Capítulo 4.-

—¡Es maravilloso! — Los prefectos habían dividido en grupos a toda la sala, niños y niñas por separado. Momo fue observando uno a uno como sus compañeros fueron hasta sus habitaciones, lamentablemente a ella no le había tocado compartir cuarto con ninguno.

Se armó de valor, dispuesta a hacer una nueva amiga con quien compartir su pieza, sacudió las arrugas de sus ropas y acomodó su flequillo.

—¡Hola soy...!— Quedó en silencio y con los brazos al cielo al notar la habitación vacía. — Momo...— Terminó por hablar. Bajo los brazos y su cabeza a la vez, resignada empezó a caminar hacia una de las camas. — Un placer conocerte...— Comentó desanimada a la vacía cama del lado cuando se sentó en la suya. — Espero seamos amigas...— Tras un silencio incómodo y un dolor en su garganta, terminó por recostarse por completo en la cama hasta quedar dormida.

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Bajó al comedor. Era el primer día completo que pasaría en su nuevo hogar, y no iba a permitir que su experiencia de la noche pasada le hiciera decaer.

Se había recogido el cabello en una elegante coleta alta, y su fleco lucía brilloso y liso, como a ella le gustaba. Se había puesto su uniforme perfecto y sin ningún pliegue, sus zapatos escolares, que Sally personalmente había boleado hasta quedar relucientes, y bajo el cuello de su camisa blanca, estaba escondido el collar que su madre le había regalado desde su nacimiento.

Apretó el collar por encima de toda la ropa que traía mientras se encaminaba al comedor, en busca de sus amigos.

Justo como la noche anterior, alumnos y profesores de todas las casas se regodeaban juntos en un enorme salón. La comida flotaba de aquí para allá, aterrizando en platos de algunos niños o cambiando de mesa en mesa.

—¿Han visto a Yaoyorozu? — Preguntó Deku, sentado al lado de Uraraka. Los tres compañeros rellenaban sus panes con ensaladas, mermeladas o incluso pastas.

—¡Un Sándwich Espacial! — Gritó Mina, ignorando la pregunta del Midoriya cuando levantó su sándwich con un color morado y brilloso en el medio, resultado de todas las revueltas de comida que le metió dentro.

— Es... lindo...— Fingió Ochako mientras algo le decía en su interior que se alejara del manjar que Mina le acercaba.

— Seguro sabe delicioso...— Midoriya intentó retroceder, pero Mina ya había elegido a la presa y había pegado su sándwich al rostro del chico. — P-Probaré...— Dijo a duras penas con el sándwich ya entrando en su boca.

—¡Chicos! — El grito de Momo escondió los sonidos de asco y disgusto de Midoriya. Uraraka y Mina voltearon, emocionadas y la recibieron con amigables sonrisas.

—¿Ya probaste tu cama? — Preguntó Uraraka. — Era como dormir en un pedazo de algodón...— Comentó soñadora.

—Me parecían algo duras...— La pelinegra se sentó frente a ambas chicas, al lado del peliverde y empezó a llenar su plato con panecillos. — Pero el lugar tiene mucha clase...— Las dos chicas que tenía enfrente comenzaron a asentir cuando el lugar se estremeció.

—¡Imbécil! — El humo llegó hasta sus lugares, al parecer había ocurrido una pequeña explosión en un lugar apartado de su mesa.

—¡Creí que funcionaría! — Al voltear, entre todas las cabecillas pudieron ver una cabeza morada y llena de bultos.

—En realidad, no sé por qué estoy con ustedes...— La misma chica que lo ofendió al principio, se paró de la mesa y comenzó a alejarse.

—¡Jiro! — La llamó un chico rubio, sentado junto con ellos. — ¡No me dejes solo con este idiota!

—¡¿En serio?! — Gritó el pequeño con el cabello lleno de bolitas. — ¡Creí que éramos mejores amigos!

—¡Prioridades! — Le sonrió con las manos levantadas en modo de disculpa y una cara graciosa. Yaomomo y sus amigos veían desde lo lejos, era la casa de los Hufflepuff.

— Ese chico...— Comentó Mina. — Creo que vomitaré.

—¿El enano? — Uraraka sonrió. — Es Mineta, vive cerca de mi casa... sí, no es un placer...

—Están haciendo el ridículo... — Escuchó el grupo, en su misma casa. — ¿Cómo entraron aquí?

El tumulto de gente volteó hacia la mesa roja, incluso los tres responsables de tal espectáculo.

—¿Qué creen que hacen...?— Los insultos de la casa de Slytherin no se hicieron esperar.

— Llamaré al director.

—¡No! — Las tres chicas se sorprendieron cuando su amigo peliverde se levantó de golpe. — No...— Dijo en un tono más bajo. — Si ellos estudian incluso a la hora de comer... no creo que merezcan que los ofendan de esa manera...— Empezó a hablar, con los ojos cerrados y las manos echas puño pegadas a la mesa, temblando y muy nervioso. — Si incluso al desayuno... se esfuerzan para aprender... por eso entraron aquí.

Se sorprendió cuando Uraraka tomó su brazo, y al abrir los ojos sólo recibió una sonrisa orgullosa y unas rosadas mejillas.

— Hufflepuff es la casa de los que se esfuerzan. — El tumulto de gente volteó cuando una mujer vestida como profesora empezó a hablar, detrás de ellos. — Sí, la gran maestra Hufflepuff ofreció su casa a todo aquel que necesite conocimiento, que desee ser... más. — Dijo con ojos brillantes que veían a ningún lado en realidad. — Pero no creo que sea muy prudente realizar experimentos justo donde hay tanta gente...

Jiro, la chica que estaba a punto de irse de la mesa, volteó la mirada al grupo de amigos. Los tres responsables agradecieron con rojas caras llenas de vergüenza y pena por sí mismos, y los estudiantes comenzaron a dispersarse, no sin soltar uno que otro insulto más antes de irse.

—Gracias. — Fue la voz de la chica la que llamó la atención del grupo. Ella y sus dos amigos se habían acercado a su mesa una vez que la gente ya se había acomodado de nuevo.

—¡Así es Midoriya! — Comentó Mina con mucha confianza, como si se conocieran de años.

— Creo que tuviste mucho valor al decir eso, Deku. — Le sonrió Uraraka mientras por debajo de la mesa doblaba y desdoblaba su falda, apenada.

— Fueron palabras muy certeras. — Momo, con la sofisticación y clase de siempre, le regaló una sonrisa cálida y un asentimiento de cabeza.

— Soy Jiro, de Hufflepuff. Ellos son...— Señaló al par de chicos que venían tras ella. — Kaminari y Mineta.

—¡Qué tal! — Saludaron al mismo tiempo.

—¿Qué intentaron hacer? — Preguntó Momo, intentando no sonar grosera o entrometida.

— Hay un hechizo...— Comenzó Mineta, rascándose la nuca con vergüenza. — Con el que eres capaz de lanzar una chispa eléctrica que calienta inmediatamente la comida.

—Pero la comida siempre estuvo caliente...— Comenta Uraraka, quien nunca sintió cambio por más que servía comida en su plato.

—A Kaminari le gustan las cosas rostizadas...

—Ya...— Mina negó con la cabeza. — Te acabas de dejar en ridículo por nada...

—De eso vive. — El grupo empezó a reír con el chiste de Jiro, rompiendo un poco el hielo de la conversación.

— ¿Por qué no se sientan? — Comentó Momo, pareciéndole muy grosero que ellos estuvieran sentados y comiendo y los demás no. — No creo que haya problema, la formalidad de las casas sólo fue en la presentación de los nuevos, tengo entendido...— Dijo con pena.

Para su orgullo y sentimientos, Jiro asintió, aún divertida por su chiste, y terminó sentada en medio de ambos de los chicos con los que había llegado.

Los chicos compartieron deliciosos bocadillos en tan poco tiempo, que Momo se sentía maravillada cuando, después de unos minutos, ya se hablaban con toda naturalidad.

— ¡Entonces él...!— Kaminari no terminaba cuando su propia risa ya comenzaba a resonar en la mesa. — ¡Éste idiota comenzó a morderlo! — La mesa estalló en un conjunto de risas, excepto por Mineta, quien de nuevo era avergonzado.

—¡De verdad parecía chocolate! — El grupo volvió a carcajearse con ese comentario.

—¿De verdad no conocías ese truco? — Preguntó Midoriya, entre risas.

— Di virdid ni li ciniciis. — Infantilmente, Mineta lo imitó mientras se metía a la boca un panqué que él mismo había enrollado.

— Ya...— Dijo Mina, entre risas. — Hablando de temas serios, ¿saben qué clases tomarán? ¡Hay que tomar algunas juntos!

—¿Eso se puede...? — Preguntó Midoriya, quien sabía lo más mínimo de la institución.

— ¡Claro que sí! — Respondió Kaminari. — No importa la casa, todas toman clases juntos.

— ¡Hay que hacerlo! — Gritó Uraraka.

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Observó la servilleta donde habían escrito las clases que tomarían e inmediatamente un sentimiento hermoso atravesó su pecho. ¿Por qué había estado tan asustada antes?, ¿estar sola?, ¡para nada!

Dio un último vistazo a su servilleta y se dispuso a salir del comedor, sus amigos ya se habían retirado para ir por sus clases, pero ella había esperado hasta el último para poder ordenar sus platos vacíos. Mina insistió en que ese era trabajo de los elfos mágicos, y que no había problema dónde pusiera sus platos, o si estuviesen ordenados o no, ellos los encontrarían y lavarían, pero Momo pensó en Sally más que en nada, y ganó la disputa quedándose a ordenar sus vasos y platos.

Terminó de apilar sus platos donde puso los de sus compañeros, y se dispuso a tomar su servilleta.

—Lis...— No fue capaz de terminar su oración gracias a la horrible sensación de tocar algo extraño y húmedo. Su servilleta, mojada desde abajo hacia arriba, haciendo imposible el leer la mitad de las clases. — to...

Su pequeño cerebro no asimilaba el hecho de que su servilleta estaba arruinada, sus ojos seguían pegados a ella mientras uno de ellos ya había empezado a palpitar de la furia.

—¡G-Genial! — Fingió para sí misma. — No pasa nada... todo está bien. — Sonrió, nerviosa, enojada consigo misma, triste. — Se arreglará en un instante...

Sacó la vara de su manga derecha y la sostuvo frente a la servilleta, pensando las palabras exactas que debía usar.

—¡Incendio! — Una llama salió de la punta de su vara, dispuesta a acercarla a tal medida que no quemara la servilleta, sólo a secar los restos de agua en ella. La acercó cuidadosamente...

—¡Fuego! — Escuchó tras ella, después de ser apartada bruscamente.

No lo notó, su cerebro (que explotaba en rabia) no podía procesar tanta desgracia tan rápido, pero una de sus compañeras de casa la aventó fuera del camino, y arrojó un hechizo de Aguamenti a la mesa, con tal de extinguir el fuego que había creado.

—¿Estás bien? — Preguntó la pelirosa, que en su mente había salvado el día.

Momo se levantó de inmediato y corrió a la mesa donde se hallaba su servilleta completamente húmeda e ilegible.

— Sí...— Volteó la cabeza hacia su compañera, con las lágrimas corriendo bajo sus mejillas. — Gra-G-Gracias...— Asintió. Momo no era una persona grosera, mala, o con coraje en su corazón, así que, antes de hacer algo de lo que se arrepentiría, se giró y se dispuso a alejarse de la mesa.

Se asustó cuando a los dos pasos estuvo a punto de chocar con el centro de los rumores y chismes desde que había llegado ahí. Quien, varita en mano, había caminado hacia ella cuando inició el fuego.

— Lo siento. — Salió en un chirrido lastimero, apenas audible, agudo y lleno de pena. Esquivó al chico de ojos desiguales y siguió caminando, intentando limpiar las lágrimas de sus ojos.

— Idiota...— Pensó. — ¿Por qué eres tan idiota?, ¡¿Por qué lloras?! — Se gritaba a sí misma en el interior. Se tallaba el rostro con rabia mientras caminaba por los pasillos. ¿No era más fácil volver a preguntar las clases?, ¿no era más sencillo reír y fingir que no le dolía?, ¿por qué...? Se preguntaba ella. ¿Por qué tenía que llorar por todo?

Esquivó a todos a su alrededor. Cansada, con un dolor atorado en su garganta, humillada. ¿No era ella una Yaoyorozu?, ¿qué hacía haciendo el ridículo?

Olvidando el hecho de que sólo ese día tenían para elegir sus materias, se dirigió a su habitación a aventarse a su cama y llorar sin el temor de que la vieran.

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Humillada y odiándose a sí misma, salió de la habitación.

Con la mente en claro, decidió que lo mejor era buscar a alguno de sus compañeros, pero la idea de ir de puerta en puerta, de cuarto en cuarto le daba mucho pesar, no quería ir molestando a compañeros al azar sólo por sus descuidos. Así que optó por ir a la dirección a pedir información de sus clases, tal vez alguno todavía estaba por ahí.

Mientras caminó hasta ahí aprovechó para darse el placer de ver aquel hermoso edificio. Túneles, escaleras cambiantes, caminos andrajosos, incluso las motas de polvo que volaban a su alrededor eran mágicas y agradables de ver.

Por el camino pudo notar a Mineta, pero ciertamente no se sentía cómoda preguntándole a él, aunque el pensamiento la apenó por ser tan cruel con alguien que nunca la había herido, mejor siguió su camino. También pudo divisar al chico rubio y escandaloso, acompañado de su amigo pelirrojo quien la observó pasar con una sonrisa que ella devolvió.

Se alegró de no perderse al llegar a la dirección. A su derecha la sorprendió una bandeja con números de espera y una larga fila de sillas, tomó su papel y se sentó en la silla que tenía frente a sí.

Como era de esperarse, la fila y las sillas eran mágicas, estaba acostumbrada a eso, así que no se asustó cuando la silla empezó a flotar, dejándola en su puesto, el asiento número 23.

—Escuché— Sonó lejos, a su izquierda. — Que las sillas te guían con tu poder de magia. Si la silla va rápida, es porque eres un gran mago de poderes elevados, pero su va lento, dudosa y con problemas, eres casi casi un Muggle.

— ¿Será cierto? — Se escuchó un Sólo son rumores... como respuesta, pero dejó de prestarle atención a la charla cuando se dio cuenta de quién estaba justo a su lado, un puesto más que ella.

— U-Un placer. — Le sonrió, tímida. El heterócromo volteó hacia ella y le dedicó un asentimiento de cabeza. Se sintió mal cuando él sólo siguió mirando al frente, olvidándose de ella y sin intención de entablar conversación.

Se concentró mejor en su papel, pequeño, cuadrado y con el número veintitrés escrito en cursiva, era elegante y simple. Lamentablemente para ella y todos los que estaban sentados a su izquierda, el papel voló gracias a una brisa misteriosa.

—¿Qué? — Dijo anonadada, cuando observó un rayo verde cruzar frente a todos. —¿¡Qué!? — Perdió la cordura cuando las sillas empezaron a bailar por la ráfaga y sus cabellos empezaron a revolotear en su rostro. Se aferró a su silla, asustada, cuando el rayo verde se dispuso a formarse con ellos. En efecto, era una silla, y sí. Se iba a estrellar contra ella.

—¡Aresto Momentum! — Tomándola por el hombro y acercándola a su pecho, sobresalía Todoroki, quien la acercó a sí para apartarla del camino y poder parar a Midoriya, quien ahora viajaba lentamente hacia ellos, como si fuera una escena en cámara lenta.

Momo todavía tenía las manos incrustadas del miedo en el reposadero de su silla, temblando y sin notar la cercanía del chico ni el hecho de que algunos se habían levantado de sus asientos para ir al frente a ver lo que sucedía.

—Midoriya...— El único en poder escuchar aquel susurro aterrado fue Todoroki, gracias a que en su pecho tenía la pequeña cabecita de Momo, que se torcía para ver a Midoriya actuar de manera graciosa y lenta.

—¡CUUUUIIIIDAAAAAAADOOOOOOOOOO! — Se escuchaba alarmado y extremadamente lento. Bastó con que Todoroki bajara la vara y pusiera su mano en la frente de Deku para que ya no hiciera estragos. La silla (con movimientos exagerados y lentos) terminó por bailar frente a ellos hasta quedarse quieta, con Midoriya arriba.

Ni siquiera escuchó cuando Todoroki pronunció el antihechizo para sacarlo de su lentitud, ni se dio cuenta de cuando se recargó en el pecho del chico, aún sin poder analizar lo que ocurría a su alrededor.

Midoriya estuvo a punto de arrematar contra ella, ¡contra muchas personas!, ¿y qué hizo ella...? ¿¡qué!?

No escuchó los gritos, no los insultos al peliverde, no escuchó la ronca voz que salía justo a su lado, ni las disculpas insistentes de Midoriya. Despertó de su trance cuando el pelirrojo-peliblanco se terminó por separar de ella, para voltearse de nuevo al frente, aún con rasgos furiosos en su rostro. Entonces sí, todo a su alrededor se volvió ruido.

—¡Perdón, Yaoyorozu!, ¡te juro que no sé qué pasó!, ¡la silla se movió y...! — El peliverde hablaba a una velocidad impresionante, pero se calló cuando ella levantó la mano frente a él.

— Perdóname tú a mi... Deku...— Él se sorprendió al ver sus ojos rojos a punto de liberar el mar de lágrimas. — Te vi venir... y no pude siquiera levantar la mano...

Por puro instinto se cubrió el rostro con ambas manos para liberar su llanto con dos chicos aturdidos, uno a cada costado. Shoto no quería voltear, pero sus ojos lo engañaban y echaban un vistazo cada cierto tiempo a la bolita de pena y lágrimas a su lado.

Midoriya no sabía cómo reaccionar y sólo soltaba palabras balbuceando. ¿Abrazarla?, tal vez lo malentendía y él no quería hacer las cosas incómodas. ¿Calmarla con palabras?, no le estaba sirviendo.

Fue incómodo para todos, en especial para esos dos...