-Bien! Ya cumplí mi parte, así que ahora giren esa maldita ruleta y que alguien más se encargue de esta locura.- dijo la Reina del Olimpo tirando el libro al piso bruscamente.- Necesito resolver un asuntillo.- se levantó ceremoniosamente de su trono, y salió de la salón maneando esa hermosa cola de pavo de real. Mucho intentaban contener, sin existo, las carcajadas.

-Ignórenla…-suspiro Zeus-Ya se le va pasar en cuento esa cola se vaya.

-Ojala nunca se le vaya.-deseo Artemisa.

Mientras tanto Afrodita, que se tomaba muy en serio su papel de "presentadora" de la ruleta, la hizo girar. Y la afortunada esta vez fue Deméter.

Capítulo 12: Nos asesora un caniche.

Esa noche nos sentimos bastante desgraciados.

-No me imagino porque.-comento Cassandra.

Acampamos en el bosque, a unos cien metros de la carretera principal, en un claro que los chicos de la zona al parecer utilizaban para sus fiestas. El suelo estaba lleno de latas aplastadas, envoltorios de comida rápida y otros desechos.

-Estúpidos mortales!-maldecío Katie.

-No tienen absolutamente nada de respeto.- concordó Hedge.-Solo nos queda una solución…MATARLOS!

-NO VAMOS A MATAR A NADIE.-chilló Grover.- Como Señor de lo Salvaje te lo prohíbo.

-P-pp-pero…-quiso quejarse.

-PERO NADA!.-lo calló Quirón.

Habíamos sacado algo de comida y unas mantas de casa de la tía Eme, pero no nos atrevimos a encender una hoguera para secar nuestra ropa. Las Furias y la Medusa nos habían proporcionado suficientes emociones por un día. No queríamos atraer nada más.

-¿Qué? Pero si recién empezaba a divertirme.- Ares parecía indignado.- Maricas.

-Pues yo no.-le espeto Percy enojado.

Decidimos dormir por turnos. Yo me ofrecí voluntario para hacer la primera guardia.

Annabeth se acurrucó entre las mantas y empezó a roncar en cuanto su cabeza tocó el suelo.

-VEZ! PUEDE QUE BABEE PERO AL MENOS YO NO RONCO.-grito Percy señalando a su novia que lo miraba con mala cara.

-Suerte con dormir con ese ruido por el resto de tu vida, bro.- Jason le palmeaba el hombre en apoyo a su amigo.- Esperemos que te sea leve.

Annabeth iba a lanzarles una inteligente repuesta, se vio interrumpida por su madre.

-Un segundito ¿CÓMO ES ESO DE MI HIJA Y EL ENGENDRO POR EL RESTO DE LA VIDA?-la diosa de la sabiduría tenía la expresión de querer comerse vivo a Percy.

-Calma sobrina.-Poseidón trato de tranquilizarla.- Ya lo hablamos antes, no más discusiones respecto a ellos.

-Está bien…-refunfuño Atenea, a la cual no precia asimilar tan bien en acuerdo al cual llegaron.-Pero espero más tarde, tener una conversación con el Sr. Jackson sobre lo que piensa hacer.

-Acepto, solo con una condición.-le respondió el aludido.

-¿Cuál?-preguntaron Atenea y Poseidón al unísono.

-Prometa, por el Estigio, que no voy a terminar carbonizado.

Su suegra alzo una ceja sorprendida. Y Annabeth lo miraba con igual sorpresa y temor mientras pensaba Dioses lo van a matar

-¿Hay algún motivo por el cual vaya rostizarte joven Perseo?

-Este…bueno….-Percy rojo como el cabello de Rachel no encontraba la mejor forma de comunicar sus pensamientos.

-Mejor dejémoslo para después.-salió Afrodita al rescate.-Y cielito cálmate, que sino te va dar un ataque o algo.

-Uhhh! Este Percy picaron que habrá hecho…- se sonrió Leo lanzándole su mejor mirada picara a la parejita.

-Mmm no me lo creo.-chillo Will.-Lo sabía! Te ganamos la apuesta, no cierto Grace.

-Claro que sí, hora de vaciar tus bolsillos LaRue.-Jason choco los 5 con Will.

-Yo que pensaba que el pringado no iba tener el coraje…-suspiraba la hija de Ares mientras buscaba para pagar la apuesta, aunque tal vez no le alcanzara.

-Chicos...-intervino Andy.- No creo que estén ayudando a su amigo.

-Escuchen a la sirena, habla con sabías palabras.-la apoyo Piper, que se sonreía pero aun así decido salir en ayuda de su amiga que estaba completamente paralizada.

-Mejor sigamos con la lectura.-propuso el dios del mar preocupado por la futura integridad de su hijo.

Grover revoloteó con sus zapatos voladores hasta la rama más baja de un árbol, se recostó contra el tronco y observó el cielo nocturno.

Duerme —le dije—. Te despertaré si surge algún problema.

Asintió, pero siguió con los ojos abiertos.

Me pone triste, Percy.

-¿Qué?-pregunto Héctor estupefacto.-Pero si era un monstruo.

¿El qué? ¿Haberte apuntado a esta estúpida misión?

-Pero si la están pasando bomba! La próxima misión nos la apuntamos con Sesos de Alga, hermanito.- afirmo Travis, mientras Katie se agarra la cabeza.

No. Esto es lo que me entristece. —Señaló toda la basura del suelo—. Y el cielo. Ni siquiera se pueden ver las estrellas. Han contaminado el cielo. Es una época terrible para ser sátiro.

Ya. Debería haber supuesto que eres ecologista.

-Esa no me la esperaba.-murmuro Reyna.

-Ni yo.- comentó Frank.- Nuestros faunos cada vez parecen más tontos frente a los griegos.

-Es..toy..de…acuerdo…-Octavio, rojo de la vergüenza total, pronuncio las palabras más difíciles de su vida.

Todos lo miraban perplejos, como si les costara asimilar lo que el joven acaba de decir. Percy levanto de su lugar muy lentamente, como si estuviera en presencia de un animal salvaje, cuidando sus movimientos. Se fue acercando lentamente bajo la mirada perpleja de la sala. Y de improvisto salto sobre el romano, derivándolo y lo agarro fuerte mente en una especie de llave de yudo.

-¿Quién eres y que hiciste con el asesino de peluches?-le grito.

Reyna capto en la mirada de Percy lo que el estaba penando. Saco un chuchillo de oro imperial y se acercó a ellos. El resto de la sala estaba paralizada en una completa confusión.

-Octavio ¿Te encuentras bien? Lo que sea que sea que te esté pasando vamos a averiguarlo y te prometo que vamos a solucionarlo.-dijo la pretora con cautela y preocupación en su voz.- Solance, o alguien que venga y lo revise.- pidió y ante la no respuesta de nadie.- AHORA!-grito.

-Yo me encargo.- tomo participación Jason Delos.

Rápidamente tomo control de la situación y comenzó a recorrer con sus manos el cuerpo de Octavio.

-¿Por qué tus manos brillan?-pregunto Perséfone sacando a todo el mundo del trance en el que estaban sumergidos.

-Porque está revisándolo, en busca de si algo está mal.-le explico Will al darse cuenta.- Como todo buen sanador.

-Jason es de los mejores.-afirmo Helena.- Si con Ari pudieron arreglarnos a Lucas y después de que intentáramos matarnos, puede con cualquier cosa.

-Eso es más que cierto, estábamos destrozados.

-¿Tan mal?-pregunto Hazel.

-Muy, daba cosa verlos. En especial el pecho de Lucas apenas los encontramos.- aseguro Héctor.- Ya lo verán.

Tras el breve examen médico de Jason(d) y luego uno por parte de Will, llegaron a la conclusión de que Octavio estaba completamente normal, para sorpresa general. Percy tuvo que soltarlo y Reyna, a pesar de todo, seguía lanzándome miradas de vez en cuendo.

-Quieren por favor dejarlo en paz, tal el solo lo dijo que de verdad lo creía, no es tan grave.-lo defendió Luke ya harto de la situación.- Volvamos a la lectura.

-Parece que alguien se siente identificado.-le susurro al odio Nico a su novio.

Me lanzó una mirada iracunda.

Sólo un humano no lo sería. Tu especie está obstruyendo tan rápidamente el mundo… Bueno, no importa. Es inútil darle lecciones a un humano. Al ritmo que van las cosas, jamás encontraré a Pan.

-¿Eh?-pregunto Hazel.

¿Pan? ¿En barra?

-Pero si se consigue en cualquier panadería.-chillo Clarie.

Tanto Gover como Hedge se limitaron a golpearse a cabeza, para no matar tanto a Percy de 12 años, a Hazel y Clarie.

¡Pan! —exclamó airado—. P-a-n. ¡El gran dios Pan! ¿Para qué crees que quiero la licencia de buscador?

Ahh eso lo explica todo.-suspiraron ambas chicas.

-EXACTO!- grito Grover como si fuera lo más obvio del mundo.- Si no para que la voy a querer.

Una brisa extraña atravesó el claro, anulando temporalmente el olor de basura y porquería. Trajo el aroma de bayas, flores silvestres y agua de lluvia limpia, cosas que en algún momento hubo en aquellos bosques. De repente, sentí nostalgia de algo que nunca había conocido.

Háblame de la búsqueda —le pedí.

Grover me miró con cautela, como temiendo que pudiera estar gastándole una broma.

-Ni de coña, hermano.- le dijo Percy.

El dios de los lugares vírgenes desapareció hace dos mil años —me contó—. Un marinero junto a la costa de Éfeso oyó una voz misteriosa que gritaba desde la orilla: «¡Diles que el gran dios Pan ha muerto!» Cuando los humanos oyeron la noticia, la creyeron. Desde entonces no han parado de saquear el reino de Pan. Pero, para los sátiros, Pan era nuestro señor y amo. Nos protegía a nosotros y a los lugares vírgenes de la tierra. Nos negamos a creer que haya muerto. En todas las generaciones, los sátiros más valientes consagran su vida a buscar a Pan. Lo buscan por todo el mundo y exploran la naturaleza virgen, confiando en encontrar su escondite y despertarlo de su sueño.

Y tú quieres ser un buscador de ésos.

-No, él quiere ser panadero.- bufo Thalía.

Es el sueño de mi vida. Mi padre era buscador. Y mi tío Ferdinand, la estatua que has visto ahí atrás…

Ah, sí. Lo siento.

Grover sacudió la cabeza.

El tío Ferdinand conocía los riesgos, como mi padre. Pero yo lo conseguiré. Seré el primer buscador que regrese vivo.

-¿El primero que regrese vivo? Eso no suena para nada lindo.- comento Piper.

Espera, espera… ¿El primero?

Grover sacó la flauta del bolsillo.

Ningún buscador ha regresado jamás. En cuanto son enviados, desaparecen. Nunca vuelven a verlos vivos.

-¿Estas buscando suicidarte?-le pregunto muy serio Lucas al sátiro.

-¿Qué? NOO!.-le conteste este indignado.

-¿Y entonces?- volvió a preguntar pero sin obtener respuesta.

¿Ni uno en dos mil años?

No.

¿Y tu padre? ¿Sabes qué le ocurrió?

Lo ignoro.

-Mas respeto magdalena.-le reto Hedge.

Pero aun así quieres ir —dije asombrado—. Me refiero a que… ¿en serio crees que serás el que encuentre a Pan?

Tengo que creerlo, Percy. Todos los buscadores lo creen. Es lo único que mantiene la esperanza cuando observamos lo que han hecho los humanos con el mundo. Tengo que creer que Pan aún puede despertar.

-Puff sí que despertó.- recordó Nico en voz alta.

Miré el resplandor naranja del cielo polucionado y me asombré de que Grover persiguiese un sueño que a simple vista parecía un imposible.

¿Cómo vamos a entrar en el inframundo? —le pregunté—. Quiero decir, ¿qué oportunidades tenemos contra un dios?

-Y basándonos en tu experiencia, diría que bastante…-dijo pensativa Annabeth sacando la cuenta.

No lo sé. Pero en casa de Medusa, mientras tú rebuscabas en el despacho, Annabeth me dijo…

Oh, se me había olvidado, claro. Annabeth ya debe de tener un plan.

-Obvio Sesos de Alga.- afirmo la aludida.

No seas tan duro con ella, Percy. Ha tenido una vida difícil, pero es una buena persona. Después de todo, me ha perdonado… —Le falló la voz.

¿Qué quieres decir? Te ha perdonado ¿qué?

-Me pregunto lo mismo.-comento Reyna.

De repente, Grover pareció muy interesado en tocar la flauta.

Un momento —insistí—. Tu primer trabajo de guardián fue hace cinco años. Y Annabeth lleva en el campo también cinco años. ¿No sería ella… tu primer encargo que fue mal…?

-Y al fin las algas hicieron conexión! Alabado seas padre.- Thalía levanto los brazo al cielo como si estuviera agradeciendo.

-Es un poco incómodo que hablen de mi estando hay presente…-aseguro la hija de Atenea.

No puedo hablar de eso —repuso él, y el temblor de su labio inferior me indicó que se echaría a llorar si lo presionaba—. Pero como iba diciendo, en casa de Medusa, Annabeth y yo coincidimos en que está pasando algo raro en esta misión. Hay algo que no es lo que aparenta.

Vale, lumbrera. Me culpan por robar un rayo que se llevó Hades, ¿recuerdas?

No me refiero a eso. Las Fur… las Benévolas parecían contenerse. Igual que la señora Dodds en la academia Yancy… ¿Por qué esperó tanto para matarte? Y después, en el autobús, no estaban tan agresivas como suelen ponerse.

A mí me parecieron agresivas de sobra.

-Osea que ya te habías topado con ellas antes.- dedujo Frank. Tanto Grover, como Thalía, Luke y Annie agacharon la cabeza.

Grover meneó la cabeza.

Nos gritaban: «¿Dónde está? ¿Dónde?»

Os preguntaban por mí —le dije.

Puede… pero tanto Annabeth como yo tuvimos la sensación de que no preguntaban por una persona. Cuando preguntaron dónde está, parecían referirse a un objeto.

-A mi también me pareció eso.- comento Cassandra que ya estaba ideando una teoría

Eso es absurdo.

-Si mi gatita lo dice, es porque no es absurdo.- Orión le lanzo una mirada dulce a la Delos pequeña, que Lucas capto enseguida. Tendre que darle otra advertencia pensó Lucas.

Ya lo sé. Pero si hemos pasado por alto algo importante, y sólo tenemos nueve días para encontrar el rayo maestro… —Me miró como si esperara respuestas, pero yo no las tenía.

Pensé en las palabras de Medusa: estaba siendo utilizado por los dioses. Lo que tenía ante mí era peor que la petrificación.

No he sido sincero contigo —admití—. No me importa nada el rayo maestro. Accedí a ir al inframundo para rescatar a mi madre.

-Idiota, eso jamas se hace! No le revelas nunca a nadie tu verdadero motivo.- chillo indignado Hermes.

Grover hizo sonar una nota suave en la flauta.

Ya lo sé, Percy, pero ¿estás seguro de que es el único motivo?

No lo hago por ayudar a mi padre. No le importo, y a mí él tampoco me importa.

-Si claro…-dijo Grove con sarcasmo.- Te creo.

Grover me miró desde su rama.

Oye, Percy, no soy tan listo como Annabeth ni tan valiente como tú, pero soy muy bueno en analizar emociones. Te alegras de que tu padre esté vivo. Te hace sentir bien que te haya reclamado, y parte de ti quiere que se sienta orgulloso. Por eso enviaste la cabeza de Medusa al Olimpo. Querías que se enterara de lo que has hecho.

¿Sí? A lo mejor las emociones de los sátiros no funcionan como las de los humanos. Porque estás equivocado. No me importa lo que él piense.

-Mmmm.-Leo le hacía ojitos a Percy.- Princesita de papí.- y así se ganó un buen zarandeo

Grover subió los pies a la rama.

Vale, Percy. Lo que tú digas.

Además, no he hecho nada meritorio. Apenas hemos salido de Nueva York y ya estamos aquí atrapados, sin dinero ni posibilidad de ir al oeste.

-Hay hay que concederte un muy buen punto.-comento Chris, y anoto algo en un papelito que se guardó rápidamente sin que nadie lo haya notado. Estaba tramando algo pero necesitaba tiempo para hablar con su compice…

Grover miró el cielo nocturno, como meditando en nuestros problemas.

¿Qué tal si yo hago el primer turno? —propuso—. Duerme un poco.

Quería protestar, pero comenzó a tocar Mozart, muy suavemente, y me di la vuelta. Los ojos me escocían. A los pocos compases del Concierto para piano n.° 12, me quedé dormido.

-Es una reacción esperable y normal.- rectifico Rachel.

-Aunque yo prefiero Claro de Luna de Debussy.- declaro Helena.

En mis sueños, me encontré en una oscura caverna frente a un foso insondable. Criaturas de niebla gris se arremolinaban alrededor de mí susurrando jirones de humo, de modo que sabía que eran los espíritus de los muertos.

-Es él, tiene que ser él. Maldita sea.-murmuraba Atenea.

Me tiraban de la ropa, intentando apartarme, pero yo me sentía obligado a caminar hasta el borde mismo del abismo. Mirar abajo me mareaba. El foso, ancho y negro, carecía de fondo. Aun así, tenía la impresión de que algo intentaba alzarse desde el abismo, algo enorme y malvado.

El pequeño héroe —reverberaba una voz divertida desde la lejana oscuridad—. Demasiado débil, demasiado joven, pero puede que sirvas.—La voz sonaba muy antigua, fría y grave. Me envolvía como un pesado manto—. Te han engañado, chico —añadía—. Haz un trato conmigo. Yo te daré lo que quieres.

-El único trato que voy a hacer con vos es el de tu muerte.- Percy le hablo a la voz del libro.

Se formaba una imagen sobre el abismo: mi madre, congelada en el momento en que se había disuelto en aquel resplandor dorado. Tenía el rostro desencajado por el dolor, como si el Minotauro siguiera retorciéndole el cuello. Me miraba fijamente y sus ojos suplicaban «¡Márchate!».

-De seguro quería que te marcharas.-se interrumpió Deméter.

Yo intentaba gritar, pero no me salía la voz.

Una risotada fría sacudía el abismo. Una fuerza invisible me empujaba, pretendía arrastrarme hacia el abismo. Debía mantenerme firme.

Ayúdame a salir, chico. —La voz sonaba más insistente—. Tráeme el rayo. ¡Juégasela a esos traicioneros dioses!

-Heyy!- se quejaron unos cuantos.

Los espíritus de los muertos susurraron alrededor de mí:

¡No lo hagas! ¡Despierta!

La imagen de mi madre empezaba a desvanecerse. La cosa del foso se aferraba aún más a mí. No pretendía arrastrarme al abismo, sino valerse de mí para salir fuera.

Bien —murmuraba—. Bien.

¡Despierta! —susurraban los muertos—. ¡Despierta!

Alguien me estaba sacudiendo.

-Hay no que feo despertarse así.- aseguro Clarie horrorizada.

Abrí los ojos y era de día.

Vaya —dijo Annabeth—. El zombi vive.

-Técnicamente, si es un zombie no estaría vivo. ¿No? ¿No?- Leo buscaba alguien que lo apoye.

-Bueno…en cierta forma tiene razón.-le contesto Hades.

El sueño me había dejado temblando. Aún sentía el contacto del monstruo del abismo en el pecho.

-Malo…muy malo.- Piper hablaba para sí.

¿Cuánto he dormido?

Suficiente para darme tiempo de preparar un desayuno. —Me lanzó un paquete de cortezas de maíz del bar de la tía Eme—. Y Grover ha salido a explorar. Mira, ha encontrado un amigo.

Tenía problemas para enfocar la vista.

Grover, sentado con las piernas cruzadas encima de una manta, tenía algo peludo en el regazo, un animal disecado, sucio y de un rosa artificial. No, no se trataba de un animal disecado. Era un caniche rosa.

-QUEEE LINDOOO!-chillo Afrodita. Mientras Piper la miraba horrorizada y rezaba por el pobre perro.

El chucho me ladró, cauteloso.

Grover dijo:

No, qué va.

Parpadeé.

¿Estás hablando con… eso?

-¿Hablaste con un perro rosa?.-Jason no se lo podía creer.

-Es esperable que hablen con los animales…-razono su tocayo.

El caniche gruñó.

Eso —me avisó Grover— es nuestro billete al oeste. Sé amable con él.

¿Sabes hablar con los animales?

-No el perro es uno de esos nuevos teléfonos con formas, y está llamando a sus compinches.- dijo Connor sarcásticamente.

-¿Teléfonos con forma?-pregunto Hazel confundida.

-Ya te lo explicamos luego.-le prometió Frank

Grover no me hizo caso.

Percy, éste es Gladiolus. Gladiolus, Percy.

-Pretores mios, ¿Tengo permiso de cortar mi garganta?-pregunto Dakota.

-Adelante.-dijeron Reyna, Jason, y Octavio al mismo tiempo.

Miré a Annabeth, convencido de que empezaría a reírse con la broma que me estaban gastando, pero ella estaba muy seria.

No voy a decirle hola a un caniche rosa —dije—. Olvidadlo.

-Ni yo.

-Ni yo.

-Idem.

-Jamás.

-Mi masculinidad peligraría, olvídelo.

Empezaron a exclamar los mestizos y los vástagos.

Percy —intervino Annabeth—. Yo le he dicho hola al caniche. Tú le dices hola al caniche.

El caniche gruñó.

-Chucho malo.- dijo Nico.- Yo también estaría asi si m pelo fuera rosa.

-Mira que realzaría tus ojos.-le afirmo Afrodita.-¿ No es cierto Will?

Le dije hola al caniche.

Grover me explicó que había encontrado a Gladiolus en los bosques y habían iniciado una conversación. El caniche se había fugado de una rica familia local, que ofrecía una recompensa de doscientos dólares a quien lo devolviera. No tenía muchas ganas de volver con su familia, pero estaba dispuesto a hacerlo para ayudar a Grover.

¿Cómo sabe Gladiolus lo de la recompensa? —pregunté.

Ha leído los carteles, lumbrera —contestó Grover.

-Claro, sí, completamente normal, me lo esperaba, que perro no sabe leer carteles.-comento Helena.

Claro —respondí—. Cómo he podido ser tan tonto.

-Nunca dejaste de serlo mi amor.-le dijo Annabeth.

Así que devolvemos a Gladiolus —explicó Annabeth con su mejor voz de estratega—, conseguimos el dinero y compramos unos billetes a Los Ángeles. Es fácil.

-Ojala hubiera sido tan fácil.-suspiraron los miembros de esa misión.

Pensé en mi sueño: en las voces susurrantes de los muertos, en la cosa del abismo, en el rostro de mi madre, reluciente al disolverse en oro. Todo aquello podría estar esperándome en el oeste.

-Linda bienvenida!Con los brazos bien abiertos.-comento Piper.

Otro autobús no —dije con recelo.

No —me tranquilizó Annabeth.

Señaló colina abajo, hacia unas vías de tren que no había visto por la noche en la oscuridad.

Hay una estación de trenes Amtrak a ochocientos metros. Según Gladiolus, el que va al oeste sale a mediodía.

-Esperemos que no destroces un tren ahora, es lo único que te falta.- comento Chris.

-Ya lo hizo en Alaska, tranquilo.-lo calmo Frank.

-AHH NO! Listo, me indigne.- Chris se hizo el ofendido.

-Solo le falta un avión, pero no creo que eso pase nunca, así por ahora reventaste todos los medios de transporte disponibles.-confirmo Annebth.

-Claro, si contamos el taxi del otro día….-continuo Piper.

-¿PERCY QUE HICISTE AHORA?-Quirón parecía preocupado.-¿Por qué nadie me informo de eso?

Los 7 de la profecía, al igual que Nico, Will y Reyna miraba disimuladamente sus pies, recordó lo que paso el otro día cuando fueron todos a comer hamburguesas.

-Y yo que pensaba que los destructivos eran ustedes…-Clarie rodo los ojos.

Capítulo 13:Me aboco a mi muerte

Pasamos dos días viajando en el tren Amtrak, a través de colinas, ríos y mares de trigo ámbar. No nos atacaron ni una vez, pero tampoco me relajé. Me daba la sensación de que viajábamos en un escaparate, que nos observaban desde arriba y puede que también desde abajo, que había algo acechando, a la espera de la oportunidad adecuada.

-Exactamente hijo mío.-le dio la razón el dios del mar.

Intenté pasar inadvertido porque mi nombre y mi foto aparecían en varios periódicos de la costa Este. El Trenton Register—News mostraba la fotografía que me hizo un turista al bajar del autobús Greyhound. Tenía la mirada ida. La espada era un borrón metálico en mis manos. Habría podido ser un bate de béisbol o un palo de lacrosse.

-Increíble! Si que necesitamos la niebla.- comento Orión.

En el pie de foto se leía: «Percy Jackson, de doce años de edad, buscado para ser interrogado acerca de la desaparición de su madre hace dos semanas. Aquí se le ve huyendo del autobús en que abordó a varias ancianas. El autobús explotó en una carretera al este de Nueva Jersey poco después de que Jackson abandonara el lugar. Según las declaraciones de los testigos, la policía cree que el chico podría estar viajando con dos cómplices adolescentes. Su padrastro, Gabe Ugliano, ha ofrecido una recompensa en metálico por cualquier información que conduzca a su captura.»

-¿Cómo si Gabe tuviera para pagar eso?-chillo Percy.

-Te hacen parecer todo un chico mal pringado.-se burló Clarisse.- El golpea ancianas.

No te preocupes —me dijo Annabeth—. Los policías son mortales, no podrán encontrarnos.—Pero no parecía muy segura de sus palabras.

Pasé el resto del día paseando por el tren (lo pasaba fatal sentado quieto) o mirando por las ventanillas.

-La mayoría lo pasamos mal.- afirmo Will.

Una vez vi una familia de centauros galopar por un campo de trigo, con los arcos tensados, mientras cazaban el almuerzo. El hijo centauro, que sería del tamaño de un niño de segundo curso montado en poni, me vio y saludó con la mano. Miré alrededor en el vagón, pero nadie más los había visto. Todos los adultos estaban absortos en sus ordenadores portátiles o revistas.

En otra ocasión, por la tarde, vi algo enorme moviéndose por un bosque. Habría jurado que era un león, sólo que no hay leones sueltos en América, y aquel bicho era del tamaño de un todoterreno militar. Su melena refulgía dorada a la luz de la tarde. Después saltó entre los árboles y desapareció.

-Ignorante.-murmuraron las cazadoras de Artemisa

El dinero de la recompensa por devolver al caniche nos había dado sólo para comprar billetes hasta Denver. No nos alcanzaba para literas, así que dormitábamos en nuestros asientos. El cuello se me quedó hecho un cuatro. Intenté no babear, ya que Annabeth se sentaba a mi lado.

-Awww-Afrodita chillaba de alegría.- Mas tiernoooooooo.

Grover no paraba de roncar, balar y despertarme. Una vez se revolvió en el asiento y se le cayó un pie de pega. Annabeth y yo tuvimos que ponérselo de nuevo antes de que los otros pasajeros se dieran cuenta.

-La niebla esa hubiera hecho su trabajo, pero creo que es mejor prevenir.-comento Helena.

Vale —me dijo Annabeth en cuanto terminamos de ponerle la zapatilla a Grover—, ¿quién quiere tu ayuda?

-¿Perdona?-comento la sala.

¿Perdona?

Hace un momento, cuando estabas durmiendo, murmurabas «No voy a ayudarte». ¿Con quién soñabas?

No quería contárselo. Era la segunda vez que soñaba con la voz maligna del foso, pero me preocupaba tanto que al final se lo dije.

-Como siempre.-dijo Annabeth abrazándolo fuertemente.

Annabeth reflexionó un rato.

No parece que se trate de Hades —dijo por fin—. Siempre aparece encima de un trono negro, y nunca ríe.

-Hey!Jovencita insolente!-Hades pareció dolido.- A veces si me rio.

Me ofreció a mi madre a cambio. ¿Quién más podría hacer eso?

Supongo… pero si lo que quería es que lo ayudaras a salir del inframundo, si lo que busca es desatar una guerra contra los Olímpicos, ¿por qué te pide que le lleves el rayo maestro si ya lo tiene?

-Muy buena pregunta.-dijeron Helena y Reyna al mismo tiempo y sonrieron.

Negué con la cabeza, deseando conocer la respuesta. Pensé en lo que Grover me había contado, que las Furias del autobús parecían buscar algo. «¿Dónde está? ¿Dónde?» Quizá Grover presentía mis emociones. Roncó en sueños, murmuró algo sobre verduras y volvió la cabeza.

Los inmaduros de siempre lanzaron algunas risitas, y otros lazaron comentario sobre las verduras malas.

Annabeth le remetió la gorra para que le tapara los cuernos.

Percy, no puedes hacer un trato con Hades. Ya lo sabes, ¿verdad? Es mentiroso, no tiene corazón y sí mucha avaricia. No me importa que sus Benévolas no se mostraran tan agresivas esta vez…

-Disculpa! De los aquí presentes ¿Quién fue el único que cumplió el trato?-chillo Hades.

¿Esta vez? ¿Quieres decir que ya te habías encontrado con ellas antes?

Se sacó su collar y me mostró una cuenta blanca pintada con la imagen de un pino, uno de sus premios por concluir un nuevo verano.

Digamos que no tengo ningún aprecio por el Señor de los Muertos. No puede tentarte para hacer un trato a cambio de tu madre.

-Se nota linda, se nota.-el señor de los muertos se sentía tocado por los comentarios de la niña de 12 años del libro.

¿Qué harías tú si fuera tu padre?

Eso es fácil —contestó—. Lo dejaría pudrirse.

La sala se llenó de gritos indignados, otros clamando más respeto y otros defendiendo a Frederick.

¿A qué viene eso?

Annabeth me miró fijamente con sus ojos grises. Tenía la misma expresión que le había visto en el bosque cuando desenvainó la espada contra el perro del infierno.

A mi padre le molesto desde el día que nací, Percy —dijo—. Nunca le gustaron los niños. Cuando me tuvo, le pidió a Atenea que me recogiera y me criara en el Olimpo, porque él estaba demasiado ocupado con su trabajo. A ella no le hizo mucha gracia. Le dijo que los héroes tienen que ser criados por su padre mortal.

Pero ¿cómo…? Es decir, supongo que no naciste en un hospital.

-¿En tu casa?.-pregunto Clarie mientras se rascaba la cabeza confundida.

Aparecí en la puerta de mi padre, en una cesta de oro, transportada desde el Olimpo por Céfiro, el Viento del Oeste. Cualquiera recordaría el momento como un milagro, ¿no? Y hasta sacaría unas fotos digitales o algo así. Pues bien, siempre hablaba de mi llegada como si fuera lo más molesto que le hubiera sucedido en la vida. Cuando cumplí cinco años, se casó y se olvidó por completo de Atenea. Se buscó una mujer mortal «normal» y un par de hijos mortales «normales», e intentó fingir que yo no existía.

Nadie se atrevió a comentar.

Miré por la ventanilla del tren. Vi las luces de una ciudad dormida a toda velocidad. Quería que Annabeth se sintiera mejor, pero no sabía cómo lograrlo.

Mi madre se casó con un hombre absolutamente espantoso —le conté—. Grover dice que lo hizo para protegerme, para ocultarme tras el aroma de una familia humana. A lo mejor tu padre intentaba hacer lo mismo.

-No lo hizo por eso.-dijo Annabeth tan bajito que nadie la escucho.

Annabeth seguía jugueteando con su collar. No dejaba de pellizcar el anillo de oro de la universidad, que colgaba entre las cuentas. Se me ocurrió que el anillo probablemente era de su padre. Me pregunté por qué lo llevaba si lo odiaba tanto.

No le importo —dijo—. Su mujer, mi madrastra, me trataba como a un monstruo. No me dejaba jugar con sus hijos. A mi padre le parecía bien. Cada vez que pasaba algo peligroso (lo típico, que llegaban los monstruos), los dos me miraban con resentimiento, como diciéndome: «¿Cómo te atreves a poner en peligro a nuestra familia?» Al final lo entendí: no me querían. Así que me escapé.

¿Cuántos años tenías?

Los mismos que cuando entré en el campamento. Siete.

Pero… no podías llegar sola hasta la colina Mestiza.

No, sola no. Atenea me vigilaba, me guió hasta conseguir ayuda. Hice un par de amigos inesperados que cuidaron de mí, al menos durante un tiempo.

-Yo sigo cuidándote ricitos de oro.-grito Thalía indignada.

Quería preguntar qué había ocurrido, pero Annabeth parecía absorta en sus recuerdos. Así que escuché los ronquidos de Grover y miré por la ventanilla del tren, mientras los campos oscuros de Ohio pasaban a toda velocidad.

Hacia el final de nuestro segundo día en el tren, el 13 de junio, ocho días antes del solsticio de verano, cruzamos unas colinas doradas y el río Mississipi hasta San Luis.

Annabeth estiró el cuello para ver el famoso arco, el Gateway Arch, que a mí me pareció una enorme asa de bolsa de la compra en medio de la ciudad.

De esta forma, queridos amigos, es como Percy obtuvo una hermosa mano marcada en su hombro.

Quiero hacer eso —suspiró.

-¿Qué cosa?-pegunto Helena

¿El qué? —pregunté.

Construir algo como eso. ¿Has visto alguna vez el Partenón, Percy?

-Es necesario que responda esa.-dijo el aludido levantando la mano como si estuviera en clase.

Sólo en fotos.

Algún día iré a verlo en persona. Voy a construir el mayor monumento a los dioses que se haya hecho nunca. Algo que dure mil años.

Me reí.

¿Tú? ¿Arquitecta? —No sé por qué, la idea de una Annabeth quietecita y dibujando todo el día me hizo gracia.

Se ruborizó.

Sí, arquitecta. Atenea espera de sus hijos que creen cosas, no sólo que las rompan, como cierto dios de los terremotos que me sé muy bien.

-Y con orgullo las destruimos.- tantos hijo como padre, se saludaron orgullosamente.- Si lo hacemos tenemos buenas razones.

Observé los remolinos en el agua marrón del Mississipi.

Perdona —dijo Annabeth—. Eso ha sido una maldad.

-Naaa…¿En serio?-interrumpió Clarisse.

¿No podríamos colaborar un poquito? —propuse—. Quiero decir… ¿es que Atenea y Poseidón nunca han cooperado?

-Define cooperar.-pido Zeus.

Annabeth tuvo que pensarlo.

Supongo que… en el tema del carro —dijo, vacilante—. Lo inventó mi madre, pero Poseidón creó los caballos con las crestas de las olas. Así que tuvieron que trabajar juntos para completarlo.

-Tal vez…podría ser.

Entonces también podemos hacerlo nosotros, ¿no?

-Y que bien que cooperaron hasta ahora.- y Piper quedo cubierta por una capa de almohadones arrojados por la linda pareja.

Llegamos a la ciudad, Annabeth seguía mirando el arco mientras desaparecía detrás de un edificio.

Supongo —dijo al final.

Entramos en la estación Amtrak del centro de la ciudad. La megafonía nos indicó que había tres horas de espera antes de partir hacia Denver.

Grover se estiró. Antes de despertarse por completo, dijo:

Comida.

Venga, chico cabra —dijo Annabeth—. Vamos a hacer turismo cultural.

¿Turismo?

El Gateway Arch. Puede que sea mi única oportunidad de subir. ¿Venís o no?

-Y después de lo que hicimos ahí, creo que si.-comento Grover.

Grover y yo intercambiamos miradas.

Yo quería decir que no, pero supuse que si Annabeth pensaba ir de todos modos, no podíamos dejarla sola tan tranquilamente.

Y más almohadones volaron por el aire.

Grover se encogió de hombros.

Si hay un bar sin monstruos, vale.

-Exacto.-aseguro Travis

El arco estaba a un kilómetro y medio de la estación. A última hora, las colas para entrar no eran tan largas. Nos abrimos paso por el museo subterráneo, vimos vagones cubiertos y otras antiguallas del mil ochocientos. No era muy emocionante, pero Annabeth no dejó de contarnos cosas interesantes de cómo se había construido el arco, y Grover no dejó de pasarme gominolas, así que tampoco me aburrí.

No obstante, no dejé de mirar alrededor, a las demás personas de la fila.

¿Hueles algo? —le susurré a Grover.

Sacó la nariz de la bolsa de gominolas lo suficiente para inspirar.

Estamos bajo tierra —dijo con cara de asco—. El aire bajo tierra siempre huele a monstruos. Probablemente no signifique nada.

-Nunca digas nunca….-tarareo Rachel.

Pero yo tenía un mal presentimiento, la impresión de que no deberíamos estar allí.

Chicos —les dije—, ¿sabéis los símbolos de poder de los dioses?

-¿Enserio le estas pregunto eso a una hija de Atenea? Sos estúpido de lo que pensaba.-comento Connor.

Annabeth estaba intentando leer la historia del arco, pero levantó la vista.

¿Sí?

Bueno, Hade… —Grover se aclaró la garganta—. Estamos en un lugar público… ¿Te refieres a nuestro amigo de abajo?

Los dioses rieron ante el nuevo mote para el Señor del Inframundo.

Esto… sí, claro —contesté—. Nuestro amigo de muy abajo. ¿No tiene un gorro como el de Annabeth?

-Me siento ofendido.-estos capítulos no estaban siendo del agrado de Hades.-¿Hijo, te encargas tú de él?- pregunto, haciendo a alusión de si alguien podía golpear a su sobrino.

¿El yelmo de oscuridad? —dijo ella—. Sí, ése es su símbolo de poder. Lo vi junto a su asiento durante el concilio del solsticio de invierno.

¿Estaba allí? —pregunté.

Asintió.

Es el único momento en que se le permite visitar el Olimpo: el día más oscuro del año. Pero si lo que he oído es cierto, su casco es mucho más poderoso que mi gorra de invisibilidad.

-Obvio.

Le permite convertirse en oscuridad —confirmó Grover—. Puede fundirse con las sombras o atravesar paredes. No se le puede tocar, ver u oír. Y es capaz de irradiar un miedo tan intenso que puede volverte loco o paralizarte el corazón. ¿Por qué crees que todas las criaturas racionales temen la oscuridad?

-Exacto.

Pero entonces… ¿cómo sabemos que no está aquí justo ahora, vigilándonos? —pregunté.

Annabeth y Grover intercambiaron sendas miradas.

No lo sabemos —repuso Grover.

Gracias, eso me hace sentir mucho mejor —respondí—. ¿Te quedan gominolas azules?

-Igual que a mí.-respondió Lucas.

Casi había conseguido dominar mis frágiles nervios cuando vi el curioso ascensor que iba a llevarnos hasta la cima del arco y supe que tendría problemas. No soporto los lugares cerrados. Me vuelven loco.

La mayoría de la sala levanto la mano demostrado que a ellos también.

Nos apretujaron en una de las cabinas, junto a una señora gorda y su perro, un chihuahua con collar de estrás. Supuse que debía de ser un chihuahua lazarillo, porque ningún guardia le dijo nada a la señora.

Empezamos a subir por el interior del arco. Nunca había estado en un ascensor curvo, y a mi estómago no le entusiasmó la experiencia.

-De tal palo, tal astilla.-murmuro Poseidón.

¿No tenéis padres? —preguntó la gorda.

-Esa debe ser la pregunta más hecha en toda la lectura.-afirmo Leo.

Tenía ojos negros y brillantes; dientes puntiagudos y manchados de café; llevaba un sombrero tejano de ala flácida, y un vestido que le sacaba tantos michelines que parecía un zepelín vaquero.

-Mmmm mala pinta.-canturreo Jason(d)

Se han quedado abajo —respondió Annabeth—. Les asustan las alturas.

Oh, pobrecillos.

El chihuahua gruñó y la mujer le dijo:

Venga, hijito, ahora compórtate. —El perro tenía los mismos ojos brillantes de su dueña, inteligentes y malvados.

¿Se llama Igito? —pregunté.

No —contestó la señora y sonrió, como si eso lo aclarara todo.

-Creo que no le estas cayendo bien a los perros comunes Percy.-le dijo Jason.- Mejor quédate con los sabueso del infierno.

Encima del arco, la plataforma de observación me recordó a una lata de refresco enmoquetada. Filas de pequeñas ventanitas daban a la ciudad por un lado y al río por el otro. La vista no estaba mal, pero si hay algo que me guste menos que un espacio reducido, es un espacio reducido a ciento ochenta metros de altura. No tardé en sentirme mal.

Annabeth no dejó de hablar de los soportes estructurales, y de que ella habría hecho más grandes las ventanas y el suelo transparente. Probablemente habría podido quedarse horas allí arriba, pero, por suerte para mí, el guarda anunció que la plataforma de observación cerraría en pocos minutos.

-Gracias a los dioses.-rogo Percy.

Conduje a Grover y Annabeth hacia la salida, los hice subir a una cabina del ascensor y, cuando estaba a punto de entrar yo también, reparé en que ya había dos turistas dentro. No quedaba espacio para mí.

Siguiente coche, señor —dijo el guarda.

-¿Señor? Pero si tiene 12.-chillo Andy.

¿Bajamos y esperamos contigo? —dijo Annabeth.

Pero eso iba a ser un lío y tardaríamos aún más tiempo, así que dije:

No, no pasa nada. Nos vemos abajo, chicos.

Grover y Annabeth parecían algo nerviosos, pero dejaron que la puerta se cerrara. Su cabina desapareció por la rampa.

-Mala decisión.- dijo Reyna.

En la plataforma sólo quedábamos yo, un crío con sus padres, el guarda y la gorda del chihuahua. Le sonreí incómodo y ella me devolvió la sonrisa y se pasó la lengua bífida por los dientes.

Un momento.

-Si momentio…eso no es natural.-Piper ya había notado el pequeño detalle.

¿Lengua bífida?

-Para, ¿Lengua Bífida?¿Dónde esta eso?-pregunto Leo asombrado de no haberse dado cuenta.

Antes de que pudiese decidir que efectivamente había visto eso, el chihuahua saltó hacia mí y empezó a ladrarme.

Bueno, bueno, hijito —dijo la señora—. ¿Te parece éste un buen momento? Tenemos delante a esta gente tan amable.

¡Perrito! —dijo el niño pequeño—. ¡Mira, un perrito!

-No es un perrito.-afirmo Helena.

-Es un lindo monstruito.-termino Clarie.

Sus padres lo apartaron.

El chihuahua me enseñó los dientes y de su hocico negro empezó a salir espuma.

Bueno, hijo —susurró la gorda—. Si insistes.

El estómago se me congeló.

Oiga, perdone, ¿acaba de llamar hijo a este chihuahua?

-PERO QUE NO TE DISTE CUENTA DE QUIEN ES?! YA LE DIJO COMO TREINTA VECES HIJO.-grito Hefesto, para sopresa de todos, que si se había dado cuenta de quién era. Ella siempre le decía hijos a sus …bueno.. hijos..creo.

Quimera, querido —me corrigió la gorda—. No es un chihuahua. Es fácil confundirlos.

-Irónicamente, si es bastante fácil.-comento Nico.- Siempre termino metido en una pelea con esos bichos.- Will se lo quedo mirando horrorizado.

Se remangó las mangas vaqueras y reveló una piel azulada y escamosa. Cuando sonrió, sus dientes eran colmillos. Las pupilas de sus ojos eran rajitas como de reptil.

-Aww mas linda.-comento Lucas.

El chihuahua ladró más alto, y con cada ladrido crecía. Primero hasta adoptar el tamaño de un doberman, después hasta el de un león. Entonces el ladrido se convirtió en rugido.

El niño pequeño gritó. Sus padres lo arrastraron hacia la salida, detrás del guarda, que se quedó atónito, mirando al monstruo con la boca abierta.

Quimera era ahora tan alta que tenía la peluda espalda pegada al techo. La melena de la cabeza de león estaba cubierta de sangre seca, el cuerpo y las pezuñas eran de cabra gigante, y por cola tenía una serpiente, tres metros de cola de cascabel. El collar de estrás aún le colgaba del cuello, y la medalla para perros del tamaño de una matrícula era fácilmente legible: «Quimera: tiene la rabia, escupe fuego, es venenoso. Si lo encuentran, por favor, llamen al Tártaro, extensión 954.»

Algunos se animaron a reír ante tal gesto de Equidna.

-Al menos se preocupa por sus mascotas.- afirmo Apolo.

Reparé en que ni siquiera había destapado el bolígrafo. Tenía las manos entumecidas. Estaba a tres metros de las fauces sangrientas de Quimera y sabía que, en cuanto me moviera, la criatura se abalanzaría sobre mí.

La señora serpiente dejó escapar un silbido que bien podría haber sido una risa.

Siéntete honrado, Percy Jackson. El señor Zeus rara vez me permite probar un héroe con uno de los de mi estirpe. ¡Pues yo soy la madre de los monstruos, la terrible Equidna!

Me quedé mirándola y sólo atiné a decir:

¿Eso no es una especie de oso hormiguero?

-Lo mismo me preguntaba…-dijo Cassandra.

Aulló y su rostro ofidio se volvió marrón verdoso de la rabia.

¡Detesto que la gente diga eso! ¡Odio Australia! Mira que llamar a ese ridículo animal como yo. Por eso, Percy Jackson, ¡mi hijo va a destruirte!

Quimera cargó, sus dientes de león rechinando. Conseguí saltar a un lado y evitar el mordisco. Acabé junto a la familia y el guarda, todos gritando e intentando abrir las puertas de emergencia.

No podía consentir que les hiciera daño. Destapé la espada, corrí al otro lado de la plataforma y grité:

¡Ey, chihuahua!

Quimera se volvió con insólita rapidez y, antes de que mi espada estuviese dispuesta, abrió su pestilente boca y me lanzó directamente un chorro de fuego. Logré arrojarme a un lado y la moqueta se incendió, desprendiendo un calor tan intenso que casi me deja sin cejas. Por detrás de donde me encontraba un instante antes, en uno de los lados del arco había ahora un boquete. Se veía el metal fundido por los bordes. «Fantástico —pensé—. Acabamos de cargarnos un monumento nacional.»

-Lo agrego a la lista.-dijo Leo sacando una lista ante la mirada atónita de todos-¿Qué? Durante todo nuestra aventura tome nota de cuantos sitios históricos destrozamos.

Anaklusmos ya estaba preparada y cuando Quimera se dio la vuelta, le lancé un mandoble al cuello. Ese fue mi error: la hoja chisporroteó contra el collar de perro y la inercia del impulso me desequilibró. Intenté recuperarme al tiempo que me defendía de la fiera boca de león, pero descuidé por completo la cola de serpiente, que se sacudió y me hincó los colmillos en la pantorrilla.

Sentí la pierna entera arder. Intenté clavarle la espada en la boca, pero la cola se revolvió y me hizo trastabillar. La espada se me escurrió entre las manos y cayó por el boquete a las aguas del Mississipi.

-NOOOOO.-chillaron todos.

Conseguí ponerme en pie, pero sabía que había perdido. Estaba desarmado. Sentía el veneno mortal subiéndome hacia el pecho. Recordé que Quirón había dicho que la espada siempre regresaría a mí,pero no había bolígrafo alguno en mi bolsillo. Quizá había ido a parar demasiado lejos, o tal vez sólo regresaba en forma de bolígrafo. No lo sabía, y tampoco iba a vivir lo suficiente para averiguarlo.

Retrocedí hacia el muro y Quimera avanzó, gruñendo y exhalando vaho por su asquerosa boca. La serpiente, Equidna, se carcajeó.

Ya no hacen héroes como los de antes, ¿eh, hijo?

-Me canse de escuchar eso sinceramente.-confeso Percy.

El monstruo gruñó. No parecía tener prisa por acabar conmigo, ahora que me había vencido.

Miré al guarda y a la familia. El chavalín se escondía tras las piernas de su padre. Tenía que proteger a v aquella gente. No podía morir sin más. Intenté pensar, pero me dolía todo el cuerpo y la cabeza me daba vueltas. Me enfrentaba a un monstruo enorme que escupía fuego y a su madre, y tenía miedo. No podía huir, así que me acerqué al borde del boquete y miré. Allá abajo, el río brillaba. Si moría, ¿se marcharían los monstruos? ¿Dejarían en paz a los humanos?

-Hay no ni se te ocurra Perseo.-grito Poseidón.

Si eres hijo de Poseidón —silbó Equidna—, no debes tener miedo al agua. Salta, Percy Jackson. Demuéstrame que el agua no te hará daño. Salta y recupera tu espada. Demuestra tu linaje.

Sí, vale, pensé. En alguna parte había leído que saltar al agua desde dos pisos de altura es como saltar sobre asfalto sólido. Desde allí, el impacto me espachurraría.

-Wow leyó algo.-Atenea fingía tener un ataque d algo.-Y es cierto encima lo que leyó.

La boca de Quimera empezó a ponerse incandescente, calentándose antes de soltar otra vaharada de fuego.

No tienes fe —me retó Equidna—. No confías en los dioses. Pero no puedo culparte, pequeño cobarde. Los dioses son desleales. Será mejor para ti morir ahora. El veneno ya está en tu corazón.

Tenía razón: estaba muriendo. Mi respiración se ralentizaba. Nadie podía salvarme, ni siquiera los dioses. Retrocedí y miré hacia abajo, al agua. Recordé la cálida sonrisa de mi padre cuando yo era un bebé. Tenía que haberme visto. Seguramente me visitó cuando yo estaba en la cuna. Recordé el tridente verde que se había formado encima de mi cabeza la noche de la captura de la bandera, cuando Poseidón me reclamó como su hijo.

Pero aquello no era el mar. Era el Mississipi, en el centro de Estados Unidos de América. No había ningún dios del mar.

¡Muere, descreído! —rugió Equidna, y Quimera me lanzó un chorro de llamas a la cara.

Padre, ayúdame —recé.

Me volví y salté al vacío. Mi ropa estaba ardiendo, el veneno recorría mis venas y estaba cayendo al río.

La sala se llenó de gritos….