Su padre les estaba enseñando a cuidar del jardín. Era una tarea relajante, quitando las hojas muertas o regando las flores. Asgore les enseñaba cuánta cantidad de agua necesitaba cada flor, dónde sería mejor poner cada tipo según la luz que le hacía falta, o sólo a arrancar las hojas muertas que a veces surgían en las plantas. Le gustaba tanto estar allí con sus niños que decidió grabar la escena.
En unos minutos, Asgore dijo que ya habían terminado, que iba a lavarse y que, cuando estuvieran listos, se metieran a casa. Antes de irse, quiso parar la cámara. Puso la lente y dio al botón equivocado, por lo que, hasta que se diera cuenta, la cámara grababa los sonidos del jardín.
"Oye" susurró Chara "Padre plantó ranúnculos por aquí" – A su hermano no le gustaba cuando tenía esa mirada decidida – "Creo que ya es hora de que lo hagamos" – Asriel echó la cabeza hacia atrás, asustado. No quería verla morir antes de tiempo. – "¡Han pasado dos semanas!"
"No… no me gusta esta idea" gimió el niño sin alzar la vista y con lágrimas en sus ojos.
"Ay, ¿estás llorando?" cuestionó la princesa, molesta y apenada. Quería, no, debía hacer eso, pero si su hermanito se ponía a llorar cada vez que salía el tópico, no estaba segura sobre el plan.
"¿Qué… qué? No, no estoy… ¡Los niños grandes no lloran!" espetó.
"¿Vas a ayudarme? […] ¿Crees que tengo razón o no?" murmuró.
"¡Sí, tienes razón!" exclamó, intentando fingir una seguridad que nunca había estado allí.
"¿No tienes miedo de que salga mal?" suspiró, pues no le gustaba meter a Asriel en semejante plan si él iba a estar lloriqueando. Tal vez tendría que esperar a morir de causas naturales.
"¡No, nunca dudaría de ti, Chara! ¡Nunca!"
La humana sonrió. Por primera vez desde que había surgido ese plan, era una auténtica sonrisa, de esas que opacaban a la magia sanadora de madre. Conmovida, apoyó una mano sobre su colgante plateado. Asriel se llevó su mano al suyo.
"S… ¡sí!" siguió el príncipe. Si eso hacía que su mejor amiga sonriera, valía la pena. "¡Seremos fuertes! Liberaremos a todos" – La humana hizo un gesto expectante con la cabeza. No iban a retrasarlo más. El camino a la libertad se forjaría allí y entonces – "Voy a por las flores"
Mientras Asriel se marchaba al fondo del jardín, Chara fijó su vista en la cámara. La apagó enseguida. A madre no le gustaba nada que se desperdiciaran las baterías.
Su hermano trajo las flores. Eran rojas y blancas, brillando hermosas, al igual que cuando las habían puesto en la tarta para el rey. Asriel estuvo a punto de decirle si no deberían mezclarlas con otra comida, mas Chara cortó sus palabras al agarrar la primera flor para introducírsela en la boca.
El príncipe sólo se quedó observado la escena, horrorizado.
Tragó las flores. De una en una, a toda prisa. Ni siquiera pensaba en lo mal que sabían. Sólo pensaba en su muerte, en lo dulce que sería aquella liberación, tanto para los monstruos como para ella misma. Al fin y al cabo, se decía que con la muerte se descansaba. No volvería a sufrir de aquella forma. No volvería a tener esas pesadillas, ni a llorar, ni a ser débil, ni a lamentarse por su especie.
Porque en unos días, Asriel absorbería su alma. Se volverían un ser poderoso, grandioso, que no tendría miedo, que salvaría a su familia… y que traería lo que se merecía a la humanidad: muerte.
Comieron en el salón en silencio. Sus padres se extrañaron al ver que sus niños estuvieran tan callados, pero asumieron que no sería algo muy grave.
"¿Nerviosa por tu cumpleaños, Chara?" preguntó Toriel "¡Ya no queda casi nada para que llevéis coronas! ¡Estaréis preciosos, como siempre!"
La niña no hizo más que asentir. Pasaron la tarde, esperando a que el veneno se mostrara. Asriel llegó a sospechar que quizás no había funcionado, que tal vez no afectaba a los humanos, y se sintió aliviado. Mas, al poco de que la reina los llamara para cenar, Chara cayó al suelo, aferrándose a su estómago y gimiendo de dolor.
Los síntomas llegaron, uno detrás de otro. Dolor intenso, luego diarrea sangrienta.
Era lo más repugnante que habían visto en su vida. Chara no había comido nada más que sustento mágico entre los monstruos, por lo que no había ido al aseo desde los siete años, y aquella era la peor forma posible de regresar a ese hábito. Sus padres tuvieron que limpiar los restos a mano.
Llamaron al médico enseguida, pero no pudo decir nada, pues no sabía cómo funcionaba la anatomía humana. Incluso llamaron a la científica real, a algunos expertos en humanos, pero nadie sabía cómo arreglar eso.
La magia curativa tampoco funcionaba. Daba igual cuán preocupados estuvieran los reyes, con cuánto cariño unieran sus fuerzas, no podían sanar a su niña.
Pasaron los días, la familia de Lona viniendo a ver qué pasaba.
"Ey, Chara…" saludó la niña lobuna, sonriendo tristemente "Te trajimos una cesta"
Era muy bonita. Estaba hecha de mimbre, llena de margaritas, barras de chocolate y alguna que otra fruta. Lona hasta había pegado una nota: "Que te mejores pronto" decía, junto a un dibujo de la humana sonriendo. Ella no era ninguna artista, pero había puesto mucho cariño en el dibujo.
La princesa suspiró, frustrada. Se arrepintió al instante de no haber sido más amigable con esa cría. Ya le había costado mostrar afecto a su familia, pero pensó que Lona también merecía amor. Mas ya era demasiado tarde. Les dieron las gracias y, llenos de preocupación, dejaron marchar a la familia.
Los padres se inclinaban sobre la cama de su hija. Pasado ese tiempo, estaba mucho peor, llena de vesículas.
"Chara…" sollozaba madre "¿Puedes oírme? Queremos que te levantes…"
"¡Chara!" llamaba Asgore, agarrando la mano de su hija sin preocuparse de que le manchara al no haberse bañado en la Cascada por semanas "¡Tienes que mantenerte determinada! ¡No puedes rendirte!" – Trató de contener el llanto, mas no podía – "Eres el futuro de humanos y monstruos…"
Los dos se quedaron hablando. Estaban muertos de preocupación, y casi todo su tiempo lo invertían en pensar cómo salvar a su niña.
Asriel se agachó junto a su hermana. Al igual que sus padres, su faz estaba cubierta de lágrimas.
"…Psst…. Chara…." sollozó "Por favor… levántate…"
Sus padres dijeron que tenían que marcharse, pues Toriel debía atender una reunión con vendedores de la capital y el rey había quedado con un viejo amigo en la Cascada. Él sabía que su hija podría querer que se quedara, pero necesitaba alejarse de la agonía de su hogar y hablar de eso en calma con alguien más.
"Ya no me gusta este plan…" lloriqueaba el príncipe.
"Joder, Asriel…" rió a malas ganas su hermana. Apenas se la oía, pues le costaba hablar entre los dolores "Es raro, yo soy la que se está muriendo, y la única que no llora" se burló "Oye, calma. ¿No… no te estarás arrepintiendo ahora…?"
"Yo… yo… no, dije… dije que nunca dudaría de ti. Seis, ¿verdad? Sólo tenemos que conseguir seis" – Tímidamente, agarró la mano de su hermana – "Y lo haremos juntos, ¿verdad?"
"Por supuesto" carraspeó.
Pasaron minutos en silencio. Asriel no quería soltarla, pues sabía que cualquier segundo podría ser el momento en que muriera y pudiese coger su alma.
"Anda…" susurró la princesa de los monstruos, haciendo un gran esfuerzo para mover los labios "Deberías estar sonriendo. Vas a ver el cielo, las estrellas, las nubes, las flores…"
Por ella, por la alegría que vendría a su especie, y sobre todo por ella, Asriel se atrevió a sonreír entre sus llantos.
"Vas a ser libre" fueron las últimas palabras de la princesa.
Su hermano no sabía qué había esperado, mas no era eso. El cuerpo de Chara seguía allí. Había aprendido en clase que los humanos, al morir, dejaban su cuerpo tirado, como un envase roto, pero había detalles de los que no se hablaban. Los miembros de la niña dejaron de estar tensos, pasando a estar flojos e inertes. Sus labios quedaron quietos. Y sus ojos se perdieron en el vacío, como si hubiera intentado ver a su alma elevándose hacia el techo.
Su alma.
Ahora, la misma esencia de la princesa flotaba sobre sus restos. Brillaba con intensidad, de un rojo más puro que el de la sangre, y emitía ondas por todo el cuarto, casi hablando al mundo en sí mismo.
El príncipe chilló su nombre. Se elevó, tratando de agarrar el alma de su mejor amiga, de no soltarla, de no perderla nunca más.
Enseguida se notó cambiar, su propio cuerpo volviéndose distinto para dar lugar al poder de un alma tan poderosa. Sus cuernos surgieron antes de tiempo, ahora asomando levemente; marcas negras se expandieron por su pelaje, creció varios centímetros, sus garras se volvieron más afiladas y en sus ojos se podía apreciar el cobre que antaño brillaba en los de Chara.
"¡Asriel!" exclamó una voz de niña con entusiasmo desde su interior.
El príncipe gritó de terror. Su voz se había vuelto más profunda.
"¡Asriel, funciona!" se alegraba Chara "¡Al fin!"
"¿Oh…?" murmuró "¿Cómo… cómo te encuentras?"
"¡De maravilla!" - De no ser porque acababa de morir, su hermano se habría alegrado mucho de oír aquellas palabras – "¡Ya no me duele nada, ni me cuesta hablar! Me siento tan… ligera"
Una lágrima pasó por la mejilla del monstruo. Nunca supieron decir de quién era, si de la humana o del monstruo; tal vez de ambos.
"Anda, vámonos" ordenó la niña, controlando su nuevo cuerpo para recoger su propio cadáver y salir del cuarto.
"¿Eh?" cuestionó Asriel "¿Por qué cogemos… esto?"
"¿Recuerdas nuestro plan? […] ¡La idea es que me llevas porque se supone que quiero ver las flores de la ciudad humana!"
"Oh, verdad…"
"Lo mejor será que padre y madre nunca sepan que lo tramamos todo" suspiró la princesa "Así no se lamentarán"
Marcharon hacia la Barrera. Ese día, anduvieron a través de ella. Notaron la energía mágica fluyendo a su alrededor, agarrándolos, rozándolos y envolviéndolos, hasta que salieron a la Superficie.
Sin contar las sonrisas genuinas de Chara, aquello era lo más bello que el niño había visto en su vida.
El sol estaba en el horizonte, escondiéndose tras los árboles de un monte, y envolvía su alrededor de un naranja suave. Encima del astro rey, el cielo se tornaba oscuro para dar paso a la noche.
"¡Es una puesta de sol!" exclamaba la princesa "¡Mira, como te dije, se pone para que llegue la noche, y luego saldrá la luna, y, y las estrellas arriba…"
Un sollozo surgió en su garganta. Pero no tenía sentido, ¡se sentía feliz, más alegre que nunca en su vida!
"¿Por qué lloramos…?" gimió la humana.
"Es de alegría" explicó el príncipe con una risotada. La vista era hermosa. Al final, la idea de su hermana iba bien. Si había algo por lo que valía la pena morir, era ese mundo.
"¿Se puede llorar de alegría?" cuestionó, muy sorprendida. El príncipe asintió.
Decidieron que su plan podía esperar. Se sentaron sobre una roca, para disfrutar de aquello.
No sólo había una puesta de sol. Si se fijaban, podían ver árboles en la distancia. Chara le habló de que habría animales por el bosque, como conejos, ardillas y pájaros. Ambos podían oírlos cantar. Llenaban el aire, dando una orquesta al universo sin pedir nada a cambio.
La brisa revolvía su pelaje blanco. Era fresca, rejuvenecedora… Les hacía olvidar que, si su plan tenía éxito, aquellos serían los últimos rayos de luz que vería la niña.
Cuando ya oscurecía, siguieron su camino. Bajaron por la montaña, guiándose entre la oscuridad, hasta encontrar un camino de tierra corriente, que sólo daba paso por las hierbas aplastadas.
Observaron casas en la distancia. Aquel era un barrio pobre, pero estaba en mejor estado que durante la ida de Chara. Tenía algo de encanto. De no haber sido un lugar donde había humanos, a la niña le habría gustado vivir allí.
Poco a poco, también aparecían flores doradas. De esas que los niños solían recoger para sus seres queridos.
Sin pensarlo, los príncipes se acercaron a una zona poblada, hacia un grupo de flores que brillaban como el oro, y depositaron el cadáver sobre ellas.
"¿Deberíamos pedirles almas de…" sugirió Asriel "…de gente que ya haya muerto?"
Antes de que su mejor amiga pudiera responder, un grito llenó el aire.
Un hombre los había visto. Corrió hacia una casa, chillando.
"Eso no va a funcionar" gruñó la niña.
"¿Y qué podemos…"
Sintió un dolor agudo en el pecho. Miró abajo, y vio un agujero en su camiseta. Un agujero que recorría todo su cuerpo.
"¡Mierda!" gritó la princesa.
Se giraron. Detrás de ellos, un par de humanos habían salido de su casa. Sostenían escopetas.
Chara se movió hacia ellos, con sus garras desplegadas. Mas su hermano los hizo retroceder.
Otra bala. Esa vez, en la frente. Habrían muerto de no tener el poder de ambas almas.
"¡¿Qué cojones estás haciendo?!" chilló la niña.
El príncipe abrió la boca para hablar. Mas antes de que pudiera decir nada, otra bala se clavó en su hombro.
"¡Esa cosa ha matado a una niña!" gritó una mujer que se había colocado junto al cuerpo de la humana.
"No…" gruñó Asriel "…yo no…"
La princesa los lanzó hacia el hombre, pero Asriel siguió reteniéndolos.
"¡Tenemos que hablarles!" demandó el niño.
"¡¿Hablarles? ¡No!" – Otra bala. Ella quería defenderse, pero su hermano se lo impedía – "¡Son escoria! ¡No merecen vivir, no se merecen este mundo, no se merecen tu piedad!"
"Chara, calma…"
"¡Vamos a morir si no hacemos nada!" – El príncipe seguía reteniéndolos.
Poco a poco, llegaron más humanos. Tiros de pistola, escopeta, rifles, lo que fuera. Incluso notaron un hacha cayendo en su espalda, quemando sus sentidos.
"¡¿Es que no sabes cómo son los humanos?!" sollozaba la princesa "¡Son demonios, engendros!"
"Chara, eres humana" gruñó él entre las lágrimas.
"¡¿Y por qué te crees que me he muerto yo para esto?!"
Asriel decidió que aquello era suficiente. Se elevó, soportó los disparos, los sollozos de su hermana, y volvió a tener el cuerpo en brazos.
"Ya lo entiendo" suspiró el príncipe, a medida que se marchaba del lugar y oía a los humanos desistir en seguirlo "Nunca te ha gustado este lugar, ¿verdad?"
Adentro de ellos, la niña no cesaba de insultarlo. Estaba destrozada, viendo su plan hecho añicos por tener compasión a unos bichos que no se merecían ni una miga de pan.
"A ti lo que te gustaba era el mundo en sí, ¿no?" supuso él. Oyendo que los insultos de su hermana cesaban, dando paso a sollozos, creyó que era aquello "Entiendo por qué. La luna es realmente preciosa"
La luna llena brillaba entre las estrellas. La princesa, concentrada en su odio, no se había fijado en ella. Poco a poco, el deseo de una matanza se fue apagando. Dio paso a la resignación. A la pena, a la agonía, al conocimiento de, sin importar cuánto lo intentara, nunca podría convencer a su hermano, ni a ningún monstruo, de que quisiera la destrucción de nadie como ella. Estaban hechos de piedad, al fin y al cabo.
Cuando cruzaron la Barrera, cayeron en el jardín, frente a los tronos de papá y mamá.
"Lo siento" susurró él a medida que oía la llamada de la muerte.
"Asriel… eres idiota" sollozó a su hermano antes de que ambos se deshicieran en polvo.
