— S-Señorita…— Un suave movimiento y el susurro delicado bastaron para despertarla. Recién conciente, se tambaleó hasta sentarse en su cama y ver a Sally. — Señorita, los amos la esperan abajo.
Abrió los ojos hasta donde podía, para reanimar los músculos de su rostro. Ahí estaba Sally, frente a ella, nerviosa y temblorosa, y en sus manos estaba su uniforme, a donde –aún no recordaba- debía ir.
—Sally…— Susurró, tomando el control de su cuerpo y limpiando un poco su ojo derecho. Bostezó. — ¿Mis padres qué…?— Dejó de limpiarse para ver sin pestañear el uniforme. Algo le decía, algo que no podía recordar…
— Su expresso a Hogwarts, señorita. — Paró su tambaleo al isntante y aventó su cobertor de golpe.
—¡Hogwarts! — Gritó. Se paró y arrancó el uniforme de las pequeñas manos de su elfa para correr al baño de su recamara.
— Qué alegría que esté tan contenta, señorita. — Sally le dedicó una sonrisa y una reverencia a sus espaldas.
—¡Ya bajo! — Escuchó desde el pequeño cuarto.
…
—¿Cómo se hacen, sino? — Preguntó la señora de la casa, quien no se había percatado de la pequeña figura que bajaba las escaleras. — Si yo tomo un diente falso, lo incrusto en la encía del Muggle, ¡y ya!
— No, no. — Habló su esposo. — Según el ministro, primero deben pegar una placa, y ahí se incrusta el diente.
—¡Tonterías! — Yaoyorozu madre volteó al notar a su hija sentándose en la mesa. — Buenos días, mi cielo. — Le dedicó una sonrisa maternal y volvió a su esposo. — ¿Para qué doble pegado, cariño?, si con incrustar el diente de una basta.
— Mamá, papá. — Su padre le dedicó un asentimiento de cabeza y reanudó el alegato con su esposa.
Momo empezó a devorar los alimentos de su plato, y cuando creía haberlos acabado, tomaba un poco de los platos frente a ella para volver a llenarlo.
— Necesitarás energía, mi amor. — Yaoyorozu sabía que su madre estaba más emocionada que ella.
—Y mantener el orden. — Escuchó a su padre al otro extremo. — No te quiero comiendo de esa forma allá. — La niña asintió mientras su madre figuraba un manotazo al aire y le hacía un puchero a su marido.
— Déjala ser feliz, ¡está en la flor de la juventud! — Se sonrojó. — Y con su belleza, cualquiera admiraría incluso la forma tan bestial de comer.
—¡Mamá!
— Conocí a tu padre en Hogwarts…— Dijo con una mirada soñadora.
— Estábamos comprometidos antes de eso. — Aclaró su padre, con una mirada plana y aburrida.
— ¡Pero te conocí en Hogwarts! — Exclamó en un tono alto, pero aún elegante. — Siempre arruinas mis historias. — Volteó con su hija. — Él me amó en cuanto me miró…
— Amé el pan que me regalaste, eso sí fue amor.
— Y desde ese día cocino con mis propias manos el mismo pan….— Terminó su historia con la misma mirada soñadora que empezó.
—¿Por qué crees que sigo aquí? — El señor de la casa le regaló una sonrisa de complicidad a su hija, y se levantó de la mesa con periódico en mano.
Momo observó a su padre irse con una sonrisa, y metió el último trozo de melón a su boca.
— Pero tú, querida, no gastes tus preciosas manos en cualquier heredero de una mísera fortuna. Debes abrir bien los ojos, amor, ¡y con lo inteligente que eres!
— Creí que iría a estudiar, madre…
—¡Y lo harás, y serás la mejor! — La mujer se levantó con una servilleta en mano, limpiando sus comisuras. — Pero diviértete en el proceso… sanamente. — Aclaró.
—¿Y el amor es sano? — La niña se quejó, con ironía. — Con todo el respeto, tengo trece años, madre. — Pero la mujer ya no la escuchaba, pues se había marchado.
Yaoyorozu dio una sonrisa resignada al aire. Ella no era alguien sociable, sus amigos se limitaban a sus primos, que no eran demasiados. Criada en casa, rodeada de enciclopedias y viejos textos. ¿Qué esperaban que hiciera en Hogwarts?, ¿ser amiga de todas y todos?, ¿qué encontrara e amor al instante?
Se limitó limpiar su boca y emprender camino hacia su habitación, donde Sally seguramente ya habría hecho sus maletas.
—¿Sally? — Dijo mientras abría la puerta. En efecto, la elfo ya tenía todas las maletas acomodadas y listas para partir.
Momo sonrió. Desvió la mirada de maleta en maleta hasta llegar a la que tenía sus instrumentos para Hogwarts.
— Menta…— Reconoció el olor. Inmediatamente vino a su cabeza el rostro de aquellas personas que había conocido en el callejón Diagon y un terror inexplicable se anidó en su corazón.
¿Y si no tenía amigos?, ¿y si nadie la quería por el escándalo de esa tarde?, seguramente muchos ya sabrían de eso, ¿y si todos resultaban ser sangre sucia y su madre no permitía su amistad?
— Sabes…— Le comentó de la nada a la pequeña criatura que aún limpiaba unas cajas. — Incluso si es con un sangre sucia…— Reanudó. — Me gustaría en verdad hacer muchos amigos.
Sally la miró. En los ojos de la elfo había asombro en verdad. —¿Disculpe, señorita? — Le dijo. — ¿Amigos?, si usted no llega a esta casa con cientos de cartas y regalos de despedidas a fin de año, yo no sabría lo que es la amistad. No habrá niño en Hogwarts…— Le habló de frente y con un toque de ternura en su temblorosa voz. — que no quiera ser amiga de mi señorita.
El calor aumentó en su pecho y sonrió a la criatura al borde de las lágrimas.
—Gracias, Sally…— La abrazó, pero deshizo el abrazo rápido una vez que la emoción volvió a ella. — ¡Me voy! — Saltó hacia la puerta y bajó las escaleras a paso veloz. — ¡Me voy! — Gritó a dar vuelta en el barandal de la escalera.
—¿Podrías esperar? — Le reclamó su madre, quien caminaba hacia la puerta del salón dispuesta a salir, a paso lento, elegante. — Tu padre me ha dado una jaqueca… que no le deseo ni al mismísimo innombrable.
—¿Yo? — Su padre salió detrás de la mujer. Era un hombre alto y blanco, con la elegancia que solamente podría ser superada por su mujer. — Yo sólo dormité un momento.
—Mientras te contaba algo de vital importancia. — Ella le estampó el abanico de mano en el brazo, en regaño. Momo sonrió ante el acto de sus padres. — Si tuviera una poción en estos momentos…
— ¿No hay pastillas? — Preguntó la niña, inocentemente.
—¿¡Y rebajarme a parecer un Muggle!? — Su madre sonrió, como si su hija estuviera perdiendo la cabeza. — Amor, ¡ya vas rumbo a Hogwarts!, empieza a pensar como alguien que estudia ahí.
— Sí…— Sonrió, amablemente. Sus padres empezaron a caminar frente a ella, saliendo de la casa hasta el carruaje, donde la servidumbre les dio el pase al interior.
—Estación… ajá…— Leía la dirección de la carta que tenía en manos. — Nueve y tres cuartos…— Sonrió, con la emoción a flor de piel. Sus padres, sentados frente a ella, le sonreían. —¿No es emocionante? — Acunó la carta en su pecho. — ¡Conoceré al profesor Aizawa!
— No es tan genial. — Contestó un padre celoso. — Simplemente es… regular.
— Tu padre está enojado desde que lo dejaron ser maestro de artes oscuras.
—¡Yo era mejor que él en esa materia! — Se defendió el hombre
—Lo sé, amor. Lo sé. — Le regaló una sonrisa traviesa a su hija. — Estoy encantada, mi amor. Seguramente serás su favorita.
— Madre…— Se animó a preguntar. — ¿Crees que haya muchos sangre sucia en la escuela?
—¿Si es que hay?, ¡claro que hay!, mi amor, estamos infestados de esa peste.
La niña asintió. ¿Y si se encariñaba con alguno de ellos?, ¿y si su madre se enteraba?
— Pero no te preocupes, amor. Estarán buenas familias, podrás juntarte con ellos. Los Katsuki, los Todoroki, ¡incluso podría ser aceptable que te regodearas con familias no tan famosas!, siempre y cuando tú quieras, querida. — Ese comentario reanimó las esperanzas de la niña. — Pero jamás con un sangre sucia. — Y ese comentario las mató de nuevo.
— Sí, madre…— Un poco desanimada y temeroza, sintió el freno total del carruaje.
—¡Estación de trenes King's Cross, madame!
Momo fue la primera en bajar, casi volando del carruaje y con sonrisas tontas plasmadas en su rostro.
—¿Andén nueve y tres cuartos? — Le preguntó al chofer, quien le regaló una sonris ay un asentimiento. — ¡Gracias, Soka!
En un impulso empezó a correr hacia el tren, pero en un segundo paró en seco y volteó hacia sus padres, unos pasos tras de ella.
—Está bien, cariño. Soka subirá tu equipaje. — Le sonrió su madre.
En ese momento, el remolino de emociones se concentró sólo en una, la melancolía. Aún no se iba y ya extrañaba a sus padres, y es que, con la emoción de ir a la escuela se había olvidado por completo del hecho.
—¡Mamá! — Se abrazó a la mujer, a quien casi tumba por el impulso.
—¡Momo! — La regañó en un tono risueño y suave. Abrazó a su hija mientras se empezaban a formar las lágrimas en sus ojos. — No quiero que dejes de enviar cartas, ¿ok?, de todo; tus clases, tus maestros, nuevos amigos. Quiero saberlo todo.
—¡Sí! — Se escuchó el sonido encerrado entre su rostro y los brazos de su madre. Intentado hacerlo pasar desprevenido, limpió rápidamente sus lágrimas, pero su rostro rojo y las lágrimas realzándose en sus ojos la delataron. Se acercó a su padre y repitió la acción, con menos enjundia. — Volveré en un año…— Dijo en sus brazos.
— En un año te veré, preciosa. — El hombre acarició sus lacios cabellos.
Se separó de ellos al escuchar el primer pitido del tren, se llenó de vapor el cielo y su emoción volvió a subir. Se despidió con una última y feliz sonrisa y corrió a la entrada con sus padres admirándola desde su espalda.
Nerviosa, pasó por la puerta principal. Vagón tras vagón, todo estaba lleno. Había grupos de amigos por todas partes, todos felices, hablando entre ellos.
Finalmente, encontró un vagón completamente solo. Sonrió, incluso con tantas personas ahí, ella estaría sola.
Pasó la puerta y se sentó pegada a la ventana. Acomodó su falda y su capa. Su corbata estaba derecha, su pelo lacio y suelto se meneaba en sus hombros. Sonrió en satisfacción a su persona y dejó que sus músculos se relajaran en el asiento, o así sería si no estuviera aquel niño parado en la puerta.
—¡Perdón, creí que estaba…! — Guardó silencio al reconocerla. — S-Señorita.
—¿Midoriya… Inko? — Para desagrado de Momo, o más bien de su madre, a quien conoció primero fue a un sangre sucia.
—Midoriya Inko es mi madre. — Sonrió alegre mientras se rascaba la cabeza. — Soy Midoriya Izuku, un placer. — Volteó hacia los asientos y se decidió por el que estaba justo frente a ella.
— Y-Yaoyorozu Momo. — Le sonrió con un poco de culpa y sentimiento de traición hacia sus progenitores.
En un silencio incómodo, el niño se sentó frente a ella con una sonrisa tonta que se convirtió en una nerviosa conforme pasaba el tiempo.
— ¿Tienes conocimientos previos sobre la magia? — Le preguntó él, con el fin de buscar alguna plática. Se sorprendió por la familiaridad que la trataba después de aquél incidente.
—Pues…— Se aclaró la garganta. — Me he pasado la vida estudiando la magia, creo que vengo con buenos conocimientos de todo en general, pero… hacer magia y conocerla no es lo mismo, ¿o sí? — Sonrió, apenada.
—Cierto, no podemos hacer magia fuera de alguna institución. El sonido de la puerta corrediza del vagón detuvo su charla.
—¡O-Ocha… Ocha…— La niña morena respiraba como si el aire estuviese a punto de acabarse! — ¡Ochaco Uraraka! — Dio una reverencia y una sonrisa agitada, aún recuperando el aire. — He estado buscando un vagón. — Inhalaba mientras sacudía el cuello de su camisa para ventilarse.
— Yaoyorozu Momo. — Le sonrió, aunque un poco sorprendida por el estado de la niña.
— M-Midoriya Izuku…— La mirada del peliverde viajaba desde sus talones hasta su rebelde cabello. — ¿Te sientes bien? — Se paró dispuesto a darle su asiento, sin recordar que había otros dos disponibles.
— ¡Sí, sí! — Levantó la mano alegre. Se sentó en el asiento que le ofrecía y siguió recuperando el aliento mientras él se sentaba a su lado. — ¡Uf! — Se expresó, feliz y confiada. — Hace calor aquí.
—¿Quieres un poco de ayuda? — Los ojos de Momo brillaron ante la posibilidad de ayudarla. Sacó su varita de la manga de su capa, emocionada.
—Ah… ¡claro! — Sonrió. — Nunca he visto magia tan de cerca…— Izuku asintió, en complicidad. Ambos miraron expectantes hacia la niña del frente, quien cerró los ojos en busca del hechizo indicado y concentración.
—¡Glacius₁! — Exclamó meneando su varita. Inmediatamente el vagón se cubrió por completo en hielo, congelando las paredes y ventanas a su paso.
—Wow….— Exclamó Izuku.
—G-Gracias. — Dijo la niña temblando. — E-Es m-muy a-a-agra…agradable.
—¡Lo siento! — Aventó la varita al asiento siguiente y se cubrió el rostro. — ¡Soy fatal en esto!, es decir. — Exclamó, un poco histérica. — ¡El hechizo está bien, fue perfecto!, ¡pero no era el indicado!, ¡congelé todo!
Ochaco sonrió con las manos en su pecho, ambos empezaron a tratar de calmar a la niña con comentarios como 'es perfecto' o 'todo está bien'.
Se sorprendieron cuando el hielo desapareció por completo y de golpe de la habitación. Los tres chicos voltearon al costado, justo en la puerta del vagón donde se encontraba un chico alto, varita en mano, muy peculiar.
Con el cabello teñido de diferentes colores, y unos ojos heterocromos con una combinación de azul y café.
— El frío pasaba hasta mi vagón. — Sonó su dura voz. Cerró la puerta de golpe y desapareció.
—… ¿Gracias? — Habló Ochaco, un poco confundida.
El tren siguió su recorrido. Los vagones estaban llenos de risas, dulces y chocolates de las vendedoras. Los niños comían y hablaban entre ellos, y el vagón de Yaoyorozu Momo no era diferente.
La rana de chocolate que Izuku había comprado se había escondido en el cabello de Mina Ashido, el último integrante en unirse al vagón del grupo. Ochaco y Momo trataban de limpiar su cabello, pero en un vago intento de Momo la dejó sin un pelo en la cabeza. Daba gracias a su madre por no sólo enseñarle encantamientos, sino también cómo deshacerlos.
La morena se tomó un tiempo para observar a los compañeros que se habían sentado a su lado y sonrió. Tal vez no estaría sola después de todo.
₁) Glacius: El hechizo congelante (Glacius) es un encantamiento congelador que invoca hielo de la punta de la varita, el cual puede extinguir fuegos, crear bloques de hielo y enfriar a las salamandras.
