La tarta para su padre había salido muy mal. La habían hecho tranquilos, pensando que le gustaría. Sí, el sabor estaba bien, pero se habían confundido con la receta y, sin saberlo, había mezclado la masa con flores venenosas.

"¡¿Pero en qué estabais pensando?!" regañaba Toriel, esa mañana cubierta de ojeras "¡Cocinar sin que yo os vea, por el amor de…"

"¡Creíamos que eso era parte de la receta!" se disculpó su hijo "¡Es que había un borrón de tinta, y vimos esa flor en la página y…" – El llanto impidió que pudieran entenderle. La culpa lo estaba carcomiendo igual que una termita podía destrozar un juguete de madera.

"Es que los ranúnculos" siguió la princesa, con la vista fijada en el suelo "son las flores de papá, y como vimos la flor ahí, no… no sé. No sabíamos que eran venenosas"

También quería llorar, igual que su hermano. Quería gritar, sollozar y cortarse con sus tijeras como antes, porque se lo merecía. Pero sabía que le haría daño a Asriel, y ya le había prometido que no lo haría de nuevo.

Ambos niños se abrazaron a su madre. Toriel entendió que había sido un error, por lo que les dijo que no se acercaran a la habitación de papá, porque era una escena muy fea con el vómito que había generado por las flores y no debían molestarlo mientras se curaba.

Asriel secó sus lágrimas en la manga de su jersey. Era nuevo, regalado por su décimo cumpleaños, y ahora con una sola raya, igual que el de su hermana.

El resto del día, se quedaron sentados en su cuarto. No sabían qué decir.

"Lo siento, Asriel" susurró la niña caída "Es culpa mía, fue mi idea, yo…" – Su voz se estaba rompiendo. Sintió las lágrimas surgir bajo sus ojos, y trató de retenerlas.

"No pasa nada" la consoló su hermano, apoyando una mano sobre el hombro de la humana, mientras ella se movía un poco por los sollozos "Papá se va a poner bueno, ya ve…"

Espera, no. Chara tenía lágrimas en los ojos, sí, pero no estaba llorando. Reía.

El príncipe apartó la mano. Su mejor amiga se cubrió el rostro, cada día más pálido por la ausencia de luz solar, y siguió liberando carcajadas demenciales.

"¡Joder!" gruñó, riendo y llorando "¡Mira que soy gilipollas!" – Asriel le habría corregido por el lenguaje, mas no estaba seguro de querer provocar una reacción peligrosa – "¡Si es que soy humana, tenía que tocarme ser un demonio! ¡Todo… todo…" – Apartó sus manos de su faz, más calmada – "Todo lo que hago es dañar a la gente" concluyó con un hilo de voz.

El príncipe estuvo callado. No supo qué decir, con su hermana perdiendo el control sobre sus propias emociones.

"A mí me haces feliz" murmuró, asustado. Si su mejor amiga decía eso de sí misma, tal vez podría hacer algo contra sí misma.

La humana siguió riendo. ¡Era absurdo, no tenía sentido! ¡Ella sólo valía para traer muerte! ¡Desde que había sido encontrada, tirada en la basura, en el lugar donde de verdad pertenecía! ¡Nadie debería estar expuesto a ese bicho que era, ese demonio que envenenaba las flores por las que pasaba!

"¿Cómo?" cuestionó Chara, forzando una sonrisa "¿Feliz?" siguió entre carcajadas "¡Padre podría morir por mi culpa, no os hago felices!"

"¿Uh?" gimió el niño. No, no, no iba a morir. ¡Eso era sólo Chara siendo una amargada, sólo eso!

"Sólo soy una carga" gruñó, calmando sus risotadas "No entiendo por qué os preocupáis tanto por mí, si no os merezco, si sólo os ha…"

"¡Cierra la boca, idiota!" le gritó Asriel al agarrarla del jersey "¡Eres mi mejor amiga, y te queremos!"- La niña quedó en silencio – "Y… y papá va a estar bien. Todo va a estar bien. Vas, ¡vas a estar bien!"

La princesa de los monstruos notó nuevas lágrimas fluyendo en su interior. Agarró a su hermano y lo abrazó con toda su alma, deseando que nunca tuviera que soltarlo. Era la primera vez que ella era quien abrazaba primero.

"Asriel, ¿de verdad crees eso?" sollozó.

"Sí" respondió, lleno de determinación "Vamos a estar bien. Dentro de un par de años, vamos a tener coronas y, y después seremos reyes y… y seremos muy felices"

"Crees… ¿Crees que algún día saldremos a la Superficie?"

"Uh…" – Nunca se lo había planteado. Había oído hablar mucho de ese lugar maravilloso, una especie de tierra prometida para los monstruos, pero nunca había considerado en serio si, algún día, andaría bajo los rayos del sol, sobre la hierba, o sería bañado por lluvia auténtica – "Sí, creo que sí. […] Estoy seguro. Si estamos juntos, ¡podemos hacer de todo!"

Una risa ligera surgió de la garganta de la niña. Se separó un poco de su hermano, aunque sin soltarlo, con una sonrisa en su rostro.

"¿Puedo pedirte un favor?" preguntó la humana.

"¿Sí?"

"No cambies nunca, por lo que más quieras…" suplicó.

El príncipe era el ser más bueno e inocente que había conocido en su vida. Daba más calidez que el sol, brillaba con más belleza que las estrellas, era más suave que los pétalos de las flores y tenía una esperanza tan gigantesca y radiante que ni el propio dios de los sueños habría sido capaz de imitar.

"¿Cómo?" cuestionó Asriel.

"Que no cambies, por favor. Que sigas siendo el llorica más optimista de la Tierra"

"¡Chara!" le reprochó, un poco molesto "¡Tú también has llorado!" se burló.

"No podrás probarlo" presumió la niña.

Su hermano sonrió. Hacía tiempo que no veía a su mejor amiga alegre, y era hermoso.

Al final, todo había salido bien. Asgore estaba curado. Al mes, ya no tenía problemas en levantarse para contar cuentos a sus hijos. Y, tras esos ocho meses, seguía llevándolos a clase sin problema alguno.

Esa mañana tocaba historia de los monstruos. La verdad, una vez pasada la guerra era una historia muy aburrida. Que si métodos de nuevas granjas, que si descubrimientos de zonas de la caverna, que si pintores, que si escritores, que si gente que aún quedaba viva tras el conflicto, que si construcción de la biblioteca…

"¡Profe!" preguntó Lona, elevando la pata muy levemente. Sus antiguos compañeros del equipo de fútbol suspiraron. Todos estaban de acuerdo que, tras la muerte de su madre, ya no jugaba nada bien. Había terminado por dejar el equipo hacía unos dos años, ahora practicando a solas. "Oí a la señora de la biblioteca hablar de una profecía"

"Ahhhhh…" exclamó el maestro, que no había cambiado en todos esos años. Era habitual que un profesor se quedara con una clase hasta que se marcharan al instituto. Con el paso del tiempo, su voz se había vuelto un poco más áspera. "Sí, la profecía del Ángel"

Todos los niños elevaron las cabezas, a excepción de Chara. Sabía que una profecía sólo era un mito. Seguro que era una leyenda corriente, al igual que los cuentos de madre y padre…

"Se dice que un día bajará un Ángel" explicó el maestro "Alguien que ha visto la Superficie, y que cuando venga, el Subsuelo se vaciará"

La niña lobuna clavó su mirada en la princesa, y pudo ver que el asombro brillaba en sus ojos de cobre.

"¡A ver!" continuó "¡Todo esto lo pone en las placas de la Cascada! ¡Pero claro, los niños de hoy en día sólo vais a hurgar en la basura que cae!"

"Profe" suspiró Asriel "¡Cada día suenas más viejo!"

"¡Y vosotros cada día sonáis más impertinentes!" rió "¡Claro, algunos ya tenéis doce años! Esperad […] ¿Cuántos tenéis doce años ya?"

Cinco niños, entre ellos Chara, elevaron sus manos. A excepción de una chica de una especie que carecía de ellas, y que sólo elevó mucho la cabeza.

Casi se le había olvidado que estaba cerca de cumplir los trece. Una vez que ella y su hermano alcanzaran esa edad, serían coronados frente a todo el Subsuelo. Toriel y Asgore los reconocerían como sus auténticos herederos. Y con ese poder… quizás liberaría a su familia. Liberaría a los monstruos.

Ella podría ser el Ángel, trayendo esperanza a aquellos seres que la habían acogido por pura compasión.

No supo si hablarle de ello a Asriel de camino a casa. Ya había pensado en formas de liberar a los monstruos, mas si de verdad había una profecía, era la señal que necesitaba para ponerse en marcha. Se lo diría a su mejor amigo cuando tuviera un plan. Sólo entonces, el Subsuelo se vaciaría.

Los tres niños jugaban con la cámara. Grababan chistes, tonterías, o movimientos chulos que hacía Lona con su balón. El padre de la niña incluso trajo magdalenas, que sus hijos devoraron con entusiasmo. Le preguntaron si no querría uno él también, mas él sólo respondió, con la mirada perdida, que no solía tener mucho apetito esos últimos días.

Asriel se giró hacia su hermana cuando terminaron los dulces. Tenía la cámara en mano, además de una mirada determinada:

"¡Holi, Chara!" exclamó al poco de darle al botón de grabar "¡Sonríe para la cámara!"

La princesa sonrió, por una vez con más ganas de lo habitual. Había sido un buen día.

"¡Ja, esta vez te he pillado! ¡He dejado la tapa puesta a propósito! ¡Ahora estás sonriendo por ninguna razón!" – Lona suspiró en una esquina. La verdad, no entendía por qué cuernos su amigo estaba tan obsesionado con hacer que Chara sonriera – "¡Ji ji ji!"

"Asriel…" murmuró la humana "¿Te acuerdas de cuando intentamos cocinar para padre?"

"¿Qué?" susurró el niño. Lona sólo escuchaba a medias, pues se había estado planteando si no debería tratar de volver a su viejo equipo de fútbol. "Oh, sí me acuerdo. Cuando intentamos hacer tarta de canela para papá, ¿verdad? La parte de la mantequilla estaba tachada, y como había una flor pegada allí, creíamos que era lo que ponía…"

"Los ranúnculos" susurró la princesa de los monstruos "¿me equivoco?"

"¡Sí! Esas flores lo pusieron muy enfermo. Me sentí tan mal… Mamá se molestó mucho. […] Debería habérmelo tomado con más calma y reírme, como tú…"

En realidad, la niña estaba segura de que su actitud aquel día había sido de todo menos calmada.

Lona elevó la cabeza. No, debía haber oído mal, la humana no se habría reído por eso… no podía ser. Chara era siniestra. Algo solitaria, a veces amargada, pero no llegaba hasta el punto de disfrutar con el sufrimiento ajeno.

"Uh, de cualquier manera" siguió el príncipe "¿A dónde quieres llegar con esto?"

"Apaga la cámara" ordenó la niña.

"¿Uh? ¿Apagar la cámara? Vale…" – El monstruo obedeció.

Quedaron en silencio unos segundos. La niña había estado planeando eso por meses, dándole vueltas, y no sabía cómo sacar su plan a la luz.

"Deberíamos volver a casa" siguió Chara.

"¿Qué?" cuestionó Lona, quien ya estaba un tanto alerta. No le gustaba nada la expresión seria y determinada de la princesa "¿Por qué?"

"Tenemos que hablar" explicó la niña.

"Uh, vale…" susurró el príncipe, mientras su hermana lo llevaba de la mano "¡Hasta el sábado, Lona!"

Aunque si su plan tenía éxito, no se verían el próximo sábado como habían acordado. No se verían en un largo tiempo.

Vivían cerca de casa, por lo que el paseo fue corto y seguro. Chara fue al dormitorio y cerró la puerta. Ni siquiera había saludo a madre, siendo sólo Asriel quien avisó de que habían vuelto temprano.

"¿Te acuerdas de la profecía?" farfulló la princesa a todo correr. Estaba impaciente por contar lo que había estado nadando por su alma esas últimas semanas.

"Sí" respondió él "¿Pero qué pasa? ¡Estás siendo muy rara!"

"¡Pues me da igual, esto es importante!" – Su hermano la miró un tanto preocupado. No le gustaba esa mirada intensa en la niña, pues solía ser sinónimo de odio extremo, ya fuera hacia unos humanos o ella misma – "¡Muy importante!" – El niño asintió – "Creo que soy el Ángel de la profecía"

Esperaba que el príncipe se riese, que se lo negara, que se marchara o le cortara la conversación, pero no hizo nada similar.

"¡Ah, sí!" exclamó "Pero eso es obvio, ¿no?"

"Oh" dijo, aliviada. Un problema menos. "Bien, entonces, ¡si soy la humana de la profecía, liberaré a los monstruos!" – Asriel asintió. De no ser porque Chara parecía más feliz que nunca, habría estado asustado de esa energía repentina – "¡Y tengo un plan para hacerlo!"

"¿Cómo?"

"¡Estupenda pregunta!" susurró ella entusiasmada, esforzándose por no gritar.

"Chara, ¿estás bien?" murmuró al bajar la vista.

"¡Mejor que nunca!" – Viendo que su hermano tenía una mirada un tanto extrañada, suspiró.

¡Sentía que el corazón se le iba a salir del pecho! ¡Ese era el día, ese era el glorioso día! ¡Allí liberaría a todos, a sus padres, a su escuela, a los monstruos y a su amigo del alma! ¡Estaba segura: había nacido para eso! Por una vez, iba a traer paz, esperanza y alegría.

"¡Sólo hay una forma de cruzar la Barrera!" siguió la princesa "¡Y es con el poder de un alma humana y una de monstruo! ¡Y tú eres un monstruo…! Y yo soy humana"

"Pero… pero…" – No, no, no, no… no. Chara no estaba pensando en hacerse daño otra vez. No, no de nuevo, por favor.

"¡Si muero…" continuó con aquel brillo demencial en sus ojos "…podrás absorber mi alma, cruzar la Barrera y…"

"¡No!" chilló el príncipe de los monstruos, mucho más alto de lo que pretendía.

Llamaron a la puerta. Papá preguntaba si estaban bien, a lo que Chara respondió que sí, que estaban jugando con las muñecas y Asriel se había apasionado mucho. Por suerte, se lo creyó y los dejó estar.

"Asriel" le dijo mientras agarraba sus manos, tan suaves como aquel día en que le ayudó a levantarse del suelo de la caverna "¡Si hacemos esto, seremos libres!"

"Pero…"

"¡Todos, todos los monstruos!" exclamó, a punto de llorar de la alegría "¡Podréis vivir bajo el sol, veréis las estrellas, la lluvia…!"

"No… no quiero que mueras" suplicó.

La princesa suspiró, dejando caer sus brazos.

"Tengo que hacerlo, tarde o temprano" dictaminó "Mira, Asriel, ¡no estaremos separados! ¡La idea es que absorbas mi alma y consigamos otras seis!"

"¿Otras seis?" murmuró el niño.

"¡Sí, entonces serán, serán siete, romperemos la Barrera y todos podrán salir!"

"Oh…"

Necesitaba tiempo para pensar en ello. Durante la cena, su mente no dejó de vagar por la posibilidad de lluvia cayendo sobre su pelaje, la brisa fresca agitando su ropa, la luz solar iluminando los ojos de Chara… entonces pensó que para ese día, su hermana no sería más que un cuerpo putrefacto y un alma empleada para romper el sello mágico que los aprisionaba.

Preguntó a su padre. Dudaba qué pasaría a las almas si eran usadas para romper la Barrera.

"Pues, no estoy seguro…" farfulló el rey "Pero creo que se agotarían, muriendo de verdad" – Asriel mostró una expresión aterrada – "¡Anda, no te preocupes! Dudo que eso pase pronto…" – Se acercó y depositó un beso de buenas noches en la frente de su hijo, antes de marchara su dormitorio.

"Chara…" murmuró en la oscuridad "Ya no quieres hacerlo, ¿verdad?"

Su mirada de determinación pura habló por sí sola.