Harry Potter es propiedad de JK Rowling.


Capítulo V: Un regalo para Anaïs

«A place where we both have individual minds

That melt into one clear thought once in a while.»

You make me feel good, Maria Mena.


21 de septiembre de 1971.

—Gracias por prestarme tus apuntes, Sirius.

—¿Vas a decírmelo cada vez que te los preste?

Sirius Black había aprovechado que tenían dos horas libres, antes de que tuvieran que ir a Pociones, y le había preguntado a Remus si continuaría traspasando las notas.

Remus hubiera terminado hacía días, si no tuviera que regresarle los cuadernos a Sirius cuando llegaba el día en que tendrían cierta clase en particular. Se podría apresurar si se desvelaba, sin embargo, disfrutaba de los momentos en los que se encontraba con Sirius, Rhys o Alice.

Sirius estaba haciendo garabatos en el reverso de la última página de Mil hierbas mágicas y hongos. No podía ver qué era lo que estaba dibujando con exactitud, pero deducía que se trataba de una especie de serpiente con dos cabezas que estaban devorando a otra. Remus reprimió un bostezo. ¿Por qué los profesores anotaban tanto en el pizarrón? Se volvía tedioso después de horas, o días en su caso; y sentía que no avanzaba nada, y el silencio de la biblioteca no le ayudaba a mantenerse despierto. Se hubieran quedado en la sala común sino fuera porque Damián y Peter seguían peleándose por…

Remus todavía no entendía a dónde se dirigía la disputa de ellos. Ojalá que no fuera tan seria.

—¿Eres hijo único? —preguntó.

El tema le tenía sin cuidado. Desde que había llegado a Hogwarts y se vio obligado a compartir una habitación, se dio cuenta que tener un hermano o hermana pequeña hubiera sido más difícil de lo que parecía. El inconveniente que todavía tenían se debía a que James estaba acostumbrado a dormir con las velas encendidas, y él entraba en una batalla campal con Damián porque él no soportaba ni la menor iluminación que pudiera haber. O Peter o Remus se quedaban despiertos, para asegurarse que ningún asesinara al otro. A Sirius, por su parte, le daba igual: la luz y el enorme bullicio que Damián y James hacían.

—No. Está Reg.

La sonrisa en el rostro de Sirius había dejado de ser altanera, para ser más cariñosa. Hasta casi se podía decir que feliz.

—¿Y cómo es él?

—Es el niño más simpático que conocerás.

—¿Todos son así?

—Tenemos el mismo apellido y el orgullo hasta la médula —respondió Sirius, que casi tan casado como Damián—. Mira, no quiero hablar de mi familia. Los amo, pero me vuelven loco a veces.

—¿Lo dices por tu madre?

—Lupin.

—Cuando supiste qué opinaba tu madre, te decaíste. ¿Fue por ella?

Sirius negó con la cabeza. Remus quería decir algo más, no lo hizo. Posó la mirada en la mesa mientras se preguntaba si había cometido un error al mencionar a la señora Black. ¿Qué tan mala podría ser? No lo quitó del tapiz, eso ya era un punto a favor de ella; además que Sirius quería a Reg. Lo quería entender pero ¿estaría haciendo lo correcto? Si se detenía a pensarlo, tenía que reconocer que no conocía nada acerca de sus compañeros.

Eran un completo misterio para Remus; y si había algo que Remus no soportaba, eran los misterios.

—¿Vas a ir a la fiesta de Anaïs?

—¿Qué fiesta?

—Necesitas estar más pendiente de tu alrededor, Lupin —dijo Sirius—. No es un secreto. Toda la sala común lo sabe.

—¿Y por qué la fiesta?

—Su cumpleaños, tonto. —Remus se quedó sin palabras. Sirius continuó—. Fue idea de Kara.

—¿Por qué le haces una fiesta a alguien que solo conoces por poco más de un mes?

—Haces demasiadas preguntas —dijo Sirius, viéndolo con extrañeza—. Es una fiesta, solo disfrútala.

La noticia de la fiesta le seguía tomando por sorpresa a pesar de que ya no le había dicho nada a Sirius. Remus no era tan distraído como Sirius pensaba que él era, sin embargo, le resultaba extraño que Kara hubiera tenido ese tipo de gesto con Anaïs; si él hubiera visto que Kara y Anaïs se llevaran tan bien como lo hacían Lily y Jessica, lo entendería. Siguió pensando en eso aun cuando ya había terminado con los apuntes de DCAO, ya que se preguntaba qué tipo de regalo le podría dar. ¿Un diario? ¿Una caja de ranas de chocolates? ¿Algo que a Anaïs le gustara, como un póster de quidditch? ¿O solo le deseaba un feliz cumpleaños? Se iría por la segunda, no tenía dinero para comprar nada; y aunque lo tuviera, no podía ir a Hogsmeade todavía.

—¿Estarás aquí para Navidad?

—No lo sé —dijo Remus—. No sé si mis padres estarán en casa.

—Yo tampoco me quedaré. Reg me odiaría si no estoy con él en Navidad.

—¿Y tú prima?

—Ella sí. Narcissa me dijo que las Navidades en Hogwarts son geniales.

Remus se quedó estático en el momento en que vio a la profesora McGonagall. Casi de inmediato recordó el desafío entre James y Sanders, y cómo nadie se había enterado en lo que había sucedido en aquel instante, o quién ganó al final. Era lógico que los profesores estuvieran investigando qué pasó para castigar a los responsables, no esperaba que le fueran a preguntar a cada estudiante para descubrir lo que sucedió. No pudo evitar que tragara en seco, ganándose una mirada curiosa de Sirius, que después giró medio cuerpo hacia atrás y la vio.

—¿Qué quiere contigo?

—No lo sé —dijo Remus, tratando de usar un tono de tranquilidad—. Solo hay una manera de descubrirlo.

—Te estaré esperando aquí… A menos que te lleve a la oficina de Dumbledore.

Remus se levantó, se encaminó hacia se encontraba la profesora McGonagall. ¿Por qué tuvo que faltar a la clase de DCAO? ¿Por qué se dejó convencer? Cuando estuvo en frente de la profesora, no supo qué le podría decir.

—Me llegó el aviso que cuatro de mis Gryffindor se ausentaron el mismo día en un lapso de la misma hora. —El tono de la profesora le dio a entender que ella lo sabía—. ¿Qué tiene que decirme?

Remus miró sus zapatos y jugueteó con sus dedos.

—No fue culpa mía.

—No estoy buscando una excusa, quiero una justificación. Y sé que usted no ha sido el responsable, señor Lupin. Y sí, usted compartirá el castigo con el señor Potter, el señor Wilson, la señorita Collingwood y la señorita Sanders.

—¿Cómo se enteró? —preguntó Remus.

—Tengo mis medios —dijo McGonagall—. El castigo será el próximo viernes, en su periodo libre; los estaré esperando en mi despacho. Ahora, continúe con lo que hacía.

Remus asintió, desganado. No podía creer que lo había castigado por algo que no había hecho; sí se había equivocado al faltar a la clase, pero solo lo hizo porque Rhys lo convenció. Al menos no estaría solo en el castigo. Estaba arrastrando los pies con los ojos fijos en el suelo, evitó tropezarse con la mochila de Sirius. Se sentó a la par de Sirius.

—Estoy castigado.

—Ajá.

Sirius estaba garabateando otra vez.

—¡Estoy castigado!

—Te oí la primera vez —dijo Sirius, que no le daba importancia que debería—. ¿Quieres un consejo? No pierdas la cabeza.

—¿Cómo te lo puedes tomar con tanta tranquilidad?

—Estoy acostumbrado. —Sirius colocó la pluma encima de su libro—. Fue uno de los temas que hablé con Potter en el vagón. Me gustó encontrarme con otro compañero de travesuras.

Sirius sonrió vacilante.

—Entonces, ¿por qué ya no se llevan? —dijo Remus, confundido—. Tienen algo en común y ya no se pelean.

Sirius no le contestó, solamente recogió sus pertenencias y se marchó sin dirigirle una sola palabra.

—0—

Había regresado al dormitorio cuando se aburrió de estar en la biblioteca y, una vez que terminó de traspasar los apuntes de una matera, empezó a hacer una lista con los posibles regalos que le podría dar a Anaïs y que podría conseguir sin salirse de los terrenos de Hogwarts. Era una completamente desconsideración presentarse a una fiesta, de la que acababa de enterarse, sin llevarle aunque fuera una flor. Un momento, ¿y si le daba una flor? En el invernadero al que iban no había ninguna especie de flor, pero estaba seguro que en los demás invernaderos que había, sí debía de estar una que le gustaría a Anaïs.

—Pero a dónde están los otros invernaderos.

—Te ayudaré.

Remus miró a James, que estaba acostado en la alfombra que había transfigurado hacía diez minutos. James se irguió, abrió uno de los cuadernos, cogió una pluma y empezó a trazar, en la última página, varias líneas que se cruzaban y conectaban entre sí, formaban cuadrados y rectángulos de diferentes tamaños que James iba señalaba al escribir los nombres y números, estos suponía que eran las horas.

Remus dejó la lista a la par de él, que contenía cinco de diez opciones tachadas.

—No estoy de que funcione, James. Tu última idea, que no fue tu idea, terminó con nosotros castigados un viernes.

—Esta vez no nos atraparán —aseguró James—. Es un plan infalible. Solo tenemos que seguir a la profesora Sprout mientras ella esté yendo al Invernadero 3, sé que hay las mejores y más peligrosas plantas, y esperar que la lección termine. Y, ahí lo tienes, ya puedes hacer lo que sea que quieras hacer.

—Pensé en el Invernadero 7, honestamente.

El Invernadero 7 se utilizaba como aula de las lecciones más avanzadas de Herbología, al nivel de los ÉXTASIS. Había una cerradura que solo podía ser abierta por la profesora Sprout; no había entendido qué podría haber de especial para que se necesitara ese nivel de seguridad, pero no lo preguntaría. No era algo que Remus necesitara saber en este momento.

—¿Quieres que sea posible o que te pillen en medio de tu fantasía? —preguntó James.

—Vale, vale. ¿Qué tienes en mente?

—Lo que ya te dije —insistió James—. Esperamos a que Sprout termine su clase, entramos al Invernadero 3, sacas lo que quieras y nos vamos.

—Suena simple.

—Suena estúpido —dijo Sirius, que llevaba un tiempo escuchándolos sin emitir su opinión —. Tendrás un castigo doble, Potter.

—Como si tú lo pudieras hacer mejor que yo —dijo James.

—Sí, lo puedo hacer. Y de hecho, lo haré. —Sirius se volvió hacia Remus mientras que James lo miró fijamente—. ¿Qué dices? ¿Mi plan o el de este tipo?

Remus posó sus ojos en Sirius, luego en James; en Sirius, después en James; para finalizar en un punto muerto de la recámara.

—No he oído el tuyo aun —susurró Remus.

—¿Y no crees que te estás tomando mucha molestia? —dijo Sirius—. Es Collingwood. Esa chica aceptará cualquier cosa que le des, aunque sea una vulgar tarjeta que diga «feliz cumpleaños».

Y así se murió otra opción para el regalo.

—Solo dile a tu madre que tienes una fiesta, que la cumpleañera es una chica, la edad que tiene y ella se encargará de todo —aconsejó James—. Mamá me enviará el regalo de Anaïs mañana. No sé qué será pero será genial.

—¿Y tú qué le darás, Sirius? —dijo Remus.

—Madre dice que no pierda mi tiempo con Collingwood.

—Sí, por supuesto que ella dice eso —dijo James soltando un bufido. Sirius puso los ojos en blanco—. ¿Y cuál es tu idea?

—Preguntar a Sprout si hay una planta que sirva como regalo para una chica, comprarla o comprársela y listo.

James le dio una colleja a Sirius.

—Qué ideas más raras tienes, Black.

—Si quieres sigue la idea de Potter, Lupin —propuso Sirius—. Iré con ustedes.

—Para comprobar que mi idea es mejor que la tuya —dijo James sonriente.

—No. Para ver la cara que pondrás cuando todo te salga mal; podría no ir, pero no es lo mismo escuchar lo qué te pasó que ver qué te pasó.

Las orejas de James se pusieron rojas mientras que le daba una tembladera del labio, Sirius le sonrió a James en el momento en que empezó a arrojar unos dardos a la diana, que Damián colocó para entretenerse cuando no quería levantarse de la cama, y falló tres de cuatro. Remus intentó, sin embargo al final se rio lo más bajo que pudo. James y Sirius estaban locos, bueno simpáticos y locos.

No les quería informar de la detención que tenía a sus padres, además, ¿qué daño hacía que no les dijera todo lo que les pasaba? No se trataba de un problema tan grande o del que necesitara algún consejo, a pesar de que seguía sin hacerle gracia y quería quedarse con Damián a solas para reclamarle por hacer el reto. Lo peor del asunto fue que ni siquiera asistió al desafío, sino que Damián se limitó a enterarse de lo que había sucedido cuando se lo preguntó a Russell, que no había dejado de mirar a James mientras que estaba contándole la historia.

Sirius y James se estaban peleando, arrojándose las almohadas y cojines que tenía al alcance. Cuando se fijó en que habían desordenado, más o menos, la cama de Peter, sacudió la cabeza, reprobando su comportamiento.

—Ustedes dos —dijo Peter, entrando a la recámara y viendo todo el desastre que habían hecho Sirius y James, quienes se detuvieron cuando oyeron a Peter—, ¿cómo se atreven? Espero que no pretendan que yo lo ordene.

—Los elfos domésticos se encargan de eso. —James rio, y se calló cuando Peter no lo imitó—. ¿Y si nos acompañas a nuestra nueva aventura? ¡Será divertido!

—No pienso eso —dijo Sirius— pero ya acordamos que los acompañaré. ¿Te nos unes, Pettigrew?

—¿Una aventura de qué?

—Es por un regalo para Anaïs —respondió Remus.

—No me interesa.

—¿Miedo? —dijo James en un tono acusador.

—No —respondió Peter—, Anaïs me vetó de su fiesta —finalizó, con un tono nervioso.

—Cuéntanos —dijo James.

—Todo es culpa de Damián.