Harry Potter es propiedad de JK Rowling.


Capítulo VIII: Lo que diferencia a una fatídica fiesta

«No desprecies a nadie; un átomo hace sombra.»

Pitágoras.


25 de septiembre de 1971.

A Remus no le había emocionado descubrir cómo era la apariencia de la flor.

Para el nombre que tenía había esperado algo más, por decirlo de una manera suave. Deseó que la cumpleañera no tuviera los mismos gustos que él, o le terminaría odiando cuando abriera el paquete. Hacía unos minutos que había visto un tanto asombrado la sala común, que estaba casi decorada en su totalidad con panfletos de unicornios y tonos pasteles. Cuando Remus dejó la sala común, Lily estaba regañando a Peter porque se había equivocado al escribir «¡feliz cumpleaños, Anaïs!» y había escrito en su lugar: «¡felis cumpleaños, Anais!».

Bueno, ¿qué se le podía hacer?, Peter no tenía una buena ortografía y el letrero gigante se podría arreglar con un simple movimiento de varita. A veces Lily se exaltaba demasiado por detalles menores y sin importancia.

El niño tendría que estar leyendo montones de libros para describir la importancia de las revueltas de los duendes, detallando las razones que los duendes tenían y dar una suposición de por qué siempre recaían en el mismo problema. Sin embargo, se había confundido a la mitad de la explicación del profesor y estaba teniendo dificultades para entender lo que decía Historia de la Magia, y tampoco quería regresar a la sala común y pedirle a Lily que le explicara. Con lo disgusta que ella había estado con Peter, no quería ser el siguiente en enfrentar el temperamento de la niña.

Se encogió de hombros y trató de buscar un nuevo enfoque a la redacción que debía entregar la próxima semana. Estaba aprovechando las horas libres que tenía; al tener solamente dos clases ese día, Transformaciones y Herbología, estaba buscando medios para la historia se grabara en su cabeza y, de aquel modo, no tener tantos problemas cuando llegara el tiempo de los exámenes mensuales. El patio del colegio era un lugar acogedor para estudiar, si se ignoraba el barullo de los estudiantes que escogían ese lugar para reírse a carcajadas, realizar jugarretas o lo que se les ocurriera hacer; había pensado en invitar a Alice y Rhys, pero realmente necesitaba concentrarse en lo que hacía.

—Hola, Remus —saludó Peter que acababa de arribar. Remus le devolvió el gesto—, ¿me apartarías un trozo de pastel?

—¿En serio todavía no ha dejado que te expliques?

—No —dijo Peter sacudiendo la cabeza—. Entonces, ¿qué dices? ¿Me ayudas o no?

—Bueno…

Remus sentía la obligación de informarle que no iba a haber ningún pastel en el cumpleaños. Anaïs había interrumpido la tranquilidad en la sala común al entrar dando zancadas, con las mejillas coloradas y pateando todo lo que estuviera en su camino. La mayoría había supuesto que se trató por el castigo que habían tenido, pero solo Remus había deducido que los elfos domésticos habían rechazado la petición de Anaïs y que eso la había encolerizado. Le había querido decir que la fiesta podría ser igual de genial aunque no tuvieran un pastel, de recordarle el arduo trabajo que algunos hacían; sin embargo, se calló.

No era un asunto en el que él tuviera el conocimiento que se necesitaba para intervenir. Kara, en cambio, se había acercado a su amiga y se la llevó hacia el área de las habitaciones de las niñas, donde quizá le preguntó qué había sucedido y en qué le podría ayudar. Debía de ser una verdadera molestia que todo saliera mal faltando poco tiempo.

Remus no podía decir que la entendía. Luego del ataque de Greyback, Lyall y Hope se habían encargado de que tuviera unas fiestas decentes, siempre que los síntomas previos a la transformaciones o la transformación en sí no se interpusiera en lo que habían planeado. Era bastante afortunado por tener unos padres amorosos que se preocupaban en darle una niñez lo más normal que se podía, si ignoraba las constantes mudanzas y los amigos que había perdido o que no podía mantener por demasiado tiempo. Sin embargo, esta vez, sería diferente.

—¿Qué pasa?

Eso le recordó que le debía una respuesta a Peter. Meditó y meditó en que si Remus debía auto etiquetarse como el portador de las malas noticias. Al final, dio un largo suspiro de resignación. Anaïs tenía que pasar una buena fiesta, a pesar de que esta semana no la había favorecido para nada, y ser quien diera una mala noticia en medio de la fiesta, con un montón de invitados muriéndose de hambre o histéricos por comer un pastel, como si nunca lo hubieran hecho antes, era lo opuesto que alguien podría querer para ese día.

—La señora Collingwood castigó a Anaïs. No habrá pastel.

—Se lo merecía —dijo Peter tras considerar su respuesta por casi un minutos. Remus le dio una mirada que le dijo que no podía estar hablando en serio—. Lo estoy. Ella me echó. A diferencia de mí, ella se lo buscó.

—Ay, Peter —le regañó Remus.

El otro se sentó a la par de él y miró descuidadamente el puñado de anotaciones que Remus había hecho.

—¿No es demasiado pronto para prepararse para los exámenes? —preguntó. La confusión se reflejó en cada una de sus palabras. Remus asintió, aunque ya suponía cómo acabaría el breve interrogatorio—. Te lo tomas muy enserio. Tienes que relajarte.

—No me puedo relajar —le debatió Remus—. Se me da fatal. Tengo que memorizármelo; o al menos, hacer el intento.

—Ya —dijo Peter. Se notaba que el tema no le podía importar menos. Remus suspiró, sintiéndose estresado y agotado a la vez. Cogió el cuaderno en el que estaba trabajando e hizo una pequeña línea de tiempo—. Me quedaré en mi habitación toda la fiesta. No quiero ni ver lo divertida que será.

Le iba a decir que igual la escucharía y que debería buscarse otro lugar en donde estar si no quería enterarse de nada; sin embargo, supuso que estaría perdiendo su tiempo si trataba de darle una indicación. Jessica le había aconsejado a Peter que no se metiera con Damián, ya que ese niño le metería en más problemas de los que se involucraría por sí mismo, y que ignorara las provocaciones que le hacía. Peter había hecho caso omiso a todo lo que había dicho Jessica. A pesar de que le gustaría saber qué más había pasado entre ellos, aparte del incidente de la expulsión de Peter de la fiesta, no le preguntó.

—Si es lo que quieres. —Remus sabía que era preferente no contradecir a Peter en demasía: no se debía a que se pusiera cabezota y tratara de demostrar que él tenía razón, como James; o que se disgustara durante días y no le quisiera ver ni muerta, como seguía siendo el caso de Lily; sino que no encontraba una razón que le hiciera querer hacerlo. No sabía por qué, qué ironía, solo pasaba. Y como tenía asuntos más urgentes que atender, no lo descubriría—. ¿Hay algo que quieras decirme o solo estás haciéndome compañía?

—Oh, no te interrumpiré. Mataré las horas aquí afuera, luego me iré al bosque y descansaré ahí hasta que tenga que regresar a la sala común.

—Nos dijeron que no fuéramos al Bosque Prohibido —le recordó Remus. Peter empezó a ver al Sauce Boxeador. Remus tragó en seco y moduló su voz—. Por mucho que no te guste no estar en la lista de invitados, estar fuera de la Torre de Gryffindor muy de noche suele terminar muy mal. Ya sea para ti o para la puntuación de Gryffindor.

—Lo dices por tu pequeña excursión al campo de quidditch, lo cual fue una completa… —Peter se interrumpió al instante. Parecía saber lo que quería decir, o lo que quería dar a entender con su frase, pero también parecía que tenía sus dificultades para conseguirlo—. Olvídalo. Y yo voy a hacer lo que yo quiera. Si tú quieres aburrirte en esa fiesta, no es mi problema, ¿sabes?

—No te he hecho para que te enfades conmigo —le dijo Remus haciendo énfasis en «conmigo».

—Bueno, ¿y eso qué? Damián tampoco tiene una razón para meterse con los demás y lo hace, el muy…

—¿Molesto?

—No.

—¿Fastidioso?

—Algo así, pero no es eso.

—¿Ridículamente temerario aun para los estándares de los Gryffindor?

—Es una palabra, no diez.

—Esas fueron nueve —corrigió Remus.

—Ya lo sé —dijo Peter, un poco tosco y casi a la defensiva.

¿Qué tan difícil era mantener una conversación con Peter? Por la manera en que Sirius se había comportado desde que arribó a la sala común, había pensado que sería complicadísimo mantener un trato ameno con él; luego ocurrió el incidente entre Sirius y James y casi lo dio por una batalla perdida, que al final se resolvió. O Remus suponía que se había resuelto cuando ellos lo habían acordado. Después se hallaba James; James tenía un comportamiento previsible la mayor parte del tiempo, así que no figuraba en ninguna sorpresa lo que él hacía o decía. De Damián había aprendido que debía alejarse de él a menos que, por supuesto, quisiera tener problemas con las autoridades del colegio. Y por último estaba Peter.

Peter. No, definitivamente no podía decir nada de él; salvo que contara lo que había pasado en el Expreso del colegio, que tampoco era mucho ya que Peter solo había mencionado muy vagamente a sus padres. Desistió del tema; lo que debió expresarlo físicamente, dado que Peter le miró con curiosidad por unos instantes. Su compañero de cuarto se acostó en el césped, después de aflojarse la corbata y arrojar el sombrero puntiagudo a un lado de él.

—Eres de los pocos que continúa usando el sombrero —le señaló Remus.

Peter apoyó la cabeza en la palma de sus manos. Remus se rindió con la revuelta de los duendes, cerró el libro y fijó sus ojos en su compañero de cuarto.

—Me gusta el sombrero —explicó—. Es muy cómodo y podría guardar cosas en él: no cosas grandes, sino pequeñas.

—Creo que hay pocos estudiantes que utilizan el sombrero el resto del año —dijo Remus que había prestado atención a ese detalle— o por el resto de su instancia en Hogwarts. No sé. A mí no me gusta y no me veo usándolo hasta la graduación —dijo. Añadió para sí: «asumiendo que llego tan lejos».

—Bueno —dijo Peter tomándose su tiempo para decir este monosílabo—. Ya que dejaste tu libro, ¿quieres que hagamos algo juntos? Jugar a los gobstones, ir a ver los entrenamientos de Gryffindor… Algo que no sea estudiar.

Ni los gobstones ni el quidditch le llamaba la atención. Los gobstones porque no los acababa de entender y el quidditch porque no le gustaba volar. No obstante, le resultaba curioso que Peter le hubiera pedido que hicieran algo. Con el modo en que Damián y Peter se relacionaban, había pensado que habían desarrollado un tipo de rivalidad. Remus no le respondió mientras guardaba sus pertenencias en su mochila, asegurándose de que esta vez sí había cerrado el tintero. La semana pasada pensó que lo había hecho y, cuando la profesora Haywood les informó que debían entregar la redacción, descubrió que se había manchado. En conclusión, algunos se rieron por lo que pasó y la profesora Haywood le quitó dos puntos a Gryffindor.

Ir al campo de entrenamiento era tentador. Dudaba que fuera a sentir un fanatismo por aquel deporte mágico con solo ver una práctica, o presenciar el primer partido de la temporada; pero, ¿qué podría perder? Además había que apoyar a la casa, sobre todo si ganaba, y seguro que se hallaría con un Rhys tratando de entender el funcionamiento del quidditch y cómo algunos decían que era mejor el béisbol. Rhys no se los había vuelto a mencionar a Remus y Alice, pero apostaría a que estaba enloqueciendo a sus compañeros de cuarto con el mismo tema.

—Vamos al campo de quidditch entonces, Peter —dijo Remus.

—¿Asistirás al partido entre Gryffindor y Slytherin? —preguntó Peter cuando ambos ya habían abandonado el patio del colegio—. Será el primer domingo de noviembre.

—¡Será el partido más emocionante que haya! —intervino James que venía llegando con Sirius, aunque este no parecía nada conforme por estar con James—. ¡M.G. jugará su última temporada!

—¿Quién es «M.G.»? —dijo Peter ganándose la mirada incrédula de James y la anonada de Sirius. Remus, aunque se preguntaba lo mismo, no iba a repetir la misma pregunta—. ¿Tengo que saberlo?

—M.G., Micaela Geraldine, McGonagall es la cazadora más prometedora de su generación. Se dice que M.G. ha atraído la atención de varios equipos de quidditch, sin embargo, ella está dudando de si tiene que unirse a las Arpías de Holyhead y los Tornados de Tutshill, que son los más le gustan —relató James emocionado. Sirius asintió—. ¡Quizá hasta gane un trofeo!

—¿Y por qué le dicen «M.G.»? —dice Remus.

—Nadie lo sabe —respondió Sirius.

—¿La profesora McGonagall tiene una hija? —dijo Peter—. Pensaba que estaba soltera.

—Es su sobrina, hija de Malcolm McGonagall —dijo James—. Es muy popular. Hay que pasar olímpicamente de los demás para no haber oído de M.G. McGonagall.

—No es que tengamos que estar pendientes de lo que pasa en todo el colegio —se defendió Remus un tanto abochornado.

—Pues a mí me parece una simple excusa mal elaborada. ¿Tú qué dices, Sirius? —dijo James deteniéndose y apoyando uno de sus brazos en el hombro de Sirius.

Sirius entrecerró los ojos al notar lo que James había hecho, notablemente disgustado con la familiaridad con la que lo trataba James. Mientras que Remus negaba con la cabeza, que hallaba algo divertida la manera en que ellos se llevaban desde que hicieron las paces, Peter bufó como si no le sorprendiera. Los cuatro siguieron el camino hacia el campo de quidditch, con James dando comentarios esporádicos sobre la historia del quidditch y Sirius corrigiéndolo en determinados aspectos: fechas y uno que otro nombre. Peter lucía como si los estuviera oyendo a pesar de que no parecía que lo estuviera haciendo. Y Remus… Él solo pensó que hacían un cuarteto peculiar, especial.

—Digo que no me vuelvas a utilizar como tu apoyo, Potter.

—¿Hasta cuándo me llamarás por mi apellido? Somos amigos, Sirius.

—Recuerdo que acordamos ya no tratar de matarnos. No recuerdo haber dicho que seremos amigos, Potter —respondió Sirius pronunciando «Potter» firmemente.

—¡Pero vamos, hombre! No puedes seguir tratándome así, hasta Peter se nos unió. —James jaló a Peter del dobladillo de la camisa—. Solo nos faltaría Damián y tendríamos un quinteto imparable.

—Querrás decir cuarteto, yo no voy a incluirme.

—Solo lo estás diciendo para llevarme la contraria —protestó James.

—No, no lo hago —dijo Sirius. James le vio con desconfianza. Peter empezó a regañar a James diciéndole que le arruinaría la camisa y que él no podría sustituirla hasta el próximo año, James le aseguraba que no sucedería. Sirius se acercó al oído de Remus y le susurró—: De hecho, sí lo hago —finalizó con una sonrisa burlona—. Es divertido ver a Potter haciendo rabietas.

—Yo no creo que sea divertido para él, Sirius —le dijo Remus suspirando.

—Pero para mí sí.

Sirius retomó el camino hacia el campo de quidditch, que ya estaba a la vista de los estudiantes. Remus volvió a negar con la cabeza. Antes de seguir a Sirius, le hizo un ademán a los dos para indicarles que no se quedaran atrás. Peter se dio cuenta cuando cesó su regaño, o lo que Peter llamaba un regaño, y se unieron a Sirius y Remus. Llegaron al campo de quidditch al cabo de varios minutos, lo que hubiera sido menos si ellos no se detuvieran a hablar cada vez que tenían la oportunidad. Sorpresivamente no lo encontró molesto en ningún sentido, sino que le gustó.

El equipo de quidditch de Gryffindor estaba en el campo de entrenamiento. El guardián Hughes estaba volando perezosamente cerca de los aros, en una postura que revelaba que Hughes estaba luchando por no quedarse dormido. Nadie lo podría culpar. Sanders estaba regañando a un par de cazadores por hacer piruetas que resultarían peligrosas para cualquier, o que haría que madame Hooch dijera que habían hecho falta por ideas poco ortodoxas. Russell, que resultó ser el buscador, tenía el mismo semblante que el guardián; con la diferencia de que, en lugar de dormirse, estaba mirando a Sanders detenidamente, como si le quisiera decir algo pero no considerara que fuera el momento correcto.

Supuso que M.G. McGonagall no era la cazadora a la que estaban chistando. Los golpeadores tenían una especie de competencia de béisbol extremo: se tiraban la bludger entre sí golpeándolo con toda la fuerza que tenían, la enviaban varios metros lejos, avanzaban rápidamente y lo repetían. Los otros del equipo o no lo notaban o los estaban ignorando.

—Ustedes pueden ganar, ¡son los mejores! —gritó James, que se había apoyado en el barandal del palco de los espectadores.

Russell le vio, le ignoró. Quizá todavía estaba un poco rencoroso por lo que pasó la última vez que se encontraron.

—No gritas en los entrenamientos si no eres Ashley —dijo Hughes dando un bostezo. El guardián descendió hasta donde, para los niños, ya no era una mancha casi borrosa en el aire—. Si Ashley lo nota, pensará que nos interrumpes y te echará de aquí. O peor para ti: pensará que tratarás de distraernos para robar nuestra estrategia y te echará de aquí.

—Los estoy animando —dijo James seguro de sus palabras.

Ojalá que esta no fuera de aquellas veces que James creía que hacía lo correcto, cuando no era así.

—Uno: Ashley te enviará una quaffle por avasallar su autoridad si fueras parte del equipo. Dos: ¿no eres tú el niño que retó a Ashley y perdió patéticamente? —enumeró Hughes. James se cruzó de brazos y movió medio cuerpo hacia la derecha—. Tres… —Hughes jadeó cuando una bludgercasi le dio en la cabeza—… ¡Cuidado con la bludger! ¡No estamos jugando a sus ridículos jueguecitos de muggles!

El par de guardianes siguieron jugando como si no hubieran oído a Hughes.

—¿Nada más que decirme? —le dijo James—. ¿Algo como que volar a toda velocidad hacia las fauces de un dragón normalmente hace que sea su botana carbonizada?

—Ríete ahora; me gustaría verte si estás en el equipo —dijo Hughes.

Remus dejó de prestar atención al intercambio de James y Hughes. Si tomaban el rumbo que preveía, terminarían con otra competencia clandestina y esta vez no podría ocultárselo a sus padres. El niño se sentó a unos metros lejos de Peter, quien estaba más ocupado viendo cómo las banderas ondeaban que observando la práctica.

—¿Me llevarás algo de comer de la fiesta? —preguntó Peter.

—Si encuentro algo que te guste, cuenta con eso —le prometió Remus—. ¿Nos vamos? Esto es bastante aburrido.

—¿A dónde quieres ir?

—A cualquier parte donde no hablen del quidditch.

—Bien —dijo Peter—. ¿Le avisamos a Sirius?

El aludido contemplaba el estandarte de Slytherin con añoranza.

—No hará falta.

—0—

La fiesta de Anaïs había comenzado hacía una hora.

Le gustaría decir que había hallado a alguien con quien hablar de un tema que le gustara, o que no le aburriera por no saber qué decir, lo que haría que se estuviera divirtiendo aunque fuera un poco. También le gustaría afirmar que los demás se entretenían jugando a pon el genio en la lámpara, lo que le hizo preguntarse si existían genios en el mundo mágico. No por el nombre del juego en sí, sino porque la mayoría de las cosas que había leído en los cuentos muggles solían encontrarse en el mundo mágico. El que se lo preguntara a alguien hubiera sido lo más interesante que podría pasar en esta fiesta, eso era un hecho más que asegurado.

El claro ejemplo que había tenido fueron los fantasmas que no eran tan aterradores, con la excepción de Casper el Fantasma Amigable*. Apenas compartían características con los verdaderos fantasmas que había conocido, por decirlo de alguna manera. El Barón Sanguinario era uno de los fantasmas a los que Remus no quería acercársele ni aunque fuera necesario. El que el Barón Sanguinario estuviera cubierto de sangre le daba pánico y no quería saber cómo un fantasma podría estar así; la otra era Myrtle. A ella no la conocía, pero Kara decía que era insoportable y muy llorona. Sacudió la cabeza y se intentó concentrar en Jessica, que todavía intentaba entender cómo se jugaba y llevaba quince intentos fallidos. Si Jessica lo seguía haciendo porque quería conseguirlo o porque se le hacía divertido, no lo sabía.

Damián y varios estudiantes de los grados superiores fueron los primeros en retirarse de la fallida fiesta. Algunos tuvieron la cortesía de disculparse, otros como Damián simplemente se fueron. En realidad había esperado que esta fiesta, con la fama que le habían dado, fuera diferente. Todos, o al menos todos los que habían llevado un regalo, lo dejaron en la sala común. El problema no fue el pastel faltante, a pesar de que pensó que fue lo primero que les cayó mal. Anaïs no había conseguido que los elfos domésticos la escucharan cuando trató de explicarse, o eso era lo que le había dicho a Lily cuando le preguntó por qué lucía horrible.

Decidió que había llegado el momento de coger un poco de comida y llevársela a Peter, que se había negado a salir de la recámara desde que Kara anunció que comenzaría. Antes le había querido decir que no actuara así y que se uniera por unos minutos; con el fiasco que fue, pensó que no debería tratar de convencer a Peter. No se quedó en la habitación, no podría hacerlo y arriesgarse a que Anaïs se sintiera peor de lo que ya estaba. Se despidió de su compañero y bajó. La música continuaba animando un ambiente que no podría estar más muerto.

Dejó de prestar atención a la conversación entre James y Sirius, que había cambiado al quidditch y a qué equipo apoyaba cada uno. Se concentró en Anaïs, quien sostenía uno de los pocos obsequios que le faltaba por abrir y que se veía muy apagada.

—¿Esto es una semilla? —dijo Anaïs incrédula, sin alzar la voz y sosteniéndola en sus manos—. ¿Qué haré yo con una semilla?

—Pensé que la podrías plantar —respondió Remus. Ojalá que no se oyera nervioso y ansioso—. Es una escila. Pensé que te gustaría, yo… eh, no pude conseguir una escila ya germinada.

Anaïs se quedó en silencio, alternando la mirada entre Remus y la semilla.

—Me gusta. Es inesperado. —Le sonrió—. Abrí una carta hace minutos, ¿conoces la letra? Quisiera agradecerle.

—¿Me dejarías leerla?

Anaïs levantó una hoja, que parecía que fue arrancada del cuaderno con rapidez, que se había desdoblado por tener una mini cancha de quidditch encima. Lo que le pareció curioso no fue que la letra pareciera ser escrita con la mano opuesta, sino que se la persona que lo hizo se había tomado la molestia de que se pudiera entender.

Anaïs Collingwood.

Supongo que te diré que tengas un feliz cumpleaños. Me gusta tu fiesta, no es tan escandalosa como creí que sería. Sé que no fue tu intención; sé reconocer entre una fiesta que fue planeada para ser así entre otra que salió completamente fatal… ¿En serio, un grupo de niñas te ayudó? Son buenas en lo que hacen. Te seré honesto, no tenía pensado asistir a la fiesta; no quería, no te conocía, tenía otras cosas que hacer y no me gusta asistir a eventos organizados de último momento.

Sé que técnicamente no fue de último momento, eso no me importa.

Te podría decir que tu fiesta es divertida, o dar algunos consejos de cómo salvarla antes de que se termine de hundir. No lo haré. No tengo una razón para ayudarte y si hay algo que me desagrada es la gente que finge ser algo que no es y que nunca será. Solo… disfruta de tu cumpleaños.

Nadie tiene que estar triste en su cumpleaños, aunque sea alguien como tú.

No es un insulto.

Es decir, para mí no es un insulto y me da igual si tú piensas que sí lo es.

¿Te quiere?

Tu compañero de curso.

Esta era la carta más singular que había leído. Y era «singular» porque no sabía qué otra palabra podría usar para describirla o si tenía que catalogar la carta de alguna manera.

—Creo que fue James —dijo Anaïs suspirando. Remus no supo si lo hizo por ensoñación o resignación—. Es el único que haría algo así.

No pensaba lo mismo que ella. Él sabía que la señora Potter había ayudado a su hijo a darle un regalo a Anaïs, además la señora Potter no podría saber lo que había ocurrido en la fiesta –a menos que tuviera una especie de poder extrasensorial que le permitiera saber lo que ocurría a kilómetros de distancia–. Para asegurarse, vio de reojo a James. Él estaba tranquilo, todavía luchando contra Sirius y su pensamiento de que las Avispas de Wimbourne le ganarían a los Murciélagos de Ballycastle. Si él hubiera enviado la tarjeta, estaría pendiente de ver la reacción de Anaïs.

—No creo que sea para tanto —dijo Remus.

—Igual le preguntaré —informó Anaïs.

La niña se levantó y fue a interrogar a James. Su compañero estaba claramente confundido por lo que decía Anaïs, quien procedió a leer el contenido de la carta. Un momento, ¿pendiente, eh? Le puso atención a Sirius que apartó la vista cuando Anaïs terminó su lectura, y le puso un inusitado interés a las cortinas de la sala común. ¿Quién lo hubiera previsto? Fue precisamente el mismo que se burló de su idea de la carta, aunque no lo supo, quien envió una. Una sonrisa se formó en su rostro sin que pudiera evitarlo y reprimió una pequeña risilla.

—Espero que no te estés burlando de Anaïs.

—¿Lily? —dijo Remus confuso—. No me estoy riendo, ¿por qué lo haría?

—No soy ciega, Lupin, Sé que te has unido a Potter y Potter no me agrada porque siempre se mete con Severus —dijo Lily poniendo las manos al nivel de su cintura—. No me había importado, no se te estaban pegando los malos modales de Potter. Pero si comienzas a actuar como él, te juro que…

—Es solo que alguien que dijo que no enviaría un regalo lo hizo y no lo quiere decir —le comentó. Lily se mostró indecisa—. No me burlaría de nadie. No lo haría, y menos en su cumpleaños. ¿Me crees?

—Sí.

—Snape te importa muchísimo.

—Severus y yo somos mejores amigos desde que teníamos ocho —dijo Lily—. Odio que se metan con él. Y odio aún más que un bravucón muy tonto lo elija como su víctima favorita.

—James no es tonto.

—No lo demuestra.

—Tampoco es un bravucón.

—Actúa como uno.

—Bueno… —Ahí ya no podía defenderle—. Son unas bromas que no hacen mucho daño a nadie. James y Snape solo tienen once años, no hay mucho que se puedan hacer ahora, ¿cierto? Es decir, no hay muchos maleficios que puedan saber a esta edad. Estarán bien. Son cosas infantiles.

—Cosas infantiles es que le hubiera robado la tarea. Lo ignoraría. ¡Pero hizo que terminara en la enfermería! —Lily se quejó con una voz que le pareció graciosa. Y no, no demostró que le divirtió—. No puedo dejar pasar eso. Y si Severus no hará nada para detenerlo, se las verá conmigo.

—¿No vas a iniciar una guerra de bromas?

Lily puso los ojos en blanco.

—No jugaré en su estilo. Jugaré en el mío.

—¿A qué te refieres?

—Ya lo sabrás.

Antes de que Remus pidiera una explicación más detallada, Anaïs regresó. La niña lucía aún más desanimada que antes pero todavía se la veía un poco curiosa, como si haberse equivocado la hubiera motivado más a descubrir de quién se trataba. Anaïs se sentó a la par de la pila de regalos que Russell le había ayudado a bajar, antes de irse justamente cuando se fue Ashley. Lily, cuando se dio cuenta del estado de su amiga, se volvió hacia ella. Remus la siguió.

—¿Qué pasó? —dijo Lily. Remus la imitó—. Fue Potter.

—No me hizo nada James —respondió Anaïs—. No de la manera en que piensas. Pensé que él me había enviado la carta misteriosa, me equivoqué. Me dijo que me envió un regalo que escogió con la ayuda de su madre, también me aseguró que debía estar con los demás.

—Si quiere que le encuentres, lo harás —aseguró Lily.

Al parecer el pequeño secreto de Sirius estaría a salvo mientras que Anaïs no lo descubriera, o que Lily y Remus mencionaran algo al respecto. Eventualmente Anaïs llegó al regalo de James, que resultó ser el penúltimo que faltaría por abrir. Anaïs abrió sus ojos de la impresión en el momento en que observó lo que había dentro de la caja de tamaño mediano, como si no esperara que alguien le pudiera enviar un obsequio de ese calibre. Con lentitud, como si la niña temiera que le pudiera romper si lo hacía rápidamente, sacó una pulsera de cristal cortado que tenía un dije de una serpiente de plata –enrollada como el número ocho– en el centro.

—¡James, tu regalo es el mejor! —dijo Anaïs mientras se ponía la pulsera—. ¡Gracias!

—Ay, no. Solo falta que Potter presuma de su regalo —se quejó Lily.

—No lo hará —le defendió Remus.

Básicamente James no lo haría porque el regalo lo escogió su madre. Un dato que nadie necesitaba saber.

Una vez que el evento había terminado los niños regresaron a sus respectivas habitaciones, con excepción de Kara y Jessica que se quedaron a limpiar lo más que podían la sala común. La profesora McGonagall no les había dado demasiadas directrices para que pudieran hacer la fiesta, pero no estaba de más asegurarse que todo estaría de la manera en que a la profesora le gustaba. En cualquier caso, Anaïs se fue muy contenta junto con Lily, a quien le hacía un recuento de todos los regalos que había obtenido y le decía cuáles le habían gustado más.

Damián estaba acostado en su cama. A simple vista parecía que se había dormido hacía horas, pero habían averiguado de una pésima manera que generalmente los estaba escuchando por si hallaba algo que pudiera usar en su beneficio. Aunque Sirius afirmó que Damián Long se desempeñaría bien en Slytherin, ignoró a Damián y a su amenaza por decirle a todos que tenía un hermano pequeño al que amaba muchísimo. Por mucho que eso diera a entender que Sirius no podía ser chantajeado con facilidad, le impresionó que no le importara que su reputación se viera amenaza. Según había escuchado de Alice, Sirius se veía de vez en cuando con sus primas en la biblioteca o en el patio.

—Oye, Sirius —dijo Remus. Sirius, que estaba a punto de ir a sentarse cerca de la ventana, se detuvo. James estaba poniéndole crema batida en una de las manos de Damián, lo que confirmaba que sí se había dormido, y Peter disfrutando de unas varitas de regaliz—. ¿Podemos hablar?

—Es sobre la tarjeta improvisada que le di a Collingwood —dijo Sirius.

—¿Por qué lo hiciste? —preguntó—. Creí que no le obsequiarías nada.

—Lo dije en la carta, Lupin. Nadie tendría que estar triste en su cumpleaños.


*Casper el Fantasma Amigable no me pertenece.