Los personajes no me pertenecen. Son propiedad de CAPCOM con sus respectivos creadores. Únicamente la trama de esta historia es mía. Queda prohibida su reproducción sin mi consentimiento.
Advertencia: Historia UA. Si no les gusta recomiendo no seguir la lectura, sin reclamos ¿Ok? Ya están advertidos
The War of Seduction
Capítulo 4: Almuerzos.
[Relatos de personas complicadas]
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Abrió los ojos suavemente, tratando de enfocar un plano de la habitación donde acostumbraba a dormir los días que se quedaba en Raccoon city. Miró de un lado a otro consultando el reloj sobre la mesa de noche y según el aparato eran casi las diez de la mañana. ¿Por qué diablos no había sonado a tiempo? Como soldado le desagradaba despertar tarde, pero suponía que las escasas horas de sueño esperando a Claire tenían más consecuencias en su cuerpo de lo esperado. Sentía el cuerpo tenso, le dolía horrores la cabeza y los ojos le ardían como el infierno. Chris Redfield maldijo en voz baja levantándose con pesadez de la cama, apartó las cómodas sábanas que odiaba debido al incómodo color rosa que tenía maldiciendo otra vez las extrañas manías de Claire Redfield entre más avanzaban los años. Aun así le agradaba regresar a Raccoon después de dos años.
Abrió la puerta del baño y observó su reflejo en el espejo, encontrándose a un hombre de treinta años cansado ¿Cuándo la pelirroja le daría un descanso? Abrió el grifo del agua y se mojó la cara recordando los retazos de la conversación del día anterior. Apretó los dientes, preguntándose a sí mismo si podía odiar a Claire Redfield a pesar de ser su único pariente vivo.
–Al fin tenemos un poco de paz, Chris. –la rubia Valentine dejó caer la cabeza contra el hombro masculino. La miró de reojo y quiso decir algo aunque Jill continuó hablando ajena a sus propias acciones. –Después de cenar buscaremos a Claire, eso si no topamos con otros idiotas que intenten huir de ella. ¿Es posible algo así compañero?
¿Era posible tener otros encuentros estúpidos gracias a su hermana?
–Por cómo van las cosas es lo más viable… –suspiró irritado e intentó relajarse o volvería a enojarse. –lamentablemente puede suceder lo deseamos o no, Jill.
La rubia meneó su cabeza en señal de descontento.
–Esperaba otra respuesta pero supongo que es inevitable. –admitió Valentine rendida. Cerró los ojos imaginando el posible escenario. –Tal vez debas darme su arma señor Redfield, yo también estaré encantada de mantener en línea a cualquiera que intente hacer algo estúpido otra vez.
Chris sonrió.
–Eso suena bien.
Escuchó un carraspeo que cortó el hilo de la conversación. Valentine sonrió mordaz desviando su mirada hacia la derecha donde al joven teniente Nivans se removió inquieto junto a Helena. Que Chris le siguiera el juego y los ignorara era gratificante e innovador ¿Quién había imaginado al Redfield desquitándose sin compasión? Nadie, ni siquiera ella. O tal vez los años trabajando para el ejército estuvieran pasando factura ante cualquier situación estresante.
El compañero del hombre se encogió de hombros y respiró tratando de encontrar las palabras adecuadas que no alteraran al capitán más de lo necesario. Miró el Martini en su vaso antes de hablar.
–Disculpe señor, me siento algo incómodo llevando dos horas sentado con usted sin dirigirme la palabra. –le dio un trago fuerte a la bebida. Chris carraspeó y él tomó la señal para seguir torpemente su oración. –es decir… ¿podría considerar nuestra presencia al menos? Como disculpa, quiero buscar la manera de acabar con esta tensión o de lo contrario terminaré enloqueciendo.
Helena le sonrió suavemente, asintiendo. Sabía que llevaban las de perder contra dos personajes con personalidades fuertes y resignarse a cualquier sanción sonaba mejor, pese a ser una venganza satisfactoria para ellos.
– ¿Señor? –insistió el teniente. – ¿De verdad usted va a seguir este ridículo juego?
–Lo que mi acompañante quiere decir señor Redfield –intervino Helena negando con la cabeza a la pregunta estúpida de Piers. – es que podemos hacer una reunión grupal para apaciguar las cosas… es eso o el teniente puede seguir diciendo estupideces toda la noche.
Piers la miró enfadado.
– ¿Perdón? –ladeó el rostro para verla ignorando a los otros dos en la mesa. –Si mal no recuerdas intento salvarnos.
Ella frunció el ceño en respuesta.
–No está funcionando adecuadamente considerando las circunstancias.
La rubia hizo una mueca con los labios ¿Ese era un soldado y una agente financiera? Seguro fueran personas importantes en sus ramas, pero para ella y Chris parecían unos niños intentando ver quien daba la mejor respuesta.
Lo sentía por ellos, pero debían ser castigados como merecían.
–Esa no es mala idea Helena. Todavía faltan algunas presentaciones para darse. –interrumpió poniéndose de pie en dirección a la castaña. Sonrió y apretó el hombro del hombre suavemente en gesto confidencial sin apartar la mirada del capitán. –deberíamos hacerlo ¿no te parece Chris?
El Redfield suspiró rendido. Piers maldijo en voz baja. Ambos estaban tan calmados que no le estaba dando buena espina.
–Entonces está decidido... –respondió. –gracias por darnos esta excelente oportunidad chicos.
Chris parpadeó repetidas veces tratando de olvidar el recuerdo que comenzaba a darle dolor de cabeza. Si bien había aceptado para calmar las ganas de dispararle al teniente y su estúpida amabilidad selectiva con las mujeres, ahora le encontraba el lado malo de tener a varias personas encerradas en un mismo espacio, sonaba descabellado. No gracias a Jill, la mujer parecía ser mejor que cualquier amistad de Claire. La verdadera razón desagradable era encontrarse cara a cara con Ada Wong o el chico Wesker y tratarlos conforme debía ser una reunión social. Más debía hacerlo, era Chris Redfield y esos dos bastardos no lo enojarían, aunque quisieran.
Chris salió del baño avanzando hacia la cocina metros adelante. Se encontró la mesa familiar vacía, caminó hasta el refrigerador y sacó un jugo de naranja servido en un vaso. ¿Dónde diablos estaba Claire a esas horas? No estaba en casa, o de lo contrario la pelirroja ya le habría gritado sobre su ingesta excesiva de cítricos sin previo desayuno.
Caminó hasta el sofá de cuero negro mirando lo que parecía ser una nota, la aferró entre sus manos desdoblándola e intentando leer el contenido. Reconoció con absurda burla la caligrafía pulcra de Claire y automáticamente su ceño se frunció por tercera vez durante el día. Y nuevamente se preguntó si ella estaba determinada en ganarse su odio a pulso.
"Chris, sobre la reunión de hoy… he hablado con Piers y hasta el momento seguimos intrigados sobre tu aceptación sin rechistar. Ambos estamos preparados por si tú y Ada intentan matarse, pero te pido con antelación que se mantengan al margen, por favor. En cuanto a la comida no te preocupes, puse algunas cláusulas para tener todo listo, pero todavía faltan algunas cosas y ahí es donde entras hermano. Irás con Jill al centro comercial mientras termino algunas cosas pendientes. Sé bueno con ella ¿de acuerdo? Espero logres agradecérmelo y me devuelvas el favor quitando tu enojo conmigo ¿sí?
Apretó el papel entre sus manos ¿Qué demonios pasada por la cabeza de Claire?
–Maldición… –se frotó las sienes mirando el reloj en la pared. –esa idiota no tiene remedio….
Arrojó el papel al cesto de la basura contemplándolo más del tiempo necesario. Tratar a Valentine con ese mal humor no le agradaba en nada, aunque sabía que Jill no entraría en pánico ni se iría como ya lo había demostrado durante el parque central. ¿Cómo podía portarse agradable cuando todas las personas que odiaba estarían ahí sentadas fingiendo que se agradaban? Le asqueaba pensarlo. Además, que él recordara Claire no salía de la casa sola sin decir la ubicación exacta y tampoco lo dejaba solo con sus compañeras en la misma sala. No, algo andaba mal y no tenía sentido dejarlo pasar. Cerró los ojos cubriéndoselos con el antebrazo recostado contra el sofá. Se seguía sintiendo cansado, necesitaba dormir un poco antes de que todo se saliera de control.
Escuchó el timbre resonar entre las cuatro paredes arruinándole las ganas de obtener un merecido descanso.
–Al parecer a nadie le gusta dejarme tranquilo… – se levantó y abrió la puerta malhumorado. –Oh, eres tú.
La mujer parada junto al marco de la puerta frunció el ceño. Vestía un sencillo vestido de tirantes color rosa pálido que le hacía verse aún más pálida de lo normal. Traía el cabello rubio amarrado en un rodete alto, dejando suaves mechones rubios suelos dándole un toque informal a la situación.
– ¿Esperas alguien más compañero? Lamento decepcionarlo señor Redfield. –habló mordaz cruzándose de brazos sobre su pecho. Chris negó todavía reacio a dejarla entrar mientras la rubia suspiró. –Lo imaginaba de este humor, pero no logré escatimar las consecuencias. Intenté negarme, pero como podrás ver tampoco la estoy pasando de maravilla gracias a tu hermana.
–No eres tú el problema… –. Logró responder el castaño, la rubia le miró detenidamente y él carraspeó buscando las palabras correctas para mejor comprensión. Ella entendería de todas formas. –. Vernos en menos de cuarenta y ocho horas por obra de unos idiotas deja mucho que desear cuando nosotros somos mayores que ellos ¿No te parece?
Oh, así que era eso lo que tenía a Chris de mal humor, pensó Jill suavizando sus facciones. La cuestión en si sonaba estúpida si se lo planteaban de esa manera, pero al parecer los dos tenían debilidades más estúpidas para ser chantajeados por una ridícula mujer de veinticinco años y su compañero idiota.
–Si lo dices así suena terrible… –coincidió. –pero si llevamos la contraria Claire puede hacer algo tonto y prefiero tener el control mientras sea posible en caso de cualquier imprevisto.
Él sonrió
–Esa es una respuesta inteligente Valentine, felicidades.
Ella lo observó de reojo recargado contra la pared. Chris Redfield traía el ceño marcado y los músculos tensos. Su cabello castaño revuelto le daba la sensación de ser unos años mayor a su edad real y remarcaba con insistencia ese atractivo poco convencional que la orillaba a preguntarse las consecuencias de tocar con la punta de los dedos el definido torso masculino bajo una camiseta gris. Usaba un pantalón corte militar el cual exudaba testosterona a gritos y encontrarse solos cercanos al sofá tampoco ayudaba.
–Sabe señor Redfield, me alegra que esté de acuerdo conmigo, pero no me apetece quedarme aquí todo el día. –dio un paso hacia el interior, chocando contra los zapatos del hombre sin apartarle la mirada. –preferiría continuar la conversación adentro ¿Suele tratar así a todos sus invitados, Chris?
– Solo a los que tienen una lengua filosa que no puedan controlar señorita Valentine. –contestó aflojando el agarre e invitándola a entrar. Jill caminó en dirección a la cocina y se sentó en la silla a la par que Chris le dejaba un vaso de agua y él seguía bebiendo del jugo de naranja. –Claire dejó una nota sobre las compras pendientes Jill, debemos partir antes del horario establecido o tendremos problemas.
La rubia dejó de escuchar mientras procesaba la información. ¿Estarían solos todo el día? Miró al castaño mover los labios, pero ella seguía aturdida. Tal vez si debía considerar la idea de llevar a Claire con alguien profesional si con ello dejaba de meterse en problemas pues dejarla sola en compañía de Chris Redfield sin ninguna compañía extra era algo bizarro inclusive para la pelirroja.
El hombre frunció el ceño y ella continuó mirándolo recelosamente esperando la negativa del Redfield, más en los cinco minutos no había visto signo de negación. Chris estaba decidido a dejar el mal humor con el fin de pasar un rato medianamente agradable. Eso daba otro punto al hombre, quien, pese a ser alguien sin tacto parecía concentrado en otra cosa menos ella, la mayoría del sector masculino buscaba maneras absurdas de hablar con el fin conquistarla. Chris era sereno y tranquilo como debía esperarse de un hombre de esa alta profesión en la cadena militar.
–No sé nada de tu hermana salvo nuestra reunión. – confesó extrañada llevando una mano a su mentón ¿Dónde diablos estaban cuando se necesitaba? Esperaba y estuviera lejos de ese Steve o tendrían problemas otra vez. –con respecto a la comida, espero sea un buen cocinero Chris, siempre me ha dado interés sobre las cosas en que es usted demasiado bueno.
¿Acaso Jill Valentine lo estaba retando?
La rubia le guiñó el ojo reconociendo la indirecta que él parecía comprender. Era un buen blanco escogido en esa absurda guerra pues dudaba que el hombre cayera ante algo tan absurdo. Sus compañeros, por otro lado no le agradaban ni un poco y tampoco quería intentarlo de solo pensar en el pelirrojo que le seguía el juego a Claire.
Esos estaban fuera de su límite de comprensión.
–Puedo asegurarle que soy bastante bueno, señorita Valentine. –respondió el castaño caminando hacia la cocina y cogió las llaves del automóvil. Jill sintió su espina dorsal tensarse ¿Cómo diablos podían hablar de esa forma? –debemos marcharnos o llegaremos tarde.
Caminó en dirección a la puerta y se detuvo.
–Sí, cualquier cosa es mejor que escuchar los gritos de tu hermana a plena luz del día.
…
Chris Redfield estacionó su automóvil en el estacionamiento del supermercado buscando algún mensaje de la pelirroja que se negaba a aparecer. Bajó del auto acompañado de Jill del lado izquierdo y ambos entraron al lugar con más preguntas que respuestas sobre la temática. Si bien ambos conocían las consecuencias llevaban al menos una media hora recorriendo los pasillos solo con una inútil nota de los víveres a comprar. Estaba enojado y el calor en aquella época del verano era insoportable ¿Qué hacía él de todas las personas ahí? Nunca había acompañado a Claire en diez años y admitía que ir acompañado con otra mujer era ligeramente estúpido. Parecían dos personas tranquilas pero eran dos jugadores de una guerra que ninguno estaba dispuesto a dejarse llevar.
–Chris, tal vez debamos llamarle. –sugirió la rubia. – o seguro hará…
Una sombra le impidió seguir la conversación. Jill lo reconoció enseguida y sonrió caminando hasta quedar frente al hombre castaño de mirada divertida. Vestía una camisa de vestir roja con mangas a juego con una corbata negra. Pantalones negros y zapatos del mismo color hacían del hombre alguien atractivo, pero el anillo entre sus dedos lo dejaba fuera de la jugada con el sector femenino.
–Quien lo diría, tenemos a la grandiosa detective Jill Valentine entre los seres mundanos –saludó el hombre. –aunque por tu porte tenso todavía no has encontrado alguien con quien casarte, es un gran desperdicio a tus veintinueve años, mujer.
La rubia abrió la boca para responder, pero Chris se adelantó extendiendo la mano en dirección al otro. Lo vio sonreír y ello la confundió ¿Acaso esos dos se conocían?
–Carlos Oliveira de la DSO, ha pasado un tiempo. –saludó el soldado comprobando su teoría. El agente sonrió apretándole la mano en señal de saludo, la rubia trató de disimular la sorpresa que surcaba sus facciones pues no recordaba a Carlos mencionar el nombre de Chris o viceversa durante años. Él había trabajado para la antigua compañía Umbrella durante el mandato de Albert Wesker antes de meterse en el narcotráfico. No, algo no encajaba en la presentación más luego le preguntaría al Redfield donde se habían conocido.
–Puedo decir lo mismo capitán Chris Redfield, no lo he visto desde los juzgados durante la demanda contra la empresa. –Jill siguió atenta la conversación. – ¿Cómo sigue el oficial de policía? Hubo rumores sobre su excelente trabajo ayudando al abogado Burnside durante el caso, pero nunca me imaginé que conocieras a la detective Valentine y menos aún que sean cercanos para hacer las compras juntas.
Chris alzó una ceja ante el tono burlón del hombre, pero decidió dejarlo pasar. Pronto comenzaría la reunión e iba a necesitar toda su paciencia intacta.
–No sabía que era detective hasta el momento. – reconoció. La miró unos segundos antes de continuar el interrogatorio pues deseaba que ese fuera el único secreto. –. ¿Tienes grandes trucos bajo la manga Valentine?
La rubia le palmeó el hombro. Chris estaba rígido con la noticia, miró a Carlos tratando de buscar alguna explicación coherente a la intensa mirada del hombre latino.
–Desgraciadamente esa era mi mejor jugada –soltó burlona, siguiendo el estúpido juego del Redfield. Luego los señaló contrariada. – ¿De dónde se conocen ustedes exactamente?
Carlos rodeó el hombro del capitán sin perder su sonrisa. –tu compañero se dedicaba a investigar el tráfico de medicamentos ilegales al mercado negro en Umbrella cuando cayó la compañía gracias al bastardo de Derek Simmons quien vendía medicamentos controlados en el mercado negro y surgió un atentado en contra de los representantes. Tuvimos muchos problemas, aunque su amigo el abogado es muy bueno, pero la mayoría del tiempo parece ser un idiota.
Vaya, con que Chris también había estado relacionado con Umbrella…
–Entonces el mundo es pequeño o nuestras influencias son muy nulas para tenernos en el mismo lugar. –comentó todavía incrédula. Casi instantáneamente la imagen de Rebecca llegó, recordando una conversación antigua del cual tenía más dudas que respuestas. –Por cierto, Carlos, escuché de Rebecca que te casaste hace cinco años y lo mantuviste secreto hasta hace poco. ¿Es verdad?
El Redfield alzó la ceja tentado a contestar. Sin embargo, antes de abrir la boca su compañero se adelantó retrocediendo dos pasos a ellos, tomando distancia prudente.
–Hace seis años ustedes hacían apuestas sobre nuestra boda, incluso cuando sólo éramos compañeros de trabajo. –reconoció. –Quise proteger mi orgullo y al final terminé perdiendo la batalla. Si eso no responde tu duda entonces no le dejas otra salvo aceptarla realidad: Estamos casados e incluso tendremos nuestro primer hijo.
¿Qué tanto tiempo había pasado desde el desastre de Umbrella? Cinco años, pensó Chris y le daba gusto que los afectados del problema estuvieran nuevamente encaminados hacia un futuro mejor. Jill amplió su sonrisa.
–Entonces Ada estará complacida con sus teorías, durante años estuvo planeando las maneras de conseguir esta confesión. –la rubia bajó la mirada hacia su reloj de pulsera. Llevaban casi cuarenta minutos en el supermercado y todavía no habían comprado nada para la reunión. Tomó el brazo del Redfield suavemente ante los ojos azules del Oliveira. –Ha sido agradable vernos Carlos, pero tenemos una reunión pendiente y a Claire posiblemente enfadada si vamos con las manos vacías. Si quieres te damos la dirección y vas para que puedas presentarnos oficialmente a tu esposa. Eso sí Wong no te cobra recargos por ocultar tu casamiento.
–Claro, estaremos ahí. –el castaño entrecerró los ojos. –Espera ¿están bajo las órdenes de Claire, Chris?
Chris miró a Jill y suspiro irritado.
–No quiero hablar de eso.
…
Sintió su espalda chocar contra la pared cercana a la cocina y el frío del metal proveniente de un cuchillo largo contra su antebrazo derecho. Alzó la cabeza, encontrándose unos ojos azules que lo miraban con furia contenida, llevaba años sin ver esa expresión colérica de Jake Muller tras lo ocurrido con su figura paterna. Su mirada le prometía la una tortura extensa y estaba seguro que aquello le había abierto las puertas en el campo laboral, más él estaba acostumbrado a todo tipo de miradas molestas e intervenciones súbitas. Aunque esta vez llevaba las de perder al haberlos citado sin previo aviso y en el lugar donde menos Jake quisiera estar.
La casa de los Redfield.
–Espero no seas tú el de la ridícula idea, Steve… –paladeó enojado recorriendo con la punta del cuchillo la mejilla izquierda del abogado sin vacilar. –intentaré dejarlo pasar, pero si Redfield habla conmigo eres hombre muerto.
Los ojos azules de Jake admiraron la expresión contrariada de Steve. Llevaba tanto tiempo conociéndolo para creer que estaba intimidado, pero era grato para él tenerlo entre sus manos y advertirle las consecuencias de tenerlo en la propiedad del hombre que odiaba.
–Suena demasiado bien señor. Incluso apruebo la idea, pero Claire cambió recién el tapiz de los tapetes y si los ensucia de sangre le dará la cuenta de la tintorería. No queremos eso ¿verdad? –lo interrumpió una voz femenina tras Jake quien soltó apretó con fuerza el mando del cuchillo en sus manos. – ahora les recomiendo a ambos marcharse mientras nosotros acomodamos las compras. ¿Entendido?
El pelirrojo soltó a Steve y se giró para ver quién era. Se trataba de una mujer rubia delgada, la cual lo miraba desafiante. Junto a ella el bastardo Redfield con lo que parecían ser los víveres del supermercado.
Su compañero tosió, llamando la atención del resto.
– De acuerdo. Entonces los dejaremos solos –Burnside tironeó el brazo de Muller hacia la salida agradeciendo en silencio la repentina aparición de Jill y Chris. Ellos tampoco parecían agradecidos su presencia, pero los prefería al bastardo hijo de Albert Wesker. Pasó junto a ellos y susurró lo suficientemente alto para que escucharan. –. La reunión pronto dará inicio, asegúrense de estar presentes.
Jill apretó su mandíbula. Recordaba bien al joven pelirrojo. Los padres de Jake Muller habían causado demasiado daño en Raccon y estaba ligeramente sorprendida que alguien como él, a pesar de tener mal carácter pudiera ser cercano a Chris de alguna forma.
Ambos vieron al dúo desaparecer por la puerta e intentó relajarse. Demasiada tensión para un solo día y ni siquiera estaban todos completos.
En la guerra siempre hay competencias riesgosas recordó un instante aquellas palabras en el libro de Claire sobre la seducción. ¿Estaba bien comienzas con eso a pesar del mal ambiente? Los mediadores deben estar preparados para lidiar con los inconvenientes y el primer paso es dejar las armas a segundo término y dar pie a lo primordial… la incomodidad.
– Al menos no serán problema... – Chris dejó las bolsas sobre la mesa, abriendo varios envoltorios de botanas. Esperó en silencio el comentario sarcástico femenino que no llegó pasados quince minutos. Confundido la miró de reojo sin voltearse. – ¿Jill?
Inesperadamente la rubia de ojos grises dio varios vasos hacia él hasta chocar contra su espalda contra él. Apretó el puño contra la madera extrañado de tener alguien invadiendo su espacio personal sin molestarse siquiera. La última mujer que hacía eso era la esposa de Albert Wesker. Excella Guionne, quien anteriormente solía acosarlo desde que era aprendiz del capitán y durante la investigación de Umbrella con fingido interés. Pese a eso no encontraba el contacto desagradable.
Trató de serenarse. Jill no era ella, entonces le seguiría el juego básico.
–Chris…
Lo siguiente que sintió fueron los labios femeninos en su omóplato derecho sin ejercer presión. Un roce suave y dejó caer la cabeza hacia atrás mirando el cuero cabelludo de Jill.
–Jilliam, recuerda que estás a un paso de cometer una locura. – intentó hacerla razonar. La presión delicada sobre su camisa delató la sonrisa que Valentine intentaba esconder. Bien, si ella lo pedía…
Cambió de posición quedando sobre ella y acarició el contorno de su rostro.
– Si vas hacerlo hazlo rápido – soltó burlona. Chris se inclinó. –eso es…
Estaba tan cerca…
– ¿Chris? ¿Jill? – el sonoro llamado de la pelirroja se escuchó en la puerta. El hermano tomó distancia prudente mientras Jill maldecía a Claire ¿Por qué siempre la chica lo arruinaba todo? Valentine resopló, quizá era lo mejor aquella intervención o de lo contrario ambos habrían perdido esa ridícula guerra antes de siguiera ponerse interesante.
Claire Redfield tragó en seco ¿qué diablos había pasado ahí adentro? Su amiga le abrió la puerta, pero sintió como si hubiera arruinado algo y las personas dentro de la cocina estuvieran ignorándose. Cosa tonta, Chris y Jill se llevaban bastante bien para ignorarse de un momento a otro.
–Te estuve buscando Chris. – gruñó ella a regañadientes, examinando el contenido de las bolsas y comprobando que estuviera en orden antes de dar inicio. Los miró recelosa desde su lugar, agitando las compras. – si continúan sin hablar me veré obligada preguntar así que les recomiendo cambiar esas expresiones.
El mayor de los Redfield parpadeó, cambiando la dirección de sus pasos.
– Me voy.
Cuando él desapareció se giró a Valentine que seguía sin moverse. Estática.
– ¿Jill? –Claire suspiró. –Jill….
La rubia apretó los puños observando la espalda del hombre abrirse camino hacia el interior de la casa. ¿Qué rayos había sucedido? Su compañera le tomó por los hombros y se recargó contra ella.
– Esto será más difícil de lo que pensé.
…
Rebecca estacionó su automóvil frente al hogar de los Redfield. Llevaba varios años sin visitarlos, sin embargo el lugar no había cambiado con el tiempo. Era una casa de dos pisos blanca. Con diseño minimalista color durazno. Y en la entrada varios autos lujosos estaban estacionados estratégicamente para dicha reunión. Logró ver el todo terreno de Billy Cohen y cruzó tratando de entrar lo más rápido posible. Llevaba la desventaja al perder contra Billy en la zona de tiro, dos días atrás y esperaba que el hombre no comentara algo al respecto o seguro Ada se burlaría de lo lindo sus tontas acciones.
Estuvo tentada en abrir la puerta más una mano masculina le impidió entrar. Perpleja vio los tatuajes del hombre ya expuestos al público sin pudor.
– ¿Intentas evitarme? – Billy giró el pomo de la puerta. – descuida, eso será entre nosotros.
Rebecca sonrió agradecida. Una vez adentro les recibió la rubia Valentine, quien daba vueltas en círculos como un animal enjaulado, estaba con un humor de los mil demonios y no se sintió tentada a preguntar al respecto. Billy pareció entenderlo pues siguió caminando sin preguntar qué demonios sucedía.
Nadie con buenas facultades mentales le llevaba la contraria a Jill sin sufrir las consecuencias.
– El patio está al fondo, Claire los espera – Rebecca casi escuchó los dientes de la detective chocar contra su boca. Billy frunció la nariz ante el tono de esa rubia mujer, pero no dijo nada. Ambos caminaron adentrándose hasta topar con el patio de los Redfield. Era extenso y agradable. El aroma del paso recién cortado alcanzó sus fosas nasales, seguido de un fuerte olor a carnes asadas. La castaña logró ver dos meses acomodadas con varias sillas y sombrillas que los protegían del fuerte sol, dándole una agradable visión inconexa del terreno cortesía de una amante de la jardinería como lo era Claire Redfield.
También vio a los hombres conocidos durante la boda sentados con sus respectivos acompañantes y otros que no lograba recordar haciendo las tareas asignadas a cada uno. Ellos tenían el deber de obtener las bebidas y el hielo.
–Mejor dejamos esto en su lugar antes de que ocurra otro imprevisto. –Billy asintió extendiéndole las cosas al Muller, éste lo miró irónico y en respuesta suspiró cansino. De todos él era el menos exasperante. – Jake.
– Cohen… –saludó de pie, acomodando el carbón en el asador. –Esto es la cosa más absurda que hemos hecho. ¿Cierto?
–Definitivamente… – meneó su cabeza. Disgustado con los últimos acontecimientos. –. Por cierto. Me encontré a una mujer rubia demasiado violenta en la entrada, eso indica mal presagio.
Jake torció el gesto. Sherry tenía el mismo color de cabello, pero dudaba que fuera alguien con esas características. Solo la mujer acompañante de Chris podía encajar considerando sus burlas palabras y gestos. Le recordaban al idiota, tanto que parecían ser cortados del mismo lado.
–Ella acompaña a Redfield.
–Eso explica todo.
El silencio se apoderó del ambiente. Rebecca a lo lejos acomodaba algunas cosas y no pudo evitar comprarla. Era de menor contextura si la comparaban con esa rubia mujer, pero le quedaban mejor los vestidos, si le preguntaban.
–Jake, ¿traes compañía? – el pelirrojo se cruzó de brazos y Billy lo tomó como algo afirmativo. – ¿es agradable?
–Cualquier persona es mejor que ella – el pelirrojo apuntó a otra dirección donde Jill arrojó un plato hacia Steve. Burnside contempló atónico los pedazos de vidrio regados en el suelo y regresó la mirada a Coen. – ¿No crees?
El sargento vio a Rebecca sonreír desde determinada pidiendo disculpas por su compañera y cerró los ojos.
– Sí. Tienes toda la razón.
…
–Tus invitadas son algo especiales… – se quejó el abogado a la par que Claire buscaba entre las cosas el botiquín de primeros auxilios. Bajó la mirada hasta el corte en su mejilla que Valentine le había proporcionado durante su ataque de ira. No recordaba haber hablado más de dos palabras con ella durante la boda, mucho menos cuando recién comenzaba el convivio. Que pudiera hacerle eso a un desconocido decía mucho hablaba mucho de ella. Y que ninguno de sus amigos hubiera intervenido tampoco le daba gracia. –tal vez no debimos traerlos a todos aquí.
La pelirroja llegó con las cosas necesarias. Suspiró todavía de pie. Las cosas se estaban saliendo de control, pero hasta el momento era tolerable.
–Piers fue quien sugirió la idea, aunque admito que también me sorprendió. – admitió ella, sentándose en el banco de madera quedando frente a frente. – tuve mis dudas cuando Chris apoyó la idea. Pero descuida, sabremos solucionarlo.
La pelirroja sacó varias gasas, una cinta y solución antiséptica. Limpió la herida con agua, aplicó el antiséptico y con una gasa retiró el exceso de líquido para después colocar una limpia con ayuda de la cinta. Sonrió triunfante hacia el pelirrojo.
–Eso debe bastar… – murmuró satisfecha. –. Ahora solo resta volver.
El pelirrojo se inclinó hacia ella. Le rozó la nariz con la yema de los dedos.
–Eres muy ruidosa pelirroja – Steve le besó la mejilla. – es tarde para ponerse nerviosos Claire. Si te retractas perderás.
La pelirroja impactó los labios contra él en un beso rudo. Antes de que el correspondiera se separó y retrocedió dos pasos.
–Antes de todo Steve recuerda que soy hermana de Chris Redfield, eso me hace una persona incapaz de perder cualquier reto. –le guiñó el ojo.
Steve la vio salir triunfante. Como abogado aquellas acciones resultaban obscenamente atractivas, pero como hombre, su ego había salido herido y estaba ansioso por la revancha. No en esos momentos, Claire solo debía esperar un poco más para conocer al Steve Burnside que tenía preparado para ella.
...
Sherry Birkin no era alguien acostumbrada a las fiestas. Si bien desde pequeña sus padres le hacían ir a reuniones laborales el ambiente actual estaba cargado de tensión donde se mirara. Según sus cuentas rogaba al cielo que al menos tuvieran unas cuantas horas tranquilas antes que Chris y su exagerado sentido sobreprotector se activaran. Aunque hasta el momento lucía tranquilo recargado contra la pared mientras Jake seguía atento sus movimientos como si ambos tuvieran una especie de odio mutuo y quisieran evitarse todo lo que pudieran.
Billy Coen sonreía entretenido charlando animadamente con otro rubio que tampoco podía recordar, ambos con Ada Wong siguiendo la conversación volviéndolo casi irreal.
Pese a ser algo incómodo nadie parecía diferir y eso lo hacía extraño.
– Sherry Birkin. Estoy considerando que esto es demasiado bizarro para reunir a todos sin un propósito especial – saludó Muller dándole un trago a la cerveza en su mano. Ella asintió caminando hasta quedar a considerable distancia de ambos hombres. Billy y Jake eran notablemente diferentes, pero irónicamente parecían ser buenos amigos.
–Pudo ser peor considerando quienes fueron los anfitriones – reconoció sonriendo suavemente, posando la atención en el sargento. Sus tatuajes alrededor del brazo le daban una apariencia de convicto a un hombre seguidor de las leyes. –Señor Coen.
– Sherry Birkin. Sus compañeras van a matarnos, o al menos esa rubia – volvió a insistir el sargento y ella no tuvo que pensar demasiado. Solo eran dos rubias del grupo, pero la única capaz de soltar palabras hirientes sin tacto alguno era Jill.
– Espero Redfield solucione esa discusión o tendremos serios problemas – expresó Jake con fastidio ¿No pensaba ceder su ridículo juego? – si escucho otro maldito plato contra el piso me iré.
La Birkin afirmó. Claire desde lo lejos meditaba contrariada la escena tentada a intervenir o escuchar las peleas entre los dos. Del lado izquierdo Barry Burton, amigo cercano a Chris repartía la comida y las cervezas con Steve Burnside. Regresó la mirada lateral y alzó la ceja al ver el ceño fruncido del rubio quien platicaba con Ada concentrado en el relato. Seguía siendo inusual aquellas acciones mundanas, pero conocían a Wong desde la universidad para creer que esa conversación no traía segundas intenciones.
– Por cierto, Jake – titubeó la rubia– ¿Cuándo partirás a Tatchi?
Billy los miró en silencio ¿Jake le había contado quién era? No, de lo contrario Sherry habría evitado todo contacto con las personas cercanas a su círculo familiar.
– En dos semanas -él cerró los ojos dándole un sorbo a su bebida. Odiaba el alcohol a comparación del resto. – ¿podrás entretenerme durante el tiempo límite Birkin?
Oh no. Pensó Coen, esas conversaciones no dejaban nada bueno.
– Puedo hacerlo, señor Muller – se dio la media vuelta. – esperemos el próximo encuentro entonces.
La rubia avanzó metros adelante sin mirar atrás. Jake Muller tenía la facilidad de intimidar a las personas gracias a sus penetrantes ojos azules y carácter de los mil demonios. Pero… podía hacerlo.
¿Qué tan difícil podía ser?
...
–Felicidades. Has hablado más de dos minutos con ese hombre sin matarlo, es un logro bastante complicado –habló Valentine masajeándose las sienes. Logró sentarse en sillas apartadas del sector masculino, se sentía demasiado cabreada para disimular su mal humor. Estaba enfadada y pensaba desquitarse si alguien hablaba del tema o intervenía. –Claire, recuérdame porque demonios acepté tu ridícula apuesta si sueles meternos en problemas.
Rebecca rió nerviosa cruzándose de brazos y esperando respuesta. A lo lejos Redfield maldecía algo que no alcanzó a escuchar dando por entendido que Chris y Jill era demasiado parecidos para su propio bien.
– No puede ser tan malo, Valentine – Sherry acarició el hombro de su compañera intentando transmitir consuelo innecesario. La miró de reojo, de brazos, apoyada contra el refrigerador. –Burnside es una persona divertida, Chris puede romperse la mandíbula si continúa así y el otro rubio… no lo sé mucho sobre él, pero no parece ser demasiado amigable.
Claire negó. Si Birkin pensaba calmar las cosas con ese tipo de comentarios estaba haciendo lo contrario.
–Claro, alentador… – ironizó Jill. Cambió la dirección de su mirada hacia la otra mujer castaña del grupo, sentada en la barra sin dar indicios de mostrarse enojada e incómoda con la situación. –al menos Ada puede aguantar dos horas escuchando a Kennedy y viceversa. Es algo fuera de lo común.
El resto asintió. Era extraño y aceptable a la vez.
–Billy Coen tampoco es mala opción –opinó Rebecca contemplando ahora el mismo rumbo de su compañera rubia. Jake Muller gruñó algo que no alcanzaba a escuchar. Kennedy sonreía satisfecho con Wong sobre alguna temática interesante y Steve Burnside elogiaba la comida. Sherry solía ser modesta, aunque fuera una de las mejores Chefs de Londres y tuviera su propio restaurante. Aun así destacaba más por la inteligencia heredada de los Birkin, tanto que no necesitaba decir el parentesco para saberlo.
Las tres se mantuvieron en silencio. Tal vez todo estuviera fuera de control pero, al menos para Rebecca aquella tontería parecía ser menos retorcida a comparación de las anteriores que Claire las había metido durante diez años.
¿Qué podía salir mal? Antes de siquiera analizar sus propias palabras mentales la voz de la Redfield se escuchó nuevamente cortando la tranquilidad del momento.
–Deberíamos apostar – sugirió. Jill dejó salir el aire acumulado dentro de la garganta. Estaba rígida y Chambers supo que hablaba demasiado temprano sobre ella. Claire disfrutó los rostros contrariados de sus compañeras, no todos los días solía ver el ceño intrigado en Valentine. – Ya saben, intercambiemos compañeros por un día e intentemos convivir con ellos sin salir corriendo. ¿Qué opinan?
–Que es una idea muy estúpida – contestó la rubia. Sherry asintió conforme con la elección de palabras y Rebecca permaneció tirante, sin decir ninguna palabra a favor o en contra. – Además si Ada logra tener la pareja equivocada…
–Si le doy a Chris estaré muerta antes de siquiera intentarlo, Jill – Claire cerró los ojos. Tras diez años la rivalidad entre ambos era abrumadora. Si Ada no la mataba seguro Chris haría el trabajo, por lo que estaba descardo desde el comienzo. –Puedes intentar tener a Billy Coen, Sherry con ese rubio. Yo enfrentaré a Jake Muller y Rebecca puede estar en manos de Steve.
Sonaba torcido. Muy torcido.
–Claire…
–Es algo arriesgado, pero no suena mal – Valentine se sorprendió que aquellas palabras salieran en boca de Chambers. Lo cual dejaba claro que Claire era seguía manejando personas a su antojo. –podemos intentarlo Jill
¿Tentar al diablo solo por diversión? Chris había hecho algo similar días anteriores y su él podía hacerlo ella igual. Esperaba que Jake Muller fuera medianamente decente y le diera una lección a Claire, de verdad lo hacía o todo perdería sentido.
–Bien. – cedió agotada. Discutir contra tres mujeres decididas no tenía sentido. –Si algunas de ustedes decide quejarse, apuesto veinte dólares que Claire será la primera en salir corriendo
…
– Sabes Billy, tener a tres mujeres dentro del mismo espacio puede ser extraño – Coen asintió ante el comentario absurdo de Steve mientras el pelirrojo le dio un bocado satisfecho a la carne dentro de su plato. –Ada Wong y Chris Redfield han estado evitándose desde el encierro de Nicholai, ¿debería ser problema si se entera que Leon es quien la acompaña? Ambos tienen sus diferencias, pero entre el sentido del deber y las conquistas… Chris puede tener mejores puntos a favor.
–Totalmente de acuerdo contigo – contestó, le dio un sorbo a su cerveza mirando de reojo el semblante curioso de Rebecca. Luego miró a otro lado, lo que menos quería era al pelirrojo diciéndole cosas estúpidas e incómodas en plena tarde.
Steve permaneció atento. Vio a otras personas entrar al interior del jardín y reconoció al hombre castaño de ojos azules, vestía una camisa mangas largas. Pantalón marrón y zapatos del mismo color que le daban algún toque interesante o misterioso para el sector femenino. Así era él, aunque si le sorprendió la mujer morena de cabello rizado y ojos verdes a su lado.
No… lo sorprendente no yacía en eso. El anillo del mismo color en sus dedos era lo realmente impactante para alguien que había luchado con él, mano a mano contra Umbrella.
–Lamentamos la tardanza… – aquel acento latino delató al hombre. Si… era él. – mi esposa al parecer tiene mucho por decirles.
Sí, definitivamente el mundo parecía ser pequeño.
…
Ada Wong cruzó las piernas genuinamente interesada en la conversación con el rubio. Su cabello se volvía más obscuro cuando la luz dejaba de darle directamente, volviéndose casi castaño y lejos del cenizo original. Sus hombros anchos, se miraban relajados mientras ambos mantenían una charla agradable. Era mejor a comparación de los otros, pues desde donde estaban lograba escuchar un poco de cada conversación y la mayoría se trataba de Jill malhumorada. Algo del bastardo de Chris Redfield que prefería no escuchar o de lo contrario arruinaría el momento.
Leon pareció entender el mensaje. Le sonrió volviendo sus ojos azules suaves, convirtiéndose en alguien atractivo a la vista. Eso la incitó a llevar las manos para acariciar el antebrazo que se contrajo contra sus yemas. Seguro no estaba acostumbrado a la invasión de su espacio personal sin mostrarse tan interesado, como Albert Wesker antes de casarse. Leon Kennedy mantenía un semblante tenso más que incomodo, seguro por encontrarse rodeado de idiotas.
Jill era la menos afortunada por llevar el mando contra Chris, pero alguien como ella no se dejaba llevar ante cosas insignificantes.
Leon Kennedy dio un apretón sin apartar la mirada. Evaluando los ojos verdes de Ada, esperando encontrar algún signo de rechazo. Era un oficial de policía que no estaba seguro de cómo tratar al sector femenino. Sin embargo Wong disfrutaba su presencia y viceversa. Además tenía curiosidad de saber hasta dónde podía llevar la situación si continuaban así.
Ella sonrió ante el reto y lo supo: No quería conocer la respuesta.
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¡Hola! Aquí con el capítulo cuatro de esta sensual historia. Las parejas están determinadas a hacerse caer de tanta seducción… veremos quienes serán los primeros en caer
Próxima pareja: Helena/Piers y Rebecca/Billy
Un saludo. Se me cuidan mucho.
Fatty Rose Malfoy
