.

.

.

2

.

—¿Esto luce bien? —le pregunto a Gamatatsu cuando entro a la cocina. Se voltea, me mira de arriba abajo y se encoge de hombros.

—Supongo. ¿A dónde vas?

Camino al frente de uno de los espejos que recubren el pasillo y reviso mi cabello otra vez. —Una cita.

Gime, luego da la vuelta alrededor de la mesa frente a ella. —Nunca te has preocupado por cómo luces. Será mejor que no le propongas matrimonio. Me divorciaré de esta familia antes de que la hagas mi hermana.

Mi mamá camina delante de mí y me da una palmadita en el hombro. —Te ves muy bien, cariño. Sin embargo, no usaría esos zapatos.

Contemplo mis zapatos. —¿Por qué? ¿Qué hay de malo con mis zapatos?

Abre un armario, saca una sartén y después gira hacia mí. Sus ojos caen a mis zapatos de nuevo. —Son demasiado brillantes. —Se da la vuelta y camina a la cocina—. Los zapatos nunca deberían ser de neón.

—Son color amarillo. No neón.

—Amarillo neón —dice Gamatatsu.

—No estoy diciendo que creo que son feos —dice mamá—, pero conozco a Seilor y es muy probable que odie tus zapatos.

Camino a la mesada y agarro las llaves, luego pongo el celular en mi bolsillo. —Me importa una mierda lo que piense Seilor.

Mi madre se da vuelta y me mira con curiosidad. —Bueno, estás preguntando a tu hermana de trece años de edad si luces lo suficientemente bien para tu cita, por lo que creo que te importa lo que Seilor piense.

—No voy a salir con Seilor. Rompí con ella. Tengo una nueva cita esta noche.

Los brazos de Gamatatsu suben al aire y levanta la vista al techo. —¡Gracias al Señor! —proclama en voz alta.

Mamá ríe y asiente. —Sí. Gracias a Dios —dice, aliviada. Se vuelve a la estufa y no puedo dejar de mirar una y otra vez entre ambas.

—¿Qué? ¿A ninguna de las dos les gusta Seilor? —Sé que es una perra, pero a mi familia parecía gustarle. Sobre todo a mamá. Honestamente pensé que estaría molesta porque rompimos.

—Odio a Seilor —dice Gamatatsu.

—Dios, yo también —gime mi mamá.

—Conmigo somos tres —dice mi papá, caminando junto a mí.

Ninguno me está mirando, pero todos están respondiendo como si este fuera un tema que han discutido previamente.

—¿Quieren decir que todos odiaban a Seilor?

Papá se da vuelta para mirarme. —Tu mamá y yo somos maestros en psicología inversa, muchacho Oby. No actúes como sorprendido.

Gamatatsu levanta la mano en el aire hacia papá. —Yo también papá. También invertí su psicología.

Mi papá se acerca y choca su mano. —Bien jugado, Moegui.

Me apoyo en el marco de la puerta y los veo. —¿Fingieron que les gustaba Seilor? ¿Por qué demonios?

Mi papá se sienta a la mesa y agarra un periódico. —Los chicos están naturalmente inclinados a tomar decisiones que desagradan a sus padres. Si te hubiéramos dicho cómo nos sentimos sobre Seilor, probablemente habrías terminado casándote sólo para fastidiarnos. Por eso fingimos amarla.

Idiotas. Los tres. —No conocerán nunca a otra de mis novias de nuevo.

Papá se ríe, pero no parece en absoluto decepcionado.

—¿Quién es? —pregunta Gamatatsu —. La chica por la que en realidad estás haciendo un esfuerzo.

—No es de tu incumbencia —le respondo—. Ahora que sé cómo funciona esta familia, no la traeré cerca de ninguno de ustedes.

Me dirijo a la puerta y mi mamá llama detrás de mí—: Bueno, si ayuda ¡estamos listos para amarla, Obito! ¡Ella es un encanto!

—Y es hermosa —dice mi papá—. ¡Es muy buena!

Niego con la cabeza. —Apestan.

.

—Llegas tarde —dice Rin, cuando aparece en su puerta principal. Sale de su casa de espaldas a mí, introduciendo su llave en la cerradura.

—¿No quieres que conozca a tus padres? —le digo, preguntándome por qué está bloqueando la puerta a estas horas de la noche. Se da la vuelta y me enfrenta.

—Son viejos. Cenaron hace como diez horas y se fueron a la cama a las siete.

Avellana. Sus ojos son de color avellana.

Mierda, es bonita. Su pelo es más claro de lo que pensé que era la última noche en la habitación de Hinata. Su piel es impecable. Es como si fuera la misma chica de anoche, sólo que ahora está en alta definición. Y tenía razón. Realmente se ve como un maldito ángel.

Da un paso fuera del camino y cierro la puerta de la pantalla, sin poder apartar los ojos de ella. —De hecho, llegué temprano —digo finalmente en respuesta a su primer comentario —. Uzumaki dejo a Hinata en su casa y te juro que les tomó media hora despedirse. Tuve que esperar hasta que la costa estuviera despejada.

Desliza la llave de su casa en su bolsillo de atrás y asiente. —¿Listo?

La veo de arriba abajo. —¿Olvidaste tu bolso?

Niega con la cabeza. —Nop. Odio los bolsos. —Acaricia su bolsillo trasero—. Todo lo que necesito es la llave de mi casa. No me molesté en traer dinero ya que esta cita fue tu idea. Tú pagarás, ¿cierto?

Guau.

Retrocede.

Evaluemos los últimos treinta segundos, ¿de acuerdo?

Odia los bolsos. Eso quiere decir que no trae maquillaje. Lo que significa que no se estará aplicando constantemente esa mierda como hace Seilor. También significa que no está escondiendo un galón de perfume en cualquier lugar de su cuerpo. Y también significa que no tiene planes en absoluto de ofrecerse a pagar su mitad de la cena, lo que parece un poco anticuado, pero por alguna razón me gusta.

—Me encanta que no lleves un bolso —le digo.

—Me encanta que tampoco lleves uno —dice, con una carcajada.

—Lo hago. Está en mi coche —le digo, empujando mi cabeza hacia mi coche.

Se ríe de nuevo y comienza a caminar hacia las escaleras del porche. Hago lo mismo hasta que veo a Hinata de pie en su habitación con la ventana abierta. Inmediatamente agarro a Rin de los hombros y tiro de ella hasta que nuestras espaldas están planas contra la puerta principal. —Puedes ver la ventana de Hinata desde el patio delantero. Nos verá.

Rin me mira fijamente. —Te estás tomando en serio esa orden de fuera de los límites —dice en voz baja.

—Tengo que hacerlo —le susurro—. Uzumaki no bromea cuando me prohíbe salir en citas.

Arquea una ceja curiosa. —¿Uzumaki usualmente te dice con quién puedes y no puedes salir?

—No. En realidad tú eres la primera.

Se ríe. —¿Entonces cómo sabes que se enojará de verdad por esto?

Me encojo de hombros. —En realidad no lo sé. Pero la idea de esconderme de él, parece bastante divertida. ¿No es un poco más emocionante para ti ocultarle esta cita a Hinata?

—Sí —dice, encogiéndose de hombros—, supongo que lo es.

Nuestras espaldas todavía se presionan contra la puerta y por alguna razón todavía estamos susurrando. No es como si Hinata nos pudiera oír desde aquí, pero otra vez, el susurro hace que sea más divertido. Y me gusta el sonido de la voz de Rin cuando susurra.

—¿Cómo propones que salgamos de esta situación, Rin?

—Bueno —dice, ponderando la pregunta por un momento—, normalmente cuando voy a intentar una clandestina cita secreta y necesito escapar de mi casa sin ser detectada, me pregunto: "¿Qué haría Tobirama Senju?"

Oh, Dios mío, ¿Esta chica acaba de mencionar a Tobirama Senju, el ninja más rápido de todos los tiempos?

Infiernos.

Sí.

Alejo mí mirada lo suficiente como para ocultar el hecho de que creo que acabo de enamorarme de ella y también para evaluar nuestra ruta de escape. Echo un vistazo al columpio en el porche y luego miro a Rin cuando estoy seguro de que la sonrisa cursi se ha ido de mi cara.

—Creo que Tobirama se valdría del jutsu del Dios Trueno Volador y se transportaría hasta el automóvil o con un solo sello de mano haría un jutsu dragón de agua e inundaría la calle y saldría de aquí remando en una lancha. Desafortunadamente olvide el pergamino donde cargo la langa entonces...

Se ríe. —Hmmm —dice, entrecerrando los ojos como si viniera con algún plan brillante—. Eso es un inconveniente lamentable. —Mira a mi coche estacionado en el camino de entrada y luego de nuevo a mí—. Podríamos simplemente arrastrarnos hasta tu coche para que no nos vea.

Y sería un plan brillante si involucrara a una chica ensuciándose. He aprendido en mis tres meses, de idas y vueltas, con Seilor que a las chicas no les gusta ensuciarse.

—Te ensuciaras —le advierto—. No creo que puedas entrar en un sofisticado restaurante de sushi con las manos y vaqueros sucios.

Mira a sus vaqueros y luego a mí. —Conozco este gran restaurante Bar-B-Q al que podríamos ir en su lugar. El suelo está cubierto de cáscaras de maní desechadas. Una vez vi a un hombre muy gordo comiendo en un reservado y ni siquiera llevaba una camisa.

Sonrío al mismo tiempo que me enamoro un poco más fuerte por ella. —Suena perfecto.

Los dos nos tiramos en nuestras manos y rodillas, y nos arrastramos fuera de su porche. Está riendo y su risa me hace reír. —Shh —le susurro al llegar a la parte inferior de las escaleras. Nos arrastramos por el patio a toda prisa, los dos mirando hacia la casa de Hinata cada pocos metros. Una vez que llegamos al coche, llego a la manija de la puerta. —Arrástrate por el lado del conductor —le digo—. Es menos probable que te vea.

Le abro la puerta y se mete en el asiento delantero. Una vez que está dentro del coche, subo detrás de ella y me deslizo en mi asiento. Los dos nos agachamos, lo que no tiene sentido si piensas en ello. Si Hinata fuera a mirar por la ventana de su dormitorio, vería mi coche estacionado en la vereda de Rin. No importaría si viera nuestras cabezas o no.

Rin limpia la suciedad de sus manos en las piernas de sus pantalones lo que me enciende completamente. Se da vuelta para mirarme y todavía estoy mirando la suciedad arrastrada por sus pantalones. De alguna manera arranco mi mirada y la miro a los ojos.

—Vas a tener que disfrazar tu coche la próxima vez que vengas —dice—. Esto es demasiado arriesgado.

Me gusta su comentario un poco demasiado.

—¿Confiada de que habrá una próxima vez? —le pregunto, sonriéndole—. La cita acaba de comenzar.

—Buen punto —dice, encogiéndose de hombros—. Podría odiarte al final de la cita.

—O yo podría odiarte a ti —le digo.

—Imposible. —Apoya su pie en el tablero—. Soy inodiable.

—Inodiable ni siquiera es una palabra real.

Mira por encima de su hombro al asiento trasero y luego se voltea de nuevo con el ceño fruncido. —¿Por qué huele como tuvieras un harén de prostitutas aquí? —Tira de su camisa sobre su nariz para cubrir el olor.

—¿Todavía huele a perfume? —Ya ni siquiera lo huelo. Probablemente se filtró en mis poros y ahora soy inmune.

Asiente. —Es horrible —dice con la voz ahogada por su camisa—. Baja la ventana. —Hace un sonido falso de escupir como si estuviera tratando de quitar el sabor de su boca y me hace reír.

Arranco el coche y luego lo pongo en reversa y empiezo a retroceder.

—El viento hará un lío de tu cabello si bajo las ventanas.

Mirándome fijamente, extiende la mano a su puerta y pulsa el botón para bajar la ventana. —Ya estoy sucia y prefiero tener el pelo enmarañado que oler como un harén —dice. Baja la ventana por completo, entonces me incita a bajar la mía, así que lo hago.

Pongo el coche en marcha y presiono el acelerador. El coche se llena inmediatamente con el viento y el aire fresco y su pelo comienza a volar en todas las direcciones, pero ella se relaja en el asiento.

—Mucho mejor —dice, sonriéndome. Cierra los ojos mientras inhala una bocanada de aire fresco.

Trato de prestar atención a la carretera, pero el que ella este a mi lado, lo hace malditamente difícil.

.

—¿Cómo se llaman tus hermanos? —pregunto—. ¿Y qué número eres?

—Ebisu, Hayate, Nawaki y Genma. Soy diez años más joven que el más joven.

—¿Fuiste un accidente?

Asiente. —Del mejor tipo. Mi madre tenía cuarenta y dos cuando me tuvo, pero se emocionaron cuando se encontraron con una chica.

—Me alegro de que saliera una chica.

Se ríe. —Yo también.

—¿Por qué te llamaron Rin?

—Rin no es mi nombre —dice—. Mi nombre completo es Jane Ron Nohara, pero me enojé con ellos por mudarnos a Konoha cuando tenía catorce años, así que empecé a llamarme Rin para molestarlos. Realmente no importaba, pero era terca y me negué a darme por vencida. Ahora todo el mundo me llama Rin, excepto ellos.

Me encanta que se diera un apodo a sí misma. Mi tipo de chica.

—La pregunta sigue en pie —le digo—. ¿Por qué te nombraron Ron Es un nombre, muy extraño y no tiene mucho que ver con los de tus hermanos?

—No hay razón, la verdad. A mi papá sólo le gusta el sonido que hace.

Asiento, luego tomó un bocado de comida, mirándola atentamente. Estoy esperando ese momento. El que siempre viene con las chicas, donde el pedestal en que las colocas al comienzo es expulsado de debajo de ellas.

Por lo general es el momento en que empiezan a hablar de ex novios o mencionan cuántos niños quieren o hacen algo realmente molesto, como aplicar el lápiz labial en el medio de la cena.

He estado esperando pacientemente a que se destaquen las fallas de Rin, pero hasta ahora no puedo encontrar ninguna. Por supuesto, sólo nos hemos relacionado durante unas tres o cuatro horas hasta ahora, las suyas pueden estar enterradas más profundo que las otras personas

—¿Así que eres un hijo del medio? —pregunta—. ¿Sufres de síndrome del hijo del medio?

Niego con la cabeza. —Probablemente tanto como tú sufres de síndrome de quinto hijo. Además, Shizune es cuatro años mayor que yo y Gamatatsu es cinco años más joven, así que tenemos una buena variedad.

Se ahoga en su bebida con su risa. —¿Gamatatsu? ¿Llamas Gamatatsu a tu hermanita?

—Todos la llamamos Gamatatsu. Era un bebé gordo.

Se ríe. —Tienes apodos para todos —dice—. Llamas a Hinata "Pechos de ramen". Le dices a Uzumaki "No presente". ¿Cómo me llamas cuando no estoy cerca?

—Si le doy a la gente apodos, lo hago a la cara —señalo—. Y aún no he descubierto el tuyo. —Me recuesto en mi asiento y me pregunto por qué no le he dado uno hasta ahora. Los apodos que doy a la gente suelen ser bastante inmediatos.

—¿Es algo malo que todavía no me hayas apodado?

Me encojo de hombros. —En realidad no. Todavía estoy tratando de entenderte, eso es todo. Eres un poco contradictoria.

Arquea una ceja. —¿Soy contradictoria? ¿De qué manera?

—De todas. Eres increíblemente linda, pero no te importa un carajo como luces. Pareces dulce, pero tengo la sensación de que eres la mezcla perfecta del bien y del mal. Pareces muy relajada, no del tipo del que juega con los chicos, pero eres bastante coqueta. Y no voy a juzgar todo con esta nueva observación, pero… soy consciente de tu reputación, sin embargo, no pareces ser el tipo de persona que necesita la atención de un hombre para acariciar su autoestima.

Su expresión es tensa mientras acepta todo lo que acabo de decir. Alcanza su vaso y bebe un sorbo sin dejar de mirarme. Termina su bebida, pero mantiene el vaso contra sus labios mientras piensa. Finalmente lo baja a la mesa y mira a su plato, recogiendo el tenedor.

—No soy así —dice en voz baja, evitando mi mirada.

—¿Así cómo? —No me gusta la tristeza en su voz. ¿Por qué siempre digo estupideces?

—No soy lo que solía ser.

Así se hace, Obito. Idiota.

—Bueno, no te conocía en ese entonces, así que lo único que puedo hacer es juzgar a la chica sentada frente a mí en estos momentos. Y hasta ahora, ha sido una cita malditamente genial.

La sonrisa se extiende de nuevo en sus labios. —Eso es bueno —dice, mirándome—. No estaba segura de qué tipo de cita sería, teniendo en cuenta que es la primera que he tenido en mi vida.

Me río. —No hay necesidad de acariciar mi ego —digo—. Puedo manejar el hecho de que no soy el primero en expresar un interés en ti.

—Lo digo en serio —dice—. Nunca he estado en una cita real antes. Los hombres tienden a saltar toda esta parte, para poder llegar a lo que realmente quieren de mí.

Mi sonrisa desaparece. Puedo decir por la mirada en su cara que está siendo completamente seria. Me inclino hacia delante y miro con dureza sus ojos. —Esos tipos eran unos tarados de mierda.

Se ríe, pero yo no lo hago.

—Lo digo en serio, Rin. Todos esos tipos, necesitan una buena patada en los huevos, porque la cena-charla es, por mucho, la mejor parte de ti.

Cuando la oración sale de mi boca, la sonrisa sale de su rostro. Me mira como si nunca nadie le hubiera dado un auténtico cumplido. Eso me enoja.

—¿Cómo sabes que es la mejor parte de mí? —pregunta, de alguna manera encontrando ese tono insinuante de burla en su voz una vez más—. Todavía no has tenido el placer de besarme. Estoy bastante segura de que es la mejor parte de mí, porque soy una besadora fenomenal.

Jesucristo. No sé si era una invitación, pero quiero enviarle mi asistencia en este mismo segundo. —No tengo duda de que ser besado por ti sería fantástico, pero si tuviera que elegir, me quedaría con la cena y la charla sobre un beso cualquier día.

Entrecierra los ojos. —Eso es mentira —dice con una mirada desafiante—. No hay manera de que alguien escogería una cena-charla sobre una buena sesión de besos.

Intento devolver su mirada desafiante, pero tiene un buen punto.

—Está bien —le reconozco—. Puede que tengas razón. Pero si por mí fuera, me quedaría con besarte durante la cena-charla. Tener lo mejor de ambos mundos.

Asiente, impresionada. —Eres bueno —dice, echándose hacia atrás en su asiento. Cruza los brazos sobre el pecho—. ¿Dónde aprendiste esos movimientos ingeniosos?

Me limpio la boca con la servilleta, y luego la pongo en la parte superior de mi plato. Levanto mis codos hasta que están descansando en la parte posterior de la mesa y sonrío. —No tengo movidas ingeniosas. Sólo soy carismático... ¿Recuerdas?

Su boca se contrae en una sonrisa y niega con la cabeza, como si supiera que está en problemas. Sus ojos están sonriéndome y me doy cuenta de que nunca me he sentido así antes con cualquier otra chica. No es que piense que estamos a punto de enamorarnos o que somos almas gemelas o alguna mierda por el estilo. Nunca he estado cerca de una chica, con la cual ser yo mismo fuera realmente una buena idea. Con Seilor, siempre trataba con todas mis fuerzas de no enojarla. Con novias pasadas, siempre me encontré guardando toda la mierda que realmente quería decir. Siempre he sentido que ser yo mismo con una chica no es necesariamente una buena cosa, porque seré el primero en admitir, que puedo ser un poco exagerado.

Sin embargo, con Rin es diferente. No sólo entiende mi sentido del humor y mi personalidad, sino que siento como si lo alentara. Siento como si el verdadero yo es lo que más le gusta y cada vez que se ríe o sonríe en el momento perfecto, quiero chocar su puño.

—Me estás mirando —dice, sacándome de mis pensamientos.

—Así es —le digo, sin molestarme en mirar para otro lado.

Clava la vista fijamente en mí, pero su actitud y expresión competitivas crecen mientras entrecierra los ojos y se inclina hacia adelante. Silenciosamente me está retando a un concurso de miradas desafiantes.

—Sin parpadear —dice, confirmando mis pensamientos.

—Ni reír —le digo.

Y ahí está. Nos miramos en silencio el uno al otro durante mucho tiempo, mis ojos comienzan a llenarse de agua y mis manos se aprietan sobre la mesa. Doy mi mejor esfuerzo para mantener los ojos fijos en los suyos, pero quiero mirar cada centímetro de ella. Quiero mirar su boca y sus mejillas marcadas con color lavanda y sus labios carnosos, de color rosa y su pelo castaño claro suave y sedoso. Por no hablar de su sonrisa. Podría mirar su sonrisa todo el día.

De hecho, estoy mirándola ahora mismo, así que estoy bastante seguro de que eso significa que acabo de perder el concurso de miradas.

—Yo gano —dice, justo antes de tomar otro sorbo de agua.

—Quiero besarte —le digo sin rodeos. Estoy un poco sorprendido por decirlo, pero no tanto. Estoy impaciente y realmente quiero darle un beso y suelo decir lo que pienso, así que...

—¿Ahora? —pregunta, mirándome como si estuviera loco. Pone su vaso de nuevo sobre la mesa.

Asiento. —Sip. Ahora. Quiero darte un beso en la cena-charla para poder tener lo mejor de ambos mundos.

—Pero acabo de comer cebollas —dice.

—Yo también.

Está moviendo la mandíbula hacia atrás y adelante, contemplando la respuesta. —Está bien —dice encogiéndose de hombros—. ¿Por qué no?

Tan pronto como me da permiso, miro a la mesa entre nosotros, preguntándome cuál es la mejor manera de hacer esto. Podría ir a sentarme a su lado en la cabina, pero podría estar invadiendo demasiado su espacio personal. Me estiro hacia delante y empujo mi vaso a un lado, entonces ella se desliza hacia la izquierda.

—Ven aquí —digo, poniendo mis manos encima de la mesa mientras me inclino hacia ella. Debe haber pensado que era una broma por la forma en que sus ojos se mueven nerviosamente alrededor de nosotros, cayendo en el hecho de que estamos a punto de darnos nuestro primer beso en público.

—Obito, esto es incómodo —dice—. ¿De verdad quieres que nuestro primer beso sea en el medio de un restaurante?

Asiento. —¿Y qué si es incómodo? Vamos a tener una repetición más tarde. La gente pone demasiado peso en los primeros besos, de todos modos.

Tentativamente coloca las palmas boca abajo sobre la mesa, luego se empuja a sí misma y se inclina lentamente hacia mí. —Está bien, entonces —dice, con un suspiro siguiendo sus palabras—, pero sería mucho mejor si esperas hasta el final de nuestra cita cuando me acompañes a mi puerta, que estará oscuro y podrías estar realmente muy nervioso y podrías tocar accidentalmente mi pecho. Así es como se supone que los primeros besos deben ser.

Me río de su comentario. Todavía no estamos lo suficientemente cerca para besarla, pero nos vamos acercando. Me inclino un poco más hacia delante, pero sus ojos dejan los míos y se centran en la mesa detrás de mí.

—Obito, hay una mujer en la cabina detrás de ti cambiando en la mesa el pañal de su bebé. Estás a punto de darme un beso y lo último que voy a ver antes de que tu boca toque la mía es una mujer limpiando la cola a su hijo.

—Rin. Mírame. —Lleva su mirada de nuevo a la mía y finalmente estamos lo suficientemente cerca para llegar a su boca—. No hagas caso a los pañales —le ordeno—. Y no hagas caso a los dos hombres en la cabina a nuestra izquierda que beben su cerveza y miran como estoy a punto de inclinarme hacia ti sobre la mesa.

Sus ojos se mueven a la izquierda, así que agarro su barbilla con mi mano y atraigo su atención de nuevo a mí. —Ignora todo. Quiero darte un beso y quiero que quieras que te bese y no tengo ganas de esperar hasta que te acompañe hasta tu puerta esta noche porque nunca he querido besar tanto a alguien.

Sus ojos caen a mi boca y me miran como si todo lo que nos rodea desapareciera de su campo de visión. Su lengua se sale de su boca y se desliza con nerviosismo en sus labios antes de que desaparezca de nuevo.

Deslizo mi mano de su barbilla hasta su nuca y la atraigo hasta que nuestros labios se encuentran.

Y mierda, si se encuentran. Nuestras bocas se funden juntas como si fueran enamorados que acaben de verse por primera vez en años. Mi estómago se siente como si estuviera en medio de un maldito delirio y mi cerebro está tratando de recordar cómo hacerlo. Es como si de pronto me olvidé de cómo besar, a pesar de que sólo ha pasado un día desde que rompí con Seilor. Estoy bastante seguro de que ayer besé a Seilor, pero por alguna razón mi cerebro se comporta como si todo esto fuera nuevo y me está diciendo que debería estar separando mis labios o provocando su lengua, pero las señales todavía no se pusieron en la boca. O mi boca me está ignorando porque ha sido paralizada por el calor suave prensado contra ella.

No sé lo que es, pero nunca he tenido los labios de una chica entre los míos durante tanto tiempo sin respirar o moverme o tomar el beso en cuanto me sea posible tomarlo.

Inhalo, a pesar de que no he tomado un respiro en casi un minuto. Suelto mi agarre de la nuca de Rin y empiezo a retirar lentamente mis labios de los suyos. Abro los ojos y los de ella todavía están cerrados. Sus labios no se han movido y está tomando respiraciones tan cortas y tranquilas que me quedo cerca de su cara, mirándola.

No sé si esperaba más de un beso. No sé si alguna vez ha tenido un beso que dure más de un minuto antes. No sé lo que está pensando, pero me encanta la expresión de su cara.

—No abras los ojos —le susurro, sin dejar de mirarla—. Dame diez segundos más para mirar, porque te ves absolutamente preciosa en estos momentos.

Esconde su labio inferior con los dientes para ocultar su sonrisa, pero no se mueve. Mi mano todavía está en su nuca y en silencio hago la cuenta regresiva desde diez cuando escucho a la camarera detenerse en nuestra mesa.

—¿Listos para la cuenta?

Levanto un dedo, pidiéndole a la mesera que me dé un segundo. Bueno cinco segundos para ser exactos. Rin nunca mueve un músculo, incluso después de escuchar hablar a la mesera. Cuento silenciosamente hasta que mis diez segundos terminan, luego Rin lentamente abre los ojos y me mira.

Retrocedo, poniendo varios centímetros entre nosotros. Mantengo mi mirada en la suya. —Sí, por favor —digo, dándole a la mesera su respuesta. La escucho rasgar la boleta y ponerla bruscamente sobre la mesa. Rin sonríe, luego comienza a reír. Retrocede y se recuesta en su puesto.

Respiro y se siente como si el aire hubiese cambiado.

Lentamente retomo mi asiento en la cabina, observándola reír. Mueve la boleta hacia mí. —Tú invitas —dice.

Alcanzo mi bolsillo y saco la billetera, luego pongo el dinero encima de la boleta. Me levanto y extiendo la mano hacia la de Rin. La mira y sonríe, luego la toma. Cuando se levanta, envuelvo el brazo alrededor de su hombro y la atraigo hacia mí.

—¿Vas a decirme cuán impresionante fue ese beso o vas a ignorarlo?

Sacude la cabeza y se ríe. —Ese ni siquiera fue un beso real —dice—. Ni siquiera trataste de meter tu lengua en mi boca.

Abro las puertas para salir, pero me hago a un lado y le dejo salir primero.

—No tenía que meter mi lengua en tu boca —digo—. Mis besos son intensos. Ni siquiera tengo que hacer algo realmente. La única razón por la que retrocedí fue porque estaba seguro de que estábamos por experimentar ese momento clásico, de la película "Cuando Harry conoció a Sally" cuando están en el restaurante.

Se ríe de nuevo.

Dios, amo que piense que soy divertido.

Abro la puerta del pasajero y se detiene antes de entrar. Me mira. —Te das cuenta de que en esa escena clásica, Sally sólo está probando un punto sobre cuán fácil es para las mujeres fingir orgasmos, ¿cierto?

Dios, amo pensar que es divertida.

—¿Tengo que llevarte a casa ya? —pregunto.

—Depende de qué tengas en mente para hacer ahora.

—Nada, en realidad —admito—. Sólo que aún no quiero llevarte. Podríamos ir al parque junto a mi casa. Tiene juegos.

Sonríe. —Hagámoslo —dice, levantando el puño frente a ella.

Naturalmente, levanto el puño y lo choco contra el suyo. Entra al auto y cierro la puerta, perplejo por el hecho de que de verdad su puño golpeara el mío.

¡La chica acaba de golpear su puño con el mío!, y esa es probablemente la cosa más caliente que he visto alguna vez.

Camino a mi lado del auto y abro la puerta, luego me siento. Antes de encender el auto, giro para mirarla. —¿Eres un chico en realidad?

Arquea una ceja, luego empuja el bordillo de su camiseta y le da un rápido vistazo a su pecho. —Nop. Estoy segura de que soy mujer —dice.

—¿Estás saliendo con alguien?

Sacude la cabeza.

—¿Vas a irte del país mañana?

—Nop —dice, confundida por mi línea de preguntas.

—¿Cuál es tu problema entonces?

—¿Qué quieres decir?

—Todos tienen uno y no puedo encontrar el tuyo. Ya sabes, ese problema que eventualmente lo arruina todo. —Enciendo el auto y doy marcha atrás—. Quiero saber cuál es el tuyo ahora. Mi corazón no puede soportar otra de esas pequeñas cosas que haces sin volverme totalmente loco.

Su sonrisa cambia. Se transforma de una sonrisa genuina a una cautelosa. —Todos tenemos problemas, Obito. Algunos de nosotros sólo esperamos poder mantenerlos ocultos para siempre.

Baja la ventana de nuevo y el ruido hace imposible el continuar con la conversación. Casi estoy seguro de que el abrumador aroma del perfume se ha ido, así que tengo curiosidad por saber si su necesidad de ruido es el por qué bajó la ventana esta vez.

.

—¿Traes a todas tus citas aquí? —pregunta.

Pienso en su pregunta por un minuto antes de responder. —Más o menos —digo finalmente, después de un recuento de todas mis citas—. Una vez salí con una chica, en undécimo grado, pero la llevé a casa en medio de la cita, porque tenía virus estomacal. Creo que ella es la única que nunca traje aquí.

Entierra sus tacones en la tierra, deteniéndose junto al columpio. Estoy de pie detrás de ella, así que se da vuelta y me mira. —¿En serio? ¿Has traído a todas aquí excepto a una?

Me encojo de hombros. Luego asiento. —Sí. Pero ninguna de ellas quiso literalmente jugar. Generalmente sólo nos besuqueamos.

Hemos estado aquí por media hora y ya me ha hecho mirarla en el travesaño, empujarla en el carrusel, y ahora he estado empujándola mientras se columpia por los últimos diez minutos. Pero no estoy quejándome. Es lindo. Muy lindo.

—¿Alguna vez has tenido sexo aquí? —pregunta.

No estoy seguro de cómo interpretar su brusquedad. Nunca he conocido a alguien que realmente me haga las mismas preguntas que yo hago, por lo que comienzo a sentirme un poco compasivo por la gente a la que puse en esta zona. Miro alrededor del parque hasta que veo el improvisado castillo de madera. Lo apunto. —¿Ves el castillo?

Se gira para mirar el castillo. —¿Tuviste sexo allí?

Dejo caer el brazo y deslizo ambas manos en los bolsillos traseros de mis vaqueros. —Sí.

Se levanta y comienza a caminar en esa dirección.

—¿Qué estás haciendo? —le pregunto. No estoy seguro del por qué se está dirigiendo hacia al castillo, pero estoy casi seguro de que no es porque sea rara o quiera tener sexo en el mismo lugar en el que tuve sexo con Seilor hace dos semanas.

¿Verdad?

Dios, espero que no.

—Quiero verlo —dice, indiferente—. Ven a enseñármelo.

Esta chica me confunde demasiado. Lo que es extraño, es lo mucho que jodidamente me encanta. Comienzo a trotar hasta que la alcanzo. Caminamos hasta que alcanzamos el castillo. Me mira, expectante, así que señalo la puerta. —Justo allí —digo.

Camina hacia la puerta y echa un vistazo al interior. Mira alrededor por un minuto, luego retrocede. —Luce realmente incómodo —dice.

—Lo era.

Se ríe. —Si te cuento algo ¿prometes no juzgarme?

Ruedo los ojos. —Es la naturaleza humana el juzgar.

Inhala aire, luego lo suelta. —He tenido sexo con seis personas distintas.

—¿A la vez? —digo.

Golpea mi brazo. —Detente. Estoy tratando de ser honesta aquí. Sólo tengo dieciocho y perdí mi virginidad cuando tenía dieciséis. Además, no he tenido sexo en casi un año, así que si haces la cuenta, he tenido sexo con seis personas en un poco más de quince meses. Lo que significa que estuve con una persona nueva cada dos meses y medio.

—¿Por qué no has tenido sexo en casi un año?

Rueda los ojos y comienza a caminar más allá de mí. La sigo. Cuando llega a los columpios, toma asiento de nuevo. Me siento a su lado y giro mi cuerpo hasta que estoy mirándola, pero ella mira hacia delante.

—¿Por qué no has tenido sexo en casi un año? —digo de nuevo—. ¿No te gustó ninguno de los chicos que conociste en El Rayo?

No puedo ver su rostro, pero el lenguaje de su cuerpo demuestra que esto podría ser una cosa. La cosa que lo cambia todo para mí.

Suspira. —Hubo un chico… —dice suavemente, y me da la impresión de que no termina su enunciado—. Pero no quiero hablar sobre él. Pero si, él es el por qué no he tenido sexo en casi un año. —Me echa un vistazo—. Mira, sé que mi reputación me precede y no sé si ese es el por qué me trajiste aquí o qué esperas que suceda al final de esta cita, pero ya no soy esa chica.

Levanto las piernas, por lo que mi columpio está girando hacia delante de nuevo. —Lo único que esperaba para el final de esta cita era un beso en tu porche delantero —digo—. Y tal vez un accidental toque de pechos.

No se ríe. Y de repente odio haberla traído aquí.

—Rin, no te traje aquí esperando algo. Sí, he traído chicas aquí en el pasado, pero es sólo porque vivo al otro lado de la calle y vengo aquí un montón. Y sí, tal vez traje aquí a todas esas chicas para tener algo de privacidad mientras nos besábamos, pero es probablemente porque sólo quería que se callaran y me besaran ya que me sacaban de quicio. Pero sólo te traje aquí porque todavía no estaba listo para llevarte a casa. Ni siquiera pensé en besuquearte porque me gusta demasiado hablar contigo.

Cierro los ojos, deseando no haber dicho todo eso. Sé que a las chicas les gustan los chicos que juegan a hacerse pasar por idiotas desinteresados. Generalmente soy malditamente bueno haciendo esa parte, pero no con Rin. Tal vez porque usualmente soy un idiota desinteresado, pero con ella estoy tan interesado, curioso e ilusionado como puedo estarlo.

—¿Cuál es tu casa? —pregunta.

Apunto al otro lado de la calle. —Esa —digo, señalando la única con las luces de la sala de estar encendidas.

—¿En serio? —pregunta, sonando genuinamente interesada—. ¿Está tu familia en casa?

Asiento. —Sí, pero no vas a conocerlos. Son unos malvados mentirosos y ya les dije que nunca iba a llevarte a casa para conocerlos.

Puedo sentirla darse vuelta y mirarme. —¿Les dijiste que nunca ibas a llevarme a tu casa para conocerlos? ¿Así que ya me mencionaste?

Encuentro su mirada. —Sí, podría haberte mencionado.

Sonríe. —¿Cuál es tu habitación?

—La primera ventana a la izquierda de la casa. La habitación de Gamatatsu es la de la ventana en la derecha. La que tiene la luz encendida.

Se levanta de nuevo. —¿Está desbloqueada tu ventana? Quiero ver cómo luce tu habitación.

Jesús, es entrometida.

—No quiero que veas mi habitación. No estoy preparado. Es un desastre.

Comienza a caminar hacia la calle. —Voy a ir de todas formas.

Inclino la cabeza y gimo, luego me levanto y la sigo hacia la casa.

—Eres increíble —digo cuando alcanzamos mi ventana. Presiona sus palmas contra el cristal y lo empuja hacia arriba. La ventana no se mueve, así que la empujo a un lado y la abro para ella—. Nunca me he colado dentro de mi propia habitación —admito—. Me he escabullido fuera, pero nunca dentro.

Comienza a subirse sobre la cornisa, así que la agarro por la cintura y la ayudo. Pone una pierna por encima del borde y se desliza en el interior. Me meto detrás de ella, luego camino hacia el tocador y enciendo la lámpara. Escaneo la habitación para asegurarme de que no hay nada que no quiero que vea. Pateo un par de bóxers debajo de la cama.

—Los vi —susurra. Camina hacia mi cama y presiona las palmas contra el colchón, luego se endereza. Escanea la habitación lentamente, asimilando todo sobre mí. Se siente raro, como si estuviera expuesto.

—Me gusta tu habitación —dice.

—Es una habitación.

Difiere con una sacudida de su cabeza. —No, es más que eso. Aquí es donde vives. Aquí es donde duermes. Aquí es donde has sentido la mayor privacidad en toda tu vida. Es más que sólo una habitación.

—No se siente demasiado privado ahora mismo —digo, observándola mientras mueve su mano a través de cada superficie de mi habitación.

Gira su cabeza y me mira, luego se voltea totalmente.

—¿Qué cosa en esta habitación es la que cuenta el mayor secreto sobre ti?

Me río, sin aliento. —No voy a decirte eso.

Alza la cabeza. —Así que tengo razón. Tienes secretos.

—Nunca dije que no tenía.

—Cuéntame uno —pide—, sólo uno.

Se los diré todos si sigue mirándome así. Es tan malditamente adorable. Camino lentamente hacia ella y aspira una bocanada de aire. Me detengo cuando estoy a varios centímetros, luego muevo la cabeza hacia mi colchón. —Nunca he besado a una chica en esta cama —le susurro.

Mira hacia el colchón, luego de regreso a mí. —Espero que realmente no creas que crea que nunca te has besado con una chica en tu habitación.

Me río. —No dije eso. Dije que nunca había besado a una chica en esta cama en particular. Estaba siendo honesto, porque es un colchón nuevo. Lo tengo desde la semana pasada.

Puedo ver el cambio en sus ojos. La pesada subida y caída de su pecho. Le gusta que esté tan cerca, y le gusta que esté insinuando que quiero besarla en mi cama.

Sus ojos caen en ella. —¿Estás diciendo que quieres besarme en tu cama?

Me inclino más cerca, hasta que mis labios están justo al lado de su oído. —¿Estás diciendo que me dejarías?

Inhala rápidamente y me encanta el hecho de que ambos estemos sintiendo esto. Deseo demasiado besarla en mi cama. Diablos, ni siquiera me importa si es en la cama. Sólo quiero besarla. No me importa dónde. La besaría en cualquier lugar en el que me permita besarla.

Cierro el pequeño espacio entre nuestros cuerpos descansando mis manos en sus caderas y atrayéndola a mí. Sus manos vuelan hasta mis brazos y jadea. Hundo mis dedos en sus caderas y apoyo mi mejilla contra la suya. Mi boca aún está rozando su oreja mientras cierro los ojos, disfrutando la sensación de esto.

Amo la forma en que huele. Amo la forma en que se siente. E incluso aunque no le haya dado un verdadero beso, ya amo la forma en que besa.

—Obito —susurra. Mi nombre choca contra mi hombro cuando sale rápidamente de su boca—. ¿Me llevarías a casa ahora?

Me estremezco al escuchar sus palabras, inmediatamente preguntándome qué hice mal. Me quedo quieto por varios largos segundos, esperando a que sentirla contra mí ya no me tenga completamente paralizado.

—No hiciste nada mal —dice, inmediatamente aliviando la duda construyéndose dentro de mí—. Es sólo que creo que debería ir a casa.

Su voz es suave y dulce y de repente odio a cada chico en su pasado que ha fallado en conocer este lado de ella.

No la suelto inmediatamente. Vuelvo mi cabeza un poco hasta que mi frente está tocando un lado de su cabeza. —¿Lo amaste? —pregunto, dejando que mi brillante cerebro arruine completamente este momento entre nosotros.

—¿A quién?

—Al chico del que hablaste antes —aclaro—. ¿Lo maste?

Su frente se encuentra con mi hombro y la manea en la que no puede responder a esa pregunta releva su respuesta, pero también me llena de muchas más preguntas. Quiero preguntarle si aún lo ama. Si aún está con él. Si aún hablan.

Sin embargo, no digo nada, porque tengo el presentimiento de que no estaría aquí conmigo justo ahora si alguna de esas cosas fuera el caso.

Llevo mi mano hacia su nuca y presiono mis labios en su cabello. —Vamos a llevarte a casa —susurro.

.

—Gracias por invitarme a cenar —dice cuando llega a la puerta principal.

—En realidad no me diste opción. Saliste de tu casa sin un centavo y luego me pusiste la cuenta en la cara.

Se ríe mientras le quita el seguro a la puerta, pero todavía no la abre. Se da la vuelta y levanta la mirada, mirándome a través de largas y gruesas pestañas, tengo que abstenerme de estirar la mano y tocarlas.

Besarla en la cena fue definitivamente espontáneo, pero estaba seguro de que haría de este momento algo más fácil.

No lo hace.

En todo caso, siento aún más presión de besarla porque ya pasó una vez esta noche. Y el hecho de que ya pasó y sé lo malditamente bien que se siente me hace quererlo aún más, pero ahora tengo miedo de que lo haya aumentado demasiado.

Comienzo a inclinarme hacia ella cuando sus labios se parten.

—¿Vas a usar la lengua esta vez? —susurra.

Cierro los ojos con fuerza y doy un paso atrás, completamente alterado por su comentario. Froto mis manos sobre mi cara y gruño.

—Maldita sea, Rin. Ya me sentía inadecuado. Ahora acabas de ponerle expectativas.

Está sonriendo cuando la miro de nuevo. —Oh, definitivamente hay expectativas —dice en broma—. Espero que esto sea la cosa más alucinante que he experimentado, así que es mejor que cumplas.

Suspiro, preguntándome si el momento puede posiblemente ser recuperado. Lo dudo. —No te voy a besar ahora.

Asiente. —Sí lo vas a hacer.

Cruzo las manos sobre el pecho. —No. No lo haré. Acabas de producirme ansiedad de rendimiento.

Da un paso hacia mí y desliza las manos entre mis brazos cruzados, empujando contra ellos hasta que se abren. —Obito, me debes una repetición ya que me hiciste besarte en un restaurante lleno de gente junto a un pañal sucio.

—No estaba lleno —interrumpo.

Me mira. —¡Pon tus manos en mi rostro y tírame contra esta pared y desliza algo de lengua! ¡Ahora!

Antes de que pueda reírse de sí misma, mis manos están tomando su rostro, su espalda está presionada contra la pared de su casa y mis labios están en los suyos. Pasa tan rápido, que la toma con la guardia baja y jadea, lo que causa que sus labios se abran más de lo que probablemente quería. Tan pronto como acaricio la punta de su lengua con la mía, está apretando mi camisa con los puños y acercándome más.

Inclino la cabeza y profundizo el beso, queriendo darle todas las sensaciones que posiblemente puede obtener de un beso y quiero que las tenga todas a la vez.

Esta vez mi boca no está teniendo problemas recordando qué hacer. Con lo que estoy teniendo problemas es con el recordar cómo reducir la velocidad. Sus manos están en mi cabello y si gime en mi maldita boca una vez más me temo que podría llevarla hasta el asiento trasero de mi auto y trataría de degradar esta cita.

No puedo hacer eso. No puedo, no puedo, no puedo. Esta chica ya me gusta demasiado y estaría maldito si esta no es nuestra primera cita y ya me tiene pensando en la siguiente. Coloco mis manos en la pared detrás de su cabeza y me obligo a apartarme de ella.

Los dos estamos sin aliento. Jadeando. Estoy respirando más pesadamente de lo que cualquier beso me ha hecho respirar antes. Sus ojos están cerrados y amo absolutamente cómo no los abre inmediatamente cuando he terminado de besarla. Me gusta que al parecer quiere saborear la manera en la que la hago sentir, justo como quiero saborearla.

—Obito —susurra.

Gimo y bajo mi frente hacia la de ella, tocando su mejilla con mi mano. —Me haces amar mi nombre demasiado.

Abre los ojos y doy un paso atrás, mirándola, aún acariciando su mejilla. Me está mirando de la misma manera en la que la estoy viendo. Como si no pudiéramos creer nuestra suerte.

—Será mejor que no llegues a ser un idiota —dice en voz baja.

—Y será mejor que hayas terminado con ese chico —le respondo.

Asiente. —Lo hice —dice, aunque sus ojos parecen decir una historia diferente. Trato de no leer más allá porque lo que sea que sea, ahora no importa. Ella está aquí conmigo. Y está feliz por ello. Lo puedo notar.

—Será mejor que no vuelvas con la chica de la que hablabas anoche —añade.

Niego con la cabeza. —Nunca. No después de esto. No después de ti.

Se ve aliviada con mi respuesta.

—Esto es aterrador —susurra—. Nunca he tenido un novio. No sé cómo funciona esto. ¿Las personas se vuelven exclusivas así de rápido? ¿Se supone que pretendamos que no estamos así de interesados durante algunas citas más?

Oh, Dios mío.

Nunca me había excitado por una chica reclamándome como suyo. Normalmente corro en la otra dirección. Ella está borrando cada cosa que pensé que sabía sobre mí mismo con cada nueva frase que pasa por esos labios.

—No tengo interés en fingir desinterés —digo—. Si quieres llamarte mi novia la mitad de lo que yo deseo que lo hagas, entonces me ahorrarías muchas súplicas. Porque literalmente estaba a punto de caer sobre mis rodillas y suplicarte.

Entrecierra los ojos juguetonamente. —Sin súplicas. Eso grita desesperación.

—Tú me desesperas —le digo, presionando mis labios de nuevo en los suyos. Decido mantener el beso simple, aunque quiero tomar su rostro de nuevo y mantenerla contra la pared. Me alejo de ella y nos quedamos mirándonos. Nos miramos por tanto tiempo que comienzo a preocuparme de que haya puesto algún tipo de hechizo sobre mí, porque nunca he querido mirar a una chica como la quiero mirar a ella. Sólo mirarla hace que mi corazón se queme y que mi pecho se contraiga y estoy asustándome porque apenas la conozco y acabamos de hacernos exclusivos.

—¿Eres una bruja? —pregunto.

Su risa regresa y de pronto no me importa si es una bruja. Si este es un hechizo que ha puesto en mí, espero que nunca se rompa.

—No tengo idea de quién eres y ahora eres mi maldita novia. ¿Qué demonios me has hecho?

Levanta las manos defensivamente. —Oye, no me culpes. He pasado dieciocho años declinando novios y luego apareces de la nada con tu boca vulgar y terriblemente raros primeros besos y mírame. Soy una hipócrita.

—Ni siquiera sé tú número de teléfono —digo.

—Ni siquiera sé tu cumpleaños —dice.

—Eres la peor novia que he tenido.

Se ríe y la beso de nuevo. Noto que tengo que besarla cada vez que se ríe y ríe mucho. Lo que significa que tengo que besarla mucho. Dios, espero que no se ría enfrente de Hinata o Uzumaki porque va a ser malditamente difícil no besarla.

—Será mejor que no le digas a Hinata sobre nosotros —le digo—. No quiero que Uzumaki lo sepa aún.

—¿Qué hay de la escuela? Me inscribo mañana. ¿No crees que será obvio cuando interactuemos?

—Pretenderemos que nos odiamos. Puede ser divertido.

Inclina su rostro y encuentra mi boca de nuevo, dándome un pequeño beso. —¿Pero cómo planeas mantener tus manos lejos de mí?

Deslizo mi otra mano por su cintura. —No mantendré mis manos lejos de ti. Sólo te tocaré cuando no estén mirando.

—Esto va a ser muy divertido —susurra.

Sonrío y la acerco a mí de nuevo. —Tienes toda la razón. —Bajo la cabeza y la beso una última vez. La suelto, luego estiro la mano por detrás de ella y le doy vuelta al pomo de la puerta, abriendo la puerta principal—. Nos vemos mañana.

Retrocede dos pasos y se dirige a la casa, pero tomo su muñeca y tiro de ella afuera. Envuelvo un brazo alrededor de su cintura y me inclino hasta que mis labios tocan los suyos. —Olvidé tocar accidentalmente tu pecho.

Atrapo su risa con mi boca y rozo su pecho con la palma de mi mano, luego inmediatamente me alejo de ella. —Oops. Lo siento.

Está cubriendo su risa con la mano mientras retrocede a su casa. Cierra la puerta e inmediatamente caigo de rodillas, y luego sobre mi espalda. Miro el techo del porche de su casa, preguntándome qué demonios pasó con mi corazón.

La puerta se abre lentamente y me mira, tumbado en el porche como un idiota.

—Sólo necesito un minuto para recuperarme —le digo, sonriéndole.

Ni siquiera estoy excusando el hecho de que estoy vergonzosamente afectado por ella. Me guiña un ojo, luego comienza a cerrar la puerta.

—Rin espera —digo, levantándome. Abre la puerta de nuevo y estiro la mano para tomar el marco de la puerta, luego me inclino hacia ella—. Sé que terminé con alguien apenas anoche, pero necesito que sepas que no eres un despecho. Lo sabes, ¿verdad?

Asiente. —Lo sé —dice con confianza—. Tampoco tú.

Con eso, vuelve a su casa y cierra la puerta.

Cristo.

Maldito ángel.

.