Harry Potter es propiedad de JK Rowling.
Capítulo XII: Gryffindor vs Slytherin
«Make it on your own, but we don't have to grow up.
We can stay forever young.»
Stay, Alessia Cara and Zedd.
07 de noviembre de 1971.
—Absolutamente no —siseó Sirius—. No me importa que Remus tuviera compasión de ti, Potter. Tú no estás en mi grupo, ni hoy ni nunca.
Bastaba decir que estaba divertido. Hacía un esfuerzo considerable para evitar que la más mínima risa se escapara de sus labios, ya que no quería que ninguno de los involucrados creyera que había escogido un lado en la disputa sinsentido de la mañana, o la situación iba a empeorar antes que pudiera decir «tarta de calabaza» —la nueva contraseña—.
Se había resignado a que estaba esperando mucho de sus compañeros. No importaba cuántas veces les convenciera para que abandonaran sus diferencia, siempre volverían al mal camino en cada ocasión que se distrajera. Tenía dos opciones, y eligió la más llevadera. Al menos, suponía, que Sirius se esforzaba para no insultar a James. O eso deducía debido a que su mejor amigo no le había gritado a James en ningún momento, por ahora.
Era cuestionable la manera en que se habían dado las cosas. Antes de llegar a Hogwarts, odió la tranquilidad; a los pocos días de llegar, la añoró; y, ahora, se preocuparía por James, Sirius, Peter y Damián —especialmente por este último— si actuaban como niños educados y civilizados. Por cierto, Damián era el rufián habitual. No sabía qué había dicho o hecho esta vez para hacer que ese par se confrontara, pero apostaba que había sido culpa de él. Normalmente era así, y ya lo tenían asumido y se habían resignado a su destino.
El caso era que la razón de la pelea varió a lo largo de los argumentos. Llegó cuando James le pidió que le diera copia de su redacción para Herbología. «¿Qué tan perezoso eres, Potter? Remus no te dará nada», le espetó Sirius antes que Remus pudiera aceptar o rechazarlo. Suspiró, se sentó en el suelo y decidió que era más emocionante ver que Peter iniciaba una pelea de almohadas. «¡Eres un… desconsiderado, y… y, un mal compañero de cuarto!», gritó a Damián. Él entornó los ojos con burla y le devolvió el ataque. Remus intentó esquivarlo; sin embargo, quedó atrapado en el fuego cruzado.
No los cambiaría por nada.
Eran simpáticos cuando no intentaban matarse entre sí.
—¡Pero si no me ayuda, voy a reprobar! Ya sabes, otra vez. Nunca entenderé Herbología pero… —James hizo un puchero. Sirius le enseñó la lengua y Remus les miró con una expresión circunstancial en el rostro—. Mamá se va a enterar que no voy tan bien como le he dicho. Tal vez no ahora, pero cuando haga los exámenes fracasaré y mis padres estarán decepcionados de mí. ¡Y eso es horrible! Es decir, yo sé que lo estarán. Ellos siempre están de mi lado pero, ahora que ya estoy en Hogwarts, estarán del lado de los profesores y será mi fin. ¡Sprout es mala, ella me odia y me hará reprobar el año! ¡Y luego tallará un muñeco vudú y le clavará una estaca, y moriré y regresaré como fantasma!
—Potter, eres una reina del drama.
—¡¿Lo soy?! —James pestañeó—. Oh, sí, por supuesto que lo soy. ¡Y soy el mejor en eso también, je! ¡Oye! Si soy una reina del drama, ¿dónde está mi corona? Y que sea una que se represente todo lo maravilloso que soy, o exigiré un reembolso.
—El cómo no pierdes la voz con tanto griterío que das está más allá de mí.
—¿Para qué quieres que me pase eso? Sirius, estás imitando a Sprout. Y si no te conociera, diría que me odias. ¡Pero eso es ridículo! Soy James Potter, y todo el mundo ama a James Potter. Además que tú y yo somos los mejores amigos. Bueno, Remus y yo lo somos; por efecto dominó, tú y yo también. ¡Ja! Y tú no incluiste en tu grupo, yo te incluí en el mío. —James pasó un brazo por encima de los hombros de Sirius. Su mejor amigo carraspeó, pero James hacía varios minutos que extravió cualquier sentido de la decencia y de auto conservación—. Entonces, ¿en qué quedamos? ¿Me dejas copiarte la tarea, Due?
—Sin diminutivos para Remus —le regañó Sirius.
Se sorprendió cuando no oyó ninguna réplica de James. Alzó la vista y se impresionó cuando vio que James parecía algo agotado, como si se hubiera ejercitado durante horas y ya no pudiera más aguantar el esfuerzo. James tuvo ese semblante hacía cuatro días, y fue por una conversación que los dos tenían acerca de ser organizado y de la ayuda que les brindaban los elfos de Hogwarts. «Pero eso no significa que tengan que hacer todo el trabajo por ti o que les trates como si fueran tus sirvientes», le explicó James hacía unas semanas. «Tenemos una elfina, Amethyst. Ella y papá cuidaron a mamá cuando estaba embarazada. Algo sobre que era muy riesgoso a esa edad y no sé qué más. No quisieron explicármelo. Papá dijo que podía volver a preguntar cuando fuera algo mayor», añadió el muchacho. Sirius gruñó en desacuerdo. «Los elfos están ahí para servirnos a nosotros. Somos superiores a ellos y siempre lo seremos. No le enseñes esas tonterías; madre dice que son sustituibles».
James le miró por un largo rato; asintió en su dirección y continuó platicando con Remus, como si Sirius nunca hubiera dado su opinión. Le tomó algunos minutos recomponerse. ¿Por qué no le debatió? La misma escena se dio hacía cuatro días, pero Remus creyó que era un incidente aislado y casi se olvidó de él. Hasta hoy. James le pidió a M.G. McGonagall que le firmara uno de los pósteres que tenía de ella… Un poco de historia aquí: al parecer había algunos estudiantes que se embelesaron demasiado con las acrobacias de la muchacha, e inauguraron el C.A.M.G. o el Club de Apreciación a M.G.
Era absurdo.
¿Por qué se extasiaban por algo así?
Independientemente de cómo James lo descubrió, ahora no paraba de hablar acerca de eso. Se parecía a Rhys, y Merlín sabía que no necesitaban un segundo Rhys. Algunas veces a Remus no le incomodaba, pero Peter declaró su disgusto hacia eso desde el principio.
Después que M.G. McGonagall le firmó el póster, James lo enmarcó y lo colocó a la par del de los Puddlemere United. La muchacha le escribió: «¡Si quieres ser asombroso, sé igual a mí!». En algunas ocasiones debía ladear la cabeza para que su caligrafía fuera más legible. Al menos no era la peor que había visto en su corta vida. Mientras que los profesores le entendieran, supuso que no representaría un grave problema para ella. En uno de los extremos inferiores, hubo una burda representación de un rostro que enseñaba la lengua, con los ojos cerrados con fuerza y la nariz arrugada.
Aseguró que James se iba a cabrear con Damián; no obstante, solo lo arregló.
—Entonces supongo que no le has puesto ningún apodo a Remus. —Comenzó James, como si estuviera cuestionándose el impacto de cada palabra que podía causar en Sirius. Él esperó a que James terminara de hablar—. O no lo dices cuando estoy ahí. ¿Es algo relacionado con las constelaciones, cierto? ¿Algo parecido a «Lupus» u «Oberón»?
—Oberón es una de las largas lunas de Urano —dijo Sirius—. Y no, no le he puesto ningún seudónimo. Además que estoy más calificado que tú para apodar a mi amigos, así que abstente de hacerlo, Potter.
—Vaya. —James sonrió—. Entonces, Remus… Solo di una palabra, ¿sí o no?
—Uh… —dijo Remus—. ¿No entendiste la tarea o no quisiste hacerla?
—La primera. Sprout lo hace sonar todo muy, extremadamente complicado —respondió James, y bufó—. Creo que ya está enojada conmigo por tantas preguntas que le he hecho. Y supongo que eres tan bueno en Herbología como lo eres en las otras materias. O supongo que lo eres ya que los profesores nunca te dicen nada cuando te ausentas de vez en cuando, y siempre entregas las tareas, y siempre obtienes una calificación decente.
—Más que decente —dijo Remus. James se encogió de hombros—. Anaïs es buenísima en Herbología, aunque odie ensuciarse. Aun así, deberías pedirle a Sprout que te asigne un tutor. Es probable que le entiendas más que a la profesora. Y sí, te daré copia. Pero solo por esta vez. A la próxima, pídeme ayuda; no sé qué vas a conseguir con eso, pero lo voy a intentar. ¿Estás de acuerdo? —preguntó a Sirius.
Su mejor amigo asintió.
—¡Genial! —dijo James—. Eres simpático cuando no intentas maldecirme, Black-y.
—¿«Black-y»?
—No tengo muchas opciones cuando tu nombre es «Sirius Black» —se quejó James.
—No lo malinterpretes, Jay. —Sirius escupió la última palabra—. Tú y yo aún no somos nada.
—No me llames así —lo regañó James—. Llámame Jamie.
Sirius lo ignoró.
—Tal parece que su alteza real ha ganado. Jay, esfuérzate; o práctica frente a un espejo. No lo sé, lo que te haga mejorar. Esto ni siquiera hace que quiera ir a buscar palomitas de maíz y algo de beber. ¿Tienes algo que agregar, Calabaza?
Peter bufó.
—Yo no me veo como una calabaza.
—¿Ese es el problema?
—No —dijo Remus. Damián le sonrió de una manera que prometía que habría un problema—. Hablo en serio, no. Sin transformaciones ni transmutaciones, ni maldiciones ni maleficios… Ni absolutamente nada que estropee la dinámica de este grupo.
James ensanchó su sonrisa.
—Te aclaro que Remus lo usó en un contexto donde nosotros, los que estamos aquí, estamos involucrados. No se refirió ni a Alice, ni a Rhys, ni a mí o a él mismo —debatió Sirius—. Y ciertamente no te insinuó a ti.
—Je, ya lo sabía —dijo James—. Está bien, lo haré. Te informaré cómo termine esto. Y te devolveré la redacción pronto. Uh, ¿exactamente dónde está?
—Está en mi… —Remus palideció—. ¡La olvidé en la biblioteca! Y tendré que decírselo a madame Pince —terminó en un murmullo ahogado.
—Está en mi mochila. Lo noté antes que Rhys y yo nos fuéramos —dijo Sirius. Remus se relajó—. Ahora solo tengo que… —Sirius sacó la mochila, que había escondido debajo de su cama en un torpe intento para evitar que Damián se la escondiera de nuevo. Cuando no halló lo que buscaba, arrojó todo lo que tenía al suelo y revisó cada compartimiento que había. Carraspeó y le dio a Damián una mirada fulminante—. ¡Long! ¿Qué hay contigo y robar mis pertenencias? Y en esta ocasión, ni siquiera era mi propiedad. Si la arruinaste, te envenenaré.
—No eres el único al que se lo hago, alteza. Aunque tienes la reacción más hilarante de todas —desestimó Damián. Sirius pareció como si lo hubieran ultrajado y le dio un tic en el ojo izquierdo—. Ah, ah. Todavía no, majestad. Tengo algunos planes para ti hoy. Basta decir que nos entretendremos a costa de nuestros queridos compañeros.
—¿Eso incluye a Evans? —preguntó James, esperanzando. Damián respondió que «posiblemente»—. Ninguna broma que le he hecho ha funcionado. Siempre está un paso delante de mí. Pero ella no te conoce, ¿lo harás por mí?
—Dame diez galeones y sellamos el trato.
—¡Genial!
James corrió hacia su baúl y sacó una pequeña caja. Había un dibujo de un fénix en la tapa. La abrió y le dio las monedas. ¿Por qué la dejaba ahí? ¿No le preocupaba que alguien pudiera robárselas? A veces no entendía por qué Sirius y James poseían un comportamiento tan confiado en ese aspecto. Peter no era ladrón y Damián jamás se atrevería a hacer algo así. No lo conocía del todo, pero apostaba a que incluso Damián tenía un límite. ¿Le temía a una expulsión? ¿Un robo era suficiente para que eso pasara?
Remus negó con la cabeza.
—Vamos tarde —insistió.
—¿Al desayuno? En lo que fuiste al baño… ¿Fuiste ahí? —preguntó Peter, uniéndose a la conversación. Remus asintió distraídamente. Eso fue lo que había hecho al principio, pero luego se dio cuenta que Anaïs estaba quejándose de un fuerte dolor que le apareció en el estómago y la acompañó a la enfermería. Nunca llegó a descubrir de qué se trató: madame Pomfrey le echó. Aun así, Anaïs le agradeció por el dulce gesto—. Damián apagó una de las velas de James. «Tienes once años, Potter», le gruñó. James las encendió y… Ya deduces el resto: nos despertaron; Sirius se quejó de que se interrumpían su sueño, luego James se quejó de que Sirius no lo dejaba unirse a ustedes y… Honestamente, todavía me pregunto por qué ningún prefecto nos ha ordenado que nos callemos. No somos precisamente silenciosos.
—No le digas que te contraté —añadió James, como si estuviera ignorándole.
Sirius carraspeó.
—Mi silencio tiene un precio.
—¿Te doy diez galeones más?
—No —dijo Damián.
Tiró las monedas de una mano a la otra mientras se formaba un círculo donde estas pasaban, y las atrapaba sin que ninguna se le cayera. Una diminuta sonrisa apareció en su rostro y cerró los ojos, como si se olvidara que tenía espectadores. Le extrañó que no fuera burlesca o sardónica, sino que parecía feliz. Se desenvolvía con una gracia que solo se podía conseguir con años de esfuerzo y muchísima práctica. Sirius, James y Remus disfrutaron del espectáculo en silencio. No querían que terminara; por una vez en lo que conocían a Damián Long, demostraba una actitud más risueña y jovial. ¿Por qué no era así todo el tiempo?
—¿Estamos seguro que no está haciendo magia? —susurró James a Sirius, al oído. Sirius lo comprobó y asintió—. Entonces, ¿cómo…?
—No lo sé —murmuró Sirius—. ¿Por qué no es así todo el tiempo? No nos molestaría. Nos tomaría tiempo acostumbrarnos, pero apreciaríamos el cambio.
—¿Quizá le avergüenza?
—Potter, no seas ridículo. Es Long, ¿en serio crees que es capaz de avergonzarse?
Damián se movía rítmicamente de un lado a otro y comenzó a hacer otras formas con las monedas. Sin embargo, se dio cuenta de lo que estaba haciendo. El niño tosió un poco y se detuvo; se enderezó y guardó las monedas en uno de los bolsillos de su pantalón.
—Damián, ¿tú…? —comenzó Peter, como si tuviera una idea de lo que había pasado—. ¿Acaso tú…?
—Te pediré un favor más tarde, Jay. No te olvides. Calabaza, ven conmigo —masculló entre dientes. Tomó uno de los brazos de Peter con fuerza y casi lo arrastró fuera del dormitorio. Peter lucía confundido, pero también parecía que quería tener respuestas. Por una vez, no opuso mucha resistencia—. La redacción de Lupin está debajo de mi cama, majestad.
—Gracias —espetó Sirius.
—Por cierto, ¿alguien me acompaña cuando vayamos al invernadero? —preguntó James—. ¿Les mataría poner un mapa aquí o algo así? Con todo el respeto a sir Nicholas, pero él no es muy bueno para dar direcciones. Le pediría a Kara que me ayude. «Nunca me pierdo», dice ella. Y nos perdimos cuando intentamos llegar a DCAO. —James se estremeció—. La profesora Haywood no fue feliz.
—¿Cuándo ha sido feliz? —indagó Peter, alzando la voz desde el pasillo—. ¡Damián, no seas bruto! ¡Y no soy una calabaza!
La última frase le pareció que fue una respuesta a una orden de Damián. Además que, ¿cuándo fue eso? Luego recordó que un par de días antes fue la luna llena y que se ausentó a un par de clases.
—De todos modos… —prosiguió James, con algo de lentitud—. ¿Alguien quiere hacer otra excursión? Será divertido. Y antes que digas algo, Sirius, he aprendido mi lección. La haremos después del partido de hoy. ¡Veremos a la fabulosa M.G. McGonagall en acción! Le pediré que me dé un beso.
—Potter…
—Nadie ha muerto por soñar un poco —se defendió—. No perderé nada por intentarlo.
—Excepto tu dignidad —contradijo Sirius.
—Esa la puedo recuperar después.
Remus aún no le veía el atractivo al deporte, pero Sirius estaba emocionado por ver a M.G. McGonagall. «Tampoco quería ir. Alyssia y André me convencieron que diera una oportunidad. Honestamente, creo que la mayoría del colegio asistirá solo por M.G. McGonagall», dijo Alice. «Un partido entre Gryffindor y Slytherin es un partido más entre Gryffindor y Slytherin. No entiendo por qué se emocionan más que cuando nosotros competimos», añadió, algo disgustada. Remus no supo cómo animarla. «Sé que no somos tan impresionantes como la mayoría de ustedes, pero es muy molesto. Es como si nos insinuaran que no estamos a su nivel». «En realidad M.G. tampoco está al nivel de los profesionales. Es más talentosa que cualquier estudiante, pero no creo que haga algo que valga la pena en contra de alguien de un equipo profesional», razonó Remus.
Ese comentario hizo que Alice lo abrazara. Le dijo que fue muy dulce de su parte.
Era desconcertante que tuviera un domingo en donde no hubiera algo qué hacer. Se había puesto al día con los deberes retrasados, había copiado todos los apuntes de Sirius —una asignación que le tomaba menos y menos tiempo— e incluso había recibido la respuesta de Brooke. Su prima le comentó que ella estaba de acuerdo con que Peter se les uniera, pero le preguntó si los señores Pettigrew no se oponían. «Los podemos invitar si quieres que lo conozcamos. Pero antes que le diga a los demás, ¿esto no ha sido un acto impulsivo tuyo? En todas las cartas, que no han sido muchas, no los has mencionado. No estoy diciendo que preferiría la compañía de Rhys, Alice o Sirius, pero… Espero tu carta, pequeñín». Se rio con nerviosismo y pensó en cómo se lo diría a Peter.
Con lo emocionado que estaba, no lo quería decepcionar. Aunque, tampoco sabía si la señora Pettigrew estaba de acuerdo. Él dio la invitación y Peter la aceptó; y, después de eso, no lo habían mencionado. Ahora que se daba cuenta, Peter ni siquiera era uno de sus amigos; tenía, debía y necesitaba arreglarlo. ¿Cómo lo hacía? No tenían mucho en común. A los dos no les gustaba el quidditch, pero a Remus y Alice tampoco se desvivían por el béisbol y eso no perjudicó su amistad con Rhys. Entonces, ¿qué más podía usar a su favor? Peter era buenísimo en los gobstones, pero Remus no creía que fuera a demostrar algo que ya había descubierto por sí mismo.
—¿Te sucede algo? —preguntó una voz algo preocupada. Se sobresaltó cuando notó que Alice estaba delante de él; movía su mano en frente de su rostro, como si tratara de llamar su atención. Bueno, funcionó—. Te he hablado por varios minutos. De hecho, hemos intentado conversar contigo pero nos has ignorado; decidimos que me quedaría a averiguar por qué te pusiste tan repentinamente distante.
—Estoy meditando en cómo Peter y yo podríamos juntarnos —respondió mecánicamente. Alice negó con la cabeza y le miró fijamente—. Y me preocupa la reacción que Sirius tenga. Es tan dolorosamente obvio que no aceptará a cualquiera que quiera unirse a nuestro grupo. No quiere a James, lo entiendo; sé lo que pasó entre ellos y… y creo que, en cierta manera, los dos tienen la razón. Pero a la vez, no sé si me explico. —Remus se calló por unos minutos—. Ya ha tomado muchísimo tiempo. Estamos obligados a estar juntos y he intentado que no me moleste; ellos no son molestos pero…
Y silenció sus pensamientos una vez más. La frase «No quiero perder a mis nuevos amigos. Ya perdí uno, y es horrible. No sé qué haría si perdiera a otro» murió antes que pudiera ser oída, y sería olvidada antes que pudiera significar algo para alguien.
»No entiendo por qué no ponen sus diferencias a un lado —finalizó.
—Mi papá me dijo que «No puedes obligar a la gente a cambiar» —dijo Alice—. Le escribí sobre Sirius.
—Normalmente le escribes de él.
—Pero esta vez fue porque me enfadé. No quería escucharme y le pedí un consejo, pero no recibí el que quise. —Alice frunció el ceño y suspiró, resignada—. Sé que es complicado soportar a gente con la que no concuerdas. Alyssia y yo no tenemos nada en común. De hechos, nos despreciamos.
—¿Qué tú qué?
—Ella se lo buscó. —Alice hizo un mohín—. Si alguien quiere pelear conmigo, no le negaré tal privilegio. A veces no sé si ganaré, pero no les permitiré que piensen algo que no soy. En cualquier caso, las relaciones entre nosotros pueden… —Alice se interrumpió cuando Remus se aclaró la garganta—. Vale, son complicadas. ¿Feliz? Sin embargo, papá me hizo ver que para resolver lo que sea tenemos siete años. Tenemos el tiempo de nuestro lado. Mamá me dijo que «No avanzará más rápido, no retrocederá por mucho que lo desees». Ni idea de qué significa. Odio que hablen en código.
—¿Y…?
—También me dijeron que si no encontramos nada, por más pequeño que sea, eso no es nuestro problema. Nosotros lo intentamos. No es algo que dependa de ti. Ellos hacen hincapié en que no hagas que dependa de ti.
—¿Y qué pasa con la señora Black?
—Ella es especial.
—Me odia.
—La señora Black odia a los que no cumplen con los estándares adecuados. Simplemente no le des una razón para que se enemiste contigo y estarás bien —aconsejó Alice—. No puedes depender de lo que la gente piensa o dice de ti. —Le puso una mano en el hombro y le sonrió. Remus desvió la mirada hacia el Lago Negro. El puente era uno de sus lugares favoritos para despojarse de todos los infortunios de su mundo imperfecto—. Esto va por mi parte: deben decidirlo por sí mismos. Si no es así, nada de lo que hagas valdrá la pena.
—Entiendo —dijo Remus—. ¿Irás al partido de quidditch?
—Originalmente sí, pero Rhys no asistirá —respondió Alice, alegre—. ¡Nos perderemos por ahí! Y quizá nos encontremos con alguien que comparta nuestro sufrimiento.
—Yo estoy sufriendo, pero no creo que te sirva de algo —dijo una voz que provino detrás de uno de los pilares del puente. Remus se inclinó hacia un lado y vio a Peter, que parecía estar escondiéndose de alguien. Su compañero estaba ligeramente sonrojado, pero dudaba que fuera por haber escuchado su conversación supuestamente privada—. Damián es una… ¿molestia? Entonces, ¿quieres ser mi amigo? Todo lo que tenías que hacer era preguntarme.
—¿Así de fácil? —preguntó Remus, algo avergonzado.
—¿Esperabas que fuera algo difícil? Puede ser, si quieres; pero mi respuesta es la misma. ¿Nos saltamos el drama y pasamos a la parte que nos importa? —propuso Peter. Alice se rio y Remus sintió que debía defenderse de algún modo, no lo hizo; al final, solo asintió—. Bien. ¿Y qué dijo tu prima? ¿Estoy invitado o no?
—¿Por qué quieres ir?
—Mamá tendrá que trabajar. Escogí quedarme aquí —farfulló Peter. Alice y Remus se miraron entre sí—. Todavía no le he avisado a mamá. No quería emocionarla por nada.
—Sí.
—Entonces está hecho. ¿Le avisaré a Damián que puede unírsenos? —dijo Peter jugueteando con sus dedos.
—¿No se suponía que lo odiabas? ¿Qué cambió ente esta mañana y ahora?
—Nosotros entendemos cómo nos llevamos. Y no nos odiamos, pero a veces sí. —Peter bufó—. Todo comenzó por lo de la fiesta de Anaïs. Le gustó que le confrontara, y a mí me gustaría si dejara de llamarme calabaza.
—¿«Calabaza»? —repitió Alice y le vio con extrañeza.
—No preguntes —advirtió Remus—. ¿Te refieres al partido o a lo otro?
—Al partido. Merlín sabe que no duraríamos ni cinco minutos sin tratar de matarnos.
—No vayas tan lejos. Yo puedo atestiguar por eso —dijo Remus—. Y sí, por supuesto que puede. Pero no peleen; o, al menos, no lo hagan donde la profesora McGonagall pueda verlos.
—Y si lo hacen, no lo maldigas. Eso se resuelve fácilmente. Un puñetazo directo a la nariz o una poción que «accidentalmente» salió mal tiene resultados más placenteros.
—No me perdí esas comillas, Alice —regañó Remus
—Le quitas la diversión a la vida.
—Y parece que ese será mi trabajo de ahora en adelante.
—Y ya que resolvieron eso…
Al principio no supo cómo reaccionar cuando se dio cuenta que Sirius se estaba acercando. ¿Cuándo había llegado? ¿Escuchó toda la conversación? Le molestó que Sirius tuviera el atrevimiento de entrometerse en asuntos que no le concernían. ¿No le habían enseñado que estaba mal espiar? Se relajó cuando vio el brillo de preocupación en los ojos de Sirius, y su amigo apartó la mirada y bufó. No pudo evitar sonreír. Por otro lado, Alice lo miró decepcionada. Masculló algo que sonó a «no lo vuelvas a hacer» mientras reprimía cualquier consejo que pudiera darle, o sugerencia u orden. Parecía que estaba dispuesta a seguir el consejo de los señores Taylor y no se dejaría disuadir por nada. Y Peter no le importó; al menos, eso pensó que cuando su compañero decidió que el Lago Negro era más emocionante que Sirius.
James se reiría si pudiera escuchar sus pensamientos.
—Gracias —dijo Sirius sin molestar en ver a Alice—. Esta parte de la lógica absurda de mi amigo me corresponde a mí.
—¿«Lógica absurda»? ¿No tienes un término más grosero para eso? —rezongó Alice.
—Sí. Mis padres me asesinarán si los repito —respondió Sirius—. Es un lenguaje que no está permitido para mí ni para mi hermano. Nuestro elfo lo emplea cuando alguien osa insultar el honor de madre, ya sea en presencia de él o no. Es uno de los pocos actos de insubordinación que madre ignora.
Suspiró. Era lo único que hacía en cada ocasión que su mejor utilizaba su clásico tono condescendiente. Esta era la primera vez que Sirius adquiría esa postura seria que solo le veía a Lyall cada vez que discutía con tío Zev. Se preparó para la inevitable verdad: ya no sería nada de él. Tendría que olvidarse de una de las personas que le había dado la oportunidad de ser normal otra vez.
—Solamente dímelo —rogó con suavidad.
—Mis padres conocen los nombres de los amigos que he hecho —empezó Sirius. Remus y Peter intercambiaron una mirada. Alice siseó un «no me sorprende» que su mejor amigo ignoró—. Se los comenté después que madre me exigiera que escogiera a gente que mereciera la pena. Padre expuso que eso sería imposible. Ellos son los que ya han establecido las pautas de qué tipo de gente, medianamente importante o no, es aceptable para nuestros estándares en esta sociedad. Una de mis responsabilidades, si fuera un Slytherin, sería no estropearlo. No te imaginas la cantidad de veces que las alianzas familiares se han deshecho solo porque los herederos no se soportan.
—No entiendo.
—Ese es el modus operandi que se emplea —añadió Alice. Remus seguía sin entender—. Es como un proyecto en equipo; si una de las partes no congenian, tienes dos opciones; y, para bien o para mal, la más fácil es reprendida tácitamente por la mayoría de nosotros. No quieres ganarte un enemigo poderoso o perder un formidable aliado solo por, yo qué sé, una rivalidad escolar. Tendrías que cometer una estupidez enorme para eso suceda. Mis padres y los señores Black no están en la misma categoría, pero eso no les impide relacionarse de vez en cuando. Lo mismo se aplica a los señores Potter, la familia de Aeryn, la familia Prewett, los Bones, los Macmillan, los Lestrange, los Crouch…
—Sin embargo —cortó Sirius a Alice—, no todas las alianzas son bien vistas. Una de mis tías y una de mis trastatarabuelas, o algo así, fueron degradadas del árbol por cometer una insensatez. Los Weasley y los Prewett son de sangrepura, pero nadie daría ni un mísero knut por un Weasley; en cambio, todos apoyarían a los Prewett en lo necesitaran.
—Lo siento, ¿de qué estás hablando? —dijo Remus.
—A veces olvidamos lo poco que sabes. —Sirius le sonrió y Alice se rio—. Me refiero a Iola Black, que se casó con un sangresucia; y a mi tía Cedrella, que se casó con Septimus Weasley.
—Técnicamente la señora Cedrella es la prima-tía segunda de Walburga Black, lo que la convierte en tu…
—Tía —desestimó Sirius. Alice se indignó por la interrupción—. Resumámoslo en que recreamos la historia de los antiguos mitos griegos: todos nos liamos con todos.
—De todos modos, ¿qué cambió para ti? —preguntó Remus, que no estaba entendiendo nada.
—Soy un Gryffindor. Esto significa que debo atreverme a hacer alianzas con gente inesperadas.
—Eso está mal en tantas maneras —criticó Alice.
—Narcissa me lo comentó —dijo Sirius.
—¿Hablas con ella?
—Constantemente. Solo porque estemos en diferentes casas no significa que dejemos de ser familia —respondió Sirius como si recalcara una obviedad. Se veía genuinamente feliz cuando la mencionaba, ¿sería su prima favorita? No la conocía; pero si a Sirius le gustaba, y con lo que había hecho por él, seguro que era una bruja impresionante—. Me ayuda enseñándome todo lo que sabe. Es la única de mis primas que todavía va al colegio. Bella y Andrómeda ya han forjado su respectivo futuro, aunque Bella es la única que está interesada en el romance. Irónico, en mi opinión. Siempre pensé que Andrómeda sería la primera en casarse. Supongo que todavía no ha conocido a ese «alguien especial» del que tanto habla mi tía Lucretia.
»De hecho, ninguno de mis primos los han conocido. Molly está más concentrada en… Lo que sea, menos el amor. O eso es lo que dice mi tía Lucretia y mi tío Ignatius…
—Lucretia e Ignatius no son los padres de Molly, Gideon y Fabián. Son sus tíos —aclaró Alice. Remus asintió—. Continúa, Sirius.
—Bella no le cree, pero es Bella.
—Yo tampoco le creería. No sé quién es esta chica Bella, pero parece del tipo perceptiva —añadió Peter.
—Y eso aún no cambia que es Bella —insistió Sirius—. Fabián es el buscador de los Tornados. Es muy famoso, y el único con talento para el quidditch. Gideon no tiene un propósito en la vida; a menos que se considerara un propósito el que ahuyentara a cada uno de los pretendientes de Molly. El que más odió fue «un imbécil llamado Arthur», en sus palabras. Siempre se quejaba de él en las reuniones familiares. Al final, lo consiguió. Gideon nunca falló en eso.
—O se rindió —contradijo Peter—. De hecho, creo que tuvo que rendirse. —Y sonrió divertido, como si acabara de descifrar un misterio.
—¿Y Fabián? —indagó Alice.
—Le importaba, y cito a tío Ignatius, «un carajo lo que su hermana hace»; según tía Lucretia, fue una decisión inteligente —dijo Sirius—. Volviendo a lo importante, mi prima me dijo que «Esa es una estupideces más grandes que he oído. Lo esperaba de tía Walburga, no de él». Le comuniqué su opinión a padre, y él nos respondió que «¿Conoces otra manera para que Walburga acepte eso sin repercusiones a largo plazo?». Debo decir que incluso Narcissa concordó con padre.
—Si no fuera por el señor Black, ¿me habrías abandonado?
—Sí —dijo Sirius—. Ahora ya no. ¿Eso te tranquiliza?
Remus asintió.
Había perdido el hilo de la conversación. No pudo reconocer todos los nombres que Rhys mencionaba; se detuvo para confirmar que no se había equivocado otra vez y notó una horripilante verdad: se distrajo. Ahora tendría que pagar las consecuencias.
—… Y Savannah dijo «No, no, no. Lo estás haciendo mal». Noah le respondió que «No es una competencia formal. Esto es entre Allan y yo. ¿En dónde está?»
—Ajá —dijo Sirius.
—Nadie notó que se había ido. Allan no es invisible, hecho de vida.
—¿Por qué? —dijo Peter.
—¡Nunca lo creerías! Lo demostró ayer. ¿Ya te conté que intentó esconderse de la profesora Haywood para que pudiera terminar su postre? —dijo Rhys. Peter negó con la cabeza—. Bueno, lo hizo. Simplemente lo hizo como si ella no estuviera ahí. Nunca creí que alguien se atrevería a hacer algo así. Naturalmente lo atrapó y le quitó un punto a Hufflepuff. Gran cosa. ¡Qué valiente, mi héroe!
—Muy gracioso, Rhys —dijo Sirius.
—No te estás riendo —señaló Rhys.
—Yo me río en el interior —explicó Sirius. Rhys bufó—. Te aseguro que ahora mismo me estoy carcajeando por la osadía de tu compañero. No te detengas. Quiero seguir maravillándome por sus acciones.
—Lo que tú digas, compañero —dijo Rhys—. Haywood es la profesora más amargada que he conocido, y he conocido a un montón de profesores con un mal carácter y una gran actitud. No me creían que decía que yo había hecho esos trucos espectaculares, pero, claro, era más fácil creer que lo imaginé. ¡Hola, estoy en frente de ti y dices que no existo! Algunos muggles son muy desconsiderados con los sentimientos de un niño impresionable.
Rhys se cruzó de brazos e infló una de sus mejillas.
—¿Entonces…? —dijo Alice.
—En algún momento regresó. No estaba muy atento a ellos hasta que mencionaron el póker. «¿Por qué no regresamos al póker? Te tardas menos tiempo para perder», Noah le preguntó a Allan. Este le dio unas razones perfectamente comprensibles y fundamentes de por qué Sprout no apreciará que sus lindos, inocentes, pequeños, dulces, adorables alumnos se corrompan bajo la influencia de tal juego. Me convenció rápidamente. Tiene talento. Pero cualquier intento para disuadir a Noah se estropeó cuando Sprout apareció. ¡¿De dónde salió?! ¿Está James por aquí? Ah, ya veo que no. Qué raro. Últimamente intenta ser nuestra sombra. ¿Tuviste algo que ver con esto?
—Ajá —respondió Sirius.
—¡Entonces puedo decir que pareció una fantasma! ¿Cuál es el problema que tiene James con que lo digamos? Es normal para nosotros, así como es normal para ti que digas «sangresucia inmunda».
—¡Rhys!
—¿Qué? Pero si es verdad. —Rhys se enfurruñó. A pesar que Sirius caminaba con un aire desinteresado, tenía una tenue sonrisa en su rostro—. Sprout dijo: «De hecho, no me importa que jueguen a esta versión del póker. Diviértanse. No se duerman muy tarde». Coop, Cooper, se carcajeó como una cacatúa. Bueno, yo también lo hubiera hecho; es decir, sin la parte de la cacatúa.
—Ajá.
—Ni quiero imaginar cómo será el póker. Sé que es un juego de cartas donde la gente pierde su dinero. Mis padres siempre invitan a sus amigos y tienen una sesión de póker en una de sus típicas juntas mensuales. Siempre, sin importar qué, se acompaña con un buen vino.
—Ajá.
—¡Y no creerás lo que pasó después…!
—¡Hola, amigos! —saludó un efusivo James Potter. Se sentó a la par de Sirius, empujando a Alice en el proceso, y le sonrió con un aire encantador—. Eh, lindo salón. Lo recordaré. ¿Qué tal va su día? Yo estoy bien. ¿Y alguno de ustedes ha visto a Damián y Peter? No encuentro mis galletas. Y sé que uno de ellos las ha tomado. Una vez los atrapé…
—Estoy aquí, chico cegato.
—¿Ah, en serio? —dijo James. Sirius le gruñó y Peter frunció el ceño—. No te vi. Lo siento.
—¿Para qué quiero tus insulsas galletas esta vez? —espetó Peter—. Damián las tiene. ¿Para qué? No sé. Y hazte un chequeo.
—No lo necesito. Tengo una excelente vista, igual que mamá y papá —dijo James—. ¿Me puedo quedar con ustedes?
—Eso depende… —comenzó Sirius—. ¿No tienes otro lugar al que ir? Lo que sí necesitas es conseguirte algún tutor, Potter.
—Sí, ya fui a hablar con Sprout. Me dijo que fuera a la biblioteca a las cuatro de la tarde. Algo acerca de que la persona que tiene en mente esté capacitada para el trabajo o yo qué sé —dijo él—. De todos modos, ¿nos vamos al campo de quidditch? El partido empezará en una hora y quiero el mejor asiento. ¡Será el mejor inicio de la temporada! ¡Y cuando ganemos, celebraremos en la sala común! ¡SERÁ ÉPICO!
—Querrás decir, si ganan —contradijo Sirius—. Slytherin tiene un muy buen equipo. Espera y verás que sorpresa les darán. Aun así, gustaría que Gryffindor ganara. Lealtad a la casa, supongo.
—Nunca entenderé por qué se emocionan tanto —susurró Rhys—. Es un simple deporte.
—Tiene gracia que lo digas tú. —Alice se rio—. Vámonos. Nos veremos después, Remus. Cuídense, ustedes dos.
—Bueno, bueno. Supongo que descubriremos qué equipo es el mejor —dijo James. Después que se despidieron de sus amigos, y empezaron a dirigirse al campo de quidditch, James le sonrió a Sirius con un aire de autosuficiencia. Remus supo que habría un problema. De parte de quién y cómo era lo que se resolvería en cuestión de minutos—. ¿Quieres apostar, Black-y?
—¿Qué tienes en mente, Potter?
—¿Estás tan confiado en que Slytherin es mejor que Gryffindor en todos los sentidos? —preguntó James. Sirius asintió—. Entonces no te importará que comprobemos si tienes razón o no, y de paso te ofrezco una oportunidad para liberarte de mí para siempre. Si Slytherin atrapa la snitch, nunca te volveré a molestar; si Gryffindor no atrapa la snitch, estaré en su grupo. ¿Es un trato, Black?
—Sí —dijo Sirius.
—¿No harás algo? —preguntó Peter a Remus.
—¿Honestamente? Esperar que no rueden cabezas —respondió Remus.
—¡Quiero un partido limpio!
El silbatazo inicial resonó en los confines del campo de quidditch. Le molestó un poco el tímpano y se volvió a preguntar por qué la mayoría de los estudiantes hacían tanto escándalo por un enfrentamiento que acababa de empezar.
—¿Cuál es la snitch? —preguntó a Peter. Dudaba que esas pelotas de cuero lo fueran.
—Una pequeña de oro. No creo que la podamos ver. Ese es el trabajo de los buscadores y hasta ellos no la encuentran fácilmente —respondió Peter.
La señora Hooch lanzó la quaffle hacia arriba.
—¿Y por qué tienes que estar aquí? —Se escuchó la voz de un muchacho quejándose—. ¿Es que no confías en mí? Joder, que sé hacer mi trabajo. Lo he hecho por cuatro años.
—Concéntrense en el partido, señor Spinnet —dijo la profesora McGonagall que lo vigilaba muy de cerca—. Le diría «vigile su lenguaje» pero ya me he resignado con usted.
—Sí, sí. Qué suerte la mía. ¡Micaela McGonagall se apodera de la quaffle! —Spinnet ignoró el grito de la aludida: «¡Dime M.G. McGonagall o te derribaré! ¡Tú eres el único que no lo hace!». Remus intentó ubicar a la cazadora pero los deportistas se movían demasiado rápido y se le dificultaba seguirle el ritmo a uno en particular—. ¡Micaela esquiva a la bludger que le lanzó Steve Laughalot! ¡Hace una finta a Emma Vanity y pase a Risha Davies! ¡Se la da a Evander Bole! ¿Qué mierda intentas hacer?
Uno de los cazadores de Slytherin voló lo más rápido que pudo hacia Evander Bole, que estaba a punto de hacer un pase hacia M.G. McGonagall. El cazador de Slytherin le dio repetidos golpes en el costado a Bole quien hacía un esfuerzo para mantenerse encima de la escoba y no soltar la quaffle. Otra de las cazadoras se apoderó de la cola de la escoba de Bole y lo zarandeó hasta que Bole tuvo que elegir entre proteger la posesión de la quaffle y evitar que se rompiera los dientes con semejante caída.
La cazadora de Slytherin le hizo un gesto burlón cuando se apoderó de la quaffle y casi se la pasó a su compañero, pero Risha Davies se estrelló directamente contra ella.
—¡Falta para Gryffindor por Risha Davies! ¡Penalti a favor de Slytherin! ¡Doble falta para Slytherin por Flavio Bishopper y Carol Derrick! ¡Penales a favor de Gryffindor! ¡Hughes atrapa la quaffle! Suerte para la próxima, Vanity.
—¿De qué lado está? —protestó James enérgicamente.
—Se le dice «imparcialidad» —dijo Sirius.
—¡Evander Bole tira y…! ¡Sandy Edgecombe casi lo detiene! ¡Quaffle pérdida; repito, quaffle pérdida! ¡Y recuperada por Micaela! Esa chica es asombrosa y sexi; me pregunto a qué sabrán esos apetitosos labios color cerezo…
—¡Señor Spinnet, absténgase de esos comentarios!
—¿Por qué? —preguntó M.G. McGonagall con una voz divertida. Remus se preguntó cómo la podía oír si ella estaba tan lejos—. ¡Esta belleza fue hecha para ser apreciada! Si quieres una cita, búscame.
—¡Remate de Evander! —narró Spinnet como si considerara la propuesta de M.G. McGonagall—. ¡Y anota! ¡Gol de Gryffindor! ¡Evander vuelve a tirar y… Gol de Gryffindor! ¿Ese es un puchero el que estoy viendo, Sandy?
—¡No estés celoso, cariñín! ¡M.G. tiene suficiente amor para los dos~! —canturreó la muchacha.
—¡Señorita McGonagall, concéntrese en el partido!
—Es extraño ver a la profesora regañar a su sobrina —dijo Peter—. Creí que no lo haría, ¿ya sabes? Por ser familia y eso.
—No, de hecho es más normal de lo que parece —dijo una Gryffindor de tercer año—. Familia o no, eso no las detiene para complicar la vida de la otra.
—¡Sanders sale disparada y hace una finta a Bishopper! ¡Gánale a ese tramposo! ¡Se la pasa a Evander! ¡De vuelta a Sanders! ¡No sé qué cojones intenta hacer Piper Thompson montando en esa escoba antiquísima pero fallará, fallará! Eh, me equivoqué. ¡Thompson se hace con la quaffle! ¡Oh! —Remus y Peter se sobresaltaron con ese grito—. ¡Esa estuvo cerca! ¡Esa bludger casi le rompe la mandíbula a Russell! Buen tiro, Derrick. ¡Pase a Vanity! ¡Gol de Slytherin!
Hughes le pasó la quaffle a Sanders que se apresuró a irse hacia el área a Slytherin y esquivó una bludger lanzada por Pandora. Carol Derrick interceptó el pase de Sanders y zigzagueó para atravesar el bloqueo que le habían hecho Evander Bole y Sanders. ¿En qué momento la capitana llegó ahí? Bueno, ella era rápida. Le dio un pase a Thompson y ella intentó marcar un gol, pero Tristán Abbott tiró una bludger en su dirección. La muchacha se quedó estática, se giró hacia un costado con brusquedad mientras que cerraba los ojos con fuerza; por efecto dominó, dejó caer la quaffle. La bludger pasó muy cerca de Thompson y ella dio algo parecido a un chillido agudo.
M.G. McGonagall la recuperó y marcó un gol.
—¡Ahora la quaffle está en posesión de Flavio Bishopper! ¡Le hace un pase a Thompson! ¡Interceptado por Micaela! ¡Madre mía, Thompson podrá no tener ninguna idea de cómo se juega al quidditch, pero tienes unos movimientos ardientes!
—¡Spinnet!
—¿Y qué pasó con el «señor»? Joder, algunas profesoras creen que tienen esas confianzas solo porque evitan que haga una idiotez.
—¡Señor Spinnet, compórtese!
—¡Solamente estoy constatando un hecho! ¡No es mi culpa que usted sea no sepa lo que es divertirse, QUÉ JODER! ¿Y ese es un nuevo perfume? El anterior le quedaba mejor, se lo aseguro. Debería cambiarlo, no será que ahuyente a sus pretendientes con semejantes gustos.
—¡Eso es lo que le digo pero mi tía NUNCA escucha! ¡Ella es TAN terca!
—¡Le juro que si estuviera en mi casa, ya estaría en detención! —dijo McGonagall a Spinnet.
—¡Pero no lo estoy! Ah, sí. ¡Gol de Micaela! Eh, ah, perdón. ¡Gol de Bishopper! ¡Espera! ¿De los dos? ¿Y dos veces por cada uno? ¿Siquiera eso es posible? Ah, vale, ya entendí. ¿Alguien me dice cuándo pasó todo eso?
—¡Señor Spinnet, concéntrese!
—¿En su adorable sobrina o en el partido?
—¡SEÑOR SPINNET, MI PACIENCIA TIENE UN LÍMITE!
—Sus cuerdas vocales, por otra parte… —se quejó Spinnet—. ¡Un pase estupendo a Micaela! ¡Gol de Gryffindor! Es en serio, Sandy, que si vas a hacer un puchero, que sea después de que evites que Gryffindor te marque otro gol. O tu capitán te asesinará si los haces perder. ¿Esa es la snitch? ¡JA, ILUSOS! ¡Y ay, qué choque! ¡Eso dejará una marca! Y ahora creo que soy el que deberé correr por mi vida. ¿Podrían concentrarse en el partido y después planear su venganza contra mí? Algunos capitanes son muy sensibles, te lo digo yo. ¡Gol de M…! Perdón, fuerza del hábito. ¡Gol de Gryffindor por Evander Bole!
Sanders consideró cada una de las maneras en que podía desquitarse sin romper una regla y Laughalot mascullaba lo que debían ser insultados hacia Spinnet. La profesora McGonagall se debatía entre regañarlo e ignorarlo. Al final, decidió poner los ojos en blanco mientras que le daba una mirada fulminante a su estudiante irreflexivo. Spinnet, por su parte, continuó comentando el partido como si no hubiera causado un choque entre Russell y Mitchell Bulstrode.
Entre Risha Davies y Carol Derrick se turnaron para romper las reglas descaradamente, como si no les importara que la señora Hooch las pudiera expulsar del partido. No le llevó el conteo de cuántas veces lo hizo cada una, pero suponía que la puntuación entre Gryffindor y Slytherin estaba muy empatada. M.G. McGonagall y Flavio Bishopper estaban al mismo nivel de cabezonería. M.G. McGonagall era la favorita por parte de los Gryffindor —y la mayoría de los estudiantes, en realidad—; sin embargo, Bishopper parecía que también se había hecho su popularidad y tenía a varios estudiantes aclamándole en cada ocasión que detenía a M.G. McGonagall o cuando conseguía atravesar la fiera defensa de Hughes.
Sandy Edgecombe, por otra parte, se desenvolvía de un modo pasable. De hecho, se parecía bastante a Piper Thompson.
¿Eran novatos? ¿Por qué un capitán aceptaría que los novatos participaran en el partido si carecían de la experiencia necesaria? Sanders nunca lo haría. Ella se aseguraría que todos pudieran cumplir con su trabajo antes de hacer un truco tan arriesgado como ese. No obstante, se dio cuenta que los subestimó. Tal vez no poseían las mismas habilidades que sus compañeros de equipo, pero aprendían rápido. A pesar de eso, Thompson todavía se asustaba cuando Sanders o Abbott tiraban una bludger en su dirección.
Deseó que ella pudiera anotar al menos una vez. Solamente Bishopper y Vanity lo habían hecho hasta ahora.
—… ¡Gol de Slytherin! ¡Estos chicos sí que estás esforzándose y la señora Hooch parece que está a punto de asesinar a Derrick y Davies! ¡Je, je! ¡Aquí correrá sangre!
—Por favor dígame que no está bajo la influencia del azúcar, señor Spinnet —dijo la profesora McGonagall—. Los dos sabemos qué tan mal le afecta.
—¡Nunca alejará a mis bebés de mí! ¡NUNCA! —aseguró Spinnet—. ¡Qué potente tiro, Derrick! ¡Si le da, Gryffindor se queda sin buscador, je, je! ¡Pero Sanders y Abbott la interceptan justo a tiempo! Qué buena dupla. ¡Evander le da un pase a Micaela! ¡Vanity lo intercepta! ¡Davies y Evander intentan acorralarla pero Vanity zigzaguea! ¡Madre mía, ¿de dónde ha salido Micaela?! Vanity está jodida. No importa a dónde vaya, está bloqueada. ¡Vanity se gira sobre sí misma y queda de cabeza, deja caer la quaffle y la atrapa… ¿THOMPSON?! Eh, ¿esa es una buena idea, Vanity?
—Ignórala. Es patética; deja que Bishopper marque gol —susurró Sirius.
—¡Continúen así! —animó James por lo bajo mientras que miraba al equipo de Slytherin—. Son excepcionales.
—¡Abbott dispara una bludger hacia Thompson! ¡Micaela recupera el balón! ¡Ahora es el turno de Thompson y Vanity para acechar a Micaela, pero ella demasiado rápida y los deja atrás sin siquiera esforzarse! ¿Qué harán ahora? ¡Laughalot arroja una bludger hacia Bulstrode y Russell! ¿Quién estaba más cerca de atraparla? No lo sé. ¡AY, esa hasta a mí me dolió! ¡Bishopper se estrella contra Micaela y la saca de su curso! ¡Gira, gira y gira sobre sí misma! ¿Tiene algo para el mareo, profesora?
»Por cierto, ¡falta para Slytherin! ¡Penalti a favor de Gryffindor! Alguien debería poner eso en una camiseta y también intercambiar el orden de las casas. Haría una buena propaganda para nuestros partidos. ¿Cierto, profesora? ¿Verdad que será genial? ¿Cuánto dinero cree que ganaría?
—Señor Spinnet… —advirtió la profesora con una vena pulsante en su rostro.
—Solo bromeo —dijo Spinnet con una amplia sonrisa en su rostro—. ¡Sandy detiene el tiro! ¡Suerte para la próxima, Micaela! Vaya, esas son dos frases que nunca creí que diría juntas.
—¡Escuché eso!
—Una pequeña imperfección en mi belleza es irrelevante —dijo M.G. McGonagall mientras que jugueteaba con unos mechones de su cabello. Voló por la parte de atrás de los aros, se acercó a Sandy y le dio un beso en los labios. Ella sonrió cuando el guardián de Slytherin sonrió bobamente y balbuceó algo que le pareció a «nunca volveré a lavarme». Se elevó un par de metros, le guiñó un ojo a Spinnet mientras que le lanzaba un beso. El comentarista siguió haciendo una rabieta infantil—. Oye, está bien. Todavía eres lindo. Y todavía estoy disponible para una cita, en caso de que alguno de los dos quiera.
—Lo odio —masculló James como si estuviera hablando de Snape. O hablando con Snape. Había una pequeña diferencia, pero Remus aún no la había encontrado—. Yo lo pedí primero.
—Ahora tú eres lindo —ronroneó la misma estudiante de tercero. James le sonrió y Sirius torció una sonrisa—. Esa es M.G. para ti. No lo tomes muy en serio. Soy Bobbie.
—Pero yo quería un beso.
—Sí. Todos los chicos quieren uno… —dijo Bobbie. Miró de reojo a Spinnet—. Pídeselo. Esa chica besará lo que sea que la ame.
—¡Eso haré!
—¡Señor Spinnet, compórtese!
Bobbie, Sirius, James y Remus volvieron a prestar atención al partido. M.G. McGonagall marcó otro gol sin que Sandy Edgecombe hiciera nada.
—¿Es que no sabe otra frase? —dijo Spinnet viendo a la profesora a través de su flequillo y enarcó una ceja.
Se giró hacia M.G. McGonagall y le arrojó un tipo de ave que revoloteaba tontamente hacia la cazadora. Una llamarada comenzó a consumir el pedazo de papel y se reveló que era un corazón mal proporcionado; de hecho, se asemejaba a una manzana.
Sanders tenía un encantador tic en el ojo; guardó la varita y agarró el bate al mismo tiempo en que Laughalot se ponía enfrente de una bludger. Él también tenía un bate. Los dos capitanes intercambiaron una mirada y le dieron un potente golpe a las bludgers. Estas se fueron directamente hacia el área de los espectadores, específicamente hacia donde estaban Spinnet y la profesora McGonagall. Una de las bludgers pasó muy cerca de su rostro y destruyó una parte de las gradas superiores; la otra iba directamente a su rostro, pero Spinnet se agachó y la bludger se desvió hacia arriba.
—¡Expulsión! ¡Deshonor! ¡Vergüenza! ¡EXILIO!
—Lo que el señor Spinnet quiere decir es que falta para Slytherin, cometida por Steve Laughalot; y falta para Gryffindor, cometida por Ashley Sanders; sea dicho de paso que penalti para Gryffindor y penalti para Slytherin —dijo la profesora McGonagall.
Sanders y Laughalot chocaron los puños con la misma sonrisa traviesa en el rostro.
—¡Sacrilegio! ¡Ultraje! —continuó gritando Spinnet—. ¡Venganza!
—Solo no haga una idiotez.
—¿Qué tipo de idiotez podría hacer?
—No necesita que le dé ninguna idea.
—Eso es verdad —dijo él—. ¡Vanity dispara! ¡Hughes la detiene! ¡Y Vanity vuelve a disparar! ¡Hughes falla! ¡Evander dispara! ¡Sandy lo detiene! ¿No es adorable cuando hace su trabajo mientras no sea Micaela la que esté ahí, eh? —Edgecombe salió de su área. Agarró el bate de Laughalot y le mandó una bludger a Spinnet. El comentarista jadeó y se escondió. La bludger terminó de destruir aquellas gradas—. ¡Fingiré que no vi eso! ¡Y falta para Slytherin!
—¿No dijo la señora Hooch que quería un partido limpio? —preguntó Peter.
James y Sirius se encogieron de hombros.
—¡Bishopper dispara y anota! ¡Qué reacción más lenta, Hughes! ¡Micaela le da un pase a Davies! ¡Thompson la sigue y le roba la quaffle! ¡Le da un pase a Vanity! ¡Gol de…! —Spinnet se quedó en silencio, para confusión de la mayoría—. ¡Mitchell Bulstrode captura la snitch!
—Finalmente estoy libre de Potter.
—¿Estás seguro de eso, Black-y?
Remus lo miró confundido y revisó el marcador: 250 a 230, a favor de Gryffindor.
Sirius rio un poco.
—Bien jugado, Potter.
Hay una regla en el fútbol que dice que el balón está en juego desde que sea pateado; quien haga el penalti no lo podrá tocar por segunda vez hasta que lo haya hecho otro jugador. ¿Por qué no aplicarlo al quidditch?
Es bastante probable que Fabián y Gideon ya estén en participando en la guerra, como es probable que no. ¿Quién sabe? (Bueno, Sirius no sabe muchas cosas; yo, en cambio, sí lo sé).
Sea dicho de paso, que el pequeño Bill tiene casi un año para este momento. ¿Quién creen que ganó al final?
