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A veces cuando estoy casi dormido, oigo algo que me lleva de nuevo a un estado de alerta máxima, escucho con atención, preguntándome si realmente escuché un sonido o si es sólo mi imaginación jugando conmigo. Aguanto la respiración, me mantengo quieto y sólo escucho en silencio.
Estoy callado.
Estoy quieto.
Conteniendo la respiración.
Estoy escuchando.
Estoy concentrándome realmente duro mientras descanso la cabeza sobre sus muslos.
No sé cuándo bajé hasta aquí, pero mis manos todavía están agarrando su cintura.
Estoy tratando de averiguar si esas palabras golpearán y noquearán por completo mi corazón de nuevo, como si fuera un saco de boxeo, o si fue sólo mi imaginación.
Dios, espero que fuera mi imaginación.
Una lágrima que acaba de caer de sus ojos, golpea en mi mejilla.
—No me enteré hasta que ya estaba en El Rayo —dice, su voz recubierta y surcada por el dolor y la vergüenza—. Y ya era demasiado tarde, lo siento.
En mi cabeza, estoy contando hacia atrás. Contando los días, las semanas y los meses, tratando de dar sentido a lo que está diciendo, porque es obvio que ahora no está embarazada. Mi mente sigue revuelta, calculando números, borrando errores y calculando más números.
Estuvo en El Rayo durante casi siete meses. ¿Cuánto paso aquí antes de irse? ¿Dos meses? ¿Tres?
Cómo sea, siete meses allí, y un mes desde que regresó.
Cuatro meses menos de un año.
Mi mente duele. Me duele todo.
—Me levanto y miro su cara. —¿Qué…? —Sacudo la cabeza, no entiendo—. ¿Cómo que ya era demasiado tarde? —Cierro los ojos y exhalo un gran respiro, luego, libero mis manos de su cintura. Me levanto y me doy la vuelta, caminando de un lado a otro, absorbiendo todo lo que está pasando.
—Rin —digo, sacudiendo la cabeza—, yo no... estás diciendo... —Hago una pausa y luego volteo y la encaro—. ¿Me estás diciendo que tuviste un bebé? ¿Que tuvimos un bebé?
Mi pregunta detona su llanto de nuevo. Aunque tal vez en ningún momento se detuvo, no lo sé—. No, —niega como si fuera doloroso hacerlo. —Tuve… un aborto —dice, casi sin voz.
—¿Qué? —Siento el resentimiento construyéndose en mí, estoy tratando tanto de detenerlo, para entender, para dejar todo se asimile. Pero no puedo. —¿Cómo…
—Estaba en clase. —Su triste susurro me detiene. —Me sentía mal, llevaba toda la mañana sintiéndome horrible. El fin de semana anterior había salido con algunos compañeros… —sus sollozos le impiden respirar y continuar su historia con fluidez. Quiero que se detenga, necesito que se calme, y evitar pensar que la estoy juzgando. —Volamos en tándem y abuce un poco de la tirolina. Estaba cansada, me había desvelado un montón y sentía el estómago revuelto. —Se detiene y siento como le pesa cada una de las palabras que está diciendo. —De repente sentí demasiado calor, mis entrañas se retorcieron haciendo que mi vista se desenfocara. Iba a vomitar, pensé. Apenas repare en eso, cuando un violento calambre me atravesó, sacando el aire de mis pulmones. —Me mira, con sus enormes ojos avellana empapados. —Me doblé por el dolor y sentí… Sentí, como si algo caliente se deslizara por mis piernas. —Nuevas lágrimas se deslizan por sus mejillas.
Sangre.
—Estaba muy asustada.
No se demasiado de medicina obviamente, pero logro entender que lo que me está contando habla de un aborto espontaneo, no de uno inducido.
Coloco mis manos con delicadeza en sus mejillas.
—No sabía quién eras, —dice desesperada. —No sabía quién eras, así que no sabía cómo decírtelo, si hubiera sabido tu nombre o cómo lucías… —Llora más fuerte. —Lo siento.
—No —le digo.
—Si. —Asiente. Se levanta, y se leja de mis manos, da un paso atrás, por lo que yo doy un paso adelante. —Fue mi culpa.
—Estoy bastante seguro de que es una especie de culpabilidad de los dos. Cincuenta, cincuenta.
—No. Yo… no me di cuenta, ¿Cómo es posible que no lo supera? Nunca me cuide, no tome esas cosas que toman las mamás para que sus bebes sean sanos, iba a fiestas y...
—Oye, para, —la alcanzo con mis manos, acaricio sus brazos de abajo hacia arriba, intentando su temblor involuntario —y por favor, ya no llores, no es como que contabas con la experiencia de un embarazo anterior para saber que debías sentir. Y… ¡usamos condón!, o sea que en realidad no fuimos especialmente irresponsables.
Las lágrimas no cesan de escurrir por las pequeñas marcas violetas de sus mejillas. El dolor en mi corazón ni siquiera está cerca de igualar el dolor sus ojos.
La abrazo con fuerza, tratando de contener su llanto y toda la culpa que siente. Sorprendido de lo molesto que estoy, sorprendido incluso de lo triste que estoy. No sé cómo separar todo lo que estoy sintiendo, con el fin de obtener un control sobre lo que me molesta más. Ahora mismo no puedo decir si es el hecho de que ella estuviera en esa situación para empezar o el hecho de que no estuve allí para ayudarla. Estoy cabreado, porque fui lo suficientemente descuidado para hacer que una chica pasara por algo así. Estoy triste porque... demonios. Estoy triste porque estoy tan enojado con ella, por decidir que no iba a volver al armario. Estoy triste por tener que saber algo tan abrumador y que no haya ninguna maldita cosa que pueda hacer al respecto ahora, incluso si quisiera. Estoy triste porque estoy aquí abrazándola y estoy a punto de quebrarme y realmente no quiero hacer eso, pero ya es demasiado tarde.
No sé cuánto tiempo pasa antes de que la acompañe a casa. En cuanto la veo entrar por su ventana me detesto por dejarla ir.
Yo: ¿Dónde estás?
Uzumaki: Camino a casa de Hinata. ¿Qué pasa?
Yo: ¿Me recoges en casa de Rin?
Uzumaki: ¿Está todo bien?
Yo: Nop.
Cinco minutos más, tarde Uzumaki se estaciona a lado de acera, Hinata se despide de él y baja del auto. Camino hasta ahí, abro la puerta del pasajero, luego subo dentro. Arranca y yo solo me limito a mirar por la ventana.
Estoy a punto de ponerme a llorar.
Golpeo el tablero al segundo que cae la primera lagrima, lo golpeo varias veces, una y otra vez, hasta que el coche comienza a cerrarse alrededor de mí y necesito salir de él.
—Detente. —Digo, Uzumaki lo hace inmediatamente y yo abro la puerta y salgo, doy la vuelta y pateo los neumáticos, lo hago una y otra vez hasta que mi pie comienza a entumecerse, luego me derrumbo en el capó con los codos. Presiono mi frente contra el frío metal del coche y me concentro en enterrar la ira.
Cuando por fin me calmo lo suficiente como para volver al coche, Uzumaki está sentado tranquilamente en el asiento del piloto, observándome con atención.
—¿Quieres hablar de ello? —me pregunta.
Niego con la cabeza. —No.
Asiente. Probablemente aliviado de que no quiera hablar de eso.
—¿Qué quieres hacer? —pregunta. Envuelve los dedos alrededor del volante y enciende el coche.
—No me importa lo que hagamos.
—A mí tampoco.
Pone el coche en marcha.
—Podríamos ir a casa de Haku y así dejar salir tu agresividad en un videojuego —sugiere.
Asiento y luego empieza a conducir hacia la casa de Haku. —Será jodidamente mejor que no le digas que lloré.
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