un edificio con un molino.

— Que es el laboratorio del profesor Oak —añadió Flowar muy risueña, prácticamente ignorando el estrés que la impaciencia de su hermano producía en la joven.

El grupo siguió de largo, sumido en una plática que se desviaba al sinsentido total, sin percatarse siquiera de la presencia de las dos mujeres cuando pasaron frente a ellas, quienes los siguieron con la mirada hasta que se perdieron de vista.

— ¿Acaso me volví loca o eran…? —balbuceó la regordeta.

— No, no estás loca, eran pokémon parlantes —dijo la otra, interrumpiendo a su compañera para permitirse recuperar la compostura y dejar que su cabeza comenzara a maquinar un plan que le garantizara obtener la primicia de un jugoso chisme.

Sorprendentemente, apenas pasaron algunos minutos cuando divisaron a la distancia el icónico edificio, en lo más alto de una colina… al final de una larga y empinada escalera.

Tardaron un poco en llegar a la puerta por causa de Dyfir, quien maldijo por lo bajo cada escalón, no podía ni con su alma cuando se dejó caer sobre sus posaderas al llegar a la cima, sintiendo que el sudor resbalaba en inmensas gotas por su rostro mientras intentaba recuperar el aliento. Moonghost se unió a ella al instante, los últimos peldaños prácticamente los subió arrastrándose, respirando irregularmente y emitiendo un sonido que en otro momento hubiese hecho que Dyfir llorara de risa.

— ¡¿Acaso el viejo ese no pudo poner más escaleras?! —preguntó Moonghost chillonamente—. Si tengo oportunidad de decírselo, le puedo proponer diseñarle un edificio de cien pisos sin elevador, a ver así logra matar a las personas a punta de cansancio. ¡Ya entendí la indirecta, viejo, no te gustan las visitas! ¡Con un cartel que ponga "No molestar" es suficiente!

— Eres un exagerado sin remedio, Moonghost, aunque tengas algo de razón —dijo Flowar entre risas, sentándose cerca de su hermano. A diferencia de él, no aparentaba estar cansada en absoluto—. Como es alguien famoso, seguro gusta que le visiten lo menos posible, lo que explicaría lo apartado que está su laboratorio. Igual, es un lugar adorable, ¿no crees?

— ¡Claro! Es un hombre tan importante, que las personas hacen filas interminables para subir éstas escaleras, sólo para recibir frases motivacionales prefabricadas— espetó Eve sarcásticamente, señalando con un gesto la desértica calle a su espaldas.

Ella había llegado a la par que su hermana, con Mewtwo pisándole los talones, ambos frescos como lechugas, cosa que hizo a Dyfir sentirse ligeramente avergonzada por su mala condición física.

La joven se reincorporó decidida a demostrar su valía, yendo hacia la puerta a paso tan lento que parecía tener cemento en los pies, todo por culpa del esfuerzo que convirtió sus piernas en gelatina. Ilusionándose con la idea de tomar un poco de agua bien fría —o una refrescante limonada—, levantó el puño para llamar a la puerta, deteniéndose a pocos centímetros al notar algo que la hizo sonrojarse por pura indignación.

— Si no dependieras tanto de la levitación por flojo, estas escaleras serían una tontería para ti, Moonghost —dijo Flowar con ternura, dándole unas palmaditas en la rodilla a su hermano. Ella fue la primera en percatarse de que algo le sucedía a Dyfir— ¿Sucede algo, linda?

Ante la falta de respuesta por parte de la entrenadora, Flowar y Moonghost intercambiaron miradas de extrañeza antes de que el fantasma se levantara del tiro, olvidándose de su extenuación al mirar con curiosidad por encima del hombro de Dyfir.

— ¡Oh, miren! Hay un cartelito pegado a la puerta —dijo Moonghost alzando un poco la voz, algo sorprendido—. A ver, dice: "Salí a almorzar, vuelvo más tarde" —al terminar, volteó a ver a los demás.

Si bien la noticia les cayó como una piedra en el estómago, la primera en reaccionar fue Eve, quien resopló con hastío y frunció el ceño, resintiendo que le quitaran tanto tiempo valioso.

Dyfir salió de su estupefacción justo cuando Eve se daba la media vuelta y comenzaba a bajar las escaleras, confundiendo a todos sus compañeros.

— ¿A-a dónde vas? —balbuceó Flowar con cierta preocupación, sin dudar en seguirla—. No estarás pensando en hacer una tontería, ¿cierto?

— Voy a buscar al viejo del demonio y traeré su trasero de vuelta a patadas, no me importa dónde esté, mientras más lejos mejor —espetó Eve en respuesta, ignorando el chillido de indignación que soltó su hermana flor.

— ¡Eve, ese lenguaje no es propio de una señorita! —exclamó Flowar frunciendo el ceño levemente. Aunque luego suspiró con pesar, terminando por sonreír y seguirla muy contenta, casi pegando saltitos—. Pero es muy dulce de tu parte querer ayudar. Mientras más ojos estén buscando al profesor, más pronto lo encontraremos.

— ¿Qué bicho les picó? —preguntó Moonghost con un hilillo de voz, alcanzándolas como pudo y señalando a Flowar—. Tú, porque estás apoyando el maltrato a los fósiles —entonces apuntó a Eve—.Y tú, porque tanta amabilidad huele a Trubbish. ¿Qué está maquinando esa mentecita tuya?

Dyfir sacudió la cabeza para avisparse y alcanzarlos, con un Mewtwo bastante hastiado siguiéndolos también con cierta desgano, ambos preguntándose también el por qué Eve rompía el esquema de la lista de "Cosas que Eve jamás haría ni aunque su vida dependiera de ello"

— ¡Amabilidad mis polainas! —espetó Eve tajantemente, omitiendo los últimos diez escalones con un salto y volviendo por dónde habían llegado—. Esto es una absoluta pérdida de tiempo, pero ustedes se negaran a irse hasta que vean a esa momia, así que si lo consigo pronto nos podremos largar de este lugar. ¿Acaso es tan difícil de deducir?

— ¿Pero por qué tanta prisa? Ni siquiera has captado la señal de otro de nuestros hermanitos. ¿A dónde iríamos? —preguntó Moonghost algo preocupado.

— A cualquier otro lado menos este —contestó Eve obstinada, caminando por la calle como alma que lleva el diablo. Prefería mil veces estar metida en un bosque repleto de Beedrill que en un pueblo lleno de humanos.

Bajaron por la misma calle por la cualquier vinieron, siguiendo a la ofuscada Eve que daba unas buenas zancadas e iba más rápido que los demás, deteniéndose frente a una pequeña tienda de víveres cuando Dyfir le dio el llamado de alto.

— Es mejor idea que lo esperemos en el laboratorio, Eve —rezongó la entrenadora, recostándose en la baranda para recuperar un poco el aliento bajo la mirada asesina de la pokémon—. No tenemos idea de dónde pueda estar, es como intentar buscar una aguja en un pajar.

— Eso suena aburrido y Eve necesita desahogarse un poco, tanto enojo nunca es bueno —dijo Flowar alegremente, ganándose un gruñido de reprobación de parte de la aludida—. De todos modos, el pueblo es pequeño, si no lo encontramos nosotros alguien más podría saber dónde está.

— Sí, pero si no nos movemos, jamás vamos a hallarlo —espetó Eve de malagana, caminando impacientemente de un lado hacia el otro.

— ¡Dame un respiro! —bufó Dyfir dejándose caer en el suelo, sacando su cantimplora de la mochila para tomar un poco de agua, ofreciéndole a los demás—. Estamos caminando desde temprano y luego tuve que subir todas esas escaleras. Necesito descansar.

Con Eve replicándole a Dyfir con respecto a que aquello había sido su idea, ninguno se percataba de que estaban siendo observados desde un rincón oscuro de la tienda. La mirada aguileña de la figura oculta tomaba nota mental de cada rasgo de los viajeros, sintiendo que su corazón latía a mil por hora cuando salió de su escondrijo, repasando el guion que había preparado para la ocasión. Aquel era su momento de gloria y nadie podría arrebatárselo.

— ¡Buenas tardes! —exclamó alegremente y con toda amabilidad, haciéndole pegar un respingo a Dyfir que la puso de pie al tiro—. Disculpa que te moleste, dulzura, pero me pareció escuchar que estás buscando al profesor Oak. Quizás yo pueda ayudarte.

Dyfir, quien aún no había podido pronunciar ni una sola palabra, le lanzó una mirada dubitativa a sus compañeros y luego a la anciana. "¡Te tengo!", pensó la desconocida, festejando en su interior por ser la dueña de la nueva exclusiva del pueblo, ya se veía contándoselo a las demás.

— Descuide, señora, no es necesario —dijo Dyfir con una risilla nerviosa. La estupefacción de la anciana no tenía comparación—. Es cierto que buscamos al profesor Oak, venimos de muy lejos y no está en su laboratorio, pero no es tan urgente…

— ¡Ajá! —lanzó la anciana agarrando a Dyfir por el brazo y arrastrándola consigo, reacia a dejarlos ir tan fácilmente—. Conque el viejo ese no estaba en su laboratorio, ¿eh? No puede estar muy lejos, dulce niña, yo te lo localizo tan rápido como encuentro una aguja en un pajar. ¡No tardaré nada! ¿Cómo te llamas, bonita? ¿Vienes de muy lejos?

— Está de broma, ¿cierto? —musitó Eve a sus hermanos mientras Dyfir desaparecía en las entrañas del establecimiento.

Un chirrido repentino les puso los pelos de punta y les hizo rechinar los dientes, hasta que una voz resonó por todas partes, consiguiendo que a todos se les pusiera la cara verde de vergüenza.

— ¡PROBANDO, PROBANDO! —la voz de la anciana se proyectaba a través de unos megáfonos en los no se habían fijado antes— ¡¿SE ESCUCHA?! ¡¿SÍ?! ¡PROFESOR OAK! ¡SI ESTÁ ESCUCHANDO ESTE ANUNCIO PRESÉNTESE INMEDIATAMENTE EN MI OFICINA! ¡ES UNA EMERGENCIA! ¡REPITO: ES UNA E-MER-GEN-CIA!

La cara de estupefacción de todos era épica, sus cerebros se habían paralizado por completo, no sabían si por la mentira o el modo en que fue anunciada.

— ¡E-eso no era necesario! —balbuceó Dyfir bastante alterada y con la cara roja de vergüenza, saliendo a trompicones de la tienda— ¡No es para nada urgente! ¡Ay, por todos los cielos! ¿Ahora cómo voy a poder verlo a la cara?

— ¡Oh, querida! ¡Todavía te queda tanto por aprender de la vida! —dijo la anciana tras mientras la seguía, negándole con el dedo y con una expresión de "todo lo sé"—. Cuando Oak desaparece, nadie sabe en dónde se mete, la mejor manera de apurarlo es hacerle creer que hay una emergencia catastrófica o no prestará atención a mi "llamadita". Además, aquí entre nosotras, creo que tiene una aventurita con la madre de uno de sus entrenadores apadrinados, si sabes a lo que me refiero…

— ¿Llamatida? —bufó Moonghost—. Alguien me hace una "llamadita" como esa y yo le hago una "llamadota" de vuelta por desgraciado.

— A mí lo que me intriga es la necesidad de la señora de saber siempre en dónde está el profesor —comentó Flowar ladeando una oreja.

— Yo sólo sé que la Chatot que teníamos como vecina se queda en pañales al lado de esta vieja chismosa —señaló Moonghost, sacando la lengua para mostrar su desagrado.

Repentinamente, las orejas de ambos se movieron de arriba a abajo en rápidos movimientos y giraron la cabeza a la derecha. Un joven con una banda rosada cubriéndole la frente, franela azul y pantalones a la rodilla, corría hacia ellos. Detrás de él venía al trote un señor de cabellos canosos, piel tostada y con una bata blanca ondeando al viento. De último, los seguía una señora con un delantal blanco lleno de manchas de colores. Por la prisa que llevaban pasaron de largo, sin notar la presencia de los hermanos y Mewtwo siquiera, yendo directamente hacia Dyfir y la anciana.

— ¡¿Qué sucede, señora Florenda?! ¡¿Dónde está la emergencia?! —exclamó muy alterado el hombre, respirando entrecortadamente por el maratón que se había echado.

— Respire y tranquilícese, profesor— contestó la anciana, dedicándole una rápida sonrisa de picardía a Dyfir, que todavía no hallaba en dónde esconder la cara—. La emergencia ha sido controlada. ¡Al fin lo encontramos!

— ¡¿Cómo dice?! —exclamó el joven de la banda, frunciendo el ceño y con la nariz roja—. Señora Florenda, estábamos terminando de almorzar, casi se nos sale el alma cuando escuchamos el anuncio.

— Esta chica —dijo Florenda señalando con un gesto a la pobre Dyfir, cuyo rostro la hacía parecer un Electrode gracias al contraste con su cabello— fue a su laboratorio y como no lo encontró fue a buscarlo por todo el pueblo. ¡Miren la hora que es! ¿No les da vergüenza hacer esperar a una dama?

La señora que acompañaba al profesor y su asistente fue la primera en fijarse de la presencia de los pokémon, acercándose cuidadosamente hasta Flowar e inspeccionándola con curiosidad.

— Oh, pero qué flor tan preciosa. ¡Y qué bien huele! —comentó con una gran sonrisa.

Ahí fue cuando los otros dos voltearon, quedando boquiabiertos ante los pokémon tan peculiares que estaban ante ellos, a pesar de que la mirada de Eve les advertía claramente que no se acercaran.

— Bueno, Dyfir, aquí lo tienes —dijo Florenda orgullosamente—. El famosísimo profesor Samuel Oak, su asistente Tracey y la señora Ketchum, ella es madre de un entrenador apadrinado de Oak —añadió, alzando las cejas y sonriéndole con picardía, consiguiendo que Dyfir se tapara el rostro con las manos y deseara que un Swalot se la tragase entera.

Los minutos pasaron como si fueran horas mientras Dyfir platicaba con el profesor Oak en la sala. Claramente estaba fascinado con los hermanos y Mewtwo, comentándole que antes había visto pokémon raros y únicos, pero que siempre resultaba una experiencia maravillosa encontrarse con más… ¡especialmente si eran cuatro a la vez!

Con el profesor Oak ocupado, su asistente —que se presentó como Tracey— había agarrado a Flowar como modelo y no paraba de hacer bocetos de ella, sorprendido por su singularidad y dulzura.

Así transcurrió lo que quedaba de la tarde hasta el atardecer, cuando Oak culminaba la examinación del equipo de Dyfir con Tretsenl, que parecía algo nervioso por la mirada penetrante del hombre.

— Permíteme decir que tus pokémon a simple vista lucen sanos, felices y fuertes, Dyfir. No cabe la menor duda de que hasta ahora has hecho un maravilloso trabajo en su crianza y entrenamiento—dijo Oak, acariciando al dócil Furret detrás de la oreja.

Al otro lado de la ventana, en el amplio jardín del laboratorio, Eve escuchó claramente la exclamación de júbilo que pegó Dyfir, entrecerrando los ojos con recelo. Estaba atenta a lo que la joven decía para evitar que soltara más información de la que debía, aunque era difícil concentrarse cuando Moonghost no paraba de dar volteretas en el aire, acercándose a ella cuando se aburrió de tontear.

— Este lugar tiene un aire hogareño muy agradable, ¿no crees? —dijo a su hermana con una sonrisa de oreja a oreja—. Como es campo abierto no te sentirás enferma y, además, hay muchos pokémon aquí. Ya sabes, podrías intentar hacer amigos.

En ese momento, Moonghost sintió que alguien lo agarraba de la cola, volteó y fue incapaz de reaccionar a tiempo para evitar que una enorme masa viscosa y maloliente lo aplastara. Eve pudo evadirlo por muy poco al pegar un salto con bastante gracia, observando con una sonrisa burlona mientras su hermano era víctima del abrazo de un Muk.

— Creo que será difícil hacer amigos contigo cerca, hermano, tu carisma me supera —dijo Eve entre maliciosas risillas a medida que el Muk le demostraba su afecto al fantasma.

— ¡¿Qué es esto?! ¡Eve, Flowar, auxilio! —chilló Moonghost con voz aguda, agitando los brazos desesperadamente, intentado librarse del pokémon en vano.

— ¿Le deberíamos recordar que puede desvanecerse y atravesarlo? —susurró Flowar al oído de Eve, quien había llegado corriendo al escuchar el alboroto, sin poder contener la risa cuando le negaron con la cabeza como respuesta.

— ¡Dejen de reírse y ayúdenme! —exclamó Moonghost a la par que por fin se desembarazaba del Muk y echaba a correr. El pokémon viscoso lo persiguió y, por increíble que parezca, le seguía el trote sin muchos problemas— ¡Ayuda, ayuda!

— ¡Lo siento Moonghost! —exclamó Flowar, desternillándose de la risa con su hermana—. Los Muk le producen sarpullido a Eve y a mí me ensucian demasiado, es difícil quitar de la piel fluidos de Muk, ¿sabes?

Ajenos al alboroto que producía Moonghost huyendo del cariñoso Muk, Dyfir continuaba hablando con el profesor Oak, explicándole lo que podía acerca de los hermanos.

— Los conocí cuando estaba tomando unas vacaciones en Altomare —dijo, tomando un poco del té que le habían ofrecido—. Estando en el Museo de Historia, Eve entró y robó un artículo en exhibición, donde resultó que Moonghost estaba encerrado. Desde entonces estoy viajando con ellos —se detuvo un momento, fijando la mirada en el contenido de su taza, meditando un poco todo lo que había sucedido desde ese día—. Estaba viajando para participar en la Liga Johto, de hecho, sólo me falta una medalla para poder inscribirme. Pero… cuando me topé con ese par, algo dentro de mí me impulsó a acompañarlos, no sé si fue la sed de aventura o algo más… no estoy segura, me es difícil explicarlo sin que suene extra…

Un golpe en la ventana los hizo respingar, encontrando la cara de Moonghost aplastada contra el vidrio, articulando la palabra "Ayuda" hasta que desapareció, probablemente al caer de nuevo víctima del cariño del Muk.

— Eh… por lo que me has relatado, son unos pokémon llenos de misterios y producen un sumo interés en mí —dijo Oak riendo nerviosamente, intentando disimular lo que acababa de suceder— ¿Me permitirías estudiarlos? No es necesario que se enteren, los observaré con bastante discreción.

— Si esa decisión estuviese en mis manos, probablemente le diría que sí, profesor —dijo Dyfir con seriedad—. Pero Eve tiene mal carácter y no le gusta que se metan en sus asuntos, más todavía si se trata de un humano, no creo que lo permita.

El timbre sonó en ese momento, llamando la atención de Oak e interrumpiendo la conversación cuando Tracey fue a atender la puerta. En menos de un minuto, un chico de tez tostada con un Pikachu en los hombros irrumpió en la sala, desbordando optimismo y felicidad.

— ¡Hola, profesor, estoy de vuelta! —exclamó con alegría, secundado por su Pikachu que levantó la patita en señal de saludo— ¡Uf, al fin llegué! Disculpe que haya entrado así, pero mi mamá no está en casa. ¿Está aquí? Tengo muchas ganas de verla.

— ¡Qué gusto verte de nuevo, Ash! —respondió Oak, dedicándole una radiante sonrisa al recién llegado.


¡Yay! ¡Una nueva actualización!

Siendo un capítulo de transición, no tiene mucho que aportar a la historia, paralo único que sirve es para recordarme el enorme error que cometí en incluir a Ash, aunque sólo haga un par de apariciones breves en toda la trama.

Por si lo preguntan, para ese entonces estaban pasando la temporada de "Batalla de la Frontera" en Latinoamérica y no sé qué demonios me sucedió... ah, no, espera, quen odiaba a Ash y May como personajes y quería echarles tierra. Ya, ya, eso no justifica mi impulso de idiotez.

Este capítulo, al igual que todos los anteriores, tiene una portada. Para verlas, por favor visiten mi galería en deviantart, ahí posteo todos los dibujos relacionados al fanfic.

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