Harry Potter es propiedad de JK Rowling.


Capítulo IX: Luz cinérea

«La curiosidad es la base misma de la educación; y si me dicen que la curiosidad mató al gato, digo solamente que el gato murió noblemente.»

Arnold Edinborough.


13 de octubre de 1971.

—Long, si tú volviste a esconder mi mochila te juro por el honor de mi familia que haré que te arrepientas por el resto de tu mugrienta vida.

—Je, sí, por supuesto. Lo que le venga en gana, Su Alteza Real.

—¿Te crees que estoy bromeando?

—¿Por qué me estás…? ¡El que seas un amargado que no sabe apreciar una simple broma no es mi culpa!

—De hecho, sí, debería de ser así.

—Su Alteza Real ha hablado.

—Long, es tu última advertencia. Llegaré tarde y un Black no se presenta ni elegantemente tarde.

—¿Hay reglas para todo en tu mansión?

—¿Mis cuadernos, dónde están mis cuadernos? Los dejé encima de mi cómoda, donde suelo dejarlos después de corregir mis redacciones, y ya no están ahí. ¿A dónde se habrán ido?

—Debajo de ese estercolero que tienes por cama, Pettigrew. Dígnate a limpiarla. Long, mi mochila. Ahora.

A veces ni se preguntaba por qué cada mañana tenía que comenzar de esta manera. Uno diría que teniendo a un par de sangrepuras provenientes de nobles y ancestrales casas, un mago que no parecía más problemático porque no se esforzaba, otro que vivía en su propia burbuja a menos que tuviera que defenderse de alguien y uno que prácticamente evitaba las confrontaciones innecesarias haría que la instancia en la recámara fuera apacible y libre de inconvenientes. No, qué gran error. La verdad era que las semanas solo había comprobado que los cincos eran tan desiguales que ni eso se podía hacer y lo decía alguien había tratado de pacificar la situación.

James y Sirius se habían «arreglado», por lo que supuestamente tendrían menos altercados en el pasado. Eso resultó ser una verdad a medias. Se seguían enfrentando y, aunque ya no sentía que debía conjurar un escudo en caso de que un objeto volador se dirigiera hacia él, era incómodo soportar las fulminantes miradas que se tiraban el uno al otro. Agradecía que James se mordiera la lengua y que no criticara la manera en que se expresaba Sirius y éste fingía que James no estaba ahí cuando James quería que alguien participara en sus travesuras. Era confuso, agobiante y extenuante; le parecía que la aparente paz desaparecería y se volvería a instaurar un campo de guerra del que nadie se podría salvar.

De Peter Pettigrew no tenía opinión. Sí, estuvieron juntos en el Expreso de Hogwarts, compartieron una que otra experiencia; sin embargo, Peter había sido muy renuente a mencionar algo más desde que nombró lo que pasó entre su padre y la señora Pettigrew. El que Peter y Remus convivieran previamente a la fiesta de Anaïs Collingwood no le había servido de nada y ciertamente seguía sin hacer ningún avance con él. Hacía dos semanas que Lily le estaba dando tutorías a Peter, solo por Encantamientos y Astronomía, y había oído que Lily decía que Peter «se esforzaba para trabajar» y que «a veces ponía a prueba su paciencia, pero que no era completamente su culpa». ¿Cómo lo debía interpretar? ¿Y cómo hizo Lily Evans que Peter Pettigrew le dijera algo de sí mismo?

Damián Long… Ese niño se hacía intolerable por mérito propio.

La noche anterior James no pudo conciliar el sueño y propuso que se divirtieran. Eran las once de la noche, ¿cómo pudo esperar que alguien aceptara la invitación? Sirius le envió la mirada que decía que James le decepcionaba y se volvió a dormir, aunque al final aceptó de mala gana ya que James podía ser muy tozudo cuando se lo proponía; Damián, que no tenía nada que hacer, aceptó y obligó a Peter a que se uniera. A diferencia de James que usó las palabras para obtener lo que quería, Damián improvisó una pelea de almohadas. Remus también se unió.

Y así se originó este problema.

«A veces me pregunto por qué no hay un carácter más fuerte que el de Sirius en esta habitación», pensó Remus. «Supongo que mientras no nos castiguen por este escándalo, estaremos bien».

—Ah, cierto. Aquí estaba; gracias, Sirius —dijo Peter que echó todas sus pertenencias al suelo, haciendo un desorden más grande del que tenían—. Estaré con Lily. Dijo que me explicaría cómo encontrar las constelaciones cuando…

—¿Quién te dio permiso para fueras tan informal conmigo, Pettigrew? Me basta y me sobra con que Potter no atienda a razones y argumentos, pero no puedo esperar algo más de un mago que desconoce cuándo tiene que alejarse.

—¿Y tú cuándo vas a entender que seremos compañeros por siete años y que no puedes referirte a nosotros por nuestros apellidos? Además que ya nos hemos vistos en las fiestas que hacen nuestras respectivas familias y habías sido amigable conmigo, pero aquí no toleras que esté junto a ti y demando saber por qué.

—Se le dice cortesía —respondió Sirius tajantemente—. Y deja de seguirme como perro faldero, Potter. Consíguete un amigo.

—Por favor, chicos, dejen de pelear —pidió Remus—. ¿Dijiste que se te hacía tarde, verdad? No le des importancia a lo que te diga James, Sirius.

—Oye, soy una persona extremadamente conocida por aquí.

—Por aquí y por los prefectos por igual, sí. Tienes el récord de más castigos impuestos en un mes y creo que abrirás el récord de hoja de vida más grande. Ésa podría ser una marca que nadie nunca podrá rebasar, o que se atreviera a intentar —dijo Damián con una sonrisa maliciosa.

—Lo sé.

—No es el tipo de orgullo que te llevará a alguna parte, ¿sabes? —dijo Remus.

Peter concordó con él.

—En realidad… —dijo James, como si no le importara lo que Remus había dicho.

—Vámonos, Lupin. Potter, no te atrevas a sentarte a la par de mí ni de dónde puedas invadir mi espacio personal —le cortó Sirius que estaba cerca de la puerta. James le fulminó con la mirada, indignado y arrojó fuertemente el tintero a la mochila. Remus esperó que no se le hubiera derramado—. Lo mismo va para ti, Long.

—No eres el único al que puedo enloquecer, majestad —dijo Damián.

Había algo en el tono Damián que le dejó entrever que no le convenía saber a qué se refería. Se despidió de James y Peter, pidiéndole al último que recogiera el desastre en el lapso del día, y acompañó a Sirius hacia la sala común. Solo había bajado hasta la mitad del trayecto cuando se encontró con Anaïs Collingwood. La niña estaba sosteniendo una maceta pequeña y movía las manos alrededor del objeto, conteniendo lo que sería una amplia sonrisa en su rostro; Anaïs inclinó la maceta hacia él y vio que un tallo, que parecía tan frágil que se podría quebrar si lo tocaba, había brotado. Fuera de eso, no había nada más sobresaliente.

—¿Cómo lo conseguiste? Creí que tardaría dos semanas en germinar —preguntó Remus confundido. Sirius continuó con su camino, sin molestarse en saludar a Anaïs; Remus se disculpó por él—. ¿Es por una especie de fertilizante mágico, cierto?

—Sí. Ashley me ayudó a hacerlo —respondió Anaïs dando un salto en su sitio—. Nos tomó horas prepararlo y hacer que funcionara, ¡pero finalmente lo conseguimos! No puedo esperar a que dé la primera hoja, o que brote la escila completa. De nuevo, gracias, muchísimas por regalármela.

—¿Realmente te apasiona herbología, verdad? —preguntó divertido, recordó que Rhys solía exaltarse cada que hacía una mención al béisbol.

—No —respondió disgustada, casi ultrajada.

—¿En serio?

—No me gusta trabajar en esa sucia, llena de gusanos y maloliente tierra. —Anaïs gimió y sacudió sus manos, como si estuviera quitándose el lodo que no tenía o tendría—. Pero las flores son hermosas… Bueno, casi todas las flores lo son; así que, ¿por qué no?

Remus no pudo evitar reírse entre dientes; se acordó de la primera vez que estuvieron en el invernadero y cómo Jessica terminó haciendo que todas las plantas danzaran en el aire y se atacaran entre sí. La profesora Sprout tuvo que hacer varios encantamientos para que todo volviera a la normalidad; Sirius nunca lo admitiría, pero Remus sabía que él también había disfrutado de la caótica clase. Mientras seguían conversando llegaron a la sala común, donde se encontraron con algunos estudiantes lanzándose animalitos de papel prendidos en llamas y hablando de jugadas del quidditch que le confundía; Anaïs se interrumpió en cuanto Jessica le llamó, aludiendo a algo que solo ellas entendían.

El niño captó la mirada que le estaba dando Sirius, quien ya lucía muy impaciente y parecía que le iba a abandonar si no se apresuraba. En cuanto llegó a donde se encontraba él, Sirius suspiró pesadamente y empezó a caminar como si estuviera a punto de echarse una carrera. Remus lo encontró extrañamente divertido y fuera de la normal, ya que esta era la primera vez que no tenía que alcanzar a Sirius a medio camino o directamente encontrárselo en el Gran Salón. Se encogió de hombros, agradeció que Sirius no se decidiera por una plática trivial. Sin ninguna razón en específica se recordó que había visto a Alice por casi dos semanas; teniendo en cuenta que Alice no era del tipo que evitaría a alguien sin un por qué, la esperó fuera de su sala común y le preguntó qué le estaba sucediendo.

Una simple pelea familiar, por decirlo de alguna manera. El señor Taylor no tenía pensado quedarse en Gran Bretaña por las vacaciones de Navidad y había decidido que la familia Taylor viajaría a Hawái hasta que irremediablemente tuvieran que regresar –para cuando Alice tuviera regresar a Hogwarts–. Tal parecía que al patriarca de la familia no toleraba el clima invernal y, según Alice, buscaba el modo en que lo pudiera evitar: no era que odiara la Navidad, solo no le gustaba morirse del frío si podía evitarlo. También le mencionó de un par de cosas: tuvo una partida de snap explosivo con Rhys, quien resultó ser el peor jugador que Alice había conocido, y del lloriqueo de Rhys sobre que él no lo era. No tenía nada que ver con los trimestrales, que estaban muy cerca, después de todo.

Pese a eso, acordaron que se verían de vez en cuando para ayudarse entre sí; y si Rhys prometía calmarse un poco con su fascinación por el béisbol, él también les acompañaría. Remus solo rio; había hecho un calendario con la fecha límite para memorizarse un tema de, mínimo, dos asignaturas. Le gustaría que Lily se les uniera pero ella últimamente estaba más ocupada; prefería pensar que Jessica o alguna de sus amigas estaban acaparando el tiempo libre que tenía, sin embargo, en el fondo sabía que tarde o temprano, en su caso más temprano que tarde, Lily ya no iba a querer nada con él. Honestamente, no le sorprendía.

La clase de Historia de la Magia había comenzado. El profesor Binns dejó el tema de la nobleza mágica en el siglo XVII e inauguró el tema de los directores de Hogwarts. Como venía siendo lo habitual, Remus se distrajo alrededor de diez minutos mientras pensaba en tonterías para no caer rendido por el tono de Binns. El imaginarse los acontecimientos que nombraba Binns no le había servido por más de un par de días, cuando terminó visualizándose cómo debió ser la muerte de Binns.

Le dio escalofríos. Al final, se rindió y decidió que leería la lección correspondiente:

XIII: Kyril Vryzas*

Títulos:
—Primer director del Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería (1,023 – 1,064)
—Precursor de Estudios Muggles
—Primer profesor de Estudios Muggles

Ocupación:
—Maestro de pociones (1,012 – 1,064)

Jubilación: 77 años (vivo)

Nació el 09 de febrero de 989 AC en Atenas, Grecia, y murió el 25 de noviembre de 1,081 en Devonshire, Inglaterra. También se le conoció como ο βασιλιάς της ισορροπίας (o vasiliás tis isorropías), que es el griego para «el rey del equilibrio». Hijo único de Eryx Vryzas y Naia Sallow. El barco donde vino el matrimonio Vryzas encalló en Inglaterra dos décadas después de la creación del Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. Antes que tuviera la edad requerida para recibir la invitación de educarse en Hogwarts, la familia Vryzas terminó cazada por los muggle. Se desconoce los acontecimientos exactos, pero se sabe que Kyril eventualmente se encontró con los señores Mallory, Demetria y Gregorio, quienes le acogieron.

Paradójicamente, Merlín «el Príncipe de los Encantadores» Mallory y Kyril Vryzas crecieron juntos.

Kyril Vryzas y Merlín Mallory fueron acogidos inicialmente por Salazar Slytherin; no obstante Slytherin repudió a Kyril en cuando descubrió que biológicamente fue de ascendencia muggle. Entonces, Ravenclaw se ocupó de él.

Pese a que Helga Hufflepuff, Godric Gryffindor, Rowena Ravenclaw y Salazar Slytherin designaron el tipo de alumnos al que cada uno les enseñarían durante siete años, lo cierto era que dificultosamente se contó con el personal capacitado y de confianza para ocuparse de los jóvenes magos y brujas, por lo que tuvieron que educarles en general en todas las ramas de la educación mágica existente en la época del medioevo:

—Encantamientos,
—Pociones,
—Transformaciones,
—Herbología,
—Etiqueta Mágica (en desuso, desconocida la razón; substituida por Estudios Muggles),
—Teoría Mágica (una clase extracurricular desde 1,812)
—y Cuidado de Criaturas Mágicas (una asignatura optativa desde 1,956)

A los veinticinco años regresó a Hogwarts al enterarse del fallecimiento de Rowena Ravenclaw. Para el momento ya poseyó el título de Maestro de Pociones, por lo que se quedó como profesor. Faltando muy poco para tener dos fundadores caídos, una física y el otro moralmente, Godric Gryffindor diseñó el método de sorteo que actualmente se utiliza… No se sabe cómo exactamente Slytherin prestó su magia a la creación del Sombrero Seleccionador, pero la leyenda dice que Slytherin solo regresó a Hogwarts para aquel último trabajo.

Once años después, Kyril Vryzas asumió el cargo del (primer) director de Hogwarts a petición de una moribunda Helga Hufflepuff, la única fundadora que todavía vivía.

Lo malo de sumergirse en los libros era que cualquier movimiento medianamente brusco le podría sobresaltar hasta casi dándole un ataque al corazón. Lo mismo le sucedía cuando se dormía pero eso ya lo controlaba. Hacía algún tiempo Remus podía hacer lo que quisiera sin que le incordiara casi cualquier ruido que estuviera a su alrededor, lo que había generado varias bromas de Lyall al respecto, sin embargo se había obligado a mantenerse alerta si había demasiada quietud para ser considerada como algo positivo.

Estuvo a punto de decir qué había pasado hasta que vio que Sirius le miraba conteniendo un bufido, como si hubiera estado zarandeándolo hasta que lo consiguió.

Sintió que un rubor se apoderó de sus mejillas y trató de disculparse, pero Sirius zanjó cualquier comentario que pudo haber dado con un «te esperaré en la entrada, Lupin». Volvió la vista hacia le mesa donde no halló el cuaderno, del que no habría llenado la cuarta parte si no fuera por la ayuda de Lily, y supuso que lo había arrojado una vez más. Dio un suspiro antes de recogerlo, lo guardó y le dio un vistazo al pizarrón que, como venía siendo lo habitual, solamente contenía el tema. A pesar que se hizo un apunte mental de preguntarle a Lily si podían volver con las tutorías, dedujo que por estar recurriría a alguien más.

—Hacer una redacción de este hombre… —masculló Sirius.

—¿Qué tienes en contra de él? —preguntó.

—Fácil. Le odio.

—¿Por qué?

—Lupin… —Sirius dejó escapar un largo suspiro, como si estuviera a punto de contar una historia que no le gustaba. O, mínimo, que despreciaba en alguna manera—. Se rumorea que la varita de Merlín se fabricó de roble inglés, ¿verdad? Además, qué gran estupidez, que algunos aun cuestionan que Slytherin le haya enseñado personalmente, ¿cierto?

—Eh, sí. —En realidad, no sabía aquello de Merlín pero ¿a quién le importaría?—. ¿Y eso qué tiene que ver con Kyril Vryzas? Un momento, olvídalo; tengo otra pregunta: ¿por qué la relación entre él y Merlín Mallory fue paradójico?

—Uno: nadie menciona el apellido de Merlín; dos: Kyril Vryzas y Merlín fueron magos muy duales.

—¿En qué sentido?

—Te lo diré de esta manera: yīn y yáng —aclaró, casi en un susurro—. Hay una razón por la otras cosas prefieren omitir que Merlín fue un Slytherin, así mismo como Ravenclaw, Gryffindor y Hufflepuff tienen sus antecedentes. Quizá no las conozca, pero sé que existen; no lo investigaré, naturalmente, pero estoy seguro de que fue y es así. Después de todo, en el medioevo no había nada más que se pudiera esperar de todo lo que era Hogwarts que no fuera mantener a los estudiantes a salvo de la cacería de brujas… o que aprendieran a defenderse.

¿Y qué hay de Wendelin?

—La mayoría ni siquiera trató o trata de comprender cómo funcionó el cerebro de aquella mujer.

—Bueno, en ese tienes razón. ¿Hay algo más? —insistió.

—No que yo sepa —respondió su amigo—. Tengo cosas que hacer. Muy importantes. Te veré en el comedor. Nos vemos o no.

En el instante en que Remus abrió la boca para seguir inquiriendo, Sirius empezó a poner distancia entre ellos. Ni siquiera se despidió de él antes de perderse entre el mar de estudiantes que estaba transitando el pasillo, lo que sirvió para que se interesara más en aquel mago. Conocía la fama de Merlín por todas las historias que oía, quien formaba parte de los secretos peor guardados del mundo mágico junto con las escobas voladoras, dragones y demás, y sabía que había sido alguien súper sensacional.

Pero, ¿por qué no había ninguna historia involucraba de Kyril Vryzas? Con lo cercanos que habían sido, al menos debía tener una mención en las múltiples aventuras que había tenido Merlín.

—Tampoco es que sea para tanto —murmuró—. Solo es Kyril Vryzas.

—El primer director de Hogwarts —afirmó Alice y arrugó la nariz. A Remus se sobresaltó cuando la miró detrás de él, cargando varios libros—. No menciones ese nombre por los pasillos; no es que sea un tabú pero Kyril Vryzas es una mancha en la reputación de todo Hogwarts. Y te aseguro que varios sangrepura sabemos, o hemos escuchado, de él y de lo que él ha hecho; y no querrás que te crean un seguidor de él o que le admiras o algo por el estilo.

—Entendido —dijo, más confundido que antes. Decidió cambiar de tema—. ¿No ya habíamos visto la historia de Antonia Creaseworthy? —preguntó—. Espera, ¿por qué la estudiamos antes?

—Nos enfocamos más en la parte referente a la nobleza de la dama Creaseworthy en lugar de su instancia como directora de Hogwarts —respondió Alice—. Y Lily me pidió los libros referentes a la dama Creaseworthy que pudiera encontrar. Dice que le interesó muchísimo.

—Ella debió ser genial.

Una risita escapó de los labios de Alice.

—Más que genial —aseguró la niña—. ¿Algo más?

—¿Crees que podremos juntarnos con Rhys de nuevo?

Alice se encogió de hombros, mirándolo.

—Tal vez. Pero qué haríamos; lo que antes teníamos en común creo que ya no.

—Eso no verdad —dijo Remus—. Lo sabes tan bien como yo. Uno no cambiaría así como así.

—¿Ah, sí? ¿Y te pondrías a ti mismo de ejemplo? —dijo Alice risueña—, vale, tienes razón. ¿Mañana?, le pasaríamos la información hoy. O lo hago yo.

—Yo lo podría hacer —propuso.

—Quédate con Sirius. Se ve que se quieren.

En la hora del descanso, como le denominaba a la media hora que tenía entre el almuerzo y la siguiente lección, Remus había apoyado tanto la cabeza en un escalón, con las piernas extendidas cerca de la base de la escalera, que no se dio cuenta que comenzó a tener la visión borrosa hasta que bostezó. Lo siguiente que Remus supo fue que había regresado a una vieja casa que se le hacía un poco familiar, como si ya hubiera estado ahí previamente.

Organizar, empacar, apilar, desempacar, acomodar.

Organizar, empacar, apilar, desempacar, acomodar.

Remus se había adaptado a aquella rutina. Aunque a veces se preguntaba si por una vez realmente iban a encontrar un lugar en el que vivir, sabía que era una pérdida de tiempo creer a las constantes promesas que le hacían los señores Lupin. La licantropía siempre estaría en sus venas; daba igual que los señores Lupin creyeran que ellos lo tenía todo cubierto, llegaría la noche en que todo se desmoronaría y ya podría actuar como un niño regular y normal… Regular y normal, ¿esas palabras todavía poseían algún significado para él o se habían convertido en una burla de la vida?

Había cumplido diez años hacía dos meses. Todo lo que había tenido fue un «felicidades, Remus» de Lyall y un «vamos, anímate. ¡Quiero una sonrisa en el rostro de mi bebé!» de Hope. Remus casi se había contagiado del buen ánimo de los señores Lupin, sin embargo, la sonrisa que les dio no le llegó a los ojos. Si los señores Lupin lo notaron, no lo mencionaron. Se habían mudado al condado de York recientemente. Remus se había acostumbrado a no despedirse de nadie; de hecho, no había tenido a nadie que pudiera llamar amigo desde Gary Myerson. Ambos fueron muy jóvenes cuando se separaron; y, a menos que conservara las fotografías que se habían tomado, lo más seguro era que Gary Myerson lo hubiera olvidado.

—Ve al parque, te divertirás —le prometió Hope Lupin sonriéndole. Remus se encogió de hombros mientras seguía viendo a través de la ventana de la cocina—; al menos inténtalo, ¿de acuerdo?

—No lo sé, mamá —dijo. ¿De qué iba a servir si se mudarían eventualmente? Un mes, una semana… ¿El tiempo que se quedaran en alguna parte valía la pena? Era un lugar más en una larga lista que nunca tendría un final—. Me quiero quedar aquí.

—Por favor, hijo mío. Tu padre y yo lo intentamos… Realmente lo hacemos, aunque no lo parezca; por favor, solo dale una oportunidad —pidió Hope—. Solo una y no más, ¿es un trato?

—Muy bien, lo haré, pero, ¿a dónde iré? —le preguntó sin interés, todavía sin apartar los ojos de la ventana.

—Te llevaré al parque.

Al cabo de unos minutos, no le importó ver la hora que mostraba el reloj, habían llegado al destino. Hope se quedó sentada en una banca, con una sonrisa que desaparecería en el momento en que Remus dejara de mirarla. El niño suspiró y se tiró al suelo, cerró los ojos al sentir el calor de los rayos solares impactando contra sus párpados. No comprendía por qué Hope perdía el tiempo ayudándolo de esta manera, o eso era lo que ella pensaba que hacía, si al final no conseguiría nada más que un aburrido Remus cuando regresaran a casa.

—¿Eres nuevo aquí?

Oyó una vocecita extasiada; al sentir que una sombra se puso delante de él, despegó los párpados con pereza. Era un niño, quizá de unos cuatro o cinco años de edad, con el pelo rizado de un tono marrón oscuro.

—Eh, sí.

—¿Quieres jugar conmigo?

—No.

—Por favor.

—Insisto. No quiero.

—Pero estoy muy aburrido —dijo—. Ya no puedo ver a Lola —añadió.

El pequeño niño hizo un puchero cuando mencionó a la tal Lola, aunque le pareció que se esforzaba por contener el llanto. No pudo evitar reflejarse en él por unos segundos; esa voz quebrada, anhelante de algo que no podía tener o que no sabía si volvería a poseer, y desalentadora. Lo que no podría olvidar de la despedida con Gary Myerson era la única pregunta que le hizo, que no le pudo responder y que se quedaría gravada en su memoria para siempre: «¿por qué?». No se atrevió a seguir en contacto con él, ignorando las sugerencias de los señores Lupin en el proceso, además, ¿cuál era la probabilidad de que Gary Myerson viviera en el mismo lugar?

¿Era absurdo, cierto? ¿Fue correcto que hubiera cortado lazos con Gary, verdad?

Le pidió a Lyall que arrojara todas las fotografías del álbum familiar. Al menos, todas las que incluían a los amigos que Remus había hecho; sí, incluso las de Gary. «No había que llegar a tal extremo», dijo Hope; sin embargo, ¿ella qué podría entender?

Le quería decir que no era su problema. Sin embargo, tuvo que ver directamente a los ojos de aquel niño para saber que realmente Remus no tenía que dar semejante respuesta. El pequeño, ¿cómo había dicho que se llamaba?, parecía muy ansioso por tener un poco de compañía. Y dicha compañía era Remus Lupin. Miró a los alrededores buscando el apoyo de Hope, quien solo le alentó a que lo hiciera.

—Vale —respondió, con pesadez—. Soy Remus, ¿y tú?

—Max —balbuceó—… Uh, creo que Cracknell.

—¿Crees? ¿Cómo que «crees»? —preguntó—. ¿No te sabes tu propio apellido aún?

—¡Sí me lo sé! —protestó Max indignado—, pero mami me dijo que ahora soy un Cracknell, pero sé que mi hermana mayor, Lola, no lo es. Así que no lo entiendo, y mami no quiere explicármelo.

—¿Por qué?

—Dice que estoy muy pequeño.

Max hizo un puchero.

—¿Y tu padre?

—No lo he visto desde que mami y yo nos vinimos aquí. Nos trajimos todas nuestras cosas —respondió con premura—. Lola no vino. Ni me despedí de ella, ni de papi tampoco. Los extraño; no los he visto en casi cuatro días. No sé qué pasa, ¡y realmente quiero saber! —Pateó el suelo con fuerza.

No le fue difícil atar los cabos. Le gustaría decir que su padre había sido honesto con él, que le había explicado que le pasaba sin contemplaciones; lo cierto era que no había sido así. Todo lo que habían sabido durante días era que Remus había desarrollado un gusto por la carne cruda, llegando a olerla antes de que su madre entrara a la casa; su padre le curó las heridas con un poción, no obstante, parecía culpable y comenzó a pasar más tiempo con él o encerrado en su estudio. Dejó de ir a trabajar, dejó de invitar a sus amigos a partidas de golf y comenzó a comprar cada libro de pociones y de defensa mágica que encontraba. Se puso histérico, murmurando para sí que tenía que hallar algo que ayudara a Remus.

Eventualmente la salud de Remus decayó sin que pudieran hacer nada para evitarlo. No importó a cuántos doctores fueron, todos le aseguraron que Remus estaba bien, sin embargo, él seguía agotándose aunque no hiciera nada en todo el día. Tenía problemas con las comidas, solo quería carne; especialmente si estaba cruda, lo que le dio problemas a su madre. Sin más que hacer y dándose por vencido, su padre tuvo que confesarlo todo.

Fue el peor día de su vida.

Y uno de los dos recuerdos que más ansiaba olvidar.

—Bueno…

No se sentía animado para una sesión de juegos. Debería rechazar la oferta e ir a pedirle a su madre que quería volver a casa para que pudiera leer aquel libro que tanto le gustaba. A su padre le había desagrado que Remus prefiriera los cuentos muggles por encima de los mágicos, varias veces había intentado que él cambiara de parecer. Luego del ataque de Greyback, era el primero en comprarle el libro que quería; e, inclusive, le pedía asesoría a su madre. Sin darse cuenta bajó la cabeza y suspiró.

A veces…

A veces él se preguntaba qué hubiera pasado si Greyback habría entrado a otra casa aquella noche de luna llena.

—Así que, ¿no quieres?

—No es eso, es que yo… es que… —balbuceó. Cierto, Max no sabía. Max no debería saber nunca. Viéndolo fríamente, no tenía ninguna razón que pudiera convencer a Max—, ¿qué juegos te gustan? —murmuró, decaído.

—Las herraduras —respondió Max, ajeno a los sentimientos de Remus—. Lola y yo las lanzamos.

—¿O sea que ganas? —dijo, levantándose del columpio y caminando a la par de Max.

—No. Ella siempre me gana, pero nos divertimos juntos. No tenemos herraduras aquí, así que, ¿a las escondidas?

—De acuerdo —dijo. Desearía contagiarse del ánimo de Max. Desearía que pudiera sonreír de esa manera, como si lo malo fuera a desaparecer pronto o como si no fuera relevante—. ¿Quién empieza?

Entonces, la imagen cambió.

—Tú no eres mejor que yo, pequeño Lupin —dijo una voz burlona—, pero tu papaíto no lo sabe. Yo me encargaré que se entere.

Remus se despertó sobresaltado, jadeante y con los ojos llenos de lágrimas.


*Al desconocer el nombre del primer director que tuvo Hogwarts, le di uno.