Harry Potter es propiedad de JK Rowling.


Capítulo III: Transformación

«De padre canela nació un niño, blanco como el lomo de un armiño.

Con los ojos grises en vez de aceitunada; niño albino de luna.»

Hijo de la luna, Mecano.


5 de septiembre de 1971.

—Le aseguro, señor Lupin, que no hay riesgo alguno.

—Pero, director…

Los días de clases habían transcurrido más rápido de lo que le hubiera gustado, así que no tuvo otra opción más que cruzar los dedos y desear que la pesadilla mensual acabara antes de que se dieran cuenta. Había hecho los apuntes de los días que tendría que estar lejos del alumnado y profesorado; para su desgracia, le tocó en medio de los primeros ocho días del colegio. No podía disfrutar una semana sin que se corriera el riesgo de que hubiera un licántropo cohabitando con ellos. Se empezó a rascar el antebrazo izquierdo, el cual ya había adquirido una tonalidad rosácea, y cambió el peso de un pie a otro.

Miró al director por el rabillo del ojo, quien le sonrió. Quería confiar en la tranquilidad que trataba de transmitirle, pero un simple mago como él no era rival para la licantropía. No había manera mágica para combatir contra ella; no se había encontrado ningún hechizo o poción que los curara. No quería ser un peligro, sin embargo, quería quedarse en Hogwarts.

Alice era simpática y le había explicado algunas partes del tema anterior, el de Transformaciones. No se había encontrado con Rhys, pero suponía que estaba bien y que ya había hecho nuevos amigos. No pudo evitar animarse un poco. En lo que volvió a ver el suelo, recordó que Hope le aconsejó que escuchara a sus profesores. Oyó el ruido de un cajón abriéndose: Dumbledore cogió un pedazo de papel y lo desdobló de manera horizontal, en dos piezas. El niño notó que se trató de un mapa. Inspeccionó los detalles: una choza se unía al Sauce Boxeador mediante un túnel.

Se sintió confundido. Según Lyall, no había ningún túnel cuando él estudió ahí.

—Poppy le ayudará a llegar al pasaje secreto antes del comienzo del ocaso. Ella estará esperando en las cercanías hasta que la transformación culmine, con lo que necesite para su recuperación.

Quería objetar que madame Pomfrey podría estar en un peligro de muerte, pero se mordió la lengua. Por supuesto que Dumbledore y madame Pomfrey lo sabían; dudó que un profesor accediera a este tipo de favores sin exigir los detalles del mismo. Suspiró sin más. Tomó el papel y lo escondió entre los libros de texto que llevaba, se aseguró que no se viera nada por si alguien escogía revisar lo que llevaba. Dumbledore le había explicado qué tenía que hacer, la hora que le aconsejaba en que fuera a la enfermería. Se habían esforzado tanto para que Remus estuviera en Hogwarts, ¿por qué no dar una oportunidad?

Si no funcionaba, regresaría a casa.

Se despidió el director, agarró la mochila y salió del despacho. Caminó por los pasillos y se preguntó qué tan efectivo era el plan; sacudió la cabeza y se despejó la mente. Se suponía que se iba a encontrar con Alice después de almuerzo; el problema estaba en que él perdió el apetito y no se sentía animado para estar con Alice. Dobló en el siguiente pasillo, se dirigió hacia la sala común. Estaba seguro que no se encontraría con muchos Gryffindor cuando estuviera allá; en caso que se equivocara, tampoco fuera que a alguien le preocupara un pequeño de primer año.

—¿Santo y seña? —preguntó la Dama Gorda.

Luna inique agunt.

Ingresó en la sala común; se encontró con Sirius que sostenía una carta, con expresión de no creerse lo que estaba leyendo. Instintivamente se preocupó. Una vez que Sirius terminó de leer, se recargó en el sofá y suspiró exasperado, se llevó una mano a la cara, arrojó la carta a la par de él y masculló entre dientes. Remus se acercó a él casi a paso rápido. Sirius se giró hacia Remus, le colocó la carta cerca del rostro. Remus se alejó lo suficiente para poder leer lo que decía.

Sirius Orión Black. ¿Gryffindor?

¿Un hijo mío en la casa de Godric Gryffindor?

Al menos asegúrate de juntarte con magos de tu clase.

Walburga.

¿Esto quería decir que había aceptado que Sirius rompiera la tradición familiar? ¿O solo le interesaba mantener las apariencias aunque estuviera en Gryffindor y no en Slytherin? A Remus le pareció que se trataba más de la segunda que de la primera. Al menos, la señora Black no había hecho un escándalo. No era exactamente la reacción que había esperado, pero tampoco estaba tan mal. Le gustaría pedirle más detalles a su compañero de cuarto, sin embargo, supuso que Sirius no quería hablar más del tema. Remus puso la mochila delante del sofá y vio la chimenea, que en este momento estaba apagada y con restos de hollín en los alrededores.

Se oyó el sonido del retrato de la Dama Gorda moviéndose e ingresó James Potter, con una sonrisa de diversión en el rostro y conteniendo una carcajada.

—Filch no se lo esperó. —James se sentó en frente de ellos, como si esperaba que alguno le preguntara qué fue lo que le hizo. Sirius fingió interés en una de las esquinas de la sala común—. Hablé con mamá ayer y… Lo siento, Black.

—Disculpa aceptada —dijo Sirius en un tono frío.

James le sonrió.

Dos horas después Remus se encontraba en el patio, revisaba los apuntes que había tomado de Historia de la Magia. No entendía de qué parte del capítulo, que habían visto ayer, tenía que hacer el informe, y tampoco quería empezar faltando pocos días para entregarlo. Levantó la vista ante de sonido de Alice aclarándose la garganta, quien le había hecho compañía desde que se toparon mientras ella andaba buscando a Rhys; este, en cambio, farfullaba acerca de los hechizos complicados que Flitwick les estaba enseñando y que reprobaría los exámenes si no los dominaba.

Era una pequeña gran exageración en su opinión, a pesar de que le daba la razón. La única que no estaba preocupada por las calificaciones o deberes que habían dejado era Alice.

Bueno, cada uno a lo suyo. Para tratarse de tres chicos que raramente se podían encontrar, por las diferencias de horarios, sí que habían conseguido mantenerse juntos. Lyall le había dicho que a veces las amistades se rompían después de la Ceremonia de la Selección, ya sea porque uno de ellos terminó en la casa de su peor enemigo o porque no podían hacerse el tiempo para verse. Era agradable ver que eso no había sucedido. Y rezaba porque eso no sucediera en un futuro no muy lejano.

Cuando Hope oyó lo que Lyall le estaba diciendo, lo llamó estúpido y le aseguró que lo castigaría si cometía ese error.

Hope nunca terminaría de entender cómo funcionaba el sistema de casas de Hogwarts, lo que la metía en incontables discusiones con Lyall.

—Alyssia y yo nos estamos llevando de maravilla —dijo Alice—. Hablamos de moda, las mejores túnicas que hay…

—¡Alice! —protestó Rhys enérgicamente—. ¡Ni a Remus ni a mí nos interesa lo que hablas con Alyssia! ¿Crees que a Alyssia le guste el béisbol?

—No.

—¿No lo sabes o no le preguntarás?

—Ambas.

—Pero yo quiero a alguien con quien a hablar de béisbol.

—¿Y si le preguntas a uno de tus compañeros? —dijo Remus—. Quizá a alguno le guste. O quizá a ti te guste el quidditch.

Rhys le enseñó la lengua.

—Nada supera a mi preciado béisbol.

Se volvió a centrar en el libro antes que terminara en una disputa con Rhys. Nunca había conocido a nadie que estuviera tan obsesionado con un deporte, hasta que conoció a Rhys.

Sacudió la cabeza con una sonrisa en el rostro.

En el momento en que Remus se fijó que el sol comenzaba a ocultarse, jadeó. Se preguntó cómo pudo cometer ese error. No culparía a Rhys y Alice por lo que él había hecho, así que solo se despidió de sus amigos y les dijo que se verían pronto. Cuando estuvo lo suficientemente lejos de ellos, incrementó la velocidad. Se repitió una y otra vez que tenía que llegar a tiempo a la enfermería, para que tuvieran tiempo de sobra para llegar a la choza aquella.

Iba tan apresurado que no se fijó que había un par de estudiantes conversando a unos metros de él, después que viró como dos veces. Y chocó con el mayor de los dos. Él tenía el pelo rubio y ojos grises, además de una placa que lo distinguía como un prefecto de Slytherin. El otro era uno de los compañeros de curso, Severus Snape, quien se sorprendió por la interrupción y tiró los libros al suelo.

—Cinco puntos menos para Gryffindor por correr en los pasillos —dijo el prefecto de Slytherin, mirándolo despectivamente.

—Lo lamento.

Se alejó de la escena. Cuando cruzó por uno de los pasillos que estaban cerca, recobró la velocidad a la que iba antes. Llegó a la enfermería en lo que le parecieron que fueron horas. Madame Pomfrey lo estaba esperando con una tabla en la mano; lo inspeccionó fugazmente y le indicó que se quedara en donde estaba.

Remus quería decirle que el tiempo apremiaba, pero consideró que la mujer tenía su propia manera de manejar la situación y que le fastidiaría si tratara de darle la opinión, o un par de consejos.

—Sígame.

—El director Dumbledore me dio este mapa —dijo Remus, intentando recuperar el aliento.

Le entregó el papel. Madame Pomfrey asintió, le echó un vistazo, lo encogió y lo guardó en el bolsillo de la túnica. En cuestión de minutos llegaron al centro del colegio, en donde se localizaba el Sauce Boxeador sin ninguna.

No había oído nada este árbol salvo que era muy violento y muy peligroso para quien osara acercársele más de lo debido, pero la enfermera ignoró lo que podría representar para ella y atravesó las ramas como si supiera lo que estaba haciendo, esquivando los ataques que le daban las ramas. Miró alrededor, no había nadie en la zona; contuvo la respiración y se tapó ambos ojos, dejando una pequeña abertura para ver lo que sucedía. Madame Pomfrey presionó un nudo situado en la base del árbol.

Sin esperar a que Pomfrey le dijera lo que tenía que hacer, corrió y entró en el pasadizo. Trató de orientarse hacia donde se suponía que tenía que ir, pero era difícil cuando no podría ni ver las rocas en el suelo.

Lumos —dijo Pomfrey.

Cuando finalmente llegó a la choza, pasó un tiempo antes de que perdiera la conciencia.


6 de septiembre de 1971.

No se había sentido tan avergonzado como cuando despertó desnudo en la choza, hacía unos minutos, y se dio cuenta que la persona que le iba a atender no era Hope. Remus se había acostumbrado a despertar de esta manera, pero siempre habían sido uno de sus padres y no una perfecta desconocida que le aseguró que no era la primera, ni sería la última, vez que encontraría a un estudiante en una situación comprometedora. Se había sonrojado tanto.

—Tenemos que irnos —dijo madame Pomfrey entregándole un cambio de ropa y una bolsa, que contenía en el interior unas tostadas.

Se quedó en silencio, sin saber qué decir, y mantuvo los ojos puestos en el suelo, sin atreverse a intercambiar una mirada con ella. Cogió la ropa y la bolsa, oyó que se cerró la puerta y se vistió con rapidez, sin reparar en detalles como el botón que se abotonó mal.

Giró el picaporte, salió; madame Pomfrey iluminó el camino con su varita y Remus la siguió masticando otro pedazo de tostada en un vano intento por no dormirse ahí. Sentía que el cuerpo le quemaba desde adentro hasta cada extremidad, los talones le mandaban punzadas que le erizaban los escasos vellos de los cuerpos y bostezó. Si estuviera en casa no hubiera tenido que caminar, pero la rutina cambió. Tampoco quería hablar.

Atravesó el pasadizo secreto del Sauce Boxeador y tuvo que pestañear, suponiendo que el cansancio le hacía ver las cosas borrosas. Lo repitió una segunda vez. Dedujo que seguía siendo demasiado temprano, la niebla que había se lo confirmó. Le tomó varios minutos llenos de tropiezos, caídas en las escaleras por no fijarse en los escalones y regaños de madame Pomfrey para llegar a la enfermería. En la primera cama que avistó se arrojó y se acomodó en una posición que le pareció acogedora. Madame Pomfrey chasqueó la lengua.

Y se durmió.

La luz del sol causó que le ardieran los párpados, así que se llevó una mano y los frotó. Su estómago se quejó, esta vez con más insistencia y Remus tuvo que espabilarse. Al principio se asustó al no recordar cómo llegó ahí, pero luego rememoró lo que había pasado hacía varias horas. Se subió lo más que pudo para ver el entorno, descubrió que era el único estudiante que se hallaba ahí. Madame Pomfrey carraspeó, Remus se encogió y no intentó moverse de nuevo; con un movimiento de varita, una bandeja levitó hasta él y vio un desayuno que le provocó nauseas: tostadas integrales con mayonesa y aguacate, muesli con kéfir y un batido de frutas.

¿Por qué no le podían dar un desayuno como el que le preparaba Hope?

—Señor Lupin, ingiéralo —dijo madame Pomfrey sin levantar la vista de los documentos que estaba revisando.

—No me gusta —respondió sin pensar.

—No haga que le dé de comer.

No le quedó otra alternativa.

El desayuno concluyó; madame Pomfrey dejó lo que estaba haciendo y salió de la enfermería. ¿No confiaba en él? ¿O solamente estaba esperando para apuntarlo en esa tabla que los médicos a veces usaban? No podía saber cuánto tiempo llevaba ahí, no obstante, no quería contar las baldosas que habían en el suelo y tampoco haría el intento de bajarse. Tanto por madame Pomfrey como por el consejo que Lyall le dio, que no se exigiera ese tipo de cosas a sí mismo si podía evitarlo.

Se preguntó cómo le explicaría a sus amigos… y compañeros –¿eran amigos o no?– el proceso de su recuperación.

Alguien pateó la entrada de la enfermería, la cual sonó con dureza cuando se estrelló contra la pared contigua. Era Rhys Wilson que entró a tropiezos, seguido muy de cerca por Alice y Sirius. Pestañeó, incrédulo.

—Remus —gritó Rhys.

—Estábamos esperando que la enfermera se fuera —dijo Alice—. Tuvimos que regresar porque nos pilló, nos chistó y nos mandó a nuestras respectivas clases. Qué carácter.

—Te ves mejor que en los últimos días —señaló Sirius, curioso—. Creía que te ibas a morir. Esa palidez no es normal.

—Uno a la vez. —Sintió que la cabeza le daba vueltas—. Y sí, estaba mal es que… —¿Qué podía decir? Tenía que inventar una historia rápido—… Mi salud nunca ha sido la mejor. Me enfermo constantemente, nada de qué preocuparse.

—¿Y no te han dado una poción?

—Es que mi padres no es bueno es pociones y eso —murmuró a Sirius—. Y mi madre es muggle. Los remedios del mundo muggle tampoco me han ayudado.

—No me sorprende —dijo Sirius.

Eso salió mejor de lo que había esperado. Alice, del bolsillo de su falda, sacó un pedazo de tarta de manzana y la puso delante de él.

—La comida de San Mungo es horrenda —se explicó—. Mi padre trabaja ahí, siempre se queja que se morirá por inanición. Ya sea que cocine mamá o que coma en su trabajo.

—Te haremos compañía hasta que Pomfrey regrese —dijo Rhys—. ¿Y tú, Black?

—Sólo quería saber cómo estabas —dijo Sirius, Remus captó la indirecta y mandó una mirada que le suplicó que guardara silencio. Sirius bufó—. Pettigrew iba a venir, pero se equivocó en clase de Pociones y el profesor Slughorn lo está curando. Potter se rio.

—Entonces, ¿todavía no te agrada?

Sirius volvió a bufar.

—Estoy trabajando en eso. Te veré en el dormitorio, Lupin.

Remus le articuló que gracias.

Sirius negó con la cabeza, se marchó. Alice se sentó en el borde de la cama y le colocó una mano en la frente; Rhys, en cambio, le puso un montón de cuadernos y libros en la mesa de noche.

—Como no sabíamos cuántos días vas a estar aquí, Sirius te prestó sus apuntes —dijo Rhys—. Vendré por ellos en la noche, o por él. ¿Qué tan rápido traspasas los apuntes?

—Y si salgo antes, se lo daré yo y te avisaré —dijo Remus, divertido—. Y depende de cuánto haya copiado Sirius.

Rhys y Alice se quedaron con Remus hasta que Pomfrey regresó y los echó, de nuevo.