-Creo que me estoy volviendo un paranoico- exclamó Crowley unas semanas después. Lanzó las gafas sobre la mesa auxiliar y se dejó caer en el mullido sofá de la trastienda de Azirafel.
-Has dicho algo querido?
Crowley echó la cabeza hacia el borde del sofá, arrastrando el pelo por el suelo, para mirar a Azirafel que colocaba distraído algunos libros en lo alto de una estantería. Aunque le estaba viendo del revés pudo comprobar que no le estaba prestando atención.
-Ángel, has notado alguna presencia...extraña?
-Mmm, de los tuyos o de los míos?
-De cualquiera.
-La verdad es que no, desde hace bastante -Azirafel se detuvo con un volumen en la mano a medio camino de su sitio y le miró preocupado. -Es que pasa algo?
-No, no. Curiosidad más que nada...
Azirafel le miró ceñudo unos instantes antes de continuar con su labor.
Crowley volvió a tumbarse en el sofá y fijó distraído la mirada en el techo. Estaba algo intranquilo desde hacía días. Tenía la sensación de que le observaban, pero al igual que el ángel, no había notada ninguna fuerza oculta. Es más, las únicas fuerzas sobrenaturales en ese momento en Londres eran únicamente Azirafel y él. Era verdad que de vez en cuando podía sentir la aparición de algún demonio, y en menor medida, la de algún ángel, pero sus estancias en la Tierra eran de corta duración y generalmente lejos de ellos. Sabía que ambos lados detestaban la idea de pasar más tiempo del necesario entre humanos, por lo que relegaba su presencia a un segundo plano, como si de meros mosquitos se tratasen. Desde hacía siglos, o casi milenios, la única presencia por la que se preocupaba era por Azirafel, sobretodo en aquellos largos periodos en los que no se veían y teniendo muy presente la facilidad que tenía el ángel para meterse en problemas.
Vio a Azirafel bajar de la banqueta auxiliar que utilizaba para llegar a las baldas más altas (cuántos años tendría? El demonio se preguntaba cómo aún permanecía de una pieza con todo el uso que el ángel le daba), dejar sus gafas con delicadeza sobre el escritorio y desaparecer escaleras arriba, tarareando alguna canción.
Se quedó mirando al vacío, con el ceño fruncido. Por un instante se sintió idiota, pero quizá no estaba de más hacer algo al respecto.
-Crowley, te apetece que vayamos esta noche al cine? Hace tanto que no vamos...
Azirafel miró en torno suyo al bajar de nuevo de su apartamento. El sofá en el que había estado tumbado Crowley estaba ahora vacío y tampoco lo encontró en ningún rincón de la tienda.
Extrañado se dirigió a la puerta, para comprobar si el Bentley seguía aparcado en su sitio pero no le dio tiempo a verlo. Nada más abrir chocó contra el pecho de Crowley, perdiendo el equilibrio. El demonio le sostuvo de la cintura.
-Pero qué haces aquí? -preguntó Azirafel poniéndose bien el abrigo y separándose un poco avergonzado de su amigo.
-Nada, esperarte. Por qué has tardado?
La cara de Azirafel se iluminó y sus ojos brillaron de alegría. Crowley sabía que no podía salir nada bueno de esto.
-Oh, el otro día encontré en una librería de segunda mano un libro para aprender a hacer punto...
-Oh, no, Ángel...- se quejó Crowley temiéndose lo peor.
-...y como este invierno está haciendo tanto frío y tu lo pasas tan mal...
-No no no...
-Es lo bueno de no dormir, que tengo tiempo para lo que quiera...
-Arg!
Azirafel le tendió con una amplia sonrisa un paquete. De mala gana Crowley lo abrió y entre sus manos se escurrió una cálida bufanda de lana negra y granate. Por un instante notó un rubor subir por sus mejillas.
-Es oscura, para que no desentone con tu estilo.
-Ya lo veo -gruñó Crowley en un vano intento de sonar duro. No lo consiguió.
Azirafel se adelantó cogiendo la prenda de sus manos y le envolvió el cuello con ella, colocándola cuidadosamente y sacándole el pelo con suavidad. Crowley, que ya tenía roja hasta la punta de las orejas contuvo el aliento mientras duró este proceso, nervioso ante la cercanía del ángel.
-Espero que nadie me vea con ella. Tengo un prestigio que mantener -exclamó echando a andar por la calle. Tenía que darle la espalda al ángel para que no viese su cara.
Azirafel sonrió y le siguió.
-Lo sé querido.
Crowley se detuvo a esperarle y miró en torno suyo. Nada raro. Sólo el olor de Azirafel en la bufanda. Este Ángel piensa matarme! Miró una última vez a la puerta de la librería, en cuyo marco estaba desapareciendo el brillo dorado de unas runas.
-Vamos al cine entonces? -preguntó metiéndose las manos en los bolsillos y echando a andar por la concurrida calle.
