No se han encontrado tecnicismos en los derechos de autor de JK Rowling sobre Harry Potter. Mucho menos en los de White Squirrel.
Notas del autor: Recuerden que hace unos capítulos Barty Crouch Jr. se fue de su casa con Bertha Jorkins y la varita de su padre, así que no necesita robar una. Está en la Copa Mundial porque le gusta el quidditch, y es una buena oportunidad de espiar a ciertas personas.
Notas de la traductora: Este capítulo incluye citas adaptadas de Harry Potter y el cáliz de fuego.
Capítulo 63
Celebraron y hablaron de cada jugada en el partido en la tienda más grande hasta que estuvieron a punto de quedarse dormidos de pie, y Hermione y Ginny se fueron a la tienda de las chicas para una buena noche de descanso; pero sólo habían estado dormidas un par de horas cuando escucharon los gritos frenéticos del Sr. Weasley.
–¡Ginny! ¡Hermione! ¡Despierten! ¡Fuego!
–¿Fuego? –dijo Ginny adormilada.
–¿Fuego? –repitió Hermione–. ¡Fuego! –Podía ver el reflejo naranja en las paredes de la tienda y escuchar los gritos crecientes de las personas afuera–. ¡Merlín, es todo el campamento!
–¿Qué está pasando? –lloró Ginny.
–¡No hay tiempo de empacar! ¡Salgan ya! –las llamó el Sr. Weasley.
Hermione sabía que sólo tendría un momento. Tomó su varita de su mesita de noche y metió su mano al fondo de su baúl para sacar lo que había empacado y sólo había esperado tener que usar si hacía frío: su abrigo de piel de basilisco. Irónicamente, ahora tendría que usarlo para protegerse del calor.
Algo atravesó el aire… algo que las hizo temblar como algo tangible atravesando el espacio en el que se encontraban.
–¿Qué fue eso? –dijo Ginny preocupada.
–Barreras anti-aparición –dijo el Sr. Weasley, con la certidumbre de alguien que lo conocía bien–. ¡Tenemos que irnos! ¡Corran!
Salieron a la noche y observaron la escena por un segundo. Una multitud de magos en túnicas negras marchaban en su dirección general. Cuatro figuras humanas estaban suspendidas sobre ellos a unos sesenta pies del suelo. Los magos enfrente de la procesión estaban quemando tiendas y lanzando lejos a todos los que se interpusieran en su camino con sus varitas. La mayoría del campamento corría lejos de ellos, gritando, pero algunas brujas y magos que lucían como oficiales del Ministerio estaban corriendo hacia ellos. Hermione no podía comprender lo que estaban haciendo los manifestantes hasta que vio que parecían usar máscaras blancas… máscaras pintadas como calaveras. Y entonces lo comprendió: las cuatro figuras suspendidas, retorciéndose en el aire… dos adultos y dos niños.
–¡Oh, Dios, los muggles! –gritó.
No hubo tiempo de reaccionar.
–¡Váyanse! ¡Nosotros tenemos que ayudar al Ministerio! –gritó el Sr. Weasley. Tenía su varita afuera, junto a Sirius, Bill, Charlie, y Percy, quienes ya estaban corriendo a la acción.
–¡Sirius! –gritó Harry.
–¡Tienes que irte, cachorro! Los encontraremos después –escuchó como respuesta.
–Vayan al bosque y permanezcan juntos –ordenó el Sr. Weasley–. Los encontraremos una vez que lidiemos con ellos. Probablemente sólo son unos agitadores. –Se dio la vuelta y corrió tras los otros.
–¡Vamos! –gritó Fred, tomando cargo–. Yo tengo a Ginny. George, tú cuida a Hermione.
–Puedo cuidarme sola –protestaron ambas chicas.
–No discutan –dijo George–. Harry, Ron, mantengan el paso. –Tomó a Hermione del brazo y la jaló junto a los otros hacia los árboles.
Hermione dio otra mirada a su alrededor.
–Oh no, ¿dónde está Dobby? ¿Dobby?
¡Pop!
–¡Señorita Hermione! ¡Señorita Hermione! –dijo él, corriendo tan rápido como sus pequeñas piernas se lo permitían para mantener el paso.
–Dobby, rápido, cuélgate de mi espalda –dijo ella.
El elfo atendió su orden al instante, subiendo a sus hombros.
–Señorita Hermione, ¡hay mortífagos! –dijo–. ¡Seguidores de El-Que-No-Debe-Ser-Nombrado!
–Oh, demonios, ¿eso son? –dijo George–. ¡Tenemos que movernos!
Una multitud creciente de magos intentaba enfrentar a los marchantes, y las cosas se estaban poniendo feas. Los marchantes comenzaron a lanzar maldiciones mientras que los magos del Ministerio intentaban asegurarse de que los muggles no fueran lastimados. Una vez llegaron al bosque se volvió más difícil verlos. Lo único que parecía visible eran las sombras de los árboles, intercaladas con rayos de luz de maldiciones fallidas detrás de ellos.
–¡Señorita Hermione! –chilló Dobby desde sus hombros–. ¡Dobby debe sacarla de aquí!
–¿Qué? ¿Cómo? –dijo ella.
–Aparición conjunta, señorita.
–¿Aparición conjunta? ¿Qué es eso?
–Es cuando te apareces y llevas a alguien contigo –dijo George–. Se supone que sólo se usa para emergencias.
–Pero hay una barrera anti-aparición… no, espera, eres un elfo. Pero espera, ¿puedes hacer eso? Nunca lo mencionaste.
–Es magia élfica antigua, señorita. Dobby debe de sacarla de aquí.
–No, Dobby, no puedo dejar a mis amigos...
De repente, se escuchó un fuerte ruido detrás de ellos, y el bosque fue llenado de una enfermiza luz verde.
–¡Dobby lo siente! ¡Es muy peligroso!
–¡No, Dobby, espera...!
¡POP!
Después del hecho, Hermione reflexionó sobre esta experiencia y apreció el hecho de haber sentido como si hubiera sido jalada por un agujero de gusano verdadero, pero en el momento, en lo único en lo que podía pensar era que el mundo era negro y sintió que estaba siendo apretada tanto que por un segundo pensó que sería aplastada hasta morir.
Y entonces terminó. Tomó una bocanada de aire y cayó sobre el piso del salón de la Madriguera.
Y la Sra. Weasley gritó.
–¡George! –gritó la matriarca Weasley después de su grito inicial de horror–. ¿Qué pasó? ¡Todas sus manos estaban en Peligro Mortal!
George no estaba escuchando a su madre.
–¿Qué demonios? –gritó–. ¿Estamos en casa? ¿Cómo?
Hermione estaba de rodillas con sus ojos cerrados, intentando no vomitar. No podía comprender como los magos podían aparecerse de manera regular si así era como se sentía. Sólo levantó la mirada cuando escuchó lo que parecía ser una pelea. George intentaba estrangular a Dobby.
–¿Por qué lo hiciste? –gritó–. Teníamos que permanecer juntos. Llévame de regreso. ¡Llévame de regreso!
–¡George, no! –Hermione se colocó enfrente de él, obligándolo a soltar a Dobby.
–¡George! ¡Hermione! ¿Qué ocurrió? –repitió la Sra. Weasley.
–¿Por qué dejaste que nos llevara? –gritó George a Hermione.
–¡No pude detenerlo! –lloró ella–. Mis padres le ordenaron mantenerme a salvo, y sus órdenes tienen prioridad.
–¡George, por favor! –rogó la Sra. Wesley.
George se rindió y lanzó una mirada angustiada a su madre.
–Mamá… mortífagos atacaron el campamento.
La Sra. Weasley gritó de nuevo y cayó sobre el sofá. Por un momento pareció estar a punto de desmayarse, pero después de un momento, se dio cuenta de que estaba observando las nueve manos en el reloj de la familia Weasley. Las manos de la Sra. Weasley y George apuntaban a Casa. Las otras siete apuntaban a Peligro Mortal.
–¿Y los demás? –preguntó débilmente.
–F...F...Fred tenía a Ginny –tartamudeó George–. Ellos y Ron y Harry corrieron al bosque. Estábamos con ellos...
–Mis p...padres ordenaron a Dobby mantenerme lejos del peligro, así que me sacó, y a George porque estaba tocándome –explicó Hermione temblorosamente.
–Los demás estaban… ayudando a las personas del Ministerio.
–Ohhhh… –gimió la Sra. Weasley. El horror de los mortífagos atacando a su familia pareció hacerla olvidar la sorpresa de que un elfo doméstico se apareciera con ellos en su casa–. Por favor regresa a casa, Arthur… todos...
–Necesito regresar –afirmó George.
–¡Absolutamente no! –gritó su madre recuperando su atención.
–Mamá, todos están ahí. Fred está ahí...
–Y tú no vas a regresar a eso.
–No saben dónde estamos...
–No, George –interrumpió Hermione–. Ella tiene razón, no será bueno ponerte en peligro de nuevo.
–Pero...
–Un momento. Quizás Dobby pueda ayudar.
Dobby se detuvo ahí, jugando con sus manos mientras los tres lo observaban.
–Disculpe a Dobby, señorita Hermione, pero debo irme. Sus padres ordenaron a Dobby que le dijeran si estaba en peligro.
No, pensó Hermione. No puede. Era una cosa sacarla a ella, pero no iba a dejar que sus órdenes de mantenerla a salvo le impidieran ayudar a alguien más. Hermione estaba feliz de haberse memorizado las nuevas órdenes de Dobby palabra por palabra. Podía encontrar un tecnicismo tan bien como él.
–¡Dobby, espera! –dijo ella–. Tus órdenes decían exactamente, "si Hermione está en un ambiente peligroso nos informarás lo más pronto posible mientras tu presencia no sea necesaria ahí para protegerla". Pero no estoy en un ambiente peligroso ahora. Lo estaba hace unos minutos, pero ahora que me fui, la orden ya no aplica.
Dobby se enderezó y sonrió ampliamente. No le gustaba ser obligado a tener que permanecer en la banca más que a ella.
–La señorita Hermione es muy hábil. ¿Cómo puede ayudar Dobby?
–De acuerdo, primero, mantente a salvo. Permanece oculto o a distancia segura si es peligroso. Quiero que regreses e intentes encontrar a Harry… lo siento, Sra. Weasley, pero es el Niño Que Vivió, es el blanco más grande. Si está en peligro, tráelo aquí, y si puedes, trae a todos los que estén con él de nuestro grupo. Si el peligro ha pasado, regresa aquí y llévanos a él.
–¿Qué? –comenzó la Sra. Weasley.
–Sólo si el peligro ha pasado bajo los estándares de mis padres, Sra. Weasley. Tenemos que regresar. Estarán preocupados por nosotros y nuestras cosas están ahí. ¿Puedes hacer eso, Dobby?
–Sí, señorita, Dobby lo hará. –Le dio un saludo militar y desapareció.
Las manos de la Sra. Weasley estaban temblando. Permaneció en el sofá, murmurando para sí misma con preocupación.
George se sentó a su lado, y tomó su mano con la suya como una línea de vida. George no lucía mucho mejor.
–Fred y yo nunca hemos enfrentado nada separados –dijo con tristeza–. Merlín sabe en qué problemas está, y probablemente ni siquiera sabe que me pasó.
Hermione se sentó a su otro lado y con incomodidad le dio una palmada leve en el hombro.
–Estarán bien –intentó tranquilizarlo (y a ella misma)–. Fred es muy ingenioso. Ron puede hacer estrategia. Harry puede lanzar un Patronus. Y Ginny conoce más maleficios que cualquiera a su edad debería ser permitido. –Eso recibió una breve risa de su parte.
Se escuchó una campanada, y los tres miraron sin aliento al reloj. Las manos de Fred, Ron, y Ginny se movieron de Peligro Mortal a Perdido. Las del Sr. Weasley, Bill, Charlie, y Percy permanecían en Peligro Mortal.
–Bueno… por lo menos ellos están fuera de peligro –dijo Hermione con incomodidad–. ¿Ves? ¿Qué te dije? –George se relajó visiblemente, aunque ciertamente no por completo.
–Pues… esa es la mitad del problema resuelto –dijo él, intentando sonreír.
La Sra. Wesley aún estaba muy preocupada para hablar, aunque por su aspecto, ya no estaba en peligro de destrozar la mano de George. Hermione continuó acariciando su hombro, sin saber qué hacer.
–Estarán bien, mamá –dijo George después de un minuto–. Sabes lo brillantes que son Bill, Charlie, y Percy, y papá no se queda atrás.
–Ajá –dijo Hermione en acuerdo–. Sólo espero que Sirius también esté bien –murmuró para sí misma. No quería pensar en qué le ocurriría a Harry si algo le pasaba a Sirius.
Tomó unos cuantos minutos para que la Sra. Weasley se moviera de nuevo. Cuando lo hizo, sus manos aún estaban temblando.
–Oh, mis nervios –dijo–. Estoy muy vieja para esto. –Pero incluso mientras lo decía, se podía ver la determinación en su mirada mientras se ponía de pie–. Vamos, por lo menos puedo prepararles un té. Siento que necesito hacer algo. –Se puso de pie, titubeó, y entonces tomó el pesado reloj de su lugar en la pared y lo llevó a la cocina. (Hermione estaba sorprendida de que parecía tener un mecanismo de rueda de escape en lugar de un péndulo. Parecía lago moderno para los magos.) Gimió por el peso–. Por la barba de Merlín –continuó murmurando–, no creo haber movido esta cosa desde… bueno, desde la guerra… poca necesidad, supongo. –Lo dejó sobre la mesa de la cocina con un fuerte golpe y comenzó a intentar usar la tetera con algo de torpeza.
–Yo lo hago –dijeron George y Hermione al mismo tiempo, estirando la mano y tomando la tetera al mismo tiempo.
–¡Pf! –La Sra. Weasley dio un salto, colocando una mano sobre su pecho–. Disculpa, Hermione. Por un momento, ustedes dos sonaron como...
Como Fred y George fue la implicación obvia. Hermione no estaba segura de si estar feliz u ofendida de ser confundida con esos busca problemas. George forzó una risa.
–Cuidado, mamá. No hay manera de saber qué pasaría si fuéramos tres.
Eso fue suficiente para obtener una risa débil tanto de la Sra. Weasley como de Hermione. Los gemelos eran buenos para eso.
–Oh, que Merlín nos ayude –dijo la Sra. Weasley.
Mientras se relajaba un poco más, aunque aún estaba taciturna y pasaba la mayor parte del tiempo observando al reloj, George y Hermione prepararon el té y Hermione hizo lo que pudo para hablar en susurros.
–Demonios, ¿mortífagos ahora? –murmuró con frustración–. ¿Cuál es el problema con este país?
–Sí, no lo sé –dijo George–. Hemos tenido tres años terribles, ¿no es así?
–Ajá –bajó su voz aún más–. Me está preocupando un poco. No pienso mucho de la adivinación, pero todos se pusieron tan serios por la profecía que la profesora Trelawney realizó. ¿Te lo dije?
–No por completo.
–Oh, pues… –lanzó una mirada rápida a la Sra. Weasley–. Te lo cuento junto a Fred más tarde, pero predijo que un mortífago encontraría… a Quien-Tú-Sabes y lo ayudaría a regresar.
–Vaya –siseó George–. ¿No crees que…?
–No lo creo. No huele bien. ¿Por qué no declararlo al mundo si es él? Pero un sirviente podría estar detrás del disturbio.
–Eso no suena bien –dijo en acuerdo.
–Sí, lo sé. En verdad espero que tu familia esté bien.
–Lo sé –habló George en voz más alta, para el beneficio de su mamá–. Estoy… seguro de que están bien. Quiero decir, el Ministerio entero está ahí. Incluso si esos eran mortífagos reales, están sobrepasados en número. –Hermione frunció el ceño.
–¿Entonces para qué atacar?
–No sé. ¿Dar un mensaje, quizás? O tal vez bebieron de más. Eso sería mejor para nosotros.
Se sentaron en silencio por unos minutos y bebieron su té, intentando no pensar en todas las cosas que podrían haber salido mal en el campamento.
–¿George? –dijo Hermione.
–¿Sí?
–Gracias por cuidar de mí. –Él le mostró una media sonrisa.
–No hay problema –dijo–. No sé qué haremos sin ti este otoño.
–Oh, lo sé. ¿Quién va a mantenerlos fuera de problemas?
–Ja. Esa es una causa perdida, Señorita Santurrona. –Ella le lanzó una mirada molesta–. Pero aun así, eres alguien bastante divertido a quien tener a nuestro alrededor.
A pesar de que tenía algo de razón (considerando que había estado castigada todo el verano, después de todo), eso fue suficiente para hacer que Hermione soltara una carcajada, para el desconcierto de la Sra. Weasley.
De repente, el reloj soltó una campanada de nuevo y la conversación se detuvo. Las manos del Sr. Weasley, Bill, Charlie, y Percy se movieron de Peligro Mortal a Viajando, que era donde deberían estar. Los tres en la cocina respiraron con alivio, pero entonces, las manos de Fred, Ron, y Ginny saltaron a Peligro Mortal de nuevo. Pero sólo se quedaron ahí por unos segundos antes de que también cambiaran a Viajando.
–¿Qué demonios…?
–¡George!
–Lo siento, mamá. ¿Qué fue eso?
–Podría haber sido cualquier… –dijo Hermione. En verdad no sabía cómo funcionaba el reloj. ¿Cómo sabía que había Peligro Mortal? ¿Estaba basado en las creencias de los Weasley? Eso parecía ser lo más fácil, pero se perdería cosas si estaban inconscientes. ¿Quizás detectó que un mortífago caminó cerca de sus amigos mientras escapaba? Fuera lo que fuera, fue rápido. Con un pop, Dobby apareció de nuevo, haciéndolos dar un salto.
–¡Dobby! ¿Qué pasó? –dijo Hermione preocupada.
–Harry Potter está a salvo, señorita Hermione –dijo el elfo, para su alivio–. Y también todos los Wheezy. Todos los mortífagos se han ido.
–Oh, gracias Merlín –dijo la Sra. Weasley.
–Gracias, Dobby –dijo Hermione–. ¿Puedes llevar a George y a mí de regreso?
–Sí, señorita, Dobby puede, pero le advierto, hay problemas con el Sr. Barty Grouchy.
George soltó una carcajada.
–George –lo regañó Hermione–. Tuvo una noche difícil. No puedes culparlo si está teniendo problemas con los nombres.
–No me importa. Definitivamente voy a usar ese con Percy. -Hermione rodó los ojos.
–Gracias por el té, Sra. Weasley –dijo–. Regresaremos con los demás en el traslador. No se preocupe. Si Dobby dice que es seguro, estoy segura de que lo es.
La Sra. Weasley suspiró y no parecía querer dejar ir a George, pero asintió.
–Tengan cuidado, cariño.
–Sosténganse con fuerza –dijo Dobby. Hermione y George tomaron sus manos. Hermione se preparó a sí misma, pero no hizo que la sensación de ser aplastada a través de un tubo de una dimensión mucho más agradable. Cuando aterrizaron, Dobby de inmediato cayó sobre sus rodillas, respirando con dificultad. Estaban justo afuera de un claro en el bosque donde un grupo de magos estaba congregado.
–Descansa, Dobby –dijo Hermione en voz baja–. Puedo ver porque sólo es para emergencias.
Caminaron al claro, donde vieron a Amos Diggory interrogando a alguien a quien no podían ver.
–¿Qué viste, elfo? –demandó–. ¿Quién fue?
–Yo vi… –respondió una voz chillona, y Hermione se dio cuenta que era la voz de la elfina del Sr. Crouch, Winky–. Yo vi… yo vi… –respondió de manera extraña, como si no pudiera hablar sobre lo que había visto.
–¡ALTO! –Los magos vieron a Hermione y George, y una docena de ellos apuntaron sus varitas a ellos. El par hizo justo eso. Pero mientras todos se daban la vuelta para verlos, ciertos miembros del grupo los reconocieron.
–¡Hermione!
–¡George!
–¡Harry!
–¡Fred!
La mayoría de los magos (Hermione podía reconocer por las túnicas que eran aurores) bajaron sus varitas mientras el grupo les daba la bienvenida de nuevo. Hermione se alivió al ver que Sirius estaba de pie al lado de Harry sin ninguna herida.
Pero entonces, en un parpadeo, Barty Crouch se abalanzó sobre ellos con ira.
–¡Ustedes dos! –bramó–. ¿Conjuraron la marca tenebrosa? –Señaló al cielo.
–¿Qué…? –Hermione levantó la mirada y soltó un grito ahogado ante la terrible imagen… una que sólo había visto en libros: una vívida nube verde con forma de calavera con una serpiente saliendo de su boca… la marca de Voldemort.
–¿Fueron ustedes? –demandó el Sr. Crouch.
–¿Qué? ¡No! Soy hija de muggles –dijo Hermione–. Y él es un Weasley. ¡Nunca haríamos eso!
–Es cierto –habló el Sr. Weasley.
–Creo, desafortunadamente, que nuestro infractor ha escapado –dijo el Sr. Diggory, haciendo que el Sr. Crouch diera un paso atrás. El Sr. Crouch soltó un gruñido.
–Me temo que tienes razón, Amos. Y tú… –Se dio la vuelta y observó a la elfina en el suelo–. Winky, te ordené no alejarte.
–Pero Sr. Crouch, yo vi… ¡aquí! ¡Aquí!
–Suficiente, Winky. No toleraré a un sirviente que no sigue órdenes.
–Pero Sr. Crouch, Winky intentaba ayudar… –continuó la elfina.
–Calla. Te ordené que no dejaras el campamento, y me desobedeciste. ¡Esto significa prenda!
Winky soltó un chillido aterrorizado a una frecuencia que hubiera hecho gritar a perros mientras se ponía de rodillas, aferrándose a los zapatos del hombre.
–¡No, amo! ¡Prendas no! ¡Por favor, prendas no!
Hermione estaba horrorizada ante la imagen. No había visto lo que había llevado a eso, pero comprendía lo suficiente. Era revelador. Nunca se hubiera imaginado que un elfo "normal" reaccionaría tan mal al ser ofrecido una prenda.
–¡Sr. Crouch, no puede hacer eso! –habló–. El campamento estaba en fuego y siendo destrozado. Podría haber muerto ahí. No podía quedarse ahí.
–No tengo uso para un sirviente que me desobedece –dijo el Sr. Crouch con frialdad. En un movimiento sorpresivo para un hombre tan formal, arrancó su corbata de su cuello y la soltó sobre Winky, quien sollozó con más fuerza–. Un elfo que olvida su lugar no es un elfo.
Los oficiales del Ministerio se alejaron después de eso, dejando a Winky llorando en el suelo. El Sr. Weasley juntó al grupo.
–Vamos, todos –dijo. Se dieron la vuelta para irse, pero Hermione permaneció atrás, mirando a la pobre elfina–. Hermione, vamos –repitió.
–Un momento –tartamudeó. Dio un paso adelante sin decir palabra, se quitó su chaqueta, envolvió a Winky con ella, y la cargó como si fuera una niña pequeña. Winky estaba llorando con tanta fuerza que no lo notó al principio, pero sus sollozos se calmaron con el movimiento y observó el rostro de Hermione. No habló, aparentemente muy sorprendida de que alguien le mostrara algo de gentileza en su estado actual.
–¿Traerás a la elfina? –preguntó el Sr. Weasley.
–¿Hay algún problema con eso? –dijo Hermione bruscamente.
–No, no, por supuesto que no –dijo, elevando su mano–. Sólo no sé qué puedas hacer con ella.
–Pensaré en algo.
–¿Y qué pasó? –preguntó George mientras alcanzaban al grupo.
–¿Qué nos pasó a nosotros? ¿Qué les pasó a ustedes? –demandó Fred–. Un minuto estaban ahí, y al siguiente desaparecieron.
–Lo siento. Eso fue mi culpa –dijo Hermione–. Mis padres ordenaron a Dobby que me mantuviera a salvo, así que nos llevó a la Madriguera. –Eso sorprendió a los otros.
–¿Los elfos pueden hacer eso? –dijo Harry.
–Rayos, ¿quieres decir que mamá sabe sobre esto? –dijo Ron preocupado.
–Hubiera sabido por el reloj de todos modos –dijo George–. Ahora, en serio, ¿qué pasó?
–Pues, nos encontramos a Malfoy Junior –comenzó Fred.
–Es un imbécil –agregó Ron–. Quería saber dónde estaba… –se sonrojó y no terminó.
–Donde estaba la sangre sucia –dijo Harry en voz baja.
–Oh –dijo Hermione.
–Ron casi lo golpeó en el hocico –dijo Ginny–. Estábamos muy preocupados por ustedes. Pero continuamos. Y entonces apareció esa calavera.
–¿Alguien murió? –preguntó Hermione con temor.
–No que sepamos –dijo Sirius–. Es extraño.
–Escuchamos al hombre que lo hizo –continuó Harry–. Estaba en ese claro. Pero ellos no lo atraparon. Los aurores pensaron que nosotros lo hicimos por un minuto, pero Sirius y el Sr. Weasley los calmaron.
Para cuando regresaron a la tienda, las cosas se habían calmado, pero Bill, Charlie, y Percy lucían bastante cansados. Hermione casi lanzó un maleficio a Percy cuando le explicó lo de Winky y él tomó el lado del Sr. Crouch. Los pocos encuentras que había tenido con el hombre sugerían que Barty Crouch era un ser humano bastante desagradable.
De cualquier modo, la familia muggle, los Roberts, estaban a salvo, pero los mortífagos o quienes fueran habían escapado, asustados por la marca tenebrosa. Por supuesto, eso no probaba mucho. Quizás sólo fueron buscapleitos que se espantaron al pensar que los verdaderos mortífagos se aparecieron, o quizás hayan sido mortífagos reales que temieron que su amo se enfurecería porque lo habían rechazado para escapar Azkaban. Era la marca tenebrosa lo que nadie podía comprender. ¿Por qué la habían lanzado? ¿Y quién había sido?
–¿Alguien puede explicarme por qué la calavera fue algo más importante que las personas destrozando el campamento y aterrorizando muggles? –demandó Ron de manera pragmática.
–Era el símbolo de El-Que-No-Debe-Ser-Nombrado, Ron –dijo el Sr. Weasley en voz baja–. No ha sido visto en trece años. Fue como ver al mismísimo Quien-Tú-Sabes en persona de nuevo.
–¿Pero por qué?
–Ron, Quien-Tú-Sabes y sus seguidores colocaban la marca tenebrosa en el aire cuando mataban a alguien –dijo el Sr. Weasley–. El terror que inspiraba… no tienes idea, eres muy joven. Sólo imagina llegar a casa y encontrar la marca tenebrosa sobre tu hogar, sabiendo lo que ibas a encontrar dentro… –el Sr. Weasley hizo una mueca de dolor–. El peor miedo de todos… el peor...
Hermione tembló ante la imagen. No pudo evitar imaginárselo… el ver la marca tenebrosa sobre su propia casa, y encontrar a sus padres sin vida dentro. Quizás era peor que ver al mismísimo Voldemort, porque se sabía que era muy tarde. No podía imaginarse más que fuera peor… quizás los dementores, pero los dementores eran peores que casi cualquier cosa.
–¿Y qué hacemos entonces? –preguntó Harry preocupado.
–Mantenernos atentos, cachorro. –Sirius intentó reconfortarlo–. Es todo lo que podemos hacer.
Con el campamento seguro, pudieron permanecer en las tiendas y recuperar unas horas de sueño antes de intentar tomar el primer traslador en la mañana, pero había algo que Hermione tenía que hacer primero. Por suerte, había llevado el suficiente pergamino con ella en caso de querer hacer algún cálculo durante el viaje. Tomó un pedazo y comenzó a escribir una carta.
Unas preciadas horas de sueño después, el Sr. Weasley empacó las tiendas con magia, y cargaron todo para irse. Pero Hermione tenía trabajo que hacer. Después de finalmente quedarse profundamente dormida por el cansancio, Winky había dormido como un muerto en el piso en la tienda de las chicas. En la mañana, se puso de pie agotada, encorvada y pisoteada, caminando sin rumbo por el campamento y llorando en voz baja. Hermione pensó que se parecía bastante a Myrtle la Llorona, pero esperaba poder cambiar eso.
–Winky, ven aquí, por favor –dijo. Winky lentamente se acercó a ella. Hermione se puso en cuclillas enfrente de la elfina–. Quiero ayudarte, Winky.
–Winky no merece ayuda –dijo y resopló con fuerza–. Winky es una elfina mala.
–No, no lo eres –insistió Hermione–. Probablemente no quieres escuchar esto, pero creo que el Sr. Crouch estuvo mal. Creo que eres una elfina perfectamente aceptable. Ahora, escucha. –Le mostró un sobre–. Esta es una carta para el profesor Dumbledore en Hogwarts. ¿Sabes quién es?
Los ojos de se abrieron como platos, y ella asintió en silencio.
–Bien. Esto es lo que quiero que hagas. Quiero que vayas a Hogwarts, ve a las cocinas, y pregunta por Sonya. Dile que tienes una carta para el profesor Dumbledore de parte de Hermione Granger y pide que se la entregue. La carta habla de tu situación y pide que te permita unirte a la escuela. No sé si será capaz de pagar el impuesto de transferencia para hacerlo de manera correcta, pero sé que por lo menos te dejará trabajar en el castillo.
Winky la observó con asombro.
–¿L...la S...s...señorita Hermione Granger está a...ayudando a Winky a ob...obtener un nuevo p...puesto?
–Así es. No puedo aguantar ver a los elfos tratados de este modo.
–E...es m...muy amable, señorita… Winky hará lo que pide. –Winky pareció llamar a toda su energía y desapareció en el aire, llevando la carta con ella.
Empacaron sus cosas y la tienda de las chicas, y entonces todo el grupo fue a trabajar en la más grande.
–Vaya, que noche –dijeron Fred y George al mismo tiempo.
–Dímelo –dijo Hermione.
–Por lo menos obtuvimos nuestro dinero –sugirió Fred–. Eso será de gran ayuda para nuestro, eh, trabajo.
–Bueno, por lo menos eso. –Hermione metió su mano en su bolso para sacar la pequeña bolsita de oro que Bagman le había entregado la noche anterior. Pero de repente, algo se sintió mal. La abrió y soltó un grito ahogado. Los galeones se habían transformado de oro a un apagado color bronce, y comenzaron a desmoronarse en sus manos. En los rostros, la imagen de un hombre con barba la estaba señalando y se reía histéricamente de ella–. Esto… ¡Esto es oro leprechaun! –gritó.
–¡Qué! –gritaron los gemelos. Rápidamente buscaron en su propia bolsa de oro, y sí, todo lo que había dentro era oro leprechaun desintegrándose–. ¡Ese ladrón! –gritaron.
–Tenemos que hacer algo al respecto, George –dijo Fred con firmeza.
–Estoy de acuerdo, mi hermano. Una cosa es dar todo, pero esto es un robo.
–Por favor no hagan nada impulsivo –les pidió Hermione.
–No te preocupes, pequeña Hermione –dijo George con una sonrisa–. Podemos ser sutiles.
–Cuando queremos –agregó Fred.
–Supongo que comenzaremos con una carta y veremos que más después.
–Oh. Está bien, entonces. No puedo creer que dejé que me embaucaran –dijo ella.
–No es tu culpa. Incluso papá apostó –dijo Fred–. Supongo que pensó que podía pagar.
–No con ese libro –dijo ella–. Quince a uno, en que cabeza.
–No te preocupes –le aseguró George–. Estamos juntos en esto. Pero no hay tiempo ahora. Tenemos que llegar a casa antes de que mamá se vuelva loca.
Estaban a punto de dejar el campamento cuando Hermione escuchó una voz llamando su nombre. Levantó la mirada y vio un rostro familiar.
–¡Septima! –llamó, corriendo hacia donde la familia Vector estaba caminando.
–Oh, Hermione, ¡gracias a Merlín! Estaba tan preocupada –dijo Septima–. Nadie me decía nada.
–Estoy bien –le aseguró Hermione–. Los Weasley me cuidaron. ¿Y ustedes? ¿Están bien?
–Sí, estamos bien. Estábamos lejos del frente del campamento, donde los problemas comenzaron. Tuvimos el tiempo suficiente para alejarnos. Claro, no estamos felices por lo ocurrido...
–Sí, mortífagos de nuevo –dijo Gaius. Estaba sosteniendo con fuerza la mano de la pequeña Georgina–. No puedo creer que después de tantos años… Bueno, Georgina quizás prefiera Hogwarts, pero si algún otro incidente toma lugar, quizás la enviemos después de todo a Beauxbatons en Navidad. –La pequeña se sonó su nariz preocupada.
–Estará bien, Georgina –dijo Hermione–. Si tienes que venir, por lo menos ya tendrás una amiga ahí.
–¿Serás mi amiga? –dijo esperanzada.
–Por supuesto que sí. Si terminamos juntas en la misma escuela nueva en un nuevo país, tendremos que permanecer juntas, por supuesto.
Georgina sonrió y la abrazó.
–Gracias, Hermione –dijo ella.
Cuando llegaron finalmente a la Madriguera, la Sra. Weasley corrió a recibir al grupo histérica, aún agitada al no escuchar noticias sobre su condición. El Sr. Weasley y Percy fueron llamados al Ministerio de inmediato para lidiar con los efectos colaterales. Mientras tanto, el resto de la familia se relajó. Harry, Sirius, y el resto de los hijos Weasley salieron a jugar quidditch cuatro contra cuatro. Hermione se sentó a salvo en el suelo en el pórtico y estudió álgebra abstracta… eso fue, hasta que recordó algo importante que la hizo golpearse la frente, y corrió al prado.
–¡Ginny! –la llamó.
Ginny voló abajo en su escoba y flotó a su lado.
–Hola, Hermione, ¿qué pasa?
–Ginny, ¿dónde vive Luna?
–Pasando esa cresta –señaló–. No se puede ignorar. Su casa luce como una pieza de ajedrez gigante. ¿Por qué?
–Ella y su papá estaban en la Copa Mundial, ¿recuerdas? Necesitamos asegurarnos que está bien.
–Oh, rayos, nos olvidamos de ella por completo. Iré contigo.
–¡Oye, Ginny! Ahora nos falta alguien –se quejó Ron.
–Iré con ustedes –dijo Harry después de un momento de titubeo.
Ginny levantó la mirada con sorpresa para ver a Harry volando a ellas.
–¿En serio, Harry? –dijo.
–Claro. De ese modo, estarán parejos. Además, no creo haber sido presentado a Luna de manera correcta aún.
–No estoy segura de que haya una manera correcta de conocer a Luna –bromeó Ginny.
–Oh, estoy segura de que te caerá bien, Harry –dijo Hermione–. Sí, te volverá loco, pero es tan adorable mientras lo hace.
Ambas chicas se rieron para el desconcierto de Harry mientras caminaban por la colina en dirección a la casa que los Weasley llamaban la Torrecilla. La casa de los Lovegood en verdad lucía como una torre de ajedrez gigante, y estaba rodeada de cosas extrañas. Cometas mágicos estaban suspendidos en el aire y atados a un cable que salía de una de las ventanas. A un lado de la puerta principal había algo que el letrero adjunto nombraba un ciruelo dirigible, del cual Hermione jamás había escuchado, pero del que ciruelas crecían y flotaban de pequeñas enredaderas de manera que lucían como rábanos. Al otro lado de la puerta había dibujos de tiza de criaturas que lucían como duendecillos, pero no por completo… colgando de las ciruelas dirigibles. La puerta tenía una aldaba con forma de águila que era idéntica a la que se encontraba en la entrada de la torre de Ravenclaw, excepto que no preguntaba un acertijo. Ginny la golpeó con fuerza tres veces y esperó.
Un minuto después, Luna Lovegood abrió la puerta.
–Hola, Hermione. Ginny… Y hola, Harry Potter. Que sorpresa –dijo ella con una sonrisa. Debajo de su largo cabello rubio parecía estar usando aretes hechos de, de nuevo, ciruelas dirigibles.
–Hola, Luna –dijo Hermione–. Queríamos asegurarnos de que estuvieras bien después de anoche.
–Ah, qué amable de su parte. Estamos bien, aunque me preocupé por papá por un momento. Estaba reportando sobre todo. Pero dice que la mejor parte de estar a cargo de una publicación poco tradicional es que las personas no prestan mucha atención cuando te estás escabullendo.
Bueno, ese ciertamente era un giro positivo en la historia.
–¿Quieren pasar?
Aceptaron y entraron a la casa. El lugar lucía más extraño dentro que por fuera. El primer nivel entero era la cocina, donde todos los gabinetes e incluso el lavabo y la estufa habían sido hechos a la medida para caber en la curvatura de las paredes y estaban pintados con flores, aves, e insectos de colores brillantes. Una escalera en espiral estaba en medio del cuarto, la cual llevaba a lo que sería el salón si no estuviera atascado sin remedio de libros, papeles, y miniaturas encantadas de criaturas que probablemente no existían, y era dominado por una imprenta grande de aspecto antiguo. Un hombre con cabello blanco hasta los hombros estaba sentado en un escritorio al lado de la imprenta, escribiendo con frenesí.
–Hola, papá –lo llamó Luna–. Ginny está aquí. Y ellos son mis otros amigos, Hermione Granger y Harry Potter.
–Qué bien, rayito –dijo su padre sin levantar la mirada.
–No hagan caso a papá –dijo ella–. Ha estado escribiendo historias toda la mañana. Suficientes cosas ocurrieron anoche como para llenar una edición especial.
El padre de Luna era el editor del Quisquilloso, el cual, aunque Hermione no lo diría, era básicamente una revista sensacionalista de supermercado. Hermione estaba segura de que el Sr. Lovegood inventaría una… explicación única para el ataque en el campamento.
–¿Quieren un té de gurdirraíz? –preguntó Luna.
–S...
–No –respondió Ginny–. Eh, algo más tradicional, si no te molesta.
–Claro que no. Iré a prepararlo. –Dio un salto a las escaleras y se deslizó abajo.
Harry y Hermione lanzaron una mirada inquisitiva a Ginny.
–Si no reconocen el nombre, es mejor evitarlo en este lugar –susurró–. Confíen en mí.
Los tres se sentaron en silencio incómodo sólo interrumpido por el sonido de la pluma del Sr. Lovegood sobre el pergamino. Parecía no haberse dado cuenta de su presencia. Unos minutos después, Luna regresó cargando una bandeja de té.
–Así que, ¿a dónde fuiste cuando llegaron los mortífagos, Luna? –preguntó Harry.
–Oh, hola, Ginny, ¿cuándo llegaste? –El Sr. Lovegood se dio la vuelta y observó al grupo con atención.
–Justo ahora, Sr. Lovegood –dijo ella.
–Ah. Es bueno verte, entonces, especialmente después de todos los problemas. Rayito, ¿quién es este chico? –dijo con tono áspero.
Ginny y Hermione se rieron de Harry de nuevo. A pesar de lo poco que prestaba atención, el Sr. Lovegood aún era el padre de una joven de trece años que había sido alertado ante la presencia de otro hombre en el cuarto.
–Es Harry Potter, papá. Es amigo de Ginny –dijo Luna tan tranquila como siempre.
Los ojos del Sr. Lovegood cayeron sobre la cicatriz de Harry, y su boca se abrió con sorpresa de manera cómica.
–Al bosque –dijo Luna.
–¿Eh? –preguntó Harry.
–A donde fui cuando llegaron los mortífagos –respondió su pregunta sin titubear–. Conocí a unas jóvenes escandinavas que me ayudaron a encontrar el camino. Oh, y papá, ella es mi otra amiga, Hermione Granger. La Aritmaga. –Hermione no estaba segura de porque había escuchado las mayúsculas.
–¿Oh? ¡Oh! –El Sr. Lovegood se dio la vuelta para verla mientras estrechaba la mano de Harry. De inmediato estrechó la de ella con entusiasmo–. Mi Luna me ha dicho todo sobre usted, señorita Granger. Una mente extraordinaria sin filtro en el área de las matemáticas. La mente subconsciente tiene una increíble habilidad para realizar cálculos con rapidez, pero la mayoría de nosotros tenemos tales barreras entre lo consciente y lo subconsciente que no podemos acceder a ese poder, y toma años de práctica el superarlas. Pero usted, señorita Granger, parece haber removido de manera exitosa esas barreras a temprana edad y liberado su potencial por completo. Oh, me pregunto si me permitiría realizar una breve examinación mágica. –Creció cada vez más entusiasmado mientras señalaba al tocado en una de las estaciones de trabajo–. Quizás pruebe ser valiosa para mis esfuerzos por recrear la Diadema Perdida de Rowena Ravenclaw, la cual se dice permite fluir los pensamientos del consciente al subconsciente y de regreso sin obstáculos para permitir la máxima inteligencia y creatividad de la mente.
Ginny lanzó una sonrisa condescendiente al Sr. Lovegood.
–Ambos tienen teorías locas como esa –dijo en voz baja–. No se puede entender nada.
–De hecho –dijo Hermione, levantando la mirada para ver al hombre alto con sorpresa–, comprendí cada palabra y básicamente tiene razón.
La quijada de Ginny casi cayó al suelo. Parecía estar a punto de desmayarse. Hermione también estaba bastante sorprendida. Quizás había sido la primera vez en sus encuentros con los Lovegood, pero lo creía por completo. Había leído bastante sobre el "síndrome del sabio" porque parecía poseer el mismo talento natural que muchos savants para el cálculo matemático rápido, aunque agradecía que era sin la discapacidad intelectual. Claro, era algo que ella había aprendido y practicado mucho más que cualquier savant típico. De cualquier modo, los savants podían tener maravillosos talentos naturales para habilidades analíticas como la aritmética, y habilidades creativas como la pintura, y aunque había muy poca investigación sobre el tema, parecía que el impulso principal era que tenían acceso a una gran cantidad de información sensorial y analítica que el cerebro filtraba normalmente de la mente consciente. No había escuchado sobre la diadema perdida de Rowena Ravenclaw, pero un objeto mágico que pudiera desbloquear esos filtros podría ser increíblemente poderoso.
–Creo que me gustaría intentar esa examinación, Sr. Lovegood –dijo.
–Ah, excelente, excelente –dijo él con una amplia sonrisa–. Ahora, siéntate aquí… –Limpió la estación de trabajo y comenzó a mover su varita alrededor de la cabeza de Hermione-... y dime, ¿cuánto es cuatro mil novecientos veintisiete multiplicado por siete mil cuatrocientos veintinueve?
–Treinta y seis millones… seiscientos dos mil… seiscientos ochenta y tres –respondió ella.
El Sr. Lovegood preguntó problemas matemáticos cada vez más difíciles, hasta e incluyendo cálculo multivariable y algunos ejemplos de problemas aritmánticos como modificación de hechizos, sin detenerse hasta que llegó al límite de sus habilidades, lo cual tomó un tiempo. Y aun así, Hermione estaba sonriendo. Después del terror de anoche, se sentía refrescante.
Luna, Harry, y Ginny habían pasado el tiempo discutiendo el partido, pero Luna parecía más interesada en la pelea entre los leprechauns y las veela, y también tenía sus propias teorías bizarras sobre el partido como que el buscador irlandés, Aidan Lynch, sufría de algo llamado el Trancazo del Perdedor.
–Fue obvio la segunda vez que se estrelló ya que se lanzó en picada primero, no capturó la snitch, y aun así no pudo elevarse de nuevo –razonó ella.
–O su cerebro aún estaba afectado por el primer accidente –respondió Harry.
–Bueno, supongo que eso es posible. –Ginny se rio.
–Luna, creo que si alguna vez fueras la comentarista de un partido en la escuela sería muy divertido. –Luna frunció el ceño ante la idea.
–No sé cuánto lo aprobarían las personas –dijo ella–. Muchos parecen enfocarse siempre en el puntaje.
–Eh, eso es por lo que muchos están ahí –dijo Harry algo incómodo.
–Oh, lo sé. Eso sólo que las personas se toman muy poco tiempo para observar con atención el mundo a su alrededor. –Se inclinó y susurró de manera conspiratoria–. Creo que ninguna de mis compañeras de cuarto puede siquiera ver los nargles.
–Bien dicho, Luna –dijo el Sr. Lovegood mientras colocaba el extraño tocado con trompetas y hélices sobre la cabeza de Hermione.
–¿Nargles? –gesticuló Harry en dirección a Ginny.
–No preguntes –gesticuló ella de regreso.
–Es lo que espero poder arreglar con este casco –continuó el Sr. Lovegood–. La dificultad es que aunque los sifones de torposoplos remueven las fuentes de distracción del área inmediata del pensador, al hacerlo, reducen el enfoque de uno, haciendo más difícil observar al mundo en su totalidad. Listo, ahora, querida, ¿te sientes menos abrumada, más creativa… con una mente más abierta, quizás?
–¿Puedes ver a los nargles? –preguntó Luna.
–Eh, no realmente, Sr. Lovegood –dijo Hermione. Y pensaba que debía lucir bastante tonta, además. Ginny y Harry intentaban no reírse–. ¿Y cómo lucen los nargles, Luna?
–Así… oh, donde está… aquí.
Le entregó un dibujo de una criatura extraña. En la superficie parecía como un duendecillo de Cornwell, pero tenía alas verdemar, cuatro brazos en lugar de dos, y por las flores a su alrededor en el dibujo, sólo tenía una pulgada de largo. Era un muy buen dibujo, al nivel de cualquier guía de campo. Hermione puso verdadero esfuerzo por buscar a su alrededor algo como eso, pero no vio nada.
–No, no veo nada similar –dijo.
–Bueno, son difíciles de ver –respondió Luna–. Es más fácil alrededor de la medianoche durante los equinoccios, pero tienes que sorprenderlos.
–...Ah… ¿tú lo dibujaste, Luna? Es bastante bueno.
–Oh, sí, gracias. He estado practicando para la clase de Cuidado de Criaturas Mágicas este año.
–Yo estaré en esa –dijo Ginny–. Y Aritmancia.
–Qué bien. Que malo que tuvieras que irte, Hermione. Logré ser aceptada en la clase de cuarto año de Runas Antiguas. Podríamos haber estado en la misma clase.
–Lo sé, pero por lo menos tendrás a Ron en esa clase. Definitivamente le ayudaría una mente abierta –dijo Hermione. Ginny se rio de eso–. Y de hecho, Sr. Lovegood –continuó Hermione–, la manera en la que me volví tan buena en las matemáticas fue memorizando un montón de aritmética, así que no estoy segura de ser la mejor persona a quien preguntar sobre creatividad.
–Oh, creo que eres más creativa de lo que piensas. Y creo que he obtenido notas bastante útiles –dijo mientras daba una última vuelta con su varita–. Gracias por seguirme la corriente.
–Creo que entiendo lo que quisiste decir sobre ella volviéndome loco –dijo Harry mientras caminaban de regreso a la Madriguera–. Mi cabeza aún da vueltas… nargles y el Trancazo del Perdedor y todo eso.
–Pero Luna es una buena amiga, Harry –dijo Hermione–. Siempre me está cuidando, y yo la cuido a ella. Esperaba que el resto de ustedes pudieran hacer lo mismo ya que no voy a estar ahí... Pero tienes razón. Yo también sólo puedo lidiar con ella en pequeñas dosis.
–Yo solo intento seguirle la corriente –ofreció Ginny–. Creo que he creado una tolerancia a ella desde que era pequeña. Pero Ron no va a saber qué hacer en clase.
De regreso en la Madriguera, Hermione tenía que empacar para regresar a casa. Le hubiera gustado quedarse más tiempo, pero iba a viajar a Francia al día siguiente para comprar sus útiles escolares y acoplarse al idioma antes de que comenzara el año escolar, así que no tenía mucho tiempo para socializar. Sin embargo, sí tenía el suficiente tiempo para descubrir que Bill jugaba ajedrez casi tan bien como Ron y tenía un estilo muy diferente para el juego. Después de que le ganó, ella sugirió que jugaran otra vez por correo, lo cual él aceptó.
Estaba determinada a continuar correspondencia regular con sus amigos mientras estaba lejos, y si tenía suerte, quizás obtendría algunos datos curiosos sobre el rompimiento de maldiciones.
Había pensado que sus padres no sabrían nada sobre el ataque cuando finalmente tomó la red Flu de regreso al Caldero Chorreante, pero había olvidado el hecho de que casi todos en el pub estarían hablando de eso. Como resultado, su madre estaba casi frenética cuando llegó ahí.
–Hermione –dijo Emma Granger, abrazándola–. Están diciendo que hubo otro ataque o algo así anoche. ¿Estás bien?
–Estoy bien, mamá –insistió ella–. Dobby me sacó de inmediato. –Más rápido de lo que me hubiera gustado, agregó en silencio.
–¿Pero qué ocurrió? –preguntó Dan Granger.
–¿Qué, quieres decir sobre el ataque o en general?
Los padres de Hermione intercambiaron una mirada preocupada.
–¿Acaso ocurrió algo más mientras estabas ahí? –preguntó su padre.
–Oh, nada importante. Descubrí que los magos no tienen sentido común en lo que respecta a los encantamientos desmemorizantes. Gané unas seiscientas libras en una apuesta, pero el corredor no pudo pagar, pero Harry me compró una cámara de video mágica que vale lo mismo por sí sola. Y ayudé a una elfina que había sido liberada injustamente a encontrar un nuevo hogar.
–Oh, Hermione –dijo su madre–. Y te preguntas porque no queremos que te quedes en este país.
–No, lo entiendo, mamá –dijo ella con tristeza–. A estas alturas comienzo a preguntarme porque me quiero quedar.
