Ladybug permaneció unos instantes más abrazada a su compañero, añorando su calidez, el sonido de su respiración y los latidos de su corazón. Parpadeó para retener las lágrimas, inspiró hondo y se separó de él un momento para mirarlo a los ojos.

–Te salvaré –repitió en un susurro, acariciando su rostro de piedra.

Se puso de puntillas y lo besó en la mejilla, estremeciéndose ante el tacto frío y duro de su piel.

Perdió unos segundos preciosos mientras lo recolocaba de forma que nadie pudiese empujarlo escaleras abajo por error. Era muy poco probable que alguien apareciese por allí, pero no quería arriesgarse.

Después le dio la espalda con el corazón en un puño y bajó corriendo las escaleras hasta los pisos inferiores del hotel.

«Un espejo, tengo que encontrar un espejo...», se repetía a sí misma. No quería invocar su Lucky Charm y arriesgarse a que le otorgara cualquier otra cosa. ¿Y si no sabía cómo usarlo? ¿Y si tardaba demasiado y Gorgona la petrificaba a ella también? No; en esta ocasión contaba ya con un plan premeditado, y sería más prudente ajustarse a él.

«Chloé tendrá espejos», pensó de pronto. Probablemente varias docenas, añadió para sí misma con cierta malicia.

De modo que irrumpió en la habitación de Chloé sin llamar a la puerta. Daba por sentado que a aquellas alturas ya la habrían convertido en una estatua de piedra, y por eso se sobresaltó cuando ella se le echó al cuello de pronto.

–¡Ladybug! ¡Qué bien que estás aquí! ¿Has venido a salvarme?

Ella se la quitó de encima, tratando de centrarse.

–Voy a necesitar tu ayuda, Chloé.

La chica se mostró emocionada y temerosa al mismo tiempo.

–¡Bien! Yo, eh..., sí, supongo que podría ayudar. ¿Quieres que vuelva a usar el prodigio de la abeja?

Ladybug no se lo había planteado, pero lo pensó un momento. Aquel era sin duda uno de los akumas más peligrosos a los que se había enfrentado, y Cat Noir ya no estaba a su lado. Quizá debería contar con la ayuda de más superhéroes.

Sin embargo, tardaría en llegar a la casa del maestro Fu, porque debía hacerlo como Marinette para que nadie viese a Ladybug rondando por allí.

La simple idea de dejar a su compañero petrificado en la escalera más tiempo del necesario le resultaba insoportable.

–Hoy no, Chloé –decidió, y ella pareció muy aliviada de pronto–. Tengo un plan. ¿Me puedes prestar un espejo?

Momentos después saltaba de nuevo por los tejados, con el espejo de Chloé prendido a la cintura.


Ladybug se quedó quieta mientras miles de mariquitas mágicas recorrían todo París devolviendo a sus ciudadanos a su estado normal.

El corazón le latía con tanta fuerza que apenas oyó la voz de la chica que la llamaba con timidez:

–¿Ladybug? ¿Qué ha pasado?

Ella se volvió para mirarla. Parecía una adolescente de lo más inofensiva y, sin embargo, ella sola había petrificado a media ciudad.

Y a Cat Noir.

Se esforzó por centrarse y sonrió.

–No te preocupes. Has sido akumatizada por Lepidóptero, pero ya ha pasado y todo ha vuelto a la normalidad.

–¡Oh, no! –exclamó ella–. No recuerdo nada... Solo que esta mañana fui a la peluquería y me dejaron el pelo fatal, y el chico que me gusta se burló de mí y... Pero no quería causar ningún daño, lo juro.

–Lo sé... –empezó Ladybug, pero sus pendientes emitieron un aviso urgente–. Tengo que marcharme. Todo va a salir bien, ¿de acuerdo?

Pero estaba distraída, y esperó que la chica no lo notase.

Había tenido que invocar su Lucky Charm porque con el espejo no le bastaba para tender una trampa a Gorgona, y apenas le quedaban unos minutos para destransformarse. Se despidió de la chica y lanzó su yoyó para salir volando de allí... en dirección al hotel Le Grand Paris, donde había dejado a Cat Noir.

La magia del prodigio la abandonó por completo a pocas calles de allí, de modo que tuvo que buscar refugio en un callejón discreto para volver a transformarse en Marinette. Mientras corría en dirección al hotel, se detuvo de pronto cuando una sombra pasó por encima de su cabeza. Al levantar la mirada, vio a Cat Noir saltando de tejado en tejado.

Una oleada de alivio la inundó por dentro. Su magia siempre funcionaba, siempre. Y nunca había dejado de arreglar las catástrofes provocadas por los akumas.

Sin embargo, por un momento había temido...

Se quedó parada en la calle, contemplando cómo su compañero se alejaba por los tejados de París. Respiró hondo y sonrió sin saber por qué.


Las clases se reanudaron por la tarde, pero a los alumnos que habían sido afectados por el akuma se les permitió quedarse en casa. Aunque la magia de Ladybug los había curado por completo, para ellos había sido una experiencia muy traumática y necesitaban terminar de asimilarla.

Por eso Marinette no se sorprendió al entrar en el colegio y darse cuenta de que había bastantes menos alumnos que de costumbre. Buscó a Alya con la mirada, pero no la vio, y frunció el ceño, preocupada. La había llamado después del ataque para comprobar que se encontraba bien, y ella le había asegurado que sí, y que Gorgona no había llegado a petrificarla.

Se acercó a sus compañeros para preguntar por ella; pero ellos estaban compartiendo historias angustiosas sobre personas a las que habían visto convertirse en piedra, y Marinette se acordó de Cat Noir y no tuvo ánimos para intervenir en la conversación.

De modo que se dirigió al aula; quizá Alya estuviese dentro.

Abrió la puerta y se asomó al interior. Dio un pequeño respingo al darse cuenta de que la única persona que había allí era Adrián.

–¡Perdón! –murmuró–. No quería interrumpir.

El chico estaba sentado ante su escritorio. Parecía concentrado en su libro de texto, pero levantó la cabeza y le sonrió.

–Marinette. No interrumpes, pasa. No estoy haciendo nada importante; es solo que hay mucho barullo ahí fuera y buscaba un poco de tranquilidad.

Ella entró en el aula, cerró la puerta tras de sí y se encaminó a su sitio. Al echar otro vistazo a Adrián se dio cuenta de que estaba pálido y parecía cansado.

–¿Te encuentras bien? –le preguntó con inquietud mientras se sentaba.

Él se volvió hacia ella con una cansada sonrisa.

–Sí, no te preocupes. Solo me siento un poco rígido –respondió, moviendo los hombros para desentumecerlos–; pero la magia de Ladybug lo arregló todo, como siempre, así que debe de estar solo en mi cabeza.

Marinette se cubrió la boca con las manos, ahogando una exclamación de angustia.

–¿Te... te convertiste en una estatua de piedra tú también?

La mirada de Adrián se suavizó.

–Sí, pero de verdad, no es nada; estoy bien.

Marinette negó con la cabeza. La magia de Ladybug podía reparar los daños causados por los akumas, pero no borraba la memoria de sus víctimas. Solo la de los propios villanos akumatizados, al parecer, lo cual tampoco resultaba demasiado justo.

Todo el dolor y la angustia que habían experimentado los ciudadanos petrificados permanecería durante mucho tiempo en su recuerdo.

–Podrías haberte quedado descansando casa. El director ha dicho que las víctimas del ataque de hoy no tenían que venir al colegio.

–Lo sé, pero mi padre no quería que perdiera clases.

Marinette bajó la cabeza.

–Lo siento –murmuró.

Adrián sonrió.

–¿Por qué? No es culpa tuya.

–Lo sé, lo digo por ti, porque... –Desvió la mirada, turbada–. He visto de cerca cómo se volvía la gente de piedra y... no parecía muy agradable.

La simple idea de que su adorado Adrián hubiese tenido que sufrir aquel proceso le rompía el corazón.

–Marinette.

Ella alzó la cabeza, sobresaltada. La voz de Adrián había sonado muy cerca y, cuando se volvió para mirar, descubrió que él se había sentado a su lado en el banco.

–Marinette –repitió, con suavidad.

–¿S-sí? –farfulló ella, incapaz de dejar de mirarlo a los ojos.

–No tengas miedo, ¿vale? Ladybug y Cat Noir siempre estarán ahí para protegernos a todos. Confía en ellos.

Marinette enrojeció, sintiéndose avergonzada. Ella era Ladybug, y Adrián había sufrido el ataque de un akuma. No era él quien debía tratar de tranquilizarla a ella, sino al contrario.

Trató de sonreír y asintió con más entusiasmo del que sentía en realidad.

–Tienes razón. Ellos siempre nos salvan y lo arreglan todo después, así que... no hay razones para preocuparse, ¿verdad?

Él le sonrió ampliamente.

–Ninguna en absoluto –le aseguró, guiñándole un ojo.

Marinette se puso más roja todavía. Por suerte para ella, en aquel momento sonó el timbre que señalaba el comienzo de las clases. Adrián le oprimió el hombro con afecto y regresó a su sitio antes de que el resto de sus compañeros entrasen en el aula.

Marinette se quedó muy quieta, con el corazón latiéndole con fuerza, hasta que llegó Alya, se sentó junto a ella en el banco y la hizo volver a la realidad con un suave codazo.


–¡Soy el Incendiario! –aulló el villano–. ¡París arderá por los cuatro costados y todos vosotros arderéis con él!

–¿Ah, sí? –se burló Cat Noir desde lo alto de una azotea–. ¡Vamos a ver si piensas lo mismo cuando te hayamos bajado los humos un poco!

Se arrojó sobre él, enarbolando el bastón; pero el Incendiario se volvió bruscamente y lo apuntó con el puño.

Su guante vomitó un chorro de fuego que alcanzó de lleno al superhéroe y lo detuvo en pleno salto. Cat Noir percibió el olor a quemado antes de comprender que era su cabello lo que estaba ardiendo, y que ni siquiera su traje mágico podía protegerlo del fuego que envolvía su cuerpo, sumiéndolo en un dolor indescriptible.


Adrián se despertó con un grito y la piel empapada de sudor. Se incorporó, respirando entrecortadamente, y tardó unos instantes en darse cuenta de que no estaba ardiendo en llamas en realidad.

–Solo ha sido un sueño –murmuró.

Pero le había parecido tan real...

Se pasó la mano por el pelo, revolviéndolo, y buscó a Plagg con la mirada. El kwami estaba aovillado sobre su almohada y dormía profundamente, pero abrió uno de sus brillantes ojos verdes al sentir que el chico lo observaba.

–¿Qué pasa? –bostezó–. ¿Por qué haces tanto ruido?

–Creo que he tenido una pesadilla, Plagg. Muy desagradable, por cierto.

Frunció el ceño. También había sido muy desagradable la experiencia con Gorgona de aquella misma mañana, y sin duda le había dejado tocada la moral. Hasta Marinette se había dado cuenta.

Sacudió la cabeza. Había querido convencerse a sí mismo de que su estado de ánimo se debía a que no había vuelto a ver a Ladybug después de la batalla, pero en aquel sueño ni siquiera aparecía ella. Se volvió hacia Plagg, inquieto.

–¿Crees que Sandboy anda de nuevo por la ciudad?

Plagg bostezó de nuevo.

–¿Por qué? ¿Se ha hecho realidad tu pesadilla?

Adrián se miró las manos. No había quemaduras.

–No, solo...

–Pues ya está, ha sido solo un sueño. No le des más vueltas. Y ahora déjame dormir, ¿quieres?

Adrián suspiró. Al menos Plagg seguía siendo un kwami y no se había convertido en un calcetín.

Volvió a tumbarse y trató de conciliar el sueño; pero no paraba de dar vueltas en la cama, intranquilo. Los retazos de su pesadilla todavía lo inquietaban, y en el fondo no quería volver a dormirse y arriesgarse a soñar con algo parecido de nuevo.

Se incorporó otra vez.

–Plagg, ¿estás dormido?

–Ya no –gruñó el kwami.

–Genial, porque vamos a salir a dar una vuelta.

–Noooo...

–¡Garras fuera!


Marinette no se había acostado todavía. Había un asunto que la inquietaba y al que no dejaba de dar vueltas. Tenía que ver con lo que había sucedido durante la batalla contra Gorgona, pero también con la conversación que había mantenido aquella tarde con Adrián.

Llevaba ya mucho tiempo siendo Ladybug, y al principio había sido relativamente sencillo. Ella y Cat Noir derrotaban a los akumas, uno detrás de otro, y luego todo volvía a la normalidad.

Pero en los últimos tiempos tenía la sensación de que era cada vez más difícil. Los villanos los ponían en apuros con mayor facilidad a pesar de que ellos contaban ahora con nuevos poderes, más aliados y los inestimables consejos del maestro Fu.

Y Marinette no podía evitar preguntarse qué sucedería el día en que perdieran una batalla. Una sola.

Porque haber ganado las cincuenta anteriores no serviría de nada si ella caía una sola vez.

Lo que más la asustaba no era la posibilidad de ser vencida, sino el hecho de que nadie podría salvar París si ella ya no estaba. Ningún otro héroe tenía el poder de purificar los akumas ni de arreglarlo todo después.

Ni tampoco de devolver a la vida a las víctimas.

Aquella idea había prendido en su mente en el momento en que Cat Noir se había transformado en una estatua de piedra y ella le había jurado que lo salvaría. No se había permitido el lujo de dejarlo entrever, y mucho menos delante de él, pero una vocecita había susurrado entonces en su cabeza: «¿Y si no puedes? ¿Y Gorgona te vence? ¿Quién lo salvará?».

Había derrotado a la mujer-serpiente, como todo el mundo esperaba. Y ella había tratado de espantar aquellos malos pensamientos que se habían instalado en su interior. Y casi lo había conseguido..., antes de descubrir que Adrián también había sido afectado por el akuma. La simple idea de imaginarlo transformándose en una fría escultura de piedra le había revuelto el estómago.

No habría sido la primera vez, ciertamente. No hacía mucho que Style Queen lo había convertido también en una especie de escultura dorada que había comenzado a deshacerse en polvo poco después. Y ella había estado a punto de perder aquella batalla, de hecho. Si no hubiese sido por Plagg...

Pero después todo había vuelto a la normalidad, y Adrián no dio muestras de sufrir ningún tipo de secuela. Después de todo, la transformación había sido instantánea, y él había recuperado la conciencia solo cuando ya había acabado todo.

Así que Marinette se las había arreglado para no darle más vueltas.

Hasta ahora.

Porque había visto con sus propios ojos lo que el poder de Gorgona hacía a sus víctimas, y era evidente que ellas lo recordaban después.

¿Cuánto tiempo más tenían que seguir sufriendo los ciudadanos de París... sus seres queridos... antes de que ella y Cat Noir lograsen derrotar a Lepidóptero y acabar con su reinado de terror? ¿Y si no eran lo bastante fuertes? ¿Y si ella no era lo bastante fuerte?

Tanto Cat Noir como Adrián tenían una fe ciega en Ladybug... por no hablar de Alya, o incluso Chloé.

Pero ninguno de ellos sabía que, en el fondo, detrás de la máscara de la heroína solo estaba Marinette.

Tikki notó que estaba triste aquella noche, pero ella no se sintió con ánimos de confiarle sus tristes pensamientos. Tampoco se sentía con ánimos de ir a dormir; tenía la sensación de que seguiría dándole vueltas a aquel asunto y se desvelaría sin necesidad.

De modo que en su lugar se dedicó a trabajar en uno de sus diseños.

Cuando acabó descubrió que se le había hecho muy tarde, pero estaba acalorada y tenía las mejillas ardiendo. De modo que apagó la luz y trepó a la cama pero, en lugar de meterse entre las sábanas, salió a la terraza a tomar un poco el aire.

No lejos de allí, un superhéroe felino la vio sola en su balcón, detuvo su ronda por los tejados y decidió acercarse a saludar.