Hestia tomó el libro y empezó a leer:

Capítulo 3: Grover pierde inesperadamente los pantalones.

-Tienes un problema con los títulos Percy- comento Leo con expresión seria.

-El chico tiene razón, ¿En qué rayos estabas pensado?- lo apoyo Hades.

Hora de confesarse: planté a Grover en cuanto llegamos a la terminal de autobuses.

-Perseo! Eso está muy mal, no se dejan a tus amigos plantados.-lo reprendió Deméter.

-JA! Hombres-suspiro Artemisa.

-Aquí la diosa de la agricultura tiene un buen punto chico! Está muy mal… Nunca confesas un crimen!- grito escandalizado Hermes.

Ya sé que fue muy grosero por mi parte, pero me estaba poniendo de los nervios, me miraba como si yo estuviera muerto y no paraba de refunfuñar: «¿Por qué siempre pasa lo mismo?» y «¿Por qué siempre tiene que ser en sexto?».

-Pero que no es tu culpa por Zeus!- dijo Thalía alzando los brazos- Vuelves a culparte y te electrocuto chico cabra.

Cuando Grover se disgustaba solía entrar en acción su vejiga, así que no me sorprendió que, al bajar del autobús, me hiciera prometer que lo esperaría y fuese a la cola para el lavabo. En lugar de esperar, recogí mi maleta, me escabullí fuera y tomé el primer taxi hacia el norte de la ciudad.

Al East, calle Ciento cuatro con la Primera —le dije al conductor.

-Genial! Ya sabemos dónde vives!-dijeron los Stoll retorciéndose las manos con un sonrisa maliciosa en su cara.

-Creo que deberías ponerte un sistema de seguridad.-aconsejo Piper.

-Lamento informales chicos que ya no vivo ahí.- los desilusiono Percy.

-No importa ya lo vamos a averiguar…- respondieron los hermanos.

Unas palabras sobre mi madre antes de que la conozcas.

Se llama Sally Jackson y es la persona más buena del mundo, lo que demuestra mi teoría de que los mejores son los que tienen peor suerte.

-Tu teoría es bastante acertada.-dijo Clarisse con la mirada triste, Chris la abrazo con fuerza.

Sus padres murieron en un accidente aéreo cuando tenía cinco años, y la crió un tío que no se ocupaba demasiado de ella. Quería ser novelista, así que pasó todo el instituto trabajando y ahorrando dinero para ir a una universidad con buenos cursos de escritura creativa. Entonces su tío enfermó de cáncer, por lo que tuvo que dejar el instituto el último año para cuidarlo. Cuando murió, se quedó sin dinero, sin familia y sin bachillerato.

-Oh! Pobre, no te preocupes Percy, tu madre va a cumplir a su sueño.- dijo Atenea conmovida por la historia de Sally. No entendía como alguien brillante podía haberse enamorado del idiota de Sal Marina.

-Tú madre más que nadie merece ser feliz- apoyo Helena.

- La tía Sally es la mejor!- afirmo Nico.- Nadie hace las galletas tan ricas como ella.

-Sí, pero la tía Sally me quiere más a mí, yo soy su sobrina favorita- apunto Thalía.

-No me quiere más a mí. ¿O qué no viste mi foto comiendo torta de cuando Percy cumplió los 15? Está colgada en el living, ¿Cuántas fotos tuyas tiene la tía colgada?- Nico le sacó la lengua.

-Puede ser Aliento de Zombie, pero te olvidas que yo la conocí antes, así que yo soy como su hija.-le continuo la pelea la hija de Zeus.

-No no no no! Están todos equivocados – Percy se interpuso entre ambos y los calló tapándoles las bocas.- Ustedes dos están celosos, porque 1) Yo la conozco desde que nací 2) Siempre voy a ser su bebé 3) Soy la mejor cosa que le paso en su vida! 4) Las galletas azules son todas mías.

-¿Galletas azules?- pregunto Clarie extrañada.

Desde que la guerra contra Cronos terminó, Sally se encariño con Thalía y Nico, y los adopto como sus propios sobrinos. Y ellos la tomaron como su tía postiza.

El único buen momento que pasó fue cuando conoció a mi padre.

Yo no conservo recuerdos de él, sólo una especie de calidez, quizá un leve rastro de su sonrisa. A mi madre no le gusta hablar de él porque la pone triste. No tiene fotos.

Verás, no estaban casados. Mi madre me contó que era rico e importante, y que su relación era secreta. Un buen día, él embarcó hacia el Atlántico en algún viaje importante y jamás regresó. Se perdió en el mar, según mi madre. No murió. Se perdió en el mar.

-Qué lista! Te engaño con la verdad.- comentó Hazel, ella todavía no había podido conocer a la famosa Sally Jackson, pero sabía de antemano que era la mejor persona del mundo por como todos la describían.

Ella trabajaba en empleos irregulares, asistía a clases nocturnas para conseguir su título de bachillerato y me crió sola. Jamás se quejaba o se enfadaba, ni siquiera una vez, pese a que yo no era un crío fácil.

-Qué raro que no me lleve a tu madre con migo- dijo Poseidón pensativo- Le hubiera construido un palacio bajo el mar y hubiera sido mi reina, la verdad es que no soporto más Anfitrite. Tal vez todavía no la conozca a tu madre, pero por lo que dices tiene un gran corazón puro. No hay nada más importante que eso.

-Owwww! Más tiernooo- chillo Afrodita!

Al final se casó con Gabe Ugliano, que fue majo los primeros treinta segundos que lo conocí; después se mostró como el cretino de primera que era. Cuando era más pequeño, le puse el mote de Gabe el Apestoso. Lo siento, pero es verdad. El tipo olía a pizza de ajo enmohecida envuelta en pantalones de gimnasio

-Ahig! No me lo recuerdes, casí me quedo sin olfato la primera vez que te conocí.- se quejó asqueado Grover.

-Juck! Que asco! ¿Cómo alguien pude vivir así?- dijeron horrorizadas Helena y Andy.

-Hombres… Qué se la va a hacer…- suspiraron Artemisa y sus cazadoras.

- Oigan! No todos somos así!- se quejaron Lucas y Héctor.

-Sí claro!- le respondió Cassandra a su hermano y a su primo.- Porque ustedes no se vieron u olieron cada vez que se pelean a muerte en patio. La otra vez dejaron una fosa de 3 metros llena de barro y sangre…

-Uhgg! ¿Son caníbales o qué? Bestías- grito indignada Katie.

-Cállate, florecitas! Así son las peleas de verdad, sangre, barro, huesos partidos y dientes caidos!- la calló Clarisse.- La próxima pelea llámenme.

Entre los dos le hacíamos la vida a mamá más bien difícil. La manera en que Gabe el Apestoso la trataba, el modo en que él y yo nos llevábamos… En fin, mi llegada a casa es un buen ejemplo.

-¿La trataba mal?- pregunto Poseidón, su expresión no era muy agradable.

-Era un desgraciado machista asqueroso.- recordó Percy.

Entré en nuestro pequeño apartamento con la esperanza de que mi madre hubiera vuelto del trabajo. En cambio, me encontré en la sala a Gabe el Apestoso, jugando al póquer con sus amigotes. El televisor rugía con el canal de deportes ESPN. Había patatas fritas y latas de cerveza desperdigadas por toda la alfombra. Sin levantar la mirada, él dijo desde el otro lado del puro:

Conque ya estás aquí, ¿eh, chaval?

¿Dónde está mi madre?

Trabajando —contestó—. ¿Tienes suelto?

Eso fue todo. Nada de «Bienvenido a casa. Me alegro de verte. ¿Qué tal te han ido estos últimos seis meses?».

-¿Dónde están sus modales?-pregunto Afrodita indignada.

-Creo que con lo gordo que estaba se los trago.-le respondió el hijo de Poseidón.

Gabe había engordado. Parecía una morsa sin colmillos vestida con ropa de segunda mano. Tenía unos tres pelos en la cabeza, que se extendían por toda la calva, como si eso lo volviera más atractivo o vete tú a saber.

-Oye! No insultes a las pobres morsas.- rió Frank.

Trabajaba en el Electronics Mega-Mart de Queens, pero estaba en casa la mayor parte del tiempo. No sé por qué no lo echaban. Lo único que hacía era gastarse el sueldo en puros que me hacían vomitar y en cerveza, por supuesto. Cerveza siempre. Cuando yo estaba en casa, esperaba de mí que le proporcionara fondos para jugar. Lo llamaba nuestro «secreto de machotes». Lo que significaba que, si se lo contaba a mi madre, me molería a palos.

-Voy a matarlo.- simplemente dijo Poseidón mirando con odio al libro.

No tengo suelto —contesté.

Arqueó una ceja asquerosa.

Gabe olía el dinero como un sabueso, lo cual era sorprendente, dado que su propio hedor debía de anular todo lo demás.

-De hecho, lo hacía de verdad.-comentó Grover.- ¿Cómo crees que sobreviviste tanto tiempo? El hedor repugnante de Gabe tapaba tu olor a mestizo y por eso los monstruos no te detectaban.

-¿Los monstruos pueden olerlos?-pregunto con curiosidad Helena.

-Claro! Así es como nos encuentran. A partir de los 12 años, o cuando ya eres consiente de quien eres, tu olor aumenta y alertas a todos los monstruos de la zona.-explico Reyna.

-Por eso tampoco usamos celulares, es como lanzar una bengala que dice "oye aquí estoy, rico y jugoso semidiós"-agregó Will.

Has venido en taxi desde la terminal de autobuses —dijo—. Probablemente has pagado con un billete de veinte y te habrán devuelto seis o siete pavos. Quien espera vivir bajo este techo debe asumir sus cargas. ¿Tengo razón, Eddie?

Eddie, el portero del edificio, me miró con un destello de simpatía.

Venga, Gabe —le dijo—. El chico acaba de llegar.

¿Tengo razón o no? —repitió Gabe.

Eddie frunció el entrecejo y se refugió en su cuenco de galletas saladas. Los otros dos tipos se pedorrearon casi al unísono.

-Chicas, tenemos el próximo destino de cazería.- dijo Zöe. Qué se había pasado toda la lectura reflexionando de porque ella ya no era más la lugarteniente de Artemisa, y en su lugar se encontraba una hija de Zeus. El futuro la intrigaba, y como esto era 1962 faltaba mucho tiempo hasta que pueda averiguarlo…a menos que aparezca en los libros, pensó la hija de Atlas.

Estupendo —le dije. Saqué unos dólares del bolsillo y los lancé encima de la mesa—. Espero que pierdas.

¡Ha llegado tu boletín de notas, cráneo privilegiado! —exclamó cuando me volví—. ¡Yo no iría por ahí dándome tantos aires! Cerré de un portazo mi habitación, que en realidad no era mía. Durante los meses escolares era el «estudio» de Gabe.

-No creo que en realidad estudie o haga algo.- dijo Piper.

-Claro que lo hace Reina de la Belleza!.- la contradijo Leo.- Estudiaba nuevas maneras de rascarse todo el día.

Por supuesto, no había nada que estudiar allí dentro, aparte de viejas revistas de coches, pero le encantaba apelotonar mis cosas en el armario, dejar sus botas manchadas de barro en el alféizar y esforzarse porque el lugar apestara a su asquerosa colonia, sus puros y su cerveza rancia.

-Vez! Tenía razón. Qué capo que soy!- se jactó Leo mientras se auto- aplaudía.

-No! Eres un tonto y un payaso.- lo corrigió Frank.

Dejé la maleta en la cama. Hogar, dulce hogar.

El olor de Gabe era casi peor que las pesadillas sobre la señora Dodds o el sonido de las tijeras de la anciana frutera. Me estremecí sólo de pensarlo. Recordé la cara de pánico de Grover cuando me hizo prometer que lo dejaría acompañarme a casa. Un súbito escalofrío me recorrió. Sentí como si alguien —algo— estuviera buscándome en aquel preciso instante, quizá subiendo pesadamente por las escaleras, mientras le crecían unas garras largas y enormes.

Entonces oí la voz de mi madre.

¿Percy?

Abrió la puerta y mis miedos se desvanecieron.

Mi madre es capaz de hacer que me sienta bien sólo con entrar en mi habitación. Sus ojos refulgen y cambian de color con la luz. Su sonrisa es tan cálida como una colcha tejida a mano. Tiene unas cuantas canas entre la larga melena castaña, pero nunca la he visto vieja. Cuando me mira, es como si sólo viera las cosas buenas que tengo, ninguna de las malas. Jamás la he oído levantar la voz o decir una palabra desagradable a nadie, ni siquiera a mí o a Gabe.

-Ohh! Más tierno- suspiraron las diosas y algunas chicas.

Oh, Percy.

Me abrazó fuerte—. No me lo puedo creer. ¡Cuánto has crecido desde Navidad!

Su uniforme rojo, blanco y azul de la pastelería Sweet on America olía a las mejores cosas del mundo: chocolate, regaliz y las demás cosas que vendía en la tienda de golosinas de la estación Grand Central.

-Ufff! Que hambre que me das Percy.- dijo Reachel sobándose el estómago mientras volaba con la imaginación.

Me había traído «muestras gratis», como siempre hacía cuando yo venía a casa.

Nos sentamos juntos en el borde de la cama. Mientras yo atacaba las tiras de arándanos ácidos, me pasó la mano por la cabeza y quiso saber todo lo que no le había contado en mis cartas. No mencionó mi expulsión, no parecía importarle. Pero ¿yo estaba bien? ¿Su niñito se las apañaba? Le dije que no me agobiara, que me dejara respirar y todo eso, aunque en secreto me alegraba muchísimo de tenerla a mi lado.

Eh, Sally, ¿qué tal si nos preparas un buen pastel de carne? —vociferó Gabe desde la otra habitación.

Me rechinaron los dientes.

-No eres el único hijo.- dijo Poseidón con mala cara.

-Voy a meterle una de mis flechas por la garganta!- Artemisa parecía bastante enojada…

-Con gusto te ayudo sobrina.- se ofreció Poseidón.

Mi madre es la mujer más agradable del mundo. Tendría que estar casada con un millonario, no con un capullo como Gabe.

Por ella, intenté sonar optimista cuando le conté mis últimos días en la academia Yancy. Le dije que no estaba demasiado afectado por la expulsión (esta vez casi había durado un curso entero). Había hecho nuevos amigos. No me había ido mal en latín. Y, en serio, las peleas no habían sido tan terribles como aseguraba el director. Me gustaba la academia Yancy. De verdad. En fin, lo pinté tan bien que casi me convencí a mí mismo. Se me hizo un nudo en la garganta al pensar en Grover y el señor Brunner. Ni siquiera Nancy Bobofit parecía tan mala.

Hasta aquella excursión al museo…

¿Qué? —me preguntó mi madre. Me azuzaba la conciencia con la mirada, intentando sonsacarme—.

¿Te asustó algo?

No, mamá.

No me gustó mentir. Quería contárselo todo sobre la señora Dodds y las tres ancianas con el hilo, pero pensé que sonaría estúpido. Apretó los labios. Sabía que me guardaba algo, pero no me presionó.

-Que buena madre!-dijo Hera.

-Todo lo contrario a vos.-susurró Hefestos, pero le salió más fuerte de lo que debía y se escuchó en toda la sala. La cara de Hera se tiño de rojo y morado.

Tengo una sorpresa para ti —dijo—. Nos vamos a la playa.

Puse unos ojos como platos.

¿A Montauk?

Tres noches, en la misma cabaña.

¿Cuándo?

Sonrió y contestó:

En cuanto me cambie.

-Yeii!-grito Percy.- Amo Montauk.

- Ya me lo esperaba, es hijo de Poseidón…-comento Jasón.

-De tal palo tal astilla- Hazel hizo uso del popular dicho.

-Engendros de mar, la sal les seca el cerebro.- se quejó la diosa de la sabiduría. Estar leyendo sobre un hijo de Barba de Percebe ya era molesto, pero que encima este sea el novio de su hija, aún peor.

No podía creerlo. Mi madre y yo no habíamos ido a Montauk los últimos dos veranos porque Gabe decía que no había suficiente dinero.

En ese momento Gabe apareció por la puerta y masculló:

¿Qué pasa con ese pastel, Sally? ¿Es que no me has oído?

Quise pegarle un puñetazo, pero crucé la mirada con mi madre y comprendí que me ofrecía un trato: sé amable con Gabe un momentito. Sólo hasta que ella estuviera lista para marcharnos a Montauk. Después nos largaríamos de allí.

-Pero que le rompas la nariz Percy! – grito Clarisse.- Que se desangre por el nazo!

-No suelo estar de acuerdo con mis hermanos, pero si tú no le rompes la nariz se la rompo yo.- apoyo a su hermana el bueno de Frank.

- ¿Cómo soportas vivir así? Si yo fuera tú, ya lo habría ahogado mientras esta en la ducha, con esos poderes tuyos.- dijo Orión.

Ya voy, cariño —le dijo a Gabe—. Estábamos hablando del viaje.

Gabe entrecerró los ojos.

¿El viaje? ¿Quieres decir que lo decías en serio?

Lo sabía —murmuré—. No va a dejarnos ir.

Claro que sí —repuso mi madre sin alterarse—. Tu padrastro sólo está preocupado por el dinero. Eso es todo. Además —añadió—, Gabriel no va a tener que conformarse con un pastel normalito. Se lo haré de siete capas y prepararé mi salsa especial de guacamole y crema agria. Va a estar como un rajá.

Gabe se ablandó un poco.

Así que el dinero para ese viaje vuestro… va a salir de tu presupuesto para ropa, ¿no?

Sí, cariño —aseguró mi madre.

Y llevarás mi coche allí y lo traerás de vuelta, a ningún sitio más.

Tendremos mucho cuidado.

Gabe se rascó la papada.

A lo mejor si te esmeras con ese pastel de siete capas… Y a lo mejor si el crío se disculpa por interrumpir mi partida de póquer.

«A lo mejor si te pego una patada donde más duele y te dejo una semana con voz de soprano», pensé. Pero los ojos de mi madre me advirtieron que no lo cabreara. ¿Por qué soportaba a aquel tipejo?

Tuve ganas de gritar. ¿Por qué le importaba lo que él pensara?

Lo siento —murmuré—. Siento de verdad haber interrumpido tu importantísima partida de póquer. Por favor, vuelve a ella inmediatamente. Gabe entrecerró los ojos. Su minúsculo cerebro probablemente intentaba detectar el sarcasmo en mi declaración.

-Patéalo!-grito Ares.

-Voy a arrancarle su piel, tira a tira con mis propias manos y luego se lo voy a tirar a los tiburones.-murmuró Poseidón, su tridente ya estaba brillando de color azul, algo no muy bueno para la integridad física de los presentes.

-Déjame una mitad para mí tío. Tengo unos cuchillos de caza espectaculares que podría probar en ese cerdo asqueroso, a mis lobos les gusta la carne de hombres…- dijo con una mirada macabra la diosa de la caza.

-No sé quién es más macabro, si tu padre o Artemisa.- le susurró Annabeth a su novio, en el oído.

-No creo que debamos dejar que se junten.- le respondió este abrazándola.

Bueno, lo que sea —resopló, y volvió a su partida.

Gracias, Percy —me dijo mamá—. En cuanto lleguemos a Montauk, seguiremos hablando de… lo que se te ha olvidado contarme, ¿vale?

Por un momento me pareció ver ansiedad en sus ojos —el mismo miedo que había visto en Grover durante el viaje en autobús—, como si también mi madre sintiera un frío extraño en el aire. Pero entonces recuperó su sonrisa, y supuse que me había equivocado. Me revolvió el pelo y fue a prepararle a Gabe su pastel especial.

Una hora más tarde estábamos listos para marcharnos.

Gabe se tomó un descanso de su partida lo bastante largo para verme cargar las bolsas de mi madre en el coche. No dejó de protestar y quejarse por perder a su cocinera —y lo más importante, su Cámaro del 78- durante todo el fin de semana.

No le hagas ni un rasguño al coche, cráneo privilegiado —me advirtió mientras cargaba la última bolsa—. Ni un rasguño pequeñito.

Como si yo fuera a conducir. Tenía doce años. Pero eso no le importaba al bueno de Gabe. Si una gaviota se cagara en la pintura, encontraría una forma de echarme la culpa.

-No creo que eso sea posible-comento Jason (d)

- A todo esto, todavía no me enseñaste a manejar Percy!- le recordó Annabeth.

-No hay problema cuando volvamos puedo enseñarte, ya que gracias a papá tengo un lindo Maserati azul!- dijo el chico de los ojos verdes emocionado como un niño pequeño.

-¿Tienes un problema con el color azul?- preguntó Lucas.

-Es obsesivo de ese color, su comida es de ese color, su ropa es de ese color, su auto, todo lo que tiene es azul.- explico Will.

Al verlo regresar torpemente hacia el edificio, me enfadé tanto que hice algo que no sé explicar. Cuando Gabe llegó a la puerta, hice la señal que le había visto hacer a Grover en el autobús, una especie de gesto para alejar el mal: una mano con forma de garra hacia mi corazón y después un movimiento brusco hacia fuera, como para empujar. Entonces el portal se cerró tan fuerte que le golpeó el trasero y lo envió volando por las escaleras como un hombre-bala. Puede que sólo fuera el viento, o algún accidente raro con las bisagras, pero no me quedé para averiguarlo.

Toda la sala estalló en carcajadas.

-Eso se llama karma amigo!- rió Leo.

Subí al Camaro y le dije a mi madre que pisara a fondo.

Nuestro bungalow alquilado estaba en la orilla sur, en la punta de Long Island. Era una casita de tono pastel con cortinas descoloridas, medio hundida en las dunas. Siempre había arena en las sábanas y arañas por la habitación, y la mayoría del tiempo el mar estaba demasiado frío para bañarse.

-Parece precioso.- comentó el dios del mar.

Me encantaba.

Íbamos allí desde que era niño. Mi madre llevaba más tiempo yendo. Jamás me lo dijo exactamente, pero yo sabía por qué aquella playa era especial para ella. Era el lugar donde había conocido a mi padre.

-Eso tiene sentido.- dijo Hazel.

A medida que nos acercábamos a Montauk, mi madre pareció rejuvenecer, años de preocupación y trabajo desaparecieron de su rostro. Sus ojos se volvieron del color del mar.

Llegamos al atardecer, abrimos las ventanas y emprendimos nuestra rutina habitual de limpieza. Luego caminamos por la playa, les dimos palomitas de maíz azules a las gaviotas y comimos nuestras gominolas azules, caramelos masticables azules, y las demás muestras gratis que mi madre había traído del trabajo.

-Ven eso no pasa en Roma! La basura griega no tiene cerebro, son todos un tramposos caprichosos. Son tan ineptos que se obsesionan con estupideces como comida azul. Esto es una calamidad, inaceptable. - grito Octavio.

-Cierra la boca! Mira quién habla, quieres que te recuerde el incidente de haces unos años, Octavio.- lo amenazó Reyna.

-Estás hablando de cuando el… y esa tienda de peluches en San Francisco …ahh sí, ya me acuerdo. – dijo Jason con un brillo macabro en sus ojos.

- Aunque el colorante azul sí le quemó el cerebro.- bromeo Nico.

-Eso me aclara muchas cosas.- le contesto Will a su novio, mientras ambos miraban con picardía al hijo de Poseidón, acordándose de lo que paso en la cocina del campamento tras la guerra contra Gea.

Supongo que tengo que explicar lo de la comida azul.

Verás, Gabe le dijo una vez a mi madre que no existía tal cosa. Tuvieron una pelea, que en su momento pareció una tontería, pero desde entonces mi madre se volvió loca por comer azul. Preparaba tartas de cumpleaños y batidos de arándanos azules. Compraba nachos de maíz azul y traía a casa caramelos azules. Esto —junto con su decisión de mantener su nombre de soltera, Jackson, en lugar de hacerse llamar señora Ugliano— era prueba de que no estaba totalmente abducida por Gabe. Tenía una veta rebelde, como yo.

-Esa debe ser otra razón por la cual me enamoré de tu madre, Perseo.- dijo el dios del mar- Al mar no le gusta que lo contengan.

Cuando anocheció, hicimos una hoguera. Asamos salchichas y malvaviscos. Mamá me contó historias de su niñez, antes de que sus padres murieran en un accidente aéreo. Me habló de los libros que quería escribir algún día, cuando tuviera suficiente dinero para dejar la tienda de golosinas.

Al final, reuní valor para preguntarle lo que me rondaba por la mente desde que llegamos a Montauk: mi padre. A ella se le empañaron los ojos. Supuse que me contaría las mismas cosas de siempre, pero yo nunca me cansaba de oírlas.

Era amable, Percy —dijo—. Alto, guapo y fuerte. Pero también gentil. Tú tienes su pelo negro, ya lo sabes, y sus ojos verdes. —Mamá pescó una gominola azul de la bolsa de las golosinas—. Ojalá él pudiera verte, Percy. ¡Qué orgulloso estaría!

Me pregunté cómo podía decir eso. ¿Qué tenía yo de fantástico? Era un crío hiperactivo y disléxico con un boletín de notas lleno de insuficientes, expulsado de la escuela por sexta vez en seis años

-No digas esas cosas Percy!- le reprendió su novia.- Eres increíble, a veces tonto, pero increíble.

- Miralo desde este punto de vista, estas saliendo con Annabeth! ¿A haber díganme cuantos pueden sobrevivir a eso? Sin ofender pero eres como Clarisse, Annie, das bastante miedo…varios chicos de Apolo te tienen ganas pero saben que los matarías….- se sinceró el líder de la cabaña Apolo.

-Oye!- se quejaron las dos nombradas.

-Enserio, cuando quieres podes dar mucho miedo.-dijo Percy, agachado la cabeza tratando de ocultarse. Para su suerte su novia estaba tan ocupada discutiendo con Clarisse sobre quien daba más miedo a sus respectivos novios, que no lo escucho.

¿Cuántos años tenía? —le pregunté—. Quiero decir… cuando se marchó.

Observó las llamas.

Sólo estuvo conmigo un verano, Percy. Justo aquí, en esta playa. En esta cabaña.

Pero me conoció de bebé.

No, cariño. Sabía que yo estaba esperando un niño, pero nunca te vio. Tuvo que marcharse antes de que tú nacieras.

Intenté conciliar aquello con el hecho de que yo creía recordar algo de mi padre. Un resplandor cálido. Una sonrisa. Siempre di por supuesto que él me había conocido al nacer. Mi madre nunca me lo había dicho directamente, pero aun así me parecía lógico. Y ahora me enteraba de que él nunca me había visto…

Me enfadé con mi padre. Puede que fuera una estupidez, pero le eché en cara que se marchara en aquel viaje por mar y no tuviera agallas para casarse con mamá. Nos había abandonado, y ahora estábamos atrapados con Gabe el Apestoso.

-No te enojes tanto, lo que acabas de describir suena exactamente como que de verdad te haya visitado. Tal vez lo hice solo que tu madre ni nadie lo sabía, nuestro primer secreto juntos.

-AWWWW MAS TIERNO!- chillo Afrodita- Hoy sí que estas meloso.- el dios solo se limitó a rodar los ojos.

¿Vas a enviarme fuera de nuevo? —pregunté—. ¿A otro internado?

Sacó un malvavisco de la hoguera.

No lo sé, cariño —dijo con tono serio—. Creo… creo que tendremos que hacer algo.

¿Porque no me quieres cerca?—Me arrepentí al instante de pronunciar esas palabras.

-Yo también lo haría.-dijo Katie.

Los ojos de mi madre se humedecieron. Me agarró la mano y la apretó con fuerza.

-Hiciste llorar a la tía Sally!- trono Thalía.- Ahora si que voy a fulminarte Sesos de Alga y es vez no vas a estar parado en un arroyo y Quiron no te atrevas a frenarme. Voy a electrificar tu trasero de pez ¡!- la hija de Zeus estaba tan enojada que largaba chispa.

-Que yo no hice nada!- gritó el hijo de Poseidón tratando de defenderse.

Antes de que alguien pudiera reaccionar, Thalía había invocado un rayo que le hubiera dado justo en el pecho al hijo de Poseidón, sí Helena no se hubiera movido a la velocidad de la luz y absorbido el rayo.

-¿Pero qué haces?- grito desconcertada la chica punk.-¿Co-como..?

- Soy de la casta de Atreo, descendemos Zeus, los rayos son mi especialidad, aunque me dejan terriblemente deshidratada.- explico la rubia.- Por favor, no lo mates todavía, lo necesitamos para que nos cuente sus accidentes en excursiones escolar.- añadió la chica con una sonrisa pícara.

Thalía puso de estar considerándolo, y luego de que las cosas se calmaran Hestia continuo la lectura.

Oh, Percy, no. Yo… tengo que hacerlo, cariño. Por tu propio bien. Tengo que enviarte lejos.

Sus palabras me recordaron lo que el señor Brunner había dicho: que era mejor para mí abandonar

Yancy.

Porque no soy normal —respondí.

-Claro que no! ¿Cuantas personas pueden controlar las aguas sanitarias, Sirenito?- se burló Clarrisse.

-Estas enojada todavía por lo que paso cuando nos conocimos.- le respondió Percy sacando la lengua como un niño pequeño.

Lo dices como si fuera algo malo, Percy. Pero ignoras lo importante que eres. Creí que la academia Yancy estaría lo bastante lejos, pensé que allí estarías por fin a salvo. —¿A salvo de qué?

-De los monstruos, tonto.- comento Travis.

- Y su billetera de ti.- le respondió Will.

Cruzamos las miradas y me asaltó una oleada de recuerdos: todas las cosas raras y pavorosas que me habían pasado en la vida, algunas de las cuales había intentado olvidar.

Cuando estaba en tercer curso, un hombre vestido con una gabardina negra me persiguió por un patio. Los maestros lo amenazaron con llamar a la policía y él se marchó gruñendo, pero nadie me creyó cuando les dije que bajo el sombrero de ala ancha el hombre sólo tenía un ojo, en medio de la frente. Antes de eso: un recuerdo muy, muy temprano. Estaba en preescolar y una profesora me puso a hacer la siesta por error en una cuna en la que se había colado una culebra. Mi madre gritó cuando vino a recogerme y me encontró jugando con una cuerda mustia y con escamas, que de algún modo había conseguido estrangular con mis regordetas manitas. En todas las escuelas me había ocurrido algo que ponía los pelos de punta, algo peligroso, y eso me había obligado a trasladarme.

-Joder!-dijo Orión.

-Vez ahí hay otra razón para que no lo mates.-le dijo Lucas a Thalía.- Ahora tenemos que torturarlo para que también nos cuente sobre eso.- la hija de Zeus le sonrió maliciosamente al chico de los ojos verdes.

-Alto! Alto! Alto!.-Annabeth levantó los brazos como un árbitro.- Nadie que no sea yo está autorizado a torturar a mi novio!- Percy les sonrió con supremacía, pensando que de forma macabra su novia lo protegía, pero no se esperó que las siguientes palabras salgan de la boca de su Chica Sabia.- Sí alguien va a obligarlo a hablar, esa soy yo. Tengo mejores métodos…

El hijo miro a Hestia y a su Padre buscando protección divina.

Sabía que debía contarle a mi madre lo de las ancianas del puesto de frutas y lo de la señora Dodds en el museo, mi extraña alucinación de haber convertido en polvo a la profesora de mates con una espada.

Pero no me atreví. Tenía la extraña intuición de que aquellas historias pondrían fin a nuestra excursión a Montauk, y no quería que eso ocurriera.

He intentado tenerte tan cerca de mí como he podido —dijo mi madre—. Me advirtieron que era un error. Pero sólo hay otra opción, Percy: el lugar al que quería enviarte tu padre. Y yo… simplemente no soporto la idea.

-De seguro está hablando del Campamento.- aseguró Chris.

No es una escuela. Es un campamento de verano.

La cabeza me daba vueltas. ¿Por qué mi padre —que ni siquiera se había quedado para verme nacer— le había hablado a mi madre de un campamento de verano? Y si era tan importante, ¿por qué ella no lo había mencionado antes?

-Tal vez porque quería que estés a salvo a pesar de que eso signifique enfrentarme a mis hermanos por reconocerte…-Poseidón le sonrió a su niño, que ya era bastante grandecito.

Lo siento, Percy —dijo al ver mi mirada—. Pero no puedo hablar de ello. Yo… no pude enviarte a ese lugar. Quizá habría supuesto decirte adiós para siempre.

¿Para siempre? Pero si sólo es un campamento de verano…

-A menos que una diosa loca te secuestre y te borre la memoria.¿Verdad Percy?- añadió Jason

-Exactamente eso.-respondió el nombrado.- Sobre todo cuando te dejan 8 meses duermiendo.

-Y dejando a su familia y amigos en bolas y a los gritos sobre su paradero- añadió la hija de Atenea mirando disimulada a Su Majestad Bovina.

Se volvió hacia la hoguera, y por su expresión supe que si le hacía más preguntas se echaría a llorar.

Esa noche tuve un sueño muy real.

Había tormenta en la playa, y dos animales preciosos —un caballo blanco y un águila dorada— intentaban matarse mutuamente entre las olas de la orilla. El águila se abalanzaba y rasgaba con sus espolones el hocico del caballo. El caballo se volvía y coceaba las alas del águila. Mientras peleaban, la tierra tembló y una voz monstruosa estalló en carcajadas desde algún lugar subterráneo, incitando a las bestias a pelear con mayor fiereza. Corrí hacia la orilla, sabía que tenía que evitar que se mataran, pero avanzaba a cámara lenta. Sabía que llegaría tarde. Vi al águila lanzarse en picado, dispuesta a sacarle los espantados ojos al caballo, y grité «¡Nooo!».

Me desperté sobresaltado.

-JA! Iba a ganarte!-grito Zeus como un niño pequeño mientras apuntaba a su hermano del tridente.

-No es algo para reírte!-lo reprendió Deméter.- Sus peleas le dan pesadillas al pobre niño. Además no es de buena educación sacarle los ojos a tu hermano.

Fuera había estallado realmente una tormenta, la clase de tormenta que derriba árboles y casas. No había ningún caballo o águila en la playa, sólo relámpagos que iluminaban todo con fogonazos de luz, y olas de siete metros batiendo contra las dunas como artillería pesada.

-Hay Dios! Qué macabro.-chilló Clarie.- Re película de terror.

Al siguiente trueno, mi madre también se despertó. Se incorporó con los ojos muy abiertos y dijo:

Un huracán.

Eso era absurdo. Los huracanes nunca llegan a Long Island al principio del verano. Pero al océano parecía habérsele olvidado. Por encima del rugido del viento, oí un aullido distante, un sonido enfurecido y torturado que me puso los pelos de punta. Después un ruido mucho más cercano, como mazazos en la arena. Y una voz desesperada: alguien gritaba y aporreaba nuestra puerta.

Mi madre saltó de su cama en camisón y abrió el pestillo.

Grover apareció enmarcado en el umbral contra el aguacero. Pero no era… no era exactamente Grover.

-Lo vuelvo a repetir-dijo Clarie- Hay Dios! Qué macabro.

-¿Qué carajo?- gritaron Héctor y Apolo a la vez.

-¿Alguien me explica como Grover no puede ser Grover?- pregunto Will desconcertado.

-No, no tiene lógica! Nada de eso tiene logíca.-dijo la diosa de la sabiduría con un tic nervioso en el ojo derecho.- Es imposible que sea él,no es posible.- Atenea tenía sus sospechas…-Debo de estar equivocada.

-No entiendo nada!- sollozo Leo.

-Estos graecus! No sirven para nada! Ven solo pelean y destrozan cosas causando desastres. Por eso yo Octavio descendiente de Apolo, voy a purificar a los dioses de la infección que les produce su mitad graeca. Yo Octavio voy a ser el Salvador de Roma y los dio…- el augur no pudo terminar su discurso porque Frank le disparó una flecha que en vez de una punta poseía una medía hecha bola pegada con cinta adhesiva, una tapa bocas improvisada.

-Debería fabricar flechas así y patentarlas.- dijo el grandulón.

-Ya tengo el lema perfecto: " Sí callan a Nike ¿Por qué no a sus enemigos?.-dijo Hazel.

-¿Le pusieron una media con cinta a la diosa Victoria en la boca?-preguntó asqueada Reyna.

-Sí, obvio. La atrapamos en una red mágica y luego la metimos en los establos del Argo II.-le contesto Leo como si nada.-

-Volamos y navegamos con ella hay abajo desde Olimpia hasta Antenas. Una gran compañía por cierto.- añadió Piper.

- Creo que la temporada de discursos de Octavio se terminó por un tiempo.-dijo Dakota aliviado.- Ya era insoportable.

Octavio trato de protestar pero le salieron unos: mmhmhmhmhmñañañaña.

He pasado toda la noche buscándote —jadeó—. ¿En qué estabas pensando cuando te largaste sin mí?

Mi madre me miró asustada, no por Grover sino por el motivo que lo había traído.

¡Percy! —gritó para hacerse oír con la lluvia—, ¿qué pasó en la escuela? ¿Qué no me has contado?

Yo estaba paralizado mirando a Grover. No podía comprender qué estaba viendo.

O Zeu kai alloi theoi! —exclamó Grover—. ¡Me viene pisando los talones! ¿Aún no le has contado nada a tu madre?

Estaba demasiado aturdido para registrar que él acababa de maldecir en griego antiguo… y que yo lo había entendido perfectamente. Estaba demasiado aturdido para preguntarme cómo había llegado allí él solo, en medio de la noche. Porque además Grover no llevaba los pantalones puestos, y donde debían estar sus piernas… donde debían estar sus piernas…

-Ahora yo estoy aturdido.-se quejó Connor.

Mi madre me miró con seriedad y me habló con un tono que nunca había empleado antes:

Percy. ¡Cuéntamelo ya!

Tartamudeé algo sobre las ancianas del puesto de frutas y sobre la señora Dodds, y mi madre se quedó mirándome con una palidez mortal a la luz de los relámpagos. Por fin agarró su bolso, me lanzó el impermeable y exclamó:

¡Meteos en el coche! ¡Los dos! ¡Venga!

Grover echó a correr hacia el Cámaro, pero en realidad no corría, no exactamente. Trotaba, sacudía sus peludos cuartos traseros, y de repente su historia sobre una dolencia muscular en las piernas cobró sentido. Comprendí cómo podía avanzar tan rápido y aun así cojear cuando caminaba. Sí, lo comprendí porque allí donde debían estar sus pies, no había pies. Había pezuñas.

-¿Así que ahora sacudo mis peludos cuartos traseros, no?- preguntó el sátiro mirando a Percy.