Disclaimer: Los personajes pertenecen a Jane Austen (excepto Alex y Emma), yo solo me adjudico la historia.

Una carta puede provocar muchos más problemas de lo que Darcy creería...


Emma apretó la pequeña mano de Alex, mientras avanzaba en silencio por el pasillo que llevaba al despacho de su padre. Las luces de las velas habían sido apagadas minutos antes, envolviéndolo en la oscuridad, a tal punto, que las pinturas que colgaban en las paredes no podían distinguirse. Con la mano que tenía libre, ella contaba las puertas que faltaban para llegar a su destino, intentando ignorar el escalofrío de miedo que subía por su cuerpo. Cuando sintió a su hermano sorber sus lágrimas, se agachó a nivel de sus ojos rojos por el llanto y se llevó el dedo índice a su boca, indicándole que permaneciera en silencio. Él asintió valientemente, apretando sus pequeños labios temblorosos.

Mientras se acercaban a la puerta, podían escuchar a través de la gruesa madera los gritos de sus padres. Ella también quería llorar, porque no entendía que estaba pasando, pero sabía que eso no iba a ayudar a Alex a calmarse y volver a dormir. Necesitaba a su madre para que le contara un cuento que alejara sus infantiles pesadillas, pero ella se encontraba discutiendo con su papi.

Abrió la puerta solo un poco, intentando que la madera no chirriara, y asomó lentamente su rostro en la oficina donde un señor estirado y gruñón con la nariz hinchada y roja como una manzana se reunía con su padre todas las mañanas, cargando pesados libros y un permanente ceño fruncido.

-No voy a ir a Rosings, Fitzwilliam. No es un argumento abierto a discusión. Ni yo ni los niños vamos a ser expuestos a las humillaciones y comentarios despectivos de Lady Catherine ahora. Quizás nunca.

Su madre, apostada frente a la pequeña chimenea de la habitación, mantenía los brazos cruzados y la espalda recta, sin intimidarse por el gesto malhumorado de su esposo. Sus pequeños zapatos cada tanto repiqueteaban sobre el suelo de cerámica, reflejando su impaciencia.

-Ella solicito la presencia de todos allí, Lizzie. Es la primera vez que muestra interés en olvidar el resentimiento que siente hacia nuestra familia, y hacia mí especialmente, por no haber desposado a su hija. Creo que es una buena oportunidad para limar asperezas.

Mientras su padre exponía su argumento, quizás con un tono más alto del que pretendía, Lizzie negaba repetidamente, deshaciendo los restos del peinado que su doncella había elaborado esa tarde, rechazando tajantemente la postura de su amado pero terco marido.

-Lo lamento mucho Darcy, pero la respuesta es no.

-Al menos podrías considerarlo por unos momentos.

-Bien…

Lizzie se quedó en silencio unos segundos fingiendo que lo hacía.

-¡La respuesta es no, y no puedo creer que me pida semejante cosa, señor!- la última palabra pronunciada con evidente desprecio.

Una pequeña vena palpitó en la sien del señor de Pemberley mientras perdía el control de su temperamento.

-Siempre voy a las fiestas y cenas de tu familia, e incluso tolero su presencia en Pemberley durante sus largas estadías. Lo único que le pido es que asista a una cena en Rosings. ¡Una, Elizabeth! ¿Es acaso un sacrificio tan grande para usted?

Emma vio a su madre palidecer, no solo por las palabras hirientes de su padre, sino también porque con cada una de ellas, su tono de voz iba aumentando considerablemente, hasta que llegando a la pregunta, prácticamente aullaba. Luego, un rubor intenso cubrió su rostro, ascendiendo desde la piel por encima del bordado de flores que cubría el escote de su vestido azul, hasta llegar a sus mejillas, y abrió la boca, para responderle cuando fue interrumpida de repente, por un extraño ruido.

Reconociendo el sollozo de Alex, Emma giró, encontrándose con su hermano, que había aprovechado su distracción para escapar de su agarre y asomar su pequeña carita por la puerta, temblando visiblemente mientras aferraba el oso que cariñosamente llamaba Rey.

Un suspiro escapo de sus labios al verse descubierta.

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Darcy palideció al ver a sus hijos en la puerta. Alex lloraba desconsolamente, y pudo presenciar como Emma juntaba cada gramo de valentía que poseía en su pequeño cuerpo de cinco años para dar firmemente los últimos pasos hacia ellos dentro de la habitación. Probablemente ella no notaba que sus labios temblaban ligeramente, pero él lo hizo, y la vergüenza lo abrumó, mientras su discusión con Elizabeth se repetía en su mente.

A lo largo de su matrimonio, sus peleas con Lizzie habían sido numerosas, como cabía esperar en dos personas tan obcecadas como ellos, pero habían sido cortas, y nunca frente a sus hijos.

Jamás frente a ellos.

Sin embargo, a una semana de la inesperada correspondencia de Lady Catherine, que consistía en una escueta pero respetuosa invitación al hogar del que había sido repudiado años atrás, y una, aún más corta, disculpa por la tardanza de la misma, Darcy no había logrado convencer a Lizzie de aceptar.

Cada vez que el tema era abordado, se encontraba con el muro inquebrantable que era la negativa de su esposa a siquiera considerar la posibilidad de visitar a lo que ella denominaba, era "esa insufrible mujer".

Los primeros días, él pudo comprender la furia de su esposa. Fue ella quien más sufrió con los continuos desplantes de lady Catherine, sus tajantes negativas a los pedidos de tregua y, aunque él nunca pudo comprobarlo, los horribles rumores sobre su persona que se esparcieron como pólvora en los grandes bailes de la temporada londinense, y de los que, sospechaba, su tía era la autora responsable.

Pero su paciencia disminuyo, al tiempo que sus desacuerdos aumentaron. Él no llegaba a comprender el motivo de su continuo rechazo, cuando tantas veces había declarado que la buena opinión de su tía no era algo que anhelara o que importara en sus vidas y, aun peor, su anterior insistencia en que hiciera él mismo las paces con su tía.

Ahora, viendo como estaba afectando, no solo a su matrimonio, sino también a sus hijos, se preguntó si su obstinación en el tema merecía la pena.

Conteniendo un suspiro, Darcy se inclinó hasta que sus ojos quedaron a la altura del rostro de Emmaline. Su espesa cabellera marrón se encontraba, en ese momento, apenas contenida por una larga trenza que caía hasta su cintura. El infantil camisón de seda rosa pálido que la recubría se estremecía con la brisa que soplaba a través de las ventanas provocando que, cada tanto, se vislumbraran sus delicados pies por el borde. Al verla, con su barbilla levantada y una de sus manos empuñadas, su parecido con Lizzie lo estremeció hasta la médula.

Mientras se quitaba su chaqueta y la colocaba sobre sus frágiles hombros, a duras penas trató de recuperar la compostura.

-¿Qué están haciendo fuera de la cama tan tarde, niños? Ya es pasada su hora de dormir.- aunque hizo la pregunta en un suave tono de voz, la autoridad subyacente era innegable.

Vio a su hija apretarle la mano a Alex, seguramente sintiéndolo encogerse en su lugar, antes de responder.

-Alex tuvo una pesadilla con murciélagos. No pudo encontrar a madre, así que fue a buscarme a mi dormitorio. Traté de hacerlo dormir pero no sé contar historias como ella, y comenzó a llorar de nuevo, así que decidí traerlo aquí- ella inclinó la cabeza con pena al final.

Darcy sintió a Lizzie acercarse, y luego extender sus brazos para acunarlo suavemente sobre su hombro.

Mientras, él tomó la mano de Emma y todos juntos caminaron al cuarto de los niños, escuchando como su esposa lo interrogaba sobre el sueño, asintiendo o negando cuando era debido. Muchas de las palabras estaban tan mal pronunciadas o eran dichas a tal velocidad, que solo pudo captar retazos de la conversación.

-Muciélagos… Me pelseguían… Ojos feos… El jaldín... Y… y bajo cama… Chillan- Alex escondió su rostro en el cuello de su madre, buscando consuelo. Lizzie frotó su espalda con movimientos circulares, emitiendo pequeños murmullos destinados a tranquilizar sus miedos, hasta que, logrado el cometido, le prometió quedarse con él hasta que se durmiera, contarle una fantástica historia sobre el rey Arturo, y que su padre miraría debajo de la cama para ahuyentar cualquier posible bicho volador que quisiera asustarlo.

Darcy suponía que era un privilegio que solo tenían las madres, el de comprender las historias ininteligibles de los niños. O quizás solo fuera Lizzie. De cualquier manera, verla interactuar con el hijo de ambos apagó los restos de ira que todavía quedaban en su interior.

La amaba.

Y si ella no quería asistir a esa condenada cena, él enviaría su negativa esa misma noche.

Al llegar a la puerta de la habitación de Alex, él estuvo a punto de seguir adelante, para escoltar a Emma a su dormitorio, cuando un pequeño tirón lo forzó a detenerse.

Vio a su hija luchar unos segundo para encontrar en su cabeza las palabras correctas, antes de mirarlo con sus dulces ojos azules.

-¿Puedo quedarme a escuchar la historia del rey Arturo?

Darcy no vio ningún problema en complacerla. Él también se quedaría a escucharla.

Quince minutos más tarde, Alex dormía plácidamente, con la boca ligeramente abierta y ambas manos colocadas juntas debajo de su mejilla izquierda, mientras Lizzie le apartaba su negro cabello de la frente con amor.

Emma se encontraba adormilada a su lado, la punta de su trenza haciéndole cosquillas en los dedos, y una débil sonrisa adornando su rostro desde que su madre había declarado un final feliz para Arturo y su reino.

Darcy la alzó entre sus brazos, luego de que ella le diera un beso en la frente a Alex, imitando a su madre, y junto a Lizzie la llevaron a su habitación de paredes color celeste, adornadas con acuarelas hechas por Geogiana. Que Emma le pidiera que trajera a su muñeca Bella, que hasta el momento se encontraba acomodada sobre un baúl, le recordó que, pese a la extraordinaria inteligencia que mostraba en varias ocasiones, aún seguía siendo una niña.

-¿Mami?

Su pequeña susurro la pregunta con los ojos cerrados por el sueño.

-¿Si, mi querida?- inquirió Elizabeth, colocando las mantas sobre ella, asegurándose de que la cubrían completamente.

-¿Papi y tú ya no se quieren?-

Ambos dieron un respingo ante la pregunta, y se miraron sorprendidos. Que su hija les preguntara eso era alarmante. ¿Quién le había dado semejante idea?

¿Acaso Lizzie le había dicho eso?

La idea de que su esposa ya no lo amara lo volvió loco.

Darcy miró hacia abajo, cuando la mano de ella, la que portaba el anillo que él le había colocado años atrás, lo aferro con delicadeza.

-Claro que nos amamos, cariño. Y también los amamos a ti y a Alex. Con todo nuestro corazón.

Sus palabras flotaron en el aire, y llegaron hasta su corazón, apaciguando los acelerados latidos hasta volverlos constantes una vez más.

Se preguntó que había hecho en la vida para merecerla.

-No me gusta cuando pelean.

Aunque no había abierto los ojos y parecía que se deslizaba más y más dentro del mundo de los sueños, una pequeña arruga se formó entre sus cejas, revelando su intranquilidad.

Darcy le beso la frente, y se quedó ahí, prolongado el momento, antes de decir.

-Ya no vamos a discutir, Emma, te doy mi palabra de honor.

Cuando se apartó, una pequeña sonrisa se dibujaba en los labios de Emma, y su falta de respuesta le confirmó que, efectivamente, se había quedado dormida.

Ninguno de ellos dijo nada por varios minutos, sus manos aún unidas. Consciente de que había palabras que debían pronunciarse, y que él debía comenzar, Darcy se armó de valor.

-Lo siento mucho. No imaginas cuanto mi querida Lizzie. Mi conducta ha sido deshonrosa y para nada caballerosa. Lo que dije en el estudio no solo fue mezquino, sino totalmente inapropiado y una completa mentira. Me has hecho muy feliz en todos estos años, y has sacrificado mucho en el camino. Lo has hecho todo con una sonrisa en tu rostro y sin reproches. No soy quien para exigirte más de lo que ya haces por mí.

Aunque los ojos de su esposa no se habían apartado del pequeño ángel que se encontraba entre ellos, Darcy percibió el brillo de lágrimas en sus ojos, antes de que una rodara calladamente por su mejilla.

Darcy se sintió como un monstruo.

-Ven conmigo.

Solo lograron llegar hasta el pasillo, antes de que Lizzie estallara en llanto. Darcy la sostuvo en sus brazos apretadamente mientras los sollozos sacudían su cuerpo. Muy pocas veces había visto a su esposa llorar, y nunca había sido provocado por él.

Nunca quería volver a vivir esa terrible experiencia.

Lentamente, los sollozos disminuyeron, hasta terminar en una serie de hipos muy poco dignos de una dama. Le entregó el pañuelo blanco de lino que guardaba en el bolsillo interno de su saco, con su nombre bordado elegantemente en una esquina, y esperó con paciencia mientras ella secaba sus lágrimas y sonaba su nariz.

Cuando la vio retorcer el pequeño cuadrado de tela entre sus dedos, le alzó la cabeza, con ambas manos en sus mejillas, hasta que sus ojos oscuros estuvieron en contacto con los suyos.

-Lizzie, te doy mi palabra de caballero, que nunca voy a volver a tratarte de esa manera o a provocarte semejante dolor. Y ruego a Dios que encuentres en tu corazón, el suficiente amor por mí para perdonar, lo que ahora sé, fue una falta inmensurable.

Con sus ojos rojos, su pelo despeinado y el vestido mojado en el hombro por las lágrimas de Alex, seguía siendo la mujer más hermosa que había conocido.

-Mi conducta tampoco fue el de una dama, mi querido señor. Cuando pronuncie mis votos, prometí honrarte y heme aquí, años después, gritándote como una banshee. Tú también has sacrificado muchas cosas por mí, entre ellas una relación cordial con la hermana de tu difunta madre, y no fue justo de mi parte menospreciar eso en favor de mis propios deseos. Así que te perdono con todo mi corazón, y pido tu perdón también.

Darcy se inclinó hacia ella, rodeándola con sus brazos, y la beso lentamente.

Minutos, horas más tarde, aún se encontraban en el mismo lugar, pero con sus frentes unidas y respiraciones agitadas.

Aunque sentía cierta aprehensión por su reacción, Darcy inquirió.

-Si no quieres ir a esa cena, enviaré ahora mismo una nota que nos excuse, pero ¿puedo preguntar cuál es tu verdadero motivo para oponerte tan tajantemente a asistir, mi amor? Porque tú no le temes a los comentarios de Lady Catherine. Creo recordarte en otros tiempos, destrozando a tus oponentes, especialmente a mi tía, usando nada más que tu ingenio. Además, siempre me has insistido para que restableciera mi relación con la familia de Bourgh

Ella se quedó mirando los elaborados nudos de su corbata por un largo tiempo, sin responder.

-No es eso, Darcy.

Él espero pacientemente a que le dijera el motivo.

Luego de varios minutos más en silencio suspiró.

-Tú dijiste que soportaste muchas reuniones con mi familia, y solo me pides a cambio una cena en Rosings. Pero hay una diferencia enorme entre ambas cosas. Solo una diferencia.

Aunque tenía varios argumentos en la punta de la lengua, Darcy se contuvo, intrigado por la mirada desesperada en sus ojos.

-Y es que toda mi familia adora a Emma y a Alex.

Parpadeo varias veces, sorprendido. Se preguntó que tenía que ver eso con nada. Viendo su creciente confusión, Lizzie se explayó.

-Tú sabes que la opinión de tu tía sobre mi o sobre nosotros, al igual que la del resto del mundo, no podría importarme menos. Y si solo nos invitara a nosotros, no dudaría en asistir y blandir, como tú has expresado tan graciosamente, mi ingenio contra ella. Pero ella quiere que nuestros hijos estén ahí Darcy. Quiere conocerlos. ¿Y si ella decide que no son lo suficientemente buenos para ella, o hace un comentario desagradable sobre ellos a nuestras espaldas? O peor, ¿Y si los desprecia abiertamente? No sé de lo que sería capaz de hacer, cariño. No se puede meter con ellos, no lo permitiré.

El señor de Pemberley observó cómo su esposa le abría su corazón, revelándole sus miedos, no por ella, Lizzie jamás sería tan egoísta, sino por el hogar que habían creado juntos, por sus hijos a los que amaba con locura, incluso presentía que no dejaría pasar un insulto dirigido a él, sin vengarlo con la agudeza de la que tanto la congratulaba.

-Aunque, en realidad, sé lo que sería capaz de hacer, pero eso probablemente empeoraría los rumores desagradables que corren sobre lo inconveniente que les resulta que sea parte de tu familia.

Agarró una de sus manos y la colocó sobre el pliegue de su codo, mientras la escoltaba al dormitorio de ambos.

-Mi querida, querida Lizzie. ¿Sinceramente crees que te propondría ir a Rosings, si existiera la posibilidad de que alguien insultara a mi familia? Lady Catherine sabe que mi aprecio por ella no se compara con el amor que siento por ti o mis hijos, y es muy consciente de que la repudiaría, o algo peor, si decidiera seguir por ese camino.

Beso su mejilla, simplemente porque no pudo evitarlo.

-Y tú no eres una inconveniencia. Eres el tesoro de Pemberley.

Él dejo el tema a un lado, sabiendo que finalmente Lizzie aceptaría la invitación. Por el momento, él se proponía disfrutar de la agradable sensación que era amar a una mujer extraordinaria.

Y ser correspondido.


Los milagros ocurren: volví después de una larga ausencia!.

Gracias por sus comentarios (siguen alegrándome igual o más que los primeros que recibí) y por su infinita paciencia.

Espero que este capítulo compense la demora. Incluí (por pedido de algunas/os de ustedes) solo un poco de Lizzie y Alex pero no se preocupen que en un futuro me explayaré más sobre ellos (Alex es muy chiquito todavía). También van a volver otros personajes (Richard y Mary, etc).

No los olvido nunca, y voy a intentar actualizar más seguido.

Besos

Christal.