El núcleo en el mapa de Harry Potter le pertenece a JK Rowling.
El núcleo en el mapa de esta historia le pertenece a White Squirrel.
Capítulo 21
El ladrón estaba ahí, parado en frente de un espejo adornado, con su turbante morado.
–¡Quirrell! –Siseó Septima Vector.
El hombre se dio la vuelta y para su sorpresa, estaba sonriendo en lugar de temblando de miedo.
–Debí de saberlo –dijo Septima–. Siempre es el profesor de Defensa.
–Oh, Septima, que sorpresa. –No sólo no estaba tartamudeando, la voz de Quirrell era más segura de lo que había sido cuando era profesor de Estudios Muggles–. Estaba esperando encontrarme con el joven Harry Potter.
–Y quizás así hubiera sido considerando como dejaste la mitad de las puertas abiertas. Por suerte, sus amigos son un poco más responsables que él.
Quirrell se rió.
–No hubiera esperado eso considerando su casa. Pero no importa, mi amo se encargará de él en su momento.
Septima palideció.
–¿Tu amo?
La sonrisa de Quirrell se curvó de manera maliciosa.
–Oh sí, Septima, tú y tus colegas hicieron un buen trabajo. Nunca hubiera podido atravesar los obstáculos por mí mismo. Pero por supuesto, ¿cómo podrían detenerme cuando tengo a Lord Voldemort de mi lado?
Septima hizo todo lo que pudo para no gritar. ¿Potter tenía razón? ¿Era Quien-No-Debe-Ser-Nombrado quien quería la piedra? Intentó enfocarse en cualquier otra cosa para no perder la cabeza.
–¿C… cómo atravesaste mi obstáculo? –Preguntó.
–Ah, ese fue el más difícil –dijo–. Algún tipo de código muggle, estoy seguro. Tú siempre estuviste enamorada de ellos. Por suerte, mi amo encontró un encantamiento oscuro que les dio daltonismo a las estatuas. Y ni siquiera eso funcionó por sí solo, pero cambiar los colores de gris a red hizo el truco.
Lo cual hubiera sido interpretado como ceros, pensó Septima. Y entonces el código cero lo abriría. Pero no creí que algo así fuera posible. Casi todos los filtros rojos deberían de haber cambiado el azul a violeta y el violeta a casi negro.
–Supongo que tú tenías una llave ya que el encantamiento ya debería de haberse desvanecido –agregó Quirrell.
Y casi fue así, se dio cuenta Septima. Pero su visión aún estaba lo suficiente distorsionada para que Hermione pudiera engañar las estatuas.
–A...a...algo así –mintió.
Quirrell asintió.
–Por supuesto, cree un obstáculo fácil para mí.
Claro que lo hizo.
–Así que todo fue un acto –dijo ella con ira–. El tartamudeo, la incompetencia, el estar asustado de tu propia sombra, ¿todo?
La sonrisa de Quirrell se volvió condescendiente.
–Por supuesto. Después de todo, ¿quién sospecharía del p...p...pobre y t...t...tartamudo profesor Quirrell?
–¿Y el troll en Halloween? –Hizo la conexión–. ¿Fue sólo una distracción?
–Claro. Desafortunadamente, mientras todos corrían por todos lados, Snape aún consideró el detenerme. Pero basta de tonterías. Necesito examinar este interesante espejo. –Comenzó a dar leves golpes al marco decorado–. Sé que el espejo es la clave para encontrar la piedra. Claro que Dumbledore haría algo así. Necesito obtener la piedra antes de que mi amo regrese.
Eso fue suficiente para Septima. Enfocándose en su ira y empujando su miedo a Quien-No-Debe-Ser-Nombrado, elevó su varita.
–¡Hijo de perra! ¡Estuviste a punto de matar a mi estudiante favorita! Si quieres la piedra, ¡tendrás que derrotarme primero! ¡Desmaius!
Si ese hubiera sido el Quirrell tartamudo, pensó Septima, le hubiera ganado con facilidad. Pero ese Quirrell resultó ser bastante competente. Se dio la vuelta y rechazó su hechizo aturdidor con un simple movimiento de su varita.
Septima no había estado en un duelo en años. Había sido bastante buena en su juventud, como muchos aritmagos, pero estaba fuera de práctica. Creó un escudo y realizó maleficios para capturar e incapacitar, pero no era rival para Quirrell, quien estaba lanzando maldiciones oscuras como si repartiera dulces. Apenas había pasado un minuto cuando una maldición pasó su escudo y la lanzó contra la pared, y después todo se volvió oscuro.
–¡Ron! –Hermione y Harry corrieron a través de la cámara de la profesora Vector donde su amigo pelirrojo estaba sentado sosteniendo su brazo derecho.
–Ron, ¿estás bien? –Le preguntó Harry.
–No –gimió–. Creo que mi brazo está roto… No creo que el encantamiento ablandador funcionara… ¿dónde está Vector?
–Fue a detener al ladrón –dijo Hermione rápidamente–. Logramos pasar el resto de los obstáculos, pero tenemos que ir por ayuda.
–¿Puedes caminar? –Dijo Harry.
–Eso creo… ¡Ah! Creo que… tengo moretones en todos lados. –Se puso de pie lentamente. Estaba cojeando un poco y tenía un moretón en su muñeca donde la reina blanca lo había tomado, pero recargo su buen brazo alrededor del hombro de Harry como apoyo.
El trío caminó hacia el cuarto con el lazo del diablo dónde encontraron la escoba recargada contra la pared.
–¡Arriba! –Ordenó Harry. La escoba saltó a su mano y se sentó en ella–. Ron, siéntate en medio para que puedas sostenerte. Hermione, ¿estarás bien atrás?
No, pensó ella.
–¿Tengo otra opción?
Ron se subió a la escoba sosteniéndose con su buen brazo de Harry. Hermione se sentó atrás y abrazó la cintura de Ron con fuerza. El niño se quejó por el dolor, pero no se movió.
Después Harry dio una patada y la escoba se elevó casi vertical, volando con fuerza hacia la trampilla sobre ellos.
–Oh, no… ¡no me gusta esto! En verdad no me gusta esto… ¡Ah! –Hermione gritó, pero el viaje fue afortunadamente corto, y sólo fue su sorpresa lo que evitó que Fluffy se lanzara sobre la escoba antes de que lograran abrir la puerta.
–Eso estuvo cerca –dijo Harry.
–Dímelo a mí –agregó Ron.
–Harry, por favor, bájanos –rogó Hermione.
–No hay tiempo, ¿dónde está el apartamento de McGonagall?
Hermione sacó su mapa de su túnica y lo revisó.
–Sexto piso, debajo de la torre de Gryffindor, pero… ¡Ah! –Gritó con más fuerza que antes cuando Harry comenzó a volar entre los pasillos a una velocidad nada segura.
–¡Snape! –Gritó Ron mientras pasaban el cuarto piso. Y era Snape. Harry casi chocó contra la pared cuando se dio cuenta de que el maestro de Pociones no era el ladrón. Snape gritó palabras que Hermione nunca había escuchado decir a un profesor antes y comenzó a lanzar hechizos hacia ellos mientras pasaban, pero Harry iba muy rápido.
En el quinto piso volaron cerca de Filch y la Sra. Norris. Filch también fue muy lento para atrapar la escoba, pero la gata corrió cerca de ellos. Cuando llegaron al sexto piso, Harry casi los estrelló contra algo que nunca hubiera esperado ver pero lo hizo sentirse mejor al instante. La profesora McGonagall estaba en el pasillo hablando con el mismísimo profesor Dumbledore.
–¡Profesores! –Gritaron todos mientras se detenían. Por supuesto, al momento en el que aterrizaron McGonagall explotó.
–¿Qué significa esto? –Gritó–. ¡Cincuenta puntos de Gryffindor por cada uno y detención por el resto de año!
En ese momento ignoraron por completo el castigo, no sólo porque la profesora Vector (probablemente) lo revertiría. Harry saltó de su escoba y se dirigió al profesor Dumbledore.
–Profesor, ¡alguien está intentando robar la piedra filosofal!
–¡Qué! –Gritaron tanto Dumbledore como McGonagall.
–La profesora Vector aún está abajo –lloró Hermione.
Pero antes de que pudieran responder escucharon otro grito y una figura oscura se dirigió hacia ellos, su túnica negra agitándose detrás de él.
–¡Potter! ¡Weasley! ¡Granger! –Gritó Snape–. ¡Cincuenta puntos de Gryffindor por cada uno y detención por el resto del año!
–Ya dije eso, Severus –dijo McGonagall–. Y si ustedes tres siguen insistiendo sobre esa piedra…
–¡No estamos mintiendo! –Dijo Hermione. McGonagall comenzó a hablar de nuevo, pero gritó sobre ella–. ¡La profesora Vector entró en la última cámara! ¡Pasamos el ajedrez, el troll de Quirrell, el fuego maldito de Snape y todo!
Los tres profesores de paralizaron.
–¿Saben sobre el ajedrez? –Susurró McGonagall.
–¿Y el fuego maldito? –Dijo Snape con sospecha.
–Creo que lo mejor será que expliquen exactamente lo que ocurrió –dijo el profesor Dumbledore con seriedad.
Harry respiró profundamente.
–Ron y yo escuchamos al profesor Quirrell hablar con alguien sobre robar la piedra filosofal… –Dejó de lado quien era ese alguien.
–Y ninguno de ustedes nos creyó –dijo Ron antes de bajar la cabeza, nervioso.
–Así que fui a detenerlo –agregó Harry.
–Y nosotros fuimos por la profesora Vector para detener a Harry… –dijo Hermione. Cambiaron de turno, rápidamente resumiendo lo que había ocurrido hasta que llegaron a la parte sobre la profesora Vector entrando en la última cámara. Mientras hablaban los tres profesores palidecieron aún más, incluso Dumbledore. Parecía que ninguno tampoco había considerado que la piedra estuviera en peligro.
–Basta –dijo Dumbledore con aprensión–. Lleven al Sr. Weasley a la enfermería. Debo ir a detener al ladrón. ¡Fawkes! –Repentinamente, hubo una luz brillante. Algo grande con alas y que parecía estar hecho de fuego se apareció sobre la cabeza del director. Después, el fuego pareció rodearlo y, en un parpadeo, se había ido. Hermione se maravilló ante lo que estaba segura era un fénix de verdad mientras McGonagall y Snape continuaban paralizados.
–Bueno… lo escucharon… –dijo McGonagall con los labios apretados–. Enfermería.
Los dos profesores llevaron a los tres niños a la enfermería. Harry continuó lanzando miradas nerviosas a Snape sobre su hombro. Cuando llegaron, McGonagall alertó a Madame Pomfrey, quien parecía molesta por tener que lidiar con una herida a esa hora. Apenas había terminado de examinar a Ron cuando la llama dorada se apareció, dejando al profesor Dumbledore en el suelo con una hermosa ave de color rojo y dorado sobre su hombro mientras se inclinaba sobre la profesora Vector, quien estaba recuperando la conciencia.
Hermione soltó una expresión de sorpresa y chilló corriendo a su lado.
La aritmaga parpadeó un poco.
–¿Hermione…? –Dijo con voz débil.
–Albus, ¿qué ocurrió? –Dijo McGonagall con temor.
Dumbledore levitó a Vector a una cama.
–Fue atacada en la cámara con la piedra filosofal –dijo rápidamente–. El ladrón, quien estoy seguro era Quirrell, ya se había ido y se llevó el espejo con él. –McGonagall se quedó sin aliento–. Ya había salido del tercer piso y se había ido cuando llegué. Debemos de buscar en el castillo al instante, Minerva. Levanta al resto de los profesores e informa a los fantasmas y retratos. ¡Rápido! –Los tres profesores comenzaron a irse.
Hermione tuvo una idea.
–Espere, profesor…
–Señorita Granger, no hay tiempo…
–Por favor, señor. ¿Qué tipo de espejo es?
Repentinamente, la profesora Vector tosió y respondió con voz rasposa.
–Grande… pesado… –Hermione se acercó a ella–. Ocho pies de alto… marco de bronce…
–¡Perfecto! Eso quiere decir que no puede moverse con rapidez, y no cabrá en las ventanas. –Sacó su mapa y colocó las páginas sobre la cama de al lado donde Ron estaba sentado.
–Señorita Granger –dijo McGonagall con impaciencia.
–¡Espere y mire! He estado explorando el castillo todo el año. Sólo hay dos salidas a los terrenos desde el ala oeste, aquí y aquí. Y sólo hay cuatro caminos al ala este. Y con todas las escaleras alrededor…
–Ahí. La torre del reloj –señaló Ron–. Si salió del tercer piso, es la única salida en ese nivel.
–Por supuesto. Excelente deducción –dijo Dumbledore. –Severus, ven conmigo a la torre del reloj. Minerva, despierta a los demás profesores y cubran las demás salidas.
Los tres profesores se dieron la vuelta para irse.
–¡Quien-Ustedes-Saben! –Tosió Vector.
McGonagall se detuvo.
–¿Qué? –Dijo sin aliento.
–Quirrell… trabajando… Quien-Ustedes-Saben…
–Lo sospechaba, Septima. Descansa –dijo Dumbledore y se fue, seguido por sus colegas.
–¡Lo sabía! –Dijo Harry. Hermione suspiró y bajó la cabeza.
–Lo siento, Harry –dijo–. Pensé que lo entendía todo. Todos los profesores estaban tan seguros, y no había razón para pensar que tu cicatriz significara algo hasta que… bueno… Intentaré no ignorar lo que dices de ahora en adelante.
–Sí –agregó Ron aun sosteniendo su brazo–. Lamento que pensáramos que te volviste loco. Supongo que conoces a tus magos oscuros.
Madame Pomfrey también palideció ante la revelación de Vector, pero permaneció profesional.
–Recuéstate, Sr. Weasley. Te atenderé en un momento.
Hermione permaneció de pie al lado de Vector mientras Madame Pomfrey continuaba revisando sus costillas.
–Profesora, ¿qué ocurrió? –Preguntó.
Vector intentó respirar profundamente pero hizo una mueca de dolor.
–Un maleficio directo al pecho –susurró–. Me dejó inconsciente. Debió de huir entonces… –Sonrió un poco–. Ese fue un gran trabajo, Hermione.
–Gracias –dijo Hermione distraídamente–. ¿Pero por qué siento que estoy ignorado algo?
Todos fruncieron el ceño. ¿Había algo más? Harry estaba sentado en la cama cercana preguntándose lo mismo, y después se dio cuenta.
–Si el espejo es tan grande, ¿cómo es que Quirrell lo sacó de la trampilla?
Hermione sintió algo frío sobre su pecho.
–¡Merlín! No podría… no antes de que Dumbledore lo encontrara. Y nosotros nos llevamos la escoba. Debió de encontrar otra manera. –Comenzó a revisar las páginas de su mapa buscando otra salida–. Vamos, vamos, vamos… Ron, tú eres el experto en ajedrez. Si fueras Quirrell, ¿cuál sería tu estrategia para sacar algo tan grande y pesado del castillo sin que nadie lo notara si estuvieras en la zona subterránea?
–No lo sé –dijo Ron un poco mareado–. ¿Cómo dejó entrar al troll?
–Túneles de drenaje. –Las palabras salieron de la profesora Vector.
–¿Qué?
–Quirrell dejó entrar a los trolls a través de los túneles de drenaje debajo del castillo –susurró.
–Por supuesto, esa es la manera perfecta –dijo Ron con orgullo–. Nunca nadie va ahí, así que no pensaríamos en eso como una salida normal. Y ya ha estado ahí.
Harry se acercó a su hombro y miró al mapa.
–¿Dónde están los túneles? –Dijo con fuerza.
Hermione encontró la página de las mazmorras e intentó recordar dónde había algo que pudiera llevar abajo desde ahí.
–Eh… la tubería lleva al lago… deben de estar aquí, junto a donde están los botes –dijo.
–Gracias, Hermione. –Harry tomó la página y salió corriendo.
–¿Harry? ¡Harry, detente! –Gritó corriendo detrás de él. Pero él no respondió y era más rápido que ella–. ¿Puedes… detenerte…? Oh, ¡Locomotor Wibbly!
Harry cayó al suelo con fuerza y finalmente lo alcanzó.
–¡Hermione! –Gritó con enojo.
Pero ella tomó la página del mapa y lo sostuvo con fuerza de la muñeca mientras cancelaba su hechizo.
–¿Puedes pensar por una vez, Harry? La profesora Vector fue derrotada ahí abajo. No puedes detenerlo solo. Hay que advertir a Dumbledore. Vamos, la torre del reloj está más cerca de todos modos.
Harry la miró con molestia pero permitió ser llevado mientras ella corría en dirección opuesta. Con su conocimiento excelente del castillo, llegaron a la salida en tiempo récord.
Sólo para ser bloqueados por un Snape molesto.
–¿Qué quieres ahora, Potter? –Gruñó el maestro de Pociones.
–Profesor, estábamos equivocados –dijo Hermione, una frase que hizo parpadear a Snape por sorpresa viniendo de ella–. Quirrell no pudo cargar el espejo a través de la trampilla. Es muy grande y nosotros nos llevamos la única escoba. Tiene que estar en los túneles de drenaje. Tienen que enviar a alguien a la salida.
–Oh –dijo Dumbledore detrás de Snape–. ¿Cómo olvidamos eso? Severus, quédate aquí. Yo iré. ¡Fawkes! –El director desapareció en otra llamarada, dejando a los niños y a Snape mirándose uno al otro.
Nadie se movió por un momento.
–¿Ya terminaron? –Gruñó el maestro de Pociones.
Hermione y Harry asintieron lentamente antes de darse la vuelta y caminar de regreso a la enfermería. Harry estaba molesto, notó Hermione, pero era mejor que si él corriera al peligro otra vez. Era cierto que él era la única razón por la que habían descubierto a Quirrell, (y ella aún tenía dificultad en creer que era el pobre y tartamudo profesor Quirrell), pero al final, era culpa de los maestros, por mucho que odiara admitirlo. Esperaba que hubiera una buena explicación una vez todo terminara.
A Quirinus Quirrell no le gustaban los túneles húmedos y olorosos debajo del castillo de Hogwarts, pero ciertamente pasaba mucho tiempo en ellos. Guiado por la luz de su varita, jaló el espejo de Oesed sobre el suelo, con cuidado de no dejarlo caer tal como lo había ordenado su amo.
Su plan era simple: seguir los túneles de drenaje hasta el final, robar un bote, y navegar en el Lago Negro hasta el área donde terminaban las barreras para poder aparecerse lejos de ese lugar con ese maldito objeto. Nadie lo encontraría ahí. Su amo era más sensato que la mayoría de los magos.
Desafortunadamente para él, Albus Dumbledore no era como el resto de los magos. Y ahí estaba su silueta de nuevo a la salida del túnel, con su varita en mano.
–Estoy muy decepcionado de ti, Quirinus –dijo simplemente.
–¡Dumbledore! –Siseó Quirrell–. ¿Cómo…?
–Cuando llegué a Londres y descubrí que nadie me había llamado, tomé un camino de vuelta más rápido. Debiste de haber anticipado algo así.
Quirrell se escondió detrás del espejo para usarlo como escudo. Sabía que no ganaría contra Dumbledore en una pelea justa, y tampoco su amo. Sólo usando el espejo y la piedra dentro como escudo tendría manera de escapar.
–Por favor reconsidera, Quirinus –dijo Dumbledore con calma–. No necesitas servir a Lord Voldemort.
–Pero sí lo necesito –siseó–. Está unido a mí. No puedo desobedecerlo. Debo de obtener la piedra para él.
–Me temo que Voldemort será decepcionado. Me avergüenzo de decir que permitimos que te acercarás más de lo que esperamos. Pero no puedo permitirte que te la lleves. –Y Dumbledore hizo algo que Quirrell no se había esperado. Dio un paso adelante y miró directamente al espejo. Un momento después, metió su mano en su bolsillo y sacó un pequeño cristal rojo–. Yo tengo la piedra filosofal, Quirinus. Si te das la vuelta ahora, quizás pueda ayudarte.
La sangre de Quirrell se enfrió. Dumbledore tenía la piedra en la mano, y ciertamente no le permitiría acercarse a ella de nuevo. ¡Había fallado!
En ese momento, la otra presencia en la cabeza de Quirrell evaluó la situación con una emoción extraña para él: miedo. La piedra ya no estaba a su alcance, de manera permanente. Quirrell no era lo suficiente fuerte para enfrentarse a Dumbledore, y Dumbledore era muy rápido para dejarlo escapar. Sólo había una última oportunidad, y una difícil: un segundo objetivo… algo más valioso para Dumbledore que la piedra para ofrecerle a cambio. Pero nunca llegaría lo suficiente rápido con esa ave sobre el hombro del anciano. Sin embargo, Lord Voldemort era astuto y tenía un plan.
–¡Mata al ave! –La voz fue sólo un susurro… un susurro agudo siseando debajo del turbante de Quirrell que esperaba que Dumbledore no pudiera entender, incluso si sabía quién era.
–Amo, no puedo… –Quirrell lloró.
–¡Hazlo! –Y después, impulsado por una voluntad que no era de él, el brazo de Quirrell apuntó al hombro izquierdo de Albus Dumbledore–. ¡Avada Kedavra!
Hubo un sonido de muerte y un rayo de luz salió de la varita de Quirrell. En el túnel angosto, sin dónde esconderse y sin nada con lo que resguardarse, Dumbledore intentó hacerse a un lado y conjuró una barrera justo a tiempo, lo cual hubiera funcionado… si Quirrell hubiera estado apuntando a su pecho. En su lugar, distraído por el movimiento, Fawkes recibió la maldición. Estalló en llamas y se movió con rapidez a la manga de Dumbledore, pequeño, arrugado, y, más importante, sin poder volar.
–¡Corre! –Ordenó la voz.
Quirrell lanzó el espejo de Oesed hacia Dumbledore y salió huyendo. Sin Fawkes para llevarlo, el anciano no podría atraparlo. Corrió a través de los túneles rumbo al castillo, dejando de lado su túnica exterior para poder correr más rápido y evadir los hechizos de Dumbledore.
La voz debajo de su turbante siseó una vez más:
–Si deseas redimirte, tienes que hacer sólo una cosa… ¡Encuentra a Harry Potter!
Septima Vector estaba descansando en una cama en la enfermería, con varios vendajes, pero tercamente rehusándose a tomar una poción para dormir sin sueños hasta que la situación se resolviera. Estaba entretenida en una conversación sobre aritmancia con Hermione sobre cómo había construido su obstáculo con la clave de intercambio de Diffie-Hellman y cómo Quirrell la había sobrepasado, lo cual ni Harry, Ron, o Madame Pomfrey pudieron comprender. Hermione se sorprendió al saber que no lo había resuelto por completo, pero Vector le aseguró que la solución había sido brillante y bien ejecutada.
Ron y Harry estaban sentados en la mesa de al lado, hablando en susurros. Harry aún estaba nervioso y seguiría así hasta estar seguro de que la piedra filosofal estaba a salvo de Voldemort. Ron intentaba tranquilizarlo lo mejor que podía, pero estaba más molesto porque Madame Pomfrey le había ordenado permanecer ahí toda la noche. Su brazo roto había sido arreglado con unas gotas de Crecehuesos, como era lo normal, para asegurarse de que el hueso fuera tan fuerte como antes, pero aún estaba sensible.
Repentinamente, escucharon un ruido afuera. Con un fuerte golpe, una figura atravesó las puertas: el profesor Quirrell, vestido con una camisa y pantalones, la banda de su turbante colgando detrás de él. Antes de que Madame Pomfrey o la profesora Vector pudieran reaccionar, lanzó una mirada a Harry.
–¡Potter! –Al mismo tiempo, una voz silbante siseó.
–¡Atrápalo!
Harry saltó de la cama con terror, pero Quirrell fue más rápido que él. Con energía y determinación que nunca habían visto, se lanzó hacia él y lo tomó del brazo.
Pero entonces, ambos comenzaron a gritar de dolor y cayeron al suelo. Harry se sostenía su frente donde, para el horror de Ron y Hermione, su cicatriz se había puesto roja e inflamada.
Pero la voz siseó con más fuerza.
–¡Atrápalo! ¡ATRÁPALO! –Quirrell se lanzó hacia él, esta vez colocando ambas manos alrededor de la garganta de Harry. Ambos gritaron por el dolor. Harry movió sus manos y golpeó el turbante de Quirrell, revelando lo más escalofriante que Hermione había visto en su vida, y después de lo que había ocurrido ese año, eso era algo.
Había otro rostro en la cabeza de Quirrell… un rostro con ojos rojos, rostro blanco tiza, y ranuras en vez de fosas nasales. El rostro estaba gritando. Vector, Pomfrey, y Ron gritaron también, y Hermione dejó salir un terrible sollozo al darse cuenta que, de alguna manera, debía de pertenecer al mismísimo Voldemort, el mago cuyo nombre no podía ser pronunciado por la mayoría de los magos.
Quirrell arrojó a Harry contra el suelo y lo sostuvo con sus rodillas mientras retiraba sus manos quemadas del cuello del niño. La cicatriz de Harry estaba sangrando.
–Amo… ¡mis manos! ¡Mis manos! –Sollozó Quirrell.
–¡Atúrdelo, imbécil! –Ordenó el rostro de Voldemort.
Quirrell sacó su varita, pero Harry estiró su mano para tocar su rostro. Ambos gritaron aún más y fue Hermione quien se dio cuenta lo que había que hacer. Quizás todos estaban muy asustados de Voldemort para moverse, pero Harry lo sostenía tanto como él tenía a Harry. Hermione tomó su varita de la mesita de noche, la apuntó para asegurarse que lo tenía en frente, y gritó:
–¡Petrificus Totalus!
Quirrell fue paralizado y Harry lo empujó con toda la fuerza que pudo. Hermione corrió hacia él y lo ayudó a alejarse.
–¡Ron, ayúdame! –Gritó. Para su sorpresa, Ron salió de su terror y la ayudó a llevar a Harry a la cama. El niño gruñó e intentó enfocar su mirada para ver lo que había ocurrido.
Entonces, cuando pensaron que las cosas no podían ser peores. Una niebla negra se elevó del cuerpo de Quirrell y tomó forma similar a la de un humano. Voló hacia el trío, pero no parecía poder tocarlos mientras estuvieran tocando a Harry, aunque Hermione sintió el brazo de Harry más caliente bajo sus dedos. Hubo una explosión de luz en la puerta y la forma oscura se desvaneció, atravesando la ventana como un fantasma.
Todos se dieron la vuelta para ver al profesor Dumbledore, su varita en alto, respirando con dificultad en la puerta. El profesor Snape estaba detrás de él, y escucharon un leve chirrido en el bolsillo del director.
–Profesor Dumbledore –respiró Harry–. Gracias a Dios, eso estuvo cerca… Eso… Él…
–Voldemort, Harry, me temo que sí.
Vector, Pomfrey, y Ron chillaron con terror.
–¡Señor, la piedra…! –Dijo Harry.
Dumbledore sonrió levemente y sacó de su bolsillo una delicada gema roja.
–La piedra está a salvo por el momento, Harry –dijo–. Severus, creo que deberíamos atender a Quirinus. No creo que Poppy esté en condición. –Y así era, Madame Pomfrey estaba recargada contra la pared intentando que sus manos dejaran de temblar.
Todas las miradas se dirigieron al profesor de Defensa, su rostro adicional mirando al techo sin vida. Pero incluso cuando Dumbledore y Snape se acercaron para investigar, el hechizo de Hermione fue roto sin advertencia, y las extremidades de Quirrell cayeron con pesadez al suelo. Snape retiró su mano como si hubiera sufrido una quemadura, el aliento de Dumbledore se detuvo, y Hermione soltó un gritó de terror. Sabía que su hechizo no había fallado. Sólo había una razón por la que el hechizo se rompería tan drásticamente.
–Él… acaso… –Sollozó.
–E...eso temo –respiró Dumbledore.
–¿Muerto…? –Susurró Harry apretando su pecho. Ron perdió el aliento–. ¿Quiere decir que yo… yo lo maté? –Tartamudeó Harry.
¿Harry? Pensó Hermione. Pero no, ¡fui yo! Yo fui quien lanzó el hechizo y… ocurrió lo que ocurrió.
Pero la mirada penetrante de Dumbledore se dirigió a ambos.
–¡No, Harry! –Dijo bruscamente, aunque Hermione pudo notar que también se estaba dirigiendo a ella–. Fue Voldemort quien lo mató. Poseyó al profesor Quirrell, y eso fue suficiente. –Su expresión se suavizó y el director lució más anciano y cansado que nunca antes–. Lamento mucho que hayan tenido que ver eso, niños –dijo con pesadez mientras levitaba el cuerpo del profesor a la cama al final y lo cubría con una sábana–. Son muy jóvenes para tener que cargar con ese peso. Por favor créanme cuando les digo que ninguno de ustedes es responsables por su muerte. Ya lo habíamos perdido. Simplemente se estaban protegiendo y a sus amigos como pudieron.
–Profesor… –dijo Harry débilmente. Estaba comenzando a llorar y Hermione lo siguió. Ron estaba paralizado por el miedo.
–Creo que una poción calmante y una para dormir sin sueños sería lo mejor para todos. –Se dirigió a Vector–. Y quizás una taza grande de chocolate caliente entre estas. He encontrado que siempre me ayuda en momentos difíciles. Hablaremos mañana para discutir lo que ocurrió y lo que salió mal. No habrá ningún castigo por lo ocurrido. Creo todos actuaron tan bien como era de esperarse considerando las circunstancias tan difíciles. Por ahora, descansen.
Hermione se tomó su poción calmante rápidamente antes de que perdiera la compostura, y se tomó el chocolate caliente y después la poción para dormir igual de rápido. Nunca pensó que estaría tan feliz por una sustancia que afectara su mente.
