Harry Potter es propiedad de JK Rowling.


Capítulo XIII: De cómo adquirir una migraña antes del desayuno

"Bear patiently with a rival."

Ovid.


10 de diciembre de 1971.

Lo único que necesitaba hacer era encontrar su varita, después los maldeciría.

¿Cómo se atrevían a despertarlo con un grito tan agudo? Se talló los ojos mientras intentó recordar todo lo que había aprendido en Defensa de las Artes Oscuras aunque, en esta ocasión, cierto par de imbéciles deberían defenderse a menos que quisieran estar un par de horas en la enfermería. A pesar que su madre trabajaba como Rompedora de maldiciones en Gringotts, se rehusó a enseñarle cómo desquitarse de aquellos que le hacían enfadar.

Le decía que debía hallar un modo para congeniarse con Damián debido a que no podía «mantener una rivalidad con uno de sus compañeros hasta la graduación». La amaba —era la persona más apreciada que tenía— pero no lo entendía: no los tenía que soportar por veinticuatro horas, siete días a la semana por siete años… u ocho, asumiendo que tuviera repetir año otra vez. Su madre lo escribió en una primaria muggle. «Tienes que hacer amigos», le aconsejó. «¿Quién sabe? Quizá encuentres a otro potencial mago con el que te relacionaras cuando estés en Hogwarts. ¿No será genial, dulzura?»

Dejó de pensar en eso. Miró la escena que se desarrollaba delante de sí, intentando comprender qué había sucedido. No le sorprendió encontrarse con la vista de un James Potter y un Sirius Black que discutían por sandeces otra vez. Ya ni siquiera les prestaba atención cuando decidían convertirse en el centro de atención; sin embargo, lo extraño era que James hacía un buen uso del vocabulario. Expresiones como «tuve un escalofrío», «esto es el horror», «eres más exasperante al balbucear explicaciones sinsentido», «no vayas a tener una migraña por realmente pensar por primera vez en tu miserable vida» y demás eran anormales en él. Lo más aterrador era que no hacía uso de ninguna connotación dramática, algo que era muy propio de él cada vez que quería enfatizar su punto.

Y nada se comparaba a la vista de un Sirius Black comportándose como si hasta las cortinas le pudieran ofender, solo por no estar fabricadas de una tela finísima y carísima. A pesar que Sirius poseía una tendencia una exagerar por todo, nunca había llegado al extremo de James. ¿Qué estaba pasando? ¿El mundo enloqueció mientras dormían? ¿Debía avisarle a McGonagall que dos de sus estudiantes perdieron el juicio? ¿Comieron algo que estuvo en mal estado?

—¿Les pusiste una poción que modifica su estado de ánimo cada veinte segundos o qué? —preguntó Peter a Damián.

No tenía un vasto conocimiento sobre pociones y qué uso podrían tener, en especial cuando la mente maquiavélica de Damián Long estaba involucrada. Suponía que podía ser un buen compañero y tratar de ayudar, pero el impulso de ensartarse en una discusión con Damián era superior a él. Damián nunca le decepcionaba. Por cierto, el aludido decidió guiñarle un ojo. ¿Y eso qué significaba? ¿Era una confesión o simplemente quería hacerle perder la paciencia antes de ir a Encantamientos? Se cruzó de brazos. No, no caería; al menos, no todavía. Se estaba esforzando por mejorar, no permitiría que Damián lo estropeara.

Para su confusión, oyó una risita reprimida. Se giró hacia Remus, dispuesto a preguntarle por qué lo hacía. No sabía por qué Remus tenía el impulso de arruinar la diversión pero lo agradecía. Peter apenas soportaba las idioteces de los demás, ¿y Dumbledore pretendía que los cinco vivieran armoniosamente en un espacio tan pequeño sin que ningún tipo de inconveniente ocurriera? El mago estaba demente. No pudo evitar gruñir con desagrado. Teniendo en cuenta que Remus parecía más interesado en taparse la boca con ambas manos, dependía de él reestablecer la paz. O, al menos, intentarlo antes de arrastras sus petrificados cuerpos a la enfermería.

Sabía que se ganaría un par de líneas por atacarlos pero valdría la pena.

—Vamos, vamos. Calabaza, ¿es que aún no lo has entendido?

—Ni siquiera me gustan las calabazas, imbécil.

—Es que concuerdo con Potter. ¿Tienes idea de lo difícil que es formular un diminutivo peyorativo para mi querido enemigo cuando su nombre es Peter Pettigrew? —dijo Damián cruzándose de brazos—. Incluso Potter ha ideado algo decente. Por supuesto que «Black–y» no tiene mucha originalidad, pero tiene sentido. Eso es importante. Y, a menos que te tiña el cabello de naranja, estaremos atascados con «Calabaza», Calabaza. Me avergüenza decir que fue lo primero que se vino a la mente.

—Recuérdame asesinarte después —murmuró Peter—. A ver, déjame ver si entendí… ¿Les cambiaste de cuerpo? ¿Y eso exactamente cómo nos ayudará a tolerarlos? O, más importante aún, ¿cómo les ayudará a tolerarse entre sí? Y espero que tengas preparado el antídoto o estarás en graves problemas con McGonagall por esto. Al decir «estarás» me refiero a ti, no a ti y a mí. Te conozco. No me arrastrarás contigo de nuevo. Te lo prohíbo.

—Je, lo que tú digas.

Damián le enseñó un pequeño vial con un líquido semitransparente en su interior.

—Hazte el útil y arréglalo, James Potter —exclamó Sirius casi tirándose de los cabellos. Pese a que técnicamente no se desordenaría su peinado, igualmente le iba a doler. Suspiró, ¿qué más podría hacer? Realmente no quería intervenir. ¿Qué era lo peor que podría pasar? Tachó eso. Cualquier cosa sucedería si uno invocaba la mala suerte, en especial cuando ya estaba sucediendo un desastre—. Y si me vuelves a decir que, en realidad, me estoy insultando a mí mismo, te humillaré en el Gran Comedor cuando regresemos a la normalidad.

—¿Y qué quieres que haga? ¿Pretendes que agite una varita e invente un hechizo que arregle lo que sea que haya pasado? —bromeó James. Sirius le arrojó una almohada a la cara—. Qué violento, compadre. —Le devolvió el favor—. ¿Qué es lo más extraño que recuerdas que pasó ayer? Diría que la profesora Sprout apareció solo para impedir que M.G. McGonagall me besara, pero no creo que ella atormente a sus estudiantes cuando no están en su invernadero. ¿Además quién querrá a la copia barata cuando pueden disfrutar del original? Esto… —James señaló su cuerpo de los pies a la cabeza, con un movimiento de manos y para horror de Sirius—. Todo eso no puede ser imitado. Eso es tan en contra del buen gusto.

—Nunca lo hagas de nuevo. —Sirius se estremeció—. Fue como si insinuaras que quisieras besarme. O, peor, como si pretendieras que nos vieran juntos caminando por el pasillo.

—¿Y quién soy yo para rechazarte?

Sirius miró confundido a James mientras que el segundo iba acortando la distancia, con una sonrisa malévola que rivalizaba la de Damián. Ignoró la parte de su cerebro que le comentó que James Potter iba a hacer lo que comúnmente se conocía como un acto suicida y se dedicó a disfrutar del espectáculo, para variar. A menos que Damián decidiera involucrarse más de lo que ya estaba, no veía por qué debía evitar la catástrofe que estaba a punto de suceder.

Le pidió a Damián que estuviera preparado con su cámara.

Sirius comenzó a retroceder al darse cuenta de las intenciones de James, o tal vez fue este estaba traspasando su espacio personal como si no le importara en lo absoluto. Era tan satisfactorio ver a James actuar como la fuera de la naturaleza que hacía cabrear a Sirius Black. Hasta le parecía fascinante. Sin embargo, ¿de qué se trataba? No, no lo investigaría: no valía la pena el esfuerzo ni las horas siguiéndolo.

—¿Qué…? —preguntó Remus.

Sirius alzó su mano, en un vano intento por poner un poco de separación entre los dos. Craso error. James tomó la mano de Sirius y lo jaló hacia él despreocupadamente, le guiñó un ojo y depositó un suave beso en sus labios. Se oyó un «clic» que petrificó a Sirius. La escena fue inmortalizada para posterioridad y ya tenían fotografía para la tarjeta de Navidad. Por una vez, ignoró el brillo macabro en los ojos de Damián. Estaba conspirando otra vez. Al menos, esta vez tenía la certeza de que podría disfrutar del espectáculo. y —dijo Sirius alzando su mano, en un vano intento por poner un poco de separación entre los dos.

—Normalmente no beso antes de una cita. Pero, por ti, hice una excepción —dijo James, ignorando la expresión patidifusa de Sirius—. ¿Al final qué haremos? No nos podemos encerrar aquí todo el día. McGonagall no lo permitirá y no quiero perderme mi reunión de estudios con su linda sobrina. Papá dice que no se hace esperar a una dama. Eh, Sirius… —James chasqueó los dedos enfrente de él—. Reacciona. Me veo estúpido con la mandíbula desencajada. Un lindo estúpido, pero estúpido de todos modos.

—Me besaste.

—Te falta práctica.

—Concéntrate, Potter. ¡¿Por qué me besaste?!

—Me lo pediste.

—Eso fue sarcasmo.

—El problema cuando dices algo sarcásticamente es que no sé cuándo eres realmente sarcástico, ya que normalmente utilizas el sarcasmo cada vez que hablas conmigo o que hablas de mí. Deberías diferenciar tus propios tonos de voz, si quieres evitar que esto se repita.

—Eres un imbécil, Potter. Un grandísimo imbécil al que maldeciré lenta y dolorosamente.

—También te amo.

—¿De dónde sacaste las palomitas de maíz? —preguntó Peter.

Remus prestó atención a Damián.

—Un buen mago jamás revela sus secretos.

—La conseguiste de la cocina en algún momento de la noche —adivinó Remus. Damián asintió y Peter bufó—. ¿Se los digo? No creo que necesiten ayuda para… esto, lo que sea que sea. ¿Por cuánto tiempo estarán así, Damián?

—Veinticuatro horas, contando el tiempo desde que ingirieron la poción —respondió Damián—. Era más difícil de lo pensé y solo me quedó suficientes ingredientes para una dosis pequeña. Eso y que no podré robar el armario de pociones hasta que descifre qué encantamiento usó Slughron. Ya lo intenté y pateé a la gata cotilla ésa. Filch juró venganza. Para alguien tan joven es bastante amargado.

La habitación estuvo silenciosa por unos minutos. Sirius y James estaban procesando las implicaciones de esta conversación con diferentes expresiones que variaban entre la sorpresa, furia, indignación y diversión. James se echó a reír como si no hubiera un mañana, tirándose en el suelo y alabando al bromista en cuestión. No dejó de repetir un «Bien hecho, bien hecho» que apenas se le entendía. Sirius lo miró sin humor y se llevó una mano a la frente, mascullando algo acerca de que estaba «rodeado de imbéciles, con excepción de Remus». Tras sisear una serie de insultos que provocarían que Peter estuviera castigado hasta los cuarenta, le lanzó una mirada fulminante a Damián quien le enseñó la lengua y le guiñó un ojo.

—¿Es que no aceptas que te hagan una pequeña broma inofensiva, Black? —preguntó Damián—. James se está divirtiendo, ¡solo mírale! Él sabe apreciar el lado bueno de la vida. Pero tú estás más preocupado en envenenarnos a todos que te pierdes de los mejores años de tu vida. Te hice un favor; agradéceme.

—Más te vale que Potter no dañe mi reputación con su comportamiento infantil o te aseguro que desearás que te haya envenenado cuando acabe contigo. Nadie estropea la reputación de un Black y se sale con la suya. En especial tú, Long; sobre todo tú, Damián Long.

—Me conmueve que me tengas en alta estima. —Damián acarició una almohada como si fuera un gato. Además que hacía una mueca que se asemejaba a un gesto burlón. Peter puso los ojos en blanco, se acercó a él y le tiró de la oreja. Damián le artículo un «qué malvado, Calabaza» que provocó que gruñera mientras alzaba la vista al techo—. Ahora si me disculpas, tengo un desayuno al que atender: el de hoy me ayudará a incrementar mi secreta recopilación de información sobre momentos vergonzosos y/o humillantes que usaré para chantajear a los demás. Que tengan un buen día, señores; Calabaza, te nombro como mi secuaz. Conspirar contra las autoridades de la escuela es más agotador de lo que parece.

—¿Cómo es posible que te las ingenies para darme una migraña sin siquiera esforzarte, bizcochito?

Peter sonrió de lado cuando Damián escondió el rostro en la almohada.

—Long…

—Estarás bien. —Tranquilizó Remus a un altamente indignado Sirius Black—. Quédense conmigo: los ayudaré a que pretendan ser el otro. Además será agradable que sepan que ahora somos amigos, o que al menos podemos estar juntos sin intentar matarnos en el proceso. Apresúrense. Me enteré que tendremos postres de chocolate… —Remus se relamió los labios—. ¿Es seguro, Damián?

—Obviamente. El chocolate es sagrado.

—¿Te das cuenta que ya no es secreto si se lo dices a todo el mundo? —preguntó Sirius con monotonía. Hizo un aguamenti para hacer que James dejara de reírse; este le vio feo—. Honestamente, Long, ¿crees que es una buena idea esparcir el caos en Hogwarts? ¿En serio crees que uno de los profesores o el celador no descubrirá que has sido tú? Si tuviera uno, no se lo andaría confiando al primer desgraciado con el que me tropezara. O no se lo andaría comentando a alguien como Potter, que le falta cerebro.

—En lo personal, no le creo. Sobre lo de la recopilación ésa, es decir —añadió James secándose con una toalla e ignorando el insulto hacia su persona. Un momento, ¿de dónde la sacó?—. Es Damián Long, Sirius. Nuestro nefasto compañero. Uno creería que ya no eres tan fácil de embaucar. Ni siquiera yo le creo.

—Eres la vergüenza de este dormitorio hasta para defenderte a ti mismo.

—¿No se suponía que ya habíamos arreglado nuestras diferencias?

—No.

—¿Entonces…?

—Un Black siempre cumple su palabra, aunque sea debido a una apuesta hecha por ti.

—A veces juro que no me quieres. —James hizo un puchero—. Todos quieres a James Potter. Soy sencillamente encantador e irresistible.

—En tus sueños.

Remus suspiró.

—Esto será más difícil de lo que pensé —le murmuró a Peter.

—A veces estoy rodeado de niños tan pequeños.

—Eh, somos mayores que tú.

—¿Tu punto? —dijo a Remus.


Según Wikipedia, la primera cámara lo suficiente pequeña para ser considera portátil fue diseñada por Johann Zahn en 1685.