A Lucas Delos le parecía completamente irreal lo que estaba pasando. Un momento estaba sentado en la mesa de la cocina de su misión, en Nanuteck, esperando junto a sus primos a que su madre sirviera la cena, y PUFF. Al otro segundo estaba en una sala llena de desconocidos, que median 3m de altura y un montón de chicos.
Él era bastante inteligente pero aun así le costaba procesar toda la información. No entendía como es que estaba en otro mundo, tampoco entendía como es que los dioses estaban libres, no entendía por que estos tenían hijos y parecían preocuparse por ellos. Seamos sinceros: Lucas no entendía nada.
Este mundo era todo lo opuesto al suyo. En su mundo tras la guerra de Troya los dioses habían jurado que no saldrían del olimpo a menos que se unieran todas las castas de sus descendientes. Así que los semidioses que sobrevivieron a la guerra tuvieron hijos, y estos a su vez también tuvieron hijos, y así sucesivamente, y cada generación heredaba los poderes de sus ancestros. Por eso es que se llamaban vástagos, ya no quedaban más semidioses puros, hijos de un dios y un mortal.
Así que estar sentando en una habitación rodeado de semidioses puros era de lo más extraño para él. Los vástagos solo podían descender de las cuatro castas existentes: La casta de Atenas, que le correspondía los descendientes de Poseidón, la casta d Roma, que descendían de Afrodita, la casta de Atreo, que correspondía a Zeus y por último su casta, la de Tebas, que provenían de Apolo. En cambio, la sala estaba colmada de chicos que defendían de todos los dioses.
-Yo leo!- grito Apolo saltando de su trono. Le arrebato el libro a la diosa del amor y corrió a su trono como un niño pequeño que roba una galleta y se esconde para comerla.
Lucas lo miro con la boca abierta, no se esperaba eso. Al parecer Reyna y los romanos tampoco.
-Es obvio que el lado griego es una es una escoria, para su suerte el salvador de Roma está aquí y voy a eliminarlos a todos.- dijo Octavio escupiendo arrogancia y odio.
-Octavio!-grito Reyna indignada.
-Cierra la boca traidora de Roma- le lanzó a la hija de Bellona una mirada llena de odio- Te escapaste para ayudar a los griegos.
-¿Por qué no bajas un cambio? Anda a destripar a unos cuantos ositos de peluche- defendió Nico a su amiga- Tal vez así te llegue el mensaje de cierra la boca.
Los vástagos no tenían ni idea de lo que estaba pasando, así que Jason Delos le susurró a su tocayo:
-¿A qué se debe semejante alboroto?
-Como dijeron las parcas antes, existen dos campamentos. El Campamento Mestizo, que es el de los hijos de los dioses griegos, y el Campamento Júpiter, el de los hijos del panteón romano. Lo que pasa es q nunca hubo buenas relaciones entre ambos campamentos… y pasaron ciertas cosas, que aparecerán en los libros, por lo cual hubo una guerra entre griegos y romanos.
- Ahhh ya entiendo.- le respondió a su tocayo- En nuestro mundo paso algo parecido solo que se enfrentaron las 4 castas, en un todos contra todos.
-Si algo por el estilo- se metió Piper en la conversación.
Una vez que Octavio se calmó, el dios de sol comenzó a leer.
Capítulo 2: Tres ancianas tejen los calcetines de la muerte.
-Estas on fire con los títulos Percy- bromeo el hijo de Hefestos haciendo que su mano estallara en llamas.
Estaba acostumbrado a tener experiencias raras de vez en cuando, pero solían terminar pronto. Aquella alucinación veinticuatro horas al día, siete días a la semana, era más de lo que podía soportar. Durante el resto del curso, el colegio entero pareció dispuesto a jugármela. Los estudiantes se comportaban como si estuvieran convencidos de que la señora Kerr —una rubia alegre que no había visto en mi vida hasta que subió al autobús al final de aquella excursión— era nuestra profesora de introducción al álgebra desde Navidad.
De vez en cuando yo sacaba a colación a la señora Dodds, buscando pillarlos en falso, pero se quedaban mirándome como si fuera un psicópata. Hasta el punto de que casi acabé creyéndolos: la señora Dodds nunca había existido.
Casi.
Grover no podía engañarme. Cuando le mencionaba el nombre Dodds, vacilaba una fracción de segundo antes de asegurar que no existía. Pero yo sabía que mentía.
-Lo siento amigo pero es verdad, apestas mintiendo-dijo Percy.
-Tal vez podríamos darte algunas lecciones- ofreció Travis.
- Aunque todo tiene un precio.- aclaro Connor.
Algo estaba pasando. Algo había ocurrido en el museo.
-No me digas! No me había dado cuenta…-dijo con sarcasmo Pollux.
No tenía demasiado tiempo para pensar en ello durante el día, pero por la noche las terribles visiones de la señora Dodds con garras y alas coriáceas me despertaban entre sudores fríos.
El clima seguía enloquecido, cosa que no mejoraba mi ánimo. Una noche, una tormenta reventó las ventanas de mi habitación. Unos días más tarde, el mayor tornado que se recuerda en el valle del Hudson pasó a sólo ochenta kilómetros de la academia Yancy.
-¿A qué rayos estás jugando Zeus?-preguntó furioso el dios del mar- Estas buscándote un viaje de ida gratis al Tártaro.
Uno de los sucesos de actualidad que estudiamos en la clase de sociales fue el inusual número de aviones caídos en el Atlántico aquel año.
-¿A qué estás jugando tú? Hermano- le respondió Zeus, buscando iniciar otra pelea.
Empecé a sentirme malhumorado e irritable la mayor parte del tiempo. Mis notas bajaron de insuficiente a muy deficiente. Me peleé más con Nancy Bobofit y sus amigas, y en casi todas las clases acababa castigado en el pasillo. Al final, cuando el profesor de inglés, el señor Nicoll, me preguntó por millonésima vez cómo podía ser tan perezoso que ni siquiera estudiaba para los exámenes de deletrear, salté. Le llamé viejo borrachín. No estaba seguro de qué significaba, pero sonaba bien.
-Ahora si sé que significa- aseguro Percy mientras reina con todos en la sala.
- No tienes cura Percy.- le dijo Piper entre risas.
A la semana siguiente el director envió una carta a mi madre, dándole así rango oficial: el próximo año no sería invitado a volver a matricularme en la academia Yancy.
«Mejor —me dije—. Mejor.»
Quería estar con mi madre en nuestro pequeño apartamento del Upper East Side, aunque tuviera que ir al colegio público y soportar a mi detestable padrastro y sus estúpidas partidas de póquer.
-Hay está de nuevo él bebe de mamá- se burló Ares, chupándose el dedo.
- Creo que se te olvida que cuando Hércules te humillo viniste llorando a mis brazos-le respondió Hera con una sonrisa maliciosa. Provocando que el dios inclinara la cabeza avergonzado mientras todos reían.
No obstante, había cosas de Yancy que echaría de menos. La vista de los bosques desde la ventana de mi dormitorio, el río Hudson en la distancia, el aroma a pinos. Echaría de menos a Grover, que había sido un buen amigo, aunque fuera un poco raro; me preocupaba cómo sobreviviría el año siguiente sin mí. También echaría de menos la clase de latín: las locas competiciones del señor Brunner y su fe en que yo podía hacerlo bien.
-Si tanto te gustaban esas competencias me hubieras dicho, y las podríamos haber celebrado en el campamento.- suspiro el centauro.
-Sí que sería una batalla campal eso-opino Piper- Los hijos de Atenea serian una gran competencia.
-En el Campamento Júpiter no tendríamos ese problemas-comento Dakota- Minerva no tiene hijos.
- Los hijos de Atenea son una ofensa a nuestro pueblo!-grito Octavio parándose y alzando el puño al cielo.
La pila de libros salió disparada por los aires hacia él, apedreándolo. Uno le dio de lleno en la cara haciendo que el legado de Apolo pierda en equilibrio y cayera al piso de culo. Atenea sonreía maliciosamente mientras su hija se acercó a Octavio dándole una cachetada ruidosa, que le dejo su mano marcada en la cara.
-Siempre supe que los libros eran peligrosos- dijo Héctor.
- Como oráculo puedo asegurarte que la sabiduría y el conocimiento deben ser tomados con responsabilidad y respeto, ya que no solo son nuestra mejor guía sino que nuestra arma.- añadió Cassandra con ese aire serio que adoptaba cada vez que tomaba su papel de oráculo.
- Estoy completamente de acuerdo.- afirmo Reyna.
- Tienen una oráculo muy sabia- alago Atenea a los vástagos, haciendo que la niña se sonrojara.
Se acercaba la semana de exámenes, y sólo estudié para su asignatura. No había olvidado lo que Brunner me había dicho sobre que aquella asignatura era para mí una cuestión de vida o muerte. No sabía muy bien por qué, pero el caso es que empecé a creerlo.
La tarde antes de mi examen final, me sentí tan frustrado que lancé mi Guía Cambridge de mitología griega al otro lado del dormitorio. Las palabras habían empezado a desmadrarse en la página, a dar vueltas en mi cabeza y realizar giros chirriantes como si montaran en monopatín. No había manera de recordar la diferencia entre Quirón y Caronte, entre Polidectes y Polideuces. ¿Y conjugar los verbos latinos? Imposible.
-Yo en tu lugar comenzaría a tratar mejor a los libros, a menos quieras terminar como nuestro Octavio.- se burló Leo.
-No sabía que hablabas latín- dijo sorprendido Jason- Como en el Campamento Mestizo todos hablan griego…
- Si un poco, solo que aprendí en Yancy. Hagamos un trato, te enseño griego sí vos me enseñas latín. ¿Hecho?
-Claro no hay problema, voy a necesitarlo para cumplir con mi promesa.
-¿Hablan otros idiomas tan antiguos? Que guay- dijo Orión.
Me paseé por la habitación a zancadas, como si tuviera hormigas dentro de la camisa. Recordé la seria expresión de Brunner, su mirada de mil años. «Sólo voy a aceptar de ti lo mejor, Percy Jackson.»
Respiré hondo y recogí el libro de mitología.
Nunca le había pedido ayuda a un profesor. Tal vez si hablaba con Brunner, podría darme unas pistas. Por lo menos tendría ocasión de disculparme por el muy deficiente que iba a sacar en su examen. No quería abandonar la academia Yancy y que él pensara que no lo había intentado.
Bajé hasta los despachos de los profesores. La mayoría se encontraban vacíos y a oscuras, pero lapuerta del señor Brunner estaba entreabierta y la luz se derramaba por el pasillo. Estaba a tres pasos de la puerta cuando oí voces dentro. Brunner formuló una pregunta y la inconfundible voz de Grover respondió:
-Creo se lo que vas a hacer y es de muy mala educación-lo reto Poseidón. Percy solo podía pensar en cuanto más tardarían para empezar otro libro que no hable de el.
—… preocupado por Percy, señor.
Me quedé inmóvil.
No acostumbro escuchar detrás de las puertas, pero a ver quién es capaz de no hacerlo cuando oyes a tu mejor amigo hablar de ti con un adulto.
Me acerqué más, centímetro a centímetro.
—… solo este verano —decía Grover—. Quiero decir, ¡hay una Benévola en la escuela! Ahora que lo sabemos seguro, y ellos lo saben también…
—Si lo presionamos tan sólo empeoraremos las cosas —respondió Brunner—. Necesitamos que el chico madure más.
-Eso va ser imposible-comento seriamente Will-Estamos hablando de Percy.
-¿Se acuerdan de la vez que les pusimos polvo pica pica en un balde sobre la puerta de la cabaña 13? Cuando entraron todos juntos se les cayó encima, Jajajajaj era muy gracioso verlos correr mientras se rascaban.- reía Travis.
-La mejor parte fue cuando les prendimos fuego la ropa y como no llegaban más al lago tuvieron que quedarse en calzoncillos. Te quedaban tan bien los tuyos Percy, ¿Cómo se llamaba el pececito de la sirenita que tenían estampados? ¿Flaunder?- recordó Travis con una sonrisa de elfo en su cara.
La sala entera retumbaba con las risotadas de Ares y de Hermes.
Un chorro de agua de la fuente salió disparada hacia los hermanos, mientras un muy rojo hijo del mar los miraba con odio.
—Pero puede que no tenga tiempo. La fecha límite del solsticio de verano…
—Tendremos que resolverlo sin Percy. Déjalo que disfrute de su ignorancia mientras pueda.
—Señor, él la vio…
—Fue producto de su imaginación —insistió Brunner—. La niebla sobre los estudiantes y el personal será suficiente para convencerlo.
—Señor, yo… no puedo volver a fracasar en mis obligaciones. —Grover parecía emocionado—. Usted sabe lo que significaría.
—No has fallado, Grover —repuso Brunner con amabilidad—. Yo tendría que haberme dado cuenta de qué era. Ahora preocupémonos sólo por mantener a Percy con vida hasta el próximo otoño…
El libro de mitología se me cayó de las manos y resonó contra el suelo. El profesor se interrumpió de golpe y se quedó callado. Con el corazón desbocado, recogí el libro y retrocedí por el pasillo.
Una sombra cruzó el cristal iluminado de la puerta del despacho, la sombra de algo mucho más alto que Brunner en su silla de ruedas, con algo en la mano que se parecía sospechosamente a un arco.
Abrí la puerta contigua y me escabullí dentro.
Al cabo de unos segundos oí un suave clop, clop, clop, como de cascos amortiguados, seguidos de un sonido de animal olisqueando, justo delante de la puerta. Una silueta grande y oscura se detuvo un momento delante del cristal, y prosiguió.
Una gota de sudor me resbaló por el cuello.
En algún punto del pasillo el señor Brunner empezó a hablar de nuevo.
—Nada —murmuró—. Mis nervios no son los que eran desde el solsticio de invierno.
—Los míos tampoco… —repuso Grover—. Pero habría jurado…
—Vuelve al dormitorio —le dijo Brunner—. Mañana tienes un largo día de exámenes.
—No me lo recuerde.
Las luces se apagaron en el despacho.
Esperé en la oscuridad lo que pareció una eternidad. Al final, salí de nuevo al pasillo y volví al dormitorio. Grover estaba tumbado en la cama, estudiando sus apuntes de latín como si hubiera pasado allí toda la noche.
-Lo siento Percy no deberíamos haber hablado a tus espaldas.- se disculpó Quirón.
-Realmente estábamos preocupados.- añadió el sátiro.
—Eh —me dijo con cara de sueño—. ¿Estás listo para el examen?
No respondí.
—Tienes un aspecto horrible.
—Puso ceño—. ¿Va todo bien?
—Sólo estoy… cansado.
Me volví para ocultar mi expresión y me acosté en mi cama.
No comprendía qué había escuchado allí abajo. Quería creer que me lo había imaginado todo, pero una cosa estaba clara: Grover y el señor Brunner estaban hablando de mí a mis espaldas. Pensaban que corría algún tipo de peligro.
-Claro que corres peligro!-grito Poseidon frustrado, alsando los brazos.- Los idiotas de mis hermanos quieren matarte.
La tarde siguiente, cuando abandonaba el examen de tres horas de latín, colapsado con todos los nombres griegos y latinos que había escrito incorrectamente, el señor Brunner me llamó. Por un momento temí que hubiese descubierto que los había oído hablar la noche anterior, pero no era eso.
—Percy —me dijo—, no te desanimes por abandonar Yancy. Es… lo mejor.
Su tono era amable, pero sus palabras me resultaban embarazosas. Aunque hablaba en voz baja, los que terminaban el examen podían oírlo. Nancy Bobofit me sonrió y me lanzó besitos sarcásticos.
-Ughhh! Ahora tengo una horrible imagen mental, gracias Percy.- dijo Reachel con sarcasmo.
—Vale, señor —murmuré.
—Lo que quiero decir es que…
—Meció su silla adelante y atrás, como inseguro respecto a lo que quería decir—. Verás, éste no es el lugar adecuado para ti. Era sólo cuestión de tiempo.
Me escocían las mejillas.
Allí estaba mi profesor favorito, delante de la clase, diciéndome que no podía con aquello. Después de repetirme durante todo el año que creía en mí, ahora me salía con que estaba destinado a la patada.
—Vale —le dije temblando.
—No, no me refiero a eso. Oh, lo confundes todo. Lo que quiero decir es que… no eres normal, Percy. No pasa nada por…
—Gracias —le espeté—. Muchas gracias, señor, por recordármelo.
—Percy…
Pero ya me había ido.
-De verdad lo siento Quirón. Eras el único profesor que me apoyaba, y no debí tratarte así- se disculpó Percy avergonzado.
El último día del trimestre hice la maleta.
Los otros chicos bromeaban, hablaban de sus planes de vacaciones. Uno de ellos iba a hacer excursionismo en Suiza. Otro, de crucero por el Caribe durante un mes. Eran delincuentes juveniles, como yo, pero delincuentes juveniles ricos. Sus papás eran ejecutivos, o embajadores, o famosos. Yo era un don nadie, surgido de una familia de don nadies.
-Claro que no cielito, eres el hijo de Poseidón, desciendes de uno de los Tres Grandes .Puede que no seamos la mejor familia del mundo, pero en los tiempos difíciles nos apoyamos mutuamente.- trato de consolarlo la diosa del amor.
-No existen las familias perfectas. Tu familia es quien te quiera, se preocupan por ti y te ayude.- añadió Helena.
Me preguntaron qué pensaba hacer yo aquel verano, y les respondí que volvía a la ciudad. Me abstuve de mencionar que durante las vacaciones necesitaría conseguir algún trabajo paseando perros o vendiendo suscripciones de revistas, y pasar el tiempo libre preocupándome por si encontraría escuela en otoño.
—Ah —dijo uno—. Eso mola.
Regresaron a sus conversaciones como si yo nunca hubiese existido.
La única persona de la que temía despedirme era Grover, pero luego no tuve que preocuparme: había reservado un billete a Manhattan en el mismo autobús Greyhound que yo, así que allí íbamos, otra vez camino de la ciudad.
Grover no paró de escudriñar el pasillo todo el trayecto, observando al resto de los pasajeros. Reparé entonces en que siempre se comportaba de manera nerviosa e inquieta cuando abandonábamos Yancy, como si temiese que ocurriera algo malo. Antes suponía que le preocupaba que se metieran con él, pero en aquel autobús no iba nadie que pudiera meterse con él. Al final no pude aguantarme y le dije:
—¿Buscas Benévolas?
Grover casi pega un brinco.
—¿Qué… qué quieres decir?
Le conté que los había escuchado hablar la noche antes del examen.
Le tembló un párpado.
-Te juro por la laguna Estigia que mi corazón se detuvo. Me agarraste desnudo y a los gritos.-afirmo Grover.
—¿Qué oíste? —preguntó.
—Oh… no mucho. ¿Qué es la fecha límite del solsticio de verano?
—Mira, Percy…
—Se estremeció—. Sólo estaba preocupado por ti. Ya sabes, por eso de que alucinas con profesoras de matemáticas diabólicas…
—Grover…
—Le dije al señor Brunner que a lo mejor tenías demasiado estrés o algo así, porque no existe ninguna señora Dodds, y…
—Grover, como mentiroso no te ganarías la vida.
Se le pusieron las orejas coloradas. Sacó una tarjeta mugrienta del bolsillo de su camisa.
—Mira, toma esto, ¿de acuerdo? Por si me necesitas este verano.
La tarjeta tenía una tipografía mortal para mis ojos disléxicos, pero al final conseguí entender algo parecido a:
Grover Underwood
Guardián
Colina Mestiza
Long Island, Nueva York
(800) 009-0009
—¿Qué es colina mes…?
-¿Cómo qué que es la colina mestiza?- se burló Thalía.- Como tu prima estoy avergonzada.
-¿Que hicimos para esta emparentados con este?- se quejó Nico.
-Podrían dejar de sacarme mano por favor! Ustedes tampoco son unos genios- se defendió el hijo de Poseidón.- Oye Will, sabias que cuando Nico llego al campamento con 12 años todavía jugaba a Mito-magia? O que Thalía la gran cazadora hija de Zeus le tiene miedo a las alturas?
Will reía mientras lo miraba con cara incrédula a su novio, que traba de ocultarse con las sombras. La hija de Zeus soltaba chispas, amenazando con electrocutar a alguien.
—¡No lo digas en voz alta! —musitó—. Es mi… dirección estival.
Menuda decepción. Grover tenía residencia de verano. Nunca me había parado a pensar que su familia podía ser tan rica como las demás de Yancy.
—Vale —contesté alicaído—. Ya sabes, suena como… a invitación a visitar tu mansión.
Asintió.
—O por si me necesitas.
—¿Por qué iba a necesitarte?
—Lo pregunté con más rudeza de la que pretendía.
Grover tragó saliva.
—Mira, Percy, la verdad es que yo… bien, digamos que tengo que protegerte.
Lo miré fijamente, atónito. Había pasado todo el año peleándome, manteniendo a los abusones alejados de él. Había perdido el sueño preocupándome por qué sería de él cuando yo no estuviera. Y allí estaba el muy caradura, comportándose como si fuese mi protector.
—Grover —le dije—, ¿de qué crees que tienes que protegerme exactamente?
Se produjo un súbito y chirriante frenazo y empezó a salir un humo negro y acre del salpicadero. El conductor maldijo a gritos y a duras penas logró detener el Greyhound en el arcén. Bajó presuroso y se puso a aporrear y toquetear el motor, pero al cabo de unos minutos anunció que teníamos que bajar.
Nos hallábamos en mitad de una carretera normal y corriente: un lugar en el que nadie se fijaría de no sufrir una avería. En nuestro lado de la carretera sólo había arces y los desechos arrojados por los coches. En el otro lado, cruzando los cuatro carriles de asfalto resplandeciente por el calor de la tarde, un puesto de frutas de los de antes.
La mercancía tenía una pinta fenomenal: cajas de cerezas rojas como la sangre, y manzanas, nueces y albaricoques, jarras de sidra y una bañera con patas de garra llena de hielo.
-Uhhh! Que rico! Me da un hambre increíble- suspiro Clarie frotándose el estómago.
No había clientes, sólo tres ancianas sentadas en mecedoras a la sombra de un arce, tejiendo el par de calcetines más grande que he visto nunca. Me refiero a que tenían el tamaño de jerséis, pero eran claramente calcetines. La de la derecha tejía uno; la de la izquierda, otro. La del medio sostenía una enorme cesta de lana azul eléctrico.
Las tres eran ancianas, de rostro pálido y arrugado como fruta seca, pelo argentado recogido con cintas blancas y brazos huesudos que sobresalían de raídas túnicas de algodón. Lo más raro fue que parecían estar mirándome fijamente.
-Ohhh Dios! –grito aterrada Cassandra, la pequeña se puso blanca como la cal.-No tienes ni idea de la que estas mandando.
Poseidón también no estaba muy bien que digamos, ya solo habían pasado dos capítulos y su hijo estaba teniendo el segundo encontronazo más mortífero de la mitología griega.
Me volví hacia Grover para comentárselo y vi que había palidecido. Tenía un tic en la nariz.
—¿Grover? —le dije—. Oye…
—Dime que no te están mirando. No te están mirando, ¿verdad?
—Pues sí. Raro, ¿eh? ¿Crees que me irán bien los calcetines?
—No tiene gracia, Percy. Ninguna gracia.
-Claro que no! Eres idiota o que Sesos de Alga?- chillo Annabeth en el oído de su novio.
-Me dejaste sordo!-se quejó el chico de los ojos verdes.
- Estas metido en un buen lio si son quienes creo que son- dijo Jason (d)
- Mi más sentido pésame chico- Dakota ya pensaba que los dias de su amigo estaban contados.
Toda la sala se sumió en la tristeza, y al notarlo Percy dijo:
-¿Se dan cuenta que eso paso a hace 5 años atrás?
-Cállate!- le espeto Afrodita- Por favor Apolo, continua leyendo.
La anciana del medio sacó unas tijeras enormes, de plata y oro y los filos largos, como una podadora.
Grover contuvo el aliento.
—Subamos al autobús —me dijo—. Vamos.
—¿Qué? —repliqué—. Ahí dentro hace mil grados.
—¡Vamos!
—Abrió la puerta y subió, pero yo me quedé atrás.
Al otro lado de la carretera, las ancianas seguían mirándome. La del medio cortó el hilo, y juro que oí el chasquido de las tijeras pese a los cuatro carriles de tráfico. Sus dos amigas hicieron una bola con los calcetines azul eléctrico, y me dejaron con la duda de para quién serían: si para un Bigfoot o para Godzilla.
-Esto no es gracioso hijo- lo reprendió con un expresión dura en su rostro.
-Ella corto el hilo, ¿Cómo es posible que estés aquí?- pregunto Ariadna con los ojos rojos, ella estaba pensando en lo injusto que era eso, al amor de su vida también le cortaron el hilo pero no estaba vivo como este chico Percy Jackson. Y eso la enfurecía.
En la trasera del autobús, el conductor arrancó un trozo de metal humeante del compartimiento del motor. Luego le dio al arranque. El vehículo se estremeció y, por fin, el motor resucitó con un rugido.
Los pasajeros vitorearon.
—¡Maldita sea! —exclamó el conductor, y golpeó el autobús con su gorra—. ¡Todo el mundo arriba!
En cuanto nos pusimos en marcha empecé a sentirme febril, como si hubiera contraído la gripe. Grover no tenía mejor aspecto: temblaba y le castañeteaban los dientes.
—Grover.
—¿Sí?
—¿Qué es lo que no me has contado?
Se secó la frente con la manga de la camisa.
—Percy, ¿qué has visto en el puesto de frutas?
—¿Te refieres a las ancianas? ¿Qué les pasa? No son como la señora Dodds, ¿verdad?
Su expresión era difícil de interpretar, pero me dio la sensación de que las mujeres del puesto de frutas eran algo mucho, mucho peor que la señora Dodds.
—Dime sólo lo que viste —insistió.
—La de en medio sacó unas tijeras y cortó el hilo.
Cerró los ojos e hizo un gesto con los dedos que habría podido ser una señal de la cruz, pero no lo era. Era otra cosa, algo como… más antiguo.
—¿La has visto cortar el hilo?
—Sí. ¿Por qué?—Pero incluso cuando lo estaba diciendo, sabía que pasaba algo.
—Ojalá esto no estuviese ocurriendo —murmuró Grover, y empezó a mordisquearse el pulgar—. No quiero que sea como la última vez.
—¿Qué última vez?
—Siempre en sexto. Nunca pasan de sexto.
—Grover —repuse, empezando a asustarme de verdad—, ¿de qué diablos estás hablando?
—Déjame que te acompañe hasta tu casa. Promételo.
-Grover no fue tu culpa!- exclamó Luke
- Yo tome mi propia decisión, no habrías podido hacerme cambiar de opinión y lo sabes- lo consoló Thalía.
- Sos el sátiro más valiente y protector de mundo, y nadie lo va dudar, ¿Verdad Percy?- argumento Annabeth.
- Claro que sí, eres el mejor! Nadie más que tu habría podrido encontrar a Pan.- apunto Percy.
- Escúchame sátiro- hablo Hedge por primera vez, que había estado escuchando atentamente –ningún otro de nosotros hubiera tenido los huevos para hacer lo que vos hiciste! ¿Sabes lo que le dicen a los pequeño sátiros que están aprendiendo a ser protectores? Les dicen: tienes que ser como Grover Underwood, ese es un sátiro de verdad.
Con el discurso del entrenador toda la sala quedo conmovida. Incluso Dionisio quedo sorprendido.
Me pareció una petición extraña, pero lo prometí.
—¿Es como una superstición o algo así? —pregunté.
No obtuve respuesta.
—Grover, el hilo que la anciana cortó… ¿significa que alguien va a morir?
Su mirada estaba cargada de aflicción, como si ya estuviera eligiendo las flores para mi ataúd.
-De hecho es lo que está haciendo- dijo Clarisse para tratar de animar la atmosfera.
-Ese fue todo el capítulo. ¿A quién le toca?
-Déjame leer un rato, sobrino.- dijo Hestia, mientras se ponía cómoda al lado de la hoguera para comenzar la lectura.
