Harry Potter es propiedad de JK Rowling.
Capítulo II: Los problemas de la convivencia
«Que dos y dos sean necesariamente cuatro, es una opinión que muchos compartimos.
Pero si alguien sinceramente piensa otra cosa, que lo diga. Aquí no nos asombramos de nada.»
Antonio Machado.
2 de septiembre de 1971.
No logró conciliar el sueño luego que se despertó a las cinco de la mañana, preso de una pesadilla que involucraba una figura borrosa que se inclinaba hacia él con intenciones tenebrosas.
Estaba sudoroso y con el rostro pálido, temblando de miedo y murmurando las palabras que Hope le decía cada vez que lo encontraba en esta situación. Ahora que ya no tenía a su madre para que lo ayudara cuando lo necesitaba, dedujo que había llegado el momento de enfrentar sus propias dificultades por sí mismo. Remus abrió los ojos de uno en uno y aflojó el agarre en la sábana. Una simple pesadilla no le podía doblegar fácilmente.
Se quedó en la cama durante otra media hora mientras se debatía entre si volverse a dormir o levantarse y comenzar a preparar lo que necesitaría. Al final escogió la segunda. Agarró la mochila que había guardado en el baúl colocado delante de la cama, recogió los libros que supuso que usaría y cogió la toalla. Era una fortuna que madame Hufflepuff hubiera decidido construir baños en las salas comunes, ubicado en el sala que correspondía al género, ya que hubiera bochornoso y tortuoso si tuvieran que salir a cada minuto de la sala común. Se bañó, procuró no dejar ningún desastre como solía hacer en su hogar –mejor prevenir que curar– y se colocó el uniforme de la escuela. Al regresar al dormitorio se encontró con Sirius, que también se había despertado y sostenía la carta que había escrito el día anterior.
Lyall le enseñó el funcionamiento de cada casa en las semanas que quedaban para que llegara el primero de septiembre, le aconsejó que no se dejara llevar por el odio irracional que profesaban los de Gryffindor hacia los de Slytherin.
Sirius había sido el único que pareció más que disgustado con la selección que le hizo, fue como si tuviera miedo de lo que pudieran decir sus padres acerca de que Sirius hubiera terminado en Gryffindor en lugar de la casa a la que tuvo que asistir. Pensó que era una tontería y que no debería tomar importancia de lo que dijeran, no obstante, se calló. No se arriesgaría a ganarse un enemigo en el primer día. Merlín, no quería un enemigo en Hogwarts. No sería que fuera a descubrir su secreto y lo expondría frente a todo el colegio. Eso sería su sentencia de muerte, literalmente.
Habiendo chequeado lo que creyó usaría, lo dejó en el suelo. Iba a irse, pero la expresión abatida de Sirius lo detuvo.
—¿Está todo bien?
—No, no debí ser Gryffindor. Tuve que ser Slytherin pero el sombrero me ignoró y me puso aquí.
—Quizá no sea tan malo como se vea.
—Tú no la conoces. Madre se enfadará conmigo. Deshonré el apellido familiar.
Remus estuvo por decirle que seguro que se equivocaba, pero la expresión abatida de Sirius hizo que lo considerara. Algunos magos se tomaban muy en serio las tradiciones que había en el mundo mágico, aunque fueran destructivas a largo plazo para el individuo o una comunidad entera. No lo veía antes, viviendo en Wiltshire junto a otras familias mágicas que habitaban ahí. No obstante, en York, todo fue muy diferente. Al ser un ciudad muggle, aprendió a mezclarse con ellos cuando salía con Hope a hacer las compras y oyó lo que se contaba ahí. Se mordió la lengua para no corregir los detalles que daban acerca de los fantasmas, incorrectos y sacados de teorías que no tenían ni pies ni cabeza, y Hope le explicó las diferencias y similitudes que podía encontrar en ambos lugares.
Miró a Sirius, que se jalaba de los cabellos y sostenía fuertemente el sobre, como si tuviera el impulso de romperlo para no tener que enviárselo a la señora Black. ¿Qué consejo le podía dar? ¿Qué le podía decir para que su compañero pudiera tranquilizarse?
—Venga, calmado. ¿Y si no le dices que eres Gryffindor?
—Eso no funcionará —dijo Sirius decaído—. Madre averiguará mi casa; se lo diga yo o luego que se lo pregunte a Narcissa.
«Debía ser la muchacha de Slytherin que se disgustó», pensó.
—¿Y qué hay de malo en Gryffindor? —intervino James, desperezándose y acercándose al extremo de su cama, la cual quedó más desordenaba que minutos atrás, cuando el ocupante estaba dormido mientras balbuceaba algo sobre ser cazador—. ¡Esta es la mejor casa de todas!
—Todos los Black son Slytherin.
—¿Y? —preguntó, sin saber cómo se oyó.
—Y eres un metomentodo imbécil por incluirte donde no te han llamado. —Sirius le dio una mirada fulminante a James quien bufó, molesto por el mal recibimiento que tuvo su comentario y le dio la espalda—. Y no sé quién te pidió tu opinión, Potter.
—Solo decía que Gryffindor es la mejor casa, nada más —se defendió James—. No es para que te enfades, Black.
Viendo que el ambiente estaba a punto de malograrse y que podían volar hechizos y maleficios en algún momento, Remus se apresuró a coger la mochila, la túnica y el sombrero para marcharse de la habitación; la intención que había tenido fue la de ayudar, no de confrontar a dos magos que no se habían hablado hasta ahora. Fuera cual sea el caso, ellos podían resolverse. Descendió y contempló los retratos que había ahí y se quedó en frente de la chimenea que continuaba ardiendo como si no hubiera sido apagada en la noche.
Cuando comenzó a oír ajetreo en la parte superior supo que ya era una hora más decente para ir al Gran Salón para desayunar. Llegó al retrato de la Dama Gorda y salió; caminó por cinco minutos por los alrededores, retrocediendo sobre sus propios pasos para dar con la exacta localización del Gran Salón. Se detuvo vacilante, pensando que esta era la cuarta vez que acababa en frente de otro callejón sin salida que se le hacía familiar. Se llevó una mano a la cara, examinó a todos lados para ver si se hallaba con algún prefecto que le pudiera ayudar o profesor, o de alguien que ya no se perdiera.
—Esto es un laberinto.
—Estoy de acuerdo —dijo Alice, sobresaltando a Remus y haciendo que se chocara contra la pared—. Uy, perdón. Ni siquiera sé cómo acabé aquí. Creí que ya estaba cerca del Gran Salón pero veo que tomé la curva equivocada.
—Creo que podríamos irnos juntos —dijo Remus—. Dos perdidos es mejor que uno.
—¿En qué sentido?
—Nos haremos compañía.
—Vale, ¿por qué no?
Finalmente encontraron el camino hacia el Gran Salón; Alice se despidió de él y se fue a la mesa de Ravenclaw. Minutos después ya sabía cuál era el horario de clases que le correspondía y se dirigía hacia el aula 1B donde tendría Transformaciones.
La profesora McGonagall les dio la introducción a la asignatura y les advirtió que no les toleraría que se pusieran a perder el tiempo en clase. Entonces procedió a transformar la silla en un águila que voló hacia la ventana más cercana pero la profesora lo devolvió a la normalidad. El único que no mostró entusiasmo fue Damián, que bostezó aburrido y recargó la cabeza en la mesa delante de él. Al final de la lección y de unas anotaciones complicadas que entendió a medias, nadie había conseguido que la cerilla tuviera el más mínimo parecido a una aguja. La profesora les envió a hacer una redacción acerca de lo visto en clase.
Transformaciones le llamó la atención, no lo iba a negar, pero no podía decir que había sido más interesante que las historias que Lyall le contaba acerca de su tiempo en Hogwarts, entonces decidió que esperaría hasta el día siguiente para elegir la que le parecía que era mejor. Por el rabillo vio que James y Sirius todavía estaban enfadados el uno con el otro, pese a que se habían sentado lo más lejos del otro que habían podido. Sacudió la cabeza y se preguntó hasta qué punto llegarían para demostrar su fastidio. Ese tipo de miradas y de gruñidos se acabarían eventualmente y Remus no quería estar ahí para presenciar lo que pasaría.
Revisó el horario. En la tarde tendría la clase de Vuelo y sería compartida con Ravenclaw. Sonrió ante la idea de encontrarse con Alice; no se había encontrado con Rhys desde que la selección acabó, sin contar el tiempo que estaban en el Gran Salón, y Peter no se veía del tipo conversador.
Los otros compañeros de cuarto tenían sus respectivas actitudes: Sirius, que se preocupó por la opinión de la señora Black; James, que idolatraba ferviente a Gryffindor; y, por último, Damián, a quien no le importaba nada. No podían ser un quinteto de lo más singular y disparejo. ¿Algún día podrían llegar a ser amigos o, mínimo, camaradas en alguna manera?
A las tres de la tarde se dirigía a su destino. Se había encontrado con Alice en medio de las vueltas que había dado para hallar el patio; ambos se habían resignado a que, con el pasar de los días, ya no se extraviarían. La escena que se topó al llegar no pudo haber sido más rara, en serio, ya que parecía que habían otro dueto que no se soportaría en lo que quedaba del primer año. Kara Murphy estaba profiriendo una cantidad impresionante de insultos para una niña de once años en contra de Cameron Allen, quien le apuntaba con la varita con una expresión que demostraba que estaba muy furioso. Además, a parte de ellos, ya estaban veinte escobas alineadas en el suelo; lucían viejas, casi destartaladas y le dio la impresión que se podría romper ante el menor choque que alguno tuviera.
—¿Qué pasó? —preguntó Alice a André—, creí que Cameron era menos conflictivo que esto.
—Pasó que Kara estaba muy nerviosa porque no sabía cómo le iría, aunque ya había volado en escoba, y Cameron intentó aconsejarle pero eligió mal las palabras —explicó André con una voz más estridente de lo requerido—. Y le dijo que no necesitaba que la confundieran más, y Cameron insistió en que no era culpa de él que ella no hubiera entendido, y Kara le dijo que sí lo era, Cameron le dijo que no… Y estuvieron así un largo rato hasta que Alyssia se burló diciéndoles que parecían pareja.
—Oh, oh.
—Sí —añadió Jessica que se acercó a ellos—; no sé quién se sonrojó más fuerte. James avivó la llama de la discordia diciendo que Kara ganó el argumento, a lo que Cameron refutó diciendo que no. Y volvimos a empezar. Al menos Lily regañó a James por lo que hizo; estoy lo suficiente nerviosa sin que me ayuden, muchas gracias.
—¿Y cómo es que están a punto de golpearse? —preguntó Remus, confundido—, mejor aún, ¿y la profesora?
—Savannah Hopkins se puso verde y se desmayó, creo que no debió apostar con Alyssia a que podía comerse más grageas que ella, y la profesora Hooch la llevó a la enfermería antes que empezara la clase —dijo André—. Dijo que regresaría en breve. Y ojalá «en breve» signifique antes que Kara o Cameron lancen el primer hechizo o golpe.
—¿Estás diciendo que un montón de estudiantes estamos solos? —dijo Alice, incrédula—. ¡Es la receta perfecta para el desastre!
—Lo que pensé, Alice querida —dijo André.
La disputa entre Kara y Camerón finalizó cuando la profesora Hooch regresó sin que se dieran cuenta. Les ordenó que se pusieran a cada lado de la escoba y que dijeran «arriba». Remus se incomodó tanto cuando notó que su escoba no hizo más que elevarse unos centímetros, quedar suspendida y regresar al suelo; lo intentó una segunda vez, sin embargo, en esta ocasión, la escoba no se movió de donde estaba.
A la par de él, James estaba alardeando que lo hizo más rápido que todos, aseguró que se volvería en el mejor volador más rápido de todos los tiempos. La señora Hooch le inspeccionó y no comentó nada; lo mismo con Sirius, cuya postura demostraba lo acostumbrado que estaba a sostener una escoba y, lo más seguro, también a volar. La escoba de Peter le rebotó en la frente antes que se cayera ambos, para luego recogerla él mismo enrojecido. Remus no pudo decir si por el golpe o por el bochorno.
—Muévete, pedazo de madera inservible —murmuró Damián—. Muévete ya.
Lily quiso decir algo, pero la profesora la interrumpió indicándoles en qué momento tenían que elevarse, cómo tenían que despegar y aterrizar. Inhaló y exhaló mientras sentía que los pies se despegaban del suelo, manteniendo los ojos fijos en el mango de la escoba y tensándose al ver que se tambaleaba de un lado a otro. Se imaginó perdiendo el escaso balance que consiguió, girando sobre sí antes de irse de bruces al suelo. No, eso no podía pasar. El vértigo no sería un obstáculo. Procedió a ascender un metro, bajó inclinándose lo más lento que pudo.
—¡Esto es genial! —Oyó gritar a James—. Mire, profesora, ¿a qué lo estoy haciendo genial, verdad?
—Señor Potter, enfóquese. Y regrese a la tierra antes que termine accidentándose.
—No me voy a accidentar —dijo James, confiado en sus habilidades. Se elevó un metro más.
—Le recuerdo que la profesora soy yo. Y si yo digo que se accidentará, es que lo hará. Y no he tenido ningún percance en mi clase por once años y pretendo que continúe así. Ahora, baje.
Tras poner los ojos en blanco y gruñir sobre profesoras que no sabían valorar el talento cuando lo veían, James se bajó. Sirius lo miró de un modo que le recordó a Damián, como si estuviera considerando dirigirle una palabra o seguir ignorándolo hasta que se le pasara el cabreo de la mañana. Remus se acercó a él luego que la profesora anunció que la clase había finalizado. Quería saber qué había decidido sobre la señora Black. Remus no había tardado en enviarle una carta a Lyall y Hope para informarles de las buenas noticias, quienes le respondieron pidiéndole que se mantuviera en contacto regularmente y que se mantuviera alejado de los riesgos innecesarios.
Mientras se alejaba del patio, planeó en regresar a la sala común para revisar lo que aparecía en Guía del Principiante para la Transfiguración. Faltan días para que entregara el trabajo pero no le gustaba dejar nada para última hora, era como si estuviera desperdiciando el tiempo que pudo haber usado productivamente. Un tirón en la túnica y Sirius estaba cerca de él, más relajado que en la clase de Vuelo.
—Le enviaré la carta —dijo Sirius, de pronto—. Tienes razón. Y Narcissa no se lo había dicho, creo que respetó mi derecho.
—Entonces tu…
—Prima.
—… Es amable.
Sirius bufó.
—No lo es, te lo aseguro. Pero ni siquiera ella quería estar en el extremo incorrecto del temperamento de madre. —Sacó una carta, la desdobló—. A ver, ¿qué te parece de…? «Buenas, madre. Soy Gryffindor, no Slytherin como soñaste. Te quiere, Sirius.»
—Eso fue bastante directo —dijo Remus, vacilante—. ¿Nada más qué contar?
—¿Qué me enfrenté a Potter y que probablemente nos hayamos enemistado? —dijo—. No. Además, esto es lo que ella quería saber. Ya te avisaré que me respondió. Ojalá no me desherede por ser Gryffindor —murmuró la última palabra, como si no quisiera ser oído.
—No le veo lo malo a estar en otra casa. Significa que tienes otras aptitudes no propias para un Slytherin. —Sirius frunció el ceño—. ¡No estoy diciendo que esté mal! Sino que, quizá, te desenvuelvas mejor en Gryffindor que en Slytherin.
—A lo mejor lo que el sombrero dijo era verdad. —Suspiró resignado—. Supongo que exageré antes.
—Entonces ¿tú y James podrían hacer las paces?
—¿Por qué tengo que hacer eso? —dijo Sirius, malhumorado—. James no lo hará, no ha visto lo malo en lo que ha dicho.
—Porque estamos en el mismo dormitorio, porque van a estar juntos en las mismas clases —comenzó a enumerar—, porque inevitablemente se terminarán encontrando en algún pasillo del colegio, porque Damián, Peter y yo no soportaremos el fuego cruzado que habrá.
—La mitad de los hechizos que sé no son dañinos.
—Aún.
—Y Damián… —Sirius se detuvo, pateó el suelo con fuerza—. No sé qué está mal con ese niño. Solo fue coger la escoba y volvió a su actitud de estoy en el mundo sin preocuparme de lo que suceda en él. ¿Es que nada le interesa o qué? Creo que es irritante.
—Bueno, quitándolo a él, ni Peter ni yo los aguantaremos —terció.
—No prometo nada, Lupin.
