Harry Potter es propiedad de JK Rowling.
Capítulo VI: La parte menos profunda de mí
«—Tendré que hablar con Newton mañana. Llega más tarde de lo esperado. —Habló con tanta lentitud, tanta seguridad que Eliza podía percibir los agudos bordes de sus palabras.»
Capítulo XXI, El jardín olvidado, Kate Morton.
21 de septiembre de 1971.
En verdad que Damián Long se las estaba ingeniando para ser el causante de los problemas que había entre ellos. No quería pensar en qué tipo de acciones había hecho para que Peter hubiera sido expulsado de la fiesta de Anaïs, aun cuando Peter ni siquiera se oyó como si hubiera querido participar del evento. Se comenzó a sentir más cansado de lo que había estado en los días previos a su transformación, lo que era una sensación a lo que ya estaba más que familiarizado, y se acostó boca abajo, apoyando el mentón en la almohada que había cambiado de lugar. Sirius se acomodó perezosamente en el baúl, se sentó encima del mueble y usó una pila de ropa, que sospechaba que no era de él, para hacer un soporte, donde apoyó la espalda.
—¿Fue un duelo de magos? —preguntó James, emocionado.
—No, por supuesto que no —respondió Peter en un tono casi cortante, para sorpresa de James—. No puedo hacer ningún hechizo bien —añadió en voz baja, casi en una queja.
—Entonces, ¿qué pasó entre ustedes? —dijo Sirius—. Damián es Damián, así que sí lo veo comenzando una pelea solo porque se aburrió; pero no a ti. Eres bastante parecido a Remus.
—¿Lo soy? —dijo Peter.
—Son los únicos que nos evitan como si Potter, Long y yo fuéramos sangresucia.
Se generó un abrupto silencio en la recámara, solo roto por los golpeteos que le daba Remus al suelo con las yemas de sus dedos. Si Sirius rechazaba a la gente solo por el estado de sangre que poseían, no quería descubrir qué haría si se enteraba que tenía a un licántropo por compañero de cuarto. Lo odiaría, lo repudiaría, haría que el Ministerio de Magia le diera caza y… No podía seguir pensando en negativo. Todo lo que tenía que hacer era tener extremo cuidado cada mes y no tendría nada por lo que lamentarse.
—Será mejor que Peter comience con su historia —dijo James con un tono amortiguado, que apretaba con demasiada fuerza uno de los tirantes de su mochila mientras tenía una sonrisa tensa en el rostro—. Ya estoy castigado, no dejaré que los ideales de Black me acarreen otro castigo. Además, papá ya me dijo que no quería que me metiera en problemas por asuntos como estos.
—¿Te parece que me importa? —Sirius bostezó—. Y no me importa si estás de acuerdo conmigo, ¿sabes? No es que esté obligado a ser tu amigo, afortunadamente para mí.
—¿Cómo me caíste bien cuando estuvimos en el vagón e insultamos a Snape? No lo sé.
—¿Y?
—Y que si tuviera que elegir quién me cae peor entre ustedes dos, no sabría a cuál escoger.
Remus observó por el rabillo del ojo a Peter, que se había quedado en silencio desde que los otros comenzaron a pelear. Desde que la ceremonia de selección había concluido, no, desde que ambos se subieron a los botes no habían vuelto a hablar. Al principio pensó que era por el nerviosismo, que entendió por completo, pero después no supo que Peter no se veía dispuesto a intercambiar más de dos palabras con los demás.
No lo quiso molestar atosigándolo con preguntas; además, Rhys y Alice eran compañías más agradables. Con ellos no sentía la imperiosa necesidad de hablar aunque fuera una única vez en toda la conversación.
—Damián me pidió que jugáramos al snap explosivo. Acepté, principalmente porque no tenía nada mejor que hacer y no quería morirme del aburrimiento en el patio —comenzó a relatar Peter, lo que causó que James y Sirius dejaran de discutir. Qué alivio—. La partida fue pasable durante creo que diez o veinte minutos, no lo sé, luego Damián sugirió que lo hiciéramos más interesante. Le pregunté a qué quería que hiciéramos y me dijo que hiciéramos una apuesta.
—¿Qué apostaron?
—El perdedor tenía que cortar una de las coletas de Jessica sin magia —le respondió Peter a James, dando un largo suspiro.
—¿Cortar una de las coletas? ¿Eso fue lo mejor que se les ocurrió? —dijo James—. Pero qué típico, mi amigo.
—No me llames «mi amigo».
—Tengo que estar de acuerdo con Potter. Eso fue muy típico, Pettigrew.
—Entonces yo le gané —dijo Peter—. Damián no se lo tomó nada, pero nada bien, pero tuvo que cumplir con lo que acordamos. Cogió la tijera que Russell estaba utilizando, se acercó a Jessica y le cortó una buena parte del área inferior del pelo. Me extrañó que no se hubiera hecho ninguna coleta, pero luego supe que no era Jessica, sino Kara.
—¿Cómo las pudo confundir? —dijo James.
—Bueno, ambas son pelinegras —respondió Peter, que se encogió de hombros—. Kara no se enfadó, se cabreó y gritó quién quería morir tan joven. Y, de alguna manera, yo tenía las tijeras que había utilizado Damián y Damián ya no estaba por ninguna parte. ¡Me culpó a mí! No supe qué decir, solo empecé a huir y a tratar de esconderme en la sala común y en nuestro dormitorio. ¿Por qué Kara sí puede subir a nuestro dormitorio pero no yo al de ella? Eso es injusto.
En definitiva no quería entender por qué Damián se comportaba de esta manera, ya que no le parecía que fuera del tipo de niño que temiera a las consecuencias. Remus no dijo lo que estaba pensando en este momento, dado que no quería meterse en un problema que no le concernía.
—¿Y te atrapó? —dijo Sirius.
—No. Apareció Anaïs, Kara le dijo que pasó y Anaïs me vetó de su fiesta.
—Pero, ¿le dijiste lo que pasó? —preguntó Remus—. No fue tu culpa.
—Lo intenté, me ignoró.
Peter bufó con exasperación. Se acercó a James y le quitó el bote de tinta que todavía estaba destapado, luego lo arrojó a la cama de Damián. El bote de tinta cayó y la mayor parte del líquido se derramó encima de las sábanas, causando una gran mancha irregular que también se salpicó en la almohada.
—0—
22 de septiembre de 1971.
Hacía unos minutos que descubrió que James Potter era bueno cuando se trataba de obtener la información que quería. Su compañero de cuarto se había acercado a él, justo cuando Remus estaba tratando de hacer el nudo de su corbata por quinta vez, y le dijo que tenían que volver a saltarse las clases para ir a espiar a Sprout. A pesar de que Remus estaba más de acuerdo con la idea de Sirius, ya que así se podía evitar otro castigo y evitaría que sus padres se enteraran de lo que su hijo hacía en Hogwarts, tenía que reconocer que era más atrayente ir a explorar el castillo. Por placer, no porque se había perdido y necesitaba encontrar el camino a su destino, como le había pasado en los primeros días.
El que Peter hubiera dicho «no me interesa» no significaba que le fuera a creer. Damián Long no se había dignado a asistir a la competencia entre Ashley Sanders y James Potter, pese a que fue él quien quería saber quién de los dos era más rápido.
—¿Estás escuchando lo que te estoy diciendo? —preguntó James, moviendo la mano delante del rostro de Remus.
—Eh… —Remus dejó de mirar una de las paredes, del salón de Historia de la Magia, y se volvió hacia él. James solo se había sentado a la par de Remus, por primera vez en el curso. Honestamente, Remus esperaba que lo hiciera cuando llegara la época de los exámenes—… Sí, lo hago.
—¿De verdad? —dijo James, que había ignorado deliberadamente al profesor Binns desde casi el inicio de la lección.
Remus, por su parte, había tratado de concentrarse en lo que decía el profesor. Estaba de acuerdo con Alice, al menos tenía que intentarlo para que no le fuera tan mal en los exámenes, sin embargo, ¿cómo no quedarse dormido en medio de la clase? El profesor Binns tenía una voz que hacía que todo sonara muy aburrido, aun cuando algún que otro tema le había llamado la atención, por diferentes razones. Al final, le iba a pedir ayuda a Lily Evans, una de los pocos estudiantes que no se distraía con facilidad en Historia de la Magia.
—¿Ya le informaste a Sirius a qué hora será?
—Fue lo único que me preguntó antes que nos fuéramos a dormir —dijo él— y me aseguré que Peter nos oyera, por si decide unirse.
—Supongo que no le dijiste a dónde sería. —James no respondió—. No quiero que Damián se entere. Nos meterá en problemas de nuevo; que si no es con la profesora McGonagall, es con nuestros compañeros de casa.
—Despreocúpate. Todo irá bien.
—Entonces, sí te oyó.
El buen ánimo de Remus decayó.
—No seas tan pesimista, Remus.
«Lo dices como si fuera tan fácil», pensó Remus.
Una vez que terminó la conversación, abrió Una historia de la magia y empezó a leer; tal vez así conseguiría entender aunque fuera un poco de lo que Binns estaba hablando. La clase se dio por finalizada en el momento en que Binns atravesó una de las paredes, sin despedirse de ellos. Remus tiró el libro dentro de la mochila, lo acomodó cuando subió el objeto a la mesa y la cerró. La última vez que no cerró su mochila, que fue ayer, vio que Sirius estaba criticando el ensayo que había hecho para Encantamientos. No supo qué hacer en ese entonces: si corregir lo que le señalaba, o regañarlo por andar tomando lo que no le pertenecía.
—Lily, espera —dijo Remus al ver a la niña salir del salón, que se detuvo e intercambió una mirada con él—. ¿Me ayudarías con Historia de la Magia?
La niña abrió un poco la boca, como si le fuera a responder, y rápidamente frunció los labios; el libro que tenía en las manos, cuyo título no reconoció pero estaba seguro que no se encontraba en la lista de útiles, y se llevó el libro hacia el pecho, en una especie de abrazo.
—Si eres amigo de James, pídele ayuda a él. Si no lo eres, nos pondremos de acuerdo para las tutorías —le dijo Lily con firmeza.
—No soy amigo de James, solo nos hablamos porque estamos en el mismo dormitorio —se explicó—. No es tan fácil ignorar alguien cuando le ves más veces de las que quisieras —añadió, pensando en Damián y en las manías que él poseía.
—¿Qué no entiendes de Historia de la Magia?
—Eh… ¿todo?
—Mejor hablemos de esto o en el Gran Salón o en la sala común —dijo Lily—, lo que tú prefieras. —Y se marchó.
Cuando Lily ya se había avanzado casi un metro, James colocó una mano en el hombro de Remus e hizo presión en él, como si estuviera nervioso o tenso. Al girarse, vio que James no apartaba sus ojos de Lily, que se había alejado lo suficiente para que no pudiera oír lo que sucedía detrás de ella, y se apartó un poco de Remus para poder seguirla viendo hasta que ella se perdió en uno de los pasillos del colegio. ¿Acaso James había escuchado lo que Lily había dicho de él? Desde que se habían peleado, si era que se le podía decir así, ni Lily ni Jessica le habían hablado a James, hecho que a éste no le había importado, ya que había ocupado su tiempo hechizando a los demás sin ninguna razón en particular.
Remus quería creer que James lo hacía por aburrimiento o porque alguien le había hecho algo, como Severus Snape y lo que había pasado en el vagón; sin embargo, todavía no le encontraba un tipo de justificación a James. No era lo que estuviera intentando de todos modos. Sirius, unos minutos después, también salió del aula mientras arrastraba los pies, y se distraía viendo a su alrededor con las manos cruzadas por detrás de la nuca.
—Lo echaste a perder, Potter —le dijo Sirius al aludido—. Lo que le hayas hecho, todavía la tiene cabreada.
—¿Y yo tengo la culpa de que su mejor amigo no sepa tolerar ni una pequeña bromita inofensiva? —se quejó James—. Es un exagerado. Y madame Pomfrey lo curó, no debería seguir despotricando por eso.
—Pero le importa, a diferencia de ti.
—Dice el niño que no le ha hablado a Lily porque, ¿cómo decías?, ¡ah, sí!, «es una sangresucia que no merece mi tiempo».
—Yo no he dicho eso —debatió Sirius, un poco enfadado—. ¿Y por qué te importa tanto? Para ser un sangrepura, le tomas importancia a asuntos que no son de tu incumbencia.
—¿Podemos concentrarnos en lo que haremos? —pidió Remus, queriendo detener la pelea que se avecinaba.
—Bien, bien, centrémonos en el plan. Pero no creas que nuestra discusión acabó ya, Black.
—Ugh, Potter. —Ahora fue el turno de Sirius para quejarse—. ¿Y qué si no socializo con sangresucias y traidores a la sangre? Es mi problema, no tuyo.
—No es correcto.
—No es la opinión de mi madre —contraatacó Sirius, lo que pareció silenciar a James.
¿Por cuánto tiempo James se guardaría su opinión para sí? No quería saber la respuesta, y estaba más que convencido de que Sirius no tendría la misma reacción que había tenido hacía poco. Aunque, al menos, esperaba y deseaba que no se encontrara con ellos cuando se retomara la discusión. Empezó a juguetear con su varita mientras que los tres emprendían el viaje al Invernadero 1, asegurándose de no toparse con ningún prefecto o profesor por el camino. A pesar de que se había hecho la idea de que no ganaría nada si vivía angustiándose por lo que hacían sus compañeros, algo que por lo visto era su pasatiempo favorito, al menos podría intentar el evadir a las autoridades.
Algo que no hubiera hecho antes, por lo menos no de esta manera ni por esta razón. Era un riesgo menor, se dijo Remus, y valdría la pena si Anaïs conseguía tener un buen cumpleaños, lejos de sus padres y con un buen puñado de estudiantes que solo se presentarían por la comida gratis. Oh, y el pastel; eso era lo más importante de la fiesta.
—¿Cuánto tiempo vamos a tener que esperar? —dijo Sirius, cuando ya habían llegado a la entrada del invernadero. James le hizo una señal para que se callara—.Olvídalo, ¿nos quedamos aquí afuera?
—Sería lo más conveniente, ya que así la profesora Sprout no nos vería —le respondió Remus—. Y sería toda una osadía tratar de entrar y/o salir sin que ella nos viera.
—Existen hechizos para hacernos indetectables.
—¿Y te sabes uno, Black?
—No, pero tú tampoco, Potter.
—Por favor, no nos peleemos mientras estemos en la misión —les pidió Remus interponiéndose entre ambos e impidiendo que se dieran a golpes, que ya había visto a James hacer aquel ademán—. Probablemente nunca entienda por qué es tan importante para ustedes todo ese tema de la pureza, no soy ese tipo de mago que se preocupa por ese tipo de cosas… —Y ahí se encontraba esa mirada analítica que siempre le daban antes de que Lyall, Hope y él tuvieran que buscar un nuevo domicilio donde vivir, y Remus puso todo su esfuerzo por no demostrar su nerviosismo a James—, solo terminemos con esto. Funcione o no funcione, creo que ninguno quiere ser pillado rápidamente, ¿oh, sí?
—¿Qué te parece si fingimos que nunca lo mencionamos? —propuso James.
—¿Ya no vas a inmiscuirte en mis asuntos?
—No te promeso eso —susurró James—; no dejaremos de pelear si no lo hacemos.
—Yo puedo dejar de pelear cuando yo quiera, no puedo decir lo mismo de ti —dijo Sirius.
—Solo digo que ni a tu madre ni a la mía les gustaría enterarse que nos peleamos por esto —dijo James, sonando más exasperado.
—Tienes razón.
—Entonces, ¿es un acuerdo?
—Sí, es un acuerdo.
—¿Me lo prometes?
Sirius vaciló antes de decir:
—Sí.
Cuarenta y cinco minutos transcurrieron mientras tuvieron que esperar a que finalizara la clase de la profesora Sprout, que les estaba enseñando a los de Slytherin. Se entretuvo inspeccionando los alrededores, notando que no había que pudiera atrapar su atención por demasiado tiempo. Sirius se sentó por detrás de donde la puerta se abría, apoyando la espalda en la pared y tarareando una tonada, de una de las bandas que se transmitían en la red inalámbrica mágica. James, por otra parte, había arrojado la colección de cormos que tenía al suelo, en frente de él, y empezó a recitar lo que sabía de ellos.
—¿Tienes todas las cartas? —preguntó Remus.
—Apenas empecé la colección el año pasado, todavía me faltan más de ochenta y cuatro para completarla —respondió, sonriente—. También tengo algunas repetidas pero esas… Creo que las tiraré, no me sirven para nada.
—O podrías intercambiarlas —dijo Remus.
James se llevó una mano al mentón.
—No lo había pensado.
En ese momento Sirius se levantó y tiró de James, para que este se pusiera en el mismo lugar donde él estaba. Remus vio a través del vidrio del invernadero, que no estaba cubierta por las plantas que habían dentro, que los de Slytherin estaban guardando sus cuadernos y quitándose los guantes. Remus también se escondió en donde estaban los otros dos.
—¿Les puedo ayudar en algo? —dijo la profesora Sprout, enviándole un escalofrío a Remus en toda la espina dorsal.
—¿Nos vio? —dijo James incrédulo.
—Estoy muy al pendiente de todos los estudiantes que están dentro y por los alrededores de mis invernaderos —respondió la bruja, que estaba imponiendo un respeto que no sintió que tenía cuando se presentó en su primera clase—. Espero que no estén tramando una travesura, o me temo que tendremos que hablar con su jefa de casa.
—Yo le quiero dar una planta como un regalo a una ¿amiga? pero no sé qué tipo podría ser —se apresuró a responder Remus.
—Un lirio, la dedalera, la escila, un cardo… Las opciones son variadas, señor Lupin —dijo Sprout.
—Gracias profesora, lo tendré en cuenta.
—Y a la próxima vez no me siga cuando se supone que tiene que estar en clases —dijo Sprout— y, por esta vez, lo dejaré pasar.
—Gracias.
—¿Y ustedes qué necesitan, señores?
Sirius y James solo se vieron entre sí.
—Solo me acompañaron —dijo Remus.
—0—
—Eso fue alucinante, Remus —dijo James.
Ellos estaban vagando por los pasillos mientras se dirigían al Gran Salón para el almuerzo; este debía ser otro camino que Remus no había descubierto antes y no sabía si en verdad era tan largo, o el hecho de venir desde el Invernadero 1 hacía que pareciera así.
—Si consideras alucinante que Lupin te haya salvado de otro castigo, no me sorprende —terció Sirius que no había dejado de sonreír con presunción, para molestia de James.
—Por los hongos de Merlín, ¿en serio eres tan quisquilloso todo el tiempo?
La sonrisa de Sirius se ensanchó cuando James se quejó, como si la situación le divirtiera.
—Creo que ya sé qué le daré a Anaïs —dijo Remus—. Le preguntaré a mamá si lo puede conseguir.
—Hablando de esa chica, ojalá que mamá me haya enviado mi regalo —dijo James—. ¡La fiesta es este fin de semana!
—Es el sábado, Potter. Una fiesta en Hogwarts no puede durar tanto tiempo, ni siquiera si es un baile.
—¿Ha habido bailes en Hogwarts? —dijo Remus, sorprendido.
—Es un evento que se realiza en Hogwarts en circunstancias excepcionales, tal como fue el Torneo de los Tres Magos que se suspendió en 1792 —explicó Sirius, que parecía un amplio conocimiento en esa área—. No se hacen bailes en Hogwarts por cualquier excusa que haya, independiente de la opinión que tenga el director o directora en turno.
—Un ejemplo de eso es… —trató de decir James fallando en el intento—. Sé que lo sé, pero lo he olvidado. —Se dio unos golpecitos en la cabeza.
—La dama Antonia Creaseworthy* fue una amante de los bailes ya que los realizaba con bastante frecuencia, antes de adoptar el título de directora de Hogwarts en 1597. A pesar su gusto incuestionable por los bailes, no trató de imponer ni un solo baile en el colegio durante la época en que ejerció su labor, que fue hasta su muerte en 1624.
—Se dice que el fantasma de la dama Antonia Creaseworthy está en Hogwarts —añadió James a la explicación de Sirius— pero no hay una prueba sólida.
Remus palideció y le recorrió una sensación muy fría en el momento en que James emitió un gemido fantasmagórico mientras movía sus dedos, como si estuviera intentando atrapar algo y ese algo hiciera un esfuerzo por escaparse.
—Ves fantasmas desde que llegaste a Hogwarts, ¿te dan miedo? —dijo James.
—No —dijo Remus tragando en seco—. Es que me ponen muy nervioso. Son aterradores.
—¿Es una broma, cierto? —dijo Sirius—. El Fraile Gordo es el fantasma más carismático y bueno que conozco. ¿Dónde te han dicho eso sobre los fantasmas?
—Crecí en un poblado muggle —dijo Remus, ahora asustado por el brillo lúgubre que había en los ojos de James y Sirius.
—Pues va siendo hora de que te olvides de todo lo que te han dicho esos ignorantes. —James bufó—. Que si alguno de los fantasmas que hay en Hogwarts te oye, no les caerás nada bien. En especial a sir Nick Casi Decapitado.
Remus asintió, cohibido.
Remus se separó de ellos cuando Lily Evans estuvo en su rango de visión y se sentó en el único puesto vacío que había al lado de la niña. Lily se volvió hacia él, con el entrecejo fruncido y pareciendo que reprimía un tipo de sermón hacia él. ¿Había notado que se saltó la clase anterior? ¿O había notado que entró hablando con James?
—No te atrevas a dejarme plantada en nuestras tutorías, Lupin —dijo Lily conservando la calma.
—Sí, ¿Evans?
—Solo Lily, por favor.
Durante el periodo del almuerzo, Lily y Remus acordaron todo lo necesario para la tutoría pudiera comenzar.
*El nombre de esta señorita apareció en el Mapa del Merodeador en la película de Harry Potter y el Prisionero de Azkaban. Y como Rowling explicó que todos los retratos en Hogwarts representan a personas fallecidas, he aquí mi teoría.
El Invernadero 7, por cierto, no es de mi invención; apareció por primera vez en el videojuego de Harry Potter y la Piedra Filosofal y se dice que se utiliza para lecciones avanzadas de Herbología.
