No pensaba publicar esto tan pronto, pero me ha podido el ansia, jajaja
Ya llevaba tiempo con la idea de hacer algo del estilo y unido a que tengo que viajar y que pasaré más de una semana sin poder escribir nada, pues me he visto con ganas de hacerlo ahora.
Espero no estar precipitándome...
Cualquier crítica constructiva o comentario será bienvenido ^^


Desde que el mundo es mundo ha tenido demonios y por lo tanto también cazadores de demonios.

Al principio todo se hizo sobre la marcha. Los demonios no se escondían, o eran directamente torpes al realizar su trabajo. Lo único que querían era hacer lo que su naturaleza le pedía y volver cuanto antes al infierno. Sí, odian el infierno, pero odian más la tierra y la humanidad, y cada momento que pasan en ella es un suplicio mayor que bañarse en un lago de azufre.
Y los humanos al principio eran más torpes aún y rudimentarios. Pocas veces, y la mayoría de ellas por casualidad, cazaban a un verdadero demonio.

Pero con el paso del tiempo ambos empezaron a especializarse en su campo.
Al infierno llegó la burocracia y con ella cierto orden y planificación.
A su vez, los cazadores aprendieron conjuros y técnicas de caza especializada.
Y todo volvió a quedar en equilibrio.

Hasta el día de hoy.
En la actualidad casi nadie cree en los demonios, o por lo menos «literalmente» en demonios. El ser humano se cree culpable de la mayoría de los males que ocurren en el mundo, y es así el 99% de las veces. Ya casi no hacen falta demonios para llevar almas al inframundo, y el 1% restante,que si es obra de seres infernales, pasa tan desapercibido que no llama la atención.
Es por ello que apenas quedan tampoco Cazadores de Demonios. Pero a diferencia de los Cazadores de Brujas (para envidia del Sargento Sadwell) los pocos que quedan están bien organizados y preparados, aunque la mayoría no haya visto un demonio en su vida y sólo pudiese reconocer uno por las descripciones de los manuales de cazador.

Y si desde el principio de los días ha habido demonios, también debería haber ángeles, por aquello del equilibrio, pero casi nadie cree en ellos. Sólo son historias para que los niños duerman tranquilos.

Samuel Everette era un médico cirujano, al igual que lo había sido su padre, su abuelo y su bisabuelo.

Había heredado el título de Cazador directamente de su abuelo. Su padre se había desentendido por completo de esta parte de su educación, ya que lo veía un sinsentido y una pérdida de tiempo. Siempre decía que había tenido una infancia infeliz y que no quería lo mismo para su hijo. Recordaba la disciplina férrea de su padre, los golpes, castigos y entrenamientos, muchos de ellos crueles o demasiado duros para que la mente de un niño los pudiese asimilar.

Y luego estaban las historias que contaban en las reuniones. Aún de adulto muchas noches se despertaba gritando por las pesadillas que le perseguían desde muy temprana edad. Pero con lo que nunca contó fue con que Samuel, su único hijo, desease formar parte de esa vida.

Desde pequeño disfrutó de sus vacaciones en casa de su abuelo. Le encantaban las historias sádicas que le contaba al acostarse y que le dejase cazar con él en los terrenos de su finca. A los siete años mató a su primera presa (una ardilla que se paseaba todas las mañanas por el jardín) con una trampa casera y a los ocho manejaba el bisturí con más maestría que muchos adultos. Había tanto que aprender! Y el mojigato de su padre no le dejaba.

Cuando cumplió los 16 se escapó a vivir con su abuelo de forma permanente y aprendió todo lo que pudo de él de ese fantástico mundo que tanto le fascinaba.

A los 21 fue presentado como cazador oficial y con 30 ya era jefe de la sección de Londres y alrededores.

Pero todo esto ya era meramente un hobbie, una excusa para salir a cazar jabalís o ciervos los fines de semana con otros miembros o celebrar reuniones en las que la bebida era el plato principal. Una vía de escape de su aburrida vida normal, en la que hay que trabajar para pagar las facturas o acudir a reuniones de padres. O eso creía él hasta una fría mañana de Noviembre.

Ese fin de semana era el cumpleaños de su hijo pequeño y su exmujer le había pedido expresamente una tarta concreta de una pastelería concreta del Soho. Decidido a no discutir accedió y a primera hora de la mañana hacía cola en el local para quitarse de encima el recado cuanto antes.

El cielo gris amenazaba nieve por lo que no había tantos clientes como hubiese esperado, aun siendo esa hora de la mañana en la que por un momento se juntan los madrugadores con aquellos que aún no se han acostado.

Únicamente tendría que esperar dos turnos. Delante, en el mostrador, había una pareja con gorros de punto que parecían indecisos en qué pedir, mareando al camarero, y justo detrás, un hombre alto y delgado con un abrigo negro entallado que golpeaba impaciente el suelo con unos botines que parecían de piel de serpiente. Samuel observó con disgusto el pelo largo y pelirrojo que caía sobre sus hombros.

Unas voces lo sacaron de sus pensamientos. Al volverse vio a dos chicos bastante borrachos molestando a unas chicas que intentaban desayunar tranquilas en una mesa junto a la ventana.

Se dio cuenta que el hombre de delante también les miraba mientras se acercaba a pedir.

-Gafas de sol con el tiempo que hace?

-Lo de siempre? -preguntó el camarero.

El hombre asintió con un gruñido mientras sacaba un billete del bolsillo.

Se apoyó en el mostrador de forma despreocupada sin quitar la vista de los chicos mientras jugaba con unos guantes de piel (negros, como no).

-Aquí tiene...café doble con canela, café moka y dos croassants.

El pelirrojo pagó y se dirigió hacía la puerta andando de una forma extraña, como si se contonease. Samuel le siguió con la mirada disimuladamente, por lo que pudo ver como alzaba una de sus manos antes de llegar a la puerta.

Y chasqueó los dedos.

Justo en ese momento un grito le hizo girarse.

A los dos borrachos se les había caído, a la vez, el café hirviendo encima de los pantalones y las chicas reían.

Samuel miró en torno suyo y vio que todos miraban la escena, todos menos el pelirrojo que se acababa de poner sus guantes y se subía el cuello del abrigo para salir al exterior.

-Puede ser posible... -se preguntó Samuel pasando de nuevo la vista a los muchachos que ahora corrían al baño. Cuando volvió a mirar a la puerta ésta ya se cerraba y pudo ver como el pelirrojo andaba rápido hacia un enorme Bentley negro aparcado en la esquina.