El rey había declarado la guerra.

Eso se decía, igual que se decía que los príncipes habían muerto.

Lona no quiso aceptarlo. Corrió, aguantando las ganas de gritar hasta llegar al hogar de sus majestades. Entró sin llamar.

Sentada en su sillón, la reina se deshacía en lágrimas.

"Señora Dreemur" llamó la niña. La mujer sólo elevó la cabeza, sorprendida de la llegada de la amiga de su hijo difunto "Señora, no… no es verdad. No puede…"

Toriel corrió a abrazarla, y siguió llorando con aquella criatura preciosa entre sus brazos.

Debía ser verdad. Si no, los llantos de la reina eran imposibles. Poco a poco, Lona también dejó escapar las lágrimas, llorando la pérdida de sus dos amigos. Había esperado que Chara muriese, mas nunca se habría imaginado perder a Asriel de aquella forma.

Unos pasos pesados llegaron desde el recibidor. Asgore había vuelto, de decir esas cosas que había provocado que Toriel se marchara corriendo a casa para pensar a solas.

La mujer se levantó de golpe. Sin pensar, cogió a la niña de la mano, y la guió detrás de ella misma, como para protegerla.

"¿Cómo has podido?" gruñó la reina.

Su marido permaneció callado, sin ninguna clase de expresión en su rostro. Toriel no lo reconocía.

"¡¿Guerra contra los humanos?!" espetó ella. Lona temblaba, agarrada a su vestido.

"Han matado a nuestros niños" susurró el rey, pues sabía que si lo decía en voz alta, rompería a llorar.

"¡¿Has olvidado que nuestra niña era humana?!" gritó al soltar la mano de Lona, quien permaneció temblando a sus espaldas.

"Era una de nosotros"

Quedaron en silencio. Nadie se atrevía a decir nada, los tres con miedo a desencadenar más violencia en aquella estancia.

"Me voy" dictó la reina.

"¿Qué?" exclamaron los dos, sorprendidos.

Asgore se habría fijado en Lona y le habría preguntado qué hacía allí, de no estar tan atento en la reina.

"No, no, Tori…" susurró Asgore.

"¡No me toques!" chilló ella, haciendo surgir fuego de sus manos.

El rey permaneció paralizado.

En dos minutos, Toriel había hecho el equipaje.

La niña lobuna corrió hacia ella.

"¡Señora, no!" suplicó entre sollozos "¡No se vaya!"

La reina se abstuvo de mirarla a los ojos. Sabía que, si lo hacía, no sería capaz de irse. De abandonar a aquella bestia insensible que acababa de declarar una guerra inútil.

Salió de la casa, se llevó una última cosa y partió.

En el salón, su majestad cayó sobre sus rodillas. Empezó a sollozar.

Había sido un imbécil, guiándose sólo por lo que sentía, sin pensar en las consecuencias de sus actos. Ni siquiera quería luchar una guerra. Lo había dicho delante de su gente movido por la ira, sin pensar en las consecuencias. No podía retractarse. Lo había anunciado delante de todos los monstruos, y ellos habían respondido con ovaciones, deseosos de vengarse de los humanos que habían matado a sus príncipes, a la esperanza de paz entre las dos razas.

Sabía bien por qué Asriel se había llevado el cuerpo de Chara. Ella misma lo había dicho antes de morir: quería ver las flores doradas de su aldea. Sólo por querer cumplir ese deseo, tan honesto e inocente, habían asesinado a su niño a sangre fría.

Aún así, la guerra había sido un error, que lo iba a atormentar por lo que le quedaba de vida.

Tendría que matar a cada humano que cayese. Fuese hombre, mujer o niño. Era algo atroz.

Aunque si tenía suerte, ningún humano caería. Habían pasado milenios para que su hija cayese a la caverna, así que, con suerte, no verían a un humano en mucho tiempo. Nunca más, era el sueño de Asgore. Porque si aparecía alguno, tendría que morir para alimentar las esperanzas de la gente.

Y había perdido al amor de su vida. Después de sus niños, su alegría, por su propia culpa había perdido a Tori.

Se quedó llorando sobre el suelo de casa. Lona trató de consolarlo, de decirle algo, pero no sabía qué palabras podrían animarlo. Así que decidió ser honesta y preguntar lo que sentía:

"¿De verdad han… los humanos han matado a Asriel?" tartamudeó, sin esforzarse por esconder sus lágrimas. Al fin y al cabo, el mismísimo rey no las ocultaba.

Su majestad asintió.

"¿Y…" siguió la niña, quien sentía algo quemándose dentro de su alma "…por eso vamos a matar humanos?"

"Sí…" sollozó el monstruo.

Lona permaneció en silencio, dejando que aquel padre desgraciado dejara escapar sus penas, y pensando. Los humanos habían matado a Asriel. Los humanos habían acabado con él, asesinado la esperanza de su reino. Y no era sólo eso.

Los humanos los habían desterrado, confinados a esa cueva putrefacta. Sin sol, sin lluvia, sin brisas, sin estrellas, sin el canto de los pájaros, sin luna, sin un mundo auténtico… De no ser por la falta de esas cosas, su madre seguiría viva.

Su alma ardía. Y no era una llama leve, que le hacía daño. No, era un incendio, una llamarada que ansiaba dar impulso a su dueña y hacer uso de su potencia.

"Majestad" llamó la niña al ver que el rey se calmaba "Quiero que ganemos esta guerra" - Asgore había dejado de llorar al completo, por lo que ella se dijo que estaba yendo por la senda correcta – "¡Quiero vengar a mis amigos, quiero… quiero recuperar el mundo que nos pertenece!" – El rey asintió – "Quiero aprender a luchar. Por usted, por… ¡por Asriel, y por mi madre!"

"¿Quieres que… quieres te entrene?" cuestionó, de incredulidad.

La niña asintió. El hombre casi vio el odio centelleando en la mirada de Lona, casi vio la sed sangre, pero sobre todo recordó las miradas que Chara solía echar a las ilustraciones de humanos en sus libros de clase.

"Está bien" suspiró él al levantarse "De hecho, de hecho… necesitaremos alguien que luche" – Los monstruos nunca habían tenido un ejército, pero ya iba siendo hora – "¿Podrás venir mañana, al mediodía?"

"Sí"

"Vale…" – No estaba convencido sobre aquello, pero Lona parecía tan deseosa de luchar… y él necesitaba alguien en específico por quien ser fuerte. Alguien que le diera un motivo para no derrumbarse llorando todo el día. Alguien a quien tomar bajo su ala – "Cuando tu padre diga que sí, llamadme, ¿vale?"

Lona asintió, y marchó corriendo a casa.

A la mañana siguiente, una figura encapuchada llegó a su antiguo hogar, esa casa vieja en la que habían acogido a una niña herida, y en la que luego se había basado el hogar en que residía el rey.

Toriel dejó el cuerpo de Chara sobre la vieja mesa. Había decido traerla a ese lugar ya que veía la capital demasiado llena de rencor, de odio. Su niña se merecía descansar en un lugar tranquilo. Con los restos de Asriel no había problema alguno: gran parte del polvo había quedado pegado sobre su hermana. Ahora estarían juntos. Su colgante plateado se había quedado en casa, retirado durante las prisas de la autopsia de los científicos, mas la reina se había acordado del collar rojizo de Asriel y se lo había puesto a lo que quedaba de su niña.

Volvió hacia atrás, al pasillo por el que había venido, y cerró la puerta gigantesca. Ya no podría entrar ni salir nadie. Sabía que aún había monstruos viviendo por la zona de adentro, mas no pensaba en eso.

Con el cuerpo en brazos y una pala en su cintura, cruzó aquel lugar conocido como las Ruinas, ese sitio en el que, hace seis años, sus niños se habían conocido.

Llegó al final, o principio, según como se mirara, de la caverna. Un rincón sobre el que caía la luz solar. Cavó, sabiendo que muchos humanos entierran a sus muertos. Nunca supo qué pensaba Chara de esa costumbre, pero ahora era demasiado tarde.

Dejó a su niña en el hoyo. Entre lágrimas, tapó la tumba para dejarla descansar.

En una semana, crecieron flores doradas en el jardín de los reyes, que ahora sólo tenía un trono. Las mismas plantas florecieron sobre la princesa. Esa princesa que, al igual que su hermano, nunca tendría el honor de ponerse una corona.