Harry Potter le pertenece a JK Rowling, hasta que un humilde sirviente tome posesión parcial sin lucro de él, de acuerdo a la profecía.


Capítulo 56

–¿Hermione? –dijo Harry.

–¿Sí, Harry?

–¿No crees que deberíamos hacer más?

–¿Qué, sobre la profecía? –dijo ella–. Ya enviamos a Lav y a Parv con Dumbledore. ¿Qué más necesitamos?

–Yo también estoy algo preocupada, Hermione –habló Ginny–. ¿Y si tienen razón y algo en verdad va a pasar? ¿Deberíamos decirle a los otros maestros o algo?

–Estoy segura de que el profesor Dumbledore lo hará si es importante –les aseguró Hermione. Y aún así, incluso cuando lo dijo, había algo que le estaba molestando en el fondo de su mente: Sirius Black aún estaba afuera, y se estaba acabando su tiempo para obtener a Harry este año escolar. Mientras bajaban a cenar, Hermione notó a dos personas que podrían ser potencialmente útiles en el caso improbable de que algo pasara. Bueno, ¿no podía hacer daño el cubrir su apuesta, verdad?– Un momento –dijo a sus amigos mientras se apresuraba al par–. Fred, George –dijo en voz baja.

–Hola, Hermione –dijo Fred sonriente.

–¿Qué podemos hacer por ti esta noche tan agradable? –preguntó George.

–¿Recuerdan lo que discutimos en febrero?

–Eh, creo que discutimos muchas cosas en febrero. ¿Puedes ser más específica? –preguntó Fred.

–Tengo… un presentimiento sobre esta noche. Creo que deberían prestar atención especial por Sirius Black –respondió Hermione. Ambos se preocuparon al instante.

–¿Por qué? ¿Ocurrió algo? –dijo George con urgencia.

–No que yo sepa. Es una larga historia… y probablemente no es nada… pero unas cuantas personas piensan que algo va a ocurrir esta noche.

–De acuerdo, mantendremos una mirada por ti –aceptó Fred.

–Sí, nada se escapa del mapa –dijo George.

–Bueno, excepto tú, pero no hay manera de que Black sea tan inteligente como tú –dijo Fred.

Hermione recordó sus sospechas sobre quien había creado el mapa del merodeador. Pero incluso si ella tenía razón sobre eso, aún había lugares que el mapa no cubría. De hecho, si lo pensaba…

–Eh, por cierto, ¿el profesor Lupin aparece en el mapa, verdad? –preguntó.

–Sí. ¿Por qué? –dijeron los gemelos al mismo tiempo.

–Por nada.

Pero incluso con el nivel adicional de seguridad, Harry aún no se sentía tranquilo. Estaba preocupado durante la cena, lanzando miradas frecuentes a su alrededor como si Sirius Black se fuera a aparecer de la nada en el gran comedor en cualquier momento. Hermione se estaba preocupando por su amigo. Este año lo estaba agotando de una manera en la que los dos anteriores no lo habían hecho. Las revelaciones sobre su familia le habían dado un fuerte golpe y lo habían dejado en un estado mental vulnerable.

–Harry, si te hace sentir mejor, podemos bajar a las cocinas y pedir a los elfos que se mantengan alertas también –le dijo.

Harry parpadeó y asintió rápidamente.

–Sí. Sí, eso suena bien –respondió él.

Bajaron las escaleras después de la cena ya que los turnos de Dobby y Sonya habían concluido. Pasaron a Crookshanks merodeando en el vestíbulo de la entrada, pero por suerte, Ron no dijo nada.

Las cocinas siempre estaban en alboroto y con mucha actividad después de la cena. Los elfos estaban corriendo por todos lados lavando los platos y guardándolos, limpiando las estufas y las largas mesas, y recogiendo objetos sueltos que los estudiantes habían dejado atrás y enviándolos de regreso al comedor. Después de todo, la manera más fácil de limpiar las largas mesas era bajar todo el desastre en ellas.

En cuanto los cuatro bajaron a las cocinas, un grupo de elfos entusiasmados se acercó a ellos, llamándolos por sus nombres.

–¿Los amos y amas necesitan algunas botanas después de la cena? –preguntó uno.

–Claro –dijo Ron.

Ron –lo regañó Hermione–. No, gracias. Sólo queremos hablar con Dobby y Sonya.

–Nellie irá por ellos, señorita.

Un momento después, dos elfos llegaron a ellos, aparentemente en medio de una discusión.

–Deberías de mantenerte en tu lugar, Dobby –dijo una elfina pequeña con cabello rubio desaliñado y ojos azul cobalto–. Tú eres un antiguo elfo de familia, pero eso no quiere decir que Flory te permita cocinar en Hogwarts.

–Dobby tiene derecho de hablar con los elfos de cocina, Sonnitt. –Lanzó una mirada molesta con sus ojos verdes y se cruzó de brazos.

–¡No me llames Sonnitt! –Era casi gracioso ver a la elfina tan molesta.

–La familia de la señorita Hermione sabe mucho sobre como los humanos deben comer para estar saludables –continuó Dobby sin perder el ritmo–. Dobby intenta ayudar a los estudiantes.

–Y Sonya intenta ayudar a Dobby, pero tú no escuchas. Tú no obtienes el respeto de los elfos cuando les dices como hacer su trabajo.

–Ejem –tosió Hermione.

Ambos elfos voltearon su mirada en su dirección.

–Oh, hola, señorita Hermione –dijeron al mismo tiempo. Hermione se rio detrás de su mano. Los elfos nunca dejaban de sorprenderla.

–Hola, Dobby. Hola, Sonya –dijo.

–¿Podemos ayudarla y a sus amigos, señorita Hermione? –preguntó Dobby.

–Pues, sí. Verán, mis compañeras se han metido la idea en la cabeza de que la profesora Trelawney realizó una profecía. –Dobby soltó un grito ahogado.

–¿Qué ocurre?

–Oh, las profecías son un asunto muy serio, señorita Hermione –dijo Dobby preocupado.

–Quizás, pero es la profesora Trelawney. Ella...

–La señorita Hermione y sus amigos deben tener cuidado –la interrumpió Dobby–. Cuando El-Que-No-Debe-Ser-Nombrado cayó, hubo murmullos de una profecía. Se mantuvo muy en secreto, señorita. Incluso los antiguos amos de Dobby no sabían mucho. Pero Dobby escuchó que El-Que-No-Debe-Ser-Nombrado ofreció una gran recompensa a quien pudiera capturar a la profesora Trelawney del profesor Dumbledore con vida.

–Ja, difícil con el Dumbledore protegiéndola –dijo Ron.

–No, Ron Weasley, señor –dijo Dobby en acuerdo–. Ningún mortífago logró acercarse, pero si los amigos de la profesora Trelawney piensan que realizó una profecía, quizás tengan razón.

–Oh, no –dijo Ginny.

–¿Qué decía la profecía, señorita Hermione Granger? –preguntó Sonya.

–Pues, no tenía mucho sentido. Decía algo sobre dos sirvientes del Señor Oscuro, y uno escaparía esta noche, y el otro sería capturado, pero el único sirviente del Señor Oscuro por aquí es Sirius Black.

Sonya y Dobby lucían tan confundidos como ella, pero tan preocupados como Ginny. Ambos abrieron sus bocas para responder, pero entonces, escucharon una conmoción de uno de los cuartos conectados a las cocinas y el lugar se llenó de gritos y golpes.

¡Rata! ¡Hay una rata en la alacena!

Todos los elfos se lanzaron a la acción cuando una rata delgada y sucia corrió fuera de la alacena a una velocidad imposible. La siguieron por toda la cocina, con cazuelas y ollas para matarla. Era flacucha y su pelaje se estaba cayendo. Y de algún modo… no tenía idea de como… Ron la reconoció.

–¡Por la barba de Merlín! ¡Es Scabbers!

Ron la persiguió, y sus amigos lo siguieron.

–¡Scabbers, ven aquí! ¡Soy yo, Ron! ¡No lo lastimen! ¡Es mi rata! –gritó mientras los elfos continuaban persiguiendo a Scabbers con cazuelas y ollas.

¡La rata debe salir de las cocinas! –gritaron los elfos–. ¡Las ratas no están permitidas con la comida!

–¡No lo lastimen! –lloró Hermione–. ¡Lo sacaremos!

–¡Háganse a un lado! –gritó Ron a los elfos–. ¡Scabbers, vamos!

Scabbers llegó a la puerta y salió de las cocinas con Ron, Hermione, Harry, y Ginny siguiéndolo de cerca.

–¡Atrápenlo! –gritó Ron. La rata corrió a las escaleras a una velocidad sorprendente considerando lo enferma que se veía. Incluso más sorprendente era que no tuvo problemas subiendo los escalones. Ya estaba en el vestíbulo de la entrada cuando Ron lo alcanzó, y en ese momento, un borrón naranja se acercó a él.

–¡Crookshanks, no! –gritó Hermione.

La persecución continuó.

–¡Hermione! ¡Para a tu gato estúpido! –reclamó Ron. Él y Harry continuaron siguiendo a Scabbers mientras Hermione y Ginny intentaban detener a Crookshanks.

–¡Crookshanks, basta! ¡No lo lastimes! –gritó Hermione, sin efecto. Scabbers debió de escapar con dificultad en febrero. Era la única explicación que tenía sentido. Pero no iba a decepcionar a Ron de nuevo. Se lanzó contra su gato, y entre todos lograron mantener a los animales lejos del otro, pero aún no podían atraparlos.

¡Lux Cohaerens! –Lanzó Hermione, intentando distraer a Crookshanks. Estaba segura de que le había lanzado una mirada ofendida antes de ignorar al punto ojo y continuar con su caza. Fue pura suerte que el segundo de distracción dejó que Ginny se acercara a él. En un instante, el cazador fue cazado con éxito cuando Ginny se lanzó contra Crookshanks y lo sostuvo en el suelo.

Crookshanks bufó y luchó cuando Hermione los alcanzó e intentó tomarlo en brazos.

–¡Crookshanks, cálmate! –lo regañó–. Ron ha estado triste por su rata por meses. Ve y busca unos ratones o algo. –Desafortunadamente, siendo un gato, no estaba dispuesto a escuchar y continuó luchando en sus brazos.

–¡TE TENGO! –Escuchó gritar a Ron con triunfo. Finalmente había atrapado a Scabbers, pero en cuanto levantó a la rata, gritó–: ¡Oye, Scabbers, basta! –Scabbers chillaba como loco y hacía lo posible por escapar su agarre–. ¡Soy yo, idiota! ¡Soy Ron! Vamos, voy a ponerlo en mi cuarto antes de que pase algo más. Hermione, aleja a tu gato de él.

–Crookshanks, cálmate –dijo Hermione–. No necesito que cometas el asesinato del que te acusaron.

–¿Qué tiene Scabbers? –preguntó Ginny.

–Probablemente está asustado después de estar perdido por tanto tiempo –razonó Ron–. Luce terrible. No ha estado tomando su tónico para ratas.

Fue difícil, pero llegaron a las escaleras y comenzaron a subir rumbo a la torre de Gryffindor. Ambos animales continuaron intentando escapar como nunca los había visto. Era cuestión de minutos antes de que lo lograran, y cuando llegaron al tercer piso, ocurrió.

–¡AUCH! ¡Me mordió! –gritó Ron. Soltó a Scabbers, quien de inmediato comenzó a correr rumbo a la torre del reloj. Los cuatro estudiantes corrieron a toda prisa tras él, pero Scabbers llegó a la puerta y atravesó el puente antes de que lograran alcanzarlo de nuevo.

–¡Harry, se supone que no debes de estar afuera en los terrenos! –gritó Hermione, pero Harry no la estaba escuchando.

Finalmente, Ron se lanzó y atrapó a su rata de nuevo, rápidamente guardándola en su bolsillo para que no se pudiera escapar.

–Vaya, finalmente lo alcancé –dijo, dándose la vuelta con una sonrisa–. No se cual es su problema.

Hermione no respondió. Estaba muy preocupada por lo que vio detrás de Ron. Bajo la luz del atardecer podía ver a un perro negro muy grande.

–¡Cuidado, Ron! –gritó Harry.

–¿Qué es eso? –lloró Ginny.

Ron se dio la vuelta horrorizado para ver al perro enorme lanzarse contra él. Hermione, Harry, y Ginny sacaron sus varitas, pero en dos movimientos el perro lanzó a Ron al suelo, mordió su brazo, y comenzó a jalarlo colina abajo.

–¡Ron! –gritaron todos. Hermione soltó a Crookshanks mientras corrían, pero el perro era fácilmente más rápido. Ron fue jalado con fuerza y rapidez por los terrenos hasta que el perro llegó a un árbol grande con ramas como bastones gigantes moviéndose. Hermione se detuvo cuando lo vio, pero el perro continuó, jalando a Ron a través de un espacio entre las raíces del árbol y desapareciendo de su vista.

–El pasadizo secreto –exclamó ella. El que salía del castillo y que no estaba en uso–. ¡Harry, Ginny, háganse atrás! –gritó.

–¡Tiene a Ron! –gritó Harry con insistencia. Él y Ginny corrieron al frente.

–¿Saben que tipo de árbol es?

–¿Qué quieres decir con qué tipo…? ¡AHHH!

Harry y Ginny gritaron cuando una rama pesada se estrelló contra sus pechos y los lanzó al suelo, ambos cayendo donde Hermione estaba parada.

–Se llama sauce boxeador –dijo ella. Las ramas se movieron enfrente de ellos, fuera de su alcance.

–Maldita sea –gruñó Harry adolorido–. ¿Cómo podemos pasar?

–No lo se. Necesitamos ayuda –dijo Hermione.

Pero entonces algo ocurrió que nunca hubiera esperado ver. Crookshanks corrió al árbol, apenas esquivando todas las ramas hasta alcanzar el tronco, donde se lanzó contra un nudo. El árbol se congeló, y el gato se metió dentro del túnel.

–¿Crookshanks? –dijo sorprendida–. ¿Cómo supiste como hacer eso?

–Es amigo del perro –dijo Harry–. Los he visto en los terrenos juntos. ¿A dónde fue Ron?

–Hay un pasadizo secreto ahí –dijo Hermione–. Fred y George me lo dijeron.

–¿A dónde va? –preguntó Ginny.

–No lo sé. Algún lugar en Hogsmeade.

–Tenemos que seguirlo. Vamos –dijo Ginny. Caminó hacia el árbol.

–¡Ginny! ¡Tenemos que ir por ayuda!

–¡No hay tiempo! –dijo Harry–. Esa cosa podría comerse Ron. Tenemos que seguirlo. Vamos, Ginny, varitas listas.

Ginny enderezó sus hombros y siguió a Harry a la entrada del pasadizo. Hermione titubeó solo por un segundo antes de seguirlos, elevando su varita enfrente de ella.

–Las cosas que hago por mis amigos –murmuró para sí misma–. ¿Por qué no puedo tener un año normal?


–Sabes, sería mejor si los elfos domésticos salieran en esto –dijo George–. Asumo que aún están hablando con ellos abajo.

–Suena como un proyecto para el próximo año –respondió Fred–. De cualquier modo, me pregunto cual es el problema. Hermione no parecía creer que algo estuviera ocurriendo, pero aún así nos pidió que vigiláramos a Black.

–No lo se, pero si ella cree que vale la pena mirar, estoy mirando.

Buscaron entre las páginas del mapa para revisar los siete pasadizos secretos, por si acaso, antes de regresar a las cocinas para ver que estaban haciendo sus hermanos y hermanos honorarios, pero ahora, otro nombre era visible en el mapa y corriendo por las cocinas.

–¿Qué rayos?

–¿Qué no está muerto?

Se miraron el uno al otro.

–Pues, no es Black pero ciertamente califica como algo –dijo George.

Se pusieron de pie y corrieron a la oficina del profesor Lupin.

–¡PROFESOR LUPIN!

Remus Lupin estaba ocupado cerrando su oficina al final del día. No estaba esperando que nadie fuera esa noche excepto Snape con su dosis final de poción matalobos. Así que el sonido de dos jóvenes golpeando su puerta y gritando su nombre era bastante inoportuno.

–¡PROFESOR LUPIN! –repitieron los gritos.

Lupin gruñó para sí mismo y caminó a la puerta. Al abrirla lo suficiente para asomar su cabeza, se encontró con los rostros de los jóvenes más problemáticos en la escuela.

–Chicos, este no es un buen momento –dijo–. Si es urgente, que sea rápido.

Fred y George Weasley abrieron las bocas para hablar, pero titubearon y se miraron el uno al otro nerviosos. Entonces Fred (estaba muy seguro de que era Fred) habló:

–Profesor, ¿los nombres Lunático, Colagusano, Canuto, y Cornamenta significan algo para usted?

La expresión molesta en el rostro de Lupin desapareció y fue reemplazada por una de sorpresa, y palideció cuando las implicaciones llegaron a su mente.

–Dentro, rápido, rápido –dijo. Dio espacio para que entraran y cerró la puerta–. ¿Cómo descubrieron que yo soy Lunático? –preguntó.

Las quijadas de los gemelos cayeron.

–¿Usted es Lunático? –exclamaron.

–Eh, –dijo Lupin–. ¿Cuál pensaron que era?

–Hermione sólo dijo que quizás conoció a Lunático –le dijo Fred.

Se golpeó la frente con su mano.

–Hermione, por supuesto –dijo–. Nada se le escapa. Probablemente estaba intentando proteger mi privacidad. De cualquier modo, ¿supongo que tienen el mapa del merodeador?

–¡Cierto! –dijo George–. Ella dijo que debíamos darle una mirada esta noche. Estábamos buscando a Sirius Black, pero encontramos a alguien más.

–¿Alguien más? –dijo Lupin preocupado.

–Sí, ahora, ¿a dónde fue…? –Tomó el mapa y buscó entre las páginas. Lupin observó maravillado el mapa. No creyó que lo volvería a ver, pero era más correcto que esos dos lo hubieran encontrado–. ¡Ahí! –George sostuvo la primera página que mostraba los terrenos y señaló un nombre que parecía estar corriendo y estaba siendo seguido por cuatro estudiantes.

–¡Imposible! –exclamó Lupin–. ¡Está muerto!

–Es lo que pensamos –dijo George.

–¿Acaso el mapa comete errores? –agregó Fred.

–Nunca. Pero… si está vivo… –El color desapareció del rostro de Lupin mientras comprendía la situación, mucho mejor de lo que lo había hecho en 1981. Los gemelos lucían muy preocupados por su reacción–. Por la barba de Merlín, ella lo sabía. Se dio cuenta en sólo dos semanas. ¡Por Dios, él es el asesino!

–¡Mierda! –exclamaron los gemelos.

–¿Qué? –Lupin los miró de regreso. Ellos no podían saber lo que estaba ocurriendo. Pero estaban señalando al mapa. Un sexto nombre había aparecido, y supo al instante porque estaba ahí–. Oh, eso es malo –dijo con frenesí–. ¡Tengo que detenerlos! –Dobló el mapa y corrió fuera del cuarto con sólo una mirada rápida al reloj. Debía tener suficiente tiempo para ir a la casa de los gritos y regresar antes de la salida de la luna.

Fred y George observaron al profesor irse con su posesión más preciada, camino a una confrontación con un asesino y que cuatro personas cercanas a ellos estaban involucrados a ciegas.

–¿Ahora qué? –se preguntaron el uno al otro. Por primera vez, no tenían la respuesta.


–¡Profesora McGonagall! ¡Profesora McGonagall! –Dos jóvenes de tercer año corrieron a su jefa de casa después de la cena.

–Señorita Brown, señorita Patil, ¿qué ocurre? –preguntó McGonagall.

–Tenemos que ver al profesor Dumbledore de inmediato –dijo Parvati Patil.

–Sí –agregó Lavender Brown–, la profesora Trelawney realizó una profecía y va a ocurrir esta noche.

McGonagall lanzó una mirada escéptica a las chicas.

–¿Ah, sí?

–No estamos bromeando, profesora, entró en trance y todo –dijo Lavender. McGonagall abrió sus ojos ampliamente. Eso no sonaba como el método usual de Sibyll.

-¿En verdad? –dijo, lanzándoles una mirada de advertencia.

–Sí, profesora –dijeron ambas. Ella asintió.

–De acuerdo, síganme.

Cinco minutos después, Lavender y Parvati repitieron su historia con más detalles al profesor Dumbledore en la oficina del director. Miraron a su alrededor nerviosas mientras hablaban. Era un lugar que irradiaba poder, al igual que Dumbledore.

–Señorita Brown, señorita Patil, ¿qué tanto recuerdan de las palabras exactas de esta profecía? –dijo el mago anciano.

–Las escribimos, profesor –dijo Parvati, entregándole el pergamino–. Aquí está.

Dumbledore y McGonagall leyeron las palabras en silencio. McGonagall palideció, e incluso Dumbledore lucía preocupado. Eso definitivamente era una mala señal.

–Albus, acaso esto significa lo que creo que significa –respiró McGonagall.

–Significa, Minerva, que el reloj está avanzando… dos relojes, de hecho, uno esta noche y otro a largo plazo. Debemos actuar de inmediato. –Se dirigió de nuevo a las dos chicas–. ¿Le han dicho a alguien más esto?

Las niñas temblaron bajo su mirada.

–Eh, le dijimos a Hermione y Harry y Ron y a Ginny, profesor –dijo Lavender con timidez–. ¿Estuvo mal?

Las miró con seriedad, pero titubeó por un largo tiempo antes de responder eventualmente.

–No deben de preocuparse. Sin embargo, si la situación se repite en el futuro, deben tener cuidado con las profecías. Regresen a su dormitorio. No le digan a nadie más, y digan a sus amigos que hagan lo mismo.

–Sí, profesor –dijeron las jóvenes, y salieron rápidamente de la oficina.

Mientras tanto, Dumbledore realizó una llamada de emergencia a través de la red Flu al Ministerio.

–Cornelius, pon a los aurores en alerta máxima. Tengo razón para creer que Sirius Black actuará esta noche. Y quizás tenga un aliado.


–Hay algo extraño sobre este lugar –dijo Harry–. Los fantasmas no destruyen las cosas.

El pasadizo secreto había llegado a una estructura de varios pisos abandonada que se parecía bastante a la casa de los gritos… pero no parecía embrujada, no en la manera normal por lo menos. Hermione, Harry, y Ginny llegaron a un cuarto con luz y se apresuraron dentro, varitas en mano.

Hermione de inmediato analizó la situación: Crookshanks estaba en la cama, ronroneando, Ron estaba en la cama con una pierna obviamente rota, Ron miraba con horror a algo fuera de su vista...

–¡No! ¡Es una trampa! –gritó Ron mientras se apresuraban a su lado–. Él es el perro… Es un animago...

Hermione se dio la vuelta justo a tiempo para ver a un hombre en trapos cerrando la puerta. Era alto y demacrado, casi esquelético. Su cabello estaba sucio y caía debajo de sus hombros. Sus dientes darían pesadillas a sus padres, y tenía una mirada salvaje en sus oscuros ojos grises. Conocía ese rostro.

–Sirius Black –susurró. Hermione actuó por instinto.

–¡Dobby!

¡Pop!

–¡Captúralo!

–¡Ah! ¡Sirius Black! –chilló Dobby. Chasqueó sus dedos y en un instante, Black fue sostenido como un águila en vuelo contra la pared.

Si Black se sorprendió de ver a un elfo usando ropa, no lo mostró. Su reacción fue inmediata. Tenía la varita de Ron en su mano. Estaba sostenida contra la pared, pero eso era suficiente.

¡Defodio! –carraspeó. Una nube de astillas explotaron de la pared, las suficientes para liberar su mano. Agitó su varita en dirección a Dobby sin decir nada, y Dobby fue elevado en el aire por el tobillo. Distraído, soltó a Black, quien esquivó sus hechizos élficos con astucia.

¡Chiroptera...! –comenzó Ginny.

¡Expelliarmus! –La varita de Ginny salió volando de su mano.

¡Petrificus...!

¡Locomotor...!

¡Relashio!

¡Spongenu!

¡Expelliarmus! ¡Expelliarmus!

Tanto Hermione como Harry estaban lanzando hechizos al asesino y esquivando su respuesta, pero él era más rápido y fuerte que ellos, y ambos rápidamente fueron desarmados. Aunque incluso cuando los esquivaron, Hermione notó que Black no estaba usando hechizos particularmente peligrosos.

Entonces, Dobby logró liberarse del hechizo y cayó sobre sus pies. Agitó sus manos, y un rollo de cuerda en la pared tomó vida y amarró a Black con fuerza.

Black no parecía preocupado. Sólo sonrió.

–¿Elfo de familia? ¿Conoces los viejos trucos…? Kreacher era más duro. –Entonces, para el horror de Hermione, se transformó de nuevo en el perro negro enorme y destrozó la cuerda con sus dientes y garras. Era un animago… uno no registrado.

–¡Crookshanks, haz algo! –intentó Hermione desesperada, sin estar segura de porque pensó que eso ayudaría. Su gato aún estaba acostado en la cama, ronroneando como si fuera un gran espectáculo.

De un sólo salto, Black tenía Dobby contra el suelo con sus patas y gruñía sobre su rostro.

¡Dobby, no! –lloró ella.

El perro titubeó. Entonces, para sorpresa general, cambió de vuelta a forma humana para hablarle.

–Dile que pare –dijo con voz rasposa–. No quiero lastimarlo, pero lo haré si es necesario.

Hermione tuvo que mover su boca unas cuantas veces para lograr que saliera sonido.

–Dobby, para –dijo con tristeza–. Dije para… Perdimos esta.

Dobby se detuvo con una expresión de derrota en su rostro, y Black retrocedió con cautela. Agitó la varita de Ron de nuevo, y Dobby fue sostenido contra la pared. Eso era todo, pensó Hermione. Lo mejor que el mundo mágico tenía que ofrecer no podía detener a un asesino en serie de entrar a Hogwarts. Black sabía como pasar a los aurores y a los dementores, posiblemente en su forma animaga, e incluso sabía, de algún modo, como derrotar a los elfos domésticos. Y aún así, notó algo de nuevo: Sirius Black no había intentado matar a nadie… y no sólo a nadie, sino a un elfo doméstico, sólo porque ella se lo había rogado. ¿Por qué?

–Pensé que vendrías a ayudar a tu amigo, Harry –dijo Black, observando atentamente el rostro enfurecido de Harry–. Tu padre hubiera hecho lo mismo por mi. Y mejor que no fuiste por un maestro. Esto hará las cosas más fáciles.

Por instinto, Hermione se apresuró al lado de Harry para tomar su brazo y detenerlo para que no atacara a Black. Esa era una buena manera de morir rápido. Pero antes de que pudiera llegar a él, Harry prácticamente se estrelló contra Ginny, quien había saltado enfrente de él.

–¡Si quieres matar a Harry tendrás que matarnos a todos! –gritó.

Black sonrió.

–No, sólo morirá una persona esta noche.

¿Por qué? Pensó Hermione. Mató a doce inocentes para llegar a Pettigrew.

–¡Y serás tú! –bramó Harry. En un momento, hubo una oleada de gritos mientras hacía a un lado a Ginny y se lanzaba contra Black, Ginny intentó detenerlo, Hermione se acercó para sostenerlo, Ron se lanzó de la cama y se aferró de su túnica, y los cinco cayeron al suelo, Ron gritando de dolor cuando su pierna rota tocó el piso.

De repente, escucharon pasos en las escaleras.

–¡AYUDA! ¡SIRIUS BLACK! ¡ARRIBA! ¡RÁPIDO! –gritó Hermione.

En segundos, los pasos se apresuraron en las escaleras, y el profesor Lupin entró al cuarto con lo que parecía ser una expresión de dolor en el rostro. Los gemelos debieron mostrarle el mapa. Él apuntó su varita a Black, quien aún tenía cuatro varitas en sus manos… Y titubeó. Black elevó su varita, no la de Ron sino la de Harry, notaron, y la apuntó a Lupin. Se miraron con intensidad.

–Cambiaron, ¿no es así, Sirius? –dijo Lupin. Sorprendentemente, Black bajó su varita.

–¿Doce años y finalmente te diste cuenta? –dijo con voz rasposa.

–Tuve algo de ayuda –dijo Lupin. Sonrió, y Hermione notó que lanzó una mirada rápida en su dirección. Entonces, también bajó su varita, y para el horror de los estudiantes, abrazó a Black como a un hermano.

–¡¿ESTÁN TRABAJANDO JUNTOS?! –rugió Harry.

–¡NO PUEDO CREERLO! –gritó Hermione–. ¡PROFESOR, CONFIÉ EN USTED! ¡LES DIJE A FRED Y GEORGE QUE CONFIARAN EN USTED!

Todos la miraron.

–Y tuviste razón, Hermione –dijo Lupin, levantando su mano–. Hiciste lo correcto al decirles que me dieran el mapa del merodeador.

–¿Tienes el mapa del merodeador? –dijo Black con sorpresa.

–Por suerte, me lo dieron esta noche –respondió Lupin–. No pude creerlo cuando vi que Peter estaba vivo.

–¡Scabbers, no ahora! –interrumpió Ron. Scabbers había saltado de su bolsillo y estaba moviéndose con desesperación. Ron tuvo que enredar su cola sin pelo entre sus dedos para sostenerlo.

–Remus, es él –dijo Black con entusiasmo.

–Lo sé, Sirius –dijo Lupin.

–¿Qué? ¿Quién? ¿Yo? –dijo Ron con confusión. Intentó retroceder sobre la cama.

–¡Tú no, niño, la rata! –dijo Black con triunfo–. No es una rata. Es un animago… ¡con el nombre de Peter Pettigrew!

Hubo silencio en la casa de los gritos excepto por los chillidos frenéticos de Scabbers. Mientras lo absurdo de eso era procesaron, Ron y Ginny hablaron al mismo tiempo.

–Ambos están locos.

–¡Pettigrew está muerto! –dijo Harry–. ¡ lo mataste! –Señaló a Black con furia.

–No. –Todas las miradas se dirigieron a Hermione–. No, no lo hizo –susurró.

–¡Qué! –gritaron Harry, Ron, y Ginny al mismo tiempo.

La mente de Hermione, la cual había estado dando vueltas por un tiempo, finalmente encontró tracción.

–¡Lo sabía! –gritó–. ¡Sabía que había algo extraño en esa explosión! Por Dios, todo tiene sentido ahora.

–Hermione, ¿de qué estás hablando? –demandó Ron–. ¿Acaso te lanzaron un Confundus cuando no estábamos viendo?

–No, Ron, ¡finalmente veo las cosas con claridad! Estoy hablando de como una explosión no deja atrás ropa intacta y un dedo. Peter Pettigrew falsificó su propia muerte y acusó a Black de hacerlo. –Se puso de pie y comenzó a moverse por el cuarto–. ¿Pero por qué desapareció de ese modo? Black hubiera ido a Azkaban de todos modos si mató a esos muggles. ¡Eso quiere decir que Pettigrew también hizo eso! Él causó la explosión, se cortó su dedo para plantarlo como evidencia, y desapareció transformándose en Scabbers. Merlín, ¿cuántos animagos hay sin registrar…? Ron, ¡Scabbers es el verdadero asesino!

–¡Se volvió loca! –dijo Ron horrorizado–. ¡Ginny, haz algo!

–Oh no, no está loca, Ronald –dijo Lupin con una sonrisa mientras Ginny intentaba que Hermione se sentara y se callara–. Es posible que sea la bruja más sensata que he conocido. Nunca lo hubiera descubierto por mi mismo si ella no me hubiera puesto a pensar sobre esa explosión.

¿Tú? –-preguntó Black sorprendida–. Eres brillante. Doce años, y tú eres la única que lo notó.

Hermione se encogió de hombros.

–De hecho, soy bastante lógica, lo cual me permite mirar más allá de detalles superfluos y percibir con claridad aquellos que otros pasan por alto… Además, soy la única hija de muggles en este cuarto. Lo pensé en esos términos. Nadie pareció notar que la evidencia no lucía correcta cuando supuestamente murió Pettigrew. Nadie pareció pensar que había algo extraño cuando Scabbers vivió cuatro veces más que una rata normal. El profesor Snape tiene razón sobre algo: muchos magos no tienen una onza de lógica.

–¡Hermione, Scabbers no es Pettigrew! –dijo Ron–. Es una rata normal.

–Ronald, tiene doce años de edad, y le falta un dedo. Y todo lo que encontraron de Pettigrew fue un dedo, ¿recuerdas?

–Hermione, ¡escúchate! –gritó Harry–. Black era el guardián del secreto de mis padres. ¡Él los traicionó!

–¡No, Harry! –dijo Black. Lágrimas salían de sus ojos–. No… aunque es como si lo hubiera hecho, Harry, pero él realizó el acto. James y Lily querían que fuera el guardián del secreto, pero pensé que sería muy obvio. Dije que sería mejor que cambiáramos y no le dijimos a nadie… ni siquiera a Dumbledore. Dije que Peter debería hacerlo porque él era la última persona que alguien esperaría… Lo siento tanto, Harry… No me di cuenta del terrible error hasta que… hasta que fue muy tarde.

–Así que fue Pettigrew –dijo Hermione–. Todo este tiempo Pettigrew… culpable de todo.

–Sí –respondió Lupin–. Lo descubrí en cuanto vi que estaba vivo en el mapa del merodeador.

–¿Qué es el mapa del merodeador? –demandó Harry impacientemente.

–Este es el mapa del merodeador, Harry. –Sacó el pergamino de su bolsillo y se lo mostró–. Muestra donde están todos en el castillo en tiempo real. Los gemelos lo han estado usando para planear sus bromas, pero nosotros lo creamos… tu padre y nosotros tres.

–Lunático –dijo Hermione. Lupin asintió. El patrón era obvio ahora que lo veía–. Canuto. –Señaló a Sirius–. Colagusano. –Señaló a Scabbers. ¿Y podía ser?–. ¿Qué era James? –preguntó.

–Un ciervo –dijo Sirius con melancolía–. Cornamenta… astas. Tu padre también era un animago, Harry, al igual que yo y, desafortunadamente, Peter.

–Les estoy diciendo, sólo es Scabbers –dijo Ron.

–¡Ah! Ronald… –se quejó Hermione–. ¿Puede hacerlo que cambie a forma humana, profesor? –preguntó a Lupin. Ahora Lupin sonrió.

–Podemos –dijo–. Sólo necesitamos asegurarnos de que no escape.

–¿Pueden desatar a Dobby? ¿Y devolverme mi varita, por favor?

Black lanzó una mirada interrogatoria a Lupin, y Lupin estudió su rostro con cuidado.

–Creo que podemos confiar en ella, Sirius. Está de nuestro lado.

–Estoy del lado de la justicia, profesor –lo corregió al instante.

–Pues, ya que soy inocente, eso es suficiente para mi. –Black entregó su varita de regreso a Hermione, para la sorpresa de sus amigos, y agitó otra varita y dejó que Dobby cayera al suelo.

–Oh, que amable –dijo Ginny–. ¿Y qué de nosotros?

–Danos un minuto, Ginny –dijo Hermione–. Intentaremos resolver esto rápidamente. Dobby, ¿estás bien?

–Sí, señorita Hermione. ¿La rata en verdad es un mago?

–Vamos a descubrirlo. Sólo asegúrate que no escape.

–Sí, señorita.

–Dame la rata, Ron –dijo Lupin–. Si estamos mal, esto no lo lastimará.

Ante eso, Ron entregó con titubeo la rata que estaba moviéndose y mordiendo sus manos.

Lupin lo sostuvo con una mano.

–¿Listo, Sirius?

–¿Juntos? –dijo Black con voz suave.

–Eso creo. A las tres: una… dos… ¡tres!

Hubo un flash de luz blanquiazul y Scabbers cayó al suelo, pero comenzó a crecer rápidamente. Era lo que Hermione esperaba. El cuerpo redondo de Scabbers creció con su cabeza incrementando su tamaño y sus extremidades estirándose. En segundos, en lugar de Scabbers había otro hombre en la casa de los gritos. Era bajo, calvo, con ojos pequeños y distraidos, y un rostro distintivamente roedor. Estaba muy delgado y sucio, pero piel caía de su rostro como si hubiera estado muy gordo y hubiera perdido mucho peso.

–Hola, Peter –dijo Lupin con una sonrisa maniaca–. Mucho tiempo sin verte.

–S...Sirius… R...Remus… m...mis viejos amigos… –dijo Pettigrew. Incluso su voz era rápida y chillante.

Pero antes de que sus "viejos amigos" pudieran responder, fue golpeado por algo rojo. Ginny se había movido, una expresión de furia en su rostro. Pateó a Pettigrew entre las piernas, gritando.

–¡Pervertido! ¡Te vi mirándome el verano pasado! –Pettigrew cayó al suelo, quejándose. La mayoría de las bocas cayeron al suelo con sorpresa.

–¡Oh, Merlin! ¿Mi hermanita? ¡Enfermo! –dijo Ron–. Y… ¡te dejé dormir en mi cama también! Si tuviera dos piernas buenas...

–Bien, Ginny –dijo Black–. ¿Lo ven ahora? Fue él todo el tiempo. Traicionó a James y a Lily. Mató a todas esas personas.

–¡No! ¡No! –chilló Pettigrew–. ¡No pueden creerle! –Señaló a Black–. Está mintiendo… mintiendo y loco. Intentó matarme.

–Cállate –exclamó Ginny–. ¿Cómo supiste que era él? –preguntó a Black–. ¿Cómo supiste que estaba aquí?

–Ha venido a intentar matarme de nuevo –rogó Pettigrew–. ¡Tienen que detenerlo!

–No hubiera sabido que estaba suelto si no hubiera tenido muy buena suerte –respondió Black–. La última vez que visitó el Ministro, le pedí el periódico… le dije que quería hacer el crucigrama. Y me creyó. ¡Ja! Esta buscando noticias sobre Harry, pero imaginen mi sorpresa cuando vi esto en su lugar. –Sacó un pedazo de periódico cuidadosamente doblado de entre su ropa desgarrada y se los mostró. Los estudiantes soltaron gritos ahogados. Era la foto de los Weasley en Egipto, y en las manos de Ron, con un dedo claramente ausente, estaba Scabbers–. Reconocería a esa rata en cualquier lugar –dijo Black.

–Por eso dijiste "está en Hogwarts" mientras dormías –dijo Lupin con comprensión–. Querías decir Peter, no Harry.

–Es una mentira –continuó Pettigrew–. Él era el guardián del secreto, no yo. Él mató a James y Lily, y se escapó para matarnos a los dos.

Black se giró para ver a Pettigrew, varita elevada.

–¿Cómo te atreves a profanar su memoria? –bramó–. ¡Tú eras el guardián del secreto y ambos lo sabemos! ¡No tienes el derecho de decir sus nombres!

–Harry… Harry, por favor… ¡estoy diciendo la verdad! ¡Está loco! No puedes creer lo que dice.

–No te has estado escondiendo de mi todos estos años –dijo Black ignorándolo–. Te has estado escondiendo de todos los seguidores de Voldemort que piensan lo que traicionaste, que fue tu culpa que muriera. Y engordaste de la amabilidad de los Weasley sin su conocimiento, confiando en que todos te creían muerto.

–¿Lo ven? ¡No tiene sentido! –dijo Pettigrew–. Nunca hubiera trabajado para Quien-Ustedes-Saben. ¡Está completamente loco! Remus, él era el espía. ¿No lo ves? ¿Quién más le hubiera dado esa información?

–Oh, no lo sé, ¿tú? Creer que yo soy el espía… ¿quién se arriesgó más que yo, además de James y Lily?

–Harry… Harry, por favor, créeme. He vivido contigo por tres años… en tu dormitorio. Nunca te lastimé ahí.

La cabeza de Harry se movió de un lado a otro entre los dos como si no estuviera seguro de a quien creer.

–No lo escuches, Harry –lo interrumpió Black–. Tenía una buena vida ahí y nunca lo hubiera intentado a menos que tuviera algo que ganar.

–Corrí con ustedes, ¿no es así? ¡Lo hice por ustedes!

–Lo hiciste por la popularidad. Eras nada sin nosotros.

–Nunca hubieran salido de todos esos problemas sin mi.

–Te ayudamos y tú nos vendiste.

–¡CÁLLENSE LOS DOS!

Todos se callaron y todas las miradas se dirigieron a Hermione. Sirius Black la observó como si nunca hubiera visto algo como ella. Hermione estaba bastante consciente de que había callado a un asesino, quien sea que fuera. Pero aún no estaba muerta, así que se preparó y continuó:

–Esto no es sobre su rivalidad en la escuela. No puedo creerlo, uno de ustedes es un asesino y están discutiendo sobre quien era más popular en la escuela… Saben, hay una solución sencilla para esto.

–¿La hay? –dijeron los tres adultos.

–¿La hay? –repitieron sus tres amigos.

–Sí, la hay. –Hermione metió la mano en el bolsillo de su túnica y sacó el frasco que siempre cargaba con ella. De dentro de ese frasco, sacó un pedazo de algodón, y de su interior un frasco más pequeño con líquido transparente–. Veritaserum –dijo con una sonrisa. Sonrisas aparecieron en los rostros de sus amigos, y expresiones de sorpresa en los de los adultos.

–¿Tienes veritaserum? –dijo Black con asombro.

–¡Brillante! ¿Aún lo tienes? –dijo Ron.

–Claro. Nunca lo he usado. ¿Qué tan seguido se necesita?

–Hermione –dijo Lupin–. ¿Acaso quiero saber por qué o cómo tienes veritaserum?

–Probablemente no –dijo ella con una sonrisa.

Pettigrew ahora lucía muy, muy nervioso.

–Eso… n...no es confiable –tartamudeó–. Black sabe Oclumancia. No puedes confiar en lo que dice.

–No se lo iba dar a él –respondió Hermione.

Los ojos de Pettigrew se abrieron más, y comenzó a retroceder.

–No, no, no –murmuró.

–¡Dobby!

Dobby chasqueó sus dedos y Pettigrew estuvo atado en otro rollo de cuerdas.

–Desmáyelo si se transforma –dijo a Lupin. En verdad necesitamos una manera de atarlo y que no pueda escapar.

–N...no p...puedes hacer eso –rogó Pettigrew–. No es legal.

–De hecho, sólo no es admisible –lo corregió Lupin de forma engreída–, pero tenemos la suficiente evidencia para que te arresten y te interroguen de manera formal. Si tenemos razón, dudo que cualquiera de nosotros reciba más que un regaño.

–Gracias, profesor –dijo Hermione. Caminó a Pettigrew e intentó obligarlo a que abriera su mano. Él luchó contra el esfuerzo, pero ella tapó su nariz, obligándolo a abrir sus labios lo suficiente para que ella le diera tres gotas de la poción entre los dientes. De repente, Pettigrew se puso tieso y sus ojos en blanco.

–Creo que está funcionando –dijo ella–. ¿Cuál es tu nombre?

–Peter Pettigrew –dijo en monotono.

–Pues, no se como lo hiciste, pero lo hiciste –dijo Lupin–. De acuerdo, Peter, ¿traicionaste a James y Lily con Voldemort?

–Nnnnn… –soltó, intentando resistir el efecto. Los ojos de Harry se abrieron con horror.

–Se los dije –dijo Black.

–Espera un minuto, Sirius –lo detuvo Lupin–. ¿Fuiste el guardián del secreto?

–Sí.

–¿Eras el espía en la Orden?

–Sí.

–Lo siento, Remus –murmuró Black–. Pensé que eras tú...

–No te preocupes de eso, Canuto. Peter, ¿fingiste tu propia muerte y culpaste a Sirius, y mataste a doce muggles en el proceso?

–Nnnn...sí, y sí –dijo Pettigrew.

–¿Por qué lo hiciste? –demandó Black.

–Yo… tenía… miedo –respondió él. De repente, su personalidad normal regresó–. El Señor Oscuro estaba ganando. ¿Qué podía ganar rehusándome? Me hubiera matado.

–¡ENTONCES DEBISTE MORIR! –Black se lanzó contra él, pero Lupin lo sostuvo–. ¡DEBISTE DE MORIR POR TUS AMIGOS COMO CUALQUIERA DE NOSOTROS LO HUBIERA HECHO POR TI!

–¿Qué elección había? ¡Todos hubiéramos muerto al final!

–¡Pero no fue así! No fue así porque Harry lo detuvo. Siempre hay una elección, Peter, ¡y tú elegiste mal! Vamos, Lunático, hay que matarlo de una vez.

–Eh, ¿están seguros de que es una buena idea? –dijo Hermione nerviosa.

–Se lo merece –gruñó Black. Comenzó a moverse hacia él

–¡Esperen! –Los interrumpió Hermione.

–¿Qué? –dijo Black sin paciencia.

–Yo también tengo preguntas –dijo ella–, y voy a obtener respuestas. Pettigrew, ¿cómo mataste a esos doce muggles?

–¡Hermione! –dijo Lupin.

Pero Pettigrew, aunque intentó detenerse, cayó en el monótono de nuevo para responder.

–Use un hechizo explosivo poderoso basado en la maldición reductora. Ataca un área pequeña, pero destruye el blanco en fragmentos que lanza en todas direcciones a alta velocidad.

–Como metralla… por supuesto, como una granada de fragmentación –dijo Hermione, aliviada al finalmente comprender–. Así es como mataste a tantas personas. Una maldición como esa podría matar a un rango mayor con menor daño. Sr. Black, tiene suerte de que usted no murió. –Black estaba sin palabras, en su mayoría porque una joven de catorce años podía deducir tanto sobre maldiciones, pero Lupin aún estaba en alerta.

–No eres lo suficiente inteligente para inventar un hechizo como ese tú solo. ¿Te lo dio Voldemort?

–No.

–¿Quién?

–Rrrrr...Rookwood. Él lo inventó.

–¿Rookwood? –preguntó Hermione.

–Augustus Rookwood –explicó Hermione–. Trabajaba en el Departamento de Misterios… la división de investigación en el Ministerio. Estaba dando información a Voldemort… está en Azkaban ahora.

–Una pregunta más: ¿alguna vez me viste cambiarme cuando me quedé en la Madriguera? –dijo Hermione.

–Nnnn...ss… ¡AH! –Hermione le dio un rodillazo en la ingle antes de que pudiera terminar la sílaba.

–Pervertido –dijo ella–. ¿Por qué te puso el sombrero seleccionador en Gryffindor?

Lo había dicho retóricamente, pero Pettigrew respondió.

–P...p...porque d...dijo que tenía una chispa de v...valentía que necesitaba cultivar.

Hermione gimió y dio un paso atrás horrorizada.

–¿Qué? –preguntó Lupin.

–Me dijo lo mismo –susurró ella. Se dio la vuelta y miró a sus amigos preocupada. ¿La verían diferente ahora? ¿Dejarían de confiar en ella?

Pero entonces, Ron abrió la boca y se burló de Pettigrew.

–¡Eso muestra que es mejor que tú! ¡Hermione es tan valiente que hechizó a Quien-Tú-Sabes en la cara dos veces y tú aún eres un maldito cobarde!

Hermione respiró con alivio, aunque sacudió la cabeza en dirección a Ron.

–También soy lo suficiente valiente para decir su nombre, Ron… pero gracias.

–¿Lo hechizó en…? No importa –dijo Black–. Ahora que establecimos que Peter es un hijo de puta, hay que matarlo.

–En verdad no creo que… –comenzó Hermione.

–Sí, vamos –dijo Lupin en acuerdo. Tanto él como Black elevaron sus varitas en dirección al hombre.

Harry miró a los tres hombres y después cambió su expresión a una de determinación.

–¡NO! –dijo. Saltó enfrente de Pettigrew, para la sorpresa de todos.

–Harry, ¿qué estás haciendo? –exclamó Ginny.

–No deberían matarlo –dijo. Pettigrew aún estaba quejándose de dolor en el suelo detrás de él.

–Harry, este pedazo de mierda vendió a tu familia para salvar su propia piel –soltó Black.

–Lo sé –respondió–, pero no que creo que mi papá hubiera querido que se convirtieran en asesinos por él… no vale la pena.

Black titubeó, pero no bajó su varita.

–Me alegra ver que piensas tan bien de James, Harry –dijo él–, pero hay momentos cuando un hombre llega a su límite...

–Tiene razón, Sr. Black –intervino Hermione. Las cabezas de él y Lupin se giraron en su dirección–. Profesor Lupin, no se sobre el papá de Harry, pero… si su mamá y yo somos tan parecidas como dice, a ella definitivamente no le hubiera gustado. Es un hombre muy bueno como para eso, profesor. –Lupin soltó un gran respiro y bajó su varita. Sus manos temblaban–. Y más importante, Sr. Black –agregó–, si lo llevamos al castillo con vida nunca tendrá que regresar a Azkaban. Usted es el padrino de Harry. No se que sabe sobre sus parientes, pero Harry necesita a su padrino.

–Hermione… –comenzó Harry.

–No lo niegues, Harry. Mereces más que una familia que apenas y te tolera.

Ante eso, Black bajó su varita.

–Harry… –dijo lentamente–, tú eres el único que tiene derecho a decidir. ¿Qué quieres hacer con él?

Harry se dio la vuelta y miró a Pettigrew por un largo momento. Entonces miró a Black, después a Lupin, y después a Hermione, Ron, y Ginny en turno. Hermione le rogó en silencio, y podía ver que Ginny, quien probablemente odiaba a Pettigrew tanto como él, también estaba de acuerdo con su idea.

–Lo llevaremos al castillo –dijo Harry–. Vivo. Y haremos que te perdonen… Sirius.

La tensión pareció irse. Black sonrió al ser llamado por su nombre por primera vez.

–De acuerdo Harry… y… gracias por pensar en mi… tú también, Hermione. Creo que ambos son más sabios que yo.

El momento fue interrumpido por un extraño sonido: clic clic clic clic clic clic clic… Hermione palideció, sus ojos abiertos con horror al darse cuenta que venía de su muñeca.

–¿Qué es eso? –preguntó Ron.

–Es mi reloj –dijo ella, removiendo su manga.

–¿Qué quiere decir?

Oh, sabía lo que significaba. Había puesto la alarma más temprano ese día.

–¡Significa que la luna va a salir en diez minutos!