-¿Alguno quiere leer el siguiente capítulo?- pregunto Hestia a los demás dioses.

En ese preciso instante los dioses tomaron interés por los más pequeños detalles, evitando a toda costa la mirada de la guardiana del fuego del Olimpo.

-¿Por qué no lees tú?- la diosa le paso el libro a Hermes, que estaba simulando tener problemas con las alas de sus zapatillas.- Yo sé que tú quieres sobrinito.

Entre quejas el dios comenzó a leer

Capítulo 4 : Mi madre me enseña a torear.

-Al parecer tu madre sabe de todo.- comentó Orión.

Atravesamos la noche a través de oscuras carreteras comarcales. El viento azotaba el Cámaro. La lluvia golpeaba el parabrisas. Yo no sabía cómo mi madre podía ver algo, pero siguió pisando el acelerador.

-Que hermoso clima. De seguro es obra mía.- se jactó Zeus.

Cada vez que estallaba un relámpago, yo miraba a Grover, sentado junto a mí en el asiento trasero, y pensaba que o me había vuelto majara o él llevaba puestos unos pantalones de alfombra de pelo largo.

-¿Es una broma o qué?- preguntó indignado Grover.

-Pantalones de alfombra de pelo largo, ¿Qué rayos pasa por tu cabeza?- Will no se lo podía creer.- Creo que sería buena idea que te hagamos estudios de la cabeza, porque siento hay algo raro pasando por ahí.

-Yo te digo lo que pasa ahí adentro: Nada.- le contestó Clarisse.

-Ni siquiera a mí se me hubiera ocurrido algo así.- aseguro Lucas.

Percy se limitó a rodar los ojos pensando en lo largo que se iba a hacer esto.

Pero no, tenía aquel olor de las excursiones al zoo de mascotas: olía a lanolina, de la lana; el olor de un animal de granja empapado.

-Oye! Yo no huelo así!.-se quejó el sátiro.

-Si, si lo haces.- Thalìa lo miro divertida por su cara.

- Por Hades! Enebro tenía razón debo usar más seguido ese perfume que me hizo.

Así que tú y mi madre… ¿os conocíais? —se me ocurrió decir.

Los ojos de Grover miraban una y otra vez el retrovisor, aunque no teníamos coches detrás.

No exactamente —contestó—. Quiero decir que no nos conocíamos en persona, pero ella sabía que te vigilaba.

-*Cof Cof acosador Cof Cof*- tosieron los Stoll.

¿Que me vigilabas?

Te seguía la pista. Me aseguraba de que estuvieras bien. Pero no fingía ser tu amigo —añadió rápidamente—. Soy tu amigo.

Vale, pero ¿qué eres exactamente?

-Cuanto tacto.- comentó Piper.

Eso no importa ahora.

¿Que no importa? Mi mejor amigo es un burro de cintura para abajo…

Toda la sala rompió en risas, mientras el joven sátiro lo miraba enojado

-¡¿Un burro?! – gritaba Leo entre las risas.- Eres incurable Percy.

-Como Señor de lo Salvaje me siento completamente indignado. Creo que debería llevarlo al zoológico y darle un par de clases.-le dijo a Annabeth.

Grover soltó un balido gutural.

¡Cabra! —gritó.

¿Qué?

¡Que de cintura para abajo soy una cabra!

-No, de la cintura para abajo es un burro.-lo corrigió Clarie.

Pero si acabas de decir que no importa.

¡Bee-ee-ee! ¡Hay sátiros que te patearían ante tal insulto!

-Yo te patearía pequeño degenerado, y creo que Chuck también lo haría.- confirmo el entrenador Hedge.

-Pero entrenador solo estábamos hablando y nos quedamos dormidos en los establos nada más. No pasó nada raro.- se defendió el hijo de Poseidón

-Mmmmmmmmmm.- dijeron la mayoría de los de los semidioses que los conocían, lanzándole miradas pícaras a la pareja.

-Vayan a dar un paseo por el Hades, nosotros ya llenamos nuestro cupo de visitas.- les respondió la hija de Atenea.- Ya verán que los libros dicen que no les mentimos.

-Lo siento ya baje al infierno durante todas las noche, también llené mi cupo por ahora.-dijo Helena.

-Y en algún momento voy a tener que bajar a vivir hay así que lo siento…- Lucas le lanzó una mirada a Helena que no pasó desapercibida para nadie.

-Yo tengo que guardar mi cupo para ir a visitar a los tortolitos para cuando Hades los llame.- agrego Orión señalando a Lucas y Helena, que pusieron los ojos en blanco.

Hades se preguntaba por qué el muchacho debía vivir en el inframundo cuando el lo llamara. Estas cosas del otro mundo lo confundían bastante y esperaba que los libros pudieran aclarárselo.

¡Uau! Sátiros. ¿Quieres decir criaturas imaginarias como las de los mitos que nos explicaba el señor Brunner?

-Criaturas imaginarias! Puff mira que imaginaros que somos.- replico el entrenador.

¿Eran las ancianas del puesto imaginarias, Percy? ¿Lo era la señora Dodds?

¡Así que admites que había una señora Dodds!

-Pobre el quedo traumado con la señora Dodds.-comentó Piper.

Por supuesto.

Entonces ¿por qué…?

Cuanto menos sepas, menos monstruos atraerás —respondió Grover, como si fuese una obviedad—. Tendimos una niebla sobre los ojos de los humanos. Confiamos en que pensaras que la Benévola era una alucinación. Pero no funcionó porque empezaste a comprender quién eres.

¿Quién…? Un momento. ¿Qué quieres decir?

Volví a oír aquel aullido torturado en algún lugar detrás de nosotros, más cerca que antes. Fuera lo que fuese lo que nos perseguía, seguía nuestro rastro.

Percy —dijo mi madre—, hay demasiado que explicar y no tenemos tiempo. Debemos llevarte a un lugar seguro.

¿Seguro de qué? ¿Quién me persigue?

-No te persigue nada Percy, es solo el viento.-comentó irónicamente Katie.-Un viento por el cual todos entrenamos para matar.

Oh, casi nadie —soltó Grover, aún molesto por mi comentario del burro—. Sólo el Señor de los Muertos y algunas de sus criaturas más sanguinarias.

-Grover!- grito Demeter ante la falta de tacto del comentario.

-Hades!.-gritò al mismo tiempo Poseidón bastante enojado.

¡Grover!

Perdone, señora Jackson. ¿Puede conducir más rápido, por favor?

Intenté hacerme a la idea de lo que estaba ocurriendo, pero fui incapaz. Sabía que no era un sueño. Yo no tenía imaginación. En la vida se me habría ocurrido algo tan raro.

-¿Qué no tienes imaginación?-le preguntó Jason a su amigo, alzando una ceja.

-¿Qué no te estas escuchando? No pasan ni una página sin que pienses o compares las cosas de una manera creativamente divertidas.-lo apoyó Leo.

Mi madre giró bruscamente a la izquierda. Nos adentramos a toda velocidad en una carretera aún más estrecha, dejando atrás granjas sombrías, colinas boscosas y carteles de «Recoja sus propias fresas» sobre vallas blancas.

¿Adonde vamos? —pregunté.

Al campamento de verano del que te hablé.

La voz de mi madre sonó hermética; intentaba no asustarse para no asustarme a mí—. Al sitio donde tu padre quería que fueras.

Al sitio donde tú no querías que fuera.

Por favor, cielo —suplicó mi madre—. Esto ya es bastante duro. Intenta entenderlo. Estás en peligro.

¿Porque unas ancianas cortan hilo?

-No por nada hijo. Mis hermanos no quieren matarte.-resoplo el dios de los mares, mirando disimuladamente a sus hermanos.

No eran ancianas —intervino Grover—. Eran las Moiras. ¿Sabes qué significa el hecho de que se te aparecieran? Sólo lo hacen cuando estás a punto… cuando alguien está a punto de morir.

Un momento. Has dicho estás.

-Qué te vas a morir.-le contestó Thalía.

No, no lo he dicho, he dicho alguien.

Querías decir estás. ¡Te referías a mí!

¡Quería decir estás como cuando se dice alguien, no tú!

-Traducción: que vos te vas a morir.-tradujo Chris asintiendo con la cabeza.

¡Chicos! —dijo mamá.

Giró bruscamente a la derecha y vio justo a tiempo una figura que logró esquivar; una forma oscura y fugaz que desapareció detrás de nosotros entre la tormenta.

¿Qué era eso? —pregunté.

-Tal vez un monstruo amigable que vive en la carretera Percy.- afirmo Jason (d)

Ya casi llegamos —respondió mi madre, haciendo caso omiso de mi pregunta—. Un par de kilómetros más. Por favor, por favor, por favor…

No sabía dónde nos encontrábamos, pero me descubrí inclinado hacia delante, esperando llegar allí cuanto antes.

Fuera, nada salvo lluvia y oscuridad: la clase de paisaje desierto que hay en la punta de Long Island. Pensé en la señora Dodds metamorfoseándose en aquella cosa de colmillos afilados y alas coriáceas. Me estremecí. Realmente no era una criatura humana. Y había querido matarme. Entonces pensé en el señor Brunner… y en su bolígrafo-espada. Antes de que pudiera preguntarle a Grover sobre aquello, se me erizó el vello de la nuca. Hubo un resplandor, una repentina explosión y el coche estalló.

-ZEUS!- el dios del mar tomó su tridente y estaba dispuesto a enterrárselo en la garganta a su hermano menor, si Deméter no lo hubiera calmado.

Recuerdo sentirme liviano, como si me aplastaran, frieran y lavaran todo al mismo tiempo. Despegué la

frente de la parte trasera del asiento del conductor y exclamé:

¡Ay!.

¡Percy! —gritó mi madre.

Intenté sacudirme el aturdimiento. No estaba muerto y el coche no había explotado realmente. Nos habíamos metido en una zanja. Las portezuelas del lado del conductor estaban atascadas en el barro. El techo se había abierto como una cáscara de huevo y la lluvia nos empapaba. Un rayo.

-Papà!- le gritaron Thalía y Jason.- ¿Cómo pudiste hacer eso?

El dios del cielo bajo la cabeza, no le gustaba que sus hijos pensaran màs de el de lo que normalmente la gente hace.

Era la única

explicación. Nos había sacado de la carretera. Junto a mí, en el asiento, Grover estaba inmóvil.

¡Grover!

Tumbado hacia delante, un hilillo de sangre le corría por la comisura de los labios. Le sacudí la peluda cadera mientras pensaba: «¡No! ¡Aunque seas mitad cabra, eres mi mejor amigo y no quiero que te mueras!

-Anda Grover, mueve tu peluda cadera como a Enebro le gusta.- dijo Leo bailando, tratando de animar un poco la sala. Ya que la mayoría se sentía mal por sátiro, en especial Luke.

Comida —gimió, y supe que había esperanza.

-Vaya que forma de tener esperanza.- comentó Hazel.

Percy —dijo mi madre—, tenemos que…

Le falló la voz.

Miré hacia atrás. En un destello de un relámpago, a través del parabrisas trasero salpicado de barro, vi una figura que avanzaba pesadamente hacia nosotros en el recodo de la carretera. La visión me puso piel de gallina. Era la silueta oscura de un tipo enorme, como un jugador de fútbol americano. Parecía sostener una manta sobre la cabeza. Su mitad superior era voluminosa y peluda. Con los brazos levantados parecía tener cuernos.

-No parecía, eran cuernos Sesos de Algas.-lo corrigió Annabeth un poco enojada y preocupada por su novio, a pesar de que sabía perfectamente cómo iba a acabar.

Tragué saliva.

¿Quién es…?

Percy —dijo mi madre, mortalmente sería—. Sal del coche.

-Sí creo que es quien creo que es, es mejor que corras.-comentó Reyna.

-Yo también me estoy haciendo una idea de quién es, y no parece amigable.- dijo Lucas preocupado.

-Percy corre! Raja de ahí ya!.-le grito Hazel al libro.

E intentó abrir su portezuela, pero estaba atascada en el barro. Lo intenté con la mía. También estaba atascada. Miré desesperadamente el agujero del techo. Habría podido ser una salida, pero los bordes chisporroteaban y humeaban.

¡Sal por el otro lado! —urgió mi madre—. Percy, tienes que correr. ¿Ves aquel árbol grande?

-Esa soy yo!

¿Qué?

Otro resplandor, y por el agujero humeante del techo vi lo que me indicaba: un grueso árbol de Navidad del tamaño de los de la Casa Blanca, en la cumbre de la colina más cercana.

-¿Es un insulto o què? Me vez cara de árbol navideño.-lo miro la hija de Zeus furiosa.

-Sigo sin creer que eras un pino.-comentò Leo.-¿No sientes la necesidad de plantarte en un maseta o tomar agua de forma extraña?- ante lo cual se ganó un golpe de Reina de la Belleza y una mirada de té-voy-a-freír que te lanzan los hijos de Zeus.

Ese es el límite de la propiedad, el campamento del que te hablé —insistió mi madre—. Sube a esa

colina y verás una extensa granja valle abajo. Corre y no mires atrás. Grita para pedir ayuda. No pares

hasta llegar a la puerta.

Mamá, tú también vienes.

Tenía la cara pálida y los ojos tristes como cuando miraba el océano—. ¡Venga, mamá! —grité—. Tú

vienes conmigo. Ayúdame a llevar a Grover…

¡Comida! —gimió Grover de nuevo.

El hombre con la manta en la cabeza seguía aproximándose, mientras bufaba y gruñía. Cuando estuvo lo bastante cerca, reparé en que no podía estar sosteniendo una manta sobre la cabeza, porque sus manos, unas manos enormes y carnosas, le colgaban de los costados. No había ninguna manta. Lo que significaba que aquella enorme y voluminosa masa peluda, demasiado grande para ser su cabeza… era su cabeza. Y las puntas que parecían cuernos…

-Y poco a poco va cayendo…-comentó Nico.

No nos quiere a nosotros —dijo mi madre—. Te quiere a ti. Además, yo no puedo cruzar el límite de la propiedad.

Pero…

No tenemos tiempo, Percy. Vete, por favor.

Entonces me enfadé: me enfadé con mi madre, con Grover la cabra y con aquella cosa que se nos echaba encima, lenta e inexorablemente, como un toro.

Trepé por encima de Grover y abrí la puerta bajo la lluvia.

Nos vamos juntos. ¡Vamos, mamá!

Te he dicho que…

¡Mamá! No voy a dejarte. Ayúdame con Grover.

No esperé su respuesta. Salí a gatas fuera y arrastré a Grover.

-Siempre fuiste obstinado, no quisiste dejar a nadie atrás.- le dijo Annabeth a su novio apretándolo en un abrazo de oso.

-No sé como lo haces para ser tan obstinado.- confesó Frank.

-Es que es mi defecto fatídico.- les aseguro Percy

-Por eso no querías dejarnos luchar solos contra Gea.- comprendió Piper.

-GEA?- chilló el señor de los cielos atragantándose. Los dioses parecían a punto de colapsar y a Zoë casi se le salen los ojos de la cara.

-Sí larga historia…-suspiro Hazel.

-Ya vamos a llegar, esta todo en los libros.- explico Jason.

-Sí es Gea no quiero ni imaginarme que va pasar.-comentó Cassandra.

-Yo tampoco pequeña oráculo.- le respondió Apolo.

Me resultó demasiado liviano para sus dimensiones, pero no habría llegado muy lejos si mi madre no me hubiera ayudado.

Nos echamos los brazos de Grover por los hombros y empezamos a subir a trompicones por la colina, a través de hierba húmeda que nos llegaba hasta la cintura.

Al mirar atrás, vi al monstruo claramente por primera vez. Medía unos dos metros, sus brazos y piernas eran algo similar a la portada de la revista Muscle Man: bíceps y tríceps y un montón más de íceps, todos ellos embutidos en una piel surcada de venas como si fueran pelotas de béisbol. No llevaba ropa excepto la interior —unos calzoncillos blancos—, cosa que habría resultado graciosa de no ser porque la parte superior del cuerpo daba tanto miedo. Una pelambrera hirsuta y marrón comenzaba a la altura el ombligo y se espesaba a medida que ascendía hacia los hombros.

El cuello era una masa de músculo y pelo que conducía a la enorme cabezota, que tenía un hocico tan largo como mi brazo, y narinas altivas de las que colgaba un aro de metal brillante, ojos negros y crueles, y cuernos: unos enormes cuernos blanquinegros con puntas tan afiladas como no se consiguen con un sacapuntas eléctrico.

-¿Un montón más de ìceps?

-¿Con un sacapuntas eléctrico?

Preguntaron confundidos los Stoll.

-Y después dice que no tiene imaginación….

-Creo que necesita un cambio de look, con ese aspecto no le voy a dar suerte en el amor.-afirmo Afrodita muy seria.

De repente lo reconocí. Aquel monstruo aparecía en una de las primeras historias que nos había contado el señor Brunner. Pero no podía ser real.

-Claro que es real princesita.- se burló Clarisse.

-OH!El minotauro.-chillò Octavio.

-Y otro que recién caen en la cuenta.-suspiro Clarie.

-Percy, es real, el minotauro te está persiguiendo así que es mejor que corras.-le dijo Hazel al hijo de Poseidón.

-Haze, eso ya pasó ¿Sabes?.. –le contesto este.

Parpadeé para quitarme la lluvia de los ojos.

Es…

El hijo de Pasífae —dijo mi madre—. Ojalá hubiera sabido cuánto deseaban matarte.

Pero es el Min…

No digas su nombre —me advirtió—. Los nombres tienen poder.

-Sally es una mujer muy lista.- alagó Atenea.

-Sí, sabe a lo que se enfrenta, hubiera sido una perfecta cazadora.-suspiro Artemisa.

El árbol seguía demasiado lejos: a unos treinta metros colina arriba, por lo menos.

Volví a mirar atrás.

El hombre toro se inclinó sobre el coche, mirando por las ventanillas. En realidad, más que mirar olisqueaba, como siguiendo un rastro. Me pregunté si era tonto, pues no estábamos a más de quince metros.

¿Comida? —repitió Grover.

Chist —susurré—. Mamá, ¿qué está haciendo? ¿Es que no nos ve?

Ve y oye fatal. Se guía por el olfato. Pero pronto adivinará dónde estamos.

Como si mamá le hubiera dado la entrada, el hombre toro aulló furioso. Agarró el Cámaro de Gabe por el techo rasgado, y el chasis crujió y se resquebrajó. Levantó el coche por encima de su cabeza y lo arrojó a la carretera, donde cayó sobre el asfalto mojado y patinó despidiendo chispas a lo largo de más de cien metros antes de detenerse. El tanque de gasolina explotó.

«Ni un rasguño», recordé decir a Gabe.

¡Vaya!

-JAA! Al diablo con el Càmaro de Gabe, que se joda.-grito Percy

-De seguro va a encontrar una manera de culparte por su auto.- dijo Will.

Percy —dijo mi madre—, cuando te vea embestirá. Espera hasta el último segundo y te apartas de su camino saltando a un lado. No cambia muy bien de dirección una vez se lanza en embestida. ¿Entiendes?

-Esa mujer saber de todo, es perfecta. Te encontrarte una buena tío Percebe.-lo felicito Ares.

¿Cómo sabes todo eso?

Llevo mucho tiempo temiendo este ataque. Debería haber tomado las medidas oportunas. Fui una egoísta al mantenerte a mi lado.

-Bueno un poco si lo fue.- refunfuño Hera desde su trono, ganándose unas cuantas malas miradas por parte de la sala. En especial las de Percy, Hestia, Poseidón, Annabeth, Nico, Thalía y Grover.

¿Al mantenerme a tu lado? Pero qué…

Otro aullido de furia y el hombre toro empezó a subir la colina con grandes pisotones.

Nos había olido.

El solitario pino estaba sólo a unos metros, pero la colina era cada vez más empinada y resbaladiza, y Grover nos pesaba más. El monstruo se nos echaba encima. Unos segundos más y lo tendríamos allí.

Mi madre debía de estar exhausta, pero sostenía a Grover con el hombro.

¡Márchate, Percy! ¡Aléjate de nosotros! Recuerda lo que te he dicho.

No quería hacerlo, pero ella estaba en lo cierto: era nuestra única oportunidad. Eché a correr hacia la izquierda, me volví y vi a la criatura abalanzarse sobre mí. Los oscuros ojos le brillaban de odio. Apestaba como carne podrida. Agachó la cabeza y embistió, apuntando los cuernos afilados como navajas directamente a mi pecho.

El miedo me urgía a salir pitando, pero eso no funcionaría. Jamás lograría huir corriendo de aquella cosa. Así que me mantuve en el sitio y, en el último momento, salté a un lado.

El hombre toro pasó como un huracán, como un tren de mercancías. Soltó un aullido de frustración y se dio la vuelta, pero esta vez no hacia mí, sino hacia mi madre, que estaba dejando a Grover sobre la hierba.

Habíamos alcanzado la cresta de la colina. Al otro lado veía un valle, justo como había dicho mi madre, y las luces de una granja azotada por la lluvia. Pero estaba a unos trescientos metros. Jamás lo conseguiríamos.

El monstruo gruñó, piafando. Siguió mirando a mi madre, que empezaba a retirarse colina abajo, hacia la carretera, tratando de alejarlo de Grover.

¡Corre, Percy! —gritó—. ¡Yo no puedo acompañarte! ¡Corre!

Pero me quedé allí, paralizado por el miedo, mientras la bestia embestía contra ella. Mi madre intentó apartarse, como me había dicho que hiciera, pero esta vez la criatura fue más lista: adelantó una horripilante mano y la agarró por el cuello antes de que pudiese huir. Aunque ella se resistió, pataleando y lanzando puñetazos al aire, la levantó del suelo.

¡Mamá! ¡Aguanta que voy!

Ella me miró a los ojos y consiguió emitir una última palabra:

¡Huye!

Entonces, con un rugido airado, el monstruo apretó las manos alrededor del cuello de mi madre y ella se disolvió ante mis ojos, convirtiéndose en luz, una forma resplandeciente y dorada, como una proyección holográfica. Un resplandor cegador, y de repente… había desaparecido.

-NOOOOOOO!-grito lo sala entera.

-SALLYYY!NOOO! HADES ME LAS VAS A PAGAR MALDITO DESGRACIADO!-tronaba Poseidón.-DEVUELVELA SECUESTRADOR, SALLY NO VA A SER TUYAA!

-Mamààà!-gritaba Percy. El ya conocía el final, todos lo hacían, pero el recuerdo solo lo desesperaba, ahora era como volverlo a vivir.

-Tìaaaaaaaa!-lloriqueaban Nico y Thalía abrazados.

-Le voy a decir a mamá Rea lo màs que te has portado o bueno vas.-dijo calmadamente Hestia, pero luego empezó a gritarle.-¿COMO VAS A HACERLE ESO AL CHICO? MALDITO SEAS, PON A FUNCIONAR ESE ESTÙPIDO CORAZÒN QUE DE VEZ EN CUANDO LATE Y DEVUELVELE LA MADRE AL MUCHACHO!

-Lo de secuestrador lo llevas en la sangre!- le gritaba Deméter.

Cuando la sala se calmó un poco, Hermes pudo continuar con la lectura

¡Noooo!

La ira sustituyó al miedo. Sentí una fuerza abrasadora que me subía por las extremidades: el mismo subidón de energía que me había embargado cuando a la señora Dodds le crecieron garras.

-Patéale el trasero muchacho! Es la fuerza del guerrero.-bramó Ares.

-Nunca pero nunca te metas con la familia de un mestizo monstruo estúpido.-dijo Reyna mirando enojada al libro.

El hombre toro se volvió hacia Grover, que yacía indefenso en la hierba. Se le aproximó, olisqueando a mi mejor amigo como dispuesto a levantarlo y disolverlo también.

No iba a permitirlo.

Me quité el impermeable rojo.

¡Eh, tú! ¡Eh! —grité, mientras sacudía el impermeable, corriendo hacia el monstruo—. ¡Eh, imbécil! ¡Mostrenco!

¡Brrrrr! —Se volvió hacia mí sacudiendo los puños carnosos.

Tenía una idea; una idea estúpida, pero fue la única que se me ocurrió.

-El noventa por ciento de tus ideas son estúpidas, peligrosas, con altas probabilidades de dejarnos muertos a todos, pero aun así funcionan. Y esa es una de las razones por las cuales creo que debajo de todo ese montículo de algas, hay un chico muy listo.- le confesó Annabeth a su novio plantándole un beso en sus labios antes de que este pueda responder. Y Atenea los miraba de reojo…

Me puse delante del grueso pino y sacudí el impermeable rojo ante el hombre toro, listo para saltar a un lado en el último momento.

-Sí es una idea estúpida.- afirmo Rachel.

Pero no sucedió así.

El monstruo embistió demasiado rápido, con los brazos extendidos para cortar mis vías de escape.

El tiempo se ralentizó.

Mis piernas se tensaron. Como no podía saltar a un lado, salté hacia arriba y, brincando en la cabeza de la criatura como si fuera un trampolín, giré en el aire y aterricé sobre su cuello. ¿Cómo lo hice?

-Son tus reflejos naturales de combate.-explico Jason.

-Buenos, muy buenos reflejos.-lo felicito Héctor.

No tuve tiempo de analizarlo. Un micro-segundo más tarde, la cabeza del monstruo se estampó contra el árbol y el impacto casi me arranca los dientes.

El hombre toro se sacudió, intentando derribarme. Yo me aferré a sus cuernos para no acabar en tierra. Los rayos y truenos aún eran abundantes. La lluvia me nublaba la vista y el olor a carne podrida me quemaba la nariz. El monstruo se revolvía girando como un toro de rodeo. Tendría que haber reculado hacia el árbol y aplastarme contra el tronco, pero al parecer aquella cosa sólo tenía una marcha: hacia delante.

-Es como un auto, solo que uno muy atrasado.- razono Leo.-Yo quiero montar un toro.-añadió emocionado

-No te lo recomiendo.-le aconsejo Percy.- Ya tuve suficiente experiencias con toros por el resto de mi vida.

-Escúchalo bien. Vástago o no, no es agradable que un toro te clave los cuernos y te zarandearte. Nosotros vivimos un tiempo en España y participe en una de esas corridas, y créeme no es agradable.- le contó Héctor.

-Y lo peor era que podías correr más rápido que el toro y vencerlo, pero el tonto se quedó ahí parado embobado, y prácticamente tuvimos que sacar al toro del idiota de mi hermano, porque lo atravesó con los cuernos y quedaron unidos.- explico Jason (d)

-Okey es una agradable imagen mental…-dijo Piper cuando un escalofrió le recorrió la espalda y la hizo temblar al imaginarse al corpulento chico rubio con un toro.

Grover seguía gimiendo en el suelo. Quise gritarle que se callara, pero de la manera en que me estaban zarandeando de un lado a otro, si hubiese abierto la boca me habría mordido la lengua.

¡Comida! —insistía Grover.

Solo los más infantiles se rieron ante el comentario del sátiro, los demás estaban súper enfrascascados en la pelea.

El hombre toro se encaró hacia él, piafó de nuevo y se preparó para embestir. Pensé en cómo había estrangulado a mi madre, cómo la había hecho desaparecer en un destello de luz, y la rabia me llenó como gasolina de alto octanaje.

-Eso se llama amor, por tu madre.

-Eso se llama venganza.

Dijeron Afrodita y Ares al mismo tiempo, y la diosa del amor lo fulmino con la mirada. No quería que alentara a que el chico se vuelva vengativo, mejor después cuando tuvieran tiempo para estar ellos dos juntos tendría una charla, bueno si es que su esposo no los cachaba de infraganti de nuevo.

Le agarré un cuerno e intenté arrancárselo con todas mis fuerzas. El monstruo se tensó, soltó un gruñido de sorpresa y entonces… ¡crack! Aulló y me lanzó por los aires. Aterricé de bruces en la hierba, golpeándome la cabeza contra una piedra. Me incorporé aturdido y con la visión borrosa, pero tenía un trozo de cuerno astillado en la mano, un arma del tamaño de un cuchillo.

El monstruo embistió una vez más.

Sin pensarlo, me hice a un lado, me puse de rodillas y, cuando pasó junto a mí como una exhalación, le clavé el asta partida en un costado, hacia arriba, justo en la peluda caja torácica.

-JA!Muérete estúpido!- grito la pretora romana, y luego de darse cuenta de lo que había hecho se sonrojo hasta quedar como el pelo de Rachel.

-Se lo tenía merecido.-justifico Frank.

-Debería depilarse un poco en mi opinión ese toro.- comentó Helena.

El hombre toro rugió de agonía. Se sacudió, se agarró el pecho y por fin empezó a desintegrarse; no como mi madre, en un destello de luz dorada, sino como arena que se desmorona. El viento se lo llevó a puñados, del mismo modo que a la señora Dodds.

La criatura había desaparecido.

-Buen viaje al Tártaro tonto.-se despidió Jason.

-Lástima que no se quedara durante muchos años ahí.

-¿Volvió?- preguntó Dakota, que había estado bastante callado.

-Sì en la batalla de Manhattan, en el puente Williamsburg, no podíamos matarlo con nuestras flechas, era un frente bastante complicado ese que le toco a mi cabaña. Va hasta que Percy y Annabeth llegaron, ahí fue cuando nos cargamos el puente literalmente.-Explico Will.

-¿Se cargaron el puente?-preguntaron los dos Jason a la vez.

-Larga historia, ya va a salir en los libros.- les contesto Will con la cabeza gacha, ese fue el día en que el quedo al mando de la cabaña Apolo, el día en su hermano Michael Yew murió.

La lluvia cesó. La tormenta aún tronaba, pero ya a lo lejos. Apestaba a ganado y me temblaban las rodillas. Sentía la cabeza como si me la hubieran partido en dos.

-Es que de verdad me partieron en dos, el corazón.-confeso Percy.

-Te entiendo.

-Está bien, se lo que siente.

Lo consolaron Piper y Reyna.

Estaba débil, asustado y temblaba de pena. Acababa de ver a mi madre desvanecerse. Quería tumbarme en el suelo y llorar, pero Grover necesitaba ayuda, así que me las apañé para tirar de él y adentrarme a trompicones en el valle, hacia las luces de la granja. Lloraba, llamaba a mi madre, pero seguí arrastrando a Grover: no pensaba dejarlo en la estacada.

-Sé que voy a vivir diciéndotelo pero gracias Percy.- agradeció Grover.

-Que buen amigo.-comento Frank.

Lo último que recuerdo es que me derrumbé en un porche de madera, mirando un ventilador de techo que giraba sobre mi cabeza, polillas revoloteando alrededor de una luz amarilla, y los rostros severos de un hombre barbudo de expresión familiar y una chica guapa con una melena rubia ondulada de princesa.

-Uhhhhhhhh! Ahhhhhhh!- bramaron los griegos y romanos, lanzándoles miradas a la pareja de tortolitos que llevaban toda la lectura sentados juntos.

-Ya ni te conocía y ya pensaba que estabas buena!- aulló Travis.

-Que rápido que sos Percy, todo una máquina a la hora de encontrar al amor de tu vida.-lo aplaudía Leo.

- Awwww amor a primera vista!-chillaba Afrodita largando pétalos de rosa de la alegría.

Ambos tortolitos estaban muy rojos.

-Desde ese instante pensé que era guapa, mi amor.-le susurró Percy al oído de la hija de Atenea, ganándose así otro beso.

Ambos me miraban, y la chica dijo:

Es él. Tiene que serlo.

Silencio, Annabeth —repuso el hombre—. El chico está consciente. Llévalo dentro.

-Cuanto tacto y amor Annie.- dijo Clarisse.

-Hay angelito si él era el amor de tu vida.-suspiro la diosa del amor.

-¿No te imaginabas terminar así, verdad?-le pregunto Piper a su amiga.

-Claro que no, al principio lo odiaba, luego pase a aguantarlo, luego a quererlo como amigo y bue ya sebes el resto.

-Siempre es así.- afirmo Orión, el heredero de la casta de Atenas y líder de la casta de Roma, la casta de Afrodita.


Un poco tarde volví a actualizar, pero don't worry las vacaciones de invierno ya llegaron y tengo muchas ganas de escribir.

Espero que lo disfruten, y voy a tratar de avanzar mas rápido . XOXOXO