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—Te equivocas —dice ella.
Estamos de pie en la cocina. Su espalda está presionada contra el mostrador y yo estoy de pie en frente, con mis brazos a cada uno de sus lados. Atrapo sus labios con los míos y la hago callar. No dura mucho porque aleja mi cara.
—Hablo en serio —susurra—. No creo que les guste.
Levanto una mano, la enrollo en la parte de atrás de su cuello y la miro directamente a los ojos. —Les gustas. Lo prometo.
—No, no nos gusta —dice mi papá mientras entra a la cocina—. No la soportamos. De hecho, esperamos que nunca la traigas de nuevo. —Llena de nuevo su vaso con hielo, y luego camina de vuelta a la sala.
Los ojos de Rin lo siguen mientras sale de la habitación, luego regresa su mirada hacia mí, con los ojos muy abiertos.
—¿Lo ves? —digo con una sonrisa—. Te aman.
Señala hacia la sala. —Pero él acaba...
La voz de mi padre la detiene cuando camina de regreso a la cocina. —Sólo bromeaba, Rin —dice riendo—. Una broma interna. Realmente nos gustas bastante. Más temprano, traté de darle al pequeño Oby el anillo de la abuela, pero dice que aún es muy pronto para hacerte una Uchiha.
Rin se ríe al mismo tiempo que deja salir un suspiro de alivio. —Sí, a lo mejor. Sólo llevamos un mes. Creo que debemos esperar al menos dos semanas más antes de hablar de proposiciones.
Papá se interna más en la cocina y se recuesta contra el mostrador en frente de nosotros. Ahora me siento un poco incómodo parado tan cerca de Rin, así que me muevo a su lado y me recuesto en el bar.
—¿Regresaste para así poder pensar en cosas que puedas decir que me avergüencen? —pregunto. Sé que es por eso por lo que está parado aquí. Puedo verlo centelleando en sus ojos.
Se ríe, y luego toma un trago de su té. Arruga su nariz. —No —dice—, nunca haría eso pequeño Oby. No soy el tipo de padre que le diría a la novia de su hijo como él habla sobre ella incesantemente. Tampoco nunca le diría que estoy orgulloso de ella por no tener sexo con él todavía.
Mierda. Gruño y me golpeo a mí mismo en la frente. Debería haberlo pensado mejor antes de traerla aquí.
—¿Le contaste eso? —dice Rin, completamente avergonzada.
Mi padre menea la cabeza. —No, no ha tenido que hacerlo. Lo sé porque cada noche que llega a casa, va directo a su habitación y toma una ducha de treinta minutos. Alguna vez tuve dieciocho.
Rin cubre su cara con las manos. —Oh, Dios mío. —Le da una mirada a mi padre a través de sus manos—. Creo que sé de dónde sacó Obito su personalidad.
Mi padre asiente. —Dímelo a mí. Su madre es bastante inapropiada.
Justo en ese momento, mi madre y Gamatatsu entran por la puerta del frente con la cena. Le doy una mirada enojada a mi padre, luego camino hacia mi madre y tomo las cajas de las pizzas de sus manos. Ella coloca abajo su cartera, camina hacia Rin y le da un abrazo rápido.
—Siento no haber cocinado para ti. He estado muy ocupada hoy —dice.
—Está bien —responde Rin—. Nada como una conversación inapropiada comiendo pizza.
Miro como mi madre se da la vuelta y mira a los ojos a mi padre. —¿Qué has estado haciendo?
Se encoge de hombros. —Sólo diciéndole al pequeño Oby como nunca lo avergonzaría en frente de Rin.
Mi madre se ríe. —Está bien entonces, mientras no lo estés avergonzando. Odiaría que Rin supiera sobre sus largas duchas cada noche.
Golpeo la mesa. —¡Mamá! ¡Jesucristo!
Ella ríe y mi padre le guiña el ojo. —Esa está cubierta.
Rin camina a la mesa, meneando su cabeza. —Tus padres realmente te hacen lucir como un caballero. —Toma asiento y me siento en la silla a su lado.
—Lo siento mucho —le susurro. Me mira y sonríe.
—¿Estás bromeando? Me encanta esto.
—¿Por qué te avergonzarían las largas duchas? —dice Gamatatsu, tomando asiento en frente de Rin—. Pensaría que querer estar limpio es algo bueno. —Toma una rebanada de pizza para darle un mordisco, pero luego sus ojos se cierran con fuerza y deja caer la pizza sobre su plato. Por su cara, el significado de las largas duchas acaba de golpearla—. Oh, asqueroso. ¡Qué asco! —dice, meneando su cabeza.
Rin empieza a reír y coloco mi frente contra mi mano, convencido de que estos son por mucho los cinco minutos más incómodos y vergonzosos de mi vida. —Los odio a todos. A cada uno de ustedes. —Rápidamente miro a Rin—. Excepto a ti, bebé. No te odio.
Ella sonríe y limpia su boca con una servilleta. —Sé exactamente a lo que te refieres. También odio a todo el mundo.
Tan pronto como las palabras salen de su boca aparta la mirada como si no acabara de golpearme en el estómago y enterrado y pisoteado mis intestinos.
También odio a todo el mundo, Cenicienta.
Las palabras que dije ese día en el armario están gritando fuertemente dentro de mi cabeza.
No puede ser.
No puede ser que no me haya dado cuenta que ella es Cenicienta. Subo las manos a mi cara y cierro los ojos, tratando con todas mis fuerzas de recordar algo acerca de ese día. Su voz, su beso, su olor. La forma casi instantánea en que pareció que conectamos.
Su risa.
—¿Estás bien? —pregunta Rin suavemente. Nadie más puede decir que algo importante está pasando conmigo en este momento, pero ella se da cuenta. Se da cuenta porque estamos en sincronía. Se da cuenta porque tenemos esta conexión que no necesita palabras. La hemos tenido desde el momento en que posé mis ojos sobre ella en el cuarto de Hinata.
La tenemos desde que cayó sobre mí en el armario de mantenimiento.
—No —digo, bajando las manos—. No estoy bien. —Agarro el borde de la mesa y luego lentamente me doy vuelta para mirarla.
Cabello suave.
Boca increíble.
Besadora fenomenal.
Mi boca está seca, por lo que alcanzo mi vaso y tomo un gran trago de agua. Golpeo mi vaso sobre la mesa y luego la miro. Estoy tratando de no sonreír, pero todo esto es un poco abrumador. Darme cuenta que la chica de mi pasado que me hubiera gustado conocer es la misma chica de mi presente que estoy agradecido de tener, es prácticamente uno de los mejores momentos de mi vida. Quiero decirle a Rin, quiero decirle a Gamatatsu, quiero decirles a mis padres. Quiero gritarlo desde los tejados e imprimirlo en todos los periódicos.
¡Cenicienta es Rin! ¡Rin es Cenicienta!
—Obito. Me estás asustando —dice, viendo como mi cara se pone pálida y mi corazón late más rápido.
La miro. Realmente la miro esta vez.
—¿Quieres saber por qué todavía no te he dado un apodo?
Parece confundida de porque esto es lo que he decidido decir en medio de mi ataque silencioso. Asiente cautelosamente. Coloco una mano en el respaldo de su silla y otra en la mesa frente a ella, luego me inclino hacia ella.
—Porque ya te di uno, Cenicienta.
Me aparto un poco y veo su cara, a la espera de la realización que está a punto de tener. La escena retrospectiva. La claridad. Está a punto de preguntarse cómo demonios tampoco se dio cuenta.
Sus ojos se mueven lentamente por mi cara hasta que encuentran los míos. —No —dice, sacudiendo su cabeza.
Asiento lentamente. —Sí.
Todavía está sacudiendo la cabeza. —No —dice de nuevo con más certeza—. No hay ninguna manera de que pudiera...
No la dejo terminar. Agarro su cara y la beso más fuerte que nunca. Me importa una mierda que estemos sentados en una mesa. No me importa que Gamatatsu esté quejándose. Que mi mamá esté aclarándose la garganta. La sigo besando hasta que empieza a alejarse de mí.
Está empujando mi pecho, así que me alejo justo a tiempo para ver el remordimiento reflejarse en toda su cara. Me enfoco en sus ojos lo suficiente para verlos cerrarse mientras se pone de pie para salir de la cocina. —Disculpen….
Veo su salida lo suficiente para notar que ahoga sus palabras con un sollozo abofeteando su mano sobre la boca. Me quedo en mi asiento hasta que la puerta principal se cierra de golpe y me doy cuenta que se ha ido.
Inmediatamente estoy fuera de mi asiento. Me precipito a través de la puerta y corro directo a su coche, que ahora está retirándose de mi entrada. Doy un golpe a su capó mientras me apresuro a alcanzar su ventana. No me está mirando. Está limpiándose las lágrimas, tratando intensamente de no mirar la ventana que estoy golpeando.
—¡Rin! —grito, golpeando repetidamente la ventana con mi puño. Veo su mano bajando para poner el coche en marcha. Ni siquiera pienso.
Corro a la parte delantera del coche y pego mis manos sobre el capó, parándome en frente para que no pueda avanzar. Veo que hace todo lo posible para no intentar mirarme.
—¡Abre la ventana! —grito.
No se mueve. Continúa llorando mientras se concentra en cualquier otra cosa menos en lo que está en frente de ella.
Golpeo el capó otra vez hasta que finalmente encuentra sus ojos con los míos. Ver su dolor me confunde terriblemente. No podría haber estado más feliz al darme cuenta de que era Cenicienta, sin embargo, ella parece avergonzada como el infierno de que me diera cuenta.
—Por favor —digo, haciendo una mueca por el dolor que acaba de aparecer en mi pecho. Odio verla alterada y realmente odio que este sea el por qué está alterada.
Pone el coche en estacionar, luego lleva una mano a su puerta y baja la ventanilla del lado del conductor. No estoy seguro si no conducirá lejos si me muevo del frente del coche. Con mucho cuidado y lentamente, empiezo a hacer mi camino hacia la ventana, todo el tiempo manteniendo un ojo en su mano para asegurarme de que no ha puesto el coche en marcha.
Cuando alcanzo su ventana, doblo mis rodillas y me inclino para estar cara a cara. —¿Tengo siquiera que preguntar?
Levanta la vista hacia el techo y descansa su cabeza contra el reposacabezas. —Obito —susurra a través de lágrimas—, no lo entenderías.
Tiene razón.
Tiene mucha razón.
—¿Estás avergonzada? —le pregunto—. ¿Porque tuvimos sexo?
Cierra los ojos, dando por hecho que piensa que la estoy juzgando. Llevo inmediatamente una mano a través de la ventanilla y arrastro su mirada de vuelta a la mía. —No te atrevas a estar avergonzada por eso. Nunca. ¿Sabes lo mucho que significó para mí? ¿Sabes cuantas veces pensé en ti? Yo estuve allí. Tomé esa decisión junto a ti, así que por favor no pienses ni por un segundo que te juzgaría por lo que pasó entre nosotros.
Empieza a llorar aún más fuerte. Quiero que salga del coche. Necesito sostenerla porque no puedo verla así de alterada y no hacer todo lo que pueda para calmarla.
—Obito, lo siento —dice entre sollozos—. Esto fue un error. Esto fue un gran error. —Su mano llega hasta la palanca de cambios y yo ya estoy metiendo la mano en el coche, tratando de detenerla.
—No. No, Rin —le suplico. Pone el coche en marcha y alcanza la puerta, luego coloca su dedo en el botón de la ventana. —Rin, por favor —digo, sorprendido por la tristeza y la desesperación en mi propia voz, tal vez ella también se sorprende porque para de subir la ventana.
Presiono mis manos contra el vidrio mirándola.
—Rin —digo con firmeza—, no te puedes ir así. Tenemos que hablar.
Nada. No dice nada. Sin embargo, puedo escucharla llorar.
—En este mismo momento, cruzare la calle en dirección al parque. Quiero que me camines ahí también, ¿de acuerdo?
Varios minutos de silencio pasan antes de que responda.
—Obito. Por favor. —Su voz es suave y débil, pero el mensaje detrás de esa voz triste y angelical es como una puñalada para mi corazón. Me alejo del automóvil, luego pateo al aire con frustración. O ira. O tristeza o... mierda. Todo eso.
Me inclino en sobre el auto, cerca de la cajuela. —¡Ven al maldito parque, Rin! —digo fuerte. Mi voz suena irritada. Estoy enfadado. Está enojándome muchísimo—. No hacemos este tipo de cosas. Tú no juegas esos juegos. Y me debes una puta explicación.
Me alejo un par de pasos antes de que mis palmas estén pasando por mi rostro, deseando poder golpearme a mí mismo. Dejo de caminar, deteniéndome por varios minutos mientras busco algo de paciencia. Sé que está aquí, en algún lugar.
Camino de vuelta a su auto y odio que ahora esté llorando mucho más fuerte, a pesar de que obviamente está tratando de contener los sonidos con la almohada.
—Escucha, nena —le digo con tranquilidad—, lo siento por maldecir. Y decir puta. No debería maldecir cuando estoy disgustado, pero... —Inhalo una profunda respiración—. Pero maldición, Rin. Por favor. Por favor, sólo ven conmigo al parque. Si no vienes y hablas conmigo, he terminado. Tuve suficiente de esta mierda con Ino y no voy a pasar por esto nuevamente.
Giro para irme y hacer todo el camino al parque esta vez, antes de pausar y patear el suelo. Camino hasta su auto de nuevo. —No hablaba en serio cuando dije que estaría terminando si no vienes. Si no quieres ir al parque, todavía querré estar contigo. Sólo estaré triste porque no vayas. Porque nosotros enfrentamos las cosas, Rin. Eso es lo que hacemos. Así somos tú y yo, nena.
Espero una respuesta por mucho más tiempo del que necesito. Nunca lo hace, así que camino al parque, cruzando los dedos porque me siga.
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Diecisiete minutos pasan antes de que finalmente aparezca.
No estoy sorprendido de que llegara. Sabía que lo haría. Su reacción era atípica y sé que sólo necesitaba tiempo para asimilar todo.
La observo mientras lentamente camina hacia mí, ni una vez levantando la mirada. Mantiene los ojos dirigidos al suelo todo el tiempo. Se hunde en el columpio al lado del mío y agarra las cadenas, luego apoya la cabeza contra su brazo. Espero a que hable primero, sabiendo que probablemente no lo hará.
No lo hace.
Paso las manos por arriba de la cadena hasta que están por la cima de mi cabeza, luego me apoyo en el brazo y reflejo su posición. Ambos estamos mirando en silencio a la noche oscura en frente de nosotros.
—Después que me dejaste ese día —le digo—, no me sentía seguro de lo que querías que hiciera. Me pregunté si también pensaste en mí y si cambiaste de opinión. Si tal vez querías que intentara algo y te encontrara.
Inclino la cabeza para mirarla. Su cabello castaño está puesto detrás de las orejas y sus ojos están cerrados. Incluso con los ojos cerrados puedo ver el dolor en sus rasgos.
—Por días me pregunté si eso es lo que querías de mí. Esperé y esperé para que regresaras, pero nunca lo hiciste. Sé que ambos dijimos que sería mejor salir sin saber quién era el otro, pero honestamente, eras todo en lo que podía pensar. Quería que regresaras tan jodidamente mucho que pasé cada quinto periodo en ese maldito armario por el resto del semestre. El último día de escuela fue el peor de todos. Cuando la campana sonó y tuve que salir de ese armario por última vez, fue absolutamente horrible. Muchísimo. Me sentí como un idiota por estar tan consumido pensando en ti. Cuando conocí a Ino, me obligué a avanzar con ella porque ayudaba muchísimo a no pensar en ese maldito armario.
Giro el columpio hasta que estoy enfrentándola. —Me gustas, Rin. Mucho. Y sé que todo esto suena un poco raro o loco, pero fingir hacerte el amor ese día fue lo más cercano y real que he estado de amar a alguien hasta ahora.
Giro mi columpio para mirar adelante otra vez, luego me pongo de pie. Camino y me arrodillo delante de ella, después envuelvo los brazos alrededor de su cintura. Levanto la mirada y veo el destello de dolor por su rostro cuando la toco. —Rin. No dejes que lo que sucedió entre nosotros se convierta en algo negativo. Por favor. Porque ese día fue uno de los mejores días de mi vida. De hecho, fue el mejor día de mi vida.
Levanta la cabeza lejos del brazo y abre los ojos, luego me mira fijamente. Las lágrimas están resbalando por su rostro. Y eso rompe mi maldito corazón.
—Obito —susurra a través de las lágrimas. Aprieta los ojos y gira la cabeza como si no pudiera mirarme—. Quedé embarazada.
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