Era como lava recorrer cada cuerpo.
Era como mil bombas atómicas explotando dentro de cada uno.
Era como sentir el olor de la tierra húmeda llenarte los pulmones.
Era como agua para el sediento que camina en el desierto.
Era como un abrigo para el necesitado en invierno.
Era como todo, como todo lo que te hace feliz multiplicado por millones.
Así era el beso que estaban teniendo Terry y Candy.
Muchas veces escuchamos que debemos de cambiar a las personas que nos hacen perder el tiempo, por aquellas que nos hacen perder la noción del tiempo. Y esto era exactamente lo que les estaba ocurriendo a aquel par; perdiendo la noción del tiempo en aquel maravilloso beso.
Un momento de lucidez llegó para Terry y supo que estaban jugando con fuego ahí en la biblioteca, debían parar o esto podría terminar demasiado mal para los dos. Muy renuente, pero tuvo que bajar la intensidad, no quería hacerlo bruscamente, no, ella no se lo merecía y tampoco él merecía privarse de aquellos labios tan pronto, así que disfrutó lo más que pudo el ponerle final a tan maravilloso acto.
Los últimos besos fueron dados, enseguida él recargó su frente en la de ella, sus dedos seguían acariciando la estrecha cintura y las manos de ella en algún momento habían pasado a quedarse en el pecho de él. Que bien se sentía eso.
Abrieron sus ojos y se miraron lo que sintieron una eternidad. Terry no pudo soportarlo más y la envolvió con sus brazos, no le sorprendió darse cuenta de que Candy encajaba a la perfección; recargó su rubia cabellera y al mismo tiempo suspiraron, el abrazo se sintió como el lugar perfecto, se sintió como por fin estar en casa.
-Terry…- pronunció mientras rompía el abrazo y se separaba un poco, estaba completamente segura de que si no se alejaba, no lo dejaría ir y lo peor de todo, lo seguiría besando.
-No Candy, por favor no digas nada- puso su índice en los carnosos labios y los acarició ligeramente para después bajar la mano y tratar de serenarse.
-Pero…-
-Bonita, te lo suplico- ella asintió, se miraron unos minutos más, una risa nerviosa escapó de los labios de Candy y el sonrojo pintó sus mejillas, años después Terry seguiría pensando que esa visión de la chica le parecería la más tierna del mundo.
La burbuja se rompió cuando escucharon que alguien se acercaba, el castaño fue más rápido al tomar unos libros y decirle a Candy que se sentara en el suelo; así que, cuando el inoportuno estudiante llegó al pasillo, no le pareció raro ver a dos jóvenes estudiando, en la biblioteca era normal, así que pasó de largo, tomó tres libros y regresó sobre sus pasos.
Soltaron el aire cuando se encontraron nueva y peligrosamente solos. Candy volvió a sonrojarse tan sólo al ser consciente de la cercanía de él y de recordar cómo se sentía tener los labios de él en los suyos, discretamente miró a Terry y descubrió que miraba fijamente sus labios, deseosa de que la volviera a besar, mordió su labio inferior y su respiración se agitó cuando él se acercó.
-Creo que… debemos de regresar-
-Sí-
Y volvió a besarla, la besó con la misma intensidad de antes, con el mismo ardor del primer beso. Fue un beso corto pero igual de intenso. Sabiendo que estaban jugando con fuego, él se puso de pie y la ayudó.
Regresaron a la mesa en silencio pero con una felicidad que se notaba a kilómetros. Tomaron asiento y sólo le hicieron al tonto, ninguno pudo sacar de su mente lo que había pasado. Hablaron de cosas triviales, evitando a toda costa el tema más importante; sus parejas.
-Te llevo a tu casa-
-¿Estás seguro?- guardaba sus cosas en la mochila y la cerraba, alzó la vista y lo encontró mirándola, escondió su rostro para evitar que viera su sonrojo.
-Sí-
Caminaron en silencio hasta el estacionamiento; había pocos coches, la mayoría era de los profesores y de alguno que otro estudiante. Cuando llegaron al automóvil de él, le abrió la puerta y colocó las cosas de ambos en la cajuela. Minutos después estaban en las calles, se extrañó al notar que Terry tomaba otro rumbo, un poco nerviosa se giró para mirarlo.
-Este no es el camino para mi casa-
-Lo sé, pecosa- rodó los ojos al escuchar el tonto apodo, recargó su cabeza en el asiento y sacó su celular.
-Creí que eras inteligente, pero al parecer no puedes encontrar otro apodo más ingenioso-
-Tengo uno, pero todavía no es el momento para decírtelo-
-No lo hagas, mejor dime a dónde me llevas-
-Necesitamos hablar-
-Pensé que ya lo estábamos haciendo-
-Candy, sabes muy bien a lo que me refiero-
La rubia prefirió mantenerse callada, abrió su WhatsApp y revisó los mensajes que tenía, contestó algunos y le mandó uno a su madre diciéndole que llegaría un poco tarde. Sintió un poco de culpa cuando llegó al último; era de Anthony, siempre sí iría con su padre al centro de rehabilitación.
Miró a la persona que iba a su lado, interiormente se preguntó si lo que había pasado tenía un trasfondo o un significado para él. Volvió su vista al celular y le contestó a su novio, envió el mensaje y cerró los ojos.
"Dios mío, me siento cómo una cualquiera"
-Llegamos- abrió los ojos cuando lo escuchó. Terry había estacionado el coche, frente a ella se presentaban árboles y pinos rodeando un hermoso lago, digno de una postal. Estaba maravillada, el lugar era simplemente espectacular.
El chico la invitó a caminar hasta que llegaron a unos troncos que la gente utilizaba para sentarse, así lo hicieron y permanecieron callados unos minutos.
-Este lugar en hermoso-
-Lo sé, me gusta venir aquí, estar en este lugar me tranquiliza-
Era inevitable sentirse así, el sonido de la naturaleza, el olor del bosque y la paz que transmitían los colores del sol al atardecer. Terry estaba distraído, le fascinada ver cómo los rayos jugaban con el rubio cabello de ella; diferentes tonos de dorado, era como ver el tesoro en su máxima expresión.
-Terry, creo que hay algo que debemos de aclarar- ella fue la primera en romper el silencio.
-Sí, tienes razón-
-Yo…-
-Yo… tú primero-
-No, las damas primero- Candy sonrió al escucharlo, mordió su labio y pensó en cómo le diría lo que rondaba por su mente, sin embargo hiso todo lo contrario.
-¿Por qué me besaste?-
-Al grano, eh- estaba jugando con sus llaves, tenía que mantener las manos ocupadas o sería capaz de ponerlas en Candy y quizás no soltarla.
-Dices que no te gusta hacer perder el tiempo ni que te lo hagan perder-
-Tienes razón, esa es una de las cosas que detesto-
-¿Entonces?-
-Me correspondiste- guardó las llaves en el pantalón y miró al cielo. Comenzaba a arrepentirse por haberla llevado ahí, lo mejor hubiera sido que cada quien fuera a su casa, estar solo con ella no era una buena idea, llevarla a su escondite era mostrarle una nueva faceta de él a ella. Esto era un error.
-Pero no fue eso lo que te pregunté, sino, por qué lo hiciste- para entonces Candy se había puesto de pie y caminaba de un lado a otro, estar en un solo lugar le comenzaba a crispar los nervios.
-¿Por qué me correspondiste?-
-¡No puedes responderme con otra pregunta!-
-Dime, ¿haría alguna diferencia?-
-Sólo pido que me digas… por qué… me besaste, no sé por qué lo… hiciste, no debiste… de hacerlo cuando no me ves… ni como amiga- ella no quería, lo evitó todo lo que pudo, pero falló, la voz se le quebró, comenzó a parpadear para evitar que las lágrimas se derramaran. No quería llorar frente a él.
-¿De qué te serviría saberlo? Tú misma lo dijiste, no somos amigos-
-Pero me… disculpé, te dije que sí quería… quería ser tu amiga- le dio la espalda y como pudo habló. Terry tembló al escucharla, estaba llorando. Genial, lo único que le faltaba, que llorara por su culpa.
-Es que no podemos ser amigos-
-¡DAME UNA RAZÓN VÁLIDA!- furiosa se giró y lo encaró, ya no le importó. Las lágrimas brotaban como la sangre cuando hay una herida, porque así se sentía ella en ese momento, herida.
-Candy, no llores, por favor- se acercó hacia ella, pero lo esquivó.
-Sólo… sólo te pido… qué… me digas… una razón-
-Pecosa, me parte en el alma verte llorar-
-Terry- fue la manera en la que pronunció su nombre lo que provocó que dijera todo.
-Te veo como algo más que una amiga, Candy-
-¿Qué?- alzó un poco la verde mirada y la clavó en las pupilas azules. Terry se abofeteó, ya no podía postergarlo más, era ahora o nunca.
-Me gustas Candy, siempre me has gustado. No podemos ser amigos cuando yo anhelo tenerte como algo más, que formes parte de mi vida y estés conmigo en todo momento; en los buenos y en los malos. No lo quería aceptar, pero te he querido desde que te conozco, desde que te vi no pude sacarte de mi mente. Te quiero, te quiero tanto y duele callar lo que siento porque eres la novia de mi mejor amigo, porque él es como un hermano y siento que lo traiciono al sentir todo esto por ti-
Bien, ahí estaba. Ya lo había dicho. Que lo mandaran a la horca por traición, que lo fusilaran por violar unos de los códigos de la amistad . Esto era traición en alto grado.
Estaba atónita, ¿él estaba? ¿la quería? Se llevó las manos a la cara y comenzó a llorar más. Esto no podía estar pasando, Terry sentía algo por ella, por ella, por Candy. Bien decía la abuela, hacen falta días malos para saber quién es familia, quienes son amigos, y cuáles son los verdaderos amores.
No podía hablar, la garganta la tenía cerrada, se sentía abrumada al saber los sentimientos que él tenía hacia ella.
-Por eso no quería decirte nada, sabía que era un error decírtelo, pero ya no lo podía seguir ocultando-
-No… Terry… no enti… entiendes-
-¿Entender qué? ¿Qué me odias? ¿Qué te doy asco porque no pude controlar mis sentimientos? ¿Que soy una paria por fijarme en ti a sabiendas de que eres de Anthony?
-¡NO! ¿Cómo puedes pensar eso?-
-Cómo no hacerlo, mira cómo te has puesto con lo que te he dicho-
Se miraron y vieron dolor en los ojos del otro. Uno tenía el corazón roto, se sentía patético y estúpido. El otro corazón podía sentir la ligera esperanza de un amor, pero se esfuminaba al saber que había uno, o más bien, dos obstáculos.
-Será mejor irnos- Terry giró y comenzó a caminar. Candy supo que ella también debía ser valiente y decir lo que estaba en su corazón y que, al igual que a Terry, le atormentaba. Qué más daba, si no lo decía después se arrepentiría.
-¡YO TAMBIÉN TE QUIERO!- gritó a todo pulmón. Sus ojos fueron testigo de cómo él se quedó quieto. Sintió mariposas volar en su estómago. Terry tenía dos opciones, caminar como si ella no hubiera dicho nada ó girarse y encontrar sus miradas.
El castaño decidió seguir a su corazón, en un parpadear los dos se encontraron y se fundieron en un beso. Los masculinos brazos la rodearon, Candy se permitió llenarse de su aroma y del su calor.
El beso no tenía nada de pasional, no tenía nada de sexual. Era un beso de amor, de cuando lo encuentras y sabes que ahí es tu lugar, de un amor que no tendrá final, pero que para eso, primero deberá de comenzar, y eso era algo que ambos no podían permitirse.
-No llores bonita- finalizo el beso y después se separó para limpiarle las lágrimas con sus pulgares.
-Yo…. Terry. Esto… aquí…- guío la mano de él hacia su corazón, desbocado latía. Más lágrimas salían de aquellas juveniles esmeraldas. –Duele, duele porque…-
-Lo sé, lo sé- ambos se quedaron en silencio. Terry la abrazó de nuevo. No quería, o más bien no podía soltarla -¿Qué haremos, pequeña pecosa?-
-¿Qué haremos?¿Qué quieres decir?-
-Pues sí, tú y yo nos queremos-
-¿Y?-
-¿Cómo que, y?- él la miró como si le hubieran salido siete cabezas a la rubia, ¿de verdad que no sabía a dónde quería llegar con la pregunta?
-Sí, no te entiendo-
-Candy, no me hagas que te lo explique con manzanas- la soltó y se frotó la cara, ella no lo estaba siguiendo, en algún punto le habían apagado el chip o algo a la rubia.
-Pues sí, Terry. Explícamelo como si fuera un bebé, porque no te entiendo-
-Tú me quieres, yo te quiero. Fin, no hay nada más qué decir-
- Creo que estas olvidando que ambos tenemos pareja-
-Pero nos queremos- volvió a insistir él. Se estaba desesperando más de lo normal al ver que ella no daba ningún brazo a torcer en lo que él le insinuaba.
-¿Me estás pidiendo que termine con Anthony?-
-Sí, pero parece que la idea te desagrada- molesto, no, celoso la miró.
-Claro que me desagrada, le voy a romper el corazón, ¿acaso tú no piensas en que terminar con Susana la destruirá?-
-Sí, pero entonces ¿dónde queda lo que a mí me importa?-
-Lo siento, Terry. Pero yo no puedo ser como tú. No podré vivir sabiendo que he lastimado a dos personas inocentes-
-¿Quieres vivir sin amor?-
-He sobrevivido hasta ahora, creo hacerlo otro tiempo más-
-¿Esa será tu última palabra?, tal parece que no te importa lo que yo sienta-
Ella ya no contestó, en lugar de hacerlo se dio la vuelta y caminó hacia dónde estaba el coche. Le dolía, por supuesto que sí, iba llorando y ahora era más profundo, con mayor sentimiento, como si le cortaran una parte de ella, y es que así se sentía, sentía a su corazón partirse en mil pedazos al saber que, a pesar de que él la quisiera y de que ella sintiera lo mismo por él, no podrían estar juntos.
No cuando había personas que sufrirían por culpa de ellos.
No, no podía ser egoísta. No podía ser la mala del cuento.
Ella no era así.
No antepondría su felicidad, jamás.
