Harry Potter es propiedad de JK Rowling.
Capítulo IV: Choque de Gryffindor
«En la vida, ser desafiado es inevitable, ser derrotado es opcional.»
Roger Crawford.
20 de septiembre de 1971.
Sus compañeros de cuarto habían ignorado la repentina recuperación que tuvo, de hecho, no habían hecho ningún comentario al respecto. A pesar de que sabía que la magia podía hacer que las cosas más extraordinarias sucedieran, no había creído que podría llegar hasta este nivel; tampoco se fiaba de que ningún hechizo o poción pudiera hacer que Remus se viera mejor en tan poco tiempo sin que levantara sospechas de ningún tipo.
No investigó: no le mencionó nada a sus compañeros de cuarto, ni a Alice ni a Rhys; esperó que tampoco lo mencionaran al mes entrante, no obstante, no guardaría esa esperanza por mucho tiempo. Tarde o temprano tendría que inventar una excusa que no se pudiera rebatir fácilmente. Lo malo del asunto fue que no tenía ni idea de qué tipo de mentirijilla les podría decir; por otro lado, le extrañó que Sirius no le pidiera una explicación de acerca de por qué no les podía decir que no durmió en la recámara la noche anterior. Era lo más lógico, ¿no? Ayudabas a alguien a quien no conocías y le preguntabas por qué era tan importante; así era como había funcionado siempre.
Sería diferente si fueran amigos, sin embargo, eso nunca sucedería. ¿Por qué alguien de tan prestigiosa familia como los Black se juntaría con un mago mestizo? Había pensado que congeniaría con James antes que terminara la primera semana. Se equivocó. O Sirius todavía no había olvidado lo que James le dijo o no había nada en común entre ellos. Eran los compañeros más desiguales que había conocido. Los cinco no habían encontrado nada que pudiera aligerar el ambiente cuando estaban todos en el dormitorio.
No lo habían intentado
Le envió una lechuza a Hope. Esta fue diferente a las que había enviado previamente, ya que se había explayado un poco más en lo que le decía. Remus recordaba que ya le había mencionado que se había hecho de amigo de Alice y Rhys, pero Hope le dijo que no y… Por amor a Merlín, fue la carta más vergonzosa que había leído en su vida. Se aseguró de esconderla en un lugar donde nunca la encontrarían. La quemaría, pero se suponía que no podía hacer hechizos fuera de los salones. James le dijo que era un aburrido y que nadie cumplía esas reglas.
Se echó a la cama, provocó unas ondas en ella y la desarregló de los extremos. Para ser una escuela mágica no había nada mágico en ella. Había esperado que ocurriera algo sorprendente, igual que en las historias de fantasía que Lyall le leía cuando Remus se lo pedía, pero descubrió que Hogwarts era como cualquier otra escuela que podía encontrar en el mundo muggle –obviando los profesores que eran fantasmas, las escaleras que se movían, a Peeves, la comida que aparecía por sí misma, el Sauce Boxeador y demás–. Supuso que sería más… ¿Cómo podía decirlo? ¿Excepcional? ¿Riesgoso? ¿O que pudiera haber algo que le despertara las ansias por descubrir de qué se trataba?
—Hacer bromas aquí es tan fácil.
Remus, confundido por un momento, irguió la mitad del cuerpo y miró a James como si estuviera pidiendo una explicación, mientras que James se carcajeó entre dientes y sacó un paquete de Ranas de Chocolate.
La sala común de Gryffindor no estaba desalojada ese día, pero los alumnos mayores no les estaban prestando atención. Ashley Sanders, la capitana del equipo de quidditch, estaba escogiendo a los jugadores que ocuparían los lugares vacantes: dos cazadores y un guardián. Remus se había perdido las pruebas, no obstante, James les había dicho a gritos que fueron asombrosas y que el próximo año él haría las pruebas, y que sería el mejor cazador, o bateador, de todos. Según Kara, Sirius también había asistido a las pruebas.
—¿No me digas que escogiste a Flich de nuevo?
—Él es tan predecible que es aburridísimo —dijo James, viendo a Remus como si estuviera loco—. Mi víctima de hoy fue Snape. Me la debía por insultar a Gryffindor cuando Black y yo lo conocimos en el Expreso.
—Entonces, ¿ya conocías a Lily?
James pestañeó.
—¿Lily Evans? Buena broma. —James apoyó el mentón en la palma de una de sus manos y se inclinó hacia él—. Nunca la había visto y no entiendo cómo puede ser amiga de alguien tan amargado como Snape. —James cruzó los brazos por detrás de la nuca—. Allá ella. Y Snape ni siquiera notó que cambié sus ingredientes para pociones.
¿Cambiar los ingredientes para pociones? Esa no pudo haber sido la broma, ¿nadie le había enseñado a James que eso podría acarrear consecuencias nefastas para la víctima? No conocía a Snape, sintió lástima por él. Lo que fuera que le había pasado, estaba seguro que terminó en la enfermería con una herida que tardaría en sanar. Miró a James; unió las comisuras de sus labios con firmeza y ladeó muy, muy lentamente la cabeza hacia la derecha, alzó una ceja.
—¿Qué? —preguntó James, confundido.
—¿Qué le pasó?
—Se llevó una gran sorpresa cuando intentó hacer una poción, según Dimitri, y terminó con la cara llena de furúnculos y la piel casi escamosa. —James se volvió a carcajear—. Me hubiera gustado estar ahí, pero Slytherin y Hufflepuff tienen Pociones compartidas.
Creyó que ahora comenzaba a entender cómo se sentía Sirius con respecto a James Potter. No estaba seguro de si tenía que preocuparse de lo que le hiciera Snape cuando este se enterara de quién causó su accidente, por decirlo de manera suave, o si Snape en algún momento se iba a enterar. Él no se iba a chivar.
—¿Qué tú…? ¿Qué? —rugió Lily que acababa de entrar a la sala común cargando un montón de libros, seguida por Jessica—. ¿Cómo te atreves?
—Solo es una bromita de nada, Lily —desestimó James—. No es para que te enfades.
—¡Ese no es el punto de esto!
—Además tu amigo ya debe estar curándose en la enfermería.
Lily arrojó los libros al suelo, dio grandes pasos un tanto desiguales hasta que llegó a donde se encontraba James; entrecerró los ojos mientras sujetó a James de la corbata mal anudada, lo acercó a su rostro en un movimiento brusco de su brazo; dio un soplido para quitar uno de sus mechones rojos de su rostro, que antes no había estado ahí. James ladeó la cabeza en una dirección, y puso los ojos en blanco mientras sonreía divertido.
Lily se aclaró la garganta; apretó el agarre en la corbata hasta que sus uñas se clavaron en su palma; estirando con rapidez el brazo hacia delante de ella, soltó a James, quien tuvo que mover un pie detrás para conservar el equilibrio.
James se veía desconcertado. Lily recogió los libros y subió a su dormitorio, con Jessica detrás.
Remus dejó salir el salir que había contenido. El ambiente volvió a recuperar la ligereza que tenía. James sacudió la cabeza de un lado a otro, todavía confuso, y se tiró al suelo, quedando acostado.
—¿Eras amigo de Sirius?
—No —dijo—. Solo nos encontramos en el vagón y estuvimos hablando hasta que nos quedamos dormidos. Fue… entretenido.
—Entonces, ¿por qué parece que ahora no se pueden ni ver?
—Yo no soy el que no le puede ni ver, él es el que no me puede ni ver —corrigió James—. Toda esa tontería de la pureza de sangre de los Black.
—¿Pueden dejar de hablar? —preguntó Sanders, disgustada. Ella había dejado el cuaderno por encima de sus piernas y usó un tono que no admitía réplica, casi que parecía que Sanders creía que seguía dándole indicaciones a sus jugadores, y no lidiando con dos estudiantes que probablemente nunca estarían a su mando. Hablando de Remus, de James no se podía saber—. Estoy trabajando por aquí. —Les enseñó la hoja con varias tachadoras que, además, tenía una mancha de tinta en uno de los extremos.
—Estamos en la sala común —comenzó James; se sentó en el suelo, cerca de la chimenea que estaba apagada, y sacó la varita. La movió como si estuviera practicando para la clase de Encantamientos, lo que probablemente sí hacía, y añadió—; si quieres paz y tranquilidad, vete a tu cuarto o a la bibliotecaria.
Sanders le arrojó una almohada a James que, al impactar contra el rostro de él, unas plumas quedaron en el suelo y James se llevó un golpe en la cabeza.
—Ay —dijo James, quitando la almohada y sobándose la cabeza—, qué fuerza. ¿Eres golpeadora?
—Golpeadora y capitana.
—Entonces serás mi capitana el año entrante. —James sonrió—. Genial.
Sanders lo evaluó con la mirada.
—Sí, claro, como si eso fuera a pasar.
—¿Dudas de mi talento para el quidditch? —dijo James, sonando ofendido. Se paró en un estrépito y apuntó a Sanders con un dedo—. Estás equivocada.
—Pequeñín, llevo dos años en este negocio. Sé más que tú —dijo Sanders, afectuosa—. No llegarías ni a marcar un gol sin que alguien te derribe de tu escoba… Si es que sabes cómo manejar una escoba.
—Tengo una escoba. Papá me compró la mejor: ¡Nimbus 1001!
—Impresionante —dijo Sanders en un tono monótono.
James asintió, contento.
Remus, por su parte, se trasladó a una de las dos mesas medianas que había en la sala común; mientras que apoyaba la cabeza en una mano, el codo mantenía el soporte ya que lo había apoyado sobre la mesa. Los veía de reojo mientras sonreía casi forzadamente. A la par de él se encontraba Damián, que había dejado de leer la historieta para centrarse en la discusión. No podía decir que no le entendía, tanto bullicio a veces sí que desconcertaba a los demás.
—Y si Sanders y James se enfrentan, seguro que le gana James, es quien tiene la escoba más rápida… —comenzó Damián.
—Es cierto —dijo James.
—¿Damián? —añadió Remus, extrañado.
—… Sanders, aunque no tiene la escoba más rápida, está en el equipo —siguió Damián, viéndose pensativo—. Nunca lo sabremos.
—Damián —repitió Remus, notando que James y Sanders mantenían sus ojos fijos en el otro.
—Tú y yo, hoy a las cuatro en el campo de juego. No tardes —dijo Sanders.
—Dalo por hecho.
—Ni siquiera tienes tu escoba —dijo Remus, rápidamente y tratando de interponerse entre James y Sanders, pero Damián le dio un pisotón—. ¡Damián!
—No la necesito —dijo James—. Soy muy bueno en la Nimbus 1001. Puedo manejar cualquier escoba.
Remus se quiso tirar de los mechones de la cabellera. Le dio un codazo a Damián, quien no había dejado de sonreír desde que había obtenido su objetivo, y le miró como si le estuviera regañando. ¿En qué había pensado Damián cuando pensó en voz alta? James no tenía ninguna oportunidad contra Sanders. ¿Y cómo pudo James aceptar ese reto? Sanders le destrozaría en la cancha sin siquiera esforzarse.
—¿Cómo pudiste?
—Necesitábamos algo de acción urgentemente —dijo Damián, encogiéndose hombros—. Había demasiado amor y paz. Qué asco.
—¿Y no pudiste escoger algo más? —preguntó Remus—. ¿Un juego de snap explosivo con Peter?
—Bah. Qué aburrido.
—Aburrido para ti, que Peter siempre te gana.
Decidiendo que no conseguiría nada de Damián y que no había avanzado con la redacción para Defensa Contra las Artes Oscuras, se cambió de mesa. Ahí estaba Kara, que estaba teniendo los mismos problemas con el runespoor. ¿Y por qué estaban viendo el runespoor en primer lugar? Era un tema para alumnos de cuarto, tercer curso tal vez, pero la profesora Haywood los había ignorado y siguió con la planificación que ella había hecho.
—No lo entregaré, me rindo. —Kara alzó las manos—. Esto es imposible.
Remus revisó de reojo las hojas de Kara.
—¿Y si nos ayudamos?
Kara se volvió hacia Remus.
—Igual no la entregaré. Odio a la profesora Haywood.
—Kara…
—No empieces, Remus. ¡Fue culpa de ella! Además, solo llegué medio minuto después de que comenzó la primera clase. ¿Le importó? ¡No!
—¿Te olvidaste del escalón que desaparece? —dijo Remus, que había tenido su propia dosis de mala suerte con el recondenado escalón.
Kara asintió.
—Y lo peor fue que me quitó diez puntos. No hay profesora más exagerada que ella, te lo digo yo.
—0—
Había pasado dos horas. Remus no había esperado que los estudiantes comentaran acerca de quién se alzaría con la victoria y quién perdería, a pesar que el resultado de la apuesta le parecía una completa pérdida de tiempo. Lo que quería saber era cómo los demás se habían enterado, ya que había ocurrido en los confines de la sala común de Gryffindor y ni conocían cuál era el nuevo santo y seña que tenían; aunque quizá esa fue la razón por la que la Dama Gorda la cambió.
—¿Cómo te atreves a ir a DCAO cuando tenemos un partido que ver?
Se giró incrédulo hacia Rhys, que lo había alcanzado desde que Remus salió del Gran Salón, y que no se había despegado de él a pesar que tenía la siguiente clase al otro extremo del castillo. Transformaciones, si no se equivocaba. Y podía asegurar que no: Alice también tomaba esa dirección los lunes, por Historia de la Magia.
—No voy a saltarme la clase —dijo Remus.
—¿Y terminaste la redacción? —le preguntó Rhys, en un tono burlón.
—No, pero no lo justifica.
—Lo que no lo justifica es que Haywood le quitara la bolsa de dulces a Jessica, que fue un regalo de su hermano —protestó Anaïs Collingwood—. Y a mí me quitó mi cuaderno de Herbología. ¿Cómo voy a recuperar las clases? «Y, al ser la primera vez que la pillo haciendo los deberes de otras asignaturas en mi clase, será su única advertencia» —imitó a la profesora de DCAO, haciendo que su voz sonara más chillona de lo que era.
—¿Tú también? —le dijo Remus a Anaïs—. ¿Nadie va a asistir a las clases?
—Nadie que sea de Gryffindor, al menos —respondió Anaïs—. El rumor se ha dispersado tanto que nadie está seguro de cuál es la verdadera hora a la que será. Lo cual es bueno, los profesores no nos pillarán.
—A menos que nos sigan —dijo Rhys. Remus y Anaïs lo miraron—. ¿Qué?
Ignoró a Rhys cuando este trató de saber por quién apostaría, a pesar de que Anaïs dio su opinión. Una vez que salieron del castillo, se le erizó la piel y la comenzó, que creyó que había desaparecido hacía días, regresó con mayor intensidad. Se rascó en el antebrazo. ¿Y qué pasaría la profesora Haywood notaba la ausencia de tres, o más, Gryffindor y los iba a buscar? O lo que era igual de malo, ¿qué pasaría si uno de los prefectos los hallaba fuera de los salones? Les quitarían puntos, o los castigarían y les quitarían puntos.
Dejó escapar un suspiro, no tenía idea de por qué los acompañaba. Además, suponiendo que no los hallaran antes de que comenzara el desafío, ¿cómo se suponía que James lo iba a llevar a cabo? James simplemente no podía allanar el armario donde la señora Hooch guardaba las escobas y devolverlas, y pretender que Hooch no lo notara.
—¿Será en el campo de entrenamiento de quidditch? —les preguntó Anaïs.
—¿El qué? —dijo Rhys—. Pensé que solo había un campo. Eso fue lo que me contó Allan.
—No sabemos cómo ingresar ahí. Será en el campo de quidditch, todos sabemos dónde queda —le dijo Remus a Anaïs; luego, miró a Rhys—. ¿Y Alice? Si tú estás aquí, ella debería estar por aquí.
—Alice dijo que no se perdería Historia de la Magia.
—¿A quién le puede gustar Historia? —se quejó Anaïs—. ¡Bins no sabe explicarse!
—No es que le guste, es que no le entiende —corrigió Rhys—. Y si no le entiende yendo a clases, será peor si no va. O eso asegura Alice.
Remus podía ir directamente hacia el campo de quidditch y tratar de detenerlos, antes de que James saliera lastimado o para ayudarlo a llegar a la enfermería, lo que sucediera primero; sin embargo, no estaba seguro de si llegaría a tiempo para evitar que la catástrofe ocurriera. E ir con la profesora McGonagall no había sido una opción nunca. Por fin era aceptado, ¿por qué echarlo a perder?
Cuando llegaron al campo de quidditch, notó que los estandartes de dos de las cuatros casas estaban colgados, la grama estaba cortada y los aros se veían más relucientes. Anaïs subía por las escaleras mientras que Rhys veía embobado a su alrededor; Rhys sacudió la cabeza, corrió hasta que alcanzó a Anaïs, quien se había sentado a la mitad de las gradas.
Recordó la primera vez que Lyall lo llevó a una representación de una obra teatral, en realidad de lo que se recordó fue del enorme dolor de cabeza que le quedó: Lyall consiguió los boletos para los asientos de las primeras filas. Remus tuvo que alzar la cabeza demasiado hacia atrás y sufrió después.
Estaba a punto de seguir a sus compañeros en el momento en que distinguió a James, que se estaba peleando con uno de los golpeadores del equipo. James sostenía uno de los extremos de la escoba, una Cleansweep 5, en tanto que el otro muchacho tiraba del otro lado con más fuerza de la que ejercía James. La mano de James se veía roja por el esfuerzo, pero eso no lo detenía. El otro chico tenía la varita en el bolsillo, la cual miraba de vez en cuando, pero no podía cogerla sin soltar la escoba.
—Cuando Ashley dijo que un retador necesitaba una escoba, no esperaba que fuera un pequeño de primero —dijo—. No me importa lo que diga o el castigo que me dé, no te la voy a prestar.
—¿Y cómo voy a demostrarle que soy mejor si no uso esta vieja escoba?
—Mi escoba no es vieja. Está desgastada, pero no es vieja.
El golpeador tomó aire y trató de conservar la calma.
—Esta no es época para tu estúpida competencia. Con el campeonato que está a punto de iniciar, necesitamos practicar todo el tiempo que tengamos. Ni Ashley ni el resto del equipo de Gryffindor quiere saber quién es más imbécil de ustedes dos. Confía en mí, no querrás hacerlo.
—Ja.
—Te advierto ahora, Potter, suelta mi escoba o acabarás en la enfermería.
—Russell —advirtió Sanders que ya estaba encima de su escoba, por dos metros arriba del suelo.
James aprovechó el momento para tirar con fuerza de la Cleansweep 5, la cual quedó en posición vertical a la par de él aunque casi perdió al hacerlo. James le sonrió con superioridad a Russell mientras que se subía a la escoba, para fastidio de Russell.
—Te gané.
—Yo no soy el que retó a una jugadora —debatió Russell y bufó.
Una vez que James alcanzó a Sanders, ella procedió a darle las indicaciones acerca de lo que tendrían que hacer. Remus quisiera estar cerca para oír de qué se trataba, sin embargo, volar en escoba –volar en general– no le gustaba. Él prefería mantener los dos pies en la tierra en la medida de lo posible; además, estaría completamente feliz cuando acabara este año, solo porque nunca más tendría que sufrir con la clase de Vuelo.
Sanders arrojó la quaffle al aire, la cual se elevó más de un metro por encima de ellos. Se detuvo por unos segundos en su posición y Sanders se apoderó del balón antes de que descendiera demasiado. La capitana se inclinó para coger más velocidad y avanzó con rapidez, James reaccionó entonces. A pesar de que tenían la misma escoba, Sanders le sacaba bastante ventaja a James, quien se estaba esforzando en seguirla de cerca lo más que podía. Quizá se lo imaginó, pero le pareció que Sanders se ralentizó.
El niño la alcanzó; Sanders lanzaba la quaffle de un lado hacia el otro y la volvía a atrapar, volvía a repetir el proceso una vez más, en tanto que James hacía un esfuerzo mayor para que, al menos, le pudiera seguir el ritmo a Sanders. James iba de la derecha hacia izquierda, intentando que los lentes no se le cayeran por los cambios bruscos que hacía, y descendía y ascendía con un ritmo irregular.
Remus casi se tapó los ojos con ambas manos cuando vio que James, por frenar a la capitana, trató de agarrarle de la escoba solo para que él casi se cayera de la de él.
—Esa fue una falta —dijo Anaïs.
James jadeó. Ahí fue cuando Remus se dio cuenta de que James se quitaba el sudor de la cara, con los lentes medio empañados y que le costaba mantener el equilibrio en la escoba. Sanders, por otra parte, se veía tan relajada como si nunca hubiera estado en un desafío con James.
Las orejas de James se colorearon. Se bajó de la escoba y la aventó contra el borde del estadio, a la cual le saltaron las ramitas que antes no tenía por fuera.
—Accio escoba —dijo Russell entre dientes.
Remus no ignoró que Russell vio con hastío a James.
