Harry Potter es propiedad de JK Rowling.
Capítulo X: Hábito y tradición
«Hay tantas cosas que nunca te dije en vida; que eres todo cuando amo y ahora que ya no estoy junto a ti…
Desde mi cielo os arroparé en la noche y os acunaré en los sueños y espantaré todos los miedos.»
Desde mi cielo, Mago de Oz.
16 de febrero de 1965.*
LA EXPLOSIÓN DE LYALL LUPIN (empleado del Departamento de Control y Regulación de Criaturas Mágicas) CAUSA CONTROVERSIA EN EL COMITÉ DE INTERROGATORIO,
por Andy Smudgley.**
Este día, 16 de enero de 1965***, se descubrió la muerte de dos niños de origen muggle en la zona donde habitaba una manada de licántropos. Entre ellos, se encontraba un vagabundo muggle que fue traído accidentalmente al Ministerio de Magia para ser interrogado por lo que había sucedido. El comité de interrogatorio iba a dejar el muggle sin la intención de causar un incidente a escala mayor, pero Lyall Lupin no compartía la filosofía. Basado en una suposición que carecía de fundamento, recomendó al comité de interrogatorio que se retuviera al vagabundo muggle hasta que llegara la siguiente luna llena, lo que estaba a veinticuatro horas de distancia.
La reacción no se hizo esperar. El comité al completo se burló de él, ¿quién no lo haría? Se supone que Lyall Lupin es un experto en el tema, pero quizá laborar demasiado tiempo le está haciendo ver cosas dónde no las hay. […]
Fue lo que Remus alcanzó a leer antes que mamá cerrara el periódico con fuerza, lo que provocó que la parte inferior se rajara hasta la mitad. Le quiso preguntar qué era lo que había hecho papá esta vez, ya que papá tenía una tendencia a dar comentarios que solía irritar a mamá. El niño, de casi cinco años, no entendía qué tenía de malo que papá dijera lo que verdaderamente opinaba respecto a todo lo que le rodeaba. Sabía que el trabajo de papá era importante y que involucraba la seguridad del mundo mágico, sin embargo, no comprendía por qué mamá se enfadaba con él. Deducía que tenía que ver con el hecho que mamá creció en el mundo muggle, lejos de las maravillosas herramientas que siempre ayudaban a resolver cualquier problema que aparecía, o eso era lo que decía papá cada que mamá refutaba con que aquello era para vagos.
Se concentró en el libro Animales fantásticos y dónde encontrarlos que mamá le regaló la semana pasada. En cuando Remus le preguntó por qué lo hacía, ella le respondió que él tenía que aprender estas cosas para defender en el hipotético e improbable caso que se diera. Papá y mamá le protegían de cualquier altercado que pudiera aparecer y siempre le decían que podía aprender —cosas muggles, aspectos mágicos— para asegurar su supervivencia. A veces pensaba que papá y mamá se lo tomaban muy enserio, pero no les contradecía ni debatía. Si ellos lo decían, debía ser por algo.
Le quería preguntar si podía ir a jugar a la casa de Gary, su mejor amigo le había mencionado que la señora Myerson le había comprado un nuevo juguete que Remus tenía que ver, pero supuso que mamá no lo dejaría ir. Pese a que mamá no se había enojado con él, Remus conocía lo suficiente a mamá para saber que momentáneamente no era buena idea tratar de conseguir lo que fuera de ella, así se tratara de un simple permiso. Mamá continuaba lanzándole una mirada fulminante al periódico, mascullando «Lyall, no sabes en qué lío te has metido. ¿Cómo te has atrevido a ocultármelo?» y miró aprensivamente a Remus, como si temiera que algo pudiera sucederle. Remus casi se echó a reír. ¿Qué le podía suceder si se hallaba en la seguridad del hogar?
—¿Te ocurrió algo recientemente, hijo? ¿Algo que mamá tenga que saber? Dímelo —preguntó mamá, usando un tono meloso que Remus no había oído desde los tres años—. Vamos, mamá puede guardar un secreto.
—Bueno —dijo—, hoy hice que mi dragón de peluche volara hacia mí —respondió, sabiendo que se trataba de su primera magia accidental.
—Oh. —Mamá sonó poco impresionada—. ¿Nada más?
—No, ¿tuvo que pasarme algo más?
Mamá unió los labios antes de decir:
—No, cielo.
—Vale —murmuró Remus, sintiéndose más curioso que antes y viendo intrigado a mamá. «No lo entiendo. Es un simple reportaje de El Profeta, ¿por qué actúa así?», pensó.
Mamá pareció notar lo que a Remus le sucedía porque comenzó a hacer ejercicios de respiración. Pese a que mamá se había molestado en el pasado, nunca había cambiado tan rápido su comportamiento. Era casi como si tratara de asegurarse que nada fuera de lo normal, aun para estándares de la magia, le había ocurrido. Sabía que no era con él el asunto pero intuía que se relacionaba con él en cierta manera; ya no estaba de ánimo para continuar con la lectura así que cerró el libro, sin ver en qué parte se había quedado, y tuvo la disposición de ir jugar al patio. Le quería preguntar a papá si le podía enseñar cómo hacer magia de mano, pero mamá siempre decía que Remus tenía tiempo de sobra antes que tuviera ir a un colegio mágico o que ellos le educaran en casa. Remus no quería aprender magia, él quería que papá estuviera con él; al niño le fascinaba el trabajo de papá, sin embargo le echaba de menos: había ocasiones en donde solo estaba con mamá durante horas porque el trabajo de papá le exigía que realizara viajes a otras partes del país y en otras había demasiado ajetreo en el ministerio y papá tenía que resolverlo.
En resumen: papá era genial, aunque dejaba a Remus muy solo y muy aburrido.
Remus quería que le devolvieran a papá.
No estaba diciendo que no le gustaba Gary. Él era el mejor amigo del mundo mundial; siempre podía contar con que Gary quisiera estar con él por mucho que ninguno de los supieran de qué manera querían divertirse; papá y mamá le habían aconsejado que no le contara a Gary de la existencia de la magia a menos que Gary resultara ser un mago nacido de muggles —hecho que papá consideraba imposible—. Ese fue el inicio de la conversación más tediosa que Remus había tenido en su corta; al principio le interesó descubrir más del famoso Estatuto Internacional del Secreto Mágico sin embargo papá daba las explicaciones tan tediosas. Solamente escuchó «borrado de memoria», «en situaciones excepcionales» y algo que sonó a «de profesor no te ganarías la vida».
Cabía señalar que papá no le volvió a dar lecciones de nada; al menos, sin dirigirle una mirada de molestia a mamá.
—Entonces, ¿puedo ir con Gary? —propuso Remus.
—¡No, de ninguna manera, no le permitiré que…!
—De acuerdo, iré al patio — susurró Remus posando los ojos en el suelo, cohibido.
—No quiero que te pase nada —se corrigió mamá, ya más calmada. Remus negó con la cabeza, ¿en qué tipo de peligro podría estar por estar en el patio?—. ¿Entiendes eso?
No, en realidad no lo entendía. Papá le había dicho a Remus que los muggles no habían causado tantos problemas desde la cacería de brujas y mamá, que solía estar en desacuerdo con papá, le dio la razón. Cuando Remus les preguntó a qué se referían, ellos le contaron la manera en que conocieron. Mamá había ido a dar un paseo a través de un bosque denso cuando se tropezó con un boggart y papá la salvó, y una cosa llevó a la otra.
—Pero Gary es mi mejor amigo y él no me haría nada malo, mamá —dijo Remus—, por favor, ¿puedo ir a su casa?
Mamá suspiró antes de menear la cabeza.
—No, Remus. Mamá solo quiere que tú estés a salvo, además que la señora Myerson me avisó que Gary estaba castigado —avisó mamá. Ah, eso lo explicaba. Pero, ¿qué había hecho Gary esta vez?—. Entonces, ¿qué dices? ¿Quieres que mamá esté todo el día contigo? Podemos divertirnos juntos, ¿te gustaría?
—¡Sí, quiero! ¿Y podríamos unir a papá a nuestro juego? —preguntó curioso, con una voz muy entusiasmada.
—Créeme, tu padre no sabrá qué juego le espera —respondió mamá, sonriendo dulcemente.
—¿Qué vamos a hacer?
—¿Qué es lo que te gusta hacer con Gary?
—Leemos historietas —respondió Remus—. Nos gusta muchísimo. La señora Myerson compra las mejores historietas que he leído.
—Son las únicas historietas que has leído —dijo mamá riéndose. Remus asintió—; busquémoslas en tu armario.
—Esas ya las leí.
—¿No quieres leerlas con mamá?
—De acuerdo.
No estaba convencido que fuera a ser divertido volver a leer el mismo tomo, pero hacía tiempo que mamá y él no estaban tanto tiempo como lo fue en el pasado. Mamá también se había distanciado de él a causa de su trabajo —era una maestra en una universidad— y lo que podía hacer Remus era aprovechar los ratos disponibles que tenían. La ausencia de papá y mamá causó que mamá contratara a la señora Myerson, una amiga de la infancia de mamá, como niñera. A veces le gustaría que ellos le prestaran más atención a él, lo que no podía ser posible a menos que renunciaran y eso no iba a suceder. Suspiró, supuso que no había nada que pudiera hacer y siguió a mamá.
Mamá leyó las cincos historietas que tenía, casi disfrutando de los pasajes y de la acción que había en las mismas; Remus, pese a que ya se conocía todo lo que sucedía, escuchó atentamente lo que decía mamá y reaccionó ante algunas escenas —como el ataque a la base secreta o el engaño del líder del equipo—. Fue divertido; fue casi como si mamá todavía estuviera con él como cuando Remus era más joven, sin tener que preocuparse porque llegara el límite de tiempo para que mamá se tuviera que ir, o para que papá ya no pudiera estar con ellos. También jugaron a hacer fortalezas con los bloques de construcción que mamá le había comprado —y que Remus cambió de color sin proponérselo— y le dijeron que invitarían a su prima para su cumpleaños.
Faltando media hora para que fuera el almuerzo, se oyó la puerta principal abrirse y mamá gruñó como toro embravecido. Remus sintió un poco de lástima hacia papá.
—Quédate aquí, cielo. Mamá tiene una plática con papá —pidió mamá.
Remus asintió. Lado positivo fue que no lo prometió: él quería saber qué le regalarían para su cumpleaños, que sería pasado mañana, y no podía esperar más tiempo.
—Está bien. ¿Seguiremos después, verdad? Me gusta estar contigo —dijo, y añadió para sí: «es más divertido de lo que esperé».
Mamá le dio un beso en la frente y bajó al primer peso; aunque mamá le decía que ordenara la habitación en donde estuviera antes de marcharse, estaba convencido que mamá y papá hablarían sobre algo que a él le pudiera interesar; Remus sabía que papá no se llevaba bien con su lado de la familia y que la culpa de ello la tenía mamá. Algo sobre que papá pudo haber encontrado a alguien muchísimo mejor que mamá y un montón de cosas que deprimían a mamá y enfadaban a papá; solo los tíos Zev y Colette Lupin, junto a su hija Brooke, los visitaban regularmente. Cada vez que Remus o Brooke se los preguntaban, papá o el tío Zev evadían la respuesta.
Un ruido fuerte, similar al de algo rompiéndose, se oyó desde la planta inferior. Remus no lo pudo evitar, descendió.
—Lyall, tú no puedes estar hablando en serio. Debe de ser así, porque más te vale que ésa no haya sido toda tu motivación para meter la pata hasta el fondo. ¿En qué estabas pensando?
—Pensaba en proteger a mi familia antes que fuera muy tarde, Hope. No sé tú, pero ése es mi trabajo y lo cumpliré a toda costa; no es responsabilidad mía que mis compañeros sean tan cerrados de mente y no hayan visto las pistas.
—¿Y qué crees que pasará después de esto? ¿Acaso te piensas que te agradecerá por lo que has hecho o qué? Por otra parte, ¿cuándo me lo ibas a decir?
—No lo consideré necesario.
—¡Esa es la actitud que nos meterán en problemas! Corrección, que ya te han metido en muchísimos problemas que todavía no sabes cómo resolver.
—En eso estás equivocada, Hope. Sé qué hacer, cómo hacerlo y en qué momento. —Papá se oyó muy ufano de sí mismo. Remus se inclinó más hacia la pequeña abertura de la puerta; le gustaría saber qué se rompió, pero no se arriesgara a hacerse notar. No quería ser castigado—. Estaremos bien. Fue al inicio del años, ¿no crees que si quisiera vengarse ya lo hubiera hecho, Hope? Tranquilízate, todo estará bien. Estaremos bien.
—¿Estás seguro?
—¿Alguna vez te he defraudado?
—Está bien, confiaré en ti. —Mamá suspiró derrotada—. Espero que sepas lo que estás haciendo, Lyall. No quiero que estemos en peligro, no por algo que pudimos haber evitado, ¿sabes?
—Si te tranquiliza me quedaré aquí. No iré al trabajo. No hoy, al menos. —Remus reprimió el impulso de abrir la puerta y abrazar a papá. Papá no sabía cuánto lo echaba de menos—. Nuestro hijo está en su habitación, a menos que hubiera bajado y te estuviera esperando.
—Espero que no estés diciendo lo que estoy pensando, Hope, tú no eres mejor que yo en este aspecto.
La situación empezó a bullir en niveles que Remus no había conocido anteriormente, por lo que se comenzó a alejar poco a poco, paso por paso. Papá y mamá no solían pelear por todo como las demás parejas que él había visto, sin embargo, sabía que debía ser por algo un tanto importante para alguno de los dos o no lo habrían hecho. Cruzó los dedos deseando que no empeorara; se detuvo hasta que llegó a las últimas gradas de la escalinata, donde se sentó y esperó a que papá —o mamá— vinieran a por él. No tuvo que aguardar mucho tiempo para descubrirlo ya que papá apareció. Papá todavía tenía puesta la túnica azul oscuro, dedujo que se apareció directo del ministerio.
—Hola campeón, ¿cómo va tu día? ¿Algo que decirme? —inquirió papá. Él siempre usaba un tono formal hasta cuando estaba en casa—. ¿Algo muy especial?
—¡Hice volar mi dragón de peluche hacia mí! —le respondió Remus—. Soy un mago como tú.
—Ya lo sabía —dijo papá, sin contener la emoción que lo embargaba. Importándole poco el hecho que pudiera arrugar la túnica o, en el peor de los casos, ensuciarla, se agachó a la altura de Remus y lo tomó en brazos—. ¡Mi hijo es un mago! ¡Irá a Hogwarts! ¿No es una noticia maravillosa, querida?
—Viva, cuánta alegría.
—¿No es bueno? —preguntó Remus, sintiéndose fatal.
Mamá y papá intercambiaron una mirada.
—No sé cómo lidiar con un mago en la familia —reconoció mamá. Remus hizo un puchero— pero aprenderé cómo hacerlo. Tú eres mi príncipe, cielo, y no dejaré que ninguna magiecita por ahí lo cambie.
—¿Magiecita? —repitió papá, incrédulo—. ¿A qué crees que le dices «magiecita»? El término es «magia», ¡no «magiecita»!
—Patatas, arándanos —desestimó mamá—. ¿Hay algo que quieres, cielo?
—No vuelvas a decir «magiecita». Nunca.
—No estaba hablando contigo.
—¡A Gary y a Brooke en mi cumpleaños! —contestó Remus, extrañado porque papá y mamá se volvieran a pelear; no porque la pelea fuera sinsentido, sino porque ellos no eran así. Remus no entendía qué los había cambiado y la conversación que oyó no le ayudó en nada. ¿Estaba relacionado con el artículo, cierto? Pues si papá decía que no había nada de qué preocuparse, entonces Remus le creería. Remus tiró la manga de la blusa de mamá; y mamá y papá dejaron de mirarse entre sí como si tuvieran una discusión no verbal—. ¿Los podemos invitar, por favor? Hace años que no veo a Brooke.
—Estás exagerando, campeón —dijo papá.
—De hecho, para él son años; hace cinco meses que no invitas a Zev y Colette —corrigió mamá. Remus asintió—. Para ser las únicas personas que todavía te quieren, no te esfuerzas en conservar el lazo.
—¿Por qué?
—Es… asunto de adultos.
—Tu papá viene de una familia que no se junta con alguien como yo, y lo repudiaron por casarse por amor —respondió mamá. Papá lucía alterado—. ¿Qué? No voy a engañar a mi hijo de por vida, y me niego a que piense tonterías de sangrepura****.
—¿Qué son «tonterías de sangrepura»?
Papá negó con la cabeza. Remus no supo si lo hizo para que mamá no dijera nada o para evitar que malos recuerdos vinieran a él. Mamá le explicó que se refería a repudiar a alguien por ser diferente, sea que naciera así o que no tuviera relación con el mundo mágico, hacia quienes no estaban en la misma escala social que la familia en la que estaban; papá le informó que la familia Lupin tenía una línea sangrepura que databa de cinco generaciones atrás hasta que papá rompió con la tradición. Le explicó lo que conllevaba ser considerado un traidor a la sangre, le contó de otros aspectos del mundo mágico que Remus no creyó que pudieran existir. Mamá no dejó de chasquear los dientes o criticar lo que papá decía, no obstante y por una vez, a papá no le importó.
—Sé que no tuve la educación que no uno se espera de mí, refiriéndome a cómo me comporto hoy en día —dijo él—. Si hay algo que no debes olvidar es que las apariencias no definen a quién sé es realmente. Míranos a tu madre y a mí, o a Zev y Colette. Prométemelo.
—¿Por qué?
—Es… un poco complicado de explicar —respondió papá, casi en un murmullo— pero te lo resumiré en que te puedes equivocar. Mi padre decía que las apariencias lo son todo, que tú no te podías juntar con alguien que perjudicara la manera en que te vieras y yo le creí durante años. Afirmé la filosofía de vida, pero no la supremacía de sangre. Mi familia nunca la ha defendido y no íbamos a empezar aun con la guerra contra Gellert. Nos mantuvimos neutrales.
»Me gradué de Hogwarts. Entré al Ministerio de Magia a los veinte años y… y todo lo que defendí comenzó a carecer de sentido para mí. No digo que mis padres se hubieran equivocado… —Mamá se aclaró la garganta—. Son mis padres, Hope. Fin de la discusión. El caso es que tuve que relacionarme con mestizos no muy bien acomodados, hasta con sangrepuras que apreciaban a los muggles más que a cualquier cosa o a quienes tenían pasatiempos rarísimos. No, no lo diré; tuve muchos problemas. Muchísimos contratiempos si no hubiera sido tan cabezota y casi perdí mi trabajo. Eso fue un golpe a mi orgullo.
»Me ensarté en una discusión con mi madre. No recuerdo lo que dije, pero me enfadé tanto que acabé huyendo. Fui a parar al bosque y me encontré con la mujer más intrépida y con peor carácter que nunca conocí. Y te lo aseguro, tuve que lidiar con varias a lo largo de los años. —Mamá rio—. Diferencias de ideales, uno muy cabezota con el otro y al final nos casamos.
—¿Y así es cómo resumes nuestra historia? —preguntó mamá, divertida. Papá asintió—. Al menos es certera.
—Sí, lo… ¿Cómo que a menos es certera?
—Zev me cuenta cosas.
—¡¿Qué?!
—Papá, ¿puedes dejar de pelear con mamá y seguir contándome la historia? —pidió Remus—. Quiero saber a dónde vas con todo esto, por muy aburrido que sea. Por favor, ¿seguimos?
—No sé a quién te pareces, de verdad. Y, para aclarar, no soy aburrido ni un mal profesor. —Mamá volvió a reír y papá resopló, exasperado de la actitud de mamá con respecto a aquellas cualidades de papá—. Mi madre estuvo muy complacida conmigo cuando supo que por fin quería sentar cabeza… hasta que me preguntó de qué familia venía Hope. Le dije todo: cómo la conocí, un poco de lo pasamos y eso…
»Padre y madre se ensartaron en una discusión conmigo, después que Hope se fuera. Me exigieron que respetara la tradición de la familia, que terminara cualquier abominación que pude tener con Hope y que me encontrara a una mujer más propia de alguien como yo. Esa fue la última vez que he hablado con ellos… en años. El que se quejó de que no lo invité a mi boda fue Zev. Honestamente no esperé que alguien, y mucho menos Zev, fuera a respetar mis decisiones. Por estoy esforzándome con ayuda de Hope para hacerlo bien.
Remus asintió, sin saber qué más hacer. Era bastante información para asimilar y la mayoría de ella no había pillado la relevancia que papá le daba. La pureza de sangre y las consecuencias de seguirlas eran, más o menos, entendibles para el pequeño niño. ¿Todo el asunto de repudiar a un hijo, casarse por amor, tradiciones familiares, lo que se hacía en el Ministerio de Magia…? No, por supuesto que no. ¿Y por qué papá tenía que hacer que sonara confuso? Bueno, para ser justo, quizá no era complementa la culpa de él. Mamá le sonreía a papá, como si estuviera recordando cómo se conocieron y demás detalles aburridos que ni siquiera a Brooke le gustaban. Y si a Brooke no le gustaba algo, Remus no le daba una oportunidad.
Después de todo, Brooke sabía más que Remus.
—Sí que te esfuerzas —añadió mamá. Papá trató de sonreír pero le salió una mueca casi grotesca— y no creo que Zev esté disgustado por romper el protocolo de la familia Lupin. Quiero decir, se casó con Colette.
—Ella es de buena cuna. Eso ha bastado para que mis padres no se hayan opuesto al compromiso, aunque el comportamiento de Colette sea deplorable.
—No estoy hablando de su ascendencia, sino de su actitud —dijo—. ¿O ya te olvidas del desastre que Colette en la cena, cinco años atrás? Y con lo que has dicho, definitivamente que tus padres no la han aceptado a ella más de lo que me han rechazado a mí.
—Lo sé, pero aun así… —¿Cómo se habían desviado a este tema? Desde hacía minutos que Remus apoyaba su cabeza en la palma de la mano mientras que se deslizó lo suficiente para que estuviera a punto de caer en el siguiente escalón, el penúltimo. No era corrector interrumpir a los mayores, dejó escapar un bufido y los adultos repararon en él—. Continuemos con esto en otro momento, Hope, nuestro hijo parece muerto de aburrimiento.
—Lo lamento. —No lo sentía. No quería ser regañado—. ¿Podemos jugar un rato, papá?
Las horas pasaron; el sol se acababa de ocultar. Mamá había terminado de preparar la cena y ya había enviado las invitaciones a los amigos de Remus, quien se encargó de agregar una línea o dos en las de Brooke y Gary. Papá no había dejado de mirar a través de la ventana, como si estuviera esperando que alguno de los funcionarios del Ministerio de Magia apareciera. Remus esperaba que este no fuera el caso. Para una vez que papá y mamá estaban con él, Remus no quería que los demás vinieran a interrumpir el rato agradable que estaba teniendo con ellos. Se habían divertido, había contado una infinidad de chistes —unos más divertidos que otros—, le habían dicho historias de lo que ellos habían vivido… Era la mejor noche que había tenido en la vida y no la cambiaría por nada.
No pensó en que tendría que acabar al día siguiente, ni que volvería a pasar las horas muertas con los señores Myerson mientras escuchaba los maravillosos que eran. Gary no dejaba de halagar a los señores Myerson en cada momento que él podía, y Remus solo podía inventarse aventuras que sabía que nunca tendría con ellos, con la magia de por medio o no. No pensó en que a veces le tenía un poco de celos a Brooke quien, pese a que nació siendo una squib, poseía el tiempo incondicional del tío Zev y la tía Colette. Tampoco pensó en que tendría que discutir con Brooke por el último pedazo de la tarta de manzana menos de un mes. Nada de nada; todo lo que permanecía en la mente de Remus desde hacía horas eran mamá y papá, aquí con él. No podía haber nada mejor que eso.
Se encontraba en la habitación de papá y mamá. Estaba buscando la caja de antaño de papá, donde papá guardaba aquellos recuerdos que significaban todo el mundo para él. Mamá le decía que no lo tocara: no se podría saber qué se encontraría ahí, o si habría algo que le podría hacer daño como un hechizo que le propulsaría directamente hacia la pared, o uno de los libros mordelones que papá tuvo que comprar en tercer años, o… Remus consideraba que mamá exageraba. Papá sabía lo que hacía y cómo lo ejecutaba. El niño sonrió; lo abrió y comenzó a registrar: había un álbum con un montón de fotografías de papá en Hogwarts, aparecía sin sonreír y sin compañía a su alrededor. También había medallas y trofeos de los concursos en los que compitió, todas de primer o segundo lugar. Una en la que aparecía la promoción de papá en el Ministerio de Magia, otra en la que estaba en la oficina que le habían asignado…
Empezó a ladear la cabeza hacia un costado, con los labios entreabiertos y apartando cinco fotografías a las que no les prestó atención, asumiendo que serían como las demás. Se estaba vaciando y no veía nada que hiciera referencia a mamá, el tío Zev, la prima Brooke, la tía Colette o el propio Remus. ¿Papá debía tener una guardada por ahí, en algún lugar secreto que Remus no imaginaba, donde las protegía, verdad? Eso tenía sentido; papá decía que no había nada más importante que la familia. Siguió sacando lo que había, dejándolo junto a la no tan enorme pila que había.
Al cabo de unos minutos, desistió. Lo ordenó y la dejó en el armario.
—Estoy confundido —dijo, saliendo de la habitación y cerrando la puerta sin hacer barullo.
—Dime que no entiendes, cielo —pidió mamá, su tono de voz demostraba que lo había buscado por toda la casa.
Sintió que los dedos se le ponían resbaladizos, producto de un sudor que le había empezado. No le podía decir «mamá, revisé en la caja de papá y no te vi ahí, no nos vi ahí, ¿por qué?» porque estaría en un gran problema. Mamá era muy firme con las reglas que ponía.
»Vamos, Remus, dímelo —insistió mamá, preocupada—. ¿Viste algo que no te confundió? ¿Un tipo de sombra por aquí?
—¿Eh? No, no mamá. No hay ningún boggart aquí, ¿verdad? —preguntó asustado. Mamá negó—. Quería ver qué me habías comprado.
—¿En serio quieres arruinar la sorpresa, eh? —dijo, juguetona. Remus se sonrojó un poco—. Vale, te lo puedo decir. Pero prométeme que no se lo dirás a Lyall, ya sabes cómo es tu padre.
En realidad ya sabía la verdadera intención de todos los regalos, y no le gustaba. No lo dijo, no era lo correcto. Además, lo hacían por él.
—Sí, mamá. Será nuestro pequeño secreto —prometió forzando una sonrisa en el rostro, sin que le llegara a los ojos.
—¿Estás seguro que te estás bien, cielo?
—Sí, mamá —respondió, más bruscamente de lo que esperaba. Inmediatamente se disculpó—. Lo siento, no sé por qué estoy de mal humor. Lo siento, mami.
—Todos tenemos un mal día. —Mamá le besó la frente—. Vámonos con Lyall. Está esperándonos en el comedor.
«Normalmente es al revés… No lo digo por ti», pensó.
Mamá no notó que Remus suspiró con cansancio y un fuerte deseo de ir a la cama. Si no fue ahí fue porque tenía hambre y no quería que mamá se pusiera peor con él. No lo había querido admitir, pero desde que mamá leyó el reportaje aquel se volvió más protectora con él. ¿Una noticia en El Profeta fue el impulso, en serio? No podía decir que no le sorprendía. Ignoró la conversación que se hacían papá y mamá —«cómo estás, qué reunión tienes que atender, por qué tanto tiempo, cuál es aquel archivo, cuándo será, dónde se oficiará»—. Cenó la mitad del plato y se bebió casi todo el contenido del vaso; se levantó sin emitir el menor sonido que desconcertara a papá y mamá, luchó por depositarlos cerca del fregadero y subió a su habitación.
Unas horas contemplando las estrellas lo solucionaría. Era una hermosa noche de luna llena.
¿Qué podría salir mal?
*Si dice que fue poco antes del quinto cumpleaños de Remus y quedó convertido en un licántropo hecho y derecho después de eso, no pudo ser en marzo sino en febrero.
**A principios de 1965 y faltando veinticuatro horas para la siguiente luna llena… Me tomé la libertad creativa de redondear el tiempo que hacía falta, por lo que sería el 17 de enero.
***Es un periodista que trabaja para el diario El Profeta. Escribió los artículos: Más reciente asalto a Gringotts (1991), el que contó cómo Harry Potter y Ronald Weasley se cargaron el Estatuto Internacional de Secreto Mágico con un Ford Anglia volador y ¡Es Sirius!, dijo el Ministerio de Magia (1993). En este momento de la historia, Alejandro "Andy" Smudgley tiene diecinueve años.
****El estado de sangre de Lyall Lupin está entre mestizo y sangrepura.
