Harry Potter es propiedad de JK Rowling.


Capítulo VII: No, en absoluto, amigos

«—¡Buenas noticias, Grayson! —grita.

—Las buenas noticias para alguien son siempre malas noticias para alguien más —respondo.»

Capítulo V, Will Grayson, Will Grayson, John Green & David Levithan.


24 de septiembre de 1971.

Las tutorías con Lily Evans fueron más extenuantes de lo que le hubiera gustado; por alguna razón que escapaba de su comprensión, la niña se había tomado muy en serio la tarea de que Remus aprendiera todo lo que necesitara saber acerca de Historia de la Magia, obligándole a memorizarse detalles que no sabía si algún día le serían de utilidad, tal como fue la última revolución que hicieron los duendes o la fecha en que Grindelwald fue derrotado. Para ser adheridos a un Ministerio de Magia que solía restringir cierto tipo de noticias, no había reformulado el temario de los de primer año.

La parte positiva fue que Lily solo era su tutora para esa asignatura; de lo contrario, ya estuvieran escogiendo las flores para su funeral. Lo peor había sucedido cuando Lily se enteró de que había pedido los apuntes de Sirius al inicio del año y que todavía no había terminado de traspasarlos a sus cuadernos. Lo había encerrado durante horas en la biblioteca, el lugar más silencioso del mundo y le prometió que no lo dejaría salir hasta que le demostrara que había concluido. ¿Se podría imaginar lo agobiante que se volvía solamente escuchar el rasguñar de las plumas encima del cuaderno durante más de dos horas, o el sonido que las páginas hacían cuando las volteaba?

—Lo primero es lo primero, termínalos —le dijo Lily divertida, no obstante, con una vocalización que le dejó ver que no tenía ni voz ni voto.

—¿Y si lo hago mañana? No me has explicado nada.

—Ajá, ¿y me recuerdas cuánto tiempo llevas en la misma materia? Black debe de extrañar sus cuadernos.

—Eso no es cierto —debatió.

Ni siquiera le importó que le hubiera pedido un descanso para merendar, o que madame Pince le hubiera hecho mal de ojo cuando le vio abriendo una bolsa a medio acabar de varitas de regaliz. Esas eran de Jessica, quien se las regaló a Remus porque no le gustaba el sabor que tenían. En las exactas palabras de Lily: era poco lo que le faltaba y la actitud que Remus tenía solo ralentizaba el trabajo.

Al menos, este día no tendría tutorías con Lily; y eso sería un alivio si no tuviera que lidiar con el castigo que les daría la profesora McGonagall. Con lo estricta y seria que se veía en los salones, en cualquier parte en donde McGonagall estuviera, temía por sí mismo. Ahora no parecía tan relevante el hecho de que se llevaría a cabo en una magnífica tarde de un día viernes, donde le gustaba estar el patio en compañía de Rhys y Alice y, ocasionalmente, con Sirius.

Había tenido mucha suerte de que Sprout no le hubiera mencionado la pequeña aventura a su jefa de casa, quien no hubiera interpretado nada bien que se hubiera escapado de clases, otra vez y con un corto margen de tiempo. Aunque fuera solo para hacer una pregunta que se pudo haber hecho de otra manera.

Remus y Alice habían finalizado su respectiva jornada lectiva, así que se estaban descansando debajo de uno de los árboles del patio, ese que estaba cerca del campo de quidditch. Alice estaba tratando de transfigurar unas cuantas páginas de papel en animales, usando el encantamiento que el profesor Flitwick les había enseñado, pero solo conseguía que adquiriera un cuarto de la apariencia que debería tener antes de regresar a su forma original. Remus estaba recitando las características de los arbustos puntiagudos; no era la lección que seguía, sin embargo, Kara sufrió por ese arbusto al haberse acercado demasiado, motivada por la no siempre buena curiosidad.

—Tú y yo, con problemas en clases. —Suspiró desganada Alice, tirando la varita al aire e intentando agarrarla cuando descendía—. Creo que debí prestar atención a Flitwick.

La vio con aire comprensivo, suponiendo lo difícil que era concentrarse en ocasiones y, en particular, cuando la lección se tornaba complicadísima de soportar; no necesariamente porque fuera aburrida, por el profesor que no sabía cómo tenía que explicarse o por las interrupciones que a veces se daban. Este era el caso que se repetía en DCAO, donde Haywood tenía que soportar los comentarios pedantes de Anaïs. Anaïs ya les había hecho perder unos puntos, lo que no parecía que le importara demasiado.

—Hola, Lupin —saludó Sirius.

—Oye, Sirius, pensé que ya no te nos unirías.

—¿Qué? —Remus giró con rapidez su cabeza hacia Alice—. ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Qué me perdí?

—Desde que te estuviste en la enfermería, Sirius y yo nos hicimos unidos… Lo más unidos que podemos ser cuando él suele perderse por ahí y yo cuando estoy con Rhys —contó Alice—; quizá no tengamos mucho, y con mucho digo nada, en común, pero ¿qué más da? Tenemos siete años para saber qué pasatiempo podríamos compartir.

—Madre aprobó que me juntara con Taylor —dijo Sirius— y añadió que siguiera teniendo el buen gusto para escoger amistades.

—¿Eso en serio? —dijo Alice.

—Sí.

—No sabía que la señora Black conociera a mis padres.

—Digamos que ha oído hablar muy bien de ellos.

Si Remus se consideraba pasable a la hora de dar respuestas evasivas, era porque no había conocido a Sirius Black. No podía imaginar cómo sería vivir con una madre que parecía regir cada aspecto de la vida de su hijo, aunque este no se diera. No obstante, no era apropiado que se entrometiera; además, las opiniones de Sirius hasta ahora no le habían causado problema a nadie. Bueno, a nadie que no fuera James, que no estaba para nada complacido cuando Sirius decía lo que pensaba, o hacía lo que le habían enseñado, o no se juntaba con las personas por su estado de sangre, o… Ahora que lo pensaba, James no parecía estar nada de acuerdo en ninguna de las actitudes de Sirius. ¿Sería posible que algún pudieran hacer las paces? No, no creía que fuera pasar.

—¿Te gusta el quidditch? —dijo Alice.

Remus iba a contestar pero notó que la pregunta iba dirigida a Sirius, que dejó de ver cómo unos alumnos mayores competían por ver quién subía más rápido por aquel árbol, que de lejos lucía más alto que el Sauce Boxeador.

—Sí, padre me llevaba a los campeonatos de quidditch sin falta. —Sirius sonrió y reprimió una risa—. En el primer campeonato al que asistió Reg, descubrimos que él no iba a ser ningún jugador de este deporte ni mucho menos un fanático. Quizá fue cosa de la edad, lo que no creo que fuera así.

—Dime qué pasó.

—El partido de los Tornados acababa de empezar; madre, padre, Reg y yo estábamos en nuestros asientos del palco de invitados. Originalmente tía Druella iba a ir con toda su familia, ya que era un premio a las excelentes calificaciones de Andrómeda en sus TIMO.

—Y alguien lo echó a perder —adivinó Remus, que se interesó en la parte de «excelentes calificaciones».

—Específicamente Bella, que llevó su amante a la casa solo porque tía Druella le vetó el verlo hasta que mejorara sus calificaciones. El plan le hubiera salido bien, de no ser por Narcissa que cedió a la presión y le contó a tía Druella. Y si Narcissa cedió a la presión, no quiero imaginar el grado del enfado que tenía tía Druella cuando lo descubrió. Y tampoco cómo lo descubrió.

—¿Y las castigó a las tres?

—Bueno, hubo una vez en que solo a Bella la castigaron por hurgar en el clóset de tía Druella. Y no fue por hurgar en el clóset, sino porque pretendía ponerse el nuevo vestido de tía Druella… —Sirius negó con la cabeza, con una sonrisa aún más divertida en el rostro y, quizá lo imaginó, pero también con una pizca de orgullo—… No sé cómo Bella se consiguió la poción multijugos. Si ella la fabricó o si la pidió de contrabando a su amante o novio que no nos quiere presentar. Ella y Andrómeda se cambiaron de puestos, por el simple hecho de que Andrómeda tenía permiso de asistir a la fiesta de una de las amigas de Bella. Una tal Parkinson.

—¿Y las descubrió?

—No, Taylor. Tía Druella todavía sospecha de lo que hicieron sus hijas, pero solo lo sabemos cuatro personas. Ellas nos lo dijeron. Es su jugarreta favorita.

—¿Quiénes? —volvió a preguntar Alice.

—Mi tío Alphard, mi tío Cygnus, madre y yo.

—¿Qué? —dijo Remus—. ¿La señora Black también?

Sirius se escogió de hombros.

—Madre dijo que no era problema suyo el que sus sobrinas hubieran engañado a tía Druella —respondió—. Sé que estuvo orgullosa de ellas. Fue algo digno de Slytherin. Muy suicida, pero digno de Slytherin.

—Mis padres me castigarían de por vida si yo me escapara de casa. —El tono de Alice se volvió tembloroso y la piel de ella palideció de manera considerable—. No quiero ni pensar qué me harían si tuviera un novio a escondidas. ¿Y no es lo mismo novio que amante?

—Novio es legal, amante es ilegal —dijo Sirius despectivamente.

—¿Y no siguieron insistiendo en saber quién es él? —dijo Remus.

—Es que se ganó el respeto de tía Druella por el hecho de soportar por más de una semana el carácter de Bella. Y no hace falta ni preguntar qué estado de sangre tiene: ni Bella ni Andrómeda y, qué loco el pensamiento, tampoco Narcissa se fijarían en ningún sangresucia o traidor a la sangre.

Alice se llevó una mano a la boca, a la vez que daba un grito ahogado y abría los ojos de par en par. El que James hubiera reaccionado de esa manera le pareció que fue, sin ir más lejos, por el hecho de que ellos no se llevaban bien; no obstante, ahora pensaba que «sangresucia» era un tipo de ofensa más seria en el mundo mágico de lo que había deducido. Alice se humedeció el labio con la lengua, se le quedó mirando a Sirius sin hacer nada que apartar sus ojos de él para volver a enfocarlo, y así sucesivamente.

—¿Qué te pasa, Taylor? Ese gesto tuyo es desconcertante —comentó Sirius que se tardó unos segundos en decir la última palabra, como si no supiera que esa era la adecuada para describir la situación—. Dime que no es por el hecho que dije «sangresucia». No es la primera vez que alguien en el mundo mágico la dice. Por amor a Merlín, ya deberían haberse acostumbrado.

—El término «sangresucia» es muy despectivo —recalcó Alice. Por la vacilación que hubo en su tono de voz, quería decirle algo más.

—Sí, lo sé. No la dejaré de usar solo porque a ustedes no les gusta. —Los observó de reojo levantando una ceja—. Si quieren estar conmigo, tendrán que soportarlo.

—No es lo correcto, no cambiarás mi opinión; pero, supongo que tienes razón —dijo Alice—. Tendré que soportarlo.

«Y ojalá que algún día cambies tus maneras». Remus percibió aquel final colgando de la frase, en una promesa silenciosa que Alice se había hecho a sí misma. Sirius solo asintió, sin añadir nada a la conversación y se reclinó en el árbol, cubrió su rostro utilizando el libro que Alice estaba usando como soporte, para sostener el pergamino donde apuntaba las posibles maneras en que se decía el encantamiento. Alice dijo algo entre dientes que no alcanzó a oír, lo que supuso que debió ser algo como que Sirius era un aprovechado.

—¿Sabes a qué hora será la detención?

—¿Se te ha olvidado, Lupin? Aparecía en la carta.

—Creo que no llegué hasta esa parte —dijo Remus que sentía que las manos se le ponían sudorosas—. De hecho, no llegué más allá del saludo; es la primera vez que recibo ese tipo de cartas y McGonagall estaba tan enfadada cuando me lo dijo, así que pensé que la envió para seguir regañándome.

—Suena a algo que harían las madres, no una profesora —dijo Alice.

—En todo caso enviarían un vociferador —corrigió Sirius.

—¿Te han enviado uno? —dijo Alice—. Yo nunca he recibido uno, pero André lo recibió en el desayuno porque se le olvidó traerse los guantes protectores.

—Madre no se rebajaría a ese nivel —dijo Sirius—, solo me sermonearía cuando regresara a casa. O tal vez lo haría Narcissa, ya que probablemente algún día se acerque a mí.

—¿Todavía no lo ha hecho? ¡Llevas casi un mes aquí!

—Está estresada por los TIMO. Andrómeda se está preparando para los ÉXTASIS, que los hará dentro de un año. No espero que alguna interactúe más de lo necesario.

—Entonces, ¿sí has hablado con Andrómeda? —preguntó Remus.

—Andrómeda dijo que me seguía queriendo aunque estuviera en Gryffindor, en la noche en que fui seleccionado —contó Sirius con una tenue sonrisa en el rostro y con un tono cariñoso, casi el mismo que utilizó cuando mencionó a su hermano menor hacía tiempo—; Andrómeda es mi prima favorita. Si había una reacción que me preocupara tanto como la de madre, es la de Andrómeda. De Narcissa, por si se lo preguntan, todavía no sé qué pensar. No quiero acercarme aun pero…, pero sí quiero saber qué piensa de mí. Ahora, que todo ha cambiado.

—¿Y qué hay de tu padre? —dijo Alice, que había notado la omisión al señor Black.

—¿Él? —dijo Sirius en un aire casi escéptico—. Tendría que, no sé, ¿ser novio de una sangresucia? para que esté decepcionado de mí. Y eso no pasará.

—Nunca digas nunca.

—Lo digo por las niñas, Taylor. Ellas son raras.

—¡Yo también soy una niña! —protestó Alice, inflando sus mejillas.

—Y yo tengo tres primas, una madre y una tía y todas son igual de raras. Solo cambia el nivel de rareza, sobre todo cuando están… —Sirius se detuvo, miró a Alice y se alejó a una distancia prudencial de ella—. Lo descubrirás en unos años. O en un año, no sé, dependerá de tu suerte.

—¿Qué? —dijeron Remus y Alice.

—Este es el tipo de conversación que los padres tienen con sus hijas; y yo no soy ni un adulto, ni un padre, ni tú eres mi hija y no la voy a tener contigo. —Sirius se estremeció—. Tío Cygnus me odia. Y ya me reiré yo de Reg cuando a él le pase lo mismo. Y si tiene mi suerte, de lo que estoy muy seguro, no llegará a Hogwarts sin saberlo.

—Te juro que no te entiendo, Sirius —dijo Alice, más confundida que antes.

Sirius, que no se había sentado desde que se cambió de posición, posó sus ojos en Remus y le hizo un ademán para que se levantara.

—Es hora de cumplir con el castigo.

—No sabía que tú estabas castigado —le dijo Alice a Sirius mientras que Remus simplemente estaba viendo la interacción entre ellos, luego de que se había detenido—. ¿Fuiste y luego te atraparon?

—No, Potter dejó la carta tirada por ahí y yo la leí. Era eso u oír la discusión de Pettigrew y Long. Y esos dos están un poco pesaditos.

—Bueno, en lo que Remus se divierte en su castigo, yo trataré de descifrar cómo se hace el encantamiento. —Alice vio el pergamino—. Y si no puedo, le pediré ayuda a Flitwick.

Pensando que un castigo no tenía nada de divertido, se dirigió al despacho de McGonagall. Supuso que Sirius lo acompañaría y le haría apoyo moral, se equivocó. Sirius se quedó hablando con Alice, de quien sospechaba que terminaría preguntándole a Flitwick sin haberlo intentado al menos. En todo el trayecto, caminó arrastrando los pies y ligeramente encorvado hacia adelante, las manos le sudaban a pesar de las frotaba sin parar entre sí; veía cómo los demás se divertían en los pasillos, algunos haciendo hechizos o planeando cómo se entretendrían durante las horas que quedaban. Se lamentó de la mala suerte que tenía. Llegó a la entrada del despacho de la profesora McGonagall y ahí se topó con Rhys.

El muchacho estaba parado, tamborileaba los dedos encima de un brazo y se movía de un lugar a otro, pese a que no avanzaba. Cuando los ojos de Rhys enfocaron a Remus, le sonrió como si se estuviera disculpando con él por haberlo metido en este problema. Remus negó con la cabeza. Rhys tenía suficientes problemas lidiando con sus propios nervios, así que Remus no le daría más inconvenientes. Procedió a echarle un vistazo al interior del despacho, sin ingresar, y se encontró con que solamente Sanders no había llegado aún. James estaba reorganizando los pocos que McGonagall tenía en el escritorio mientras que Anaïs farfullaba acerca de que esta no era la manera en que esperaba pasar el día previo a su cumpleaños.

—¿Y la profesora dónde está? —dijo Remus captando la atención de James, que dejó su labor y se volvió a él.

—Está, bueno, estaba resolviendo un problema que surgió entre Sanders y uno de los jugadores —dijo James—. Fue todo lo que pude oír antes de que McGonagall me dijera que me esperaría aquí. Quisiera saber qué pasó.

—Como si te lo fuera a decir —dijo Anaïs, que puso las manos en su cadera con un creciente mal humor. De hecho, al menos no estaba pasando su cumpleaños a punto de cumplir un castigo; lo más seguro era que eso la disgustaría más—. Bueno, por lo menos Kara se está encargando de los preparativos para mi fiesta mientras que yo supuestamente tendría que estar en la lechucería para recibir el pastel que me enviarían mis padres. Gracias, James Potter.

—¡No fue culpa mía que tú anduvieras de cotilla! —se defendió James.

—Sí, lo fue

Anaïs le respondió articulando cada palabra lentamente, haciendo una pausa entre cada como si le estuviera diciendo a un niño pequeño que dos más dos eran cuatro.

—No eres la única que está castigada, y sí eres la única que se está haciendo un escándalo por nada —dijo James—. Inclusive el amigo Hufflepuff de Remus está más tranquilo que tú.

—Mi nombre es Rhys Wilson —dijo Rhys fastidiado—. No soy el acompañante de nadie.

—No sabía tu nombre —dijo James, lo que no sonó como una disculpa—. Y no te preocupes por tu pastel. Los elfos domésticos te harán un pastel si se los pides.

—¿Estás seguro de eso? —le dijo Anaïs. James asintió—. Ahora sé qué haré después —añadió, más animada.

La profesora McGonagall ingresó al despacho en compañía de Sanders, que se veía un tanto agotaba y estaba terminando de beber de una botella de agua. La ropa de la capitana lucía sucia y un poco rota, como si se hubiera revolcado en el jardín y se hubiera estrellado en un rosal; además que, por una vez desde que la conocía, no andaba la clásica y mal hecha coleta alta. ¿Se metió en una pelea con aquel compañero de juego? Lo descartó de inmediato. ¿Alguien se peleó con ella? Lo descartó aún más rápido. Lo siguiente que notó fue que Sanders tenía el brazo izquierdo vendado hasta el codo con una mancha rojiza que se estaba expandiendo lentamente en toda la venda.

¿Acaso Sanders había ido directamente al despacho, en lugar de visitar la enfermería para que Pomfrey la curara? Si este era el caso, no entendía por qué lo había hecho. Hope le había enseñado que nada era más importante que la salud de uno mismo, lo que Lyall había confirmado cuando Remus tenía cuatro años y se había tropezado en las escaleras de la casa y, convencido de que no lo iban a notar, continuó jugando a pesar de que se había lastimado.

—Organizar una competencia en el campo de quidditch sin la autorización de Hooch o la mía —comenzó la profesora—. No esperaba tener alumnos en mi despacho antes de que finalizara septiembre pero, como viene siendo lo habitual, he subestimado las aptitudes de mis Gryffindor para quebrantar las reglas.

—De nuevo, lo lamento profesora. No pretendía que esto sucediera —se disculpó Sanders siendo la única en recuperarse del tono utilizado por la profesora.

—Disculpa aceptada, señorita Sanders —dijo McGonagall.

—¿Estamos libres del castigo? —preguntó Rhys sonando esperanzado.

Sanders lo miró como si le dijera a Rhys que era adorable.

—No. Señorita Collingwood y señor Lupin, ustedes se encargarán de organizar el despacho de Sprout. —Ambos no pudieron hacer más que asentir—. Señor Potter, usted ayudará al celador a limpiar los placas que tienen en su oficina. Sin quejas. —James cerró la mandíbula y apretó los puños—. Señor Wilson, irá con Pince; ella le dirá qué hacer. Y señorita Sanders, usted limpiará las mazmorras.

—¿Tengo que ir con madame Pince? —le susurró Rhys a Remus casi tartamudeando antes de mencionar el nombre de la mujer—. Creo que preferiría limpiar las mazmorras.

—Madame Pince trabaja en una biblioteca. Son estantes y estantes de libros, ¿cuán difícil puede ser? —dijo Remus.

—Si lo veo así… —dijo Rhys todavía inseguro—. Vale, te creeré.

Remus le palmeó el hombro a Rhys mientras salían del despacho de McGonagall, seguidos por los otros tres. Mientras Rhys, James y Sanders se iban cada uno a cumplir con su respectiva sentencia, Anaïs estaba pisoteando repetidamente el suelo con la suela de su zapato.

—¿Estás bien?

—No, no estoy bien. ¿Cómo iba a estar bien cuando estoy castigada? Debería de estar con Kara, haciendo los preparativos para mi fiesta. ¡No aquí! —se quejó Anaïs. Dio un pisotón más fuerte que los que ya estaba dando, lo que provocó que su pie se ladera en una dirección y que Anaïs tuviera que apoyar una mano en la pared para no caerse. Anaïs se quitó el zapato y lo vio: la suela se había roto—. Perfecto. Sencillamente perfecto.

—Todo estará bien.

—No puedes saber que todo estará bien, no lo deberías de decir —dijo Anaïs—. Ahora vámonos con Sprout. Mientras más rápido terminemos, mejor para mí.

—Sí, Anaïs.

—Y no vuelvas a usar ese tono condescendiente conmigo.

—¿Cuál tono condescendiente?

Anaïs no le respondió sino que continuó con su camino, sin siquiera esperar a que él la alcanzara para que llegaran al mismo tiempo al despacho de Sprout. Podía entender el motivo del enfado de Anaïs y que ella no estaba pasando el mejor momento de su corta vida. No había una persona cuerda a la que le gustaría; en fin, entrando en otro asunto, ¿qué tan caótico era el despacho de Sprout para que ese fuera su castigo? No podía ser peor que su recámara luego de que alguno hacía alguna travesura —entiéndase James— o cuando revolvía todo para encontrar lo que se le hubiera perdido —normalmente Peter—.

Le gustaría estar conversando con Anaïs, no obstante, dudaba que ella se tomara a bien el menor intento social que proviniera de él; por lo que se concentró en seguir el ritmo que tenía Anaïs y prepararse para lo peor. En cuestión de minutos ambos pudieron ver que la profesora Sprout se encontraba a la entrada de lo que debía ser su despacho. La profesora Sprout les indicó que pasaran adentro sin dirigirle más que un saludo cordial, que a Remus le pareció un poco forzado. O quizá solo hubiera sido su imaginación jugándole una mala pasada.

Se le fue el aliento al instante en que observó el interior del despacho de la profesora y, a su vez, se preguntó cómo había podido trabajar en semejantes condiciones en las semanas que llevaban en Hogwarts. La estantería de cuatro niveles, que era el lugar donde se suponía que debían ir los libros, lucía chamuscada y mojada, y parecía que se caería a pedazos si alguien le ponía un dedo encima. En el extremo opuesto de la habitación había una serie de macetas que se habían caído, quedando rotas y con la tierra esparcida por varios azulejos; una parte de la flora, por su parte, se veía en el mismo estado que las macetas: destruidas, con pétalos caídos, raíces sueltas y esparcidas por doquier. El escritorio de Sprout era el único lugar donde no parecía que había pasado algo, pero Remus no se acercaría para averiguarlo.

El resto del recinto presentaba las mismas condiciones.

—Le juro que nosotros no hemos hecho nada, profesora —se apresuró a decir Anaïs, temerosa de que alguien les echara la culpa—. Tiene que creernos.

—Les creo, señorita Collingwood —dijo Sprout—. Mi despacho amaneció así esta mañana; y mientras ustedes se encargan de la organización, yo estaré buscando a los responsables.

—¿No hay nada peligroso aquí, cierto? —preguntó Anaïs.

Remus fijó los ojos en lo que quedaban de las flores. La forma en que estaban tiradas no le parecía que era una casualidad, pero se guardó su opinión. Quizá la profesora ya lo sabía.

—No se preocupen. Me encargué de que no hicieran nada peligroso.

—¿Tiene alguna idea de quién pudo haber hecho esto, profesora? —le dijo Remus.

—Tengo mis sospechas, señor Lupin. Además que no tienen permitido el uso de la magia y sabré si la han utilizado.

Aunque la profesora Sprout se retiró del despacho para iniciar con la investigación, no les confiscó las varitas. Sprout estaba segura que ellos no iban a intentar utilizar la magia. Mientras que Anaïs limpiaba el área donde se suponía que iban las flores, Remus recogía los libros, los revisaba y organizaba en orden alfabético. Había muchos títulos que le causaron curiosidad o interés y otros que le dieron repulsión, que se apuró a dejarlos encima del escritorio e intentó olvidar lo que decía.

Casi dos horas después terminaron de hacer todo el trabajo en el despacho de Sprout. Anaïs fue la que más feliz estuvo cuando notó que no quedaba nada más por hacer, se fue a buscar a James para que le dijera a dónde podría encontrar a los elfos domésticos; bueno, si James ya había terminado su parte del castigo. Remus, por otra parte, se quedó afuera del lugar sin saber qué más podría hacer o a dónde podría ir en el escaso tiempo que le quedaba, antes que anocheciera y se volviera imposible andar por los pasillos sin extraviarse.

—¡A ti te estaba buscando, Remus, ¿cuál es tu segundo nombre?, Lupin!

Rhys se oyó jadeante y como si hubiera estado corriendo en un triatlón. Remus se quedó confundido ya que no entendía por qué Rhys parecía haberse enfadado con él; cuando Rhys estuvo en el rango de visión de Remus, pudo distinguir que se veía, en una curiosa mezcla entre, enfadado e histérico.

—¿Qué hice? —Remus se calló. Rhys se había detenido delante de él y le miró con el entrecejo fruncido, se masajeaba uno de los hombros con sumo cuidado, como si le dolía el simple hecho de poner la mano encima. ¿Se había lastimado?—. ¿Rhys, qué pasó? ¿Qué te sucedió en el hombro?

—Libros —respondió—. Montones de libros.

—¿Ocurrió algo en la biblioteca? —dijo Remus un tanto sorprendido.

—No volveré a ver los libros de la misma manera —dijo Rhys que movió los ojos hacia un punto vacío en el pasillo, como si estuviera recordando lo que pasó mientras estaba en la biblioteca—. Son un peligro para mí y madame Pince tiene un carácter muy intimidante.

No podría haber sido tan malo. El castigo de Rhys solo consistía en ayudar a madame Pince en una simple biblioteca, ¿en qué clase de problemas Rhys se pudo meter? Remus sacudió la cabeza de un lado a otro mientras que Rhys bufó exasperado, tratando de recuperar el aliento y tirándose al suelo.

—¿Qué te pidió que hicieras? —dijo Remus.

—Madame Pince se volvió loca cuando vio que me equivoqué en uno que otro título, cuando los estaba poniendo de nuevo en los estantes. ¿A quién le importa que no lo pusiera en el orden que ella quería? Nadie más lo hace.

—¿Y luego te cayó un libro encima?

—Un puñado de libros. —Rhys se rascó la mejilla con una sonrisa tensa—. Traté de ayudarme usando el wingardium leviosa.

—Está mal dicho.

—¡Ya lo noté! Lo peor fue que tuve que iniciar de nuevo, con madame Pince vigilándome muy de cerca.

En realidad, la reacción de madame Pince era comprensible aunque a Rhys no le iba a gustar que se lo dijera. Era muy importante que no se anduviera equivocando en la pronunciación de los hechos ya que no se podía saber en qué momento podrían resultar ser útiles, o en las consecuencias que se darían en caso que se dijeran mal. No tenía muchos recuerdos de aquella fatídica noche en la que Fenrir Greyback lo convirtió en un licántropo, sin embargo, lo que nunca podría olvidar fue lo que Greyback le había dicho antes de romper el vidrio de la ventana y entrar en la recámara, que estaba en el segundo piso, y se abalanzara hacia él, dispuesto a morderle en plena luna llena: «ahora quién es el que merece la muerte».

Los ojos de Fenrir Greyback habían centellando de rabia y el tono de voz cargado de malicia que utilizó lo asustó. También intentó escapar hacia la seguridad que le brindaban sus padres, no llegó lejos, según recordaba. Lo más seguro fue que dio un par de pasos en aquella dirección antes de que Greyback lo aprisionara y, justo después de que vio los colmillos que Greyback tenía, gritó. Gritó tan alto y tan fuerte como nunca antes lo había hecho, mientras volvía a correr para buscar un sitio en el que pudiera esconderse. De ahí, todo lo que había sentido era dolor y agonía; lo que le siguió fue unas risas escandalosas, como si Greyback hubiera cumplido con el objetivo que había tenido.

De ahí estuvo varias semanas internado en el hospital San Mungo. Remus solo recordaba haber estado ahí casi dos semanas, pero luego se enteró que estuvo un mes entero bajo el cuidado de los sanadores y con las constantes visitas de sus padres. Si Hope no aparecía, Lyall se presentaba y se negaba a irse hasta que el sanador en turno le obligaba a irse. Lyall se vio tan dolido por el estado que Remus había tenido durante aquel tiempo, que le preguntaba qué quería que le diera y le prometió que se lo compraría. No supo cuál fue la versión de los hechos que sus padres le dieron al hospital, pero fue tan convincente que no inquirieron más.

Una vez que Remus hubo regresado a casa, pudo oír las constantes discusiones que Hope tenía con Lyall. Ellos creían que Remus no estaba cerca, la verdad era que se escondía en cualquier espacio. Aquel pequeño niño quería saber por qué el hombre malo le había atacado, y lo descubriría a pesar de que sus padres no quisieran. Y se enteró, y deseó que nunca lo hubiera sabido lo que era ser un licántropo. Lyall le explicó todo lo que él necesitaba saber, Hope le prometió que haría lo que estuviera en su poder para que Remus tuviera la mejor infancia que pudiera concederle. Fue una promesa que no pudo mantener por más de un par de meses.

No quería continuar pensando en aquella noche. Era el peor recuerdo que tenía; se pellizcó con fuerza el antebrazo, suponiendo que eso le ayudaría a regresar a la realidad y dejar sepultado en lo más profundo de su memoria aquellos acontecimientos. Se dio cuenta de que Rhys se le veía preocupado, como si Remus se hubiera estremecido o algo así mientras que estaba ocupando recordando lo que le había pasado. Le trató de sonreír y esperó que aquella acción funcionara para que Rhys se tranquilizara y no se le ocurriera preguntar qué le pasaba. No le quería mentir, no quería tener que hacerlo otra vez.

—Estoy bien —le dijo Remus anticipándose a lo que Rhys pudiera decir. Deseó que se le hubiera notado la vacilación que tuvo o que Rhys se lo hubiera creído—. Es… —Pero, ¿qué le podría decir? Rhys ya no se creería que simplemente se encontraba bien. De hecho, nadie le creería—… Tuve una pesadilla. Nada grave.

—Ah… —dijo él. Le pareció que usó un tono monocorde, sin embargo, no se lo preguntaría—. ¿No tendremos más aventuras, cierto? Una vez es más que suficiente para mí.

—Al menos, yo no lo tendré —respondió Remus— y creo que tú también. De los otros tres no puedo hablar.

—¿Ya ordenaste el regalo para tu amiga? Sirius nos contó que hicieron toda una expedición para nada.

—Eh, sí. Mamá la envió hoy.

Tenía el presentimiento de que se estaba perdiendo de algo. No entendía qué había pasado para que Sirius Black se hubiera tan unido a Rhys Wilson y, sobre todo, porque se suponía que Rhys era un mago nacido de muggles y la señora Black vetaba que su hijo se juntara con magos de esa clase. Remus era su compañero de cuarto y todavía no entraba en la categoría de amigo de Sirius, ¿y Rhys ya lo había hecho? Lo único que hizo fue abrazarse a sí mismo, darle la espalda y emitir un breve sonido que demostraba todo su descontento.

—¿Y qué hay de Alice? —dijo Remus alterando un poco la postura que tenía—. Es extraño que no esté contigo.

—Me la encontré por el camino antes de que Alyssia surgiera y la secuestrara —dijo Rhys—. Espero que me la devuelva pronto. ¿A quién le voy a decir lo que me pasó en la biblioteca?

—¿A mí, tal vez? —dijo Remus. Luego, añadió para sí: «o quizá a Sirius».

—Los comentarios de Alice son más divertidos que los tuyos, Remus —terció Rhys poniendo los ojos en blanco—. Ya te conté un poco y eso te ha bastado. Alice pediría más detalles y es lo que le daré. La gente necesita estar advertida para que no caiga en las telarañas de madame Pince.

—Solo ha sido un castigo y ya estás armando un complot contra madame Pince.

—Es necesario.

—Es una exageración.