Disclaimer: Digimon es propiedad de Bandai y Toei Animation, no hago esto con fines lucrativos.
La abeja y la flor
Capítulo 2: Florecilla de campo
Mimi desde muy pequeña fue alegre y amistosa, o al menos así la percibían sus padres. Por lo mismo no les extrañaba que todo el tiempo estuviera hablando de sus amiguitos. El problema surgió cuando empezaron a notar que hablaba más de niños que de niñas.
Taichi, Yamato, Koushiro y hasta el superior Jou, eran los nombres que más se repetían. Nombres como los de Sora y Hikari se colaban solo muy de vez en cuando, y siempre vinculados a los anteriores. Takeru, por su parte, no les preocupaba tanto, porque sabían que era menor y, en consecuencia, al menos de momento no desarrollaría esa clase de intenciones con ella como sí podrían hacerlo los otros… eventualmente.
Fue así que ese eventualmente que ellos, Keisuke y Satoe, imaginaban muy lejano, se hizo tan inminente que tuvieron que actuar. ¡Es que los niños de esta época eran cada vez más precoces! No había que confiarse.
Su pequeña princesa todavía era muy niña para entender esas cosas, pero mejor estar preparados.
La dulce Mimi tenía diez años cuando recibió la charla. Y le restaban todavía un par de meses en Odaiba antes de saber que se mudarían a Estados Unidos.
Sus padres, amorosos y cariñosos como siempre, le sentaron en el sofá más grande de la sala de estar y se ubicaron uno a cada lado para hablar de algo, según le dijeron, muy serio.
—¿Qué es? —preguntó ella enseguida, como es lógico.
—Vamos, querido. Díselo tú —lo animó Satoe.
—Ah, sí —contestó él, un poco nervioso—. A ver, mi pequeña. Tú sabes que eres una linda florecilla de campo, ¿no es así?
—Sí, papá me lo dice todos los días —contestó Mimi sin titubear.
—Bien. Entonces, como la bella y respetable florecilla que eres, no debes dejar que ningún abejorro se acerque a tu pistilo por nada del mundo, ¿comprendes?
—¿Abejorro? ¿Pistilo? —Su expresión de felicidad ante el cariño con el que la trataban sus padres se descompuso en una mueca llena de confusión y desconcierto.
La señora Tachikawa, orgullosa de serlo, por cierto, se quiso dar de cabezazos.
Y ella que pensó que sería mejor si su marido se lo explicaba. A veces recaía en ese error constante y consciente de idealizarlo demasiado.
¿Pero no era ese el secreto del amor? ¿Seguir considerando a tu marido perfecto aun conociendo de sobra sus defectos?
—Lo que tu papá quiso decir fue… —Intentó explicárselo ella. Pero cuando quiso decirlo, un inesperado ataque de vergüenza la invadió. Tal parecía que no era tan fácil como pensó. Su Keisuke no tenía la culpa—. Que… a veces… ha-hay bichos feos que se acercan a las flores, y como tú eres una flor debes tener cuidado con ellos. ¿Entiendes lo que te digo?
—Sí, mami. No debo dejar que los bichos feos se me acerquen.
—Perfecto, mi florecilla —celebró su padre—. Lo has entendido muy bien.
—Pero… —titubeó Mimi—. ¿Qué pasa si esos bichos son lindos?
Tanto Keisuke como Satoe abrieron la boca al mismo tiempo y la cerraron a la par. Ninguno de los dos tenía idea de qué responder a esa pregunta.
El resultado de aquella infructífera charla fue una Mimi que durante semanas estuvo alardeando de ser una flor, llamando bichos a los niños de su escuela y clasificándolos en lindos y feos.
Del sexo no aprendió nada ese día, pero ya lo haría por su cuenta más tarde. Y cuando lo hiciera y entendiera el sentido oculto de las palabras de sus padres, pensaría que mejor no le hubieran dicho nada.
Después de todo, dudaba seriamente que de haber sido directos como correspondía, aquello le hubiera servido de mucho. Hay cosas que la vida te debe enseñar.
Notas finales:
No tenía pensado seguir esta colección, pero ahora mismo estoy enfocada en terminar mis pendientes y cuando encontré este capítulo pensé que sería bueno subirlo.
¡Gracias por leer!
