Terminó la tercera maleta y con su mano derecha limpió sus lágrimas. Cerró un momento los ojos y se dejó caer en la cama.
Hablar con sus padres nunca había sido tan difícil. Todavía recordaba los gritos de su padre y las bofetadas de su madre, la mejilla izquierda seguía ardiéndole.
Alzó la mirada cuando escuchó que abrían la puerta de su habitación. Su hermano Albert se asomaba.
-Papá quiere saber si ya tienes tus cosas listas-
-Albert…-
-No Susana, yo no puedo ayudarte-
-¡Por favor! Habla con papá, dile que no pueden hacerme esto- la rubia se acercó y estuvo a punto de arrodillarse, pero su hermano la sujeto de los codos y la puso de pie.
-No, si ese patán se atrevió a tocarte, debe atreverse a mantenerte-la soltó y salió de nuevo del cuarto.
Más lágrimas rodaron por su rostro, nunca imaginó que sus padres le dieran la espalda. Tomó lo que había empacado, dio un último vistazo al cuarto y abrió la puerta.
Cuando bajó las escaleras se encontró a sus padres en la sala; los dos veían la televisión junto con Albert. Llegó al final y dejó sus cosas en el suelo, se aclaró la garganta para hablarles.
-Papi, mami-
-Si ya tienes tus cosas, puedes irte-
-Papá, ¿de verdad me vas a correr?-
-No puedes esperar que permita que te quedes aquí cuando eres una ramera-
-¡Mamá!-
-Vete de una buena vez, Susana-
-Pero es muy noche, algo me puede pasar-
-Ya te ha pasado algo, sabes dónde está la puerta-
Enfocaron de nuevo su atención en la televisión, el hermano de la rubia la miró por una última vez y después se giró. A Susana no le quedó más que tomar sus pertenencias y salir.
La noche refrescó su rostro pero no su alma, mientras caminaba dejaba salir las lágrimas. Se había debatido entre decirle a sus papás sobre el embarazo y durante un pequeño instante se permitió creer que la apoyarían, pero todo había resultado en una catástrofe.
Suspiró una vez más y siguió caminando hasta llegar a la parada del autobús. Sacó su celular para llamarle a Terry y decirle que fuera por ella, pero estaba segura de que para empezar, él no contestaría el teléfono y obviamente no iría por ella.
Solicitó un taxi y dio la dirección de Terry. Estas cosas se harían por la mala.
Iba tan entretenida en sus pensamientos que el conductor se pasó varias cuadras, la rubia reaccionó y le pidió la bajara ahí mismo, colocó sus pertenencias en el suelo, pagó el servició y comenzó a caminar, por fortuna ya faltaba poco.
Su mente seguía trabajando en lo que diría cuando llegara a casa del castaño, pero unas risitas interrumpieron su caos mental.
Alzó la mirada y se topó con que Candy y Terry salían de la casa de él. PERO SALÍAN DE LA MANO.
Unos pasos más y se detuvieron para besarse, luego siguieron caminando sin percatarse de ella.
Algo se removió en su estómago y devolvió una, dos y tres veces más.
Tuvo la intención de seguirlos pero las ganas de devolver fueron más fuertes, así que se quedó dónde estaba y los miró perderse.
Quería llorar, deseaba con todas sus fuerzas correr y golpearlos.
¡Pero sí tú también le fuiste infiel con Anthony! No tienes por qué estar así. Tu engaño es mucho más evidente.
Ignoró sus propios pensamientos, tomó sus maletas y caminó directo a la casa de los Grandchester.
Estaba nerviosa, claro que sí. Solo había visto a la señora Eleanor como tres veces y casi siempre se limitaba a mirarla y medio sonreírle.
Suspiró por quinta vez y tocó el timbre.
No había sido capaz de ir a su habitación y estar con ella. Señor de los cielos, la aborrecía.
La vida se burlaba de él, no había otra forma para decirlo. Sus padres no entendían razones, se había cansado en hacerles ver que la solución no era casarse, y ellos lo habían ignorado una vez más.
El deber, esa era la palabra que había reinado en la mayor parte de la conversación con los señores Grandchester, el maldito deber.
Muy dentro de sí sabía que tenían un poco de razón. Ellos tenían relaciones, se cuidaban, aunque no siempre.
Él era el responsable de lo que estaba pasando. Debía de asumir las consecuencias de los actos cometidos.
- Eres un tarado, Terry- se talló la cara y dejó salir el aire.
Sonrió al recordar las palabras de su hermana.
-¿Y si huyes, hermano?-
-No Karen, huir no hará que las cosas mejoren-
-Estar con ella tampoco-
Quizás su hermana tenía razón.
Pero no podía hacerlo, eran muy jóvenes, y no podría sacrificar a Candy a una vida de carencias y limitaciones.
-No, ella se merece lo mejor- con ese pensamiento recargó la cabeza en el sofá y se quedó profundamente dormido.
La pesadez que sentía en los ojos no le permitía abrirlos por completo. Se incorporó en la cama y se llevó una mano a la cabeza.
-¿Por qué me duele tanto?- se preguntó a sí misma. Cuando por fin abrió los ojos deseó no haberlo hecho. El pánico se apoderó de ella cuando se dio cuenta de que aquella no era su habitación.
Miró para todos lados.
No, nada de eso le era familiar. Se miró y comprobó que tenía la ropa y el cuerpo intacto. Se levantó de la cama haciendo el menor ruido posible, caminó por la habitación tratando de que el miedo no se apoderara de ella, pero era casi imposible.
Se asomó por la ventana solo para darse cuenta de que estaba muy, pero muy lejos del suelo. Su alma se partió en pedazos cuando giró el pomo de la puerta y ésta no cedió.
-¿Qué está pasando?- con la mirada buscó su celular y su bolsa, pero tampoco los encontró. La desesperación se apoderó de ella al no encontrar algo que la ayudara a salir de aquel lugar.
Se llevó las manos a la boca y empezó a llorar.
¿QUÉ ESTABA OCURRIENDO?
-De seguro me estoy volviendo loca, esto debe ser un sueño- se enjuagó las lágrimas, cerró los ojos y cogió un poco de piel entre sus dedos, sí, eso funcionaria para despertar.
Pero no fue así.
Caminó en círculos por la habitación, trató de hacer memoria. Lo único que se le venía a la mente era que iba para la casa de alguien, pero no lograba recordar quien.
Presa del pánico se acercó de nuevo a la puerta y comenzó a golpearla. Necesitaba salir a toda costa de aquel lugar, su vista se nubló por las lágrimas.
No supo en qué momento se quedó dormida. Despertó cuando escuchó que la puerta se cerraba de un golpe. Desorientada se dio cuenta de que estaba de nuevo en la cama, estuvo a punto de vomitar con el solo pensar que alguien la había tocado.
Giró el rostro y notó que había una mesita de noche, encima de ella un vaso con agua y una nota.
"Todo estará bien, no te asustes"
Aquella nota en lugar de traerle paz, le trajo más angustia.
Neal no tenía ni idea de cómo controlarla, Mía había perdido la razón y necesitaba hacer algo ya.
Lo supo desde que la escuchó hablando con un matón. El corazón del moreno saltó y estuvo a punto de desmayarse.
Mía estaba llevando todo al extremo.
-Estás loca-
-No, no lo estoy, Neal. Tú no lo entiendes-
-Claro que lo hago-
-¿De verdad? Entiendes cómo me siento al saber que he sido usada, humillada y mangoneada por un mequetrefe que…-
-Mía, Anthony no es la única persona con la que te acuestas. No sé por qué te afecta tanto-
-Pues no, no lo es, pero eso no le quita que el muy bastardo…-
-No puede ser, te enamoraste de él- Neal la miró, confirmó sus sospechas cuando ella no le pudo sostener la mirada. –Mía, ya no te importa vengarte de Candy, nunca te importó-
-Yo…- esto era increíble, por primera vez se quedaba sin palabras.
-No lo puedo creer, Mía-
-No sé cómo pasó… yo sólo quería divertirme, me gustaba saber que podía quitarle lo que quisiera a Candy, pero-
-Pero te enamoraste-
-Pero eso no importa ya. No voy a dejar que se burle de mí, te lo juro Neal que me la va a pagar, él y esa zorrita me la van a pagar muy caro-
Neal prefirió quedarse callado, en lugar de eso se acercó a la jarra de agua que tenía en la habitación y sirvió unos vasos, giró el rostro para ver que Mía estuviera distraída y así poder vaciar unas gotas de tranquilizante.
-Toma, necesitas beber algo-
-¿Agua? Necesito algo más fuerte-
-Mía, tómatelo y luego bajamos por algo más-
-Está bien- el castaño observó cómo a desgana se bebía el líquido. No le gustaba tener que hacer esto pero sabía que era por el bien de Mía. Tuvo que correr a tomarla en brazos para que no impactara en el suelo, la depositó en la cama y la miró.
Una cosa menos de la que preocuparse.
Ahora tenía que buscar a Eliza.
Soñó que huían y eso lo despertó.
Estaba sudado y a nada de caerse del sillón. Se sentó y buscó el reloj de pared.
Eran las 5:30 de la mañana, faltaba mucho para que Candy despertara. Se recostó de nuevo, su cabeza le daba la vuelta a la idea de Karen.
Podían huir, muchas parejas hacían eso.
Pero tenía una responsabilidad.
Pero lo querían casar con alguien a quien no quería.
Pero tenía que hacerse responsable de sus actos.
Pero sería infeliz.
Pero no era un cobarde.
O quizás sí.
Le pensó tanto que no se dio cuenta de que ya eran las seis de la mañana. Una hora mucho más prudente, sabía que a esa hora los papás de Candy se iban a correr.
Se esperó unos minutos más y salió. Cuando llegó a su destino se sorprendió de ver la luz del cuarto de la rubia encendida, decidió esperar un poco más para subir. Estaba a punto de salir de su escondite cuando escuchó que hablaban; eran los señores White.
Los vio alejarse y caminó hacia la puerta.
Candy bajaba varios minutos después.
Era tan adorable verla así, recién levantada y con el pijama. Fue en ese momento que supo que la amaría toda la vida, pasara lo que pasara siempre sería ella la dueña de su corazón, de su vida, de su alma, de su todo.
La amaría por sobre todas las cosas, la protegería y veneraría.
Sí, hacer esto era lo correcto.
Ella lo amaba.
Él la amaba.
Y bien decían que amar a alguien era una cosa, ser amado es otra. Pero que te ame la misma persona que amas lo es todo.
Y tenían razón, aquello valía la pena.
La primera reacción de ambos fue abrazarse y besarse.
-No me he lavado los dientes-
-Eso no me importa pecas-
-¿Qué haces tan temprano? Entra-
-¿Quieres casarte conmigo?-
