****En un café de Nueva York****
Una mujer de risos rubios como el oro miraba ansiosa por la ventana, como si estuviera esperando a alguien.
Lleva ya un rato sentada en ese pequeño y acogedor café, cuando sus ojos verdes brillaron en alegría y reconocimiento. Una mujer huesuda de cabello negro ondulado, desfilo por la entrada hasta llegar a la mesa de la rubia.
Varios de los mozos del café las miraron extrañados, eran complemente opuestas.
La joven rubia portaba un vestido muy elegante color dorado y adornada con joyas de pies a cabeza, llevaba también consigo una pequeña cartera de fiesta, obviamente a tono con su estilo, la cual no cerraba bien debido a la gran cantidad de pases de casino que contenía en su interior. Mientras que la huesuda vestía pantalones de cuero negro, con bota altas al tono y una chaqueta de cuero rojo sangre, bien al estilo motociclista.
Ninguna de las dos encajaba con el ambiente calmo y familiar del pequeño café.
-¿Ahora pagas los cafés con fichas de casino?-pregunto la motociclista a la rubia, al sentarse en la mesa frente a ella.
-Me alegro de verte Némesis.-la saludo amistosamente la otra.
-Siempre dije eras demasiado buena Tique pero hoy me has demostrado que todavía conservas ese lado salvaje.-le contesto Némesis a la diosa de la fortuna con una sonrisa en su rostro.- Todo salió mejor de lo que esperábamos.
-Si lo vi.- dijo Tique señalando un vaso de agua donde se apreciaba una escena de caos total en Olimpo, Hera con cola de pavo real, gritos y risas por todos lados.- Es un placer que esa chica Hazel haya tenido tan brillante idea.
-Vamos a tener una de las mejores tareas en siglos.- Némesis rio.- Al principio pensé que sería aburrido como siempre trabajar juntas pero me está gustando tu forma de pensar amiga. Hera no se lo esperaba para nada.
-Vamos a mostrarles quienes somos las diosuchas y diosuches de cuarta.- comento alegremente la diosa de la fortuna y ambas rieron.
Nunca se habían llevado del todo bien, pero esta era una ocasión que requería del trabajo de ambas, y se presentía en el aire que se la iban a pasar bomba.
-¿Y quién piensas que leerá próximamente ?-le pregunto la diosa de la venganza y el equilibrio con una mirada picara.
-No lo sé, veamos a ver quién se lo merece.- y ambas diosas centraron su atención en el vaso de agua para admirar la situación que ellas habían creado en el Olimpo…
****De vuelta al Olimpo cuando Hera termina el cápitulo****
Y antes de que algún presenta pueda decir algo sobre su comentario, la Reina comenzó a leer el capítulo que le añadieron de castigo.
Capítulo 11 Visitamos el emporio de gnomos de jardín.
-¿Y ahora que tienen que verlo los gnomos de jardín con la misión?-pregunto Dakota confundido por el título.
En cierto sentido, es bueno saber que hay dioses griegos ahí fuera,
-Ya era hora que se diera cuenta.- dijo Hermes sonriente.
porque tienes alguien a quien echarle la culpa cuando las cosas van mal.
-¡¿EHH?!- se quejaron la mayoría de los dioses.
Por ejemplo, si eres un mortal y estás huyendo de un autobús atacado por arpías monstruosas y fulminado por un rayo —y si encima está lloviendo—, es normal que lo atribuyas a tu mala suerte;
-Como mortal aquí presente se lo atribuiría a más que la mala suerte.- murmuro Rachel.
pero si eres un mestizo, sabes que alguna criatura divina está intentando fastidiarte el día.
-Típico.- correaron varios mestizos.
Así que allí estábamos, Annabeth, Grover y yo, caminando entre los bosques que hay en la orilla de Nueva Jersey. El resplandor de Nueva York teñía de amarillo el cielo a nuestras espaldas, y el hedor del Hudson nos anegaba la pituitaria.
-Un paseo feliz por los bosques.- dijo divertida Piper.
Grover temblaba y balaba, con miedo en sus enormes ojos de cabra.
-¿Qué clase de macho cabrío eres?-chillo Hedge indignado.
-Ya vas a ver lo que Grove equipado con zapatos alados.- le contesto Percy.
—Tres Benévolas —dijo con inquietud—. Y las tres de golpe.
Yo mismo estaba bastante impresionado. La explosión del autobús aún resonaba en mis oídos. Pero Annabeth seguía tirando de nosotros.
—¡Vamos! Cuanto más lejos lleguemos, mejor.
-Bien hecho y dicho hija mía.- la felicito Atenea.
—Nuestro dinero estaba allí dentro —le recordé—. Y la comida y la ropa. Todo.
—Bueno, a lo mejor si no hubieras decidido participar en la pelea…
—¿Qué querías que hiciera? ¿Dejar que os mataran?
-Eso parece…-comento Katie.
—No tienes que protegerme, Percy. Me las habría apañado.
-Se que puedes defenderte más que bien por ti misma mi Chica Sabia.- el hijo de Poseidón le dijo a su novia mientras la abrazaba.
—En rebanadas como el pan de sandwich —intervino Grover—, pero se las habría apañado.
-Pero Grover tenía razón.- añadió Reyna.- No tenías mucho a tu favor.
—Cierra el hocico, niño cabra —le espetó Annabeth.
Grover baló lastimeramente.
—Latitas… —se lamentó—. He perdido mi bolsa llena de estupendas latitas para mascar.
-No puedo creer que en una situación así solo te importaban tus latitas.-lo reprendió Casandra.
-Hey! No me vengas con sermones porque no sé si te habrás dado cuenta que esa era mi comida.- se defendió el Señor de lo Salvaje.
Atravesamos chapoteando terreno fangoso, a través de horribles árboles enroscados que olían a colada mohosa.
Al cabo de unos minutos, Annabeth se puso a mi lado.
—Mira, yo… —Le falló la voz—. Aprecio que nos ayudases, ¿vale? Has sido muy valiente.
—Somos un equipo, ¿no?
-Awww el amor del compañerismo.-chillo Clarie.
Se quedó en silencio durante unos cuantos pasos.
—Es sólo que si tú murieras… aparte de que a ti no te gustaría nada
-Obvio! Levante la mano a quien le gusta morir.-grito Leo.
- Graecus destruye ciudades, acá nadie murió todavía.-le contesto con enojo ante la obviedad Octavio.
-¿Merodear cerca del puente entre la vida y la muerte cuenta?-preguntó Jason(d)
, supondría el fin de la misión. Y puede que ésta sea mi única oportunidad de ver el mundo real. ¿Me entiendes ahora?
-Claro que te entiende perfectamente, lo estas usando para salir al mundo.- explico Thalía.
-Tipico de los hijos de Atenea.- murmuro Will.
-Oye!¿Qué te pasa con nosotros?- pregunto con enojo la hija de Atenea refiriéndose a ella y sus hermanos.
-Emmm…este bueno…no me mates…más de una vez nos han usado, por ejemplo como señuelos en el captura la bandera…-contestó el hijo de Apolo asustado.
-Ahh…mmm bueno lo sentimos, no se cruza de ese modo por la cabeza.
La tormenta había cesado por fin. El fulgor de la ciudad se desvanecía a nuestra espalda y estábamos sumidos en una oscuridad casi total. No veía a Annabeth, salvo algún destello de su pelo rubio.
—¿No has salido del Campamento Mestizo desde que tenías siete años? —le pregunté.
-La mayoría no sale así porque así Sesos de Alga.-explico Chris.
—No. Sólo algunas excursiones cortas. Mi padre…
—El profesor de historia.
—Sí. Bueno, no funcionó vivir con él en casa. Me refiero a que mi casa es el Campamento Mestizo. En el campamento entrenas y entrenas, y eso está muy bien, pero los monstruos están en el mundo real. Ahí es donde aprendes si sirves para algo o no.
-No es muy sabio que tu hija anda buscando pelea, sobrinita.-le comento en tono juguetón de superioridad Poseidón.
-Lamentablemente…tienes… tienes razón.- acepto la diosa de la sabiduría con bastante dificultad, como si le costara.- Annabeth no está bien que busques pelea.
-Más vale que no empieces el rollo como Luke.- le advirtió Thalía recordando esa época en donde Luke busca enfrentarse a los monstruos por cualquier razón.
Me pareció detectar cierta duda en su voz.
—Eres muy valiente —le dije.
-Por su puesto.- corearon sus amigos.
-Después de pasar todo por todo en el Argo II nos quedó muy en claro.-le confeso Hazel.- En Roma… en tu lugar no sé qué hubiera hecho.
—¿Eso crees?
—Cualquiera capaz de hacerle frente a una Furia lo es. —Aunque no veía nada, tuve la sensación de que sonreía.
-En eso estoy de acuerdo.- concordó Orión.
—Mira —dijo—, quizá tendría que decírtelo… Antes, en el autobús, ocurrió algo curioso…
Fuera lo que fuese lo que iba a decir, se vio interrumpido por un sonido agudo, como el de una lechuza al ser torturada.
-¡¿Qué pasoo?- suplico Helena desesperada por saber.
—¡Eh, mi flauta sigue funcionando! —exclamó Grover—. ¡Si me acordara de alguna canción buscasendas, podríamos salir del bosque! —Tocó unas notas, pero la melodía no se apartó demasiado de Hillary Duff.
-Aunque después no lo necesitamos.-murmuro el sátiro.
En ese momento me estampé contra un árbol y me salió un buen chichón. Añádelo a la lista de superpoderes que no tengo: visión de infrarrojos.
-No nos hace falta que tengas más poderes Percy.- comento Connor.
-Pobre tonto, desea lo que nosotros tenemos.- añadió Travis muy divertido.
-Esperen…momentito momentito…¡¿Tienen visión infraroja?- gritaron Percy y Leo.
-No ven que se las están jugando, no tienen ese poder.- los intento calmar Piper.
-Y tú qué sabes palomita…-los Stoll le lanzaron esa mirada picara de Hermes.
Tras tropezar, maldecir y sentirme un desgraciado en general durante aproximadamente un kilómetro más, empecé a ver luz delante: los colores de un cartel de neón. Olí comida. Comida frita, grasienta y exquisita.
-Mi perfume favorito.- intervino Leo mientras hacía como que olía el aire, bajo la mirada horrorizada de Katie, Deméter y Piper.
Reparé en que no había comido nada poco saludable desde mi llegada a la colina Mestiza, donde vivíamos a base de uvas, pan, queso y barbacoas de carne extrafina preparadas por ninfas.
-Buscamos darle la mejor alimentación posible, después de todo tienen que sobrevivir a los monstruos.- afirmó Quirón.
-Y con una mala alimentación no creo que duren mucho.- añadió complemente de acuerdo la diosa de la agricultura.
La verdad, estaba necesitando una hamburguesa doble con queso.
-Cualquiera necesita más de una después unos días en el campamento.- comento Nico.
-Agradezcamos que nosotros sí las tenemos, porque obviamente somos unos pioneros.- murmuro Octavio, esperando que nadie lo mate por su comentario. Ya era hora que volviera al juego.
Seguimos andando hasta que vi una carretera de dos carriles entre los árboles. Al otro lado había una gasolinera cerrada, una vieja valla publicitaria que anunciaba una peli de los noventa, y un local abierto, que era la fuente de la luz de neón y el buen aroma.
-A mí no me huele tan bien…-intervino Lucas.
-Estoy complemente de acuerdo.-dijo Frank.- Un cartel de una peli tan vieja no es buena señal.
No era el restaurante de comida rápida que había esperado, sino una de esas raras tiendas de carretera donde venden flamencos decorativos para el jardín, indios de madera, ositos de cemento y cosas así.
-Con más razón no deberían ni acercarse a 20 metros.-volvió a recalcar Frank.
El edificio principal, largo y bajo, estaba rodeado de hileras e hileras de pequeñas estatuas. El letrero de neón encima de la puerta me resultó ilegible, porque si hay algo peor para mi dislexia que el inglés corriente, es el inglés corriente en cursiva roja de neón.
Leí algo como: «moperio de mongos de rajdín elatida MEE».
—¿Qué demonios pone ahí? —pregunté.
-Me pregunto exactamente lo mismo.- confeso Héctor.
—No lo sé —contestó Annabeth.
Le gustaba tanto leer que había olvidado que también era disléxica.
-¿Todos ustedes son disléxicos?.-pregunto con curiosidad Ariadna.
-No todos, algunos especiales como el pretor Zhang no la padecen.-explico Reyna mientes Frank agitaba su mano en un saludo.- Aunque la mayoría sí.
-Debe ser una mierda.-supuso el gemelo de Ariadna.
-Definitiva y absolutamente.- confirmo Will.
Grover nos lo tradujo:
—Emporio de gnomos de jardín de la tía Eme.
-Esoo no suena bien…- dijo Apolo.
-Pensé que su taller estaba en ese centro comercial enorme de Chicago-murmuro Hefestos confundido.
-Y esta ahí.-se metió Perséfone.-Siempre hago los encargos a esa dirección. En el futuro capas se mudó.
-¿De quién están hablando?-le pregunto Helena a Annabath, quien le respondió que ya se iba a enterar
A cada lado de la entrada, como se anunciaba, había dos gnomos de jardín, unos feos y pequeñajos barbudos de cemento que sonreían y saludaban, como si estuvieran posando para una foto.
-Eso me hace pensar algo.- interrumpió Percy la lectura con cara de intrigado.
-Ohh por Zeus! Piensa.-chillo Clarisse.
-Estaba pensando que sí tiene estatuas de gnomos, es porque los gnomos existen!-chillo el hijo de Poseidón orgullo de su descubrimiento, mientras chocaba con 5 con un Grover asombrado.
-Chicos lamento decepcionarlos pero no creo que los gnomos existan, a lo sumo son enanos.-les corto la ilusión Piper pensando en los enanos que Leo envió a que sabotearan el campamento romano.
Crucé la carretera siguiendo el rastro aromático de las hamburguesas.
Muchos presente, la mayoría masculinos y hambrientos, se babeaban de solo pensarlo.
—Ve con cuidado —me advirtió Grover.
—Dentro las luces están encendidas —dijo Annabeth—. A lo mejor está abierto.
—Un bar —comenté con nostalgia.
—Sí, un bar —coincidió ella.
—¿Os habéis vuelto locos? —dijo Grover—. Este sitio es rarísimo.
-Esooo Grover!-lo felicito Thalía.- El único que razona con la cabeza y no con el estómago.
-No podría un pie, ni por comida.- afirmaron varios vástagos bastante conocidos por su enorme apetito.
-Se nota que están todos locos.-le murmuro Will a su novio.
-Es que los mejores estamos mal de la cabeza.- dijo con orgullo el hijo de Hades fingiendo que se secaba una lágrima.
No le hicimos caso.
-No podíamos esperar a otra cosa.- murmuro Thalia.
El aparcamiento de delante era un bosque de estatuas: animales de cemento, niños de cemento, hasta un sátiro de cemento tocando la flauta.
—¡Beee-eee! —baló Grover—. ¡Se parece a mi tío Ferdinand!
-Por las pezuñas de Pan que no sea Ferdinand!- deseo el entrenador.
Nos detuvimos ante la puerta.
—No llaméis —dijo Grover—. Huelo monstruos.
-Háganle caso al olfato.- recomendó Orión.
—Tienes la nariz entumecida por las Furias —le dijo Annabeth—. Yo sólo huelo hamburguesas. ¿No tienes hambre?
-JA! Tú no hueles monstruos, así que ni hables.- defendió Hedge a su compadre.
—¡Carne! —exclamó con desdén—. ¡Yo soy vegetariano!
—Comes enchiladas de queso y latas de aluminio —le recordé.
—Eso son verduras. Venga, vámonos. Estas estatuas me están mirando.
-Sii puf! Porque Piper come ensaladas de tomate con aluminio.- bromeo Frank.
Entonces la puerta se abrió con un chirrido y ante nosotros apareció una mujer árabe;
En este punto de la historia Annabeth dejo su mano marcada en su frente, y algunos dioses que ya sabían de quien estaban hablando se reían imaginándose a la recién aparecida como árabe. Mientras otros seguían sin reconocer ni entender de que serian.
por lo menos eso supuse, porque llevaba una túnica larga y negra que le tapaba todo menos las manos. Los ojos le brillaban tras un velo de gasa negra, pero eso era cuanto podía discernirse. Sus manos color café parecían ancianas, pero eran elegantes y estaban cuidadas, así que supuse que era una anciana que en el pasado había sido una bella dama.
-Los ojos brillantes nunca son buena señal.-comento Jason.
Su acento sonaba ligeramente a Oriente Medio.
—Niños, es muy tarde para estar solos fuera —dijo—. ¿Dónde están vuestros padres?
-El mío en San Francisco, y mama supongo que en el Olimpo.
-La mía estaba en el inframundo y papá por algún lugar del océano.
-Tenía 22, soy mayor de edad.
-No creo que ella se esperabas respuestas así.-intervino Hazel.
—Están… esto… —empezó Annabeth.
—Somos huérfanos —dije.
-ES EL FIN DEL MUNDOOO…otra vez, pero bue… ES EL FIN…TE QUIERO HERMANOO-gritaba Travis.
-PERCY PENSO ANTES QUE ANNIE, NOOOO…TE AMO TRAVIS.-le contesto a los gritos Connor.
—¿Huérfanos? —repitió la mujer—. ¡Pero eso no puede ser!
—Nos separamos de la caravana —contesté—. Nuestra caravana del circo. El director de pista nos dijo que nos encontraríamos en la gasolinera si nos perdíamos, pero puede que se haya olvidado, o a lo mejor se refería a otra gasolinera.
-Ni siquiera Polifemo se cree esa.- se burló Clarisse.
-Ahora que lo mencionas….-empezó Annabeth con una mirada picara en su rostro.- Chris creo que tienes competencia por la mano de Clarisse.
-Esa no me la sabía. ¿Quién?-pregunto el nombrado.
-POLIFEMOO.-chillo Percabeth y las risas estallaron.
En cualquier caso, nos hemos perdido. ¿Eso que huelo es comida?
-Siempre los modales primero.- canturreo Pollux.
—Oh, queridos niños —respondió la mujer—. Tenéis que entrar, pobrecillos. Soy la tía Eme. Pasad directamente al fondo del almacén, por favor. Hay una zona de comida.
-¿Cómo se tragó esa mentira? Alguien me explica.- rogo Clarie.
Le dimos las gracias y entramos.
-Error.- hablaron todos los dioses ya sabiendo de que se trataba.
—¿La caravana del circo? —me susurró Annabeth.
-Punto para Ricitos de Oro.-apunto Leo.
—¿No hay que tener siempre una estrategia pensada?
-Y ahora para Aquaman
—En tu cabeza no hay más que algas.
-Emm…. Mi opinión es que sea empate, porque sinceramente Aquaman tiro alto comentario.- logro expresar el hijo de Hefesto antes de su hombro conozca el puño de Piper.
El almacén estaba lleno de más estatuas: personas en todas las posturas posibles, luciendo todo tipo de indumentaria y distintas expresiones. Pensé que se necesitaría un buen trozo de jardín para poner aquellas estatuas, pues eran todas de tamaño natural. Pero, sobre todo, pensé en comida.
-Esa comida…algo raro presiento.-murmuro Will.
-Es como que lo atrae para que no piense en lo ridículo y raro que es todo eso.- supuso Héctor.
-No andas muy errado.- le afirmo Hestia al vástago.
Vale, llámame imbécil por entrar en la tienda de una señora rara sólo porque tenía hambre, pero es que a veces hago cosas impulsivas.
-¿A veces?-pregunto Jason mirando a su bro y alzando la ceja, ese talento que parece que heredan todos hijos de Zeus/Júpiter.
Además, tú no has olido las hamburguesas de la tía Eme. El aroma era como el gas de la risa en la silla del dentista: provocaba que todo lo demás desapareciera.
-Ese es el !- Apolo enfatizando con un movimiento de brazos brusco.
Apenas reparé en los sollozos nerviosos de Grover, o en el modo en que los ojos de las estatuas parecían seguirme, o en el hecho de que la tía Eme hubiese cerrado la puerta con llave detrás de nosotros.
-Es el olor definitivamente.- afirmo Nico.
Lo único que me importaba era la zona de comida. Y, efectivamente, estaba al fondo del almacén, un mostrador de comida rápida con un grill, una máquina de bebidas, un horno para bollos y un dispensador de nachos con queso. Y unas cuantas mesas de picnic.
-Porque en todas las casas que vende estatuas de jardín tienen un bar por ahí atrás…-ironizo Helena.
—Por favor, sentaos —dijo la tía Eme.
—Alucinante —comenté.
—Hum… —musitó Grover—. No tenemos dinero, señora.
Antes de que yo pudiera darle un codazo en las costillas, tía Eme contestó:
—No, niños. No hace falta dinero. Es un caso especial, ¿verdad? Es mi regalo para unos huérfanos tan agradables.
—Gracias, señora —contestó Annabeth.
Me pareció que la tía Eme se ponía tensa, como si Annabeth hubiera hecho algo mal, pero enseguida pareció relajada de nuevo y supuse que habría sido mi imaginación.
-Como le toques un cabello a mi hija...-Atenea no termino la amenaza porque su mirada lo decía todo.
—De nada, Annabeth —respondió—. Tienes unos preciosos ojos grises, niña. —Sólo más tarde me pregunté cómo habría sabido el nombre de Annabeth, porque no nos habíamos presentado.
-Es cierto! Nunca le dijeron sus nombres.- razono Piper.
Nuestra anfitriona se puso a cocinar detrás del mostrador. Antes de que nos diéramos cuenta, había traído bandejas de plástico con hamburguesas, batidos de vainilla y patatas fritas.
-Tentador.-comento Rachel relamiéndose.
Me había comido media hamburguesa cuando me acordé de respirar.
-Es lo lógico.-intervino Luke ahora.- Después de pasar un tiempo en el campamento.
-Tal vez podría proponer que sirvieran algunas hamburguesas.-prometió Quirón haciendo que todos los griegos estallaran en vítores.
Annabeth sorbió su batido.
Grover pellizcaba patatas y miraba el papel encerado de la bandeja como si le apeteciera comérselo, pero seguía demasiado nervioso.
-Mmm nada se compara con el papel encerado mmm toda una delicia del Olimpo.-Hedge comprendía perfectamente lo que Grover sentía en ese momento.
—¿Qué es ese ruido sibilante? —preguntó.
Yo no oí nada. Annabeth tampoco.
—¿Sibilante? —repitió la tía Eme—. Puede que sea el aceite de la freidora. Tienes buen oído, Grover.
—Tomo vitaminas… para el oído.
-LIST0! Tenemos que enseñarles a mentir con rapidez creíblemente, hermano.- dijo Travis.
-No sé quién es peor, si Grover o Percy.- comento Hermes pensativo.
—Eso está muy bien —respondió ella—. Pero, por favor, relájate.
-Ya sabe que es un sátiro.-comento apenada Deméter.
La tía Eme no comió nada. No se había descubierto la cabeza ni para cocinar, y ahora estaba sentada con los dedos entrelazados, observándonos comer. Es un poco inquietante tener a alguien mirándote cuando no puedes verle la cara, pero la hamburguesa me había saciado y empezaba a sentir cierta somnolencia, así que supuse que lo mínimo era intentar dar un poco de conversación cortés a nuestra anfitriona.
-Habla con los monstruos en vez de matarlos.- Reyna se agarró la cabeza.- Y para colmo intenta ser cortez.
—Así que vende gnomos —dije, intentando sonar interesado.
—Pues sí —contestó la tía Eme—. Y animales. Y personas. Cualquier cosa para el jardín. Los hago por encargo. Las estatuas son muy populares, ya sabéis.
—¿Tiene mucho trabajo?
—No mucho, no. Desde que construyeron la autopista, casi ningún coche pasa por aquí. Valoro cada cliente que consigo.
-PUff clientes…-Artemisa rodo los ojos y sus cazadoras la imitaron.
Sentí una vibración en el cuello, como si alguien estuviera mirándome. Me volví, pero sólo era la estatua de una chica con una cesta de Pascua. Su detallismo era increíble, mucho más preciso que el que se ve en la mayoría de las estatuas. Pero algo raro le pasaba en la cara. Parecía sorprendida, incluso aterrorizada.
-Hay no puede ser ella!-chillo Casandra horrorizada ya dándose cuenta de con quien estaban tratando.
—Ya —dijo la tía Eme con tristeza—. Como ves, algunas de mis creaciones no salen muy bien. Están dañadas y no se venden. La cara es lo más difícil de conseguir. Siempre la cara.
—¿Hace usted las estatuas? —pregunté.
—Oh, desde luego. Antes tenía dos hermanas que me ayudaban en el negocio, pero me abandonaron, y ahora la tía Eme está sola. Sólo tengo mis estatuas. Por eso las hago. Me hacen compañía. —La tristeza de su voz parecía tan profunda y real que la compadecí.
-No deberías compadecerte de ella.-advirtió Lucas, que había hecho las asociaciones correspondientes.
Annabeth había dejado de comer. Se inclinó hacia delante e inquirió:
—¿Dos hermanas?
-Ese mismo dato la revelo.-le confeso Lucas a Annabeth.
—Es una historia terrible. Desde luego, no es para niños. Verás, Annabeth, hace mucho tiempo, cuando yo era joven, una mala mujer tuvo celos de mí. Yo tenía un novio, ya sabéis, y esa mala mujer estaba decidida a separarnos. Provocó un terrible accidente. Mis hermanas se quedaron conmigo. Compartieron mi mala suerte tanto tiempo como pudieron, pero al final nos dejaron. Sólo yo he sobrevivido, pero a qué precio, niños. A qué precio.
-Esa historia me suena a…Si tiene que ser ella.-murmuraba para sí Frank
No estaba seguro de a qué se refería, pero me apené por su desdicha. Los párpados me pesaban cada vez más, mi estómago saciado me provocaba somnolencia. Pobre mujer. ¿Quién querría hacer daño a alguien tan agradable?
-¡¿Hace falta que responda eso?- pregunto Thalía.
—¿Percy? —Annabeth me estaba sacudiendo—. Tal vez deberíamos marcharnos. Ya sabes… el jefe de pista estará esperándonos.
Por algún motivo parecía tensa. En ese momento Grover se estaba comiendo el papel encerado de la bandeja de plástico, pero si a tía Eme le pareció raro, no dijo nada.
-Al diablo con eso! Corre.- le ordeno Poseidón al libro.
—Qué ojos grises más bonitos —volvió a decirle a Annabeth—. Vaya que sí, hace mucho que no veo unos ojos grises como los tuyos.
Atenea se tensó su trono.
Se acercó como para acariciarle la mejilla, pero Annabeth se puso en pie bruscamente.
—Tenemos que marcharnos, de verdad.
—¡Sí! —Grover se tragó el papel encerado y también se puso en pie—. ¡El jefe de pista nos espera! ¡Vamos!
Yo no quería irme. Me sentía ahíto y amodorrado. La tía Eme era muy agradable y quería quedarme con ella un rato.
-Otra razón más por la que te decimos Sesos de Alga-apunto Reyna.
—Por favor, queridos niños —suplicó—. Tengo muy pocas ocasiones de estar en tan buena compañía.
Antes de marcharos, ¿no posaríais para mí?
-¡¿Posar?-pregunto Hazel.
—¿Posar? —preguntó Annabeth, cautelosa.
—Para una fotografía. Después la utilizaré para un grupo escultórico. Los niños son muy populares. A todo el mundo le gustan los niños.
-A todos menos Nico.- dijo Will tristemente recordando cuando le pidió si podía cuidar a su sobrinito de 5 años durante un par de horas.
Annabeth cambiaba el peso del cuerpo de un pie a otro.
—Mire, señora, no creo que podamos. Vamos, Percy.
-Por las sagradas barreras de corales, escucha tu novia!-rogo el dios del mar.
—¡Claro que podemos! —salté. Estaba irritado con Annabeth por mostrarse tan maleducada con una anciana que acababa de alimentarnos gratis—. Es sólo una foto, Annabeth. ¿Qué daño va a hacernos?
-¿Maleducada? Más bien salvando tu vida de una anciana no amigable que te drogo con comida gratis.- aclaro las cosas Jason.
-¿Alguien más se dio cuenta que hasta ahora casi todos sus problemas surgen con ancianas?- remarco Helena. Y la sala se llenó de unos cuantos OHH Ahhhh TIENE RAZÓN.
-Creo que no le caigo bien a las ancianas.-afirmo Percy.
—Claro, Annabeth —ronroneó la mujer—, ningún daño.
-¿Se refería a nosotros o a ella?-pregunto la hija de Atenea.
A Annabeth no le gustaba, pero al final cedió. La tía Eme nos condujo de nuevo al jardín de las estatuas, por la puerta de delante. Una vez allí, nos llevó hasta un banco junto al sátiro de piedra.
—Ahora voy a colocaros correctamente —dijo—. La chica en el medio, y los dos caballeretes uno a cada lado.
—No hay demasiada luz para una foto —comenté.
—Descuida, hay de sobra —repuso la tía Eme—. De sobra para que nos veamos unos a otros, ¿verdad?
—¿Dónde tiene la cámara? —preguntó Grover.
-No creo que necesite ni cámara ni demasiada luz.-le respondió Andy al libro.
La mujer dio un paso atrás, como para admirar la composición.
—La cara es lo más difícil. ¿Podéis sonreír todos, por favor? ¿Una ancha sonrisa?
Grover miró al sátiro de cemento junto a él y murmuró:
—Se parece mucho al tío Ferdinand.
-ES QUE ES FERDINAND, por cierto muy buen sátiro, MATA A ESA PERRA DE MEDUSA POR MATAR A MI AMIGO!.- grito Hedge enfurecido.
—Grover —le riñó tía Eme—, mira a este lado, cariño.
Seguía sin cámara.
-Obvio, para que quiere una.-intento bromear Thalía y aliviar un poco la tensión que se había apoderado de la sala pero sin mucho éxito.
—Percy… —dijo Annabeth.
Algún instinto me indicó que escuchara a Annabeth, pero estaba luchando contra la somnolencia surgida de la comida y la voz de la anciana.
-Mamá siempre dijo que no acepte comida de extraños, que lo más seguro es que trataran de drogarme.-recordó Frank.
-Amor de madre.- comento Afrodita.
—Sólo será un momento —añadió tía Eme—. Es que no os veo muy bien con este maldito velo…
—Percy, algo no va bien —insistió Annabeth.
-Naaa ¿Encerio?- dijo Nico.
—¿Que no va bien? —repitió la tía Eme mientras levantaba los brazos para quitarse el velo—. Te equivocas, querida. Esta noche tengo una compañía exquisita. ¿Qué podría ir mal?
—¡Es el tío Ferdinand! —balbució Grover.
—¡No la mires! —gritó Annabeth, y al punto se encasquetó la gorra de los Yankees y desapareció. Sus manos invisibles nos empujaron a Grover y a mí fuera del banco.
-Ya era hora…-suspiro Artemisa aliviada de que la joven Annabeth reaccionara a tiempo.
Estaba en el suelo, mirando las sandalias de la tía Eme. Grover se escabulló en una dirección y Annabeth en la otra, pero yo estaba demasiado aturdido para moverme. Entonces oí un extraño y áspero sonido encima de mí. Alcé la mirada hasta las manos de la tía Eme, que ahora eran nudosas y estaban llenas de verrugas, con afiladas garras de bronce en lugar de uñas.
-Pobre de las chicas que tengan que hacerle la manicura.-hablo Afrodita.
Me dispuse a levantar la cabeza,
NOOOOOOOO- fue el grito que uso esta vez la sala.
pero en algún lugar a mi izquierda Annabeth gritó:
—¡No! ¡No lo hagas!
El sonido áspero de nuevo: pequeñas serpientes justo encima de mí, allí donde… donde debía estar la cabeza de la tía Eme.
—¡Huye! —baló Grover, y lo oí correr por la grava, mientras gritaba «Maya!», a fin de que sus zapatillas echaran a volar.
No podía moverme. Me quedé mirando las garras nudosas de la anciana e intenté luchar contra el trance en que me había sumido.
—Qué pena destrozar una cara tan atractiva y joven —me susurró—. Quédate conmigo, Percy. Sólo tienes que mirar arriba.
-Para ver tu cara, no gracias.-comento Percy.
Me resistí al impulso de obedecer y miré a un lado. Entonces vi una de esas esferas de cristal que la gente pone en los jardines. Se veía el reflejo oscuro de la tía Eme en el cristal naranja; se había quitado el tocado, revelando un rostro como un círculo pálido y brillante. El pelo se le movía, retorciéndose como serpientes.
-Es que son serpientes.-le explico Piper a Percy de 12 años.
Tía Eme. Tía «M»…
¿Cómo podía haber estado tan ciego?
-Y va cayendo gente al baile.- Leo uso el típico dicho.-Me dio tarde pero va cayendo.
Piensa, me ordené. ¿Cómo moría Medusa en el mito? Pero no podía pensar. Algo me dijo que en el mito Medusa estaba dormida cuando fue atacada por mi tocayo Perseo. Pero en aquel momento yo no la veía muy dormida. Si quería, habría podido arrancarme la cabeza con sus garras en un instante.
-Es extraño que todavía no haya descuartizado.- afirmo Hades.
-Capas le recuerda al Señor del Escarbadientes Triple.- se burlo Zeus de su hermano.- Su ex.
-No me lo recuerdes….-Poseidon quería que el mar lo tragara.
—Esto me lo hizo la de los ojos grises, Percy —dijo Medusa, y no sonaba en absoluto como un monstruo. Su voz me invitaba a mirar, a simpatizar con una pobre abuelita—. La madre de Annabeth, la maldita Atenea, transformó a una mujer hermosa en esto.
-¿Hermosa?-pregunto la diosa nombrada.- No me había dado cuenta, pensé que solo le había hecho un favor al retocar un poco su horrenda cara.
—¡No la escuches! —exclamó Annabeth desde algún sitio entre las estatuas—. ¡Corre, Percy!
—¡Silencio! —gruñó Medusa, y volvió a modular la voz hasta alcanzar un cálido ronroneo—. Ya ves por qué tengo que destruir a la chica, Percy. Es la hija de mi enemiga. Desmenuzaré su estatua. Pero tú, querido Percy, no tienes por qué sufrir.
—No —murmuré. Intenté mover las piernas.
—¿De verdad quieres ayudar a los dioses? —me preguntó Medusa—. ¿Entiendes qué te espera en esta búsqueda insensata, Percy? ¿Qué te sucederá si llegas al inframundo? No seas un peón de los Olímpicos, querido. Estarás mejor como estatua. Sufrirás menos daño. Mucho menos.
-Sigo vivo, Tía M.-se rio Percy.
—¡Percy! —Detrás de mí oí una especie de zumbido, como un colibrí de cien kilos lanzándose en picado. Grover gritó—: ¡Agáchate!
-Desgraciado! No peso tanto.-se quejó el sátiro.- Para ser exacto, peso 67,23 kg.
Me di la vuelta y allí estaba Grover en el cielo nocturno, llegando en picado con sus zapatos alados, con una rama de árbol del tamaño de un bate de béisbol. Tenía los ojos apretados y movía la cabeza de lado a lado. Navegaba guiándose por el oído y el olfato.
-MUEREEE!-chillo el entrenador con orgullo de que al fin tenga un arma discente.
—¡Agáchate! —volvió a gritar—. ¡Voy a atizarle!
Eso me puso por fin en acción. Conociendo a Grover, seguro que no le acertaría a Medusa y me daría a mí. Así pues, me arrojé hacia un lado.
¡Zaca!
-¿Qué clase de onomatopeya es esa?-pregunto Claire quien se gano unos "SHHH" de la sala.
Supuse que sería el sonido de Grover al chocar contra un árbol, pero Medusa rugió de dolor.
—¡Sátiro miserable! —masculló—. ¡Te añadiré a mi colección!
—¡Ésa por el tío Ferdinand! —le respondió Grover.
Me escabullí en cuclillas y me oculté entre las estatuas mientras Grover se volvía para hacer otra pasadita.
¡Tracazás!
—¡Aaargh! —aulló Medusa, y su melena de serpientes silbaba y escupía.
-NATURALEZAA AL PODEEER.-fue el grito de guerra de ambos sátiros presentes.
—¡Percy!:—dijo la voz de Annabeth junto a mí.
Di un respingo tan grande que casi tiro un gnomo de jardín con un pie.
—¡Por Dios! ¡No puedes fallar! —Annabeth se quitó la gorra de los Yankees y se volvió visible—. Tienes que cortarle la cabeza.
—¿Qué? ¿Te has vuelto loca? Larguémonos de aquí.
-No. EL LOCO ACA SOY YO.- decretó Leo.- Y bueno, aquí Aquaman es mi segundo.
—Medusa es una amenaza. Es mala. La mataría yo misma,
-Pero…- dijo Hazel.
pero… —tragó saliva, como si le costase admitirlo— pero tú vas mejor armado. Además, nunca conseguiría acercarme. Me rebanaría por culpa de mi madre. Tú… tú tienes una oportunidad.
—¿Qué? Yo no puedo…
—Mira, ¿quieres que siga convirtiendo a más gente inocente en estatuas? —Señaló una pareja de amantes abrazados, convertidos en piedra por el monstruo.
-No necesitaría que me incentiven tan directamente.-comento Lucas.
Annabeth agarró una bola verde de un pedestal cercano.
—Un escudo pulido iría mejor. —Estudió la esfera con aire crítico—. La convexidad causará cierta distorsión. El tamaño del reflejo disminuirá en una proporción…
—¿Quieres hablar claro?
-Esta hablando claro.- hablaron Atenea, Leo y Hefesto al mismo tiempo.
—¡Eso hago! —Me entregó la bola—. Bueno, ten, mira al monstruo a través del cristal, nunca directamente.
—¡Eh! —gritó Grover desde algún lugar por encima de nosotros—. ¡Creo que está inconsciente!
—¡Groaaaaaaar!
—Puede que no —se corrigió Grover. Se abalanzó para hacer otro barrido con su improvisado bate.
Algunos valientes se animaron a reírse.
—Date prisa —me dijo Annabeth—. Grover tiene buen olfato, pero al final acabará cayéndose.
-Mas cierto imposible.-aseguro el aludido.
Saqué mi boli y lo destapé. La hoja de bronce de Anaklusmos salió disparada. Seguí el ruido sibilante y los escupitajos del pelo de Medusa.
Mantuve la mirada fija en la bola de cristal para ver sólo el reflejo de Medusa, no el bicho real. Cuando la vi, Grover llegaba para atizarla otra vez con el bate, pero esta vez volaba demasiado bajo. Medusa agarró la rama y lo apartó de su trayectoria. Grover tropezó en el aire y se estrelló contra un oso de piedra con un doloroso quejido.
"UHHH" "QUE DOLOR" "ME DOLIO HASTA MÍ" fueron los comentarios más usados.
Medusa iba a abalanzarse sobre él cuando grité:
—¡Eh! ¡Aquí!
-¿No se te ocurrió algo más ofensivo?-le pregunto Clarisse incrédula.
Avancé hacia ella, cosa que no era tan fácil, teniendo en cuenta que sostenía una espada en una mano y una bola de cristal en la otra. Si la bruja cargaba, no me sería fácil defenderme. Sin embargo, dejó que me acercara: seis metros, cinco, tres…
Entonces vi el reflejo de su cara. No podía ser tan fea. Aquel cristal verde debía de distorsionar la imagen, afeándola incluso más.
—No le harías daño a una viejecita, Percy —susurró—. Sé que no lo harías.
-Pero si ya se cargó a tres en un autobús.- le hablo Orión a Medusa.
Vacilé, fascinado por el rostro que veía reflejado en el cristal: los ojos, que parecían arder a través del vidrio verde, me debilitaban los brazos.
-Córtale la cabeza.- pido Jason.
Desde el oso de cemento, Grover gimió:
—¡No la escuches, Percy!
Medusa estalló en carcajadas.
—Demasiado tarde.
Se me abalanzó con las garras por delante.
Yo le rebané el cuello de un único mandoble. Oí un siseo asqueroso y un silbido como de viento en una caverna: el sonido del monstruo desintegrándose.
Algo cayó al suelo junto a mis pies. Necesité toda mi fuerza de voluntad para no mirar. Noté un líquido viscoso y caliente empapándome el calcetín, pequeñas cabecitas de serpiente mordisqueando los cordones de mis zapatillas.
-Mmm que rico.-murmuro Will con cara de asquete.
—Puaj, qué asco —dijo Grover. Aún seguía con los ojos bien cerrados, pero supongo que oía al bicho borbotear y despedir vapor—. ¡Megapuaj!
Annabeth se materializó a mi lado con la mirada vuelta hacia el cielo. Sostenía el velo negro de Medusa.
—No te muevas —dijo.
-Ni que me digas.- afirmo Percy.
Con mucho cuidado, sin mirar abajo ni un instante, se arrodilló, envolvió la cabeza del monstruo en el paño negro y la recogió. Aún chorreaba un líquido verdoso.
-Hermosa imagen mental en 3…2…1…-contaron los Stolls.
—¿Estás bien? —me preguntó con voz temblorosa.
—Sí —mentí, a punto de vomitar mi hamburguesa doble con queso—. ¿Por qué… por qué no se ha desintegrado la cabeza?
-Creo que este capítulo es que más asquete me da hasta ahora.- confirmo Piper.
—En cuanto la cercenas se convierte en trofeo de guerra —me explicó—, como tu cuerno de minotauro. Pero no la desenvuelvas. Aún puede petrificar.
-Cool.-dijeron Nico y Leo, y ambos de asustaron de la similitud.
Grover se quejó mientras bajaba de la estatua del oso. Tenía un buen moratón en la frente. La gorra rasta verde le colgaba de uno de sus cuernecitos de cabra y los pies falsos se le habían salido de las pezuñas. Las zapatillas mágicas volaban sin rumbo alrededor de su cabeza.
La sala rio limpiamente de la desgracia de Underwood.
—Pareces el Barón Rojo —dije—. Buen trabajo.
Sonrió tímidamente.
-Brillante.- aplaudía el entrenador.
—No me ha molado nada. Bueno, darle con la rama en la cabeza sí ha molado, pero estrellarme contra ese oso no.
-Fue espectacular.- y así es como Orión, Lucas, Jason(d) y Héctor hacían reverencias a Grover.
Cazó las zapatillas al vuelo y yo volví a tapar mi espada. Luego regresamos al almacén.
Encontramos unas bolsas de plástico detrás del mostrador y envolvimos varias veces la cabeza de Medusa. La colocamos encima de la mesa en que habíamos cenado y nos sentamos alrededor, demasiado cansados para hablar. Al final dije:
—¿Así que tenemos que darle las gracias a Atenea por este monstruo?
-Insolente.-chillo la diosa.
Annabeth me lanzó una mirada de irritación.
—A tu padre, de hecho. ¿No te acuerdas? Medusa era la novia de Poseidón. Decidieron verse en el templo de mi madre. Por eso Atenea la convirtió en monstruo. Ella y sus dos hermanas, que la habían ayudado a meterse en el templo, se convirtieron en las tres gorgonas. Por eso Medusa quería hacerme picadillo, pero también pretendía conservarte a ti como bonita estatua. Aún le gusta tu padre. Probablemente le recordabas a él.
Me ardía la cara.
-No es mi culpa.- se defendió el Señor de los Mares.
-Claro que sí.-le contesto Atenea.
-Que no.
-Que si.
-Que no.
-Que si.
-Que no.
-Que si.
…
****20 MINUTOS DESPUES****
-CALLADITOS!-grito Afrodita usado todo su poder de Embrujahabla. Y al fin la discusión termino, nadie había sido capaz de pararla hasta el momento.
—Vaya, así que ha sido culpa mía que nos encontráramos con Medusa.
-NADIE ABRE LA BOCA.-volvio a emplear su poder Afrodita, anticipando otra discusión.
Annabeth se irguió e imitó mi voz en falsete:
—«Tan sólo es una foto, Annabeth. ¿Qué daño puede hacernos?»
—Vale, vale —respondí—. Eres imposible.
—Y tú insufrible.
—Y tú…
-Awwww pelea de enamorados.- grito Thalia emocinada.
—¡Eh! —nos interrumpió Grover—. Me estáis dando migraña, y los sátiros no tienen migraña. ¿Qué vamos a hacer con la cabeza?
-Bueno….me la pueden regalar a mí- sugirió Leo poniendo su mejor carita de "Soy un angelito".
-Ni lo sueñes.- lo amenazo Jason.
Miré el bulto. De un agujero en el plástico salía una pequeña serpiente. En la bolsa estaba escrito: «cuidamos su negocio.»
Me enfadé, no sólo con Annabeth o su madre, sino con todos los dioses por aquella absurda misión, por sacarnos de la carretera con un rayo y por habernos enfrentado en dos grandes batallas el primer día que salíamos del campamento. A ese ritmo, jamás llegaríamos a Los Ángeles vivos, mucho menos antes del solsticio de verano.
¿Qué había dicho Medusa? «No seas un peón de los Olímpicos, querido. Estarás mejor como estatua. Sufrirás menos daño. Mucho menos.»
-OhOh...Soy yo o huelo acto impulsivo en camino.- comento Katie.
Me puse en pie.
—Ahora vuelvo.
—Percy —me llamó Annabeth—. ¿Qué estás…?
En el fondo del almacén encontré el despacho de Medusa. Sus libros de contabilidad mostraban sus últimos encargos, todos envíos al inframundo para decorar el jardín de Hades y Perséfone. Según una factura, la dirección del inframundo era Estudios de Grabación El Otro Barrio, West Hollywood, California. Doblé la factura y me la metí en el bolsillo.
En la caja registradora encontré veinte dólares, unos cuantos dracmas de oro y unos embalajes de envío rápido del Hermes Nocturno Express. Busqué por el resto del despacho hasta que encontré una caja adecuada.
Regresé a la mesa de picnic, metí dentro la cabeza de Medusa y rellené el formulario de envío.
Los Dioses
Monte Olimpo
Planta 600
Edificio Empire State
Nueva York, NY
Con mis mejores deseos, Percy Jackson
-¿Cómo es que sobrevivió tanto tiempo?- pregunto Jason sorprendido.
-Sí fuera pretor la cosa jamas habría llegado a tal extremo de insolencia e insubordinación.- dijo Octavio.
-Pero no eres Pretor.-lo corto secamente Reyna.
-Sii, no perteneces al club.-le recalco Percy haciendo que chocaran 5 entre Frank, Reyna y Jason.
—Eso no va a gustarles —me avisó Grover—. Te considerarán un impertinente.
-Lo es.-coreo la sala.
Metí unos cuantos dracmas de oro en la bolsita. En cuanto la cerré, se oyó un sonido de caja registradora. El paquete flotó por encima de la mesa y desapareció con un suave «pop».
-Qué calidad de servicio señores.-intervino Hermes haciendo que se sentía honrado.
—Es que soy un impertinente —respondí. Miré a Annabeth, a ver si se atrevía a criticarme.
-Hasta el lo admite y todo.-comento Héctor.
No se atrevió. Parecía resignada al hecho de que yo tenía un notable talento para fastidiar a los dioses.
-Y lo tienes.- le confirmo su novia.
—Vamos —murmuró—. Necesitamos un nuevo plan.
-¿Ya? Sin descanso ni nada.-bromeo Chris.
****De vuelta en el café de Nueva York****
-Mmm…creo que deberíamos poner a Deméter, ya sabes para equilibrar un poco las cosas- le dijo Némesis a Tique.
-Sí estoy de acuerdo. Aunque creo que ya sé quién está destinado al capítulo 13.- Tique le mostro una copia del libro que le habían facilitado las parcas cuando les informaron del trabajo que les esperaba.
-Ummm prometedor….-se relamió la diosa del equilibrio.
