JK Rowling ha escrito el mismo número de libros que Gilderoy Lockhart, aunque probablemente los de ella son una mejor lectura. Por lo mismo, Harry Potter le pertenece.

Partes de este capítulo son citas de Harry Potter y la Cámara de los Secretos, adaptadas un poco para que fluyan con el resto de la historia.


Capítulo 24

Dobby no fue a ver a la amiga del gran Harry Potter, Hermione Granger. Ya había estado lejos de sus amos por mucho tiempo. Pero Dobby se había memorizado la dirección de Hermione Granger. Harry Potter había dicho: "Ella sabe mucho más sobre los elfos que yo. Quizás pueda ayudarte". Quizás pudiera ayudarle. Pero no, Dobby no podía hacer eso. Aún no. Si Dobby iba a ver a Hermione Granger, ella podría sospechar algo y ayudar a Harry Potter a regresar a Hogwarts. No, Dobby esperaría a que Harry Potter estuviera a salvo y después hablaría con Hermione Granger.


Querida profesora McGonagall:

Creo que hay un problema. Hedwig regresó con mi regalo para Harry sin ser abierto, y parece bastante agitada. Creo que no puede llegar a él. ¿Podría visitarlo de nuevo? Estoy preocupada de que necesite irse de la casa de sus parientes. Los Weasley dijeron que les gustaría que los visitara este verano, así que quizás se podría quedar con ellos por un tiempo.

Sinceramente,

Hermione Granger

Minerva McGonagall se sentía extremadamente incómoda teniendo que esperar dos días después de recibir la carta pidiéndole que visitara a Harry Potter, y no sólo porque Hedwig constantemente le dio picotazos. Pero Albus había insistido que sabía por algunos de sus bizarros métodos que Harry no estaba en grave peligro (físico) y le aconsejó el asegurar un lugar en el que pudiera quedarse antes de tomar cualquier acción. Si se era honesta, estaba sorprendida que había aceptado incluso eso. Así que Minerva había enviado unas cartas y descubrió que los Weasley estaban dispuestos y entusiasmados por recibir a Harry durante el resto del verano si era necesario. Por lo menos eso era una buena noticia.

Supuso que no debería haberle sorprendido lo que ocurrió cuando tocó el timbre de los Dursley y habló con ellos.

–Si busca al niño, no está aquí. –Dijo Petunia y las cejas de Minerva se elevaron.

–¿No está aquí? ¿Por qué no?

–Se escapó, el malagradecido –dijo Vernon con tono engreído–. Y es un alivio. Ese niño no ha sido más que problemas desde el comienzo.

–¿Se escapó? Lo dudo, especialmente después de lo que vivió con ustedes durante la primera parte del verano. Les sugiero que me digan lo que está ocurriendo en este momento.

–No sabemos –soltó Petunia–. No podemos ayudarle si el muchacho no hace lo que se le dice. Intentamos mantenerlo en línea por años y nada funcionó.

¿Y qué intentaron? Se preguntó Minerva, pero esa era una discusión para otro momento.

–El Sr. Potter no se iría sin avisar a sus amigos primero –continuó ella–. Sus amigos están preocupados por él. Sus regalos de cumpleaños fueron regresados sin ser abiertos, y su lechuza ha estado muy agitada durante los últimos tres días.

–Mejor usted que nosotros –gruñó Vernon–. Esa tonta ave ha estado intentado entrar. Nos tomó todo el día el hacer que se fuera.

–Oh, ¿en serio? Tenemos métodos para localizar a un mago menor de edad, Sr. Dursley, y esa "tonta ave" es uno de ellos, como sabría su esposa si hubiera prestado atención a su hermana. Las lechuzas de correo siempre saben dónde está su dueño, y la del Sr. Potter claramente ha indicado que está aquí.

Ambos Dursley palidecieron al darse cuenta que habían sido descubiertos. Minerva intentó forzar su entrada entre ellos, pero Vernon comenzó a gritarle.

–¡No regresará! –Dijo el hombre gordo–. Arruinó nuestra cena con... con magia y nos perdió un cliente. Recibió una carta de advertencia de su gente y todo.

–E intentó hechizar a Vernon –agregó Petunia–. Tuvimos suerte de que no funcionó.

–Si no les importa –dijo Minerva con molestia–, quisiera escuchar la versión de su sobrino por mí misma. –Sacó su varita–. Háganse a un lado, por favor.

Los Dursley retrocedieron con temor. Minerva lanzó una mirada alrededor del cuarto, buscando por cualquier indicio de la presencia de Harry. Cuando no encontró nada, comenzó a subir las escaleras. Había cuatro habitaciones y un baño, y al igual que abajo, parecía un lugar agradable, excepto que una de las puertas tenía dos cerraduras y, más extrañamente, una gatera instalada. Siguiendo su intuición, agitó su varita y la puerta se abrió.

Lo que encontró fue una triste visión. Un niño de doce años estaba recostado en su cama, ensimismado. El resto del cuarto estaba vacío, excepto por la jaula de una lechuza, un ropero roto, y un librero lleno de polvo. La ventana, al contrario del resto de la casa, tenía barras de metal en ella, y dudaba que era para evitar que entraran a robar.

Harry Potter se levantó de golpe cuando escuchó la puerta abrirse.

–¡Profesora! Me alegro de verla –dijo.

–Igualmente, Sr. Potter. –Lo observó con preocupación mientras se ponía de pie. Se veía más delgado que en la primavera, y nunca había sido un joven de aspecto pesado. También parecía cansado y tembló al ponerse de pie. Sin embargo, cuando le dijo que empacara sus cosas porque los Weasley habían ofrecido que se quedara con ellos durante el resto del verano, él se puso en acción con su velocidad de buscador. Minerva apenas tuvo tiempo de parpadear cuando se metió debajo de la cama, movió lo que pareció ser el piso, y salió con una funda de almohada llena de objetos, la cual colgó sobre su hombro.

–El resto está en la alacena debajo de las escaleras –dijo sin aliento. Minerva notó que había lágrimas en sus ojos.

La bruja de edad mayor asintió y llevó a Harry abajo. Continuó notando que caminaba tambaleando detrás de ella, como si estuviera mareado.

–Sr. Potter, ¿has estado comiendo? –Dijo con preocupación.

–No tanto como siempre –respondió con timidez.

Minerva presionó sus labios. Sospechaba que lo de siempre tampoco era mucho.

–Bueno, no te preocupes. Estoy segura que la Sra. Weasley te dará lo que quieras y aún más –dijo.

Llegaron a la alacena y la abrió para sacar el baúl de Harry. Minerva también notó evidencia de que en esa alacena Harry había vivido en algún momento. Vernon había sido lo suficiente listo para no dejar evidencia de una cama o algo similar, aunque si pudiera haber tenido el tiempo de observar con más atención, hubiera notado los garabatos de un niño en la pared. Harry metió la funda de almohada en su baúl mientras Minerva se dirigía a los Dursley.

–Sr. y Sra. Dursley, debo decir que su tratamiento de su sobrino es atroz, casi tan malo como lo que han hecho a su hijo. –Lanzó una mirada al niño gordo que estaba escondiéndose en la cocina. Peor, claramente, pero esto los ofenderá más.

–¡Cómo se atreve…!

–No puedo entender cómo es que Lily Evans fue forzada a tener a tal excusa de hermana. El Sr. Potter se irá por el resto del verano, y si él tiene suerte, tendrá que ver muy poco de ustedes por el resto de su educación. –Las miradas conflictivas de enojo y deleite en los rostros de los Dursley ante la idea hubieran sido entretenidas si no fueran tan abominables–. Vámonos, Sr. Potter.

Harry cruzó la puerta del número 4 de Privet Drivet detrás de su profesora y cerró la puerta con fuerza detrás de él.

–Muchas gracias, profesora –dijo, apenas sin voz.

–No hay problema, Sr. Potter. No eres el primer estudiante que tiene dificultades familiares. –Minerva caminó a la esquina.

–Oh, profesora, acabo de recordar –dijo Harry–. Descubrí lo que ocurrió con mi correo.

–¿Lo hiciste?

–Sí, un extraño elfo doméstico llamado Dobby se lo estaba robando. Se apareció en mi cumpleaños e intentó convencerme de no regresar a Hogwarts diciendo que era muy peligroso, que había un plan terrible en acción. De hecho, no se veía bien. Estaba usando una funda de almohada y trató de "castigarse". ¿Sabe de qué se trata todo eso?

–Me temo que no, Sr Potter. Desafortunadamente, ese tipo de tratamiento hacia los elfos no es fuera de lo común en familias oscuras. Y sobre la advertencia, es posible que este "Dobby" fue enviado por su amo para intentar asustarte y que no regreses a la escuela. Debes de tener cuidado, pero no deberías de creer mucho en sus palabras. Ahora, en lo que se refiere a ti, ¿es cierto que recibiste una carta de advertencia del Ministerio por uso de magia?

–¡Fue Dobby! –Dijo Harry con rapidez–. Realizó un encantamiento en el pudín de mi tía Petunia. Utilicé esos hechizos de runas que hicimos al principio del verano y no tuve ningún problema con ellos.

–¿Qué? –Dijo Minerva con confusión–. ¿Lo que se detectó fue magia de un elfo doméstico? Eso es bastante irregular. ¿Cómo es que este elfo entró y salió de la casa?

–Pues, sólo… se apareció y desapareció como siempre lo hacen. ¿Por qué no provocó nada eso?

–Porque no debe. La magia de los elfos no está restringida por nuestras leyes. Si lo que dices es cierto, no veo cómo es que su encantamiento pudiera ser detectado.

–Mmm… A lo mejor Hermione lo sabe.

–Quizás. –La joven Granger probablemente sabía más sobre los elfos domésticos que cualquier otra bruja en Hogwarts por el simple hecho de que era la única que les prestaba atención, pensó Minerva. Oh, bueno, tenía un lugar al que llegar–. Ahora, ya que eres menor de edad y llevas equipaje, Sr. Potter, tu mejor opción de viaje será el autobús noctámbulo. Aunque debo advertirte que es algo… turbulento.

Harry no tuvo tiempo de preguntar lo que significaba eso antes de que su profesora extendiera su mano a la calle como si llamara a un taxi, y después ¡BANG! Un autobús enorme, morado, de tres pisos, se apareció de la nada y frenó de golpe en Privet Drive en un chirrido. Se dio la vuelta nervioso, para ver como los Dursley o los vecinos reaccionarían ante tal cosa ocurriendo en medio del día, pero nadie pareció notar algo.

Un hombre con uniforme morado salió del autobús.

–Bienvenido al autobús noctámbulo, transporte de emergencia para el mago o bruja desamparado… –Notó a Minerva y dio un nervioso paso atrás–. Ho...hola, profesora. No esperaba verla en el autobús.

–Estoy con un estudiante, Sr. Shunpike –respondió McGonagall–. Dos para la Madriguera en Ottery St. Catchpole.

–Serán veintidós sickles, a menos que quiera algo de comer.

McGonagall le entregó un galeón y cinco sickles al joven. Shunpike parecía recién graduado, aunque Harry no recordaba haberlo visto alrededor de Hogwarts durante el último año, y, juzgando por su reacción, había estado al otro lado del escritorio de la subdirectora en múltiples ocasiones. Justo entonces él notó a Harry y, predeciblemente, su mirada se dirigió de golpe a la cicatriz.

–¡Ern! ¡Ern! ¡Mira quién es! –Gritó–. ¡Es Harry Potter! ¡Puedo ver la cicatriz!

–Eso será suficiente, Sr. Shunpike –dijo McGonagall con un tono que hizo temblar a su antiguo estudiante–. Debemos de irnos ya. Adelante, Sr. Potter.

Harry suspiró y jaló su baúl dentro del autobús. Se sorprendió al ver que no había asientos normales como los de un autobús muggle, sino varias sillas. Por el estado en el que se encontraban, comenzó a tener una idea de lo que significaba "turbulento", lo cual pronto descubrió era peor de lo que había esperado mientras el autobús noctámbulo frenaba de golpe por todo el país, recogiendo y dejando a brujas y magos. A pesar de lo hambriento que estaba, agradeció que no habían comprado algo de comer.

Una terrible hora después, el autobús noctámbulo se detuvo de golpe en una colina en las afueras de un campo en Devon. A la distancia, Harry pudo ver una casa alta y de aspecto torcido que parecía estar sostenida por magia. Tan sólo el aspecto parecía decir "Ron", o quizás "Fred y George" sería más cercano. Pensó que lucía perfecta comparada con las cajas perfectas en Privet Drive. Mirando a su alrededor, al otro lado de la colina pudo ver otra casa alta que parecía una torre de ajedrez, y había una mansión más cerca del pueblo.

McGonagall llevó a Harry por el camino que llevaba a la Madriguera, pasando unos cuantos cobertizos, un gallinero y unas pilas de basura. La casa estaba desgastada, parchada, tenía cuartos construidos al azar, y parecía más un hogar que cualquier cosa que los Dursley pudieran comprender. La Sra. Weasley estaba en la puerta, sonriendo, rodeada por Ron y los gemelos para completar la imagen.

–Estoy feliz de verte, Harry, cariño –dijo la señora Weasley con voz dulce–. Llegas justo a tiempo para la cena.

El corazón de Harry dio un salto ante la idea de una buena comida después de seis semanas y se acercó a ellos.

–Muchas gracias por invitarme, Sra. Weasley… –comenzó.

–Oh, no hay problema, Harry. Los niños me han contado mucho de ti. Entra. Entra.

–Gracias, profesora –dijo Harry dando un paso adentro.

–No hay problema, Sr. Potter –dijo McGonagall–. Por favor, mantenme informada si necesitas de algo más.

Harry asintió y desapareció dentro de la Madriguera. McGonagall sonrió y se dio la vuelta para irse. Su trabajo finalmente había terminado… por lo menos ese verano.


Su tiempo en la Madriguera fue el tiempo más feliz en la vida de Harry, y considerando que había pasado un año en Hogwarts, eso era algo. Nunca antes había visto antes cómo una familia normal… no, los Weasley eran todo menos normales… pero como una familia amorosa debería de operar. Y al contrario de en Hogwarts, donde era admirado sólo por su fama, parecía agradarle a todos en la Madriguera. Bueno, también estaba Ginny, quien no podía decir una palabra sin que saliera como un chillido, usualmente acompañado de ella tirando algo, pero esperaba que se calmara eventualmente. Intentó no reírse mucho de su predicamento.

Su primera noche en la Madriguera, Harry fue recibido amablemente por el señor Weasley, quien lo acribilló con preguntas sobre el mundo muggle, y durante la cena, sorprendió a todos al comer más que Ron. Cuando le preguntaron qué tan malos habían sido los muggles, él murmuró con incomodidad algo sobre que lo habían mantenido encerrado en su cuarto sin dar muchos detalles. Mientras tanto, el señor y la señora Weasley pasaron tiempo adulando a Percy, quien había sido informado ese día de que había recibido doce TIMOs. Percy parecía más relajado, tranquilo, y menos tenso de lo que había estado durante el año anterior. Ron le dijo a Harry esa noche que, de hecho, habían estado preocupados por él y confesó que habían considerado rescatarlo con el coche volador del señor Weasley antes de que la profesora McGonagall los contactara.

Durante las siguientes dos semanas, Harry vivió en comodidad. Ayudó con algunas tareas, como desgnomizar el jardín, pero nadie tenía mucho que hacer con tantas personas en la casa para compartir las labores (¡Que idea tan novedosa!). Jugó quidditch con Ron, Fred, y George, y fue entretenido durante las noches con historias del señor Weasley sobre redadas para encontrar objetos muggles con maleficios. Pronto, las cartas de Hogwarts llegaron con las listas de libros nuevos, principalmente libros del famoso cazador de criaturas llamado Lockhart, pero Harry tenía otra razón para emocionarse: Hermione les escribió diciendo que había convencido a sus padres de quedarse en la Madriguera durante una semana después de que se reunieran en el callejón Diagon el diecinueve. Hermione fue quien le pidió a la profesora McGonagall salvarlo de los Dursley. Tenía mucho que agradecerle.

Por supuesto, su suerte tenía que acabarse en algún momento, y cuando fueron al callejón Diagon, Harry encontró la manera de perderse en la red Flu y terminó en el callejón Knockturn.


Hermione llevó con entusiasmo a sus padres a través del callejón Diagon en dirección a Gringotts el diecinueve de agosto. Sus padres estaban preocupados, con razón. Después de todo, nunca habían conocido a algún mago que no pareciera extraño, aunque estaban más tranquilos de lo que habían estado al principio del verano. Hermione estaba aliviada de que sus padres la hubieran obligado a ver a un terapeuta por lo ocurrido durante la primavera. Había sido un trabajo difícil el crear una historia que cubriera los puntos principales sin mencionar la magia, pero hablar con un profesional de lo ocurrido le había ayudado, y ya casi no tenía pesadillas. De cualquier modo, sus padres estaban entusiasmados por conocer a sus amigos, quienes, basado en lo que ella les había contado, eran excepcionales: Ron Weasley, maestro de ajedrez, y Harry Potter, prodigio para el quidditch. Claro, eran problemáticos y les encantaba correr al peligro, pero eran niños, ¿qué más esperaba?

Sin embargo, en ese momento, no podía ver ni a Harry ni a ninguno de los Weasley en el callejón Diagon. Debía de ser temprano. Sus padres habían decidido ir pimero a Gringotts para cambiar algo de dinero antes de buscarlos. Fue sólo cuando estaban subiendo los pasos de mármol que Hermione se dio la vuelta y vio a un hombre enorme con cabello y barba negra y alborotada que se detuvo y detuvo a sus padres.

–Mamá, papá, ahí está Harry –dijo ella. Miró con atención–. ¡Y Harry! ¡Harry! ¡Harry! ¡Aquí! –Lo llamó y corrió los pasos hacia él. Pero se detuvo al acercarse. Estaba lleno de polvo y ceniza, y sus lentes estaban rotos a la mitad–. Harry, ¿qué te ocurrió?

–Eh… accidente en la red Flu –murmuró.

Hermione decidió ignorarlo.

–Oh, hola Hagrid –dijo con una sonrisa–. Es maravilloso verlos de nuevo. Estos son mis padres… –sabía que sus padres estaban detrás de ella, observando con bocas abiertas al enorme rostro de Hagrid.

–Harry… oh, gracias a Merlín –escucharon un grito, seguido de una conmoción mientras un grupo de pelirrojos se acercaba a ellos corriendo en el callejón abarrotado e inmediatamente rodearon a Harry–. ¡Creímos que terminaste al otro lado del país!

Los Granger observaron con curiosidad mientras la señora Weasley limpiaba la ropa de Harry con un cepillo que por alguna razón estaba cargando, mientras el señor Weasley reparaba mágicamente los lentes de Harry. En medio de la confusión, finalmente aprendieron que habían viajado al callejón Diagon a través de la chimenea, como Hermione había leído, pero Harry no había pronunciado correctamente el lugar y había llegado por error a la parte más sórdida del mundo mágico de Londres. Por coincidencia, había visto al padre de Draco Malfoy vendiendo lo que probablemente eran artefactos oscuros, algo que le agradó saber al señor Weasley. Finalmente, aclararon todo y Hermione pudo presentar a su familia.

–Hola, Sr. y Sra. Weasley –dijo ella fijamente, estrechando sus manos–. Soy Hermione Granger, y ellos son mis padres, Daniel y Emma.

–Y son muggles –dijo el señor Weasley con entusiasmo–. Que honor, en verdad. Estamos muy emocionados porque su hija se quede con nosotros una semana. Los niños nos han contado mucho sobre ti –agregó Hermione–. Suena a que eres mejor en aritmancia que nuestro hijo, Bill, y él sacó una E en su EXTASIS.

–Pues… –comenzó Hermione, sonrojándose.

–Es muy generoso de su parte el dejar que Hermione se quede con ustedes –respondió su mamá–. Nos alegra saber que tiene tan buenos amigos en Hogwarts.

–Bueno, cualquiera que pueda lograr que Ron se comporte y haga su tarea… –dijo la señora Weasley.

–¡Mamá!

–De hecho –continuó–, esperábamos que pudieran acompañarnos a cenar esta noche. Así pueden ver dónde se quedará Hermione.

–Yo… nosotros…. Gracias –dijo su mamá con sorpresa–. Si no es mucha molestia…

–Para nada –respondió el señor Weasley–. A Molly le encanta tener invitados. Pueden usar la red Flu para regresar al callejón. –Vio a los tres Granger lanzar una mirada nerviosa a Harry–. Oh, no se preocupen por eso. Es bastante seguro mientras se pronuncie el destino correctamente.

–Entonces, nos encantaría, gracias –dijo su papá.

El grupo se dividió después de dejar el banco y caminaron alrededor del callejón. Harry les invitó un helado a Ron y Hermione como agradecimiento por sacarlo de la casa de sus parientes y les explicó su predicamento con Dobby, el elfo doméstico. Hermione estuvo de acuerdo que sonaba muy extraño y sugirió preguntarle a Tilly cuando regresaran a la escuela. Hermione se encargó de sus propias compras… sólo necesitaba plumas, tinta y pergamino, además de los libros, y se encontraron con Fred, George, y Lee Jordan en la tienda de bromas.

–Hola, Hermione –dijo George–. Es bueno verte.

–Ajá. Ustedes también –Dijo ella.

–¿Supongo que has sido una niña buena y no te has metido en problemas este verano? –Dijo Fred con una sonrisa.

–Sí, así es –dijo Hermione elevando la nariz–. ¿Supongo que ustedes no? –Lanzó una mirada a los fuegos artificiales que estaban comprando con sospecha.

–Naturalmente –respondió Fred.

–Y no somos niñas –agregó George.

–¿Queremos saber…? –Comentó la mamá de Hermione.

–No –dijeron todos los estudiantes al mismo tiempo.

Finalmente, llegaron a la librería, donde para su sorpresa había una gran multitud. Un letrero en la entrada explicaba porque: GILDEROY LOCKHART firmará hoy ejemplares de su autobiografía EL ENCANTADOR de 12:30 a 16:30 horas.

–¿Gilderoy Lockhart? –Chilló Hermione–. Mamá, papá, él es quien escribió todos esos libros de defensa. Debe de ser brillante. ¡Podremos conocerlo! –Jaló con entusiasmo a sus padres a la fila. Estaba tan emocionada que apenas y notó que la mayoría de las personas parecían ser mujeres de edad media. La señora Weasley parecía estar casi tan emocionada como Hermione mientras se colocaba en fila, pero los niños parecían fastidiados por todo eso.

Gilderoy Lockhart lentamente se hizo a la vista. Era un hombre joven y apuesto con cabello rubio ondulado y una sonrisa blanca y deslumbrante, quizás mágica. Hermione pensó que lucía galante en su túnica azul nomeolvides, con su sombrero puntiagudo en un ángulo, sonriendo y guiñando el ojo a la multitud, igual que las fotos que agraciaban varias portadas de libros.

Pero mientras se acercaba, fue Harry quien llamó la atención de Lockhart. Lockhart lo sacó de la fila, posó al joven aturdido para el Diario el Profeta, y aprovechó la oportunidad para anunciar que sería el profesor de Defensa en Hogwarts ese año. Hermione soltó un grito más fuerte ante la noticia y celebró junto al resto de la multitud. Quirrell quizás haya estado poseído y sido incompetente, pero seguramente Lockhart sería un excelente profesor de Defensa. Después de todo, ¿quién sería mejor que un profesor que escribió los libros de defensa? Harry, sin embargo, parecía molesto por el intercambio e inmediatamente le dio sus libros a Ginny, quien, sin ser percibido por él, se paralizó con los ojos abiertos ampliamente por el regalo.

Pero justo entonces, Hermione escuchó una voz que hizo que su sangre se helara.

¿A qué te gusta, eh, Potter? El famoso Harry Potter. Ni siquiera en una librería puedes dejar de ser el protagonista.

–Malfoy –susurró Hermione a sus padres sin quitar la mirada del rubio.

–¿Es quién te lanzó esa maldición?

–Ajá.

Su padre parecía querer acercarse y decirle a Malfoy lo que estaba pensando, pero ella levantó una mano para que permaneciera donde estaba. No sería bueno intentar algo sin magia, además de que seguramente el padre de Malfoy estaba por algún lado.

¡Ah, eres tú! –Dijo Ron, mirando a Malfoy como se mira a un chicle que se le ha pegado a uno en la suela del zapato–. ¿A qué te sorprende ver aquí a Harry, eh?

No me sorprende tanto como verte a ti en una tienda, Weasley –replicó Malfoy–. Supongo que tus padres pasarán hambre durante un mes para pagarte esos libros.

Ron, Fred, y George comenzaron a acercarse a Malfoy, pero Harry, Hermione, y la señora Weasley los detuvieron.

–Y Granger –agregó Malfoy–. Pensé que olí tu peste aquí.

Su padre gruñó algo igual de descortés y dio un paso hacia Malfoy (al igual que Ron), pero fue interrumpido por la llegada de un hombre con largo cabello rubio y una mueca idéntica a la de Malfoy.

Vaya, vaya… ¡si es el mismísimo Arthur Weasley! –dijo Malfoy, padre con tono de superioridad.

Lucius –dijo el señor Weasley, saludándolo fríamente.

Mucho trabajo en el Ministerio, me han dicho –comentó el señor Malfoy–. Todas esas redadas… Supongo que al menos te pagarán las horas extras, ¿no? –Se acercó al caldero de Ginny y sacó de entre los libros nuevos de Lockhart un ejemplar muy viejo y estropeado de la Guía de transformación para principiantes–. Es evidente que no. Querido amigo, ¿de qué sirve deshonrar el nombre de mago si ni siquiera te pagan bien por ello?

Los Granger no habían esperado nada diferente, pero fue escalofriante el ver que el padre de Draco era tan malo como él. Hermione empujó a sus padres un paso atrás mientras observaban la conversación.

El señor Weasley se puso aún más rojo que Ron y Ginny.

Tenemos una idea diferente de qué es lo que deshonra el nombre de mago, Malfoy –contestó.

Es evidente –dijo el señor Malfoy. Se dio la vuelta y se dirigió a los padres de Hermione directamente. Draco seguramente le había dicho que eran muggles–. Por las compañías que frecuentas, Weasley… Creía que ya no podías caer más bajo.

Hermione se enfureció ante el insulto, pero fue lo suficiente inteligente y mantuvo su boca cerrada. Esperaba que sus padres también pudieran aguantar, pero no importó ya que el señor Weasley no aceptó con tanta gracia que alguien insultara a sus invitados. Se lanzó contra el señor Malfoy, y ambos cayeron contra un librero. Los Granger dieron un paso atrás. Hubo confusión cuando los hijos del señor Weasley lo celebraron mientras su esposa intentaba detenerlo, todo mientras más repisas caían. Pero repentinamente, una voz profunda se escuchó sobre todo.

¡Basta ya, caballeros, basta ya!

Hagrid vadeaba el río de libros para acercarse a ellos. En un instante, separó a Weasley y Malfoy. El primero tenía un labio partido, y al segundo, una Enciclopedia de setas no comestibles le había dado en un ojo. Malfoy todavía sujetaba en la mano el viejo libro sobre transformación. Se lo entregó a Ginny, con la maldad brillándole en los ojos.

Toma, niña, ten tu libro, que tu padre no tiene nada mejor que darte.

–Lamento mucho eso –se disculpó el señor Weasley a los Granger después de sacudirse y ser regañado por su esposa–. No deberían de habernos visto peleando de ese modo. Por supuesto, tampoco deberían tener que lidiar con personas como Lucius Malfoy… que creen que son mejores que todos, con o sin magia.

–Ellos son la burla –habló Ron–. Hermione tiene mejores calificaciones que Draco Malfoy en todas las clases.

Hermione se sonrojó.

–Sí, pero esa es la razón por la que está enojado conmigo.

–Bueno, no dejes que controle tu vida –le dijo su madre–. Eso es lo mejor que puedes hacer con un bravucón.

–Estoy de acuerdo –dijo la señora Weasley, lanzando miradas furiosas a sus hijos.

Llegaron al Caldero Chorreante y los Weasley mayores les explicaron cómo utilizar la red Flu… más cuidadosamente de lo que aparentemente habían hecho con Harry. El señor Weasley se fue primero para abrir las barreras para las visitas, y el resto los siguió. Afortunadamente, esta vez, no hubo ningún problema.