Percy ya se estaba haciendo una idea de cómo podría llegar a reacción Ares cuando se enterara cuáles fueron las verdaderas palabritas. Hizo una plegara silenciosa esperando que las cosas no se descontrolara con los futuros eventos en la playa.

A diferencia de Héctor que estaba emocionadísimo, Orión detectó inmediatamente las emociones del joven hijo del mar gracias a su don, y aunque no lo dijo también comenzó a preocuparse. Ares podría llegar a ser un grano descomunal en el trasero.

Los pensamientos de ambos chicos fueron interrumpidos por una rabieta de Zeus. Al parecer Némesis y Tique pensaban que era hora de que el rey pongo en práctica sus dotes de orador.

Entre refunfuño y refunfuño el dios de los cielos comenzó a leer:

Capítulo 16: Cebra hasta Las Vegas

-¡¿ Qué clase de título es ese?!.-pregunto Jason(d)

El dios de la guerra nos esperaba en el aparcamiento del restaurante.

Bueno, bueno —dijo—. No os han matado.

Sabías que era una trampa —le espeté. Ares sonrió maliciosamente.

-Y si! Siempre el viejo cerebro oxidado está intentado esas jugarretas.-se quejó Ares.-Cualquiera se hubiera dado cuenta pringado.

Seguro que ese herrero lisiado se sorprendió al ver en la red a un par de críos estúpidos. Das el pego en la tele, chaval.

Hefestos no respondió ante tal comentario pero sí que ya estaba planeando una sorpresita para Ares, después de todo presentía que dentro de poco tendría una oportunidad única y de vez en cuando le gustaba divertirse un poco…

Le arrojé su escudo.

Eres un cretino.

Comentario que fue apoyado por la mayoría de la sala a pesar de que eso implicara jugar con fuego.

Annabeth y Grover contuvieron el aliento. Ares agarró el escudo y lo hizo girar en el aire como una masa de pizza. Cambió de forma y se convirtió en un chaleco antibalas. Se lo colocó por la espalda.

¿Ves ese camión de ahí? —Señaló un tráiler de dieciocho ruedas aparcado en la calle junto al restaurante—. Es vuestro vehículo. Os conducirá directamente a Los Ángeles con una parada en Las Vegas.

El camión llevaba un cartel en la parte trasera, que pude leer sólo porque estaba impreso al revés en blanco sobre negro, una buena combinación para la dislexia: «amabilidad internacional: TRANSPORTE DE ZOOS HUMANOS. PELIGRO: ANIMALES SALVAJES VIVOS.»

-Desgraciados.-murmuró Grover recordándolo.

Estás de broma —dije.

Ares chasqueó los dedos. La puerta trasera del camión se abrió.

Billete gratis, pringado. Deja de quejarte. Y aquí tienes estas cosillas por hacer el trabajo.

-Encima que gratis, se queja el pringado.-rezongo hija del dios de la guerra.

Sacó una mochila de nailon azul y me la lanzó. Contenía ropa limpia para todos, veinte pavos en metálico, una bolsa llena de dracmas de oro y una bolsa de galletas Oreo con relleno doble.

No quiero tus cutres… —empecé.

Gracias, señor Ares —saltó Grover, dedicándome su mejor mirada de alerta roja—. Muchísimas gracias.

Me rechinaron los dientes. Probablemente era un insulto mortal rechazar algo de un dios, pero no quería nada que Ares hubiese tocado.

-Coincido totalmente con Percy.-apunto Frank.

A regañadientes, me eché la mochila al hombro. Sabía que mi ira se debía a la presencia del dios de la guerra, pero seguía teniendo ganas de aplastarle la nariz de un puñetazo. Me recordaba a todos los abusones a los que me había enfrentado: Nancy Bobofit, Clarisse, Gabe el Apestoso, profesores sarcásticos; todos los cretinos que me habían llamado «idiota» en la escuela o se habían reído de mí cada vez que me expulsaban.

-Ya verás Prissy…ya verás.-prometió la aludida.

Miré el restaurante, que ahora tenía sólo un par de clientes. La camarera que nos había servido la cena nos miraba nerviosa por la ventana, como si temiera que Ares fuera a hacernos daño. Sacó al cocinero de la cocina para que también mirase. Le dijo algo. Él asintió, levantó una cámara y nos sacó una foto.

-La típica, nunca nada puede salirnos bien del todo.-dijo Annabeth apenada.

«Genial —pensé—. Mañana otra vez en los periódicos.» Ya me imaginaba el titular: «Delincuente juvenil propina paliza a motorista indefenso.»

Algunos, como Leo y los Stolls, rieron al imaginarse los diarios con semejante titular.

Me debes algo más —le dije a Ares—. Me prometiste información sobre mi madre.

¿Estás seguro de que la soportarás? —Arrancó la moto—. No está muerta.

Todo me dio vueltas.

¿Qué quieres decir?

Quiero decir que la apartaron de delante del Minotauro antes de que muriese. La convirtieron en un resplandor dorado, ¿no? Pues eso se llama metamorfosis. No muerte. Alguien la tiene.

¿La tiene? ¿Qué quieres decir?

-Que no mate a tu madre por el olimpo sagrado!.-protesto Hades.-Solo la secuestre.

Necesitas estudiar los métodos de la guerra, pringado. Rehenes… Secuestras a alguien para controlar a algún otro.

Nadie me controla.

Una carcajada de parte de Luke tomo a la sala entera por sorpresa. Cuando este se percató de la mirada de todos dijo:

-Ninguno de nosotros puede escapar de ese destino, es nuestra realidad-y volvió a callarse dejando a todos sumidos en sus pensamientos, tanto semidioses como dioses.

Tal vez un poco de razón tenía el hijo Hermes.

Zeus retomo la lectura lo más rápido posible, no vaya a ser que la cosa llegue a mayores pensó.

Se rió.

¿En serio? Mira alrededor, chaval.

Cerré los puños.

Sois bastante presuntuoso, señor Ares, para ser un tipo que huye de estatuas de Cupido.

-Jackson 2, Ares 1.-apunto Chris, y comenzó a anotar cosas en su libreta. Quién sabe que estaba tramando este otro hijo de Hermes….

Tras sus gafas de sol, el fuego ardió. Sentí un viento cálido en el pelo.

Volveremos a vernos, Percy Jackson. La próxima vez que te pelees, no descuides tu espalda.

- Zopenco.-le contesto el hijo de Poseidó.

Aceleró la Harley y salió con un rugido por la calle Delancy.

Eso no ha sido muy inteligente, Percy —dijo Annabeth.

-La verdad que no.-confirmo Reyna

Me da igual.

No quieras tener a un dios de enemigo. Especialmente ese dios.

-Estaría más tranquilo si no tenes a ningún dios como enemigo.-suspiró Poseidón.

-Lamento informare que siendo como es su hijo eso es imposible.-le dijo Nico dejando más preocupado al dios del mar.

Eh, chicos —intervino Grover—. Detesto interrumpiros, pero…

Señaló al comedor. En la caja registradora, los dos últimos clientes pagaban la cuenta, dos hombres vestidos con idénticos monos negros, con un logo blanco en la espalda que coincidía con el del camión: «amabilidad internacional.»

Si vamos a tomar el expreso del zoo —prosiguió Grover—, debemos darnos prisa.

No me gustaba, pero no teníamos opción. Además, ya había tenido suficiente Denver. Cruzamos la calle corriendo, subimos a la parte trasera del camión y cerramos las puertas.

Lo primero que me llamó la atención fue el olor. Parecía la caja de arena para gatos más grande del mundo.

El interior del camión estaba oscuro, hasta que destapé a Anaklusmos. La espada arrojó una débil luz broncínea sobre una escena muy triste. En una fila de jaulas asquerosas había tres de los animales de zoo más patéticos que había visto jamás: una cebra, un león albino y una especie de antílope raro.

Alguien le había tirado al león un saco de nabos que claramente no quería comerse. La cebra y el antílope tenían una bandeja de polispán de carne picada. Las crines de la cebra tenían chicles pegados, como si alguien se hubiera dedicado a escupírselos. Por su parte, el antílope tenía atado a uno de los cuernos un estúpido globo de cumpleaños plateado que ponía: «¡Al otro lado de la colina!»

-Desgraciados, tengo que matarlos!.-chilló Hedge.

Al parecer, nadie había querido acercarse lo suficiente al león, y el pobre bicho se removía inquieto sobre unas mantas raídas y sucias, en un espacio demasiado pequeño, entre jadeos provocados por el calor que hacía en el camión. Tenía moscas zumbando alrededor de los ojos enrojecidos, y los huesos se le marcaban.

¿Esto es amabilidad? —exclamó Grover—. ¿Transporte zoológico humano?

Seguro que habría salido otra vez a sacudirles a los camioneros con su flauta de juncos, y desde luego yo le habría ayudado,

-Destruyandolos!

-Muerte!

-Demuestra tus dotes flautisticos!

-Venganza!

pero justo entonces el camión arrancó y el tráiler empezó a sacudirse, así que nos vimos obligados a sentarnos o caer al suelo.

-Magdalenas! Muertee.-grito Hedge.

Nos apiñamos en una esquina junto a unos sacos de comida mohosos, intentando hacer caso omiso del hedor, el calor y las moscas. Grover intentó hablar con los animales mediante una serie de balidos, pero se lo quedaron mirando con tristeza. Annabeth estaba a favor de abrir las jaulas y liberarlos al instante, pero yo señalé que no serviría de nada hasta que el camión parara. Además, me daba la sensación de que teníamos mucho mejor aspecto para el león que aquellos nabos.

Encontré una jarra de agua y les llené los cuencos, después usé a Anaklusmos para sacar la comida equivocada de sus jaulas. Le di la carne al león y los nabos a la cebra y el antílope. Grover calmó al antílope, mientras Annabeth le cortaba el globo del cuerno con su cuchillo. Quería también cortarle los chicles a la cebra, pero decidimos que sería demasiado arriesgado con los tumbos que daba el camión. Le dijimos a Grover que les prometiera a los animales que seguiríamos ayudándolos por la mañana, después nos preparamos para pasar la noche.

-Bien hecho yogurines….-reconoció el entrenador.-aunque todavía falte matar a esos camioneros.

Grover se acurrucó junto a un saco de nabos; Annabeth abrió una caja de nuestras Oreos con relleno doble y mordisqueó una sin ganas; yo intenté alegrarme pensando que ya estábamos a medio camino de Los Angeles. A medio camino de nuestro destino. Sólo estábamos a 14 de junio. El solsticio no era hasta el 21. Teníamos tiempo de sobra.

-Nunca pero nunca, debes decir eso!.-dijo Katie indignada ante tal gesto.-Ahora de seguro va a pasar algo y se atrasan.

Por otro lado, no tenía idea de qué debía esperar. Los dioses no paraban de jugar conmigo. Por lo menos Hefesto había tenido la decencia de ser honesto: había puesto cámaras y me había anunciado como entretenimiento.

-Si muy honesto…-refunfuño Lucas.

Pero incluso cuando aquéllas aún no estaban rodando, había tenido la impresión de que mi misión era observada. Yo no era más que una fuente de diversión para los dioses.

Oye —me dijo Annabeth—, siento haber perdido los nervios en el parque acuático, Percy.

No pasa nada.

Es que… —Se estremeció—. ¿Sabes?, las arañas…

¿Por la historia de Aracne? —supuse—. Acabó convertida en araña por desafiar a tu madre a ver quién tejía mejor, ¿verdad?

Annabeth asintió.

Los hijos de Aracne llevan vengándose de los de Atenea desde entonces. Si hay una araña a un kilómetro a la redonda, me encontrará. Detesto a esos bichejos. De todos modos, te la debo.

-Tiene bastante sentido que hagan eso.-admitió Clarie.

Somos un equipo, ¿recuerdas?

-MAS QUE UN EQUIPO!-corearon los amigos de a parejita.

dije—. Además, el vuelo molón lo ha hecho Grover.

Pensaba que estaba dormido, pero desde la esquina murmuró:

¿A que he estado total?

-Siii!.-le contesto la nueva lugarteniente de Artemisa.

Annabeth y yo nos reímos. Sacó una Oreo y me dio la mitad.

En el mensaje Iris… ¿de verdad Luke no dijo nada?

Mordisqueé mi galleta y pensé en cómo responder. La conversación del arco iris me había tenido preocupado durante toda la tarde.

Luke me dijo que él y tú os conocéis desde hace mucho. También dijo que Grover no fallaría esta vez. Que nadie se convertiría en pino.

Al débil resplandor de la espada era difícil leer sus expresiones.

Grover baló lastimeramente.

Debería haberte contado la verdad desde el principio. —Le tembló la voz—. Pensaba que si sabías lo bobo que era, no me querrías a tu lado.

Eras el sátiro que intentó rescatar a Thalia, la hija de Zeus.

Asintió con tristeza.

Y los otros dos mestizos de los que se hizo amiga Thalia, los que llegaron sanos y salvos al campamento… —Miré a Annabeth—. Erais tú y Luke, ¿verdad?

Annabeth dejó su Oreo sin comer.

Como tú dijiste, Percy, una mestiza de siete años no habría llegado muy lejos sola. Atenea me guió hacia la ayuda. Thalia tenía doce; Luke, catorce. Los dos habían huido de casa, como yo. Les pareció bien llevarme. Eran… unos luchadores increíbles contra los monstruos, incluso sin entrenamiento. Viajamos hacia el norte desde Virginia, sin ningún plan real, evitando monstruos hasta que Grover nos encontró.

Se suponía que tenía que escoltar a Thalia al campamento —dijo Grover entre sollozos—. Sólo a Thalia. Tenía órdenes estrictas de Quirón: no hagas nada que ralentice el rescate. Verás, sabíamos que Hades le iba detrás, pero no podíamos dejar a Luke y Annabeth solos. Pensé… que podría llevarlos a los tres sanos y salvos. Fue culpa mía que nos alcanzaran las Benévolas. Me quedé en el sitio. Me asusté de vuelta al campamento y me equivoqué de camino. Si hubiese sido un poquito más rápido…

Ya basta —lo interrumpió Annabeth—. Nadie te echa la culpa. Thalia tampoco te culpaba.

-Y no lo hago Grover! Todo lo contrario.-confirmo la aludida.

Se sacrificó para salvarnos. Murió por mi culpa. Así lo dijo el Consejo de los Sabios Ungulados.

¿Porque no pensabas dejar a otros dos mestizos atrás? —dije—. Eso es injusto.

Percy tiene razón —convino Annabeth—. Yo no estaría aquí hoy de no ser por ti, Grover. Ni Luke. No nos importa lo que diga el Consejo.

-Esa panda de viejos arrugados no sabe nada.-lo defendió Percy.

-El degenerado tiene razón.

Grover siguió sollozando en la oscuridad.

¡Menuda suerte tengo! Soy el sátiro más torpe de todos los tiempos y voy a dar con los dos mestizos más poderosos del siglo, Thalia y Percy.

-Tremenda suerte. No cualquiera puede decir eso.-confirmo Quirón.- Te lo aseguro por mis años de experiencia.

No eres torpe —insistió Annabeth—. Y eres más valiente que cualquier otro sátiro que haya conocido. Nómbrame alguno que se atreva a ir al inframundo. Seguro que Percy también se alegra de que estés aquí.

Me dio una patada en la espinilla.

Sí —contesté, aunque lo habría dicho incluso sin la patada—. No fue la suerte lo que hizo que nos encontraras a Thalia y a mí, Grover. Eres el sátiro con más buen corazón del mundo. Eres un buscador nato. Por eso serás el que encuentre a Pan.

-Dicho y hecho!

Oí un hondo suspiro de satisfacción. Esperé que Grover dijera algo, pero sólo volvió más pesada su respiración. Cuando empezó a roncar, me di cuenta de que se había dormido.

¿Cómo lo hará? —me asombré.

No lo sé —repuso Annabeth—. Pero ha sido muy bonito eso que le has dicho.

Hablaba en serio.

Guardamos silencio varios kilómetros, zarandeados contra los sacos de comida. La cebra comía nabos. El león lamía lo que quedaba de carne picada y me miraba esperanzado.

Annabeth se frotó el collar como si estuviera concentrada pensando.

Esa cuenta del pino —le pregunté—, ¿es del primer año?

Miró el collar. No se había dado cuenta de lo que estaba haciendo.

Sí —contestó—. Cada agosto, los consejeros eligen el evento más importante del verano y lo pintan en las cuentas de ese año.

-Tengo que reconocer que es una alternativa más agradable que nuestros tatuajes.-admitió Jason.

-Te guste o no es tradición Grace y así se mantendrá.-le reprocho Octavio.

Tengo el pino de Thalia, un trirreme griego en llamas, un centauro con traje de graduación… Bueno, ése sí que fue un verano raro…

-Ni que lo digas.-convino Will

-¡¿Qué rayos pasó ese verano?!-preguntó Percy.-Nunca me contaron nada.-hizo pucherito.

-Ei!Nosotros también queremos saber que paso.-lo apoyaron Piper,Leo, Nico y ambos Grace.

¿Y el anillo universitario es de tu padre?

-Uy! Fibra sensible.-le susurro Orión a Helena.

Eso no es asunto… —Se detuvo—. Sí. Sí que lo es.

No tienes que contármelo.

No… no pasa nada. —Inspiró con dificultad—. Mi padre me lo envió metido en una carta, hace dos veranos. El anillo era… En fin, su mayor recuerdo de Atenea. No habría superado su doctorado en Harvard sin ella… Bueno, es una larga historia. En cualquier caso, dijo que quería que lo tuviera. Se disculpó por haber sido un estúpido, dijo que me quería y me echaba de menos. Quería que volviera a casa y viviera con él.

Eso no suena tan mal.

Sí, bueno… El problema es que me lo creí. Intenté volver a casa aquel año académico, pero mi madrastra seguía como siempre. No quería que sus hijos corrieran peligro por vivir con un bicho raro. Los monstruos atacaban. Peleábamos. Los monstruos atacaban. Peleábamos. No llegué a las vacaciones de Navidad. Llamé a Quirón y volví directamente al Campamento Mestizo.

Muchos de los semidioses presentes se entristecieron porque todos ellos en algún momento pasaron por una situación así.

¿Crees que podrás vivir con tu padre otra vez?

No me miraba a los ojos.

Por favor. Paso de autoinfligirme daño.

No deberías desistir —le dije—. Deberías escribirle una carta o algo así.

Gracias por el consejo —me dijo fríamente—, pero mi padre ha escogido con quién quiere vivir.

Guardamos silencio durante unos cuantos kilómetros.

-Cof Cof momento inocómodo Cof Cof.-bromeo Leo rompiendo un poco el ambiente triste.

Así que si los dioses pelean —dije al cabo—, ¿se alinearán del mismo modo que en la guerra de Troya? ¿Irá Atenea contra Poseidón?

Annabeth apoyó la cabeza en la mochila que Ares nos había dado y cerró los ojos.

No sé qué hará mi madre. Sólo sé que yo lucharé en tu bando.

¿Por qué?

Porque eres mi amigo, sesos de alga. ¿Alguna otra pregunta idiota?

-Mmmm solo eso?.-Piper les hizo ojitos a la parejita.

No se me ocurría qué decir. Afortunadamente no tuve que hacerlo. Annabeth se había dormido.

Yo tuve problemas para seguir su ejemplo, con Grover roncando y un león albino mirándome hambriento, pero al final cerré los ojos.

La pesadilla se inició como algo que había soñado antes un millón de veces: me obligaban a realizar un examen oficial metido en una camisa de fuerza. Los demás chicos estaban saliendo al patio y el profesor no paraba de decir: «Venga, Percy. No eres tonto, ¿verdad? Agarra el lápiz.»

Y entonces el sueño se desviaba de su camino habitual. Miraba hacia el pupitre de al lado y veía a una chica sentada allí, también con camisa de fuerza. Tenía mi edad, el pelo negro y revuelto, peinado a lo punk, los ojos verdes y tormentosos pintados con lápiz oscuro, y pecas en la nariz. De algún modo, sabía quién era: Thalia, hija de Zeus. Ella forcejeaba con la camisa de fuerza, me lanzaba una airada mirada de frustración y espetaba:

Bueno, sesos de alga. Uno de los dos tendrá que salir de aquí.

-Eso definitivamente es una premonición de lo que iba pasar cuando estalló todo el tema del Bessie.-dijo Annabeth pensativa.

Ante lo cual los que conocían lo que paso asintieron.

-Iba a estar entre nosotros dos primito.-afirmo Thalía.

Lo cual le sirvió a la diosa de la sabiduría para ir juntando más pruebas sobre lo que estaba pasando. Y no le gustaba para nada.

«Tiene razón —pensaba yo en el sueño—. Voy a volver a esa cueva. Voy a darle a Hades mi opinión.»

La camisa de fuerza se desvanecía. Caía a través del suelo de la clase. La voz del maestro se volvía fría y malvada, resonando desde las profundidades de un gran abismo.

Percy Jackson —decía—. Sí, veo que el intercambio ha funcionado.

Estaba otra vez en la caverna oscura, los espíritus de los muertos vagaban alrededor. Oculta en el foso, la cosa monstruosa hablaba, pero esta vez no se dirigía a mí. El poder entumecedor de su voz parecía dirigido hacia otro lugar.

Hades se estremeció también ante vaga idea que iba formando en su mente.

¿Y no sospecha nada? —preguntaba.

Otra voz, una que me resultaba conocida, respondía a mi espalda:

Nada, mi señor. Está totalmente en la inopia.

Yo miraba, pero no había nadie. El que hablaba era invisible.

Un engaño tras otro —musitaba la cosa del foso—. Excelente.

En serio, mi señor —decía la voz a mi lado—, hacen bien en llamaros el Retorcido

Zeus se detuvo abruptamente. No podía ser el, no? pensó el dios. Al alzar la mirada del libro vio Atenea lo estaba mirando y la chispa en los ojos de su hija vio que también andaba pensando lo mismo. Pero también había advertencia en sus ojos y entendió el mensaje de "No hagas cundir pánico". Por lo tanto fingió su mejor gallo y continúo leyendo.

, pero ¿era esto realmente necesario? Podría haberos traído lo que robé directamente…

¿Tú? —se burlaba el monstruo—. Has mostrado tus límites con creces. Me habrías fallado por completo de no haber intervenido yo.

Luke hizo una mueca espantosa, pero por suerte nadie lo vió. Estaban demasiados metidos en la narración

Pero, mi señor…

Haya paz, pequeño sirviente. Estos seis meses nos han rendido mucho. La ira de Zeus ha aumentado. Poseidón ha jugado su carta más desesperada. Ahora la usaremos contra él. Pronto obtendrás la recompensa que deseas, y tu venganza. En cuanto ambos objetos me sean entregados… Pero espera. Está aquí.

¿Qué? —El sirviente invisible de repente parecía tensarse—. ¿Lo habéis convocado, mi señor?

No. —El monstruo centraba toda la fuerza de su atención en mí, dejándome inmóvil en el sitio—. Maldita sea la sangre de su padre: es demasiado voluble, demasiado impredecible. El chico ha venido solo.

-Perseo…-suspiro el dios de los mares.

¡Imposible! —gritaba el sirviente.

¡Para un débil como tú, puede! —rugía la voz. Entonces su frío poder se volvía hacia mí—. Así que… ¿quieres soñar con tu misión, joven mestizo? Pues te lo concederé.

Ya verás que no soy débil pensó Luke hirviendo de rabia por dentro.

La escena cambiaba.

Estaba de pie en un enorme salón del trono con paredes de mármol negro y suelos de bronce. El trono, vacío y horrendo, estaba hecho de huesos humanos soldados. De pie, junto al pedestal, estaba mi madre, helada en una luz dorada reluciente, con los brazos extendidos.

Intentaba acercarme a ella, pero las piernas no me respondían. Estiraba los brazos para alcanzarla, pero sólo para comprobar que se me estaban secando hasta los huesos. Esqueletos sonrientes con armaduras griegas se cernían sobre mí, me envolvían en una túnica de seda y me coronaban con laureles que olían como el veneno de Quimera y me quemaban la piel.

La voz malvada se echaba a reír.

¡Salve, héroe conquistador!

Desperté con un sobresalto.

La sala entera también salió con sobresalto de la tensión acumulada durante toda la pesadilla.

-Cada vez se pone más turbia la cosa.-dijo la pequeña Delos.

Grover me sacudía por el hombro.

-AHORA DE MAARTAAAAR!-grito Hedge asustando a los que estaban sentados a su alrededor.

¡Escóndete! —susurró Annabeth.

Ella lo tenía fácil. Se puso la gorra de invisibilidad y desapareció. Grover y yo tuvimos que escondernos detrás de unos sacos de comida y confiar en parecer nabos.

Las puertas traseras chirriaron al abrirse. La luz del sol y el calor se colaron dentro.

¡Qué asco! —rezongó uno de los camioneros mientras sacudía la mano por delante de su fea nariz—. Ojalá transportáramos electrodomésticos. —Subió y echó agua de una jarra en los platos de los animales—. ¿Tienes calor, chaval? —le preguntó al león, y le vació el resto del cubo directamente en la cara.

-Desgraciado mortal, ojala te coma el león.-deseo Katie.

El león rugió, indignado.

Vale, vale, tranquilo —dijo el hombre.

A mi lado, bajo los sacos de nabos, Grover se puso tenso. Para ser un herbívoro amante de la paz, parecía bastante mortífero, la verdad.

El camionero le lanzó al antílope una bolsa de Happy Meal aplastada. Le dedicó una sonrisita malévola a la cebra.

¿Qué tal te va, Rayas? Al menos de ti nos deshacemos en esta parada. ¿Te gustan los espectáculos de magia? Éste te va a encantar. ¡Van a serrarte por la mitad!

La sala se llenó de gritos de protesta e indignación. Alguna que otras amenazas también se hicieron oir.

La cebra, aterrorizada y con los ojos como platos, me miró fijamente.

No emitió sonido alguno, pero la oí decir con nitidez: «Por favor, señor, liberadme.» Me quedé demasiado conmocionado para reaccionar.

Se oyeron unos fuertes golpes a un lado del camión.

El camionero gritó:

¿Qué quieres, Eddie?

Una voz desde fuera —sería la de Eddie—, gritó:

¿Maurice? ¿Qué dices? —¿Para qué das golpes?

Toc, toc toc.

Desde fuera, Eddie gritó:

¿Qué golpes?

Nuestro tipo, Maurice, puso los ojos en blanco y volvió fuera, maldiciendo a Eddie por ser tan imbécil.

Un segundo más tarde, Annabeth apareció a mi lado. Debía de haber dado los golpes para sacar a Maurice del camión.

-Exacto Sesos de Algas.-respondió la hija de Atenea.

Este negocio de transporte no puede ser legal —dijo.

No me digas —contestó Grover. Se detuvo, como si estuviera escuchando—. ¡El león dice que estos tíos son contrabandistas de animales!

«Es verdad», me dijo la voz de la cebra en mi mente.

-Hijos de su madree.-chillo Hedge con el bate en la mano.

¡Tenemos que liberarlos! —sugirió Grover, y tanto él como Annabeth se quedaron mirándome, esperando que los dirigiera.

Había oído hablar a la cebra, pero no al león. ¿Por qué? Quizá se debiera a otra disfunción cognitiva… Quizá sólo podía entender a las cebras. Entonces pensé: caballos. ¿Qué había dicho Annabeth sobre que Poseidón había creado los caballos? ¿Se parecía una cebra lo suficiente a un caballo? ¿Por eso era capaz de entenderla?

-Extrañamente tiene sentido.-comento Hazel.

La cebra dijo: «Ábrame la jaula, señor. Por favor. Después yo me las apañaré por mi cuenta.»

Fuera, Eddie y Maurice aún seguían gritándose, pero sabía que volverían en cualquier momento para atormentar otra vez a los animales. Empuñé la espada y destrocé el cerrojo de la jaula de la cebra. El pobre animal salió corriendo. Se volvió y me hizo una reverencia con la cabeza. «Gracias, señor.»

Grover levantó las manos y le dijo algo a la cebra en idioma cabra, una especie de bendición.

Justo cuando Maurice volvía a meter la cabeza dentro para ver qué era aquel ruido, la cebra saltó por encima de él y salió a la calle. Se oyeron gritos y bocinas. Nos abalanzamos sobre las puertas del camión a tiempo de ver a la cebra galopar por un ancho bulevar lleno de hoteles, casinos y letreros de neón a cada lado. Acabábamos de soltar una cebra en Las Vegas.

Mientras algunos vitoreaban había otros presentes que se reían imaginándose la cebra por la ciudad.

Maurice y Eddie corrieron detrás de ella, y a su vez unos cuantos policías detrás de ellos, que gritaban:

¡Eh, para eso necesitan un permiso!

Este sería un buen momento para marcharnos —dijo Annabeth.

Los otros animales primero —intervino Grover.

Rompí los cerrojos con la espada. Grover levantó las manos y les dedicó la misma bendición caprina que a la cebra.

Buena suerte —les dije a los animales. El antílope y el león salieron de sus jaulas con ganas y se lanzaron juntos a la calle.

Algunos turistas gritaron. La mayoría sólo se apartaron y sacaron fotos, probablemente convencidos de que era algún espectáculo publicitario de los casinos.

¿Estarán bien los animales? —le pregunté a Grover—. Quiero decir, con el desie

¿Que significa?

Significa que llegarán a la espesura a salvo —dijo—. Encontrarán agua, comida, sombra, todo lo que necesiten hasta hallar un lugar donde vivir a salvo.

¿Por qué no nos echas una bendición de ésas a nosotros? —le pregunté.

Sólo funciona con animales salvajes.

Así que sólo afectaría a Percy —razonó Annabeth.

-Eh!-dijo indignado el aludido cuando vio que algunos presentes asentía apoyando tal idea.

¡Eh! —protesté.

Es una broma —contestó—. Vamos, salgamos de este camión asqueroso.

Salimos a trompicones a la tarde en el desierto. Debía de haber cuarenta y cinco grados, así que seguramente parecíamos vagabundos refritos, pero todo el mundo estaba demasiado interesado en los animales salvajes para prestarnos atención.

Pasamos junto al Monte Casio y el MGM. Dejamos atrás unas pirámides, un barco pirata y la estatua de la Libertad, una réplica bastante pequeña pero que me provocó la misma añoranza.

No estaba seguro de qué íbamos buscando. Tal vez sólo un lugar donde librarnos del calor por unos instantes, encontrar un sandwich y un vaso de limonada y trazar un nuevo plan para llegar a Los Ángeles.

Debimos de girar en el lugar equivocado, porque de repente nos encontramos en un callejón sin salida, delante del Hotel Casino Loto.

Nico se estremeció al escuchar el nombre del casino. Gesto que Will no dejo pasar y aprovecho para abrazar a su novio.

La entrada era una enorme flor de neón cuyos pétalos se encendían y parpadeaban. Nadie salía ni entraba, pero las brillantes puertas cromadas estaban abiertas, y del interior emergía un aire acondicionado con aroma de flores: flores de loto, quizá. Jamás las había olido, así que no estaba seguro.

El portero nos sonrió.

Ey, chicos. Parecéis cansados. ¿Queréis entrar y sentaros?

-Presiento que eso no es bueno, nunca confíes cuando te ofrecen cosas así siendo un mestizo.-murmuro Jason.

Durante la última semana había aprendido a sospechar. Suponía que cualquiera podía ser un monstruo o un dios. No se podía saber. Pero aquel tipo era normal. Saltaba a la vista. Además, me sentí tan aliviado al oír a alguien que parecía comprensivo que asentí y le dije que nos encantaría entrar. Dentro, echamos un vistazo y Grover exclamó:

¡Uau!

El recibidor entero era una sala de juegos gigante. Y no me refiero a los comecocos cutres o las máquinas tragaperras. Había un tobogán de agua que rodeaba el ascensor de cristal como una serpiente, de una altura de por lo menos cuarenta plantas. Había un muro de escalar a un lado del edificio, así como un puente desde el que hacer puenting. Y cientos de videojuegos, cada uno del tamaño de una televisión gigante. Básicamente, tenía todo lo que se te pueda ocurrir. Vi a otros chicos jugando, pero no muchos. No había que esperar para ningún juego. Por todas partes se veían camareras y bares que servían todo tipo de comida.

-Copadooo!.-correaron varios mestizos y semidioses.

Ante lo cual Nico les respondió:

-Esperen y van ver que no.

Dejando así a varias personas confundidas.

¡Eh! —dijo un botones. Por lo menos eso me pareció. Llevaba una camisa hawaiana blanca y amarilla con dibujos de lotos, pantalones cortos y chanclas—. Bienvenidos al Casino Loto. Aquí tienen la llave de su habitación.

Esto, pero… —mascullé.

No, no —dijo sonriendo—. La cuenta está pagada. No tienen que pagar nada ni dar propinas. Sencillamente suban a la última planta, habitación cuatro mil uno. Si necesitan algo, como más burbujas para la bañera caliente, o platos en el campo de tiro, lo que sea, llamen a recepción. Aquí tienen sus tarjetas LotusCash. Funcionan en los restaurantes y en todos los juegos y atracciones. Nos entregó a cada uno una tarjeta de crédito verde.

Sabía que tenía que tratarse de un error. Evidentemente pensaba que éramos los hijos de algún millonario. Pero acepté la tarjeta y pregunté:

¿Cuánto hay aquí?

¿Qué quiere decir? —inquirió con ceño.

Quiero decir que… ¿cuánto se puede gastar aquí?

Se rió.

Ah, estaba bromeando. Bueno, eso mola. Disfruten de su estancia.

Subimos al ascensor y buscamos nuestra habitación.

-NOOOOO! ¡¿Qué no aprendieron nada de Medusa?! Hija mía, esperaba que al menos vos te dieras cuenta.-criticó Atenea.

Annabeth agacho la cabeza, su madre tenía algo de razón. No deberían haber aceptado entrar. Percy y Grover también mostraban estar arrepentidos de tal estupidez. Habían perdido bastante tiempo en ese lugar.

Era una suite con tres dormitorios separados y un bar lleno de caramelos, refrescos y patatas. Línea directa con el servicio de habitaciones. Toallas mullidas, camas de agua y almohadas de plumas. Una gran pantalla de televisión por satélite e internet de alta velocidad. En el balcón había otra bañera de agua caliente y, como había dicho el botones, una máquina para disparar platos y una escopeta, así que se podían lanzar palomas de arcilla por encima del horizonte de Las Vegas y llenarlas de plomo. Yo no creía que aquello fuera legal, pero desde luego molaba. La vista de la Franja, la calle principal de la ciudad, y el desierto era alucinante, aunque dudaba que tuviera tiempo para admirar la vista con una habitación como aquélla.

¡Madre mía! —exclamó Annabeth—. Este sitio es…

Genial —concluyó Grover—. Absolutamente genial.

Había ropa en el armario, de mi talla. Puse cara de extrañeza.

-Eso ya debería haberlos alertado.-repuso Reyna bastante preocupada.

Tiré la mochila de Ares a la basura. Ya no iba a necesitarla. Cuando nos marcháramos, podría apuntar otra a mi cuenta en la tienda del hotel. Me di una ducha, que me sentó fenomenal tras una semana de viaje mugriento. Me cambié de ropa, comí una bolsa de patatas, bebí tres Coca-Colas y acabé sintiéndome mejor que en mucho tiempo. En el fondo de mi mente, algún problemilla seguía incordiándome. Habría tenido un sueño o algo… tenía que hablar con mis amigos. Pero estaba seguro de que podía esperar. Salí de la habitación y descubrí que Annabeth y Grover también se habían duchado y cambiado de ropa. Grover comía patatas con fruición, mientras Annabeth encendía el canal del National Geographic.

Con todos los canales que hay —le dije—, y tú pones el National Geographic. ¿Estás majara?

Emiten programas interesantes.

-¡¿Qué es National Geographic?.-preguntó Hazel que no entendía a que se debía tal cometario.

Y rápidamente tuvo a cada quien dando su opinión sobre el canal, y quedo aún más confundida.

Me siento bien —comentó Grover—. Me encanta este sitio.

Sin que reparara siquiera en ello, las alas de sus zapatillas se desplegaron y por un momento lo levantaron treinta centímetros del suelo.

¿Y ahora qué? —preguntó Annabeth—. ¿Dormimos?

Grover y yo nos miramos y sonreímos. Ambos levantamos nuestras tarjetas de plástico verde LotusCash.

Hora de jugar —dije.

-Chicos…-dijeron al unísono las cazadoras de Artemisa.

No recordaba la última vez que me lo había pasado tan bien. Venía de una familia relativamente pobre. Nuestra idea de derroche era salir a comer a un Burger King y alquilar un vídeo. ¿Un hotel de Las Vegas de cinco estrellas? Ni hablar.

Hice puenting en el recibidor cinco o seis veces, bajé por el tobogán, practiqué snowboard en la ladera de nieve artificial y jugué a un juego de realidad virtual con pistolas láser y a otro de tiro al blanco del FBI. Vi a Grover unas cuantas veces, pasando de juego en juego. Le encantó el cazador cazado: donde el ciervo sale a disparar a los sureños.

Como ya deben estar imaginándose muchos de nuestros mestizos estaban embobados con la descripción de tales actividades y emocionadísimos.

Vi a Annabeth jugar a juegos de trivial y otras cosas para cerebritos. Tenían un juego enorme de simulación en 3D en el que construías tu propia ciudad y, de hecho, veías los edificios holográficos levantarse en el tablero. A mí no me pareció gran cosa, pero a ella le encantó.

-No es de extrañar que ya haya estado diseñando el Olimpo en ese momento.-Katie hizo alusión al hecho de hija de Atenea fue nombrada arquitecta olímpica tras la batalla.

No sé en qué momento me di cuenta de que algo iba mal.

Probablemente fue cuando reparé en el chico que tenía a mi lado en el tiro al blanco de realidad virtual. Tendría unos trece años, pero llevaba ropa muy rara. Pensé que sería hijo de algún imitador de Elvis. Vestía vaqueros de campana y una camiseta roja con estampado de tubos negros, y llevaba el pelo repeinado con gomina como un chico de Nueva Jersey en la fiesta de principio de curso. Jugamos una partida juntos y dijo:

Cómo enrolla, colega. Llevo aquí dos semanas y los juegos no dejan de mejorar.

«¿Cómo enrolla?»

-¡¿Qué?!-preguntaron los Stolls confundidos

Más tarde, mientras hablábamos, dije que algo «desentonaba» y me miró sorprendido, como si nunca hubiera oído la palabra. Se llamaba Darrin, pero en cuanto empecé a hacerle preguntas, se aburrió de mí y regresó a la pantalla.

Eh, Darrin.

¿Qué?

¿En qué año estamos? —le pregunté. Puso ceño.

¿En el juego?

No. En la vida real. Tuvo que pararse a pensarlo. —En mil novecientos setenta y siete.

-Eemmm…no entiendo que está pasando.-comento Pollux desorientado.

No —dije, y empecé a preocuparme—. En serio. —Oye, tío, me das malas vibraciones. Tengo una partida que atender.

Después de eso, me ignoró por completo.

Empecé a hablar con los demás, y descubrí que no era fácil. Estaban pegados a la pantalla del televisor, o al videojuego, o a su comida, o a lo que fuera. Encontré un tipo que me dijo que estábamos en 1985; otro, que en 1993. Todos aseguraban que no llevaban demasiado tiempo, sólo unos días, como mucho unas semanas. En realidad ni lo sabían ni les importaba.

-Ya no parece tan divertido ese lugar.-se retractó Jason Delos.

-Mejor que salga de ir volando.-le dijo Poseidón al libro, que ya sabía en qué lío se metió su hijo ahora.

Entonces se me pasó por la cabeza: ¿cuánto tiempo llevaba yo allí?

-Muy buena pregunta.-apunto Jason.

Parecía sólo un par de horas, pero ¿cuánto había sido? Intenté recordar por qué estábamos allí. íbamos a Los Ángeles. Teníamos que encontrar la entrada del inframundo. Mi madre… Por un horrible instante me costó recordar su nombre. Sally. Sally Jackson. Tenía que dar con ella. Tenía que evitar que Hades causara la Tercera Guerra Mundial.

Encontré a Annabeth aún construyendo su ciudad.

Venga —le dije—. Nos marchamos. No hubo respuesta. La sacudí por los hombros. —¿Annabeth? —Pareció molestarse.

¿Qué?

Tenemos que irnos.

¿Irnos? ¿De qué estás hablando? Si acabo de construir las torres…

Este sitio es una trampa.

-Al fiiiiin!.-celebro Atenea.-Uno que se dio cuenta.- y luego al caer en que todos la estaban mirando carraspeó y volvió a sentarse en su trono un poco más colorada que antes.

No respondió hasta que volví a sacudirla.

¿Qué pasa? —Escucha. Tenemos una misión, ¿recuerdas?

Oh, Percy, sólo unos minutos más.

Annabeth, aquí hay gente desde mil novecientos setenta y siete. Niños que no han crecido más. Te inscribes y te quedas para siempre.

¿Y qué? —replicó—. ¿Te imaginas un lugar mejor?

-No quieres saberlo chica.-dijo Hades seriamente.

La agarré de la muñeca y la aparté del juego.

¡Eh! —me gritó, e intentó pegarme, pero nadie se molestó siquiera en mirarnos. Estaban demasiado absortos. La obligué a mirarme a los ojos.

Arañas. Enormes arañas peludas —le dije. Eso la estremeció y le aclaró la mirada.

-Nunca falla ese truco.-afirmo Percy con confianza.-Nada mejor para sacar de un trance a un hijo de Atenea.

Oh, santo Olimpo —musitó—. ¿Cuánto tiempo llevamos…?

No lo sé, pero tenemos que encontrar a Grover.

Tras buscar un buen rato, lo vimos jugando al cazador cazado virtual.

¡Grover! —llamamos.

El contestó: —¡Muere, humano! ¡Muere, asquerosa y contaminante persona!

-SEEEEEE MUERTEEEE!.-grito Hedge blandiendo su bate.-Al fin era hora que muestres espíritu de cabra!

El pobre Grover se ruborizo.

¡Grover!

Se volvió con la pistola de plástico y siguió apretando el gatillo, como si sólo fuera otra imagen en la pantalla. Miré a Annabeth, y entre los dos lo agarramos por los brazos y lo apartamos. Sus zapatos voladores desplegaron las alas y empezaron a tirar de sus piernas en la otra dirección mientras gritaba:

¡No! ¡Acabo de pasar otro nivel! ¡No!

El botones del Loto se acercó presuroso.

Bueno, bueno, ¿están listos para las tarjetas platino?

-NOOO!-gritaron todos.

Nos vamos —le dije.

Qué lástima —repuso él, y me dio la sensación de que era sincero, como si nuestra partida le doliese en el alma—. Acabamos de abrir una sala nueva entera, llena de juegos para los poseedores de la tarjeta platino. Nos mostró las tarjetas.

Sabía que si aceptaba una, jamás me iría. Me quedaría allí, feliz para siempre, jugando para siempre, y pronto olvidaría a mi madre, mi misión e incluso mi propio nombre. Jugaría al francotirador virtual con Darrin el Enrollado por los siglos de los siglos. Grover tendió un brazo hacia la tarjeta, pero Annabeth le pegó un tirón y la rechazó.

No, gracias.

Caminamos hacia la puerta y, a medida que nos acercábamos, el olor a comida y los sonidos de los videojuegos parecían más atractivos. Pensé en nuestra habitación del piso de arriba. Podíamos quedarnos sólo por esa noche, dormir en una cama cómoda y mullida por una vez…

-Que no!.-grito Piper haciendo uso de Emburjhabla.

Octavio que estaba haciendo una pequeña escapada al baño olímpico frenó en seco de tal forma que por poco se cae.

Salimos a toda prisa del Casino Loto y corrimos por la acera. Era por la tarde, aproximadamente la misma hora del día que habíamos entrado en el casino, pero algo no cuadraba. El clima había cambiado por completo. Había tormenta y el desierto rielaba por el calor.

Llevaba la mochila que me había dado Ares colgada del hombro, cosa rara, pues estaba seguro de que la había desechado en la habitación 4001, pero de momento tenía otros problemas de que preocuparme.

-Ares….-lo advirtió Poseidón en un tono frívolo a su sobrino que habría hecho que cualquier otra persona huya despavorida.

Fui hasta el quiosco más cercano, miré la fecha de un periódico. Gracias a los dioses, seguía siendo el mismo año en que habíamos entrado. Después reparé en la fecha: 20 de junio. Habíamos pasado cinco días en el Casino Loto.

Sólo nos quedaba un día para el solsticio de verano. Un día para llevar a buen puerto nuestra misión.

-Pero que fue lo que dije al principio del capítulo! ¡¿Qué nadie me presta atención nunca?!.-dijo indignada Katie.

-Yo sí que lo hago!.-le recordó Travis.

En eso Zeus se levantó de su trono y se estaba dirigiendo hacia la ruleta para devolver el libro cuando…

-MOMENTITO, MOMENTITO!.-le grito Hera con aire de reproche.-¡¿Qué estás pensando hacer?

-Devolviendo el libro, hay que volver a girar la ruleta.-contesto él como si nada.

-Si mal no recuerdo alguien pareció quejarse antes de comenzar a leer.-le recordó la reina del olimpo a su esposo.

-A mí también me pareció haber escuchado quejas saben?.- señalo Hades con una mirada divertida en su rostro.

-La verdad es que yo también hermanito.-salto Poseidón.

-Y yo!-chilló Dionisio.

Uno a uno los demás dioses comenzaron a afirmar lo mismo entre miradas cómplices y sonrisas.

-Las reglas son claras, tendrás que leer un capítulo más.-confirmo Afrodita.-Y lo HARAS.-añadió esto último usando su poder de embrujhabla cuando vio la cara que ponía Zeus de "Soy el Rey y hago lo quiero. Ni lo sueñen".

Automáticamente su alteza cayó sentado en piso y comenzó a leer:

Capítulo 17 Probamos camas de agua

-Esperen!.-Chris se paró y comenzó a andar hacia el centro de la sala.

-¿Y AHORA QUE CARAJOS PASA?-gritó Zeus irritado y con la cara roja.

-Les pido su atención durante un momentito.-comenzó el hijo de Hermes.-Supongo que a lo largo de los últimos capítulos me han visto tomar notas.-ante lo cual varios presentes asintieron.-He tenido una idea fantástica…

Organizar un juego de apuestas y así poder determinar quien es semidiós más hiperactivo, capaz de realizar las mayores proezas estúpidamente épicas. Conozco lo capaces que son muchos de mis colegas, y creo que será una dura competencia, pero también con grandes premios y gran diversión. Claro…obviamente si ustedes me lo permiten.

-APROBADICIMOOO!.-salaron Hermes y Apolo de sus tronos.

La sala de lleno de gritos por parte de otros dioses y semidioses dándole un fiero apoyo a la idea, mientras que otros como Atenea y Artemisa se limitaron a menear la cabeza en desaprobación.

POOOP!

Una cajita de Hermes Express apareció frente a Chris, el cual sacó una ficha de casino del interior.

-Y señores y señoras, tenemos la aprobación de Tique.-dijo mostrando que la ficha tenía "HAZLO CHICO" escrito en el centro.

-Es oficial!Podemos comenzar.-aplaudió el dios mensajero.

-Genial! Ahora nuestra única esperanza de evitar esto es que aparezcan las Moiras.-le susurro la diosa de la caza a la de la sabiduría.

Chris procedió a explicar las reglas:

-Cualquier puede apostar por cualquiera con excepción de si mismo, es decir, que no pueden apostar por si mismos. Pueden apostar cualquier cosa, desde dracmas, dinero mortal hasta pertenencias. Además una vez realizada una apuesta no puede retirarse, a lo sumo puede aumentarse. Una persona puede apostar más de un candidato pero no por todos. Al final de la lectura de todos los libros haremos un recuento final de quien ha realizado la mayor cantidad de proezas, todos aquellos participantes hayan acertado con el candidato se llevarán una parte proporcional del botín. Para tranquilidad de todos, las cosas serán divididas por sorteo entre los ganadores. Ahh y casi lo olvidaba, no dejen mi estatus de hijo del dios de los ladrones los haga desconfiar, no los defraudare. El descubrementiras Lucas Delos podrá comprobarlo y Apolo dios de la verdad también.

-¡¿Qué yo que?-preguntó el mencionado.

- Personalmente llevare la cuenta de las apuestas y las hazañas.-continuo el organizador.-Si quieren apostar solo grítenlo pero antes de la primera apuesta juraran jugar limpiamente por el río Estigia. Les deseo felices apuestas y que el juego empiece!

Zeus esperó con cara de pocos amigos a que algunos presentes realicen ya sus primeras apuestas, y comenzó a leer otra vez:

Fue idea de Annabeth.

Se escuchó un anónimo *Cof cof soplón cof Cof*

En Las Vegas nos hizo subir a un taxi como si realmente tuviéramos dinero y le dijo al conductor:

A Los Angeles, por favor.

-No sé si es la mejor o la peor idea del mundo…-comento Clarie un poco insegura.

El taxista mordisqueó su puro y nos dio un buen repaso.

Eso son quinientos kilómetros. Tendréis que pagarme por adelantado.

¿Acepta tarjetas de débito de los casinos? —preguntó Annabeth.

Se encogió de hombros.

Algunas. Lo mismo que con las tarjetas de crédito. Primero tengo que comprobarlas.

Annabeth le tendió su tarjeta verde LotusCash. El taxista la miró con escepticismo.

Pásela —le animó Annabeth.

Lo hizo.

El taxímetro se encendió y las luces parpadearon. Marcó el precio del viaje y, al final, junto al signo del dólar apareció el símbolo de infinito. Al hombre se le cayó el puro de la boca. Volvió a mirarnos, esta vez con los ojos como platos.

-Definitivamente es la mejor idea del mundo.- terminó decidiéndose Clarie.

-Solo a mi Chica Sabia le ocurren esas ideas!.- y Percy le dio un tierno beso a su novia.

-$50 dólares a favor de Annie!.-grito Piper, y rápidamente fue anotado por el hijo de Hefesto.

¿A qué parte de Los Ángeles… esto, alteza?

-Más le vale tratarlos como reyes.-le dijo Afrodita al chofer.

Al embarcadero de Santa Mónica. —Annabeth se irguió en el asiento, muy ufana con lo de «alteza»-. Si nos lleva rápido, puede quedarse el cambio.

Creo que no debería haberle dicho aquello.

El cuentakilómetros del coche no bajó en ningún momento de ciento cincuenta por el desierto del Mojave.

-Creo que estoy de acuerdo con Percy.- comentó Reyna.

En la carretera tuvimos tiempo de sobra para hablar. Les conté mi último sueño, pero los detalles se volvieron borrosos al intentar recordarlos. El Casino Loto parecía haber provocado un cortocircuito en mi memoria. No recordaba de quién era la voz del sirviente invisible, aunque estaba seguro de que era alguien que conocía. El sirviente había llamado al monstruo del foso algo más aparte de «mi señor». Había usado un nombre o título especial…

¿El Silencioso? —sugirió Annabeth—. ¿Plutón? Ambos son apodos para Hades.

A lo mejor —dije, pero no parecía ninguno de los dos.

Ese salón del trono se asemeja al de Hades —intervino Grover—. Así suelen describirlo.

Meneé la cabeza.

Aquí falla algo. El salón del trono no era la parte principal del sueño. Y la voz del foso… No sé. Es que no sonaba como la voz de un dios.

Los ojos de Annabeth se abrieron como platos.

¿Qué piensas? —le pregunté.

Eh… nada. Sólo que… No, tiene que ser Hades. Quizá envió al ladrón, esa persona invisible, por el rayo maestro y algo salió mal…

-Creo que se lo que estás pensando hija, y me parece que tienes razón.-le susurro la diosa a su hija.

¿Como qué?

No… no lo sé —dijo—. Pero si robó el símbolo de poder de Zeus del Olimpo y los dioses estaban buscándolo… Me refiero a que pudieron salir mal muchas cosas. Así que el ladrón tuvo que esconder el rayo, o lo perdió. En cualquier caso, no consiguió llevárselo a Hades. Eso es lo que la voz dijo en tu sueño, ¿no? El tipo fracasó. Eso explicaría por qué las Furias lo estaban buscando en el autobús. Tal vez pensaron que nosotros lo habíamos recuperado. —Annabeth había palidecido.

Pero si ya hubieran recuperado el rayo —contesté—, ¿por qué habrían de enviarme al inframundo?

-Me pregunto exactamente lo mismo, no tiene pies ni cabeza.-razonó Lucas.

Para amenazar a Hades —sugirió Grover—. Para hacerle chantaje o sobornarlo para que te devuelva a tu madre.

-No parece ser esa la estrategia en este caso- se metió Clarisse.- Además aunque llegara a ser, no es muy efectiva que digamos.

Dejé escapar un silbido.

Menudos pensamientos malos tienes para ser una cabra.

Vaya, gracias.

Pero la cosa del foso dijo que esperaba dos objetos —repuse—. Si el rayo maestro es uno, ¿cuál es el otro?

-La cosa del foso…eso suena espantoso.-dijo pensativa Hestia.

Al parecer la mayoría de los estaban en empezando a caer en que era lo que realmente estaba ocurriendo en el futuro.

Grover meneó la cabeza. Annabeth me miraba como si supiera mi próxima pregunta y deseara que no la hiciese.

Tú sabes lo que hay en el foso, ¿verdad? —le pregunté—. Vamos, si no es Hades.

-Si.-murmuró apenada Annabeth.

Percy… no hablemos de ello. Porque si no es Hades… No; tiene que ser Hades.

-Ya lo pillo, si no es Hades estamos jodidos.-dijo Frank.-Y sí que estábamos jodidos.

Dejábamos atrás eriales. Cruzamos una señal que ponía: «FRONTERA ESTATAL DE CALIFORNIA, 20 KILÓMETROS.»

Tenía la impresión de que me faltaba una parte de información básica y crucial. Era como cuando miraba una palabra corriente que debía saber, pero no podía entenderla porque un par de letras estaban flotando. Cuanto más pensaba en mi misión, más seguro estaba de que enfrentarme a Hades no era la respuesta. Estaba pasando otra cosa, algo incluso más peligroso. El problema era que estábamos dirigiéndonos al inframundo a ciento cincuenta kilómetros por hora, convencidos de que Hades tenía el rayo maestro.

-QUE MI HIJO YA DIJO QUE YO NO FUII!.-grito exasperado el señor de los muertos.

Si llegábamos allí y descubríamos que no era así, no tendríamos tiempo de corregirnos. La fecha límite del solsticio habría concluido y la guerra empezaría.

La respuesta está en el inframundo —aseguró Annabeth—. Has visto espíritus de muertos, Percy. Sólo hay un lugar posible para eso. Estamos en el buen camino.

Intentó subirnos la moral sugiriendo estrategias inteligentes para entrar en la tierra de los muertos, pero yo no lograba concentrarme. Había demasiados factores desconocidos. Era como estudiar para un examen del que no conoces la materia. Y créeme, eso lo he hecho unas cuantas veces.

El taxi avanzaba a toda velocidad. Cada golpe de viento por el Valle de la Muerte sonaba como un espíritu. Cada vez que los frenos de un camión chirriaban, me recordaban la voz de reptil de Equidna.

Al anochecer, el taxi nos dejó en la playa de Santa Mónica. Tenía el mismo aspecto que tienen las playas de Los Ángeles en las películas, aunque olía peor. Había atracciones en el embarcadero, palmeras junto a las aceras, vagabundos durmiendo en las dunas y surferos esperando la ola perfecta.

Grover, Annabeth y yo caminamos hasta la orilla.

¿Y ahora qué? —preguntó Annabeth.

El Pacífico se tornaba oro al ponerse el sol. Pensé en cuánto tiempo había pasado desde la playa de Montauk, en el otro extremo del país, donde contemplaba un océano diferente. ¿Cómo podía haber un dios que controlara todo aquello? Mi profesor de ciencias decía que dos tercios de la superficie de la tierra estaban cubiertos por agua. ¿Cómo podía yo ser el hijo de alguien tan poderoso?

-Aun hoy en día me sigue pareciendo alucinante.-confeso Percy.

Me metí en las olas.

¡Percy! —llamó Annabeth—. ¿Qué estás haciendo?

-Metiéndose en el agua obviamente.- respondió Leo a la pregunta.

Seguí caminando hasta que el agua me llegó a la cintura, después hasta el pecho. Ella gritaba a mis espaldas:

¿No sabes lo contaminada que está el agua? ¡Hay todo tipo de sustancias tóxicas!

En ese momento metí la cabeza bajo el agua.

-Eso es! Al diablo todo, vamos a nadar un rato.-alentó Thalía.

Al principio aguanté la respiración. Es difícil respirar agua intencionadamente. Al final ya no pude aguantarlo. Tragué… No había duda, respiraba con normalidad.

-Repito…¡¿Qué esperabas que pasara siendo hijo mío?.-preguntó Poseidón.

Bajé hasta los bancos. No se veía nada con aquella oscuridad, pero de algún modo sabía dónde estaba todo. Sentía la textura cambiante del fondo. Veía las colonias de erizos en las barras de arena. Incluso distinguía las corrientes, las frías y las calientes, así como los remolinos que formaban.

Sentí una caricia en la pierna. Miré hacia abajo y por poco subo hasta la superficie como un misil. Junto a mí había un tiburón mako de un metro y medio de longitud.

Pero el bicho no atacaba. Tan sólo me olisqueaba. Me seguía como un perrito.

-Un lindo y bonito perrito.-ironizó Andy.

Le toqué la aleta dorsal con cautela y el tiburón corcoveó un poco, como invitándome a agarrarme con fuerza. Me así a la aleta con las dos manos y el escualo salió disparado, arrastrándome con él. Me condujo hacia la oscuridad y me depositó en el límite mismo del océano, donde el banco de arena se despeñaba hacia un enorme abismo. Era como estar al borde del Gran Cañón a medianoche, sin ver demasiado pero consciente de que el vacío está justo ahí.

-Impresionante jamás me imagine que hubiera algo así en un lugar como Santa Mónica.-se maravilló Zöe.

La superficie brillaba a unos cincuenta metros por encima. Sabía que la presión debería haberme aplastado y que, desde luego, tampoco debería estar respirando. Sin embargo… Me pregunté si habría algún límite, si podría zambullirme directamente hasta el fondo del Pacífico. Entonces algo brilló en la oscuridad de abajo, algo que se volvía mayor a medida que ascendía hacia mí. Una voz de mujer muy parecida a la de mi madre me llamó:

Percy Jackson.

Siguió acercándose y su forma se hizo más clara. La melena negra ondeaba alrededor de la cabeza y llevaba un vestido de seda verde. La luz titilaba en torno a ella, y sus ojos eran tan bonitos y llamativos que apenas reparé en el hipocampo que montaba.

Desmontó. El caballo marino y el tiburón mako se apartaron y empezaron a jugar a algo similar al tú la llevas. La dama submarina me sonrió.

Has llegado lejos, Percy Jackson. Bien hecho. No estaba muy seguro de cómo comportarme, así que hice una reverencia.

¿Sois la mujer que me habló en el río Mississipi?

Sí, niño. Soy una nereida, un espíritu del mar. No fue fácil aparecer tan río arriba, pero las náyades, mis primas de agua dulce, me ayudaron a mantener mi fuerza vital. Honran al señor Poseidón, aunque no le sirven en su corte.

¿Y vos sí le servís en su corte?

Asintió.

Hacía mucho que no nacía un niño del dios del mar. Te hemos observado con gran interés.

De repente recordé los rostros en las olas de la playa de Montauk cuando era un niño, reflejos de mujeres sonrientes. Como en tantas otras cosas raras en mi vida, no había vuelto a pensar en ello.

Si mi padre está tan interesado en mí —dije—, ¿por qué no está aquí? ¿Por qué no habla conmigo?

Una corriente fría se alzó de las profundidades.

No juzgues al Señor del Mar demasiado severamente —me aconsejó la nereida—. Se encuentra al borde de una guerra no deseada. Tiene muchos problemas que resolver. Además, se le prohíbe ayudarte directamente. Los dioses no pueden mostrar semejantes favoritismos.

¿Ni siquiera con sus propios hijos?

Los dioses que tenían hijos adoptaron miradas tristes, cuantas veces habían querido ayudar a sus hijos y no podían…

Especialmente con ellos. Los dioses sólo pueden actuar por influencia indirecta. Por eso yo te doy un aviso, y un regalo.

Extendió la mano y en su palma destellaron tres perlas blancas.

Sé que te diriges al reino de Hades —prosiguió—. Pocos mortales lo han hecho y sobrevivido para contarlo: Orfeo, que tenía una gran habilidad musical; Hércules, dotado de enorme fuerza; Houdini, que podía escapar incluso de las profundidades del Tártaro. ¿Tienes tú alguno de esos talentos?

-¡¿Houdini?! Esa si que no me la vi venir.-se asombró Will.

Yo… pues no, señora.

Ah, pero tienes algo más, Percy. Posees dones que sólo estás empezando a descubrir. Los oráculos han predicho un futuro grande y terrible para ti, si sobrevives hasta la edad adulta. Poseidón no va a permitir que mueras antes de tiempo. Así pues, toma esto, y cuando te encuentres en un apuro rompe una perla a tus pies.

¿Qué pasará?

Eso dependerá de la necesidad. Pero recuerda: lo que es del mar siempre regresará al mar.

¿Qué hay de la advertencia?

Sus ojos emitieron destellos verdes.

Haz lo que te dicte el corazón, o lo perderás todo. Hades se alimenta de la duda y la desesperanza. Te engañará si puede, te hará dudar de tu propio juicio. En cuanto estés en su reino, jamás te dejará marchar voluntariamente. Mantén la fe. Buena suerte, Percy Jackson.

Llamó a su hipocampo, montó y cabalgó hacia el vacío.

¡Espera! —grité—. En el río me dijisteis que no confiara en los regalos. ¿Qué regalos?

-Lo más probable es que te hable de los regalos de mi "querido" sobrino.-respondió Poseidón desconfiando del dios de la guerra tras lo de la mochila y el casino.

¡Adiós, joven héroe! —se despidió mientras su voz se desvanecía en las profundidades—. ¡Escucha tu corazón! —Se convirtió en una motita de luz verde y desapareció.

Quise seguirla y conocer la corte de Poseidón, pero miré hacia arriba, al atardecer que oscurecía la superficie. Mis amigos esperaban. Teníamos tan poco tiempo…

Nadé hasta la superficie.

Cuando llegué a la playa, mis ropas se secaron al instante. Les conté a Grover y Annabeth todo lo ocurrido y les enseñé las perlas.

Ella hizo una mueca.

No hay regalo sin precio.

Éstas son gratis.

No. —Sacudió la cabeza—. «No existen los almuerzos gratis.» Es un antiguo dicho griego que se aplica bastante bien hoy en día. Habrá un precio. Ya lo verás.

-Debo admitir que es un gran dicho.-convino Octavio para sorpresa de varios.

Con tan feliz pensamiento, le dimos la espalda al mar.

Con algunas monedas que quedaban en la mochila de Ares subimos a un autobús hasta West Hollywood. Le enseñé al conductor la dirección del inframundo que había sacado del Emporio de Gnomos de Jardín de la tía Eme, pero jamás había oído hablar de los estudios de grabación El Otro Barrio.

Me recuerdas a alguien que he visto en la televisión —me dijo—. ¿Eres un niño actor o algo así?

-Y ya nos jodimos otra vez…-suspiro con tristeza Rachel

Bueno, actúo como doble en escenas peligrosas… para un montón de niños actores.

¡Oh! Eso lo explica.

Le dimos las gracias y bajamos rápidamente en la siguiente parada. Caminamos a lo largo de kilómetros, buscando El Otro Barrio. Nadie parecía saber dónde estaba. Tampoco aparecía en el listín. En un par de ocasiones tuvimos que escondernos en callejones para evitar los coches de policía.

Me quedé atónito delante de una tienda de electrodomésticos: en la televisión estaban emitiendo una entrevista con alguien que me resultaba muy familiar: mi padrastro, Gabe el Apestoso. Estaba hablando con la célebre presentadora Barbara Walters; quiero decir, en plan como si fuera famoso. Ella estaba entrevistándolo en nuestro apartamento, en medio de una partida de póquer, y a su lado había una mujer joven y rubia, dándole palmaditas en la mano.

Una lágrima falsa brilló en su mejilla.

-Morsa asquerosa!.-le espetó Percy bastante enojado al Gabe del libro.

Estaba diciendo: «De verdad, señora Walters, de no ser por Sugar, aquí presente, mi consejera en la desgracia, estaría hundido. Mi hijastro se llevó todo lo que me importaba. Mi esposa… mi Cámaro… L-lo siento. Todavía me cuesta hablar de ello.»

-Si claro! Lo único que te importaba era tu Cámaro, y el que mamá te cocinara desgraciado infeliz.

«Lo han visto y oído, queridos espectadores. —Barbara Walters se volvió hacia la cámara—. Un hombre destrozado.

-Destrozado va quedar cuando se las vea con nosotros.-aseguro Nico tronándose los dedos.

Un adolescente con serios problemas. Permítanme enseñarles, una vez más, la última foto que se tiene del joven y perturbado fugitivo, tomada hace una semana en Denver.»

En la pantalla apareció una imagen granulada de Grover, Annabeth y yo de pie fuera del restaurante Colorado, hablando con Ares.

«¿Quiénes son los otros niños de esta foto? —preguntó Barbara Walters dramáticamente—. ¿Quién es el hombre que está con ellos? ¿Es Percy Jackson un delincuente, un terrorista o la víctima de un lavado de cerebro a manos de una nueva y espantosa secta? Tras la publicidad, charlaremos con un destacado psicólogo infantil. Sigan sintonizándonos.»

Vamos —me dijo Grover. Tiró de mí antes de que destrozara el escaparate de un puñetazo.

-Mira si te quebrabas. Iba a ser más problema todavía.-apunto Apolo, que por detrás llamo a Chris para aumentar una apuesta.

Cayó la noche y los marginados empezaban a merodear por las calles. A ver, que no se me malinterprete. Soy de Nueva York y no me asusto fácilmente. Pero Los Angeles es muy distinto de Nueva York, donde todo parece cerca. No importa lo grande que sea la ciudad, se puede llegar a todas partes sin perderte. La disposición de las calles y el metro tienen sentido. Hay un sistema para que las cosas funcionen. En Nueva York, un niño está a salvo mientras no sea idiota.

Los Angeles no es así. Es una ciudad extensa y caótica en la que resulta difícil moverse. Me recordaba a Ares. No le bastaba con ser grande; tenía que demostrar que era grande siendo además escandalosa, rara y difícil de navegar.

-Maldito pringado!-chilló el aludido.

No sabía cómo íbamos a encontrar la entrada al inframundo antes del día siguiente, el solsticio de verano.

Nos cruzamos con miembros de bandas, vagabundos y gamberros que nos miraban intentando calibrar si valía la pena atracarnos. Al pasar por delante de un callejón, una voz desde la oscuridad me llamó.

Eh, tú. —Como un idiota, me paré.

-La verdad que con lo de idiota no le erraste esta vez.-aseguró Grover.

Antes de que nos diéramos cuenta, estábamos rodeados por una banda. Seis chicos con ropa cara y rostros malvados. Como los de la academia Yancy: mocosos ricos jugando a ser chicos malos.

Instintivamente destapé el bolígrafo, y cuando la espada apareció de la nada los chavales retrocedieron, pero el cabecilla era o muy idiota o muy valiente, porque siguió acercándoseme empuñando una navaja automática.

Cometí el error de atacar.

En la sala retumbo el sonido varios golpes en la frente.

El chico gritó. Debía de ser cien por cien mortal, porque la hoja lo atravesó sin hacerle daño alguno. Se miró el pecho.

¿Qué demo…?

Supuse que tenía unos tres segundos antes de que la consternación se convirtiera en ira.

¡Corred! —grité a Annabeth y Grover.

Apartamos a dos chavales de en medio y corrimos por la calle, sin saber adonde nos dirigíamos. Giramos en una esquina.

¡Allí! —exclamó Annabeth.

Sólo una tienda del edificio parecía abierta, los escaparates deslumbraban de neón. En el letrero encima de la puerta ponía algo como: «alpacio ledas sacam de augade crstuy.»

¿Al Palacio de las Camas de Agua Crusty? —tradujo Grover.

-Eso no suena para nada bien.-comento Dakota.

No sonaba como un lugar al que yo iría a menos que me encontrara en un serio aprieto, pero de eso se trataba precisamente. Entramos en estampida por la puerta y corrimos a agacharnos tras una cama de agua. Un segundo más tarde, la banda de chicos pasó corriendo por la acera.

Los hemos despistado —susurró Grover.

Una voz retumbó a nuestras espaldas.

¿A quién habéis despistado?

-Pucha! Ni una pegan ustedes.-se quejó Jason (d)

Los tres dimos un respingo. Detrás de nosotros había un tipo con aspecto de rapaz y ataviado con un traje años setenta. Medía por lo menos dos metros y era totalmente calvo. De piel grisácea, tenía párpados pesados y una sonrisa reptiloide y fría. Se acercaba lentamente, pero daba a entender que podía moverse con rapidez si era preciso.

El traje, del todo propio de los setenta, habría podido salir del Casino Loto. La camisa era de seda estampada de cachemira, y la llevaba desabrochada hasta la mitad del pecho, también lampiño. Las solapas de terciopelo eran casi pistas de aterrizaje y llevaba varias cadenas de plata alrededor del cuello.

Soy Crusty —gruñó con una sonrisa manchada de sarro.

Perdone que hayamos entrado en tropel —le dije—. Sólo estábamos… mirando.

Quieres decir escondiéndoos de esos gamberros —rezongó—. Merodean por aquí todas las noches. Gracias a ellos entra mucha gente en mi negocio. Decidme, ¿os interesa una cama de agua?

Iba a decir «no, gracias», pero él me puso una zarpa en el hombro y nos condujo a la zona de exposición. Había toda una colección de camas de agua de las más diversas formas, cabezales, ornamentos y colores; tamaño grande, tamaño supergrande, tamaño emperador del universo…

Éste es mi modelo más popular. —Orgulloso, Crusty nos enseñó una cama cubierta con sábanas de satén negro y antorchas de lava incrustadas en el cabezal. El colchón vibraba, así que parecía de gelatina—. Masaje a cien manos —informó—. Venga, probadlo. Tiraos en plancha, echad una cabezadita. No me importa, total hoy no hay clientes.

Pues… —musité— no creo que…

¡Masaje a cien manos! —exclamó Grover, y se lanzó en picado—. ¡Eh, tíos! Esto mola.

Hum —murmuró Crusty, acariciándose la coriácea barbilla—. Casi, casi.

Casi ¿qué? —pregunté.

-No queda duda de que se metieron en otra gorda.-confirmo Piper.

Miró a Annabeth.

Hazme un favor y prueba ésta, cariño. Podría irte bien.

Pero ¿qué…? —respondió Annabeth.

Él le dio una palmadita en la espalda para darle confianza y la condujo hasta el modelo Safari Deluxe, con leones de madera de teca labrados en la estructura y un edredón de estampado de leopardo. Annabeth no quiso tumbarse y Crusty la empujó.

¡Eh, oiga! —protestó ella.

Crusty chasqueó los dedos.

Ergo!

-Ayy noo! El estirador.-chilló Hermes recordando una vez que se topó con él unas décadas atrás.

Súbitamente, de los lados de la cama surgieron cuerdas que amarraron a Annabeth al colchón. Grover intentó levantarse, pero las cuerdas salieron también de su cama de satén y lo inmovilizaron.

¡N-n-no m-m-mola-a-a! —aulló, la voz vibrándole a causa del masaje a cien manos—. ¡N-n-no mm-mola na-a-a-da!

El gigante miró a Annabeth, luego se volvió hacia mí y me enseñó los dientes.

Casi, mecachis —lamentó. Intenté apartarme, pero su mano me agarró por la nuca—. ¡Venga, chico! No te preocupes. Te encontraremos una en un segundo.

Suelte a mis amigos. —Oh, desde luego. Pero primero tienen que caber.

¿Qué quiere decir?

Verás, todas las camas miden exactamente ciento ochenta centímetros. Tus amigos son demasiado cortos. Tienen que encajar. Annabeth y Grover seguían forcejeando.

No soporto las medidas imperfectas —musitó Crusty—. Ergo!

Dos nuevos juegos de cuerdas surgieron de los cabezales y los pies de las camas y sujetaron los tobillos y hombros de Grover y Annabeth. Las cuerdas empezaron a tensarse, estirando a mis amigos de ambos extremos.

-No quiero ver!.-dijo Katie escondiéndose detrás de Travis.

No te preocupes —me dijo Crusty—. Son ejercicios de estiramiento. A lo mejor con ocho centímetros más a sus columnas… Puede que incluso sobrevivan, ¿sabes? Bien, busquemos una cama que te guste.

-Puff sii, son solo 8cm.-ironizo Will.

¡Percy! —gritó Grover.

La cabeza me iba a cien por hora. Sabía que no podía enfrentarme solo a aquel grandullón. Me rompería el cuello antes de que la espada se desplegase.

En realidad usted no se llama Crusty, ¿verdad?

Legalmente es Procrustes —admitió.

El Estirador —dije. Recordaba la historia: el gigante que había intentado matar a Teseo con exceso de hospitalidad de camino a Atenas.

Exacto —respondió el vendedor—. Pero ¿quién es capaz de pronunciar Procrustes? Es malo para el negocio. En cambio, todo el mundo puede decir «Crusty».

Tiene razón. Suena bien.

Se le iluminaron los ojos.

¿Eso crees?

Oh, desde luego —contesté—. Y estas camas parecen fabulosas, las mejores que he visto nunca…

-OHHH POR EL OLIMPO SAGRADO! Percy está usando la estrategia de Annie.-Piper quedo impactada, pues a su amiga es la que mejor se le da ese tipo de cosas.

Esbozó una amplia sonrisa, pero no aflojó mi cuello.

Yo se lo digo a mis clientes. Siempre se lo digo, pero nadie se preocupa por el diseño de las camas. ¿Cuántos cabezales con antorchas de lava incrustadas has visto tú?

No demasiados.

¡Pues ahí lo tienes!

¡Percy! —vociferó Annabeth—. ¿Qué estás haciendo?

No le hagas caso —le dije a Procrustes—. Es insufrible.

El gigante se echó a reír.

Todos mis clientes lo son. Jamás miden ciento ochenta exactamente. Son unos desconsiderados. Y después, encima, se quejan del reajuste.

¿Qué hace si miden más de ciento ochenta?

Uy, eso pasa a todas horas. Se arregla fácil. —Me soltó, pero antes de que yo pudiera reaccionar, del mostrador de ventas sacó una enorme hacha doble de acero—. Centro al tipo lo mejor que puedo y después rebano lo que sobra por cada lado.

-Así tan fácil, como si nada se resuelve el problemita…-se burlo Helena.

Ya —dije tragando saliva—. Muy práctico.

¡Cuánto me alegro de haberme topado con un cliente sensato!

Las cuerdas ya estaban estirando de verdad a mis amigos. Annabeth había enrojecido. Grover hacía ruiditos de asfixia, como un ganso estrangulado.

Bueno, Crusty… —comenté, intentando sonar indiferente. Miré la etiqueta con forma de corazón de la cama especial Luna de Miel—. ¿Y ésta tiene estabilizadores dinámicos para compensar el movimiento ondulante?

Desde luego. Pruébala.

Sí, puede que lo haga. Pero ¿funcionan incluso con un tío grande como tú? ¿No se advierte ni una sola onda?

Garantizado.

Venga, hombre.

Que sí.

Enséñamelo.

Se sentó gustoso en la cama y le dio unas palmaditas al colchón.

Ni una onda, ¿ves?

Chasqueé los dedos.

Ergo.

-A que esa no te la esperabas patán! JJAJAJAJ.-se rio Percy y la sala aplaudió ante la brillante estrategia.

Las cuerdas rodearon a Crusty y lo sujetaron contra el colchón.

¡Eh! —chilló.

Centradlo bien —ordené.

Las cuerdas se reajustaron rápidamente. La cabeza de Crusty entera sobresalió por la parte de arriba y sus pies por la de abajo.

¡No! —dijo—. ¡Espera! ¡Esto es sólo una demostración!

Destapé el bolígrafo y Anaklusmos se desplegó.

Bien, prepárate…

No sentía ningún escrúpulo por lo que iba a hacer. Si Crusty era humano, no podría hacerle daño. Si era un monstruo, merecía convertirse en polvo durante un tiempo.

Eres un regateador duro, ¿eh? —dijo—. ¡Vale, te hago un treinta por ciento de descuento en modelos especiales!

Levanté la espada.

¡Sin entrega inicial! ¡Ni intereses durante los seis primeros meses!

Asesté un golpe. Crusty dejó de hacer ofertas.

-Al final un poco de agallas si tiene el pringado.-afirmo Clarisse fingiendo sorpresa.

Corté las cuerdas de las otras camas. Annabeth y Grover se pusieron en pie, entre temblores, gruñidos y maldiciones.

Parecéis más altos —comenté.

Varios miembros de la sala riero ante tan elocuente comentario, mientras que Annabeth y Grover fulminaron con la mirada al hijo de Poseidón.

Uy, qué risa —resopló Annabeth—. La próxima vez date un poquitín más de prisa, ¿vale?

Miré en el tablón de anuncios detrás del mostrador de Crusty. Había un anuncio del servicio de entregas Hermes, y otro del Nuevo y completo compendio de la Zona Monstruo de Los Angeles: «¡Las únicas páginas amarillas monstruosas que necesita!» Debajo, un panfleto naranja de los estudios de grabación El Otro Barrio ofrecía incentivos por las almas de los héroes. «¡Buscamos nuevos talentos!» La dirección de EOB estaba indicada justo debajo con un mapa.

Vamos —dije.

Danos un minuto —se quejó Grover—. ¡Por poco nos estiran hasta convertirnos en salchichas!

Venga, no seáis quejicas. El inframundo está sólo a una manzana de aquí.

-Dale, vamos que no pasado nada!-bromeo Leo.- Solo estuvieron a punto de quedar 8cm más altos.

Y Zeus dio por finalizado su tiempo le lectura:

-Gira de una maldita vez esa ruleta a ver si hoy podemos terminar con esta pesadilla.-refunfuño el dios al levantarse del suelo y volver a su cómodo trono.