-Bien, ese fue todo el capítulo. ¿Quién sigue ahora?-preguntó Perséfone poniendo con delicadeza una flor señalando el nuevo capítulo.

La sala se llenó de un silencio incómodo que solamente fue roto por la diosa de la primavera.

-Yo no pienso seguir, el capítulo fue bastante largo y supongo que muy esclarecedor para nuestros invitados del otro mundo.-dijo la diosa ofreciéndoles una sonrisa.-Y al parecer ninguno va estar dispuesto a leer sin que haya peleas o quejas. Así que les propongo a todos los presentes que si se les ocurre una forma imparcial y no conflictiva de escoger a los oradores será bienvenida.

La mayoría de los dioses estuvieron de acuerdo con la propuesta y la sala volvió a quedar en silencio mientras todos los presentes pensaban en algo.

-Ya se!-grito Ares.- Pongamos a luchar a estos enclenques, los dividimos en equipos según sus padres, el primer equipo en ser eliminado es el progenitor que va a leer.

-Por supuesto que no.-lo reprocho Atenea.- Es una pésima estrategia porque 1) algunos tenemos un solo hijo presente, 2) eso sería fomentar todo lo opuesto a lo que las parcas nos encomendaron y por tercero…

-BASTA.-la cayó Zeus deteniendo un posible discurso con efectos anestésicos.-Gracias hija, ya entendimos el mensaje: Mala Idea.

Hubo más propuestas, por ejemplo competencias de avioncitos de papel (Idea de los Stoll) pero todas fueron rechazadas, hasta que…

-¿Y sí hacemos una ruleta?.-sugirió Hazel.

-Si esa es una buena idea, porque se dejaría complemente al azar el resultado.-la apoyó Helena.

-Tiene muchas ventajas.-reflexiono Annabeth.- Aunque deberíamos establecer algunas reglas, como por ejemplo que él que se reúse a aceptar el resultados será castigado agregándole un capítulo más por cada queja.

-Y que si por ejemplo acabo de leer y no me queje de la decisión anterior de la ruleta, pueda volver a girarla en caso de que me toque de nuevo .-añadió Clarie.- justo después de que termine de leer.- dijo al final al ver la cara de Hermes.

-A mí parecer que es una buena solución. ¿Qué piensas hija mía?- se dirigió Zeus a la diosa de la sabiduría.

-Hasta ahora es la propuesta más lógica, aunque es algo complicado lo del azar, pero bueno esperemos no haber enojado a nadie que pueda afectar nuestra suerte.

-Entonces que sea así.- decretó el señor de los cielos.

Hefesto dijo que creía tener una vieja ruleta de un programa de televisión entre la chatarra de su taller, así que fue a buscarla. Cuando la trajo, Leo se encargó de quitar esos carteles viejos con cantidades de dinero y cambiarlos por unos nuevos con los nombre de los dioses que se encargó de diseñar. Al terminar consiguieron una funcional ruleta olímpica, como decidió llamarla el joven usuario del fuego.

Le cedieron los honres de inaugurarla a Hazel, porque fue su idea, y a Clarie y Annabeth por ser quienes redactaran las leyes de la ruleta.

-Y el nuevo narrador es…..-dijo Afrodita como presentadora de TV- DIONISIO!Felicitaciones.

-A no! YO NO VOY A LEER NADA SOBRE ESTE DESGRACIADO.-se reusó el dios del vino.-Ni lo loco.

-TRES QUEJAS!-gritó Apolo como un niño pequeño.-Tiene que leer tres capítulos.

Al ver que Dionisio iba a abrir la boca nueva nuevamente Zeus decidió intervenir.

-Córtala! Vas a leer tres capítulos te guste o no. Y yo lo decretó.-lo cayó el rey de los dioses.

Medio refunfuñado medio gruñendo el señor D. tomó el libro y comenzó a leer.

Capítulo 7: Mi cena se desvanece en humo

-ALTO!ALTO!ALTO!-paró la lectura Deméter.

-¿Y ahora qué?-preguntó enojado el señor D.

-Que ya es medio día! O piensas morirte a hambre?- le respondió la diosa.

Hestia se encargó de hacer aparecer unas mesas de picnic enfrente de los semidioses repletas de delicias inimaginables. Desde hamburguesas, hasta pollos al horno enteros y pilas de sándwiches. Todas fueron bien recibidas por los rugientes estómagos de los semidioses. Y a su vez cada dios recibió un paquete especial con su alimento de preferencia, a excepción de Dionisio que tenía que leer.

La historia del incidente en el lavabo se extendió de inmediato. Dondequiera que iba, los campistas me señalaban y murmuraban algo sobre el episodio. O puede que sólo miraran a Annabeth, que seguía bastante empapada.

Me enseñó unos cuantos sitios más: el taller de metal (donde los chicos forjaban sus propias espadas), el taller de artes y oficios (donde los sátiros pulían una estatua de mármol gigante de un hombre cabra), el rocódromo, que en realidad consistía en dos muros enfrentados que se sacudían violentamente, arrojaban piedras, despedían lava y chocaban uno contra otro si no llegabas arriba con la suficiente celeridad.

-Definitivamente tenemos que ir ahí.- decretó Héctor mientras sacudía su hamburguesa para todos lados. Los tomates, para espanto de Katie, estaban en el camino de salir volando hacia su cara si es que la sacudía nuevamente.

Por último, regresamos al lago de las canoas, donde un sendero conducía de vuelta a las cabañas.

Tengo que entrenar —dijo Annabeth sin más—. La cena es a las siete y media. Sólo tienes que seguir desde tu cabaña hasta el comedor.

Annabeth, siento lo ocurrido en el lavabo.

No importa.

-Fue genial Percy.-admitió Annabeth.

No ha sido culpa mía.

-Fo, fue fulpa fe finodoro.-dijo Nico con la boca llena de puré.

Me miró con aire escéptico, y reparé en que sí había sido culpa mía. Había provocado que el agua saliera disparada desde todos los grifos. No entendía cómo, pero los baños me habían respondido. Las tuberías y yo nos habíamos convertido en uno.

-No sabía que eras mitad tubería.-comento Chris provocando que los Stolls rieran

Tienes que hablar con el Oráculo —dijo Annabeth.

¿Con quién?

No con quién, sino con qué. El Oráculo. Se lo pediré a Quirón.

-Nosotras no somos ninguna cosa.-salió Casandra a la defensiva.- Somos personas.

-Estoy de acuerdo con eso. Aunque se refería en ese momento a que él oráculo era una momia podrida.- le explico Rachel.

Miré el fondo del lago, deseando que alguien me diera una respuesta directa por una vez.

No esperaba que nadie me devolviera la mirada desde el fondo, así que me quedé de una pieza cuando noté que había dos adolescentes sentadas con las piernas cruzadas en la base del embarcadero, a unos seis metros de profundidad. Llevaban pantalones vaqueros y camisetas verde brillante, y la melena castaña les flotaba suelta por los hombros mientras los pececillos las atravesaban en todas direcciones. Sonrieron y me saludaron como si fuera un amigo que no veían desde hacía mucho tiempo.

-Saben que eres mi hijo.-le explico Poseidón.- No tendrás que preocuparte por ellas.

Atónito, les devolví el saludo.

No las animes —me avisó Annabeth—. Las náyades son terribles como novias.

*Cof Cof celos Cof Cof*- disimulo Will.

¿Náyades? —repetí, y sentí que aquello me superaba—. Hasta aquí hemos llegado. Quiero volver a casa ahora.

-Bebe de mama, anda a llorar a la iglesia.-se burló el dios de la guerra.

Annabeth puso ceño.

¿Es que no lo pillas, Percy? Ya estás en casa. Éste es el único lugar seguro en la tierra para los chicos como nosotros.

-¿El único?-preguntó preocupado Jason (d)

-No, también está el Campamento Júpiter.-le explico Frank.- Solo que ahí no sabían de nuestra existencia.

¿Te refieres a chicos con problemas mentales?

Algunos se sintieron ofendidos y otros lo tomaron con bastante gracia.

Me refiero a no humanos. O por lo menos no del todo humanos. Medio humanos.

¿Medio humanos y medio qué?

-En tu caso, medio tubería.-río Will.

Creo que ya lo sabes.

No quería admitirlo, pero me temo que sí lo sabía. Sentí un leve temblor en las extremidades, una sensación que a veces tenía cuando mamá hablaba de mi padre.

-No, creo que en esa ocasión fue una descarga que te envié desde mi raíces por ser tan terco como una mula.- y así fue como la hija de Zeus terminó empapada de pies a cabeza en coca-cola zero.

Dios —contesté—. Medio dios.

-Al fin! Por Zeus ya era hora.- dijo Jason alabando al cielo.

Annabeth asintió.

Tu padre no está muerto, Percy. Es uno de los Olímpicos.

Eso es… un disparate.

¿Lo es? ¿Qué es lo más habitual en las antiguas historias de los dioses? Iban por ahí enamorándose de humanos y teniendo hijos con ellos, ¿recuerdas? ¿Crees que han cambiado de costumbres en los últimos milenios?

-Siendo sinceros algo si cambiamos, pero todavía mantenemos una cuantas tradiciones divertidas.- afirmó Hermes levantando las cejas misteriosamente.

Pero eso no son más que… —Iba a decir mitos otra vez, pero recordé la advertencia de Quirón: al cabo de dos mil años yo también podría ser considerado un mito—. Pero si todos los chicos que hay aquí son medio dioses…

Semidioses —apostilló Annabeth—. Ése es el término oficial. O mestizos, en lenguaje coloquial.

Entonces ¿quién es tu padre?

Aferró con fuerza la barandilla. Tuve la impresión de haber tocado un tema delicado.

Mi padre es profesor en West Point —me dijo—. No lo veo desde que era muy pequeña. Da clases de Historia de Norteamérica.

-Frederick es un genio.- coincidieron Percy y Thalía.

Entonces es humano.

Pues claro. ¿Acaso crees que sólo los dioses masculinos pueden encontrar atractivos a los humanos? ¡Qué sexista eres!

-Coincido completamente.- dijo con seguridad Artemisa. Y Percy deseó no haber dicho eso.

¿Quién es tu madre, pues?

Cabaña seis.

¿Qué es?

-Una cabaña.-le respondió Chris al Percy de 12 años.

-A menos que sea la cueva de un chancho volador que tú la vez como cabaña por la niebla.- bromeó Leo.

-No me hables de chanchos voladores, ya tuve suficiente de esos.- dijo Percy dejando a Leo intrigado.

Annabeth se irguió.

Atenea, diosa de la sabiduría y la batalla.

«Vale —pensé—. ¿Por qué no?» Y formulé la pregunta que más me interesaba:

¿Y mi padre?

Por determinar —repuso Annabeth—, como te he dicho antes. Nadie lo sabe.

Excepto mi madre. Ella lo sabía.

Puede que no, Percy. Los dioses no siempre revelan sus identidades.

Mi padre lo habría hecho. La quería.

Annabeth respondió con mucho tacto; no quería desilusionarme.

Puede que tengas razón. Puede que envíe una señal. Es la única manera de saberlo seguro: tu padre tiene que enviarte una señal reclamándote como hijo. A veces ocurre.

-Claro que lo voy a hacer. No me importa que problema tengan mis hermanos con eso, pero yo Poseidón dios de los mares juro por el río Estigio que voy a reclamarte.- y un trueno retumbo en toda la sala, provocado que algunos vástagos como Lucas que no se esperaba eso doblara los cubiertos de plata.

-Sí que vas al gimnasio.-se dirigió Katie a al vástago que trataba de enderezar el tenedor.

-Es que los vástagos tenemos por decirlo en criollo "Superfuerza y velocidad", además que nos curamos a una velocidad increíble.-explico el chico que ahora había pasado a la reparación del cuchillo.

-Sería inútil que trataras de usar armas de fuego contra nosotros.-añadió Héctor.

-¿Y entonces que los deriva, muchacho?-le pregunto Ares que estaba muy metido en el tema.

-Flechas, obviamente disparadas con la precisión y la fuerza de un vástago.-le respondió el rubio musculoso.- Por eso es más útil el combate cuerpo a cuerpo, o las espadas y armas tradiciones en general.

- Mmmm interesante…-se puso a reflexionar el dios belicoso mientras almorzaba su cajita feliz.

¿Quieres decir que a veces no?

Annabeth recorrió la barandilla con la mano.

Los dioses están ocupados. Tienen un montón de hijos y no siempre… Bueno, a veces no les importamos, Percy. Nos ignoran.

-Eso va dejar de ser un hecho muy pronto.- afirmó con firmeza Luke, esperando que los dioses lo oyeran.

Pensé en algunos chicos que había visto en la cabaña de Hermes, adolescentes que parecían enfurruñados y deprimidos, como a la espera de una llamada que jamás llegaría. Había conocido chicos así en la academia Yancy, enviados a internados por padres ricos que no tenían tiempo para ellos. Pero los dioses deberían comportarse mejor, ¿no?

-Peor.-volvió a intervenir el hijo de Hermes.

Así que estoy atrapado aquí, ¿verdad? —dije—. ¿Para el resto de mi vida?

A Piper ese comentario le recordó un poco a que cuando ella llego al campamento por primera vez, también quería irse de ahí cuanto antes.

-Ahora ya no me parece un infierno.-admitió Percy.- Es como uno de los mejores lugares en el mundo.-y varios mestizos coincidieron con él.

Depende. Algunos campistas se quedan sólo durante el verano. Si eres hijo de Afrodita o Deméter, probablemente no seas una fuerza realmente poderosa. Los monstruos podrían ignorarte, y en ese caso te las arreglarías con unos meses de entrenamiento estival y vivirías en el mundo mortal el resto del año.

-EHHHH!- chillaron ambas diosas nombras.

-Con que somos unas fuerzas menores, rubiecita insolente.-le grito la diosa del amor a Annabeth.- Ya vas ver, lo siento por tu novio, él es un bombón.-Percy ya perdió la cuenta de la cantidad de veces que se ruborizó ese día. En cierto modo Afrodita lo aterraba a veces.

-¿Qué problema tienen con mis hijos? Ya van a ver lo que pasa si me meten con los hijos de esta diosa.-amenazó Deméter.

-Lo siento mucho, de verdad lo digo. En ese momento era muy necia y no sabía las pelotudeces que decía. Ustedes no son para nada fuerzas menos, sin ustedes hoy no estaríamos acá y ahora lo entiendo.- se disculpó de todo corazón la rubia de ojos grises.

Al escuchar esas palabras de la boca de su amiga, Thalía casi se atraganta con un trozó de jamón. La Annabeth del pasado jamás reconocería fácilmente eso.

-Disculpas aceptada divina.-la perdonó la diosa del amor.

Pero para algunos de nosotros es demasiado peligroso marcharse. Somos anuales. En el mundo mortal atraemos monstruos; nos presienten, se acercan para desafiarnos. En la mayoría de los casos nos ignoran hasta que somos lo bastante mayores para crear problemas, ya sabes, a partir de los diez u once años. Pero después de esa edad, la mayoría de los semidioses vienen aquí si no quieren acabar muertos. Algunos consiguen sobrevivir en el mundo exterior y se convierten en famosos. Créeme, si te dijera sus nombres los reconocerías. Algunos ni siquiera saben que son semidioses. Pero, en fin, son muy pocos.

-Son como los tigres bengala.-comparó Grover.- Están en vía de extinción.

¿Así que los monstruos no pueden entrar aquí?

Annabeth meneó la cabeza.

No a menos que se los utilice intencionadamente para surtir los bosques o sean invocados por alguien de dentro.

¿Por qué querría nadie invocar a un monstruo?

-Me hago la misma pregunta.-dijo Dakota.

Para combates de entrenamiento. Para hacer chistes prácticos.

-¿Chistes prácticos?- preguntó Hazel.

¿Chistes prácticos?

Algunos rieron ante la coincidencia.

Lo importante es que los límites están sellados para mantener fuera a los mortales y los monstruos. Desde fuera, los mortales miran el valle y no ven nada raro, sólo una granja de fresas.

¿Así que tú eres anual?

Annabeth asintió. Por el cuello de la camiseta se sacó un collar de cuero con cinco cuentas de arcilla de distintos colores. Era igual que el de Luke, pero el de ella también llevaba un grueso anillo de oro, como un sello.

Estoy aquí desde que tenía siete años —dijo—. Cada agosto, el último día de la sesión estival, te otorgan una cuenta por sobrevivir un año más. Llevo más tiempo aquí que la mayoría de los consejeros, y ellos están todos en la universidad.

-Es mucho más inteligente el método del collar y menos permanente que el suyo.- comentó Piper haciendo referencia a los tatuajes marcados a fuego de los romanos.

-Y más estúpido e infantil.- le respondió Octavio escupiendo trocitos de comida mientras hablaba.- Típico de graecus.

¿Cómo llegaste tan pronto?

Hizo girar el anillo de su collar.

Eso no es asunto tuyo.

-Cuanto tacto princesita.- dijo irónicamente Héctor.

-Aca la Reina de la Belleza es Piper.-anunció Leo.

-¿Y eso que tiene que ver con que me haya dicho princesa a mí?-le preguntó Annabeth.

-Qué bueno…tu eres princesa…y Piper reina…-trató de explicarse Leo rascándose la cabeza.

- Annie es solamente princesa y reina mía.- saltó un celoso y enamorado hijo de Poseidón. Afrodita se derrito por dentro al oírlo, al igual que cierta Chica Sabia.

Ya. —Guardé un incómodo silencio—. Bueno, y… ¿podría marcharme de aquí si quisiera?

Sería un suicidio, pero podrías, con el permiso del señor D o de Quirón. Por supuesto, no dan ningún permiso hasta el final del verano a menos que…

¿A menos qué?

Que te asignen una misión. Pero eso casi nunca ocurre. La última vez… —Dejó la frase a medias; su tono sugería que la última vez no había ido bien.

En la enfermería —dije—, cuando me dabas aquella cosa…

Ambrosía.

-Qué algún día comeré.-suspiro Héctor.

-¿Queres? Acá tengo.- le dijo Apolo al rubio ofreciéndole su plato.

Héctor fue corriendo a buscarlo, pero Helena, Lucas y Orión que se movieron a una velocidad vertiginosa salieron corriendo tras él y saltaron sobre él para detenerlo. Y se lo llevaron a las rastras de nuevo a la mesa picnic.

-No sabemos si eso puede matarte, tonto.- lo retó Andy.- ¿Estas buscando morirte de nuevo?

Sí. Me preguntaste algo del solsticio de verano.

Los hombros de Annabeth se tensaron.

¿Así que sabes algo?

Bueno… no. En mi antigua escuela oí hablar a Grover y Quirón acerca de ello. Grover mencionó el solsticio de verano. Dijo algo como que no nos quedaba demasiado tiempo para la fecha límite. ¿A qué se refería?

Ojalá lo supiera. Quirón y los sátiros lo saben, pero no tienen intención de contármelo. Algo va mal en el Olimpo, algo importante. La última vez que estuve allí todo parecía tan normal…

¿Has estado en el Olimpo?

-¿Y quién no?- exclamó Travis. Ante lo cual todos los vástagos y romanos presentes alzaron sus manos en señal de negación.

-Pero ahora si están.-dijo Connor con una de esas sonrisas dignas de Hermes.

Algunos de los anuales (Luke, Clarisse, yo y otros) hicimos una excursión durante el solsticio de invierno. Es entonces cuando los dioses celebran su gran consejo anual.

Pero… ¿cómo llegaste hasta allí?

-Exactamente quiero saber eso.- exclamó Clarie.

En el ferrocarril de Long Island, claro. Bajas en la estación Penn. Edificio Empire State, ascensor especial hasta el piso seiscientos. —Me miró como si estuviera segura de que eso ya tenía que saberlo—. Eres de Nueva York, ¿no?

-¿QUEEEE?-chilló la chica asiática.- El Empire State, no me lo creo. Estamos en el Empire State en un piso seiscientos, tengo que ver eso por dios.

-Luego se lo mostramos, no hay problema.- le prometió con amabilidad Hestia.

Sí, desde luego. —Lo era, pero por lo que sabía sólo había ciento dos pisos en el Empire State. Decidí no mencionarlo.

Justo después de la visita —prosiguió Annabeth—, el tiempo comenzó a cambiar, como si hubiera estallado una trifulca entre los dioses. Desde entonces, he escuchado a escondidas a los sátiros un par de veces. Lo máximo que he llegado a colegir es que han robado algo importante. Y si no lo devuelven antes del solsticio de verano, se va a liar. Cuando llegaste, esperaba… Quiero decir… Atenea se lleva bien con todo el mundo, menos con Ares. Bueno, claro, y está la rivalidad con Poseidón. Pero, aparte de eso, creí que podríamos trabajar juntos. Pensaba que sabrías algo.

-Mmm ya lo querías apartar todito para vos sola.- comento Will con una mirada pícara en su cara dirigida a la hija de Atenea.

Negué con la cabeza. Ojalá hubiera podido ayudarla, pero me sentía demasiado hambriento, cansado y sobrecargado mentalmente para seguir haciendo preguntas.

-Sí hubieras dicho eso hace 20 minutos atrás, te hubiera dicho exactamente lo mismo.- comentó Helena.

Tengo que conseguir una misión —murmuró Annabeth para sí—. Ya no soy una niña. Si sólo me contaran el problema…

Olí humo de barbacoa que llegaba de alguna parte cercana.

-Por cierto ¿Alguien me pasa la salsa barbacoa?- interrumpió Hermes.

Annabeth debió de escuchar los rugidos de mi estómago, pues me dijo que me adelantara, ella me alcanzaría después. La dejé en el embarcadero, recorriendo la barandilla con un dedo como si trazara un plan de batalla.

-De seguro estaba haciendo eso.- afirmo Clarisse.- Ese maldito plan…

De vuelta en la cabaña 11, todo el mundo estaba hablando y alborotaba mientras esperaban la cena. Por primera vez, advertí que muchos campistas tenían rasgos similares: narices afiladas, cejas arqueadas, sonrisas maliciosas.

-Pero si nuestras sonrisas enamoran.- se jactó Connor.

-Una de las mejores sonrisas para conquistar chicas, sin duda.- agregó el dios de los ladrones.

Eran la clase de chicos que los profesores señalarían como problemáticos. Afortunadamente, nadie me prestó demasiada atención mientras me dirigía a mi sitio en el suelo y dejaba allí mi cuerno de minotauro.

El consejero, Luke, se me acercó. También tenía el parecido familiar de Hermes, aunque deslucido por la cicatriz de su mejilla derecha, pero su sonrisa estaba intacta.

Te he encontrado un saco de dormir —dijo—. Y toma, te he robado algunas toallas del almacén del campamento.

- No se podía saber si bromeaba o no a propósito del robo.

- Al fin al cabo está siendo generoso.- comentó Reyna.

Gracias —contesté.

De nada. —Se sentó a mi lado y se recostó contra la pared—. ¿Ha sido duro tu primer día?

No pertenezco a este lugar. Ni siquiera creo en los dioses.

Ya —contestó—. Así empezamos todos. Y luego, cuando empiezas a creer en ellos, tampoco es más fácil.

Su amargura me sorprendió, porque Luke parecía un tipo que se tomaba las cosas con filosofía. Parecía capaz de controlar cualquier situación.

¿Así que tu padre es Hermes? —le pregunté.

Se sacó una navaja automática del bolsillo y por un instante pensé que iba a destriparme, pero sólo se quitó el barro de la sandalia.

Sí, Hermes.

El tipo de las zapatillas con alas.

-Al menos no dijo el tipo del palo y las serpientes.- suspiro el aludido.

Ese. Los mensajeros. La medicina. Los viajantes, mercaderes, ladrones. Todos los que usan las carreteras. Por eso estás aquí, disfrutando de la hospitalidad de la cabaña once. Hermes no es quisquilloso a la hora de patrocinar.

Supuse que Luke no pretendía llamarme don nadie.

¿Has visto a tu padre? —pregunté.

Una vez.

Esperé, convencido de que si quería contármelo lo haría. Al parecer no quería. Me pregunté si la historia tendría algo que ver con el origen de su cicatriz.

Luke levantó la cabeza y se obligó a sonreír.

No te preocupes, Percy. Los campistas suelen ser buena gente. Después de todo, somos familia lejana, ¿no? Nos cuidamos unos a otros.

Parecía entender lo perdido que me sentía, y se lo agradecí porque un tipo mayor como él —aunque fuera consejero— se habría mantenido alejado de un pringado de instituto como yo. Pero Luke me había dado la bienvenida a la cabaña. Incluso había birlado para mí algunos artículos de baño, que era lo más bonito que había hecho nadie por mí aquel día.

Decidí hacerle mi gran pregunta, la que llevaba incordiándome toda la tarde.

Clarisse, de Ares, ha gastado bromas sobre que yo sea material de los «Tres Grandes». Después Annabeth, en dos ocasiones, ha dicho que yo podría ser «el elegido». Me dijo que tendría que hablar con el Oráculo. ¿De qué va todo eso?

Luke cerró su navaja.

Odio las profecías.

-Todos las odiamos.- masculló Piper mientras disfrutaba de su menú vegetariano.

¿Qué quieres decir?

Apareció un tic junto a la cicatriz.

Digamos que la lié a base de bien. Durante los últimos dos años, desde que fallé en mi viaje al Jardín de las Hespérides, Quirón no ha vuelto a permitir más misiones. Annabeth se muere de ganas de salir al mundo. Estuvo dándole tanto la paliza a Quirón que al final le dijo que él ya conocía su destino. Tenía una profecía del Oráculo. No se lo contó todo, pero le dijo que Annabeth no estaba destinada a partir aún en una misión. Tenía que esperar a que alguien especial llegara al campamento.

¿Alguien especial?

-Osea muaa!-se señalo Percy.

No te preocupes, chaval —repuso Luke—. A Annabeth le gusta pensar que cada nuevo campista que pasa por aquí es la señal que ella está esperando. Venga, vamos, es la hora de la cena.

Al momento de decirlo, sonó un cuerno a lo lejos. De algún modo supe que era el caparazón de una caracola, aunque jamás había oído uno antes.

-Esta en tus instintos que heredaste de mí.-le explico Poseidón.

¡Once, formad en fila! —vociferó Luke.

La cabaña al completo, unos veinte, formamos en el espacio común. La fila iba por orden de antigüedad, así que yo era el último. Los campistas llegaron también de otras cabañas, excepto de las tres vacías del final, y de la número 8, que parecía normal de día, pero que ahora que se ponía el sol empezaba a brillar argentada.

Subimos por la colina hasta el pabellón del comedor. Se nos unieron los sátiros desde el prado. Las náyades emergieron del lago de las canoas. Unas cuantas chicas más salieron del bosque; y cuando digo del bosque, quiero decir directamente del bosque. Una niña de unos nueve o diez años surgió del tronco de un arce y llegó saltando por la colina.

-Una cena de ensueño con las criaturitas del bosque.-bromeó Nico.

En total, habría unos cien campistas, una docena de sátiros y otra docena surtida de ninfas del bosque y náyades.

En el pabellón, las antorchas ardían alrededor de las columnas de mármol. Una hoguera central refulgía en un brasero de bronce del tamaño de una bañera. Cada cabaña tenía su propia mesa, cubierta con un mantel blanco rematado en morado. Cuatro mesas estaban vacías, pero la de la cabaña 11 estaba llena en exceso. Tuve que apretujarme al borde de un tronco con medio cuerpo colgando.

Vi a Grover sentado a la mesa 12 con el señor D, unos cuantos sátiros y una pareja de chicos rubios regordetes clavados al señor D. Quirón estaba de pie a un lado, la mesa de picnic era demasiado pequeña para un centauro.

-No soy exactamente igual a papá.- se quejó Pollux.

Annabeth se hallaba en la mesa 6 con un puñado de chavales de aspecto atlético y serio, todos con sus ojos grises y el pelo rubio color miel.

Clarisse se sentaba detrás de mí en la mesa de Ares. Al parecer había superado el remojón, porque estaba riendo y eructando con todos sus amigos.

-Ahyy por Zeus!.- chilló indignada Afrodita.

Al final, Quirón coceó el suelo de mármol blanco del pabellón y todo el mundo guardó silencio. Levantó su copa y brindó:

¡Por los dioses!

Las ninfas del bosque se acercaron con bandejas de comida: uvas, manzanas, fresas, queso, pan fresco, y sí, ¡barbacoa! Tenía el vaso vacío, pero Luke me dijo:

Háblale. Pide lo que quieras beber… sin alcohol, por supuesto.

Coca-Cola de cereza —dije. El vaso se llenó con un líquido de color caramelo burbujeante. Entonces tuve una idea—. Coca-Cola de cereza azul.

-Que gran truco.-suspiro Dakota imaginándose que podía llegar a usarlo de por vida.

El refresco se volvió de una tonalidad cobalto intenso. Bebí un sorbo. Perfecto.

Brindé por mi madre. «No se ha ido —me dije—. Al menos no permanentemente. Está en el inframundo. Y si eso es un lugar real, entonces algún día…»

-No estaba secuestrada…-refunfuño Poseidón lanzándole unas cuantas miradas al secuestrador de su Sally.

Aquí tienes, Percy —me dijo Luke tendiéndome una bandeja de jamón ahumado.

-Qué suerte que ahora si estamos comiendo.- dijo felizmente Rachel.

Llené mi plato y me disponía a comer cuando observé que todo el mundo se levantaba y llevaban sus platos al fuego en el centro del pabellón. Me pregunté si irían por el postre.

Will y los Stolls lo aplaudieron ante su comentario del postre.

Ven —me indicó Luke.

Al acercarme, vi que todos tiraban parte de su comida al fuego: la fresa más hermosa, el trozo de carne más jugoso, el rollito más crujiente y con más mantequilla.

Luke me murmuró al oído:

Quemamos ofrendas para los dioses. Les gusta el olor.

-Qué desperdició, sin ofender.-comentó Helena.

Estás de broma.

-No idiota.- le dijo Nico.

Su mirada me advirtió que no era ninguna broma, pero no pude evitar preguntarme por qué a un ser inmortal y todopoderoso le gustaba el olor de la comida abrasada. Luke se acercó al fuego, inclinó la cabeza y arrojó un gordo racimo de uvas negras.

Hermes —dijo.

Yo era el siguiente.

Ojalá hubiera sabido qué nombre de dios pronunciar. Al final, opté por una petición silenciosa: «Quienquiera que seas, dímelo. Por favor.» Me incliné y eché una gruesa rodaja de jamón al fuego, y afortunadamente no me asfixié con el denso humo que desprendía la hoguera.

-Gracias hijo, eso de estar espectacular. Siempre te voy a estar escuchando.

No olía en absoluto a comida quemada, sino a chocolate caliente, bizcocho recién hecho, hamburguesas a la parrilla y flores silvestres, y otras cosas deliciosas que no deberían haber combinado bien, pero que sin embargo lo hacían. Casi llegué a creer que los dioses podían alimentarse de aquel humo.

-Ahora quiero alimentarme a base de ese humo.- anunció Héctor.

-Ni lo sueñes.-le advirtió Andy.

Cuando todo el mundo regresó a sus asientos y hubo terminado su comida, Quirón volvió a cocear el suelo para llamar nuestra atención.

El señor D se levantó con un gran suspiro.

Sí, supongo que es mejor que os salude a todos, mocosos. Bueno, hola. Nuestro director de actividades, Quirón, dice que el próximo capturar la bandera es el viernes. De momento, los laureles están en poder de la cabaña cinco.

En la mesa de Ares se alzaron vítores amenazadores.

Personalmente —prosiguió el señor D—, no podría importarme menos, pero os felicito. También debería deciros que hoy ha llegado un nuevo campista. Peter Johnson.

-¿Pero no te llamas Percy Jackson?-preguntó Lucas.

-Deja de interrumpir Lucy.-le espetó el señor D y continuo leyendo.

Por lo bajo Will le susurró que susurró que siempre dice mal todos los nombres.

Quirón se inclinó y le murmuró algo—. Esto… Percy Jackson —se corrigió el señor D—. Pues muy bien. Hurra y todo eso. Ahora podéis sentaros alrededor de vuestra tonta hoguera de campamento. Venga.

-DIONISIO! Estas con chicos y más respeto a mi hoguera.-lo reprendió Hestia.

Todo el mundo vitoreó. Nos dirigimos al anfiteatro, donde la cabaña de Apolo dirigió el coro. Cantamos canciones de campamento sobre los dioses, comimos bocadillos de galleta, chocolate y malvaviscos y bromeamos, y lo más curioso fue que ya no me pareció que estuvieran todos mirándome. Me sentí en casa.

-Suena increíble. Ojala pudiera compartir esa experiencia.- deseó Andy.

-Y lo vamos a hacer.-le prometió Annabeth con una sonrisa.

Más tarde, por la noche, cuando las chispas de la hoguera ascendían hacia un cielo estrellado, la caracola volvió a sonar y todos regresamos en fila a las cabañas. No me di cuenta de lo cansado que estaba hasta que me derrumbé en el saco de dormir prestado.

Mis dedos se cerraron alrededor del cuerno del Minotauro. Pensé en mi madre, pero sólo tuve buenos pensamientos: su sonrisa, las historias que me leía antes de irme a la cama cuando era pequeño, la manera en que me decía que no dejara que me picaran los mosquitos.

Cuando al final cerré los ojos, me dormí al instante.

Ese fue mi primer día en el Campamento Mestizo.

Ojalá hubiera sabido qué poco iba a disfrutar de mi nuevo hogar.

-No me gustó para nada esa frase.

Capítulo 8: Capturamos una bandera.

-Seee!Esto se va poner picante.- gritaron los Stolls peleando con pechugas de pollo como sí fueran espadas.

Los siguientes días me acostumbré a una rutina que casi parecía normal, si exceptuamos el hecho de que me daban clase sátiros, ninfas y un centauro.

-Totalmente normal.-dijo Clarie con evidente sarcasmo.

Cada mañana recibía clases de griego clásico de Annabeth, y hablábamos de los dioses y diosas en presente, lo que resultaba bastante raro. Descubrí que Annabeth tenía razón con mi dislexia: el griego clásico no me resultaba tan difícil de leer. Al menos no más que el inglés. Tras un par de mañanas, podía recorrer a trompicones unas cuantas frases de Homero sin que me diera demasiado dolor de cabeza.

-Y aunque no lo parezca eso fue toda una hazaña para mí.- afirmó Percy.

El resto del día probaba todas las actividades al aire libre, buscando algo en lo que fuera bueno. Quirón intentó enseñarme tiro con arco, pero pronto descubrimos que no era ningún as con las flechas. No se quejó, ni siquiera cuando tuvo que desenmarañarse una flecha perdida de la cola.

-¿Cómo hiciste para que terminara ahí?-preguntó Frank sorprendido.

-Nosotros que estábamos presentes ahí nos preguntamos lo mismo.- dijó Will refiriéndose a Quirón y a él.

-Si trato de hacer eso a propósito no me va a salir jamás.- profetizó Lucas.

¿Carreras? Tampoco. Las instructoras, unas ninfas del bosque, me hacían morder el polvo. Me dijeron que no me preocupara, que ellas tenían siglos de práctica de tanto huir de dioses enamorados. Pero, aun así, era un poco humillante ser más lento que un árbol.

-¿Qué se siente ser derrotado por un árbol?-le preguntó Nico a su amigo.

-¿Algún problema con mi novia Aliento de Zombi?-lo amenazó Grover. Nico negó moviendo la cabeza.-Mejor.-afirmó el sátiro lanzándole una última mirada.

¿Y la lucha libre? Olvídalo. Cada vez que me acercaba a la colchoneta, Clarisse me daba para el pelo. «Tengo más de esto, si quieres otra ración, pringado», me murmuraba al oído.

-Qué tiempos…-suspiró Clarisse recordando la felicidad que le producía tumbarlo al piso.

En lo único en que sobresalía era la canoa, que desde luego no era la clase de habilidad heroica que la gente esperaba descubrir en el chico que había derrotado al Minotauro.

Sabía que los campistas mayores y los consejeros me observaban, intentaban decidir quién era mi padre, pero no les estaba resultando fácil. Yo no era fuerte como los hijos de Ares, ni tan bueno en el arco como los de Apolo.

-No eras ni si quiera buena.-dijo Apolo.- Es más creo que ni malo.-eso alegró un poco a Percy.-Eres terrible, un desastre catastrófico.-bueno ya no estaba tan alegre el hijo de Poseidón.

No tenía la habilidad con el metal de Hefesto ni —no lo permitieran los dioses — la habilidad de Dioniso con las vides. Luke me dijo que tal vez fuera hijo de Hermes, una especie de comodín para todos los oficios, maestro de ninguno.

-¿Disculpa? Como que maestro de ninguno.- Hermes parecía ofendido.

Pero tuve la impresión de que sólo intentaba hacer que me sintiera mejor. Él tampoco sabía a quién adscribirme.

A pesar de todo, me gustaba el campamento. Pronto me acostumbré a la neblina matutina sobre la playa, al aroma de los campos de fresas por la tarde, incluso a los sonidos raros de los monstruos de los bosques por la noche. Cenaba con los de la cabaña 11, echaba parte de mi comida al fuego e intentaba sentir algún tipo de conexión con mi padre real. No percibí nada, sólo el sentimiento cálido que siempre había tenido, como el recuerdo de su sonrisa. Intentaba no pensar demasiado en mamá, pero seguía repitiéndome: «Si los dioses y los monstruos son reales, si todas estas historias mágicas son posibles, seguro que hay manera de salvarla, de devolverla a la vida…»

-Pero que solo es esta secuestrada! No maté a tu madre chaval!.- se quejó Hades.

Empecé a entender la amargura de Luke y cuánto parecía molestarle su padre, Hermes. Sí, de acuerdo, a lo mejor los dioses tenían cosas importantes que hacer. Pero ¿no podían llamar de vez en cuando, o tronar, o algo por el estilo?

-JA! Tronar o algo por el estilo puf…-murmuró Zeus.- Acá el único que truena soy yo.

-Parece que dice que solo es el quien anda flojo de cuerpo por acá.-le dijo Leo a Percy al oído y ambos rieron juntos. Para su bienestar integral, el dios de los cielos no los escucho. Aunque parece que los vástagos sí porque también reian.

-Tenemos los sentidos más desarrollados que ustedes al parecer.-le explico Jason (d).-Por ejemplo podemos escuchar sus latidos.

Dioniso podía hacer aparecer de la nada una Coca-Cola light. ¿Por qué no podía mi padre, o quien fuera, hacer aparecer un teléfono?

-Voy a hacer algo mejor.- se prometió la deidad del mar.

El martes por la tarde, tres días después de mi llegada al Campamento Mestizo, tuve mi primera lección de combate con espada. Todos los de la cabaña 11 se reunieron en el enorme ruedo donde Luke nos instruiría.

Empezamos con los tajos y las estocadas básicas, practicando con muñecos de paja con armadura griega. Supongo que no lo hice mal. Por lo menos, entendí lo que se suponía que debía hacer y mis reflejos eran buenos.

El problema era que no encontraba una espada que me fuera bien. O eran muy pesadas o demasiado ligeras o demasiado largas. Luke intentó todo lo que estuvo en su mano para pertrecharme, pero coincidió en que ninguna de las armas de prácticas parecía servirme.

-Tal vez porque ya estabas destinado a una espada en particular.-explico Hefesto.

Después empezamos a enfrentarnos en parejas. Luke anunció que sería mi compañero, dado que era la primera vez.

Buena suerte —me deseó uno de los campistas—. Luke es el mejor espadachín de los últimos trescientos años.

A lo mejor afloja un poco conmigo —dije.

El campista bufó.

Luke me enseñó los ataques, las paradas y los bloqueos de escudo a la manera dura. Con cada golpe, acababa un poco más machacado y magullado.

Mantén la guardia alta, Percy —decía, y me asestaba un cintarazo en las costillas—. ¡No, no tan alta! —¡Zaca!-. ¡Ataca! —¡Zaca!-. ¡Ahora retrocede! —¡Zaca!

Cuando paramos para el descanso chorreaba sudor. Todo el mundo se apiñó junto al refrigerador de bebidas. Luke se echó agua helada sobre la cabeza, y me pareció tan buena idea que lo imité. Al instante me sentí mejor. Mis brazos recuperaron fuerzas. La espada no me parecía tan extraña.

-Hubieras comentado eso, así al menos ya podíamos ir teniendo una idea de quién era tu padre.-le reprochó Pollux.

¡Vale, todo el mundo en círculo, arriba! —ordenó Luke—. Si a Percy no le importa, quiero haceros una pequeña demostración.

«Vale —pensé—, vamos a ver cómo le zurran la badana a Percy.»

-Luke!- chillo Thalía indignada sorprendiendo al nombrado.

Los chicos de Hermes se reunieron alrededor de mí. Se aguantaban las risitas. Supuse que antes habían estado en mi lugar y se morían de impaciencia por ver cómo Luke me usaba como saco de boxeo. Le dijo a todo el mundo que iba a hacerles una demostración de una técnica de desarme: cómo girar el arma enemiga asestándole un golpe con la espada de plano para que no tuviera más opción que soltarla.

Esto es difícil —remarcó—. A mí me lo han hecho. No os riáis de Percy. La mayoría de los guerreros trabajan años antes de dominar esta técnica.

-Sí algo complicado es.- acordó Jason.

Hizo una demostración del movimiento a cámara lenta. Desde luego, la espada cayó de mi mano con bastante estrépito.

Ahora en tiempo real —dijo en cuanto hube recuperado el arma—. Atacamos y paramos hasta que uno le quite el arma al otro. ¿Listo, Percy?

Asentí, y Luke vino por mí. De algún modo conseguí evitar que le diera a la empuñadura de mi espada. Mis sentidos estaban alerta. Veía venir sus ataques. Conté. Di un paso adelante e intenté imitar la técnica. Luke la desvió con facilidad, pero detecté el cambio en su cara. Aguzó la mirada y empezó a presionar con más fuerza.

Me pesaba la espada. No estaba bien equilibrada. Sólo era cuestión de segundos que Luke me derrotara, así que me dije: «¡Qué demonios, al menos inténtalo!»

Intenté la maniobra de desarme. Mi hoja dio en la base de la de Luke y la giré, lanzando todo mi peso en una estocada hacia delante. La espada de Luke repiqueteó en las piedras. La punta de mi espada estaba a tres dedos de su pecho indefenso.

Los demás campistas quedaron en silencio.

-Vez Lennie no están complicado, es muy simple.- le dijo Jason(d) a Helena.

-No necesito de eso para patearte el trasero.-le respondió esta.

Bajé la espada.

Lo siento… Perdona.

-¡¿Cómo que "Perdona?! Estuvo fenomenal enclenque.-lo felicito Ares, lo cual no era poca teniendo en cuenta sus anteriores opiniones sobre él.

Por un momento Luke se quedó demasiado aturdido para hablar.

¿Perdona? —Su rostro marcado se ensanchó en una sonrisa—. Por los dioses, Percy, ¿por qué lo sientes? ¡Vuelve a enseñarme eso!

No quería. El breve ataque de energía frenética me había abandonado por completo. Pero Luke insistió. Esta vez no hubo competición. En cuanto nuestras espadas entraron en contacto, Luke golpeó mi empuñadura y mi arma acabó en el suelo.

Tras una larga pausa, alguien del público preguntó:

¿La suerte del principiante?

-No! Se le secó toda el agua mágica.- se burló Nico.

Luke se secó el sudor de la frente. Me observó con un interés absolutamente renovado.

Puede —dijo—. Pero me gustaría saber qué es capaz de hacer Percy con una espada bien equilibrada…

-Por suerte la hallaste, sino estaríamos todos muertos tiempo atrás.- dijo Annabeth aplastando a su novio en un abrazo de oso.

El viernes por la tarde estaba con Grover a orillas del lago, descansando de una experiencia cercana a la muerte en el rocódromo. Grover había subido a la cima a saltos como una cabra montesa, pero la lava por poco acaba conmigo. Mi camisa tenía agujeros humeantes y se me había chamuscado el vello de los antebrazos.

-¿Podemos comprar una así? Porfiii.- preguntaron los chicos Delos haciéndole ojitos a su oráculo, quien puso los ojos en blanco ante la pregunta.

-¿Por qué la consultan como si ella estuviera a cargo?- pregunto Piper.

-Es que es la oráculo, está a cargo.-explico Lucas sonriéndole a su hermanita menor.- Aunque tenga 13 años y se la más chica de los Delos.

Estábamos sentados en el embarcadero, observando a las náyades tejer cestería subacuática, hasta que reuní valor para preguntarle cómo le había ido con el señor D.

Se le puso la cara algo amarilla y dijo:

-Justo en el clavo.- afirmó Leo.

Guay. Genial.

¿Así que tu carrera sigue en pie?

Me miró algo nervioso.

¿Te ha dicho Quirón que quiero una licencia de buscador?

Bueno… no. —No tenía idea de qué era una licencia de buscador, pero no parecía el mejor momento para preguntar—. Sólo dijo que tenías grandes planes, ya sabes… y que necesitabas ganarte la reputación de terminar un encargo de guardián. ¿La conseguiste?

Grover miró hacia abajo, a las náyades.

El señor D ha suspendido la valoración. Dice que no he fracasado ni logrado nada aún contigo, así que nuestros destinos siguen unidos. Si te dieran una misión y yo te acompañara para protegerte, y los dos regresáramos vivos, puede que considerara terminado mi trabajo.

-Es Percy, obvio que se la van a dar.-comentó Chris.- O sino Annie va a apuñalar a todos.

Me animé.

Bueno, ¿no está tan mal, no?

¡Beee-ee! Habría sido mejor que me trasladara a limpieza de establos. Las oportunidades de que te den una misión… Además, aunque te la dieran, ¿por qué ibas a quererme a tu lado?

¡Pues claro que te querría a mi lado!

Alicaído, Grover observó el agua.

Cestería… Tiene que ser estupendo tener una habilidad que sirva para algo.

Intenté animarlo, asegurándole que poseía muchísimos talentos, pero eso sólo lo puso más triste. Hablamos un rato de canoas y espadas, después debatimos los pros y contras de los distintos dioses. Al final, acabé preguntándole por las cabañas vacías.

La número ocho, la de plata, es de Artemisa —dijo—. Juró mantenerse siempre doncella. Así pues, nada de niños. La cabaña es, ya sabes… honoraria. Si no tuviera una se enfadaría.

-¿Y entonces quienes son ellas?-pregunto Ariadna señalando a las cazadoras que estaban comiendo en una mesa aparte junto a su señora.

-Las cazadoras de artemisas.-le respondió Thalía como si nada. Ella prefería comer junto a sus amigos que hace tiempo que no veía que junto con el grupo de cazadoras.

-Somos un grupo de chicas inmortales que cazamos junto a nuestra señora. Solo podemos morir en batalla y al unírtenos debes jurar mantenerte doncella.- explico Zöe.

Ariadna tomó nota metal y pensó que sería buena idea unirse a ellas. Ojala existieran en su mundo, deseo la joven de la casta de Tebas.

-Aunque en el fondo nos odian un "poquito".-dijo Travis.

-Les gusta lanzarle flechas a los hombres así que cuidadito.-advirtió su hermano.

-Sabes que estoy escuchando casa una de sus palabras, ¿Verdad?- les recordó Thalía.

-Es que no nos molestas en absoluto, siempre vas a ser parte del Campamento Mestizo para nosotros.-le explico Percy haciendo que la hija del señor de los cielos se sonrojara ante sus buenos amigos.

Ya. Pero ¿y las otras tres, las del fondo? ¿Son ésas los Tres Grandes?

-Como si yo fuera a tener una cabaña…-Hades no pudo reprimir ese comentario lleno de enojo y sarcasmo.

-De hecho tienes una cabaña papá.-le respondió Di Angelo dejando a todos los dioses sorprendidos.

-Tiempos raros los suyos.-murmuro Hera sin creerse una palabra de lo que había dicho su sobrino.

Grover se puso en tensión. Era un tema delicado.

No. Una de ellas, la número dos, es de Hera, otra de las honorarias —dijo—. Es la diosa del matrimonio, así que por supuesto no va por ahí teniendo romances con mortales. Esa es tarea de su marido.

Ante lo cual la diosa del matrimonio puso mala cara.

Cuando decimos los Tres Grandes nos referimos a los tres hermanos poderosos, los hijos de Cronos.

Zeus, Poseidón y Hades.

Exacto. Veo que estás al loro. Tras la gran batalla contra los titanes, le quitaron el mundo a su padre y se echaron a suertes a quién le tocaba cada cosa.

A Zeus le tocó el cielo, a Poseidón el mar y a Hades el inframundo —dije.

-No me digas.-exclamó Jason.- Pensaba que como soy hijo de Júpiter podía viajar por las sombras.

-Lástima vas a tener que conformarte con volar, Superman.-le contesto Nico.

-¿También puedes volar?-preguntaron asombrados Lucas y Helena.- Al fin alguien más, ya no somos los dos únicos raritos.

-Y yo porque no tengo el poder de volar, si también soy descendiente de Apolo.- se quejó Will con su padre.

-Mis hijos no tienen ese poder.- dijo Apolo confundido.- ¿Qué más pueden hacer mis descendientes en su mundo?.-les preguntó.

-En los libros van a parecer.- confirmó Héctor.

Aja.

Pero Hades no tiene cabaña.

No, y tampoco trono en el Olimpo. Digamos que se dedica a sus cosas en el inframundo. Si tuviera una cabaña aquí… —Grover se estremeció—. Bueno, no sería agradable. Dejémoslo así.

Pero Zeus y Poseidón… Los dos tenían infinidad de hijos en los mitos. ¿Por qué están vacías sus cabañas?

Grover movió las pezuñas, incómodo.

Hace unos sesenta años, tras la Segunda Guerra Mundial, los Tres Grandes se pusieron de acuerdo para no engendrar más héroes. Los niños eran demasiado poderosos. Influían bastante en el curso de los acontecimientos de la humanidad y causaban mucho derramamiento de sangre. La Segunda Guerra Mundial fue básicamente una lucha entre los hijos de Zeus y Poseidón por un lado, y los de Hades por el otro. El lado ganador, Zeus y Poseidón, obligó a Hades a hacer un juramento con ellos: no más líos con mortales. Todos juraron sobre el río Estige.

-Ya me imaginaba que en su mundo la Segunda Guerra Mundial estaba relacionada con semidioses.- comentó Casandra.

El trueno bramó.

Ese es el juramento más serio que puede hacerse —dije. Grover asintió—. ¿Y los hermanos mantuvieron su palabra?

-AJAJAJAJAJJA Que buen chiste!- río Hera.

La expresión de Grover se enturbió.

Hace diecisiete años, Zeus se cayó del tren.

-Siempre se cae.-le criticó su esposa.

Había una estrella de televisión con un peinado de los ochenta… En fin, no se pudo resistir. Cuando nació su hija, una niña llamada Thalia… Bueno, el río Estige se toma en serio las promesas. Zeus se libró fácilmente porque es inmortal, pero condujo a su hija a un destino terrible.

¡Pero eso no es justo! ¡No fue culpa de la niña!

-Por puesto que no es mi culpa.

-Claro que no es su culpa! Es mía.- murmuró Zeus sintiendo mal.

Grover vaciló.

Percy, los hijos de los Tres Grandes tienen mayores poderes que el resto de los mestizos. Tienen un aura muy poderosa, un aroma que atrae a los monstruos. Cuando Hades se enteró de lo de la niña, no le hizo ninguna gracia que Zeus hubiera roto el juramento. Hades liberó a los peores monstruos del Tártaro para torturar a Thalia. Se le asignó un sátiro como guardián cuando tenía doce años, pero no había nada que pudiera hacer. Intentó escoltarla hasta aquí con otro par de mestizos de los que se había hecho amiga. Casi lo consiguieron. Llegaron hasta la cima de la colina. —Señaló al otro lado del valle, el pino junto al que yo había luchado con el Minotauro—. Los perseguían las tres Benévolas, junto a una horda de perros del infierno. Estaban a punto de echárseles encima cuando Thalia le dijo a su sátiro que llevara a los otros dos mestizos a lugar seguro mientras ella contenía a los monstruos. Estaba herida y cansada, y no quería vivir como un animal perseguido. El sátiro no quería dejarla, pero Thalia no cambió de idea, y él debía proteger a los otros. Así que se enfrentó a su última batalla sola, en la cumbre de la colina. Mientras moría, Zeus se compadeció de ella. La convirtió en aquel árbol. Su espíritu ayuda a proteger las lindes del valle. Por eso la colina se llama Mestiza.

-Ahhhh! Ya caí, de ahí viene el Cara de Pino.- comentó Orión.

-Fue muy valiente lo que hiciste.- reconoció Reyna.

Miré el pino en la distancia.

La historia me dejó vacío, y también me hizo sentir culpable. Una chica de mi edad se había sacrificado para salvar a sus amigos. Se había enfrentado a todo un ejército de monstruos. Al lado de eso, mi victoria sobre el Minotauro no parecía gran cosa. Me pregunté si de haber actuado de manera diferente, habría podido salvar a mi madre.

-No pienses así Percy.-lo reconfortó Thalía.- No había nada que podías hacer para evitar lo de tu madre, lo hice excelente con Cabeza de Toro, salvaste a Grover.

-Gracias, eso significa mucho para mí viniendo de la Chica Pino.-le agradeció Percy con una sonrisa plantada en su rostro.

Grover —le dije—, ¿hay algún héroe que haya cumplido misiones en el inframundo?

Algunos —respondió—. Orfeo, Hércules, Houdini.

Y… ¿han traído de vuelta a alguien de entre los muertos?

No. Nunca. Orfeo casi lo consiguió… Percy, ¿no estarás pensando seriamente en…?

No —mentí—. Sólo me lo preguntaba

-Mmmmmm.-dijo toda la sala con ese tonito especial que se usa en estos casos.

Y cambié de tema—: Así que ¿siempre hay un sátiro asignado para velar por un semidiós?

Grover me estudió con recelo, poco convencido de que hubiese abandonado la idea del inframundo.

No siempre. Acudimos en secreto a muchas escuelas. Intentamos detectar los mestizos con potencial para ser grandes héroes. Si encontramos alguno con un aura muy poderosa, como un hijo de los Tres Grandes, alertamos a Quirón. Éste intenta vigilarlos, porque podrían causar problemas realmente graves.

-Deberíamos poner a los faunos a hacer algo útil.- sugirió Reyna.- Y no me digas nada sobre que los griegos están equivicados o que los faunos no sirven para nada.-se dirigió a Octavio que estaba por decir alguno de sus discursos anti-griegos.

Y tú me encontraste. Quirón dice que crees que yo podría ser alguien especial.

-Es alguien especial.- lo corrigió Hazel.

Grover hizo una mueca.

Yo no… Oye, no pienses en eso. Aunque lo fueras (ya sabes a qué me refiero), jamás te asignarían una misión, y yo nunca obtendré mi licencia. Probablemente eres hijo de Hermes. O puede que incluso de uno de los menores, como Némesis, la divinidad de la venganza. No te preocupes, ¿vale?

-Suerte que no te escuchó nadie de la cabaña Némesis, si no ya estarías muerto.- le dijo Annebeth a su amigo.

-Tienes razón, que suerte.- se alivió Grover.

-La diosucha esa tiene una cabaña!- grito espantada Hera.

Luke y los dioses se preguntaron porque es que dioses como Hades o Némesis ahora tenían cabañas. Algunos estaban de acuerdo con eso como Hestia y Luke y otros estaban espantados como su Majestad Bovina.

Me pareció que lo decía más por confortarse a sí mismo que a mí.

Esa noche, después de la cena hubo más ajetreo que de costumbre.

-¿Y yo cuando voy a comer?- se interrumpió el señor D.

-Cuando hayas terminado de leer, ahora continua.- le contesto Atenea.

Por fin había llegado el momento de capturar la bandera.

Cuando retiraron los platos, la caracola sonó y todos nos pusimos en pie.

Los campistas gritaron y vitorearon cuando Annabeth y dos de sus hermanos entraron en el pabellón portando un estandarte de seda. Medía unos tres metros de largo, era de un gris reluciente y tenía pintada una lechuza encima de un olivo.

La diosa de la sabiduría estaba orgullosa de sus hijos.

Por el lado contrario del pabellón, Clarisse y sus colegas entraron con otro estandarte, de tamaño idéntico pero rojo fuego, pintado con una lanza ensangrentada y una cabeza de jabalí.

-AREEESS!-bramó e dios de la guerra alentando a su cabaña.

Me volví hacia Luke y le grité por encima del bullicio:

¿Esas son las banderas?

-No son solo decoración.-dijo Will con sarcasmo.

Sí.

¿Ares y Atenea dirigen siempre los equipos?

No siempre —repuso—, pero sí a menudo.

-Siempre nuestros hijos fueron los amos en ese deporte.- se jactó Ares haciendo referencia a que el y Atenea eran considerados como dioses de la guerra.

Así que si otra cabaña captura una, ¿qué hacéis? ¿Repintáis la bandera?

-No me extrañaría que mis hermanos la repintaran justo como pintan su cabaña.- murmuro Frank indignado.

Sonrió.

Ya lo verás. Primero tenemos que conseguir una.

¿De qué lado estamos?

Me lanzó una mirada ladina, como si supiera algo que yo ignoraba. La cicatriz en su rostro le hacía parecer casi malo a la luz de las antorchas.

-No se les hubiera ocurrido compartir su plan con migo.- se dirigió Percy a su novia y a Luke.

-Si te lo hubiéramos contado un hubiera salido tan bien.-le explico su novia, que aprovecho para besarle la mejilla asegurándose así que no se enoje con ella.

Nos hemos aliado temporalmente con Atenea. Esta noche vamos por la bandera de Ares. Y tú vas a ayudarnos.

Se anunciaron los equipos. Atenea se había aliado con Apolo y Hermes, las dos cabañas más grandes; al parecer, a cambio de algunos privilegios: horarios en la ducha y en las tareas, las mejores horas para actividades.

Ares se había aliado con todos los demás: Dioniso, Deméter, Afrodita y Hefesto. Por lo visto, dos chicos de Dioniso eran bastante buenos atletas. Los de Deméter poseían grandes habilidades con la naturaleza y las actividades al aire libre, pero no eran muy agresivos.

-Jo! Porque no viste a Katie cuando le barnizamos con laca rosa la cubierta de césped de su techo.- exclamó Travis

Los hijos e hijas de Afrodita no me preocupaban demasiado; prácticamente evitaban cualquier actividad, miraban sus reflejos en el lago, se peinaban y cotilleaban.

-Pues eso está cambiando poco a poco.- comentó Piper indignada ante la conducta de sus hermanos.- Eso no pasa en mi guardia.-Afrodita que la escuchó se sintió orgullosa de que al fin uno de sus hijos este haciendo algo para cambiar esas conductas.

Por su parte, los únicos cuatro niños de Hefesto no eran guapos, pero sí grandes y corpulentos debido a su trabajo en la herrería todo el día. Podrían ser un problema.

-Ahh mas te valía que hayas agregado esa última frase, a menos que busque problema con los chicos de Leo El Grande.- lo amenazó Leo.

Eso dejaba, por supuesto, a la cabaña de Ares: una docena de los chavales más grandes, feos y marrulleros de Long Island, y de cualquier otro lugar del planeta.

-Vas a pagar en el próximo juego.-lo amenazó Clarisse a al hijo de Poseidón.

Quirón coceó el mármol del suelo.

¡Héroes! —anunció—. Conocéis las reglas. El arroyo es la frontera. Vale todo el bosque. Se permiten todo tipo de artilugios mágicos. El estandarte debe estar claramente expuesto y no tener más de dos guardias. Los prisioneros pueden ser desarmados, pero no heridos ni amordazados. No se permite matar ni mutilar. Yo haré de árbitro y médico de urgencia. ¡Armaos!

-Quirón no seas aguafiestas!-se quejó Ares.- No están divertido si heridos, amordazados, muertes y mutilación.

-Ni lo pienses.- le advirtió el centauro.

Abrió los brazos y de repente las mesas se cubrieron de equipamiento: cascos, espadas de bronce, lanzas, escudos de piel de buey con protecciones de metal.

¡Uau! —exclamé—. ¿De verdad vamos a usar todo esto?

-No están para mirarlas, sabías.- dijo Will con sarcasmo.

Luke me miró como si yo fuese tonto.

A menos que quieras que tus amiguitos de la cinco te ensarten. Ten. Quirón ha pensado que esto te iría bien. Estás en patrulla de frontera.

Mi escudo era del tamaño de un tablero de la NBA, con un enorme caduceo en el medio. Pesaba mil kilos. Habría podido practicar snowboard con él, pero confiaba en que nadie esperara de mí que corriera muy rápido. Mi casco, como todos los del equipo de Atenea, tenía un penacho azul encima.

-De hecho al final hice snowboard en San Francisco con una bandeja de degustación de un supermercado.- contó Percy.

-Luego vamos a tener una conversación tu y yo sobre hacer estupideces.- le avisó Annabeth con el ceño fruncido.

-Lo sé, lo sé, pero fue uno de esos planes estúpidos y efectivos.- se defendió el aludido.- Era hacer eso o ser atormentado por las hermanitas de Medusa. Como tenía la maldición de Aquiles no podían matarme así me perseguían por todos lados.

Ante la mención de la maldición de Aquiles el dios de los mares palideció imaginando porque su hijo habría corrido semejante riesgo. Por otro lado Ariadna pensó si sería lo mismo la maldición de Aquiles de su mundo que de este.

Ares y sus aliados lo llevaban rojo.

¡Equipo azul, adelante! —gritó Annabeth.

Vitoreamos, agitamos nuestras armas y la seguimos por el camino hacia la parte sur del bosque. El equipo rojo nos provocaba a gritos mientras se encaminaba hacia el norte.

Conseguí alcanzar a Annabeth sin tropezar con mi equipo.

¡Eh! —Ella siguió marchando—. Bueno, ¿y cuál es el plan? —pregunté—. ¿Tienes algún artilugio mágico que puedas prestarme?

-Ni sueñes que va a prestarte su gorra de los Yankees.- intervino Thalía.

Se metió la mano en el bolsillo, como si temiera que le hubiese robado algo.

-Hermes es siempre mejor ser precavido.- afirmó la hija de Atenea.

Ojo con la lanza de Clarisse —dijo—. Te aseguro que no te conviene que esa cosa te toque. Por lo demás, no te preocupes. Conseguiremos el estandarte de Ares. ¿Te ha dado Luke tu trabajo?

-MATAMOSCAS!- gritaron los Stolls.

-Bien gracias que esa lanza salvo sus traseros más de una vez en la Batalla de Manhattan.-los cayó Clarisse.

Patrulla de frontera, sea lo que sea.

Es fácil. Quédate junto al arroyo y mantén a los rojos apartados. Déjame el resto a mí. Atenea siempre tiene un plan.

Apretó el paso, dejándome en la inopia.

Vale —murmuré—. Me alegro de que me quisieras en tu equipo.

Era una noche cálida y pegajosa. Los bosques estaban oscuros, las luciérnagas parpadeaban. Annabeth me había ubicado junto a un pequeño arroyo que borboteaba por encima de unas rocas, mientras ella y el resto del equipo se dispersaba entre los árboles.

Allí de pie, solo, con mi gran casco de plumas azules y mi enorme escudo, me sentí como un idiota. La espada de bronce, como todas las espadas que había probado hasta entonces, parecía mal equilibrada. La empuñadura de cuero me resultaba tan cómoda como una bola de jugar a los bolos.

-Admítelo Percy, fue una buena decisión.- le dijo Annabeth.

Pero nadie me haría daño, ¿no? Vamos, que el Olimpo debía de tener algún tipo de responsabilidad a terceros, digo yo.

-No tenemos nada de eso muchacho.- le confirmó Hefesto.

En la lejanía se oyó la caracola. Escuché vítores y gritos en los bosques, entrechocar de espadas, chicos peleando. Un aliado emplumado de azul pasó corriendo a mi lado como un ciervo, cruzó el arroyo y se internó en territorio enemigo.

«Vale —pensé—. Como de costumbre, me pierdo toda la diversión.»

-Pero si siempre te llevas toda la diversión.-se quejó Chris.

Entonces, en algún lugar cerca de donde me encontraba, oí un ruido —una especie de gruñido desgarrador— que me provocó un súbito escalofrío. Levanté instintivamente mi escudo, con la impresión de que algo me acechaba. Entonces los gruñidos se detuvieron. Percibí que la presencia se retiraba.

-Hay por Hades. Eso que te espera no fue y no es amigable en absoluto.- comentó Nico al darse cuenta de que era lo que su amigo había escuchado aquella vez.

Al otro lado del arroyo, de pronto la maleza explotó. Aparecieron cinco guerreros de Ares gritando y aullando desde la oscuridad.

-Esa si es una entrada.- se regodeo Ares.

¡Al agua con el pringado! —gritó Clarisse.

Algunos rieron ante el grito de guerra de la líder de la cabaña 5.

Sus feos ojos porcinos despidieron odio a través de las rendijas del casco. Blandía una lanza de metro y medio, en cuya punta de metal con garfios titilaba una luz roja. Sus hermanos sólo llevaban las espadas de bronce típicas; tampoco es que eso me hiciera sentir mejor.

-Prissy…-murmuro amenazadoramente.

Cargaron a través del riachuelo. No había ayuda a la vista. Podía correr. O tratar de defenderme de la mitad de la cabaña de Ares.

Conseguí evitar el lance del primer chaval, pero aquellos tipos no eran tan tontos como el Minotauro. Me rodearon y Clarisse me atacó con la lanza. Mi escudo desvió la punta, pero sentí un doloroso calambre por todo el brazo. Se me pusieron los pelos como escarpias y el brazo del escudo me quedó entumecido. Jadeaba.

Electricidad. Su estúpida lanza era eléctrica. Me replegué.

-Una gran arma.- afirmó el entrenador Hedge.

Otro chaval me asestó un golpe en el pecho con la empuñadura de la espada y caí al suelo.

Habrían podido patearme hasta convertirme en gelatina, pero estaban demasiado ocupados riéndose.

-¿Gelatina?-comentó extrañada Reyna.

-Y después dice que no tiene imaginación.- murmuro Jason

Sesión de peluquería —dijo Clarisse—. Agarradle el pelo.

Conseguí ponerme en pie y levanté la espada, pero Clarisse la apartó de un golpe con la lanza, que chisporroteaba. Ahora tenía entumecidos los dos brazos.

Uy, uy, uy —se burló Clarisse—. Qué miedo me da este tío. Muchísimo.

-A que ahora sí lo hago, ¿Verdad Princesa del Lavado?

La bandera está en aquella dirección —le dije. Traté de fingir que estaba enfadado de verdad, pero me temo que no lo conseguí del todo.

*Cof Cof soplon Cof Cof*- tosió Leo.

Ya —contestó uno de sus hermanos—. Pero verás, no nos importa la bandera. Lo que nos importa es un tipo que ha ridiculizado a nuestra cabaña.

Pues lo hacéis sin mi ayuda —respondí. Admito que quizá no fue lo más inteligente que pudo ocurrírseme.

UHHHH.- gritaron algunos presentes expectantes de que continúe la pelea.

Dos chavales se abalanzaron sobre mí. Yo retrocedí hasta el arroyo, intenté levantar el escudo, pero Clarisse era demasiado rápida. Su lanza me dio directamente en las costillas. De no haber llevado el pecho protegido, me habría convertido en kebab de pollo.

-En tal caso creo que serías kebab de pringado.-lo corrigió Clarie.

Como sí lo llevaba, el aguijonazo eléctrico sólo me dio sensación de arrancarme los dientes. Uno de sus compañeros de cabaña me metió un buen tajo en el brazo.

Ver mi propia sangre —cálida y fría al mismo tiempo— me mareó.

-MARIQUITAAAA.-gritaron Apolo, Hermes y Ares.

No está permitido hacer sangre —farfullé.

Anda ya —respondió el tipo—. Supongo que me quedaré sin postre.

-Deberías poner un castigo más duró que eso.- le aconsejó Hestia a Quirón.- No saludable andar por ahí cortando y destripando gente.

Me empujó al arroyo y aterricé con un chapuzón. Todos rieron. Supuse que moriría tan pronto terminaran de divertirse. Pero entonces ocurrió algo. El agua pareció despertar mis sentidos, como si acabara de comerme una bolsa de las gominolas de mi madre.

-Quiero verlos ahora a tus hijos Ares.- río Poseidón.

Clarisse y sus colegas se metieron en el arroyo para acabar conmigo, pero yo me puse en pie dispuesto a recibirlos. Sabía qué hacer. Al primero le aticé un cintarazo en la cabeza y le arranqué el casco limpiamente. Le di tan fuerte que le vi los ojos vibrar mientras se derrumbaba en el agua.

-Jackson 1 – Team Ares 0.-saltó sobre el banco de la mesa Leo imitando a esos que en la lucha libre pasan anunciando el resultado.

El feo número dos y el feo número tres se me arrojaron encima. Le estampé el escudo en la cara a uno y usé la espada para esquilar el penacho del otro. Ambos retrocedieron con rapidez.

-Jackson 3 –Team Ares 0.-volvio a gritar, pero esta vez recibió un empujón de Piper a quién le piso la mano sin querer.

El feo número cuatro no parecía con demasiadas ganas de atacarme, pero Clarisse llegaba embalada, y la punta de su lanza crepitaba de energía. En cuanto embistió, atrapé el asta entre el borde de mi escudo y la espada y la rompí como una ramita.

-Guaaaauuu! Jackson 4 –Team Ares 0

¡Jo! —exclamó—. ¡Idiota! ¡Gusano apestoso!

Y me habría llamado cosas peores, pero le aticé en la frente con la empuñadura y la envié tambaleándose fuera del arroyo.

-Y otro punto para Jackson lo cual nos deja con un 5 a 0- prosiguió Leo con su tarea con voz de comentaristas, mientras los Stolls organizaron una rápida ola de manos entre los presentes de la mesa.

Entonces oí chillidos y gritos de alegría, y vi a Luke correr hacia la frontera enarbolando el estandarte del equipo rojo. Un par de chavales de Hermes le cubrían la retirada y unos cuantos apolos se enfrentaban a las huestes de Hefesto. Los de Ares se levantaron y Clarisse murmuró una torva maldición.

¡Una trampa! —exclamó—. ¡Era una trampa!

-Y que te esperabas?! Somos de Hermes.- le contestó Chris a su novia.

Trataron de atrapar a Luke, pero era demasiado tarde. Todo el mundo se reunió junto al arroyo cuando Luke cruzó a su territorio. Nuestro equipo estalló en vítores.

A igual que gran parte de la sala. Sobretodo Ares se dedicó junto con su hija a lanzar miradas asesinas.

El estandarte rojo brilló y se volvió plateado. El jabalí y la lanza fueron reemplazados por un enorme caduceo, el símbolo de la cabaña 11. Los del equipo azul agarraron a Luke y lo alzaron en hombros. Quirón salió a medio galope del bosque e hizo sonar la caracola.

El juego había terminado. Habíamos ganado.

-No me digas.-comentó Lucas.

Estaba a punto de unirme a la celebración cuando la voz de Annabeth, justo a mi lado en el arroyo, dijo:

No está mal, héroe. —Miré, pero no estaba allí—. ¿Dónde demonios has aprendido a luchar así? — me preguntó. El aire se estremeció y ella se materializó a mi lado quitándose una gorra de los Yankees.

-QUEEEE!-grito Clarie sorprendida.

-Es una gorra mágica, vuelve invisible al que la ponga.-le explico la propietaria tan útil artefacto.

Me enfadé. Ni siquiera me alucinó el hecho de que acabara de volverse invisible.

Me has usado como cebo —le dije—. Me has puesto aquí porque sabías que Clarisse vendría por mí, mientras enviabas a Luke por el otro flanco. Lo habías planeado todo.

-Siempre tenemos un plan.- dijo con orgullo Atenea.

Annabeth se encogió de hombros.

Ya te lo he dicho. Atenea siempre tiene un plan.

Un plan para que me pulvericen.

-Ella nunca va a dejar que te maten, sino su vida no tendrá sentido.- y así fue como Nico recibió un sopapo de la hija de la diosa de la sabiduría.

Vine tan rápido como pude. Estaba a punto de saltar para defenderte, pero… —Se encogió otra vez de hombros—. No necesitabas mi ayuda. —Entonces se fijó en mi brazo herido—. ¿Cómo te has hecho eso?

-Estuviste fantástico mi amor.-y la rubia de ojos grises le plantó un beso a Percy.

Es una herida de espada. ¿Qué pensabas?

No. Era una herida de espada. Fíjate bien.

La sangre había desaparecido. Donde había estado el corte, ahora había un largo rasguño, y también estaba desapareciendo. Ante mis ojos, se convirtió en una pequeña cicatriz y finalmente se desvaneció.

-Estas lleno de sorpresas.-le dijo Jason a su amigo.

¿Cómo has hecho eso? —dije alelado.

Annabeth reflexionó con repentina concentración. Casi veía girar los engranajes en su cabeza. Me miró a los pies, después la lanza rota de Clarisse, y por fin dijo:

Sal del agua, Percy.

¿Qué…?

Hazlo y calla.

-Siempre toda una señorita.-río Afrodita.

Lo hice e inmediatamente volví a sentir los brazos entumecidos. El subidón de adrenalina remitió y casi me derrumbo, pero Annabeth me sujetó.

Oh, Estige —maldijo—. Esto no es bueno. Yo no quería… Supuse que habría sido Zeus.

Antes de que pudiera preguntar qué quería decir, volví a oír el gruñido canino de antes, pero esta vez mucho más cerca. Un gruñido que pareció abrir en dos el bosque.

-Estaba esperando el mejor momento para atacar.-murmuro Hades que también había notado los mismo que su hijo.

Los vítores de los campistas cesaron al instante. Quirón gritó algo en griego clásico, y sólo más tarde advertí que lo había entendido a la perfección:

¡Apartaos! ¡Mi arco!

Annabeth desenvainó su espada.

En las rocas situadas encima de nosotros había un enorme perro negro, con ojos rojos como la lava y colmillos que parecían dagas.

-Un Perro del Infierno!.-Hazel lo grito asustada por su amigo al reconocerlo.

-Supongo que no es un chucho amigable.-comentó Clarie.

Me miraba fijamente.

Nadie se movió, y Annabeth gritó:

¡Percy, corre!

Intentó interponerse entre el bicho y yo, pero el perro era muy rápido.

-Awwww.-chilló la diosa del amor.

-No es momento para eso.- le gritó desesperado Poseidón.- Di Inmortales leee.-le ordeno a Dionisio.

Le saltó por encima —una sombra con dientes— y se abalanzó sobre mí. De pronto caí hacia atrás y sentí que sus garras afiladas perforaban mi armadura. Oí una cascada de sonidos de rasgado, como si rompieran pedazos de papel uno detrás de otro, y de pronto el bicho tenía un puñado de flechas clavadas en el cuello. Cayó muerto a mis pies.

-Pero que vayas al agua!-tal parece que Poseidón pensaba que ese hijo suyo del libro lo escuchaba.

Por algún milagro, yo seguía vivo. No quise mirar debajo de mi armadura despedazada. Sentía el pecho caliente y húmedo, sin duda tenía cortes muy feos. Un segundo más y el animal me habría convertido en picadillo fino.

Quirón trotó hasta nosotros, con un arco en la mano y el rostro sombrío.

Di immortales! —exclamó Annabeth—. Eso era un perro del infierno de los Campos de Castigo. No están… se supone que no…

-Ufff menos mal que no tienen de esos sueltos por ahí en el bosque.- suspiro aliviado Orión.

-De hecho tenemos uno.-dijo Nico.

-Es mi mascota, se llama Señorita O'Leary.- explico Percy con una sonrisa en su rostro.-Pero es inofensiva, está perfectamente entrenada.-agrego al ver la cara de susto de los vástagos.

-Por un momento pensé que eras suicida, esa cosa casi te mata.- confesó Andy.

Alguien lo ha invocado —dijo Quirón—. Alguien del campamento.

Luke se acercó. Había olvidado el estandarte y su momento de gloria se había esfumado.

¡Percy tiene la culpa de todo! —vociferó Clarisse—. ¡Percy lo ha invocado!

-Si justo. Porque él quería invocar un perro del infierno para que lo mate.-dijo Jason con evidente sarcasmo.

Cállate, niña —le espetó Quirón.

Observamos el cadáver del perro del infierno derretirse en una sombra, fundirse con el suelo hasta desaparecer.

Estás herido —me dijo Annabeth—. Rápido, Percy, métete en el agua.

Estoy bien.

No, no lo estás —replicó—. Quirón, mira esto.

Estaba demasiado cansado para discutir. Regresé al arroyo, y todo el campamento se congregó en torno a mí. Al instante me sentí mejor y las heridas de mi pecho empezaron a cerrarse. Algunos campistas se quedaron boquiabiertos.

-No estábamos mirando tus heridas.-le confeso Katie.

Bueno, yo… la verdad es que no sé cómo… —intenté disculparme—. Perdón…

-Pero deja de disculparte por las cosas que haces bien!-chillo Piper harta de que pida perdón cada 5 minutos.

Pero no estaban mirando cómo sanaban mis heridas. Miraban algo encima de mi cabeza.

Percy —dijo Annabeth, señalando.

Cuando alcé la mirada, la señal empezaba a desvanecerse, pero aún se distinguía el holograma de luz verde, girando y brillando. Una lanza de tres puntas: un tridente.

-Te dije que te iba a llamar.

Tu padre —murmuró Annabeth—. Esto no es nada bueno.

-Claro que no está bien.- comentó Atenea lanzándole una rápida mirada a su tío.

Ya está determinado —anunció Quirón.

Todos empezaron a arrodillarse, incluso los campistas de la cabaña de Ares, aunque no parecían nada contentos.

*Cof Cof momento incómodo Cof Cof*.- afirmó Lucas.

¿Mi padre? —pregunté perplejo.

Poseidón —repuso Quirón—. Sacudidor de tierras, portador de tormentas, padre de los caballos. Salve, Perseus Jackson, hijo del dios del mar.

-Y a mí porque no me alabaron así!- se quejó el hijo de Hefesto recordando de que cuando él fue reconocido nadie le dijo Salve gran Leo Valdez

Capítulo 9: Me ofrecen una misión. "Al fin el último" pensó el señor D.

A la mañana siguiente, Quirón me trasladó a la cabaña 3.

-La mejor de todas.-murmuró Percy.

No tenía que compartirla con nadie. Gozaba de espacio de sobra para todas mis cosas: el cuerno de Minotauro, un juego de ropa limpia y una bolsa de aseo. Podía sentarme a mi propia mesa, escoger mis actividades, gritar «luces fuera» cuando me apeteciera y no escuchar a nadie más.

-Totalmente lo opuesto a tu situación anterior.-comentó Casandra.-Eso es tener suerte.

Pero me sentía totalmente deprimido.

-¿QUEEEEEÉ?- chilló toda la sala sorprendida ante la reacción de ese joven Percy.

-¿Sabes lo que daría por tener esa oportunidad?-dijo medio indignado Chris.

-Es algo compresivo que sienta así, fue arrancado de su habitad abruptamente.-lo defendió Helena. Gesto que Percy le agradeció.

Justo cuando empezaba a sentirme aceptado, a sentir que tenía un hogar en la cabaña 11 y que podía ser un niño normal —o tan normal como se pueda cuando eres mestizo—, me separaban como si tuviera una enfermedad rara.

-Algo raro sos ya de por sí, pero bueno eras un hijo de los Tres Grandes nos sentíamos un poco…-trató de explicar Katie.

-Aterrados.-exclamó Travis.

-Sí exacto, algo nuevo para nosotros.-continuo la hija de Deméter.

Nadie mencionaba el perro del infierno, pero tenía la impresión de que todos lo comentaban a mis espaldas.

-Verdad, dulce, verdad.- dijo Will.

El ataque había asustado a todo el mundo. Enviaba dos mensajes: uno, que era hijo del dios del mar; y dos, los monstruos no iban a detenerse ante nada para matarme. Incluso podían invadir el campamento que siempre se había considerado seguro.

-Solo los monstruos que mis hermanos manda.-susurró Poseidón con enojo esperando que solo sus dos hermanos lo escucharan.

Los demás campistas se apartaban de mí todo lo posible. Después de lo que les había hecho a los de Ares en el bosque, la cabaña 11 se ponía nerviosa conmigo, así que mis lecciones con Luke ahora eran particulares. Me presionaba más que nunca, y no temía magullarme en el proceso.

-Tenías que aprender, el mundo no es el mismo de antes.- dijo Luke amablemente, algo que sorprendió a algunos.

Vas a necesitar todo el entrenamiento posible —me dijo, mientras practicábamos con espadas y antorchas ardiendo—. Vamos a probar otra vez ese golpe para descabezar la víbora. Repítelo cincuenta veces.

-Por las dudas solamente 50 veces.- comentó Lucas con sarcasmo.

Annabeth seguía enseñándome griego por las mañanas, pero parecía distraída. Cada vez que yo decía algo, me reñía, como si acabara de darle una bofetada. Después de las lecciones se marchaba murmurando para sí: «Misión… ¿Poseidón…? Menuda desgracia… Tengo que planear algo…»

-Toda una mielcita.-consiguió decir Thalía antes de su amiga tratara de callar sus comentarios.

-Annie no deberías ser tan ruda con tu futuro esposo.- la retó Nico, a quién también trató de callar.

Incluso Clarisse mantenía las distancias, aunque sus miradas cargadas de veneno dejaban claro que quería matarme por haberle roto la lanza mágica. Deseé que me gritara, me diera un puñetazo o algo así. Prefería meterme en peleas todos los días a que me ignoraran.

-Una medida claramente desesperada.- afirmó Lucas, en cierto modo entendiendo como se sentía.

Sabía que alguien en el campamento me tenía manía, porque una noche entré en mi cabaña y encontré un periódico que habían dejado en la puerta, un ejemplar del New York Daily News, abierto por la página dedicada a la ciudad. Casi me llevó una hora leer el artículo, porque cuanto más me enfadaba, más flotaban las palabras por la página.

-Me la juego a que fueron mis hermanos.- dijo Frank lanzándole una mirada de reojo a Clarisse.

-Sí supongo, creo que pueden haber sido Mark o Sherman. Ellos habían dicho que te tenían algo preparado, si mal no me acuerdo.

UN CHICO Y SU MADRE SIGUEN DESAPARECIDOS

TRAS EXTRAÑO ACCIDENTE DE COCHE.

POR EILEEN SMYTHE

Sally Jackson y su hijo Percy llevan una semana en paradero desconocido tras su misteriosa desaparición. El Cámaro del 78 de la familia fue descubierto el pasado sábado en una carretera al norte de Long Island, calcinado, con el techo arrancado y el eje delantero roto. El coche había dado una vuelta de campana y patinado varios metros antes de explotar.

Madre e hijo estaban de vacaciones en Montauk, pero se marcharon muy pronto en misteriosas circunstancias. En el coche y la escena del accidente fueron hallados pequeños rastros de sangre, pero no había más señales de los desaparecidos Jackson. Los residentes de la zona rural aseguraron no haber visto nada anormal alrededor de la hora del accidente

El marido de la señora Jackson, Gabe Ugliano, asegura que su hijastro Percy Jackson es un niño con problemas que ha sido expulsado de numerosos internados y que en el pasado manifestó tendencias violentas.

-Morsa infeliz yo te voy a mostrar lo que es violento.- dijo Poseidón.

La policía no se pronuncia acerca de si el hijo Percy es sospechoso de la desaparición de su madre, pero no descarta ninguna hipótesis.

-Como si el chico fuera a secuestrar a su propia madre!.-murmuró indignada Deméter.-La policía de su época para ser bastante ignorante.

Las imágenes de abajo son fotos recientes de Sally Jackson y Percy. La policía ruega a todos aquellos que posean información que llamen al siguiente número de teléfono gratuito.

Habían señalado el teléfono con un círculo en rotulador negro.

-Suerte que no hay teléfonos en el campamento.-por una vez Piper se alegraba de que fueran perjudiciales para la integridad física y mental de los mestizos.

Tiré el periódico y me dejé caer en mi litera, en medio de la cabaña vacía.

Luces fuera —dije con tristeza.

Esa noche tuve mi peor pesadilla.

-Que equivocado estaba! Ahora son peores.- murmuro Percy recordando los efectos secundarios del Tártaro.

Corría por la playa en medio de una tormenta. Esta vez había una ciudad detrás de mí. No era Nueva York. Estaba dispuesta de manera distinta, los edificios más separados, y a lo lejos se veían palmeras y colinas.

-Miami tal vez.- supuso Luke.

A unos cien metros de la orilla, dos hombres peleaban. Parecían luchadores de la televisión, musculosos, con barba y pelo largo. Ambos vestían túnicas griegas que ondeaban al viento, una rematada en azul, la otra en verde. Se agarraban, forcejeaban, daban patadas y cabezazos, y cada vez que colisionaban, refulgía un relámpago, el cielo se oscurecía y se levantaba viento.

-Típica pelea de los grandulones.-afirmo Afrodita indignada.

Yo tenía que detenerlos. No sé por qué, pero cuanto más corría el viento me ofrecía mayor resistencia, hasta que acababa corriendo sin moverme, mis talones hundiéndose en la arena.

Por encima del rugido de la tormenta, oía al de la túnica azul gritarle al otro:

¡Devuélvelo! ¡Devuélvelo! —Como dos niños peleando por un juguete.

-No llames juguete a mi rayo!-se quejó indignado Zeus sin saber que todavía le faltaba una humillación peor a su querido rayo.

Las olas crecían, chocaban contra la playa y me impregnaban de sal.

¡Deteneos! —gritaba—. ¡Dejad de pelear!

La tierra se sacudía. En algún lugar de su interior resonaba una carcajada, y una voz tan profunda y malvada que me helaba la sangre entonaba con suavidad:

Baja, pequeño héroe. ¡Baja aquí!

-Mal, terrible, catastrófico.-Atenea enumeraba adjetivos cada vez que sus sospechas se iban confirmando

La arena se separaba bajo mis pies, se abría una brecha hasta el centro de la tierra. Yo resbalaba y la oscuridad me engullía.

Desperté convencido de que estaba cayendo.

-No hay nada peor que eso.- afirmo Orión.

-Pregúntale acá los expertos en caídas libres.- dijo sarcásticamente Héctor señalando a Helena y Lucas.

-Nosotros también tenemos unos cuantos. Por ejemplo es señor Jason y la señorita Piper.- se unió Hedge a la conversación.

- Y no se olvide de Annabeth y Percy.-recordó Frank.

Seguía en la cama de la cabaña número 3. Mi cuerpo me indicó que era por la mañana, pero aún no había amanecido, y los truenos bramaban en las colinas: se fraguaba una tormenta. Eso no lo había soñado.

-Eso si da miedo.- comento Rachel.

Oí sonido de pezuñas en la puerta, un carnicol que pisaba el umbral.

Pasa.

Grover entró trotando, con aspecto preocupado.

El señor D quiere verte.

-Mi mas sentido pésame.- Katie ofreció sus condolencias.

-¿Y ese comentario se debe a…?-pregunto Lucas.

¿Por qué?

Quiere matar a… Bueno, mejor que te lo cuente él.

-Matar no suena nada bien-afirmo Jason(d)

Me vestí y lo seguí con nerviosismo, seguro de haberme metido en un lío gordo.

-No me extrañaría para nada eso.-Nico le lanzo una mirada pícara a Percy.

Hacía días que llevaba esperando que me convocaran a la Casa Grande. Ahora que había sido declarado hijo de Poseidón, uno de los Tres Grandes dioses que habían acordado no tener hijos, supuse que ya era un crimen seguir vivo. Sin duda los demás dioses habrían estado debatiendo la mejor manera de castigarme por existir, y el señor D ya estaba listo para administrar el castigo.

-Y con ustedes el Sr. Optimismo, en persona.-bromeo Leo. El cual recibió unas malas miradas de todos esos hijos d los Tres Grandes

Por encima del canal Long Island Sound, el cielo parecía una sopa de tinta en ebullición.

-No sabía que existía la sopa de tinta!.- dijo Will haciéndose el tonto.

Una cortina neblinosa de lluvia se aproximaba amenazadoramente. Le pregunté a Grover si necesitaríamos paraguas.

La sala río ante tal ocurrencia.

No —contestó—. Aquí nunca llueve si no queremos.

-¿Algún día se despiertan queriendo que llueve?.-le pregunto Rachel.-Hasta ahora nunca vi llueva.

Señalé la tormenta,

¿Y eso qué demonios es?

Miró incómodo al cielo.

Nos rodeará. El mal tiempo siempre lo hace.

-Ojala eso aplicara en más que lo meteorológico.- suspiro Percy.

Reparé en que tenía razón.

En la semana que llevaba allí jamás había estado nublado. Las pocas lluvias que habían caído lo hacían alrededor del valle.

Pero aquella tormenta era de las gordas.

En el campo de voleibol los chavales de la cabaña de Apolo jugaban un partido matutino contra los sátiros. Los gemelos de Dioniso paseaban por los campos de fresas, provocando el crecimiento de las matas. Todos parecían seguir con sus ocupaciones habituales, pero tenían aspecto tenso. No dejaban de mirar la tormenta.

-Es que ahora que te reconocieron era obvio que Zeus intentara algo.-explico Travis.

-Y nos daba miedo que hizo implique a todo el campamento en llamas.- finalizo Connor.

Grover y yo subimos al porche de la Casa Grande. Dioniso estaba sentado a la mesa de pinacle con su camisa atigrada y su Coca-Cola light, como en mi primer día; Quirón, en el lado opuesto de la mesa en su silla de ruedas falsa. Jugaban contra contrincantes invisibles: había dos manos de cartas flotando en el aire.

-¿Eras vos?- se dirigió Reyna a Annabeth.

-No, todavía no había llegado.

Bueno, bueno —dijo el señor D sin levantar la cabeza—. Nuestra pequeña celebridad.

Esperé.

Acércate —ordenó el señor D—. Y no esperes que me arrodille ante ti, mortal, sólo por ser el hijo del viejo Barba-percebe.

-Más respeto Dioniso.

Un relámpago destelló entre las nubes y el trueno sacudió las ventanas de la casa.

Bla, bla, bla —contestó Dioniso.

Quirón fingió interés en su mano de cartas. Grover se parapetó tras la balaustrada. Oía sus pezuñas inquietas.

Si de mí dependiera —prosiguió Dioniso—, haría que tus moléculas se desintegraran en llamas. Luego barreríamos las cenizas y nos evitaríamos un montón de problemas. Pero a Quirón le parece que eso contradice mi misión en este campamento del demonio: mantener a unos enanos mocosos a salvo de cualquier daño.

-Es que va en contra.- dijo el centauro.

La combustión espontánea es una forma de daño, señor D —observó Quirón.

Tonterías. El chico no sentiría nada. De todos modos, he accedido a contenerme. Estoy pensando en convertirte en delfín y devolverte a tu padre.

-Sí eso llegara a pasar, vas a ver quién va terminar como delfín.-defendió Poseidón a su hijo.

Señor D… —le advirtió Quirón.

Bueno, vale —cedió Dioniso—. Sólo hay otra opción. Pero es mortalmente insensata.

Se puso en pie, y las cartas de los jugadores invisibles cayeron sobre la mesa—. Me voy al Olimpo para una reunión de urgencia. Si el chico sigue aquí cuando vuelva, lo convertiré en delfín. ¿Entendido? Y Perseus Jackson, si tienes algo de cerebro, verás que es una opción más sensata que la que defiende Quirón.

-Y es por eso que le decimos Cerebro de Alga, ojala pudiéramos decirle Delfincito.

Dioniso tomó una carta y con un gesto la convirtió en un rectángulo de plástico. ¿Una tarjeta de crédito? No. Un pase de seguridad.

Chasqueó los dedos.

El aire pareció envolverlo. Se convirtió en un holograma, después una brisa, después había desaparecido y dejó sólo un leve aroma a uvas recién pisadas.

Quirón me sonrió, pero parecía cansado y en tensión.

Siéntate, Percy, por favor. Y tú también, Grover.

Obedecimos.

Quirón dejó las cartas sobre la mesa, una mano ganadora que no había llegado a utilizar.

Dime, Percy, ¿qué pasó con el perro del infierno?

-Solo quiso cenarlo nada más.-comento Hazel.

Me estremecí de sólo escuchar el nombre. Quirón quizá quería que dijera: «Bah, no fue nada. Desayuno perros del infierno.» Pero no me apetecía mentir.

-NUEVOO CEREALES "PERROS DEL INFIERNO", SU SABOR TE ESTREMESE EN CADA MORDIDA.- grito Leo imitando una propaganda.

-El favorito de Clarisse.- dijo Nico.

-Claro, es por eso que tiene esa cara cada mañana al desayunar!.-le continuo Will, y la parejita chocó los cinco bajo la mirada de muerte de la hija de Ares.

Me dio miedo —admití—. Si usted no le hubiera disparado, yo estaría muerto.

-Naaaa, ¿Encerio?.- dijo Jason.

Vas a encontrarte cosas peores, Percy, mucho peores, antes de que termines.

Termine… ¿qué?

Tu misión, por supuesto. ¿La aceptarás?

-Obvio! Sino Annie lo mata.- comento Piper.

Miré a Grover y vi que tenía los dedos cruzados.

Yo… —titubeé—. Señor, aún no me ha dicho en qué consiste.

Quirón hizo una mueca.

-Eso me huele mal.-murmuro Reyna.

Bueno, ésa es la parte difícil, los detalles.

El trueno retumbó en el valle. Las nubes de tormenta habían alcanzado la orilla de la playa. Por lo que podía ver, el cielo y el mar bullían.

Poseidón y Zeus están luchando por algo valioso… —dije—. Algo que han robado, ¿no es así?

-Inteligente deducción Sherlock.- lo aplaudió Thalía.

Quirón y Grover intercambiaron sendas miradas. El primero se inclinó hacia delante e inquirió:

¿Cómo sabes eso?

Me sonrojé. Ojalá no hubiera abierto mi bocaza.

El tiempo ha estado muy raro desde Navidad, como si el mar y el cielo libraran un combate. Después hablé con Annabeth, y ella había oído algo de un robo. Y… también he tenido unos sueños.

*Cof cof te mando al frente cof Cof* - se dirigió Clarie a Annabeth.

¡Lo sabía! —exclamó Grover.

Cállate, sátiro —ordenó Quirón.

¡Pero es su misión!

-CLARO QUE ES MI MISIÓN!-chillo la hija de Atenea.

Los ojos de Grover brillaron de emoción—. ¡Tiene que serlo!

Sólo el Oráculo puede determinarlo.—Quirón se mesó su hirsuta barba—. Aun así, Percy, tienes razón. Tu padre y Zeus están teniendo la peor pelea de los últimos años. Luchan por algo valioso que ha sido robado. Para ser precisos: un rayo.

-¿Mi bebe?- Zeus estaba confundido.

-¿Cómo robas un rayo?.-pregunto Helena intrigada.

Solté una carcajada nerviosa.

¿Un qué? —pregunté.

No te lo tomes a la ligera —dijo Quirón—. No estoy hablando del zigzag envuelto en papel de plata que se utiliza en las representaciones teatrales de segundo curso. Estoy hablando de un cilindro de medio metro de purísimo bronce celestial, cargado en ambos extremos con explosivos divinos.

-Ahh ya entendí, no hace falta que me expliquen. Me hago una idea.

Ah.

El rayo maestro de Zeus —prosiguió Quirón, nervioso—. El símbolo de su poder, de donde salen todos los demás rayos. La primera arma construida por los cíclopes en la guerra contra los titanes, el rayo que desvió la cumbre del monte Etna y despojó a Cronos de su trono; el rayo maestro, que contiene suficiente poder para que la bomba de hidrógeno de los mortales parezca un mero petardo.

-Eso me da más miedo que los rayos de Lennie.-comentó Jason(d).- Y eso que dejaron frito a este tontorrón enamorado.- señaló a Lucas, quien lo miro incrédulo.

¿Y no está?

-Te acaba de decir que fue robado.-afirmo Hazel.

Ha sido robado —dijo Quirón.

¿Quién?

Mejor dicho, por quién —me corrigió Quirón, maestro siempre—. Por ti.

-Pero si el enclenque no puede ni robar un jabón de la tienda del campamento.- se quejo Chris.

Me quedé atónito.

Al menos eso cree Zeus —apostilló Quirón—. Durante el solsticio de invierno, durante el último consejo de los dioses, Zeus y Poseidón tuvieron una pelea. Las tonterías de siempre, que si Rea te quería más a ti, que si las catástrofes del cielo eran más espectaculares que las del mar, etcétera.

-No son tonterías.- se defendieron ambos dioses nombrados.

-Sí, lo son.- les contesto seriamente Hades.

Cuando terminó, Zeus reparó en que el rayo maestro había desaparecido, se lo habían quitado de la sala del trono bajo sus mismas narices. Inmediatamente culpó a Poseidón. Ahora bien, un dios no puede usurpar el símbolo de poder de otro directamente; eso está prohibido por las más antiguas leyes divinas.

Pero Zeus cree que tu padre convenció a un héroe humano para que se lo arrebatara.

-No me extrañaría que lo haga.- dijo Zeus buscando iniciar una disputa con su hermano.

Pero yo no…

Ten paciencia y escucha, niño. Zeus tiene buenos motivos para sospechar. Verás, las forjas de los cíclopes están bajo el océano, lo que otorga a Poseidón cierta influencia sobre los fabricantes del rayo de su hermano. Zeus cree que Poseidón ha robado el rayo maestro y ahora ha encargado a los cíclopes que construyan un arsenal de copias ilegales, que podrían ser utilizadas para derrocar a Zeus.

-Un arsenal de esas cosas no suena nada bonito.- aseguro Piper.

Lo único que Zeus no sabía seguro es qué héroe habría usado Poseidón para cometer el divino robo. Ahora Poseidón acaba de reconocerte abiertamente como su hijo. Tú estuviste en Nueva York durante las vacaciones de invierno y podrías haberte colado fácilmente en el Olimpo. Por tanto, Zeus cree que ha encontrado a su ladrón.

-Hubiera pensado exactamente lo mismo.-confirmo Reyna.- Es lo más lógico.

¡Pero yo nunca he estado en el Olimpo! ¡Zeus está loco!

-YO NO ESTOY LOCO MOCOSO INSOLENTE!.-estalló el señor de los cielos, al ver que todos los dioses estaban de acuerdo con el comentario del muchacho. Incluso Atenea.

Quirón y Grover observaron el cielo, nerviosos. Las nubes no parecían evitarnos, como había prometido Grover; antes bien, se dirigían directamente hacia nuestro valle, y nos estaban cubriendo como la tapa de un ataúd.

Esto, Percy… —dijo Grover—. No solemos usar ese calificativo para describir al Señor de los Cielos.

-Y tiene toda la razón.- se defendió Zeus.

Quizá paranoico… —matizó Quirón—. Además, Poseidón ha intentado destronar a Zeus con anterioridad. Creo que era la pregunta treinta y ocho de tu examen final… —Me miró como si realmente esperara que me acordara de la pregunta treinta y ocho.

-Paranoico?.- les pregunto el dios a sus demás compañeros olímpicos. Quienes le respondieron un asentimiento.

¿Cómo podía alguien acusarme de robar el arma de un dios? Ni siquiera era capaz de robar un trozo de pizza de la partida de póquer de Gabe sin que me pillaran. Quirón esperaba una respuesta.

-Ese tal Gabe parece ser del tipo al cual no puedes robarle su pizza.- comento Héctor.

¿Algo sobre una red dorada? —recordé—. Poseidón, Hera y otros dioses… Creo que atraparon a Zeus y no lo dejaron salir hasta que prometió ser mejor gobernante, ¿no?

-¿Por qué el hijo de este Cabeza de Calamar simplifica tanto las cosas?.- se quejó la diosa de la sabiduría.

Correcto. Y Zeus no ha vuelto a confiar en Poseidón desde entonces. Por supuesto, Poseidón niega haber robado el rayo maestro. Se ofendió muchísimo ante tal acusación. Ambos llevan meses discutiendo, amenazando con la guerra. Y ahora llegas tú, la proverbial última gota.

-Percy=CAOS!-explico Nico.-¿Cuántas veces lo tengo que repetir?

-Te equivocas.-lo corrigió Octavio.- Griegos=CAOS.

¡Pero si sólo soy un niño!

-Seee…puf un niño! Como si un niño fuera derrotar al minotauro.- murmuro Annabeth.

Percy —intervino Grover—. Si fueras Zeus y pensaras que tu hermano te la está jugando, y de repente éste admitiera que ha roto el sagrado juramento que hizo tras la Segunda Guerra Mundial, que ha engendrado un nuevo héroe mortal que podría ser utilizado contra ti… ¿no estarías mosqueado?

Pero yo no hice nada. Poseidón, mi padre, no ha mandado robar el rayo, ¿verdad?

-Ya ni él sabe que es lo que hace o hizo, pobrecito.- dijo Leo que salto sobre Percy y le acaricio el pelo como si fuera un niño pequeño.

Quirón suspiró.

Cualquier observador inteligente coincidiría en que el robo no es el estilo de Poseidón, pero el dios del mar es demasiado orgulloso para intentar convencer a Zeus. Éste ha exigido que le devuelva el rayo hacia el solsticio de verano, que cae el veintiuno de junio, dentro de diez días. Por su parte, Poseidón quiere el mismo día una disculpa por haber sido llamado ladrón. Confío en que la diplomacia se imponga, que Hera, Deméter o Hestia hagan entrar en razón a los dos hermanos. Pero tu llegada ha inflamado los ánimos de Zeus. Ahora ningún dios va a echarse atrás. A menos que alguien intervenga y que el rayo original sea encontrado y devuelto a Zeus antes del solsticio, habrá guerra.

-Tiene toda la razón.- comento Atenea.- Y eso que odio defender al señor Cola de Caballo.

-¿ No les falto ningún animal relacionado a mí con el que todavía no se hallan burlado de mí?.- se quejó Poseidón ante sus apodos.

¿Y sabes cómo sería una guerra abierta, Percy?

¿Mala?

-Te quedas corto.- lo corrigió Hefesto.

Imagínate el mundo sumido en el caos. La naturaleza en guerra consigo misma. Los Olímpicos obligados a escoger entre Zeus y Poseidón. Destrucción, carnicería, millones de muertos. La civilización occidental convertida en un campo de batalla tan grande que las guerras troyanas parecerán de juguete.

-Y eso que Troya no fue ninguna broma.- acató Casandra.

Mal asunto —dije.

Y tú, Percy Jackson, serás el primero en sentir la ira de Zeus.

-Siempre soy el primero, así que por favor formen fila para matarme.- comentó con enojo el hijo de Poseidón.

Empezó a llover.

-Supongo que eso es malo.-intervino Frank.

Los jugadores de voleibol interrumpieron el partido y miraron al cielo en silencio expectante. Era yo quien había traído aquella tormenta a la colina Mestiza. Zeus estaba castigando todo el campamento por mi culpa. Sentí rabia.

-Es injusto!.-dijo Frank enojado.- Y no solo por Percy, sino que para todos los otros.

Así que tengo que encontrar ese estúpido rayo —concluí— y devolvérselo a Zeus.

-Sí están poderoso como se dice no creo que sea tan estúpido.- comento Jason (d)

¿Qué mejor ofrecimiento de paz —apostilló Quirón— que sea el propio hijo de Poseidón quien devuelva la propiedad de Zeus?

Si Poseidón no lo tiene, ¿dónde está ese cacharro?

Los dioses estallaron en carcajadas ante la gran ocurrencia del Percy de doce años.

-Cacharro! Definitivamente es hijo tuyo hermano.- río Hades.

-Ahora queda más que claro que yo no fui. ¿Por qué querría robar un cacharro?- se burló el dios de los mares de su hermano menor.

Mientras el resto de los dioses seguían burlándose de su preciado bebe, Zeus se debatía si resignarse y seguir con su promesa de no herir al chico, o si callar a sus compadres demostrando el poder su "cacharro" sobre el hijo de su hermano. Estaba más que claro que ese mote iba durar siglos.

Creo que lo sé. —La expresión de Quirón era sombría—. Parte de una profecía que escuché hace años… bueno, algunas frases ahora cobran sentido para mí. Pero antes de que pueda decir más, debes aceptar oficialmente la misión. Tienes que pedirle consejo al Oráculo.

¿Por qué no puede decirme antes dónde está el rayo?

Porque, si lo hiciera, tendrías demasiado miedo para aceptar el desafío.

Tragué saliva.

-No suena nada bien eso.- dijo Katie.

Buen motivo.

¿Aceptas, entonces?

Miré a Grover, que asintió animoso. Qué fácil era para él, ya que Zeus no tenía nada en su contra.

-No fue tan fácil.

De acuerdo —contesté—. Mejor eso que me conviertan en delfín.

-Pedro Johansson, te queda bien como te llaman tus amigos.-se interrumpió el señor D.- Se nota que no tienes un gramo de cerebro.

Pues ha llegado el momento de que consultes con el Oráculo —concluyó Quirón—. Ve arriba, Percy Jackson, al ático. Cuando bajes, si sigues cuerdo, continuaremos hablando.

-Ese " Si sigues cuerdo" no suena alentador.- afirmo Casandra, quien se dispuso a escuchar atentamente como era el oráculo.

Cuatro pisos más arriba, las escaleras terminaban debajo de una trampilla verde. Tiré de la cuerda. La portezuela se abrió, y de ella bajó una escalera traqueteando.

El cálido aire que llegaba de arriba olía a moho, madera podrida y algo más… un olor que recordaba de la clase de biología. Reptiles. Olor a serpientes.

-Díganme que no tengo olor a reptil después de que me posee el espíritu de Delfos.-rogo Rachel.

Contuve el aliento y subí.

El ático estaba lleno de trastos viejos de héroes griegos: armaduras cubiertas de telarañas; escudos antaño relucientes y ahora manchados de orín; baúles viejos de cuero con pegatinas en las que se leía: «ÍTACA», «isla de circe» y «PAÍS DE las AMAZONAS». Había una mesa larga atestada de tarros con cosas encurtidas: garras peludas troceadas, enormes ojos amarillos, distintas partes de monstruo. En la pared destacaba un trofeo polvoriento; parecía la cabeza gigante de una serpiente, pero tenía cuernos y una fila entera de dientes de tiburón. En la placa ponía: «cabeza n.° i de la hidra, woodstock, N.Y., 1969.»

Junto a la ventana, sentada en un taburete de madera de tres patas, estaba el objeto más asqueroso de todos: una momia. No de las que van envueltas con vendas, sino un cadáver de mujer encogido y arrugado como una pasa. Llevaba un vestido teñido con nudos, muchos collares de cuentas y una diadema por encima de una larga melena negra. La piel del rostro era delgada y coriácea, y los ojos eran rajas de cristal blanco, como si hubieran reemplazado los auténticos por piedras de mármol; llevaba muerta muchísimo tiempo.

-Ughh repugnante.- murmuro Clarie.

-Prefiero consultar a Octavio y sus ositos destripado que a su viejo oráculo.- concordo Reyna con la opinión de la chica asiática.

Perséfone miro de reojo a su esposo, capas ya era hora de que empiece a sentir culpa por lo que le había hecho a esa pobre chica.

Mirarla me produjo escalofríos. Y eso fue antes de que se retrepara en el taburete y abriera la boca. De dentro de la momia salió una niebla verde que se enroscó en el suelo con gruesos tentáculos, silbando como veinte mil serpientes juntas.

-Todo un as de las matemáticas.- le dijo Clarisse a Percy.

Tropecé intentando llegar a la trampilla, pero se cerró de golpe. Una voz se me coló por un oído y se me enroscó en el cerebro: «Soy el espíritu de Delfos, degollador de la gran Pitón. Acércate, buscador, y pregunta.»

-¿Desde cuándo un sonido se enrosca en el cerebro?- preguntó Lucas.

-No lo sé, pero sería un buen poder.- le contestó Will.

Yo quería decir: «No, gracias, me he equivocado de puerta, sólo estaba buscando el baño», pero me forcé a inspirar.

-Siempre tan ocurrente.- Annabeth se dio un golpecito en la frente.

-Es que él es de mi club.- lo defendió Leo.

La momia no estaba viva. Era algún tipo de receptáculo truculento para otra cosa, el poder que ahora me envolvía en forma de niebla verde. Sin embargo, su presencia no transmitía maldad como mi profesora de matemáticas demoníaca o el Minotauro. Era más bien como las tres Moiras que había visto hilando en aquel puesto de frutas: arcaica, poderosa y sin duda no humana, pero tampoco particularmente interesada en matarme.

-Suena como que muchas cosas quieren matarte.- dijo Helena.

-La fila es larga, más de lo considerado saludable.-contesto Percy apenado.

Reuní valor para preguntar:

¿Cuál es mi destino?

-Es algo complicado, dependiendo de que profecía y edad estamos hablando.- le respondió Grover.

La niebla se espesó y se aglutinó justo frente a mí y alrededor de la mesa con los tarros de trozos de monstruos en vinagre. De repente aparecieron cuatro hombres sentados a la mesa, jugando a las cartas. Sus rostros se volvieron nítidos: eran Gabe el Apestoso y sus colegas. Apreté los puños, aunque sabía que aquella partida de póquer no podía ser real. Era una ilusión de niebla.

Gabe se volvió hacia mí y habló con la voz áspera del Oráculo: «Irás al oeste, donde te enfrentarás al dios que se ha rebelado.»

El tipo a su derecha levantó la vista y dijo con la misma voz: «Encontrarás lo robado y lo devolverás.»

-Eso es música para mis oídos.- se alegro Zeus.

- Pobre, el nene no duerme si su cacharro.- le hizo burla Hades.

El de la izquierda subió la apuesta con dos fichas y después dijo: «Serás traicionado por quien se dice tu amigo.»

-Y ahí es cuando se terminó tu poca buena suerte.- comento Nico.

Por último, Eddie, el portero del edificio, pronunció la peor de todas: «Al final, no conseguirás salvar lo más importante.»

-La suerte no está de tu parte.- dijo Will.

-Estos no son los Juegos del Hambre!.- lee recordó Chris.- Es el inicio de la guerra.

Las figuras empezaron a disolverse. Me quedé alelado contemplando cómo la niebla se retiraba y, enroscándose como una enorme serpiente verde, se deslizaba por la boca de la momia.

¡Espera! —grité—. ¿Qué quieres decir? ¿Qué amigo? ¿Qué es lo que no podré salvar?

-Lo último lo sabes muuuy bien.- acertó Lucas que había detectado la mentira de Percy en su conversación con Grover.

La cola de la serpiente de niebla desapareció por la boca de la momia, que se reclinó de nuevo contra la pared y cerró la boca con fuerza, como si no la hubiera abierto en cien años. El desván quedó otra vez en silencio, abandonado, nada más que una habitación llena de recuerdos.

Me dio la sensación de que podría quedarme allí hasta que tuviera telarañas y aun así no averiguaría nada más.

-Es que por el momento no tiene por qué dirigirse a ti.- le explico Apolo.

Mi audiencia con el Oráculo había terminado.

¿Y bien? —me preguntó Quirón.

Me derrumbé en la silla junto a la mesa de pinacle.

Me ha dicho que recuperaré lo que ha sido robado.

Grover se adelantó en su silla, mascando nervioso los restos de una lata de Coca-Cola light.

-¿Eso no es peligroso?.- pregunto Andy.

-No si eres un sátiro, sirena.- le demostró el Hedge comiéndose su lata que acababa de terminar.- Muy nutritiva.

¡Eso es genial!

¿Qué ha dicho el Oráculo exactamente? —me presionó Quirón—. Es importante.

Aún me resonaba en los oídos el tintineo de la voz de reptil.

Ha… ha dicho que me dirija al oeste para enfrentarme al dios que se ha rebelado. Recuperaré lo robado y lo devolveré intacto.

Lo sabía —intervino Grover.

Quirón no parecía satisfecho.

¿Algo más?

No quería contárselo. ¿Qué amigo me traicionaría? Tampoco tenía tantos. Y la última frase: fracasaría en lo más importante. ¿Qué clase de Oráculo me enviaría a una misión y me diría: «Ah, y por cierto, vas a fracasar»? ¿Cómo podía confesar aquello?

No —respondí—. Eso es todo.

-Percy me dio cuenta de tu mentira hasta yo.- dijo Orión- Y eso que no soy un descubrementiras.

-Supongo que poder de la casta de Tebas, ¿Verdad?.- supuso Will.- Es muy raro pero algunos de mis hermanos tienen ese poder.-agrego tras el asentimiento por parte de sus pares del otro mundo.

Estudió mi rostro.

Muy bien, Percy. Pero debes saber que las palabras del Oráculo tienen con frecuencia doble sentido. No les des demasiadas vueltas. La verdad no siempre aparece evidente hasta que suceden los acontecimientos.

-Estúpidas profecías. Nunca nada claro.-se quejó Luke, comentario que fue bien resivido tanto por griegos como romanos.

Tuve la impresión de que sabía que me aguardaba algo malo y que intentaba darme ánimos.

-Siempre tan bueno.- lo elogio Hestia al viejo centauro.

Vale —dije, ansioso por cambiar de tema—. ¿Y adonde tengo que ir? ¿Quién es ese dios del oeste?

Piensa, Percy. Si Zeus y Poseidón se debilitan mutuamente en una guerra, ¿quién sale ganando?

Alguien que quiera hacerse con el poder —supuse.

-JA no me digas.-se burló Atenea.-Brillante deducción.

Pues sí. Alguien que les guarda rencor, que lleva descontento con lo que le ha tocado desde que el mundo fue dividido hace eones, cuyo reino se volvería poderoso con la muerte de millones. Alguien que detesta a sus hermanos por haberle hecho jurar que no tendría más hijos, un juramento que ahora han roto ambos.

-Supongo que tengo todos los boletos de esa lotería.- Hades se quejo.

Pensé en mis sueños, la voz malvada que había hablado desde las entrañas de la tierra.

-No, definitivamente no es Hades esa voz.- comento la diosa de la sabiduría con preocupación.

¿Hades?

Quirón asintió.

El Señor de los Muertos es el candidato seguro.

A Grover se le cayó un pedazo de aluminio de la boca.

Unos cuantos presentes rieron.

-No es gracioso si eres sátiro.-lo defendió Hedge.

Uau. ¿Q-qué?

Una Furia fue tras Percy —le recordó Quirón—. Lo observó hasta estar segura de su identidad, y luego intentó matarlo. Las Furias sólo obedecen a un señor: Hades.

Hades odia a los héroes —comentó Grover—. Y si ha descubierto que Percy es hijo de Poseidón…

Un perro del infierno se metió en el bosque —prosiguió Quirón—. Sólo pueden ser invocados desde los Campos de Castigo, y tuvo que hacerlo alguien del campamento. Hades debe de tener un espía aquí. Debe de sospechar que Poseidón intentará usar a Percy para limpiar su nombre. A Hades le interesa ver a este joven muerto antes de que pueda acometer su misión.

-A mi no me miren.- dijo Nico ante la miradas que estaba recibiendo.- En ese momento yo estaba encerrado en el casino Lotus.

Estupendo —murmuré—. Ahora quieren matarme dos de los dioses principales.

-Bienvenido al club.- lo saludo Helena.

Pero una misión al… —Grover tragó saliva—. Quiero decir, ¿no podría estar el rayo robado en algún lugar como Maine? Maine es muy bonito en esta época del año.

-Grover y Maine un solo corazón.-chillo Thalía.

Hades envió a una de sus criaturas para robar el rayo —insistió Quirón—. Lo ha escondido en el inframundo, sabiendo de sobra que Zeus culparía a Poseidón. No pretendo entender las razones del Señor de los Muertos, o por qué ha elegido este momento para desatar una guerra, pero hay algo que es seguro: Percy tiene que ir al inframundo, encontrar el rayo maestro y revelar la verdad.

-No hay ninguna razón porque yo no fui! ¿Verdad hijo?.- le pregunto Hades a Nico.

-Sí! Nosotros no fuimos.- le respondió el aludido y el señor del inframundo suspiro aliviado.

Sentí un extraño fuego en mi estómago. Fue lo más raro del mundo: porque no era miedo, sino ganas.

El deseo de venganza. Hades había intentado matarme ya tres veces, con la Furia, el Minotauro y el perro del infierno. La desaparición de mi madre en un destello de luz era culpa suya. Ahora intentaba atribuirnos a mi padre y a mí un robo que no habíamos cometido.

Estaba listo para devolvérsela.

-Percy se enojo, ojo gente.-les advirtió Jason.

Además, si mi madre estaba en el inframundo…

-Y volvemos a la mentira.-suspiro Lucas.

«Vamos, chico —dijo la pequeña parte de mi cerebro que aún conservaba un atisbo de cordura—. Eres un crío. Y Hades un dios.»

-Sabió pensamiento.-afirmo Hades.- Vez que si tiene alguna que otra neurona en funcionamiento Atenea.

Grover estaba temblando. Había empezado a comerse las cartas del pinacle como si fueran chips. El pobre tenía que cumplir una misión conmigo para conseguir su licencia de buscador, fuera eso lo que fuese, pero ¿cómo podía yo pedirle que me acompañara en esta misión, sobre todo cuando el Oráculo me había dicho que estaba destinada a fracasar? Era un suicidio.

Mire, si sabemos que es Hades —le dije a Quirón—, ¿por qué no se lo decimos a los otros dioses y punto? Zeus o Poseidón podrían bajar al inframundo y aplastar unas cuantas cabezas.

-No es tan fácil hijo, además el orgulloso de mi hermano no se va creer eso.-explico Poseidón.- Semejante lío por un cacharro.

Sospechar y saber no son la misma cosa —repuso él—. Además, aunque los demás dioses sospechen de Hades (y supongo que Poseidón no será la excepción), ellos no podrían recuperar el rayo. Los dioses no pueden cruzar los territorios de los demás salvo si son invitados. Ésa es otra antigua regla. Los héroes, en cambio, poseen ciertos privilegios. Pueden ir a donde quieran y desafiar a quien quieran, siempre y cuando sean lo bastante osados y fuertes para hacerlo. Ningún dios puede ser considerado responsable de las acciones de un héroe. ¿Por qué crees que los dioses operan siempre a través de humanos?

Me está diciendo que estoy siendo utilizado.

-Exacto.- murmuraron varios campistas.

Estoy diciendo que no es casualidad que Poseidón te haya reclamado ahora. Es una jugada arriesgada, pero el pobre se encuentra en una situación desesperada. Te necesita.

Mi padre me necesita.

Las emociones se arremolinaron en mi interior como pedacitos de cristal en un calidoscopio.

-Siempre tan normal.-suspiro Annabeth.

No sabía si sentir rencor o agradecimiento, si estar contento o enfadado. Poseidón me había ignorado durante doce años. Y ahora de repente me necesitaba.

Miré a Quirón.

Usted sabía que era hijo de Poseidón desde el principio, ¿verdad?

Tenía mis sospechas. Como he dicho… también yo he hablado con el Oráculo.

Intuí que me estaba ocultando buena parte de su profecía, pero decidí que ahora no podía preocuparme por eso. Después de todo, también yo me estaba guardando información.

Bueno, a ver si lo he entendido —dije—. Se supone que debo bajar al inframundo para enfrentarme al Señor de los Muertos.

Exacto —contestó Quirón.

Y encontrar el arma más poderosa del universo.

*Cof cof cacharro cof Cof*- disimulo Apolo.

Exacto.

Y regresar al Olimpo antes del solsticio de verano, en diez días.

Exacto.

-Es muy poco tiempo ese.- dijo Dakota.

Miré a Grover, que se estaba tragando el as de corazones.

Los presentes inmaduros rieron poniendo rojo al joven Señor de lo Salvaje.

¿He mencionado que Maine está muy bonito en esta época del año? —preguntó con un hilo de voz.

-De seguro va a llamar a su hija Maine.- le susurró Nico a Percy.

No tienes que venir —le dije—. No puedo exigirte eso.

Oh… —Arrastró las pezuñas—. No… es sólo que los sátiros y los lugares subterráneos… Bueno… —Inspiró con fuerza y se puso en pie mientras se sacudía pedacitos de cartas y aluminio de la camiseta —. Me has salvado la vida, Percy. Si… si dices en serio que quieres que vaya contigo, no voy a dejarte tirado.

Me sentí tan aliviado que tuve ganas de llorar, aunque no me parecía un gesto demasiado heroico. Grover era el único amigo que me había durado más de unos meses. No estaba seguro de hasta qué punto podría ayudarme un sátiro contra las fuerzas de los muertos, pero me sentí mejor sabiendo que estaría conmigo.

Pues claro que sí, súper G.

Me volví hacia Quirón—. ¿Y adonde vamos? El Oráculo sólo ha dicho hacia el oeste.

La entrada al inframundo está siempre en el oeste. Se desplaza de época en época, como el Olimpo. Justo ahora, por supuesto, está en Estados Unidos.

-¿Dónde?-pregunto Orión.

¿Dónde?

Quirón pareció sorprendido.

Pensaba que sería evidente. La entrada al inframundo está en Los Angeles.

-Puff sí que evidente.-murmuro el Heredero de las castas de Roma y Atenas.

Ah —dije—. Naturalmente. Así que nos subimos a un avión…

-Annie, deberías vigilarlo.-se dirigio Piper a su amiga.- Tiene conductas suicidas.

¡No! —exclamó Grover—. Percy, ¿en qué estás pensando? ¿Has ido en avión alguna vez en tu vida?

-Gracias Grover por mantener al tonto con vida.-le agradeció Reyna.

Meneé la cabeza, avergonzado. Mamá nunca me había llevado a ningún sitio en avión. Siempre decía que no teníamos suficiente dinero. Además, sus padres habían muerto en un accidente aéreo.

-No sé por qué me huele a que fue culpa del señor Cacharro.- murmuro Artemisa.

Percy, piensa —intervino Quirón—. Eres hijo del dios del mar, cuyo rival más enconado es Zeus, Señor del Cielo. Así pues, tu madre fue suficientemente sensata como para no confiarte a un avión. Estarías en los dominios de Zeus y jamás regresarías a tierra vivo.

Por encima de nuestras cabezas, refulgió un rayo. El trueno retumbó.

Vale —dije, decidido a no mirar la tormenta—. Bueno, pues viajaré por tierra.

-Medio tarde llego el mensaje.- se burlo Will-

Bien —prosiguió Quirón—. Puedes ir con dos compañeros. Grover es uno. La otra ya se ha ofrecido voluntaria, si aceptas su ayuda.

Caramba —fingí sorpresa—. ¿Quién puede ser tan tonta como para ofrecerse voluntaria en una misión como ésta?

-Justamente nos preguntamos eso, Annie.- dijo Thalía con una mirada pícara.

El aire resplandeció tras Quirón.

Annabeth se volvió visible quitándose la gorra de los Yankees y la guardó en el bolsillo trasero.

Llevo mucho tiempo esperando una misión, sesos de alga —espetó—. Atenea no es ninguna fan de Poseidón, pero si vas a salvar el mundo, soy la más indicada para evitar que metas la pata.

-Seee justamente es por eso y nada mas.- comento con sarcasmo Connor.

-Claro hermano, no hay en juego ningún sentimiento.-lo siguió Travis.

Anda, si eso es lo que piensas —repliqué—, será porque tienes un plan, ¿no, chica lista?

Se puso como un tomate.

-Awwwww! Ternurita.- chilló Afrodita, haciendo reír a unos cuantos.

¿Quieres mi ayuda o no?

-Le tocaste le fibra sensible.- comento Clarisse.

Vaya si la quería.

-Ya desde tan joven.- se burló Jason haciéndole ojitos a su amigo.}

-No me refería en ese sentido.

-Si claro, y Cassie no siente nada por Orión.- comentó Héctor. Recibiendo un golpe por parte de la pequeña Delos y una mirada de no-toques-ese-tema-porque-esta-vez-no-te-revivo de Lucas.

Necesitaba toda la ayuda que pudiera obtener.

Un trío —dije—. Podría funcionar.

-Ni lo pienses.- Katie le pego a Travis que estaba por hacer un comentario de muy mal gusto.

Excelente —añadió Quirón—. Esta tarde os llevaremos a la terminal de autobús de Manhattan. A partir de ahí estaréis solos.

-Uff cuanto apoyo.-dijo Frank.

-Justo como el que tuvimos nosotros en nuestra misión.- le recordó Hazel.

Refulgió un rayo. La lluvia inundaba los prados que en teoría jamás debían padecer climas violentos.

-Más clara no podía ser la señal.-indicó Annabeth.

No hay tiempo que perder —dijo Quirón—. Deberíais empezar a hacer las maletas.

-¿Con qué si ni tiene nada?-preguntó Leo divertido.


Hoy vamos a ir por orden:

1) En primer lugar espero que hayan pasado unas muy buenas fiestas.

2) Leo me llamó desde el Olimpo y me envió una foto de la ruleta, así podría recrear una como la que ellos están usando en estos momentos. Por eso tras unas tres horas de arduo trabajo conseguí una recreación bastante aceptable y funcional para poder cumplir mas efectivamente mi tarea encomendada por las Parcas. Sí algún curioso gusta de husmear aquí les dejo un link para que la vean. art/Ruleta-Olimpica-582377180

Nos vemos en siguiente capitulo. XOXO