Chocó contra la dura y fría roca de la caverna. Elevó su cabeza débilmente y gritó tan fuerte como pudo, con el eco extendiéndose por el túnel que tenía delante como su única compañía. Comenzó a llorar y a gemir, aterrorizada de que, en semejante estado, fuese a morir. No podía moverse, así que no podría encontrar comida ni curarse de sus heridas.
Oyó unos pasos acercarse en su dirección, pero no se sentía con fuerzas para elevar la cabeza y defenderse. Una vez oyó decir a un anciano que con la muerte se descansaba, así que se animó con ese recuerdo. Delante de ella, una voz extraña le dijo:
"Hola, te has caído, ¿no?" dijo la voz con miedo. Sonaba aguda y temblaba un poco, como un balido. "Anda, levántate. ¿Cuál es tu nombre?"
La niña sintió una mano acercarse a ella y la cogió con la suya propia. Al instante sintió una almohadilla, como la de un gato, bajo la palma de aquel que la quería ayudar, junto con un pelaje suave y espeso.
"Chara" susurró bajo las lágrimas.
"¿Chara?" – El ser no estaba seguro de haber entendido bien, pero ella asintió – "Es un bonito nombre. Yo me llamo Asriel. Anda, levanta"
Chara elevó su cabeza, ya de pie, y vio una figura que le recordó a una cabra.
El ser tenía un hocico corto, como el de un felino. A los costados de la cabeza tenía dos orejas que colgaban, con un interior rosado y de apariencia frágil al igual que las de un perro. Vestía un jersey verde claro con tres rayas amarillas. Sus pantalones eran marrones y no llevaba zapatillas, dejando al descubierto patas similar a las de un cánido.
"¡Aaaaaaah!" chillaron los dos niños a la vez mientras se alejaban del otro con un enorme salto. Asriel permaneció congelado, sin saber cómo actuar o si debería estar asustado ante lo que probablemente era una humana.
"Oh, eh, ¡holi!" trató de decir Asriel, preso de los nervios.
"¡Mierda!" chilló Chara sintiendo que sus huesos se partían por el movimiento brusco.
"¡Teayudo!" chilló Asriel todo lo deprisa que pudo mientras corría a por Chara. Ella, débil pero determinada, le dio una patada en el pecho que lo tiró a tierra.
Eso era un monstruo, estaba segura: era uno de los monstruos que la devorarían, por eso la ayudaba.
"¡Ay!" exclamó Asriel "¡¿Qué te pasa?! ¡No puedo dejarte aquí!"
Chara inspiró hondo y se esforzó por dejar de sollozar sin ningún éxito. Asriel se levantó y, asustado, se acercó a ella. Tomó su mano y esta vez la humana dejó que le sirviese de soporte para caminar.
"¡Buf! ¡Pesas mucho!" dijo esforzándose por mantenerse en pie "Anda, uf, hay que darnos prisa…"
Chara decidió que no era seguro gastar su energía en preguntas. Por ahora debía esforzarse en caminar, aunque tuviese que hacerlo acompañada de aquella cosa. Asriel la llevó apoyada en su cuerpo, a pasos lentos y cuidados. Anduvieron por el túnel, saliendo por una puerta, cruzando zonas igual de rocosas.
Chara no veía bien, pero le pareció ver suelas moradas y hojas otoñales esparcidas por el suelo. Subieron por unas escaleras en las que Asriel hizo descansar a Chara para calmarla. Le dijo que todo iba a estar bien, que pronto se sentiría mejor: cosas que ella no creyó en lo absoluto.
Pasaron por habitaciones extrañas, como una en la que el monstruo debió guiar a Chara por púas de metal colocadas en el suelo, que desaparecían a medida que andaba por el camino correcto. Estuvieron en una zona en la que, para pasar, debías caer al suelo, lo que solo empeoró las heridas de Chara a pesar de que Asriel hubiese parado su caída a propósito.
Fue un camino largo en el que Chara estuvo totalmente indefensa, con pausas para que pudiese calmarse y llorar. Se sentía humillada, sin poder protegerse lo más mínimo ante un desconocido, pero también confusa, pues, como siempre que había llorado en su casa en la superficie, esperaba una bofetada y un recordatorio de que no debía hacerlo.
Finalmente, Asriel susurró entre el esfuerzo y el cansancio:
"Ya casi estamos en mi casa, ¡ánimo!"
Para cocinarla, supuso Chara. Sin embargo, no le quedaba otra solución. Pasaron junto a lo que Chara sospechó debía ser un árbol negro y entraron por un hueco en la pared que debía servir de puerta. A sus pies vio un suelo de madera clara, giraron a su izquierda y entraron a una sala en la que ardía un cálido fuego.
Asriel, agotado, llevó a Chara hacia una silla de salón, desde donde ella pudo empezar a ver la sala bien.
Había una chimenea en una pared, dando calor y luz a la estancia, con una puerta a su izquierda y con una enorme estantería repleta de libros a la derecha. En la silla al frente de la humana, otro monstruo hacía garabatos en un periódico tendido en la mesa.
Era similar a Asriel, de su misma especie, solo que mucho más grande, con dos enormes cuernos de cabra sobre la cabeza y una brillante melena y barba rubia creciendo junto al pelaje blanco de la cabeza. Vestía una camisa rosa y parecía muy centrado en resolver la sopa de letras que tenía delante.
"¡Holi, hijo!" dijo sin mirar hacia arriba. Asriel estaba algo decepcionado por su reacción.
"¡Papá! ¿Eso es un humano, no?" le dijo tirándole de la camisa y señalando a Chara.
"Asriel, ya te hemos dicho que es de mala educación señ-
El padre de Asriel se giró y dejó caer su mandíbula y lápiz sobre la mesa de la sorpresa. Por las lágrimas y el dolor que reflejaba el rostro de Chara, supuso que sucedía algo grave. Se levantó al instante y gritó hacia la puerta junto a la chimenea.
"¡Cariño! ¡Ven! ¡Rápido!" gritó preso del pánico con la voz más grave que Chara había oído en su vida.
"¡No puedo! ¡Acabo de encender el horno!" contestó una dulce voz de mujer con el mismo tono de balido que usaban todos.
"¡Asriel ha encontrado una humana!" le dijo Asgore con sus ojos, negros como los de su familia, abiertos como platos "¡Parece herida!"
"¡Cielo! ¡Ese no es motivo de bromas!"
Asriel se acercó a Chara y le susurró:
"Llámala tú"
Chara tragó saliva, aspiró sus mocos y chilló:
"¡Ayuda!"
Desde la puerta apareció otro monstruo, esta vez femenino. Era un poco más pequeña que su marido, con dos cuernos diminutos saliendo de su cabeza. Vestía una larga túnica, morada con mangas blancas y un extraño símbolo que Chara no supo reconocer en el pecho.
"¡Ay!" exclamó la monstruo dirigiéndose hacia la humana. Chara echó su cabeza hacia atrás "¡Pobrecita! ¡Te debes de haber hecho tanto daño!" – Giró su cabeza hacia su marido – "Cielo, ¿tú recuerdas cómo curar humanos?"
"A ver…" susurró su esposo tratando de recordar "Creo que la magia funcionaba, pero necesitará vendas y reposo…"
"¡Asriel!" le dijo su madre muy nerviosa "¡Ve a la cocina! ¡Tráeme todos los trapos que encuentres!"
Su hijo corrió todo lo rápido que pudo hacia su objetivo y empezó a rebuscar entre los cajones. El padre decidió que aquel no era lugar de reposo para una enferma y la llevó en brazos por un pasillo a la derecha de la primera sala, hacia un dormitorio.
Había una caja de zapatos, otra de juguetes, una cama en una esquina y un armario grande. Muchos libros y dibujos estaban tirados por el suelo, ya que su propietario aún estaba aprendiendo a ordenar bien sus cosas. El padre de Asriel depositó a Chara en la cama, de sábanas rojas, y los dos monstruos adultos se arrodillaron frente a ella y extendieron sus manos llenas de garras.
"¡Fuera!" chilló Chara.
La madre estuvo sorprendida.
"No te vamos a hacer daño. ¡Queremos curarte! Así que quédate quieta y deja que ayudemos, ¿vale, niña mía?"
Chara seguía con su cabeza hacia atrás, viendo que no tenía más elección que obedecer. Cerró sus ojos y esperó lo peor, pero enseguida empezó a sentirse mucho mejor. Abrió un poco los ojos y vio que ambos monstruos emitían un fuego verde de sus manos que se dirigía hacia las heridas de Chara.
Asriel entró en el cuarto con todo el cuidado que pudo, cargando una montaña de trapos y bayetas.
"¿Esto sirve?" preguntó. Su madre se acercó y tomó solo los trapos.
"¿Puedes dejar las bayetas donde estaban?" le pidió ella, consiguiendo que su hijo asintiese y corriese a la cocina de nuevo.
El padre de Asriel se alejó un poco para que su esposa pudiese colocarle los trapos a Chara en sus heridas, sobre la cabeza, pecho y una pierna. Ambos estaban de acuerdo en que su magia debía de haber aliviado el dolor y tal vez juntado un poco algún hueso, pero no estaban seguros de si aquello había funcionado bien.
"Cielo" le preguntó ella a su esposo, los dos ya de pie "¿Hace cuánto tiempo que no hemos visto a un humano?"
Su marido se rascó la cabeza y dijo que, si no estaba del todo equivocado, habrían pasado unos mil y pico años. Antes de que Chara pudiese preguntar cuántos años tenían, los dos se habían ido para dejarla descansar. La humana estaba muy confusa, aún sin saber bien qué querían hacer con ella los monstruos. Los habría llamado para pedir comida de no haber tenido tanto miedo.
Asriel volvió de nuevo, cruzando apenas el umbral para mirar a sus lados y asegurarse de que sus padres no lo veían. Cerró la puerta detrás de él y se acercó despacio y con cuidado a Chara, quien echó hacia atrás su cuerpo tratando de no hacerse mucho daño. El niño apoyó, lentamente, sus manos en la cama, acercó su hocico hacia la niña y permaneció mirándola unos instantes.
"¿De verdad eres una humana?" le preguntó con la boca un poco abierta sin dejar de inspeccionar el rostro de su interlocutora.
"Eh, sí, claro…" dijo Chara "¿Tú eres, un… un monstruo?"
"Sí" afirmó él antes de sentarse en el borde la cama sin dejar de mirar a la niña. "¿Qué coméis?"
Chara tragó saliva y empezó a temblar, sin el valor suficiente para responderle.
"¿Qué pasa?" – Asriel apoyó su mano en su pecho muy sorprendido – "¿Quieres que traiga a mamá? ¿Te duele algo?"
"¿Vas a comerme?" murmuró Chara.
Asriel mostró una expresión de franca confusión al principio, procesó aquella idea por unos segundos y exclamó:
"¡Aj!" dijo con una risa forzada "¡No! ¡Qué asco! ¿Por qué?"
"Eres un monstruo" – Chara se encogió de hombros lentamente.
"¿Y?" cuestionó Asriel "¡No puedo comerme a alguien! ¡Sería raro! Y papá se cabrearía mucho, creo…"
"¿Tus padres tampoco?"
"¡No!" le contestó Asriel un poco molesto "¡Mamá y papá son muy buenos! ¡Ellos sí que saben de humanos!" – Sonrió con cierto orgullo – "Yo hasta ahora sólo había visto en los libros de mi cole. ¡Voy a enseñártelo! ¡Los dibujos son muy graciosos!"
Asriel abrió una mochila pequeña con ruedas junto a la caja de zapatos y extrajo un libro de texto que mostró a Chara. Las tapas eran de color verde, con un dibujo de un sol en el que se leía: "La superficie". Lo abrió desde el principio y empezó a buscar en el índice. Tardó varios minutos, pues aún estaba aprendiendo a leer.
Cuando encontró la página, abrió un fragmento en el que la niña leyó "Humanos". Asriel se lo acercó y lo sostuvo para ella, permitiéndole ver ilustraciones de armas y rostros. Casi todas las ilustraciones eran de humanos muy morenos, y sólo había un dibujo de una humana blanca, pero la piel y el pelo eran demasiado pálidos si no se suponía que tenía una enfermedad. La mayoría de ellos empuñaban lanzas y mostraban actitudes agresivas.
"¿Y tú ya sabes usar magia?" le preguntó Asriel.
"¿Magia? Yo no… no sé nada de magia. Creía que no había"
"¿Cómo?" le preguntó Asriel con los ojos muy abiertos "¡Pero tenéis que usar magia! ¡Es bueno! ¿Los humanos no sabéis? ¿De qué estáis hechos?"
"Eh, pues… carne" le dijo Chara inspeccionándolo de arriba abajo "Huesos, sangre… ¡cosas así! ¿Tú no?"
"No. Estoy hecho de magia, como todos" le respondió muy tranquilo. "Oye, ¿quieres ver si me sale? ¡Mamá me está enseñando a curar, y me sale muy bien!"
Sin darle tiempo a Chara para que diese su opinión, Asriel extendió sus manos con delicadeza. Estuvo esforzándose por unos pocos segundos hasta que de él mismo brotó una diminuta llama verde. Lentamente la dirigió hacia el pecho de Chara, quien solo sintió una ínfima cantidad de alivio.
"¿Qué tal?" le preguntó Asriel "¡El profe siempre me dice que soy el mejor de la clase!" – Asriel rió muy contento – "¡Y papá que soy mejor que él a su edad! ¿A ti qué se te da bien? ¿Cantas? ¿Dibujas? ¿Sabes bailar?"
"Ah…" – Chara trató de pensar en lo que hacía habitualmente, pero el único recuerdo feliz que tenía era escaparse y mirar a las estrellas - "Pues nada"
"¿Nada?" le preguntó Asriel un poco apenado. "Bueno, papá siempre dice que la mayoría tenemos talentos, pero también dice que si no, no pasa nada. ¡O te puedo enseñar a pintar! ¡O a bailar! A veces pongo un equipo de mú…"
Se oyó la llamada de su madre desde el pasillo, pidiendo a la familia que viniesen para la cena. Su esposo llegó y cargó a Chara hacia el salón, sentándola en una de las sillas en frente de una sopa de letras. Asriel pareció muy contento de ver aquella cena, luego comentando a cada pocos segundos qué palabras estaba sacando.
"¡Chara, mira!" le dijo a su nueva amiga "¡Saqué tu nombre!" – Asriel acercó la cuchara al rostro de la humana, desde donde pudo leer "Kara". La niña corrigió la escritura y siguió tomándose la sopa con mucho apetito y velocidad.
"¡Vaya!" exclamó la madre "¡Me alegra ver que te gusta! Asriel, niño mío, sigue su ejemplo, por favor"
"¡Vale!" le contestó su hijo sorbiendo con entusiasmo. Al cabo de unos minutos el niño monstruo enseñó su cuchara a su madre, en la que, apoyándose en una pequeña cantidad de caldo, había escrito: "Toriel"
"Muy bien" le felicitó su madre "Luego puedes practicar el nombre de tu padre en papel, ¿no?"
Asriel asintió y Toriel le dio un beso en la mejilla. Al terminar la cena los padres fregaron los platos y trajeron un saco de dormir para que su hijo tuviese un lugar cómodo mientras que Chara pudiese reposar sus heridas apropiadamente.
"Pst…" susurró Asriel en la oscuridad de su cuarto desde el suelo. "La semana que viene tenemos `mostrar y contar´ en el cole. ¿Quieres ser mi proyecto, por favor?"
