Era el aniversario de la princesa. Habían pasado, con exactitud, dos años desde que había caído al Subsuelo. La niña no sabía en qué fecha había nacido, así que contaban aquella fecha como un cumpleaños habitual. Dirían que tenía nueve años, a pesar de que estaban seguros de que habría muchos meses de diferencia. Pero era mejor que no celebrar nada.

Los niños habían pedido una cosa rara para la fiesta, algo que habían visto en un libro viejo, tirado en un vertedero de la Cascada, pues ahí se acumulaba basura que llevaba la corriente desde el mundo humano. Querían una piñata. Apenas sabían lo que era, mas sonaba muy divertido.

Un artesano de la capital había creado el objeto con cartón, para luego pintarlo de diversos colores, con un gran nueve en el centro, y dándole la forma de una flor enorme. La habían colgado de una lámpara de techo que casi nunca usaban.

"¡Espera un minuto!" gritó la reina nada más oír las palabras de su marido en medio de la fiesta. Los tres niños, dos príncipes y su amiga Lona, observaban desde abajo. Los padres de la niña se sentaban en el salón, bebiendo té de flores que les había servido el rey. "¿Cómo que vendas en los ojos?"

"¡Sí!" respondió el monstruo, sosteniendo una serie de vendas rojas y azules en sus manos "¡Así es más divertido!"

"Cariño, ¿no van a usar bates? ¿No podrían hacerse daño?"

"¡No, lo haremos de uno en uno!" siguió su marido, repleto de entusiasmo. A su lado, Asriel daba saltitos de alegría. "¡Y alguien estará diciendo por dónde tienen que ir! ¡No se harán daño!"

"Aún así, es peligroso" dictaminó Toriel "¡Nada de vendas!"

El rey suspiró, aceptando que había comprado las telas para nada.

Ya que Chara era la cumpleañera, ella se llevaba el primer turno para intentar romper la piñata. Cogió el bate, un poco demasiado pequeño para ella. Pasó medio minuto golpeando la piñata a duras penas, haciendo grietas, con todos animándola, hasta que se cansó y fue el turno de Lona.

La niña saltó con gran energía y, de un solo golpe, destrozó la piñata. Cayó junto con varias barras de chocolate y un grito eufórico de la vencedora.

"¡Ay!" exclamó el príncipe "¡Yo quería darle también!"

"Ostras" gruñó Lona, sacada de su entusiasmo "No había pensado en eso. Lo siento…"

"Bueno, no pasa nada…" suspiró el niño "Habrá otras piñatas"

"Esperad" intervino Chara, agarrando la chocolatina más grande que pudo ver y alzándola "Lona, dale el bate a Asriel"

Toriel observaba desde la mesa. Le encantaba ver a sus niños divirtiéndose, pero odiaba la idea de que se hicieran daño.

La niña monstrua obedeció. Al príncipe le costaba sostener el bate, pero al final pudo con ello.

"¡Atento!" gritó la princesa antes de lanzar la chocolatina hacia el bate.

Por instinto, el niño golpeó el dulce y lo mandó volando hasta el rostro de la madre de su amiga. Dejó caer el bate en horror. El salón quedó en el peor de los silencios. ¡Estaba metido en un lío de los gordos, seguro! ¡Se iba a quedar sin postre por un mes!

La señora estalló en carcajadas. Sosteniendo la chocolatina en una mano, más bien pata, golpeaba la mesa con la otra. Pronto, el resto de los monstruos siguieron su risa, mientras la humana miraba a su hermano con una diminuta sonrisa, satisfecha con su acción. Su objetivo era que Asriel se divirtiera tanto como Lona, y lo había logrado.

La señora devoró el dulce. La fiesta prosiguió, con los niños hartándose de caramelos y tarta de chocolate, y los adultos cogiendo un poco de ello. Grabaron el momento en que Chara sopló las velas, con la vieja cámara de vídeo de la familia. También grabaron a la madre de Lona comiéndose un pedazo de tarta entero de un solo bocado, a pesar de los gritos de la familia real diciéndole que era imposible y que si lo hacía se pondría mala. Su marido sostenía la cámara mientras se reía, acompañado de la niña animando a su mamá.

"¡Ja!" gritó en triunfo la mujer, dejando el plato sobre la mesa "¡Os lo dije, os dije… ostia"

"¡Mamá!" rió su hija.

"¡Creo que me he tragado una vela!" exclamó la señora, acompañada de una fuerte carcajada.

Al final, todos acabaron riendo. Excepto Chara, que sólo estuvo a punto de sonreír, con una de sus manos apoyada en el colgante plateado.

Los niños fueron a su dormitorio. Tenían una serie de suéteres nuevos que colocar en el armario, junto a varios juguetes que probar. Además, el príncipe pidió llevarse la cámara, para grabar cintas sólo con sus amigos mientras los adultos se entretenían haciendo crucigramas y hablando de… de lo que sea de lo que hablaran cuando él no estaba delante.

Estuvieron manejando unos coches de carrera durante un rato, hasta que una idea se encendió en el alma del niño.

"¡Lona!" exclamó "¡Tú no has visto su cara siniestra!"

"¿Cara siniestra?" cuestionó la monstrua, deteniendo el cochecito en su camino por la alfombra.

"¡Sí, Chara puede poner una mirada que da mucho mal rollo!" explicó el príncipe.

La aludida apartó la mirada. No era para tanto, era sólo que su hermano se espantaba por cualquier cosa…

"¿Puedo verla?" pidió la invitada.

"No" replicó la humana. Ni siquiera le gustaba que Asriel viera esa expresión suya.

"¡Porfa!" suplicó el niño "¡Porfiii!"

"Aj… vale"

Se dispuso a hacer esa expresión, pero su hermano dijo que quería grabarla. La niña suspiró. Puf, la de cosas que hacía por su hermano… Si él no le hubiera salvado la vida dos años atrás, se habría negado.

Asriel le dio al botón de grabado. Lona esperaba desde detrás, pensando que no sería para tanto.

"Vale, Chara, ¿estás lista?" – La niña asintió – "¡Haz tu cara siniestra!"

La princesa se concentró en una única cosa: la humanidad. Cómo Charlotte le pegaba cada día, sin darle apenas alimento, la pobreza que ahogaba ese barrio de la Superficie, la guerra, las matanzas, el odio hacia una especie que estaba hecha de paz, de piedad, confianza y amor. La expresión de asco y cólera vinieron solas.

Lona echó la cabeza hacia atrás. Asriel emitió un pequeño grito, bastante fingido. Luego rió por lo bajo. En otras circunstancias, Chara hubiera estado feliz de verlo reír, mas por el amor de su verdadera madre, ¡los odiaba con cada trozo de su alma! ¡Si de ella dependiese, haría pedazos a cada humano, destruyendo sus almas, sus casas y todo lo que ellos eran! ¡Esa escoria no merecía vivir ni en el Subsuelo, ni sobre la Tierra ni en ningún rincón de ese asqueroso mundo!

"¡Oh, espera!" exclamó Asriel. Sus palabras la devolvieron a la realidad de los monstruos, esa que era dulce y amorosa "¡Tenía la tapa puesta!"

La humana negó con la cabeza.

"¡¿Qué?!" siguió el príncipe "¿No vas a hacerlo de nuevo…?"

La niña soltó una pequeña carcajada, inaudible, y volvió a pensar en los humanos de su ciudad. La expresión del odio retornó a su faz.

"¡Venga, deja de engañarme!" rió el monstruo. Asumió que no conseguiría grabar aquello y terminó el vídeo.

Siguieron jugando por unos pocos minutos, aunque Chara se dio cuenta de que Lona estaba muy callada. Demasiado callada para estar en un cumpleaños.

La niña observó el muñeco que la princesa sostenía. Era un monstruo de peluche, pequeño y con cuernos. Ahora que se paraba a pensarlo, nunca, en los dos años que había estado viniendo a jugar a esa casa, había visto a Chara tocar uno de los muñecos que retrataban a humanos. Y siempre que uno de ellos asomaba de la caja de juguetes, la princesa le dirigía una mirada de desprecio.

Hacía tiempo que esa humana le daba un poco de mal rollo, pero, hasta ese entonces, había sido algo ligero. Lona prefería que Asriel se sentara en el centro de los pupitres en clase, para estar en un extremo y no tener que estar junto a Chara. Prefería el cumpleaños del príncipe, porque había más gente y ella no tenía que estar pegada a la humana. Pero ahora estaba segura: había algo aterrador dentro de la niña caída.

Casi nunca sonreía. Lucía una mirada heladora, siniestra, letal, amarga. Siempre comía a montones, manchándose como una bestia. Era raro que jugara con alguien que no fuera su hermano, y sólo si él también participaba en el juego. Cuando dibujaba monstruos, los coloreaba de manera cuidadosa y bonita, llena de mimo; mas a la hora de retratar humanos, los desfiguraba con un lápiz rojo, los colocaba en entornos de sufrimiento o los recortaba en mil pedazos, mostrando esa mirada aterradora que podía quebrar almas.

Por Chara fluía el odio, igual que ese líquido llamado sangre fluía por sus venas.

Aún así, Lona no quiso ser mala con la niña, pues sabía que ésta era la mejor amiga de Asriel… eso sí, antes era ella la mejor amiga del príncipe. De no haber caído esa cosa al Subsuelo, ¡seguirían siendo mejores amigos, sin ninguna humana roñosa metiéndose de por medio! El niño hasta le había regalado un amuleto. Por si eso fuera poco, él se había conseguido un colgante que combinaba con el de su nueva mejor amiga. Incluso ponía "mejores amigos por siempre", anunciando a todo el mundo que el príncipe había tirado a Lona y su amistad a la basura siempre que llevaban puestos sus estúpidos collares.

Asriel y Chara se dieron cuento de que su amiga parecía molesta cuando se fue a su casa, pero no sabían bien por qué.

"¿Le pasará algo?" cuestionó el niño en voz alta en mitad del salón, recogiendo los restos de la piñata entre todos.

"Ni idea" respondió la princesa "Tú eres quien la conoce desde bebés, no yo"

"¿Ha pasado algo?" quiso saber Asgore.

"No lo sé" respondió Asriel "¡Estábamos divirtiéndonos, y Lona se ha quedado molesta de repente!"

Ninguno supo qué decir al respecto.

Meses después, Lona dejó de venir a clase. No estuvo en el aula en las primeras horas, ni en el recreo, ni en las segundas clases, ¡ni en el comedor, ni en las últimas clases! Era como si se hubiera desvanecido. El príncipe preguntó a sus compañeros de aula si sabían algo, pero nadie la había visto en todo el día. Un grupo de chicos solían quedar con ella para jugar a fútbol, pero ellos estaban igual de preocupados, alegando que no le habían visto el pelo en toda la semana, ¡ni siquiera en sus partidos de fútbol! ¡Y Lona no se perdería un partido de fútbol por nada del mundo!

"¡Ojalá que venga pronto!" se quejó un amigo suyo, moviendo sus aletas "¡Sin ella, los del barrio de al lado nos van a machacar en unos días!"

El maestro tampoco tenía ninguna noticia, ni de ella ni de sus padres.

Chara no estaba tan preocupada como su hermano, mas no podía evitar sentirse triste al ver cómo su mejor amigo suspiraba en su pupitre, deseando que Lona estuviera allí para contrarrestar la tristeza que Chara emitía casi todo el tiempo.

Cuando regresaron a casa, sus padres hablaban muy preocupados en el recibidor, madre sosteniendo una carta abierta en sus manos peludas.

"¡Oh!" exclamó la reina, angustiada"Saludos, niños míos… "

"Saludos" susurró la humana.

"Mamá, ¿pasa algo con Lona?" preguntó su hijo, muerto de preocupación.

Los padres no supieron que decir. Acababan de recibir la noticia, y estaban discutiendo si debían decírselo a sus niños cuando regresaran de clase.

"Tori, no se lo podemos ocultar" dictaminó el rey, también devastado "Asriel, Chara… ¿os acordáis de la madre de Lona?"

"¡Claro!" respondió el príncipe "¡Es la segunda adulta más guay que conozco! Porque, ya sabes, la primera eres tú, mamá…"

Chara no entendía cómo es que su hermano podía estar tan ignorante. Era obvio que había pasado algo grave, muy, muy grave.

"Padre: ¿quién se ha muerto?" – Asriel quedó boquiabierto. Nunca había muerto nadie que él hubiera conocido, ¡por lo que esa suposición de su hermana era absurda! ¡Como mucho, la madre de Lona estaría enferma o se habrían tenido que mudar!

"La madre de Lona" murmuró Toriel con la vista baja. Su marido tampoco apartó la mirada de la madera sobre la que se apoyaban.

"¿Qué…?" gimió el niño.

"Su madre ha muerto" explicó el rey "Lo lamento, hijo, pero estas cosas pasan"

Dos lágrimas brotaron junto a los ojos del príncipe. A medida que la noticia fue clavándose en su alma, el dolor se fue haciendo más intenso, hasta que un gran sollozo escapó de su garganta. Sus padres, ambos también con diminutas lágrimas en sus ojos, corrieron a abrazarlo, sabiendo que, aunque aquella señora no hubiera sido familia biológica, había sido familia desde el momento en que la invitaron a tomar el té por primera vez.

La humana apoyó su mano en la espalda de su padre, pues no lograría llegar a su hermano. Estaba demasiado apretado entre Toriel y Asgore. Además, no quería perturbar aquel momento. Se sentía distinta a la escena que estaba ocurriendo. Lamentaba la muerte de aquella mujer, pero era, sobre todo, porque causaba dolor a su auténtica familia, los Dreemur.

Asriel se liberó del abrazo de sus padres. Aún sollozando, cubierto de mucosidad y lágrimas, corrió a abrazar a su mejor amiga. A ella no le gustaban los abrazos, pero si eran del príncipe, los aceptaría, y más si él los necesitaba con tanta desesperación.

Una pregunta nació en su mente. "¿Por qué no estoy llorando?" pensó para sí misma. No había llorado en mucho tiempo, no desde que terminó de sollozar al caer al Subsuelo. Lo había atribuido a la felicidad de su nuevo hogar, pero había otro factor: esa monstrua no le importaba tanto. De hecho, si Lona hubiera muerto… tampoco le habría dolido hasta el punto de llorar.

El pensamiento la aterró. No, no, ¡le importaría! ¡Claro que lloraría si veía morir a esa niña! O no. La verdad es que nunca se había preocupado mucho por ella. Tras su ausencia en esos últimos días, no se había molestado en preguntar por ella. "¿Acaso…" pensó la niña, acariciando la espalda de su hermano y dejando que sus mocos le mancharan el suéter "…tanto me ha roto la humanidad que ya no me importa nadie?"

Elevó la mirada y, amable, Toriel apoyó su mano sobre su cabeza.

"Madre" susurró la princesa de los monstruos, con Asriel cesando el llanto en su abrazo "Te quiero"

Había visto a Asriel decir esa frase muchas veces, mas nunca antes se había atrevido a decirla. Aquel parecía un buen momento. La reina se agachó y envolvió a sus niños con sus brazos, seguida por su esposo.

No. ¡La humanidad no había ganado! ¡Ella seguía siendo capaz de odiarlos, de destrozarlos, y, lo más importante, aún podía amar a aquellos que llamaba familia, de darles cobijo y afecto como se merecían! Aquellos demonios no le iban a quitar eso.

Cuando el rey vio que su hijo había cesado de llorar, preguntó a sus niños si querrían ir al funeral con Lona. Ambos aceptaron.

La princesa ya había oído hablar de qué les pasaba a los monstruos al morir, pero nunca lo había visto. En el funeral de un monstruo no había cadáver. Sólo quedaba una pequeña montaña de polvo, que luego esparcían sobre el objeto preferido del difunto. En el caso de la mujer lobuna, era su anillo de bodas.

Su marido estuvo llorando durante toda la ceremonia. Daba igual lo que dijera Lona, o cuánto lo abrazara, el hombre no dejaba de sollozar, aunque sólo fuera en silencio; era como si no viera a su hija. Al final, decidieron que sería mejor si los niños se iban.

Salieron, mas no hubo nada que decir, pues Lona permanecía en silencio. Asriel le habría dicho que aquel vestido blanco – el color del luto para los monstruos - le sentaba muy bien, mas estaba seguro de que aquel momento era horrible para un cumplido. A él le quedaba bastante mal, pues el tono se mezclaba con su pelaje.

Cada familia se marchó a su casa, la de Lona, la de sus majestades, y un par más que también habían conocido a la finada.

El próximo sábado, Lona vino a pasar la mañana. Creían que quizás una visita podrían animarla.

El príncipe sintió que, además de la madre de su amiga, también había muerto la niña con la que solía jugar en el patio de la escuela. No quiso jugar a fútbol. No quiso jugar con los muñecos, ni con los coches de carreras. Tampoco quería leer alguno de los cuentos que tenían, ni comer chocolate, ni echar una carrera por el jardín, ni oír un chiste.

"Asriel" susurró Lona, perdida en sus pensamientos y mostrando unas enormes ojeras "Desde tu jardín se llega a La Barrera, ¿no?" – Los príncipes asintieron – "¿Puedo verla?"

No había ninguna razón por la que no pudiese verla. Madre y padre siempre les habían dicho que no había problema en acercarse, que aunque tocaran el sello mágico, éste no les haría daño.

Cruzaron el jardín, repleto de las diversas flores que el rey cuidaba casi con tanto mimo como a sus niños, luciendo los dos tronos de sus majestades, y todo aquello bañado en trozos de luz solar que se colocaban por grietas diminutas del exterior, también selladas por la magia humana.

Pasaron a una estancia gris. No había nada, sólo paredes y un pasillo. No se oía nada más que los zapatos de la princesa contra el suelo.

Alcanzaron La Barrera.

Era blanca, con tonos grisáceos. Parecía moverse, ondulando sobre sí misma, y produciendo un sonido absorbente, constante, que al cabo de unos segundos se te clavaba en el alma.

La niña lobuna colocó su mano sobre la superficie. Su amigo creyó que, si había suerte, aquel sería un buen momento para animarla.

"¡Se puede sentir la magia así!" explicó. Por desgracia, Lona no hizo más que asentir.

Permanecieron en silencio por un minuto, con los príncipes esperando que la niña saliera de ese duelo en el que estaba encerrada, de que hablara, de que volviera a ser la niña feliz que amaba jugar al fútbol.

"Así que es esto lo que nos mantiene atrapados" gruñó Lona "Es por esto…" – Conteniendo su ira, clavó una mirada mortífera en la humana – "¿Sabéis por qué murió mi madre?"

El príncipe suspiró. Supuso que no tenía sentido evitar ese tema. Su amiga tendría que hablar de ello, tarde o temprano.

"Le faltaba luz, luz del sol" explicó, reteniendo las ganas de llorar "Y aire fresco" – No supieron qué decir – "De no ser por esta cosa, no habría muerto. De no, de no ser por…" – Bajó la vista y una diminuta lágrimas recorrió su hocico – "¡Si no fuera por esos humanos, mamá seguiría viva!"

El niño se acercó, pensando que un abrazo la consolaría, mas su amiga apoyó sus manos sobre su cabeza y siguió chillando:

"¡Los odio tanto! ¡Si pudiera, me lanzaría a matarlos yo misma!"

Una exclamación de horror escapó la garganta del príncipe. La niña no se dio cuenta de lo que había dicho hasta que miró detrás de su amigo de la infancia y contempló aquellos ojos marrones y repletos de melancolía.

"Oh…" susurró "Chara, no, no, es que, tú no…"

"No, yo también" respondió la niña "También odio a la humanidad"

Lona se echó hacia atrás, aún con lágrimas bajo sus ojos.

"¿Cómo?" cuestionó "Pero no… Si tú eres humana…"

"Sin excepciones" dictaminó la princesa de los monstruos. Asriel fijó la mirada en los brazos de Chara, recordando cierto suceso.

Ella siempre era fría. Había causado dolor, lo sabía, por algo su hermana mayor la trataba así, aunque sus recuerdos fueran borrosos. Y era humana, de esa especie que había atormentado a los monstruos por milenios…

Mientras regresaban, la niña lobuna siguió disculpándose, olvidándose por ese día de su pérdida.

"¡Es que, es que… se me olvidó que no eras un monstruo!"

Chara se detuvo. Su hermano, confuso, la imitó. "Ay…" pensó Lona "…está enfadada"

Mas la humana le sonreía.

"Gracias" le dijo.

Asriel anduvo por el pasillo de su casa. Había salido al jardín a ayudar a papá con una planta nueva, y ahora que se había lavado la tierra, tenía muchas ganas de volver a su cuarto para jugar.

Una vez abrió la puerta, quedó horrorizado.

La alfombra había quedado cubierta de aquel asqueroso líquido rojo, que brotaba del brazo de su hermana. En la mano libre, la princesa sostenía unas tijeras, que se habían quedado a medio camino al oír abrirse la puerta.

"Voy…" murmuró el niño "…voy a por el botiquín" – Habían conseguido uno el año pasado, tras ver que la magia no era lo mejor para curar a una humana. Solían usarlo si Chara se cortaba con el papel o pelando zanahorias con su madre.

Una vez regresó, comenzó a aplicar agua oxigenada a la niña, tal como lo había leído en ese viejo libro de medicina humano.

"¿Vas a chivarte?" gruñó Chara, un tanto avergonzada por lo que hacía.

"Uh…" - Tal vez debería decírselo a mamá. ¡No era sano que su hermana se hiciera daño, así porque sí! Pero estaba seguro de que Chara se enfadaría o se pondría triste si se sabía eso. Además, a él le daba miedo la posible reacción de sus padres – "No…"

"Gracias…" susurró, clavando la vista en los ojos de su hermano para no mirar la sangre.

"Pero… pero me tienes que prometer que no lo harás otra vez" exigió el príncipe. Su amiga parecía molesta "¡Si, si no paras… a… a la próxima se lo digo a mamá!"

La humana suspiró.

"Vale…"

"¿Prometes?" preguntó, agarrando la mano de su hermana.

"Lo prometo"

Bueno, si Asriel lo decía, tal vez castigarse de esa forma ya no era necesario. Ella sería una humana, pero cada vez era más monstruo. Lona se había olvidado de su condición la semana pasada. Sí, tal vez eso de torturarse ya tenía que terminar. De todas formas, ver a Asriel tan preocupado nunca era bueno.

Y ya se había demostrado que si tenía que dar su alma a los monstruos antes de tiempo, sería capaz.

Madre e hijo practicaban magia en el jardín. Como de costumbre, era magia de fuego. Toriel elevaba las palmas, hacía surgir llamas sin ningún problema, y Asriel trataba de imitarla. Había mejorado con el paso de los años. Podía hacer surgir pequeñas bolas de fuego, e incluso dirigirlas hacia un objetivo. Habían colgado una diana en la pared para esa ocasión.

Chara observaba, sentada en el trono de la reina. Le gustaba ese asiento, pues el cojín morado era muy suave y cómodo. También le hacía sentirse alta.

Le habría encantado practicar magia junto a su familia, mas ya tenía claro que para ella eso era imposible. Lo único mágico de un humano era su alma. Algunas veces los hombres eran capaces de canalizar esa magia y dirigirla al exterior, pero la niña no podía. Su padre le había hablado de brujos de la Superficie, antes de que los monstruos fueran desterrados a esa gigantesca caverna, que se criaban desde pequeños en entornos cargados de magia, entrenando cada día para modificar las leyes del universo con el poder de su alma.

Sin embargo, ella nunca había visto nada mágico en su ciudad natal. Así que asumió que la magia fue desterrada junto a los monstruos.

"¡Holi!" saludó el rey, esa tarde vistiendo una elegante capa morada y una corona que parecía diminuta sobre su enorme cabeza "¡Queda poco para el discurso!"

El niño detuvo su bola de fuego. Los príncipes y la reina marcharon a sus habitaciones para vestirse con las ropas reales, como siempre hacían cuando había que presentarse ante sus súbditos en un acto formal.

El atuendo de Chara era idéntico al de su hermano. Unos pantalones morados, una camisa del mismo color y adornada con el emblema de los monstruos – que Toriel solía lucir en su vestido – y una capa elegante. Una vez salieron, Asriel no pudo evitar lanzarse a Asgore para preguntar:

"¡Papá! ¿Cuándo decías que tendremos nuestras coronas?"

"Cuando cumpláis trece años" respondió igual que hacía siempre "¡Y cuando los dos los hayáis cumplido! Os coronaremos a la vez"

La humana recordaba aquella vez que vio las coronas de príncipes, esas que ambos lucirían una vez alcanzaran la adolescencia. Al igual que sus trajes formales, eran idénticas, hechas del mismo oro y adornadas con los mismos rubíes. La verdad, no entendía por qué Asriel estaba tan impaciente por probarse las coronas. ¡Sólo eran adornos!

Subieron al ascensor de una zona, llegando hasta la mayor altura, y cruzaron por un pasillo humilde. Delante de ellos estaba el balcón en el que siempre se colocaban para hablar a todos los monstruos que acudían. También había un par de cámaras por la zona, de forma que aquellos que no podían estar allí oyeran lo que fuera que sus majestades tenían que decir.

La primera en hablar fue Toriel. A veces hablaba primero el rey, a veces la reina. Solían echarlo a cara o cruz con una moneda humana que habían encontrado en el vertedero.

Nada más cogió el micrófono, los monstruos estuvieron en silencio.

Su discurso era más bien un informe. Contó sobre una nueva escuela, sobre medidas para cultivar comida, sobre impuestos… cosas de política que sus hijos no entendían bien.

Llegó el turno de su marido. Se acercó a él, micrófono en mano.

"¡Pueblo de los monstruos!" comenzó, tratando de sonar lo más solemne de lo que era capaz. Aún así, todos sabían que era demasiado dulce para esa acritud.

Asgore empezó su discurso. Lo había estado preparando por horas frente a un espejo.

Su padre habló entusiasmado, sobre los humanos, sobre su reino y sobre la paz. Todos estaban convencidos de que no habría más guerras. De que podrían hablar con los hombres, de que había lugar para la convivencia, de que no había necesidad de que las dos especies se asesinaran entre ellas.

Mas la niña no creía en ello. No había lugar para ninguna clase de paz en su alma, porque los humanos no la merecían. Padre les había dicho que no hicieran guerras, que no debían perderse vidas, pero aquello era absurdo. Los hombres eran demasiado belicosos. Estaba segura de que, nada más oír la palabra "paz", se burlarían de ellos. Entonces, ella misma estaría dispuesta a destruir a cada uno de esos demonios. No le iban a quitar su familia feliz.

"¡Porque…" continuó "…si esta amistad puede existir en nuestros tiempos…" - Señaló a sus niños repleto de esperanza – "…hay esperanza para las dos especies!"

Asriel cogió la mano de su hermana. La niña no lo esperaba, pues nunca hacía eso en eventos importantes y tan públicos, así que sólo se dejó llevar cuando el príncipe elevó sus manos unidas para todo el Subsuelo.

La multitud los animó.

"¡Nuestra esperanza!" gritaba alguien.

"¡Vivan los príncipes!"

"¡Sí a la paz!" se oía rugir.

Eso fue todo.

Chara no supo bien qué pensar, después de ver la alegría que radiaba la gente. Ella hubiera preferido que exterminaran a la humanidad, pero todos parecían demasiado felices con la idea de la armonía, de una paz entre monstruos y humanos.

Concluyó que los monstruos habían pasado demasiado tiempo a solas. Si vieran más de la humanidad, si conocieran más a su princesa, no querrían convivir con esa clase de criaturas.