Había pasado un año maravilloso. Chara tenía todo lo básico, como comida, agua, un techo sobre su cabeza y amor. Además, tenía muchas que no eran esenciales, como juguetes y material de dibujo.
Toriel le había preguntado una vez, al poco de caer en el Subsuelo, cuándo era su cumpleaños.
"No tengo" contestó la niña.
"¿Uh?" exclamó ella, muy sorprendida. Dejó la tarta que acababa de sacar del horno sobre la encimera "¿Cómo que no tienes? ¡Todo el mundo celebra su cumpleaños!"
"Yo no […] Nadie que conocía tenía cumpleaños"
Toriel parecía muy apenada. Chara se sintió culpable, y deseó no haber respondido con tal de no molestarla.
De repente, el rostro de su madre se iluminó.
"¡Ya lo tengo!" dijo al juntar sus palmas, que no tenían manoplas, ya que aquella especie de monstruo eran inmunes al fuego "¡Podemos celebrar el día en que viniste!"
La niña no supo qué pensar.
Por el camino hacia su cuarto, tropezó con uno de los jarrones de madre. Quedó paralizada y, nada más ver a Toriel acercarse para averiguar qué había pasado, salió corriendo. Acabó por esconderse junto a la estantería.
La reina no tardó en encontrarla, y en preguntar por qué había huido.
"¿No… no me vas a pegar?" cuestionó la princesa de los monstruos. Tenía asumido que, si rompías algo en una casa, quien fuera que estaba a cargo iba a castigarte. Esa solía ser la norma de Charlotte.
"¿Qué?" exclamó la mujer, horrorizada "¡Pues claro que no! ¡Eres una niña!"
"¿Y no estás enfadada?" susurró.
"¿Lo has roto a propósito?" – Chara negó con la cabeza – "Pues ya está. Anda, ayúdame a limpiar los trozos"
Al tirar los últimos pedazos de cerámica, se acordó del séptimo cumpleaños de Asriel, en el que habían comido tarta, invitado a casi toda la clase y, en general, se habían divertido mucho. Un cumpleaños sonaba bien…
La suya fue una fiesta mucho más sencilla que la de su hermano, porque Chara lo pidió. Ella no quería a toda la clase correteando por allí, sólo quería a Lona y, por supuesto, su precioso hermano pequeño. Tuvieron una tarta de chocolate, su preferida y, además de varios juguetes, le regalaron un suéter nuevo para celebrar que, a los ojos de los monstruos, ya tenía ocho años.
Ahora sólo tenía dos rayas en sus suéteres. Según le habían dicho, cuantas menos rayas, menos niña era. De cualquier manera, el verde con amarillo era bonito.
Aparte de las posesiones materiales, la educación era maravillosa. Ahora estudiaban en un colegio nuevo, pues se habían mudado a la zona que, tras una intensa exploración, había sido convertida en capital. El maestro de la clase también se había mudado. Aprendió matemáticas, literatura, geografía, sobre almas, sobre magia… e historia.
El profesor habló sobre la guerra. Chara había oído cosas sueltas acá y allá, pero nunca la imagen completa. No había tenido el coraje necesario para preguntar sobre algo así. Sólo sabía que, hace milenios, los monstruos y humanos lucharon, estos primeros perdiendo y siendo desterrados al lugar subterráneo en el que vivían ahora.
Como se esperaba, fueron los humanos quienes empezaron. Nadia sabía por qué. Mas, según los reyes, quienes al ser los únicos inmortales habían vivido aquella hecatombe, los humanos se presentaron una tarde y, sin decir una palabra, empezaron a matar todo monstruo que veían – ya fuera niño o adulto – y a prender fuego a todo edificio inflamable. También acabaron con cada humano amigo que trató de defenderlos.
La niña rompió su bolígrafo durante la explicación.
"¡Chara!" exclamó el príncipe.
"Ah…" exclamó la humana.
Madre, los odiaba tanto. ¡Los monstruos estaban hechos de amor, de amabilidad, de paz! ¡Y esa panda de demonios asesinos habían venido porque sí a derribar su mundo, a matarlos, a destruir a los seres más buenos y hermosos del planeta!
"¿Chara, estás bien?" preguntó el niño, muy preocupado.
La chica inspiró hondo.
"Sí. Sí, estoy bien"
Asriel sabía que estaba mintiendo, mas no quiso presionarla. La verdad era que, cuando Chara temía esa mirada de cólera y odio, le daba un poco de miedo…
El maestro siguió explicando. Los monstruos, como ya se sabía, perdieron la guerra. Los humanos estaban mejor preparados, luchaban con más ahínco y, sobre todo, poseían almas mucho más poderosas.
Aquella era la mayor diferencia entre humanos y monstruos. Los monstruos tenían almas hechas de amor, blancas y sencillas, mágicas y atadas a su cuerpo también mágico. Los humanos tenían almas poderosas, como la única parte mágica de ellos, y por eso cuando morían, si es que lo hacían, el alma sobrevivía.
"Después de su victoria" continuó el profesor, de semblante apenado "Reunieron a sus siete mejores magos y crearon la Barrera, que a día de hoy nos mantiene atrapados"
Los dos príncipes habían visto la Barrera. Su nuevo hogar, que se había construido hace poco, no sólo había sido hecho en semejanza de su primera casa, sino que además estaba justo en el final de la caverna en la que estaban encerrados. Pasado el jardín de su padre, podían ver la magia de aquellos siete magos.
"Sólo hay dos maneras de pasar la Barrera" siguió "Destruyéndola con siete almas humanas o cruzándola con un alma de monstruos y un alma humana en el interior de uno"
Todos los ojos se posaron en Chara. Un alma humana. Si tuvieran el alma de un humano, alguien podría pasar ese sello mágico y, tal vez, conseguir otra seis… la llave a la libertad se sentaba frente a uno de los pupitres. Mas todos sabían que para ello debería morir.
"¡Profe!" exclamó un niño en la primera fila "¿Y no se podía absorber el alma de algún monstruo?"
"Sólo de una clase: los jefes monstruo. Como el joven príncipe"
Una exclamación de sorpresa brotó de la garganta de Asriel.
Pues Chara ya sabía que, si quería liberarlos, tenía una opción: morir. Porque nunca se permitiría hacerle nada a su hermano.
"Entonces…" susurró la niña "Cuando yo muera, ¿podréis usar mi alma para escapar?"
Un silencio cayó sobre el aula.
"¡Chara!" la regañó su hermano "¡No hables de eso, porfa!"
La princesa del Subsuelo resopló.
"Pues como no uséis mi alma para salvaros, ¡volveré de los muertos para obligaros!"
Había pretendido que la frase fuera graciosa, mas nadie se rió. Tal vez Asriel tenía razón con eso de que su sentido del humor era raro.
El maestro, incómodo, carraspeó. Dijo que en un par de minutos tocaría la campana, y que deberían recoger sus cosas.
No tardaron en hacer sus deberes en casa. El profesor sólo había mandado un ejercicio de gramática, y, como no se hacían exámenes en la primaria del Subsuelo, no tenían que estudiar. Los niños fueron a dibujar en la mesa del salón.
Se oían las chispes del fuego en la chimenea, mientras la reina leía alguna novela en su sillón.
"¡Mamá!" llamó el príncipe "¿De qué color debería pintar los pétalos de las flores?"
"Uh…" exclamó Toriel "¡Pues a mí me gusta el morado!"
"¡Vale!"
Chara miró al dibujo de su hermano. Era un prado lleno de flores, con un fondo de colores azules a excepción del rincón donde una bola amarilla era rodeada por el rosa. Asriel había intentado dibujar una puesta de sol. No por nada Chara le había hablado de ellas a menudo, cargada de nostalgia por la naturaleza.
Contento, el príncipe las pintó de morado y corrió hacia su madre para mostrarle su dibujo, quien lo felicitó antes de volver a su libro.
Asriel regresó hacia su hermana con el papel.
"¿Qué te parece?"
"Es bonito" respondió, rayando la indiferencia.
"¿Sabes lo que es?"
"¿Una puesta de sol?" murmuró ella, un tanto aburrida. Su hermano asintió.
La reina dejó su libro en la estantería y se marchó a preparar la cena.
"¿Qué estás pintando?" preguntó el niño, inclinándose para ver el papel sobre el que había estado trabajando Chara.
Parecía ser una ilustración de tres humanas. Eran iguales, con la misma ropa marrón, piel pálida y cabello rubio alborotado.
"¡¿Son humanas?!" exclamó emocionado. La verdad, estaba impaciente por oír a su hermana hablar sobre cualquier cosa de la superficie, mas ella siempre parecía molesta de hablar sobre el lugar del que había venido.
"Sí…" farfulló "¿Me pasas las tijeras?" – El príncipe mostró una mirada de preocupación – "Es para el papel, lo juro…" – Su hermano sacó unas tijeras de punta redonda de su estuche y las pasó a su hermana.
Sin una palabra más, la niña comenzó a cortar a las humanas. Primero las piernas, luego los brazos y al final las cabezas, para seguir cortando los miembros que quedaban en trozos más pequeños.
A Asriel no le gustó nada la mirada de intenso rencor que mostraba Chara.
"¿Qué haces…?" susurró.
"Castigarlas" gruñó la princesa de los monstruos.
El joven heredero ya había oído decir a su mejor amiga que odiaba a la humanidad, pero era la primera vez que ese disgusto se mostraba en una acción física.
"Chara…" murmuró "¿Por qué odias a los humanos?"
La niña sólo emitió un fuerte resoplido. Se levantó, agarrando lo que quedaba de su dibujo, lo echó todo en una papelera y, nada más cerrarla, le dio una fuerte patada. No quiso responder a esa respuesta, pues le daba vergüenza admitir lo débil que había sido frente a Charlotte. También sabía que, si hablaba del tema, comenzaría a llorar. Y ya había preocupado bastante a su verdadera familia.
Se sentó en la alfombra frente a la chimenea, que llenaba la estancia con un brillo hogareño, igual que ella y Asriel hacían cuando su madre les quería contar una historia. El fuego que encendían sus padres era mágico, por lo que no quemaba, sino que sólo estaba un poco caliente, así que la niña podría haberse metido y no haberse quemado.
"Oye" llamó su hermano, sentándose junto a ella "¿No extrañas a tu familia?" – Chara lo miró con confusión – "Digo, tu familia de verdad. Humanos…"
"Nunca fueron mi familia" espetó "Sois vosotros"
"Ah, vale…" – Apartó la mirada, agarrando una de sus largas orejas – "Perdona si te he molestado"
"No, no pasa nada" suspiró "No es culpa tuya, ya estoy así desde hace tiempo" – El príncipe elevó la mirada. Odiaba tener que ver tanta tristeza en los ojos de Chara, con esa profundidad de marrón oscuro hermoso – "Si me disculpas…"
La princesa se metió en el fuego de la chimenea.
"¡Chara!" gritó su hermano, levantándose de un salto "¡Mamá ya ha dicho que no te debes meter en la chimenea!"
"Me importa una mierda" rió la niña, burlándose un poco de Asriel.
El monstruo dejó escapar una exclamación de horror.
"¡Mamáaaaaa!" gritó hacia la cocina "¡Chara ha dicho la palabra que empieza por M! ¡Y se ha metido en la chimenea otra vez!"
La humana estalló en carcajadas. Si tenía que elegir lo más gracioso del mundo, era su hermano cuando oía palabras obscenas.
"¡Chara Dreemur!" llamó la reina, viniendo desde la cocina y usando su nombre completo. Para Asriel aquello era una regañina, mas para Chara era tan dulce oír ese apellido de monstruo… "¡Fuera de ahí!"
La princesa salió del fuego. Ahora tenía pequeñas manchas negras en la ropa y en el rostro, pues había resto de carbón allí dentro.
"¿Qué te he dicho sobre meterte en la chimenea?" la regañó.
"Que no me meta, porque se me mancha la ropa y es difícil de lavar" respondió sin un rastro de vergüenza. Comparados con los golpes de Charlotte, esa regañina se sentía como una caricia.
"¿Y qué te hemos dicho sobre las malas palabras?"
"Que son groseras, ofenden a la gente y quedan fatal en la boca de una niña como yo" repitió, casi con tono burlesco. Toriel la miró expectante "Lo siento madre, no lo volveré a hacer"
"Bien, niña mía, lo importante es que has aprendido algo" explicó con una sonrisa, colocando su enorme mano peluda sobre la cabeza de su hija "¡El estofado ya está listo! Asriel, ¿puedes ir a llamar a papá y decirle que venga?"
El niño asintió.
En pocos minutos, estaban cenando. Como siempre, Chara terminó su plato la primera y pidió repetir, para la alegría de sus padres. Se pusieron los pijamas y marcharon a sus cuartos.
El rey los arropó, ahora cada uno en sus respectivas camas, y les preguntó si querían oír un cuento antes de dormir.
"¡Sí!" exclamó su hijo "¡La humana y los lobitos!"
"Ese es demasiado cursi…" gruñó la niña "¿Por qué no… espera" – Miró a su padre con gran interés, de pie sobre la alfombra – "Padre, puedes… ¿estuviste en la guerra, no?"
Una mirada de terror cruzó el rostro del rey de los monstruos.
"Uh, sí, pero…" farfulló "¡Dudo que quieras oír las batallitas de tu viejo! ¿No preferirías oír el cuento de los gatos bajo el río? ¡Siempre ha sido tu preferido!"
La humana lo miró frustrada. Habría aceptado ese cuento, libre de humanos, cualquier otro día, pero no ese día.
"¿Sabes por qué atacaron los humanos?" preguntó la niña.
"¡Nadie lo sabe!" replicó el niño "¡Ya oíste al profe!"
Su padre inspiró hondo antes de contestar. Ahora que lo miraban en ese estado, sí que aparentaba los miles de años que tenía.
"Nosotros sí" – El príncipe quedó boquiabierto – "Oímos decir que… que nos tenían miedo"
"¿Miedo?" gruñó Chara, llena de odio "¡Si, si los humanos…!"
"Miedo a que tomáramos sus almas" explicó el rey "Desde siempre, habían historias de humanos y monstruos amigos, hasta que el humano moría y el monstruo tomaba su alma. Y siempre se ha sabido que un monstruo con un alma humana es el ser más poderoso que puede haber. A los humanos los aterraba esa idea"
"¡Pero…" exclamó la princesa "…si los monstruos no haríamos daño a nadie!" – Se incorporó en su cama. Ni Asriel ni Asgore quisieron interrumpirla para decirle que no era un monstruo – "¡¿Cómo se les pasó por la cabeza que mataríamos humanos porque sí?!"
Su padre sólo se encogió de hombros y, agotado, se dispuso a marcharse.
"Padre… ¿Llegasteis a matar humanos?"
"No" respondió con franqueza "Sólo tuvimos bajas"
Asriel se escondió bajo su manta. La verdad, ¡no sabía por qué Chara era tan siniestra! ¡Sabía que era una especia distinta, pero… vaya. Quizás era algo normal en humanos.
"Niños" llamó Asgore "Cuando mamá y yo muramos, vosotros tendréis el control. Lo sabéis, ¿verdad?" –Nunca se habían planteado eso – "Cuando eso suceda, no declaréis ninguna guerra, bajo ningún concepto. De eso nunca sale nada bueno"
Sin una palabra más, se fue a dormir.
La humana soñó con la tierra temblando, con movimientos de guerreros sangrientos, con llantos de niños indefensos y con todo lo que los monstruos amaban siendo consumido por el despiadado fuego. Estaba en una llanura, sin hogar, sin familia, sin nada ni nadie a lo que aferrarse. Oyó humanos marchando. Giró la vista y los vio detrás de ella, buscando nuevas presas. Todos llevaban lanzas y antorchas. La niña corrió por su vida, pues sabía que, si aquellas bestias la atrapaban, no iba a ver otro amanecer.
Aunque no importaba cuanto corriera. Daba igual que estuviera bañada en su propio sudor, que sintiera sus riñones a punto de estallarle, que el humo de los incendios le quemara los pulmones, que su corazón estuviera subiendo a su garganta… los humanos no estaban más lejos que cuando los había visto. Le daba demasiado miedo girarse para verlos, pero los oía. Y sentía sus pasos militares golpeando la tierra.
Cayó hacia el suelo. Jadeando, elevó la cabeza. Sobre ella estaba Toriel.
"¡Madre!" exclamó. Le habría gustado levantarse y abrazarla, mas se sentía demasiado exhausta para eso.
Sin importarle en aquel lugar, dejó correr las lágrimas por sus mejillas sonrosadas.
"Aj" espetó aquella monstrua "Una llorica"
La vergüenza inundó el alma de Chara. ¡Mira que echarse a llorar, delante de otra persona y en esa situación!
La monstrua echó a andar. La niña trató de levantarse, de seguirla, de agarrarse a su túnica y suplicarle que la llevara en brazos, que la cuidara, que la llevase lejos de aquel infierno de cielo rojo.
"¡Aquí estás!" exclamó una voz masculina a sus espaldas. Chara se giró.
Eran los humanos.
"¡Anda, ven, a casa!" le dijo uno de ellos.
La princesa de los monstruos negó con la cabeza. No, no, ¡ya no tenía casa! ¡Su casa estaba en llamas! ¡Ellos la habían quemado! ¡Esas bestias, esos malditos habían quemado su casa y estaban más que listos para matar a su familia! Ella no era humana. Al menos, no quería serlo.
Uno de esos demonios la agarró. Trató de gritar, de zafarse, de ordenarles que la soltaran, que la dejaran volver con su familia.
"¡Tu familia te espera en la ciudad!"
"¡Mi ciudad está en llamas!" sollozó la princesa, sin poder zafarse de sus captores.
Se despertó de golpe.
Estaba en su cama, con la manta tirada en el suelo de la habitación y su rostro bañado en lágrimas. Junto a ella, Asriel la miraba preocupado. La había estado zarandeando en esperanzas de despertarla.
"¿Era una pesadilla?" preguntó el príncipe.
La niña sólo asintió.
"¿Quieres que llame a mamá?" – Chara no quería que la vieran llorar – "Creo que aún queda chocolate en la nevera…"
"Llámala"
El niño sonrió mientras se iba. Si había algo que siempre funcionaba con su hermana, era un buen pedazo de chocolate.
Trajeron una tableta de chocolate con leche, el preferido de la niña, y se quedaron junto a su cama, con Asriel sentado en el borde. Toriel no solía permitir que comieran en la cama, pero tras las pesadillas frecuentes de su hija, había decidido que podría haber una excepción.
Asriel pidió un trozo de la tableta. Chara no quería compartirla, pero viendo la mirada tan tierna de su hermano y sabiendo que la generosidad era un elemento clave en las almas de los monstruos, le dio la mitad de lo que quedaba.
"¿Quieres hablar de la pesadilla?" preguntó su padre. La princesa negó con la cabeza.
Volvió a dormir y, al fin, tuvo sueños libres de los verdaderos monstruos.
A la mañana siguiente, tenían un viaje preparado. Querían ir a la Cascada, una de las zonas del Subsuelo que se habían descubierto en los últimos años, llena de, bueno, ¡cascadas! El rey no era muy bueno con los nombres.
El agua rugía por todas partes. Todo estaba lleno de un brillo azulado, puentes de madera que permitían cruzar entre los ríos, y los bellos destellos de las piedras preciosas de la caverna.
Según les explicó su padre, antaño los monstruos tenían la tradición de pedir deseos a las estrellas. Ahora que estaban desterrados bajo tierra, sin ver ni un trecho del cielo nocturno, sólo tenían las piedras preciosas de ese lugar. Por hermoso que fuera, no se podía comparar a la Vía Láctea.
"¡Aún así…" les dijo el rey "…podéis pedir un deseo!"
Asgore se quedó mirando al techo. Pensó en algo y, melancólico, suspiró. Toriel hizo lo mismo.
"Chara…" susurró el joven príncipe agarrándose a la manga de su hermana "¿Qué has pedido?"
"Que podamos romper la Barrera" respondió "Me gustaría enseñarte una puesta de sol"
"¡Oh, sí, eso estaría bien!" exclamó Asriel con una sonrisa "¡Adivina qué he pedido yo!"
"Uh…" – No tenía ni idea – "No sé. ¿Ver las estrellas de verdad?"
"¡No! ¡Sigue probando!"
Fue diciendo cosas al azar. Un tren de juguete nuevo, otro peluche, un helado de vainilla – era su favorito – ver una puesta de sol, ser un buen rey, tener flores nuevas en el jardín, un libro de cuentos nuevo…
"¡No!"
"¿Y qué es?" resopló Chara, ya molesta.
"¡Pues verte sonreír más a menudo!" dijo el príncipe como si fuera la respuesta más obvia del mundo. Chara quedó boquiabierta. "Casi nunca sonríes, y me gustaría verte más feliz, ¿sabes?"
"Oh… gracias" murmuró.
Siguieron paseando por la Cascada. Al cabo de poco tiempo, se cruzaron con un montón de flores eco. Era tan altas como los niños, color aguamarina y de pétalos muy suaves. Pero lo que más importaba era que repetían todo aquello que oían.
"¡A que no me pillas!" se burlaba una flor, imitando la voz de un niño.
Asriel emitió una pequeña carcajada y susurró algo cerca de la flor. El resto de la familia se acercó para oír lo que sea que el príncipe había grabado en aquella planta mágica.
"¡Las tartas de la reina son las mejores!"
Su madre estuvo muy halagada. Después de eso, prosiguieron su paseo. Al cabo de un rato, llegaron al frente de una tienda, donde los reyes quisieron pararse para hablar con un amigo. Sus hijos pidieron irse por su cuenta un rato, y marcharon por los ríos.
Echaron una carrera. La princesa ganó sin problemas, alcanzando una estancia de roca vacía en mucho menos tiempo.
"¡Jooo!" se quejó el niño, exhausto "¡¿Por qué tu siempre ganas?!"
"¿Suerte?"
"¡Pues tienes suerte siempre!"
La niña rió y se echó al suelo. No había mucho que hacer por allí, pero estaba cansada. Tampoco había agua, mas aún se podían oír cascadas a lo lejos, siempre rugiendo. Hacía un poco de frío, aunque siempre era así en la mayor parte del Subsuelo.
Asriel se sentó junto a ella.
"Tengo algo que darte" le dijo con una sonrisa. La niña podía ver sus diminutos colmillos sobresaliendo, y era adorable. "¡Cierra los ojos!"
Chara obedeció.
"¡Ahora extiende las manos!" siguió el príncipe. Así lo hizo su hermana.
Un objeto metálico cayó en sus palmas, con una cadena suave a su alrededor. El monstruo le dijo que abriera los ojos.
En sus manos había un bello colgante. Era de plata, con forma de corazón invertido, y tenía grabadas las palabras en color rojo: "Mejores amigos por siempre".
Asriel sostenía una similar. Ese era un corazón en posición normal, de color rojo y con las mismas palabras en un bello tono plateado.
"¿Son… almas?" susurró la princesa de los monstruos.
"¡Sí!" respondió él, quien no cabía en sí de gozo "¡Una de humana para mí, y una de monstruo para ti!" – Se colocó el colgante alrededor de su cuello – "¿Lees lo que pone?" – La niña sólo asintió. No le surgían las palabras. – "¡Es porque somos mejores amigos!"
Sin ninguna palabra más, se colocó el colgante plateado.
Asriel sabía que los humanos no eran capaces de hacer magia, pero, al ver la enorme sonrisa que mostraba Chara, tuvo que convencerse de que la alegría de su hermana era lo más mágico de todo el Subsuelo.
