Su hermana mayor, ahora la única, se había ido a trabajar. Como todos los días, había colocado una silla en la puerta para que no saliese. Chara, poco después del incidente hace dos años, había tratado de convencerla de que la dejase salir, de que no tenía sentido enfadarse con ella. Fue un intento inútil, más que nada porque ni ella misma sabía si se merecía eso de verdad.
Su hermano había muerto por su culpa. Por su estupidez y nada más. Charlotte ya le había dejado eso claro, con palabras y alguna que otra bofetada. Al principio Chara estuvo aturdida, poco después enfadada, con su hermana y con ella misma. Luego solo llegó la tristeza, la frustración de no poder hacer nada para expresarse, pues con cada cosa atrevida que decía se ganaba menos comida o un golpe. También un día tiró una lámpara, pero solo le sirvió para quedarse tres días en su cuarto.
Los Moore habían tratado de reconfortar a Charlotte, de hacerla entrar en razón ante lo que parecía furia ciega, pero ella solo decía que Chara actuaba de una forma demasiado agresiva desde la muerte de Noah. Llegó un punto en el que la niña olvidó el rostro de su hermano y su nombre.
Un par de policías habían venido a inspeccionar el cadáver y encontraron la navaja, así que en poco tiempo arrestaron al asesino. Pero eso les daba igual, todo lo que querían era olvidar y seguir con su vida. Chara, por la falta de memorias de sus años jóvenes, lo logró hasta cierto punto.
Charlotte seguía furiosa, estresada con sus dos trabajos y los impuestos. A veces Chara venía y la miraba, o a veces rompía un pedazo de vajilla por accidente, generando un golpe y, dependiendo de cómo se siéntese su hermana, que la encerrase o la mandase a jugar al exterior.
Charlotte suponía que Chara iba a jugar con otros niños y que le haría bien, cosa que su hermana pequeña había intentado, pero de lo que no se sentía capaz. Los notaba extraños, demasiado ruidosos y fríos. Empezó a hacerse a la idea de que nunca se sentiría tan bien como antes de… de que Charlotte se volviese loca, suponía ella.
Le gustaba ir al monte. El monte Ebott, como ya había aprendido que se llamaba. Casi nadie iba al monte, y eso era genial. Su hermana le había pegado bastante las veces que algún vecino le contaba que había ido, pero ya estaba acostumbrada y creía que merecía la pena.
Todo se sentía tan tranquilo en ese lugar. Le gustaba ir a la cima, llegar lo más lejos posibles del alba hasta el anochecer, y contemplar la puesta de sol. Oía grillos en verano, veía cardenales surcar el cielo, a veces escuchaba un solitario búho de camino a casa y se sentía como un ser más de la naturaleza, como si solo tuviese que preocuparse de su comida y no de evitar las bofetadas de Charlotte…
Ahora su hermana era muy fea. Recordaba una cara bonita, aunque muy débilmente, la recordaba guapa. Ahora su cabello estaba lleno de polvo, los pelos le crecían por todas partes, parecía tener chepa y su mirada recordaba a la de una bestia salvaje, lista para atacar.
A sus siete años, su hermana mayor quiso llevarla a un sitio bajo la luz del ocaso. No le dijo nada, solo le contó que debía seguirla. Caminaron por un largo tiempo, hasta llegar al frente de una casa tan sucia como las otras.
"Adiós" le dijo Charlotte. Chara hubiese querido hablarle, pero no se atrevía. La siguió a pesar de la palabra, temblando de pies a cabeza como siempre que estaba cerca de su hermana.
"¿Me has oído?" le dijo Charlotte empujándola hacia atrás y tirándola al suelo "¡Adiós! ¡Eres una desagradecida, trato de cuidarte y te vas todo el día al monte! ¡Parece que quieres matarte, así que te maten!"
Chara no se atrevió a seguirla. Eso era todo, ya no tenía familia. "Aunque" pensaba ella "tampoco es como que me la merezca ni nada". Se quedó parada por unos momentos, pensando si debía permanecer a esperar que alguien la apuñalase o si debía intentar buscarse una casa nueva. Se planteó llamar a la casa que tenía delante, pero se dijo que no quería saber de familias.
Se iría al monte Ebott y viviría como una criatura silvestre. Comería frutos y conejos todos los días, dormiría bajo las estrellas o en alguna cueva, no tendría que ir a las clases para que le preguntasen porqué tenía moratones, no vería a nadie más que a ella…
¡El plan perfecto! Corrió con todas sus fuerzas lejos de la zona desconocida hasta divisar la montaña. Fue hacia allí llena de ilusión y determinación, agarrándose a la esperanza de tener una vida feliz en lo salvaje. Ignoró toda la ciudad a su alrededor y fue al monte sin preocuparse de su hambre, frío o sed. Comenzó a escalar con cuidado, sabiendo que había cuevas en la ladera.
Encontró una al pasar unas horas, con los ojos entrecerrados y helada por el frío. Su ropa desgastada y llena de agujeros no ayudaba en lo absoluto. Caminó todo lo lejos que pudo en la cueva, buscando un lugar que pareciese cómodo para apoyarse. Sin darse cuenta, tropezó con una enredadera y cayó a una sima que no había visto.
