Chara no había encajado en el grupo del barrio. Era silenciosa y torpe, no le gustaba correr detrás de los animales callejeros ni trepar al muro por el riesgo de caerse. Noah, a pesar de que hubiesen pasado cuatro años, aún la cuidaba. Ahora sus amigos y familia lo miraban con expresiones de duda, ya que prefería pasar menos tiempos con ellos para ocuparse de ella, pero hacía tiempo que el niño había decidido que proteger a Chara era algo en lo que no debía retractarse.

Su hermana adoptiva tenía una oscura melena castaña y ojos marrones, y su piel no era tan clara como la de su familia, por lo que a primera vista se percibía que no pertenecía en la casa. Su padre se había tomado esa aparición de hace cuatro años muy a pecho, mas no le interesaba abandonar a una niña después de que sus hijos biológicos se hubiesen encariñado con ella.

Por eso había declarado que si de verdad la querían allí, eran ellos los que debían mantenerla a flote. A los gemelos y Liam no les importaba, preferían jugar con los demás y apartar a Chara cada vez que les pedía algo, ya fuese alimentos o compañía.

Charlotte, quien ya había conseguido un trabajo a tiempo parcial en una cafetería lejana, quería cuidarla, pero sus deberes se lo impedían a menudo. Algunas veces, cuando se cruzaban, le dirigía una mirada compasiva o le pasaba un pedazo de chocolate que había robado de su trabajo.

Noah la tomaba bajo su ala. No había momento del día en le que permitiese que Chara estuviese lejos. Ya no jugaba con los niños del barrio, pues le habían dado a elegir entre él o su hermana pequeña. Cada vez que ella iba a hacer sus necesidades en una zona alejada o un baño público, le pedía a su hermano que se quedase cerca y mirase a la pared.

Su padre ordenaba que Noah fuese quien le consiguiese la comida, así que la mitad de sus raciones, que consistían en un desayuno y cena, iban a parar al estómago de la niña. A veces, como antes, caminaban hacia la parte más rica de la ciudad y se detenían a mendigar, obteniendo unas pocas monedas para ahorrar hasta una rebanada de pan o un donut que se repartían, con Chara comiendo siempre más que Noah.

El padre de familia no disfrutaba con Chara aprovechando los servicios de casa, por lo que, a la mínima que hiciese un poco de ruido, la mandaba a jugar a fuera. Noah la seguía y, cuando tenían el estómago lleno por algo de pan, iban a la falda de la montaña.

Estaba llena de conejos, aves y pequeños insectos: solo si sabías mirar. A todos les decían que a quien subía a la montaña no regresaba nunca, por lo que todos los pocos que subían se abstenían de subir más allá de la zona espesa del bosque, donde las rocas comenzaban a empinarse.

Los niños mayores hablaban de atracadores, como los que a veces mataban a una persona con algo de dinero y desaparecían, algunos otros de osos y bestias salvajes, pero lo que contaban los niños pequeños y sus padres les daba risa:

"¡Hay monstruos bajo la montaña!" oyeron chillar a un niño de cuatro años cuando los vio salir de la ciudad. "¡Si subís os podéis caer! ¡Os comerán!"

Chara se aferró aún más fuerte a la mano de Noah, quien se burló de lo crédulo que era el niño.

"Eso lo dicen para asustarte. Serán personas o animales, no monstruos" le dijo con total seguridad "Además, no pasamos muy lejos"

Así seguían su camino. Encontraban escarabajos brillantes, mariposas bonitas, pájaros piando y, unas muy raras veces, lograban matar conejos con piedras. Los llevaban a casa, donde su padre no podía hacer más que coger una pata y permitir que Noah y Chara comiesen del resto.

Esos días eran alegres. Otros días, cuando Chara había cumplido apenas cinco años, la gente enfermaba, como Liam y uno de los hermanos gemelos. Estuvieron con un fuerte resfriado, luego con neumonía y murieron. Su padre pasó una semana sin ir al trabajo, maldiciendo y gritando lo mucho que odiaba la vida.

El otro hermano huyó, diciendo que encontraría la fortuna en otra parte. Nunca supieron más de él. Tampoco supieron nada de su padre, quien dijo que estaba "hasta los cojones" y se marchó como él. Charlotte, cargada con determinación, habló con lo que le quedaba de familia.

"Chicos…" les dijo en frente de ellos, todos sentados en la mesa del comedor "Aunque todo sea duro, no podemos rendirnos, ¿entendéis?"

Noah asintió, aún cogido de la mano de Chara.

"Me voy a trabajar. Coged todo lo que queráis de la nevera"

Chara no estaba acostumbrada a acercarse sin que su padre le gritase que si se acercaba a la comida le haría ver las estrellas, así que pidió irse a jugar a la calle. Allí al menos Noah podía enseñarle cosas y contarle chistes.

"¿Y papá no va a volver?" le preguntó ella con esfuerzo para vocalizar.

"Yo que sé" susurró con el semblante triste "Oye, mira el lado bueno, ahora podemos comer más…"

Chara asintió y sonrió. Aún tenían un puñado de monedas que habían mendigado, por lo que pensaron en ir a dar una vuelta, a ver si encontraban alguna tienda en la que gastar algo. Estaban un poco cansados de ir siempre a la misma panadería y ese día sentían la necesidad de descubrir algo nuevo.

Preguntaron a una niña un poco más pequeña que Chara, quien les dijo que había creído ver un heladero en cuatro manzanas, pero que no estaba segura del todo. Los dos hermanos permitieron que la ilusión se hiciese camino entre ellos y empezaron a correr. No conocían bien ese sitio, así que Noah fue observando el número de las casas, rasgos reconocibles y calles.

Pasaron junto a una vieja pintura, que, a pesar de que ya tendría unos cuantos años, era bonita. Representaba a un gato con alas elevándose al cielo, y les hizo reír y moverse, resonando las monedas en el bolsillo de Noah.

"¡Crío!" chilló una voz "¿Qué llevas?"

Un joven de cabellos negros y ropas oscuras empuñaba una navaja frente a ellos. Noah, que había oído hablar de esa clase cosas, se arrepintió de su curiosidad a semejantes horas y movió su mano para entregarle el dinero. Entonces pensó en Chara, quien acababa de esconderse detrás de él sin que se diese cuenta.

"Monedas" susurró Noah temblando "¿Qué quieres?"

"Dame todo lo que tengas, ¡rápido!"

Chara inspiró hondo y gritó:

"¡No! ¡Fuera! ¡Asustas!"

El atracador, nervioso, le gritó que se callase y solo le diese el dinero. Noah sacó las monedas y se las entregó, por lo que el joven se giró y empezó a andar. Chara estaba furiosa, habiendo ganado esas monedas con varios días de caminatas, suerte y paciencia. Se abalanzó sobre su enemigo y quiso empujarlo al suelo, solo logrando que se tambalease.

Chara permaneció paralizada, Noah agarró su mano y la atrajo hasta él, poniéndose delante. El joven se giró de nuevo y empleó su arma contra el estómago de Noah, quien chilló con todas sus fuerzas. El atracador huyó tan rápido como pudo, dejando su arma en el suelo por el pánico.

Noah cayó al suelo, llorando y gritándole a Chara que corriese a por Charlotte.

"¡No sé dónde!" chilló ella, llorando y arrepentida de su estupidez.

"¡Vete!" replicó Noah.

Chara corrió tan lejos como pudo en mitad de la noche. Las farolas iluminaban su camino, pero no reconocía aquel lugar. Siguió avanzando hasta ver la montaña en la distancia y fue allí. Avanzó con el dolor clavado en el estómago y en el alma hasta llegar a un árbol que reconocía por sus marcas de cuchillo en la corteza. Se dejó caer al suelo y trató de respirar bien para no desfallecer, aunque las lágrimas no le ayudaban en lo absoluto.

Estuvo sollozando mucho tiempo, agotada y, por primera vez desde que tenía memoria, sin su hermano para decirle que todo saldría bien. Tarde o temprano, lo volvería a ver. Sí, debía creer en eso, si no lo creía, no podría rescatarlo. Desde ese árbol sí que sabía volver a casa.

Corrió de nuevo, esta vez haciendo grandes pausas para coger aliento y derramar lágrimas. Una vez estuvo junto a la casa de los Moore, la madre de esa familia había salido para averiguar quién estaba llorando tanto. Era una mujer baja, un tanto flaca y cansada, pero una señora agradable cuando quería.

"¿Qué pasa? ¿Qué haces aquí?" le preguntó. Chara trató de decir una oración completa, pero la señora no entendió nada más que llantos y terror. Fue a llamar a la puerta de la casa en la que la niña vivía, pero Charlotte no volvería hasta las dos de la madrugada.

La señora decidió traerla a su casa, la colocó en el sofá que tenían y le echó una manta pequeña y fina. Dejó que se limpiase las lágrimas en su ropa y trató de escucharla, pero Chara no podía hacer que se entendiese nada bajo el llanto.

Tardó tres horas en calmarse, pero cuando se despertó eran las once de la mañana y Charlotte estaba en peor estado frente a ella. Por sus ojeras se podía adivinar que no había dormido nada.

"¡¿Dónde está Noah?! ¡¿Le ha pasado algo?!" gritó agarrando a Chara de los hombros.

Chara asintió y contó que un joven les había quitado el dinero, que ella había tratado de detenerlo y que su hermano había sangrado mucho.

"¿Y dónde está?" preguntó soltándose y luchando para no llorar.

Chara solo pudo encogerse de hombros. Charlotte bajó los brazos y se quedó con la vista fija en el techo. Por unos instantes, parecía a punto de morirse allí mismo.

"¿Y yo qué os he dicho de salir de noche?"

"Que no saliésemos…" susurró sin atreverse a mirarla a la cara.

"¡Pues menudo caso me hacéis!" gritó. La señora Moore vino al salón, preocupada por los gritos.

"A ver, ¿qué ha pasado?" preguntó la mujer sin entender nada.

Charlotte explicó todo lo que había entendido: el atraco, el robo, la intervención de Chara y:

"Noah ha muerto" dijo Charlotte.

Fue entonces cuando Chara empezó a entender la idea que solía tener su padre: la vida era horrible.