Harry Potter es propiedad de JK Rowling.
Capítulo XI: En la penumbra.
«El placer de la caza es el placer de la espera.»
Joseph Antoine René Joubert.
31 de octubre de 1971.
Dulce o travesura había sido su actividad favorita.
La primera vez que lo había celebrado tenía tres años y ni siquiera se dedicó a pedir los dulces, sino que Hope estuvo ocupada atendiendo a cada niño disfrazado que llegó a su casa y Remus sólo miró, indignado, cómo los dulces desaparecían del plato; Hope lo rellenaba y el proceso se repitió hasta entrada la medianoche, donde Remus se fue a dormir. Al día siguiente Hope le explicó en qué consistía la actividad. «Hope, los compraré. Es una tradición sinsentido», dijo Lyall. Hope no le convenció de la importancia de reunirse con sus amigos para juntar todos los caramelos que pudieran caber en las bolsas y reconoció que en más de una ocasión acabó con caries, pero que valió la pena.
Al año siguiente Hope y Remus celebraron Halloween a la manera muggle. Le consiguió un disfraz de pirata. Remus lo estuvo imitando torpemente de casa en casa, pero eso no disminuyó la cantidad de dulces que recibió aquella noche. Hope se aseguró que los dulces le duraran al menos por dos meses completos. Después de que convirtió en licántropo, la noche de brujas tomó un significado completamente diferente para él. Ya no era una simple noche en la que podría disfrazarse durante las horas que quisiera mientras se entretenía en dónde vivía, esperando que los señores Myerson no estuvieran tan ocupados para que Gary le pudiera acompañar. Durante un tiempo intentó continuar con lo que más le gustó en aquel momento, pero a veces tuvo la mala suerte que la transformación le tocó antes del treinta y uno; tuvo que recuperarse, tuvo que ver cómo los demás niños se entretenían y oír las supuestas aventuras que Gary había tenido. Intentó que no le molestara, intentó no tomárselo como algo personal y pensó cómo podría hacer que funcionara para él.
No salió de la manera en que lo esperó. Pese a que no lo podía pasar del modo en que le gustó tanto por un breve período de tiempo, decidió que todavía lo podía celebrar al estilo de la familia Lupin. Lyall se familiarizó con los tipos de disfraces que los niños muggles compraban y solía elegir los que le podrían gustar a Remus, Hope decoró toda la casa con algo que ella llamó «la casa de los espantos» y parecía que había estado en varias de ellas, ya que siempre tenía una idea distinta cada año. Gary no asistió a ninguna. Ninguno de los niños que «conoció» fue invitado. Los señores Lupin nunca encontraron una explicación a por qué un niño no estaría pidiendo dulce o travesura, o a por qué estarían haciendo algo así cuando ya había pasado dos semanas desde la noche de brujas.
La luna llena sucedería dentro de dos noches. Iba a aprovechar esta rara y hermosa oportunidad para hacer lo que no había podido durante años: estar con sus amigos, con los demás niños y ver cómo podría implementar el dulce o truco a las tradiciones del mundo mágico. Al principio consideró invitar a Sirius; no obstante, dedujo que alguien que se había criado con las más rigurosas normas de los estándares sangrepura nunca aceptaría, el mismo caso aplicaba para James. O eso se decía para no averiguar lo que James realmente pudiera pensar de hacer algo muggle para variar.
No sabía qué esperar de Peter y Damián respecto a este tema: Peter probablemente estaría familiarizado con las costumbres muggles, la sola idea de invitarlo le parecía descabellado; Damián se reiría en su cara y le insultaría sin que pudiera terminar de explicarse. O le interrumpiría, le ignoraría y, luego, se reiría en su cara y le insultaría.
Alice Taylor se veía dispuesta a aprender de aspectos de la vida muggle. Le podría decir que «Alice, ¿quieres hacer la versión de mi familia de dulce o travesura?» pero sería incómodo tener que responder a cada pregunta que Alice tuviera sobre dicha actividad, o por qué Remus había contribuido a la creación de la misma hacía tantos años. ¿Podría evitar el asunto entero de que estaba inspirado en dulce o travesura e ir directamente a hacerles la invitación? Después de todo ya tenía experiencia mintiendo, ¿cuál podría ser la diferencia en esta ocasión?
La diferencia era que ya había hecho amigos; no se suponía que se sintiera fatal por mantener las distancias, por no ser honesto con ellos pero así se sentía Remus. Hope le dijo hacía años que no tenía alejarse de nadie, que podía ser parcialmente honesto con quién él quisiera sin revelar que era un licántropo. Lyall, por otra parte, no opinó lo mismo que Hope. Él aseguró que lo más importante era mantener la coartada siempre que fuera posible, que no se podía saber quién estaba observando y que estuviera muy seguro de a quién le confiaba ese tipo de cosas, que lo podían usar en contra de Remus y que eso solamente lo dañaría. No sabía qué hacer, no sabía a quién le debía hacer caso. Lyall se crio en el mundo mágico, él sabía de lo que hablaba; sin embargo, las opiniones de Hope le gustaban muchísimo más.
Era un niño. Todo niño quería ser aceptado por los demás, tener amigos y ser feliz con quién lo escogiera. ¿Por qué no podía ser Remus ese niño que veía constantemente en sus compañeros, en los alumnos de grados superiores y en los muggles? ¿Por qué no podía ser igual a los demás? Suspiró, sin saber qué respuesta le podía dar: se podía arriesgar o podía escoger la opción segura; podía confiar en sus amigos o podía mantenerlo para sí, como llevaba haciéndolo desde muy joven; podía ser feliz o podía aparentar que era feliz. Había tantas que Remus podía hacer, lo que diferencia a cada una era cómo lo llevaba a cabo.
Le estaba dando muchas vueltas al asunto; ignoró la mirada interrogativa de Sirius y pretendió que entendía lo que explicaba Slughron. Desde que había despertado esta mañana que no se lo había podido quitar de la cabeza, no importando cuánto tratara de concentrarse en otra cosa o en detener las interminables peleas entre Sirius y Damián. Era estresante que se había resuelto una rivalidad sólo para que otra pudiera comenzar y no podía decir qué la había causado. Se distrajo por unos minutos para ayudar a Jessica a limpiar el desastre que causó en la sala común, oyó un sonido muy curioso y muy familiar, regresó al dormitorio y se encontró con que Damián y Sirius tenían una pelea de almohadas. James les había quitado las varitas y Petes les recordó que se meterían en muchísimos problemas si la profesora McGonagall descubría que habían tenido un duelo de magia sin su permiso o sin su supervisión.
No se iba a resignar a que terminaran odiándose entre sí. En los ochos meses que quedaban Remus podría idear una manera para que ellos, al menos, dejaran de profesarse aquel odio que simplemente iba de aumento en aumento. Entendía que James y Sirius no se llevaran bien, comprendía que Damián despreciara a todo ser viviente que no fuera de utilidad para él, incluso no presionaría a Peter para que se les uniera a menos que Peter ya estuviera listo o ya hubiera decidido dar una oportunidad; mas, ¿por qué tenían que chocar sus personalidades entre sí? Volvió a suspirar y se acomodó en el respaldo de la silla. Sirius le vio aún más interesado por su comportamiento pero no le importó; ya después vería qué le iba a decir, si era que Sirius decidiera preguntarle.
Por ahora no había visto nada fascinante en la decoración en Hogwarts. Para ser un colegio de magia y hechicería, esperaba un tipo de decoración que dejara en vergüenza al que utilizaban los muggles. Lo más cercano a Halloween que había visto en todo el colegio —o en todas las partes del colegio en las que había estado— fue en el Gran Salón. El desayuno acababa de comenzar y, a la mitad del desayuno, el lugar quedó en penumbras y se escuchó un grito fantasmagórico que provocó varios gritos y frases del tipo «vamos a morir» y «quiero a mi mamá», además de algo sonó a «yo no pagué para ser traumatizada aquí». Entonces se oyó otro grito en alguna parte de la mesa de Slytherin y se dejó oír una carcajada tétrica y maliciosa.
Fue Peeves. Desde su lugar en la mesa de Gryffindor, Remus pudo notar que el director Dumbledore y el profesor Kettleburn se veían muy entretenidos mientras que la profesora McGonagall y la profesora Sprout lucían disgustadas. La profesora Haywood parecía tener una opinión imparcial, considerándolo una pérdida de energía y retando al alumnado a que probaran qué suerte tendrían de hacerlo en su clase. Normalmente Peeves no se podía salir con la suya, pero quizá esta era la excepción que Peeves aprovecharía al máximo; lo que esperaba era que Peeves no se decidiera por hacer este tipo de bromas en Transformaciones o Defensa Contra las Artes Oscuras. No terminaría bien para el duende.
¿Peeves era un duende, verdad?
Apartó el pensamiento. Duende o no, no quería volverse uno de los objetivos para las travesuras de Peeves. Si el duende quería, le podía causar un verdadero mal trago a quien se le cruzara por el camino sin tener una razón válida para hacerlo. Una vez le robó los apuntes a un alumno de séptimo de Ravenclaw, se los escondió y se los devolvió hasta después de los exámenes. Énfasis en devolvió. Remus no quiso saber por qué Russell parecía disgustado cuando volvió a contar la anécdota. Y, como esas, había muchos desastres que el duende había provocado. Los profesores no podían hacer nada para detenerlo y sospechaba que, mientras Peeves no cruzara un tipo de línea que nadie conocía, el director Dumbledore no haría nada en contra del duende.
—Hoy estás realmente pensativo. —Era Sirius que se había hartado de ser ignorado. Remus murmuró una disculpa, suponiendo que llevaba un largo rato hablándole mientras que él estaba perdido en la tierra de los recuerdos—. ¿Algo que tenga que saber? Cualquier cosa es más interesante que lo que diga Slughron.
—Sólo estoy recordando algo que solía hacer con mis padres —respondió, y luego volvió a sonreír.
Le gustaba cuando Sirius se mostraba más del tipo comprensivo y menos del tipo altanero. No lo cambiaría por nada del mundo y tampoco le pediría que dejara de referirse a los nacidos de muggles como sangresucias. Pese a que Sirius podía ser pedante e irritante una buena parte del tiempo con una cantidad considerable de personas, le hacía feliz que lo hubiera elegido para que formara parte de su círculo de amigos. Sonaría cursi, pero no se imaginaba soportando la instancia en cualquier casa sin que nadie estuviera apoyándole. Estaba seguro que Rhys y Alice le ayudarían, pero no había modo en el que él pudiera comprobarlo. Por un momento consideró decirle a Sirius en qué consistía, lo desestimó. Lo que hacía en el pasado se quedó en el pasado.
Apuntó desganadamente la página del libro en donde se comenzaba a detallar las especificaciones del filtro de muertos en vida. Jessica Dalton era la que había preguntado qué efectos provocaba en las personas y el profesor Slughron, con un brillo de emoción en sus ojos, comenzó a explicarlo como si fuera un niño en la mañana de Navidad. Era cierto que Slughron no era el profesor más estricto, el más serio, el que inspirara una confianza incondicional o, simplemente, alguien a quién contarle lo que fuera, pero las clases de Slughron resultaban amenas. Y eso, para Remus, era más que suficiente.
—Vaya… —dijo Sirius conteniendo un bufido. Remus lo miró, confundido. Luego, se dio cuenta que Sirius estaba mirando la mesa en la que James y Peter estaban—. Potter es un chiste para esta clase. Preveo que Potter reprobará los exámenes y que arrastrará a Pettigrew con él.
—Te preocupan.
—No lo hacen —dijo Sirius. Remus sonrió—. Tendré que ir a la fiesta de navidad de madre. Sí, he dicho madre. Ella la organiza y padre crítica cada detalle. Honestamente, a veces creo que ni ellos se entienden. En fin, no te creerías el número de invitados que llega por año, y cada año es exactamente lo mismo. No hay nada que pase que sea rescatable.
—¿Y no vas a estar con Regulus? —preguntó Remus.
—Él tiene sus propias cosas que hacer —dijo Sirius—; lo que se traduce a que tiene amigos y que ya no quiere estar conmigo. —Se encogió de hombros—. Creo que tendré que encontrar a alguien por ahí. Y te invitaría pero madre no lo apreciaría. Y ojalá que dicho alguien no sea un Potter o me lanzaré por la ventana.
Pese a que Sirius no soportaba a James, sí que le prestaba atención. La sonrisa se ensanchó al pensar en lo curioso que era que los enemigos declarados se interesaran tantísimo en la vida del otro como si fuera lo más emocionante en el mundo; era una especie de regla o algo así. No pudo evitar que su mente divagara en qué pasaría si los cinco se llevaran bien, tal y como James había dicho. No era tan ingenuo para creer que las peleas desaparecerían y que vivirían en armonía y paz, pero sería genial tener la camaradería que había visto en el equipo de quidditch de Gryffindor o la que, en ocasiones, había entre Lily y Jessica, entre Sirius y Remus, entre sus primos o los alumnos de grados mayores que solían juntarse frente a la chimenea a hablar por horas y horas.
Sanders y Russell debatían constantemente acerca de qué técnica resultaría más útil para vencer al contrincante, con los ocasiones aportes de M.G. McGonagall y Hughes. Bueno, lo que Hughes había entendido por aportar era quedarse dormido hasta que Sanders le exigía que se concentrara si realmente quería escuchar lo que planeaba para el equipo con anterioridad. Ese muchacho tenía un problema del sueño: se dormía muy tarde y quería recuperarlo en el día, sólo para repetir la rutina al día siguiente. Suspiró. En serio que quería saber cómo Hughes defendía su posición si parecía prácticamente incapaz de estar en cualquier parte sin pretender tomar una siesta. Algún truco Hughes debía tener escondido bajo la manga o Sanders ya lo hubiera sustituido sin piedad, sin importar lo bueno que fuera, o que fuera el único que supiera desempeñar el papel de un modo más o menos aceptable.
La temporada de quidditch estaba a la vuelta de la esquina. «Será genial ver jugar a la magnífica M.G. McGonagall», dijo James después que Sirius le exigió que se callara. Damián se mofó del comentario con algo que sonó a «muy esperable de ti, majestad» o que pudo ser un «amargado». No lo sabía. El caso era que James parecía encantadísimo por saber qué tan talentosa era M.G. McGonagall como si fuera una celebridad que sólo se quedaría en la ciudad por unos días antes de irse de gira. Quizá se debía a que todavía no le veía lo emocionante al quidditch o al béisbol, pero lo creía una exageración. Al volver a pasar tiempo con Rhys descubrió que seguía tan obsesionado como el primer día de clases.
¿Alguien le podría pedir a Rhys que se calmara un poco? No tenía que insistir constantemente en que «no hay mejor deporte que el béisbol» a cada estudiante que se veía en la obligación de escucharlo. Lo quería, era su amigo, pero agradecía no ser su compañero de cuarto.
El tiempo de la clase terminó. Los alumnos comenzaron a salir como si los gases de las pociones hubieran tenido un efecto tóxico en ellos y el aire fresco fuera su única salvación. Nadie podía siquiera imaginar lo refrescante que era convivir con niños de su edad, poder verles y hablar con ellos aunque fuera sólo para decir «hola, ¿cómo estás?». Tantos años viviendo como un especie de nómada había causado más heridas de las que uno podría querer.
Se llevó una sorpresa a la hora del almuerzo. Todo parecía normal, lo más normal en un colegio mágico, hasta que una de las lechuzas se detuvo delante de él mientras le entregaba una carta. Al principio se había extrañado, no esperaba ninguna carta de Hope ni de Lyall.
—Pareces haber visto un fantasma, Remus —dijo Jessica.
—¡Pero bueno! ¿Qué hay entre ustedes y culpar de todo a los pobres fantasmas? —se quejó James. Lily, que normalmente le hubiera enviado una mirada lúgubre, le ignoró—. ¡Eso es todo! Tú y yo tendremos una conservación acerca de cómo ser educados con nuestros amigos fantasmagóricos.
—Pero…
—No me digas que «pero», señorita. Tú te lo buscaste —dijo James—. ¿Alguien más que tenga algún comentario despectivo sobre los fantasmas? —preguntó a los estudiantes que estaban a su alrededor. Los mayores se rieron y los de su generación o le ignoraron o respondieron que no rápidamente—. Eso fue lo que pensé.
—¿Y quién te la envió? —preguntó Sirius.
—Mi prima Brooke —respondió Remus con una amplia sonrisa en su rostro—. Ella estudia en la Academia Mágica de Arte Dramática desde hace dos años. Dudo que la conozcan, a menos que vaya al andén a esperarme —añadió.
Entre la familia no había secretos. El tío Zev y la tía Colette se habían enterado de la condición de Remus, unas semanas que se hubieran trasladado a York. De alguna manera tía Colette acabó enterándose que vivían ahí y les hizo una visita sorpresa, y la sorpresa se la llevó ella cuando vio en qué estado se encontraba Remus después de la transformación. Por lo visto él había estado dormido mientras que Hope decía que «yo hice lo que hice para proteger a mi hijo» mientras que tía Colette la criticaba, a gritos, con la siguiente frase: «¿cómo pudieron mentirnos por tantos años? ¡Y nosotros que creíamos que tenían tan poca estabilidad laboral, para que ahora descubramos que nuestro Remus es el único que tiene una nula estabilidad en su vida! Pero en qué estaban pensando. ¡Y haz que Lyall mueva su trasero hasta aquí, Zev tendrá algunas buenas palabras para él!».
Brooke, en cambio, no le dijo que no era su culpa, que vería cómo lo resolvería o que fuera feliz, que ser licántropo no tendría que detenerle para conseguir un futuro prometedor. Todo lo que su prima hizo fue abrazarle y decirle que lo amaba.
—¿Y qué te dice? —dijo James.
—Que está feliz que haya hecho amigos…
—Eso dijo mamá. Aunque añadió que esperaba que no los ahuyentara esta vez —interrumpió Kara, despreocupadamente.
Jessica se alejó de Kara.
—También me dice que me espera en navidad —dijo Remus—. Parece que ya sé qué haré.
—Entonces, ¿yo seré el único que se quedará? —dijo Peter, incrédulo.
—Sí —confirmó Damián.
—O puedes venir conmigo —dijo Remus a Peter—. A mi familia no le importará.
De hecho, apostaba que sus tíos, su prima y sus padres estarían muy, muy emocionados en cuando leyeran la respuesta de Remus a la carta de Brooke.
Horas después, iba de camino hacia la sala común de Gryffindor mientras que pensaba en el agotador día que había tenido. No tenían clase los domingos, por lo que Rhys, Alice y Remus aprovecharon para pasar todo el tiempo en compañía del otro ahora que tenían la oportunidad. Estar en diferentes casas era un pequeño impedimento para mantener su amistad. «Podemos hacer esto. Alice y yo lo hemos hecho desde septiembre», dijo Rhys. Remus se incomodó. Él no había querido desatenderse de sus amigos, era algo que había sucedido sin que pudiera anticiparlo. No se los dijo, eso iba a causar una discusión y Remus acabaría sintiéndose peor de lo que ya se encontraba.
Contuvo un bostezo. No tenía ganas de ir a cenar, sólo quería acomodarse en la suave, tentadora cama y quedarse dormido antes que Damián lo despertara. Que si no eran las preguntas de Peter sobre a dónde había dejado lo que fuera a necesitar ese día, era Damián que se había dado la responsabilidad de despertar a sus compañeros de la manera más creativa que pudiera imaginar. James le había encontrado la gracia al asunto mientras que Peter balbuceaba que Damián sólo disfrutaba el complicarlo todo. Aunque Sirius nunca lo admitiría, él también lo disfrutaba. Quizá Sirius no fuera un bromista, no al estilo de James, pero Sirius también sabía reconocer una buena broma «inocente».
Detalle a tener en cuenta: Damián Long e inocente no iban juntas. Jamás. Nunca.
—¿Estás bien? —dijo Remus. Se encontró a un niño sentado a un par de metros del retrato de la Dama Gorda, abrazando sus propias piernas mientras que le castañeaban los dientes. Esto no sabía si era por pánico o por caído en el agua fría del Lago Negro—. Vamos, di algo. ¿Quieres que vayamos con madame Pomfrey?
—Estoy bien —susurró el otro. ¿Qué le había pasado a James Potter? ¿Y por qué parecía aterrorizado?—. Sólo entré en el pasillo equivocado. No lo volveré a hacer. ¡Quítalo de mí! —gritó, con un aire ausente.
—Lleva así una hora —explicó la Dama Gorda. Remus la miró, preocupado—. Y Lily Evans me pidió que le transmitiera un mensaje a Remus Lupin, en caso que ella no hubiera entrado a la sala común: «te dije que no jugaría en su estilo, sino en el mío».
—¿Qué?
—No lo sé. Es lo que ella dijo —dijo la Dama Gorda. Se inclinó hacia James, como si quisiera tranquilizarlo pero no pudiera—. Llévalo a la enfermería. La señora Pomfrey lo podrá arreglar. Ella buena reparando lo que se ha quebrado.
Diez minutos después, madame Pomfrey no se conmovió por los lamentos de James.
Ella puso los ojos en blanco y revisó que no tuviera herida de gravedad; la enfermera le recordó que su presencia no era requerida y que debería irse a dormir. Remus negó con la cabeza y se quedó con él durante toda la inspección. Estaba preocupado por su compañero de cuarto y todavía se preguntaba qué tan malo pudo haber sido para que el dramático niño estuviera haciendo un escándalo monumental. Sabía que James tenía algo en contra de permanecer en la oscuridad, aunque no podía decir si le tenía miedo o si simplemente le disgustaba. No el disgusto de «alguien me asustó de muerte» sino del tipo de «no me gusta la oscuridad. Y el brócoli es asqueroso».
Remus sonrió divertido cuando recordó que James se catalogó el amigo de Sirius por un par de días. Según la lógica de James, ese pequeño detalle los hacía inseparables y amigos del alma. No le funcionó.
Era increíble que James hiciera una cantidad innumerable de intentos solo para caerle bien a alguien. Parecía que era inconcebible que alguien odiara a James Potter. Para bien o para mal, Sirius no se veía afectado por su comportamiento. Su amigo estaba bien mientras que James no invadiera su espacio personal, por vigésima tercera vez en lo que iba del año lectivo; o le forzara a que hiciera actividades para encontrar qué tenían en común, por décima vez en cuatro días; o que le prometiera a Damián que le daría material de chantaje si manipulaba a Sirius para que se encontrara con él en el jardín, de nuevo. Se llevó las manos a la boca y trató de contener su risa lo más que pudo. James Potter era un personaje por sí mismo.
En serio, ¿en qué estaba pensando con eso?
—Se puede retirar, señor Potter.
—Pero… pero usted ni me hace caso. ¡De por sí Damián se queja por mis velas encendidas, ahora tendré que poner más y me volverá loco! —protestó el niño—. ¡Tiene que hacerle algo a Evans! Con respeto a las arpías, criaturas magníficas, ¡pero esa pequeña arpía se lo merece!
—Ocupar mi tiempo en resolver las confrontaciones de un par o un grupo de alumnos es fútil. Ellos siempre hacen la misma escena si les apetece. Le recomiendo que se centre en no involucrarse en ningún tipo de actividad que lo envíe de nuevo a mi enfermería —respondió Pomfrey. James se cruzó de brazos e hizo un puchero—. Tengo ocho años de experiencia laboral. Estoy inmunizada a esa respuesta infantil en particular. Puede adornarla con los ojos de cachorro, si quiere. Ahora, regresen a su sala común antes que la profesora Haywood los encuentre.
—¿Por qué no la profesora McGonagall? —preguntó Remus—. Ella demanda respeto a simple vista.
La comisura de los labios de Madame Pomfrey se curvó en una sonrisa.
—Minerva fue el tipo de fanática que la mayoría evita. Hubo un determinado número de veces que la profesora Haywood rechazó sus pedidos antes que tuviera que acceder. La conocí cuando ella tenía once años, se veía adorable y actuaba aún más adorable. ¿Cómo le decías que no a esa cara? —Pomfrey sonrió—. Los pedidos de Minerva consistieron en tutorías de encantamientos. Sé que estima al director desde que la ayudó a convertirse en animago, pero apuesto que él todavía no ha suplantado el puesto de la profesora Haywood.
—Pensé que Haywood enseñaba DCAO.
—En mi época, era la profesora de Encantamientos —dijo Pomfrey a James—. Minerva es talentosa en Transformaciones, pero era extremadamente patética en Encantamientos. Cuando nos reencontramos, me comentó que escogió Adivinación por curiosidad. «Magia inexacta», ella decía. Por cuestión de orgullo, hizo el TIMO de Adivinación y lo aprobó con un Sobresaliente.
—¿No son de la misma generación? —dijo Remus.
—Estaba en sexto año cuando Minerva ingresó al colegio —contestó la enfermera—. Mi carrera es más larga que la suya, es por eso que Minerva lleva más años aquí. Eso, y que cambié mi elección de vida cuando ya llevaba cuatro años de mi licenciatura en odontología. La medicina es lo que más amo, pero no supe exactamente a qué área quería dedicarme. Si eso les pasa a ustedes cuando llegue el momento, no teman a adaptarse.
—¿Les tienes que contar a todos los estudiantes esa historia? —preguntó McGonagall. Remus se sobresaltó cuando notó que estaba a la par de Pomfrey. La enfermera asintió en su dirección y McGonagall pareció que estaba avergonzada, pero su expresión estoica era contradictoria. James la miró con ilusión y se puso en medio de las dos, como si quisiera pedirle algo—. No, señor Potter. La respuesta a lo que quiera es un indiscutible no.
—¡Pero Evans me hizo una broma…!
—Si tuviera que castigar a cada alumno que hace una broma, más de la mitad de Gryffindor estaría en detención permanente: unos por perpetradores y otros por cómplices. Hay un límite entre lo aceptable y lo reprensible; y mientras usted y la señorita Evans no lo sobrepasen…
—¿Las ha visto? —preguntó James. McGonagall asintió—. ¡Genial! ¿Qué le parece?
—Debería aplicar ese entusiasmo en mi clase, señor Potter.
—¡Gracias! Mi popularidad aumentará cuando sepan que tengo la aprobación de nuestra querida profesora. Sé que soy un genio asombroso y que mis travesuras son insuperables, ¿pero se imaginan el tipo de publicidad que obtendré por eso? —James se paró en la cama y ensució las sábanas con sus zapatos llenos de lodo. ¿A qué estuvo jugando con Kara esta vez? Ignoró el ceño fruncido de Pomfrey; dio un salto, apoyó las manos en los hombros de McGonagall para impulsarse más y le dio un beso en la mejilla a McGonagall—. ¡Decidido, usted es mi profesora favorita! La veré en su despacho mañana.
—Por favor, absténgase —dijo McGonagall, y se masajeó las sienes.
—Ahora sí te creo cuando dijiste que ya recibiste tu primer beso —añadió Pomfrey. McGonagall unió los labios con fuerza—. Señor Potter y señor Lupin, fuera. Tenemos asuntos laborales que atender.
—Querrá decir que la profesora McGonagall se quejará y que no quiere que estemos aquí para ver —corrigió James.
—Señor Potter… —advirtió McGonagall.
