–Buenas noches –dijo él.
Marinette alzó la cabeza y sonrió antes de darse la vuelta.
–Buenas noches, Cat Noir. –Hizo una pausa y preguntó, inquieta–. ¿No es un poco tarde para pasear? ¿Ha habido algún aviso de akuma?
–No, tranquila. Solo estaba de patrulla, te he visto y me he preguntado... –Se detuvo un momento, dudoso–. ¿Te encuentras bien? ¿No podías dormir?
Marinette tardó un poco en contestar, y Cat Noir añadió:
–Disculpa, no es asunto mío.
–No, tranquilo. Me he quedado hasta tarde trabajando y no me he dado cuenta de la hora que era.
Observó a su compañero mientras hablaba, preocupada. Ni Cat Noir ni ella solían salir de patrulla a aquellas horas porque ambos eran estudiantes y madrugaban por las mañanas. Se dio cuenta entonces de que él parecía cansado, y se acordó de Adrián.
Ambos habían sido afectados por el poder de Gorgona. La última vez que había hablado con Cat Noir, de hecho, se estaba convirtiendo en una estatua de piedra.
Porque se había sacrificado por ella. Para que pudiese salvar a todos los ciudadanos de París.
Y a Adrián.
Se estremeció.
–¿Marinette? –preguntó Cat Noir al notar que su expresión se ensombrecía–. ¿Seguro que estás...?
Ella rodeó su cintura en un súbito abrazo. Cat Noir estuvo a punto de perder el equilibro sobre la barandilla, pero se colocó mejor y la abrazó a su vez.
–Marinette, ¿qué...?
–Gracias –musitó ella con el rostro pegado a su hombro.
Evocó la frialdad de su cuerpo de piedra la última vez que lo había abrazado. Sentir de nuevo su calidez, su respiración, los latidos de su corazón... le parecía un pequeño milagro.
–¿Gracias? –repitió él, perplejo–. ¿Por qué?
Por ser un compañero tan leal, podría haberle dicho Marinette. Por dar su vida por ella una vez más. Por su apoyo y su confianza.
Pero no podía hacerlo, porque todo aquello formaba parte de su vida como Ladybug, y ambas identidades debían permanecer separadas. Por otro lado, Ladybug tampoco podía decirle todo lo que significaba para ella. Porque entonces le llenaría el corazón de falsas esperanzas, y lo último que deseaba era tener que rechazarlo otra vez. No quería hacerle daño. No se lo merecía.
–Por todo lo que haces por todos nosotros –respondió por fin.
Cat Noir sonrió.
–No soy solo yo, es Ladybug. Ella...
–Los dos salváis París sin pedir nada a cambio. Y a veces tengo la sensación de que no os lo agradecemos lo suficiente..., especialmente a ti.
Cat Noir sintió una súbita calidez en el pecho.
–Pero... pero no hace ninguna falta, de verdad –acertó a decir–. Somos héroes, es nuestro trabajo.
Marinette se separó de él con un suspiro y se acodó sobre la barandilla, abatida. Cat Noir se inclinó un poco hacia ella.
–Sé que el akuma de hoy ha sido uno de los peores, pero no debes tener miedo. Ladybug y yo te protegeremos..., protegeremos a todos los ciudadanos de París –se corrigió– de cualquier amenaza. Y ya sabes que no estamos solos –concluyó, guiñándole un ojo.
Marinette sintió que le ardían las mejillas. Era la segunda vez aquel día que alguien creía que la asustaban los akumas y trataba de tranquilizarla al respecto. Precisamente a ella, que había derrotado a todos los villanos que Lepidóptero había enviado para arrebatarle su prodigio. Sacudió la cabeza.
–No tengo miedo por mí –logró decir.
Cat Noir parpadeó sin comprender.
–¿Entonces...?
Los ojos de Marinette se humedecieron sin que pudiese evitarlo.
–Mi amigo Adrián se convirtió en piedra –explicó.
Enseguida se arrepintió de haber dado tantos detalles. Después de todo, Cat Noir había entrado en su cuarto y había visto todas aquellas fotos. Incluso las que escondía debajo de la cama, para su eterna vergüenza. Y aunque Adrián le hubiese comprado la historia de que lo admiraba como modelo y nada más, Cat Noir sin duda habría interpretado correctamente lo que había visto.
Pero ya qué más daba. Después de todo, él no sabía que ella era Ladybug. Ni mucho menos que Adrián era el chico por el que la superheroína lo había rechazado.
–Se convirtió en piedra –repitió; le temblaba la voz de la emoción–, y si no hubiese sido por ti... por vosotros... –se corrigió–, lo habría perdido para siempre.
Tragó saliva, porque le costaba continuar. Se dio cuenta de que Cat Noir estaba muy silencioso y alzó la cabeza para mirarlo.
El superhéroe seguía acomodado sobre la barandilla de su balcón y la observaba con una extraña y profunda emoción en sus ojos verdes.
«Seguro que le parezco ridícula», pensó de pronto, abatida. El miedo y la duda eran dos cosas que Ladybug no podía permitirse. Ella era fuerte y valiente, y sabía que Cat Noir la admiraba por eso.
–Marinette –dijo él de pronto, con tanta dulzura que la hizo estremecerse.
Apretó los dientes y se secó las lágrimas con el dorso de la mano. Pero él le sostuvo el rostro con suavidad y la obligó a mirarlo a los ojos.
–Ya pasó, ¿de acuerdo? –le dijo en un susurro–. Adrián está bien, el akuma ha sido purificado y todo ha vuelto a la normalidad.
Ella respiró hondo un par de veces. Después trató de sonreír, y lo consiguió, más o menos.
–Y te protegeremos –añadió él con firmeza–. A ti y a todas las personas que te importan. Te lo prometo.
Marinette lo miró a los ojos, buscando la verdad en el fondo de su mirada. ¿Qué diría si supiese que se estaba comprometiendo a cuidar del muchacho al que amaba Ladybug? ¿Mantendría su palabra?
Comprendió de inmediato que sí. Cat Noir podía comportarse en ocasiones como un niño inmaduro y resentido, pero siempre, siempre corregía su actitud, porque era noble y generoso y tenía un corazón de oro.
Y porque se sacrificaría una y mil veces por ella. Y Marinette lo sabía.
–Gracias por animarme, Cat Noir. –Sonrió–. Parece que se está convirtiendo en una costumbre.
Él se puso en pie sobre la barandilla y le ofreció una galante reverencia, presumiendo de un equilibrio impecable.
–Para eso estamos los héroes –respondió–. Y ahora, si me disculpas, debo seguir con mi ronda.
–Por supuesto –asintió ella–. Pero... intenta descansar, ¿vale?
–¿Cómo dices? –se sorprendió Cat Noir.
–Es que tienes mala cara. Como si estuvieses agotado. Después de lo de hoy, creo que te mereces una noche libre, ¿no crees?
Él dudó un momento, como si quisiese contarle algo; pero finalmente sacudió la cabeza y sonrió.
–Gracias por el consejo, Marinette. Vete a dormir tú también, ¿de acuerdo? Los héroes de París velaremos tu sueño.
«Solo uno de los héroes de París, al parecer», pensó ella. Pero sonrió también.
Cat Noir se despidió de ella, desplegó su bastón y abandonó el balcón con un prodigioso salto. Aún sonriendo, Marinette lo vio alejarse entre los tejados.
Después volvió a entrar en casa y se acomodó en su cama con un suspiro de alivio.
Le había sentado bien hablar con Cat Noir, después de todo. «Ojalá las cosas fueran diferentes entre nosotros», pensó. Ojalá pudiesen ser grandes amigos sin más, sin que Ladybug tuviese que ponerse siempre a la defensiva para no darle falsas esperanzas ni herir sus sentimientos.
Pero a pesar de todo seguían siendo un equipo, y Marinette estaba feliz por tenerlo a su lado.
Cat Noir siguió el consejo de su amiga y regresó a casa para tratar de dormir un poco. Le había gustado hablar con ella. Saber lo mucho que lo valoraba no solo como Adrián, sino también como superhéroe, había despertado una cálida sensación en su interior. Era una de las muchas cualidades de Marinette, caviló. Su presencia era como un rayo de sol que lo hacía sonreír cada vez que la veía, sin que supiera muy bien por qué. Siempre estaba dispuesta a ayudar a todo el mundo. Siempre se preocupaba por los demás.
Y a Adrián le encantaba pertenecer a ese círculo de amigos a los que ella apreciaba de forma especial.
Se metió por fin en la cama, convencido de que en esta ocasión ninguna pesadilla acudiría a atormentarlo. Porque aún guardaba en su corazón la luminosa sonrisa de Marinette, como un talismán capaz de protegerlo de los más oscuros pensamientos.
Cuando se despertó horas después con el corazón desbocado, tras haber soñado que caía desde lo alto de la torre Eiffel sin que nadie acudiese a rescatarlo, comprendió que había sido demasiado optimista.
Las pesadillas regresaron una y otra vez. Todas eran diferentes, pero siempre seguían un mismo patrón: Cat Noir moría de muchas y horribles maneras, y no había ninguna heroína vestida de rojo que apareciese en el último momento para salvarlo. Al principio dio por sentado que su mente aún se estaba recuperando de su desagradable experiencia con Gorgona, pero seguían pasando los días y las pesadillas no desaparecían.
Comenzó a acusar la falta de descanso. Cada día que pasaba estaba más pálido y ojeroso; Marinette se dio cuenta y se interesó por su salud, y él se esforzó desde entonces en fingir que estaba bien porque no quería preocuparla. Pero le costaba concentrarse en clase, sus resultados académicos empezaron a resentirse y Kagami lo vencía en esgrima con tanta facilidad que llegó a preguntarle si tenía problemas sentimentales otra vez. Adrián le aseguró que era tan solo falta de sueño.
También Nathalie le pidió explicaciones.
–Si esto continúa así tendré que comunicárselo a tu padre, Adrián –le dijo.
El chico suspiró.
–Es que no estoy durmiendo bien. –Nathalie alzó una ceja y él añadió–. Quizá sea por estrés. O porque tengo demasiadas cosas en la cabeza, no sé.
De ningún modo podía hablarle de sus pesadillas, o tendría que dar demasiadas explicaciones. Por primera vez, de hecho, se alegraba de vivir en una casa tan grande que nadie lo oía cuando se despertaba gritando por las noches.
«Qué pensamiento tan deprimente», se dijo de pronto.
–Hablaré con la cocina para que a partir de ahora te preparen infusiones relajantes después de cenar –estaba diciendo Nathalie mientras lo anotaba todo en su tableta–. Y podemos hacer un hueco para que te den masajes por las tardes. Si nada de eso funciona, te reservaré una cita con el médico.
–Gracias, Nathalie –respondió él.
Pero tenía la sensación de que no iba a funcionar.
Aquella noche salió de patrulla con Ladybug y ella lo notó lento y torpe.
–¿Qué te pasa, Cat? –le preguntó–. ¿Tienes algún problema?
–No, es solo que esta semana ha sido una locura..., mucho trabajo en el instituto, exámenes, ya sabes –mintió.
Ella sacudió la cabeza.
–Es importante que intentes descansar –le dijo–. Los trajes nos proporcionan un aporte de energía extra, y si aún así te vas durmiendo por los tejados es que debes de estar realmente mal. Y te necesito en plena forma. No sabemos cuándo volverá a atacar Lepidóptero.
–Sí, sí, de acuerdo –murmuró él, sintiéndose un poco culpable por no poder hacer nada al respecto.
Se despidió de ella más temprano de lo habitual y se acostó con cierta aprensión. En realidad no tenía dificultades para conciliar el sueño. Estaba tan agotado que siempre se dormía nada más tocar las sábanas.
El problema era que, en cuanto lo hacía, las pesadillas regresaban.
Y aquella noche no fue diferente. Se despertó un rato más tarde, boqueando. Tardó unos instantes en comprender que no se estaba ahogando en el fondo del Sena y respiró hondo, intentando calmarse.
–Vale –dijo en voz alta–, esto no es normal.
Buscó a Plagg con la mirada y lo encontró durmiendo a pierna suelta sobre la almohada. Lo despertó.
–¿Quéee? –bostezó el pequeño kwami–. ¿Me has traído queso?
–Plagg, tenemos que hablar.
–Oh, no –gimió la criatura.
–Oh, sí.
–¿No puede esperar a mañana?
–Como quieras. Pero te advierto que, mientras sea incapaz de pegar ojo, no pienso dejarte dormir. Así que tú decides.
–De acuerdo, de acuerdo. –Plagg suspiró y se sentó sobre la almohada, frotándose un ojo–. ¿Y ahora qué?
–Háblame de las pesadillas.
–¿Las pesadillas? Pues son sueños desagradables. Yo nunca los tengo, por cierto. Solo los provoco –añadió con una sonrisa que desnudó sus pequeños colmillos.
–Entonces, ¿eres tú el causante de mis pesadillas? –dedujo Adrián, frunciendo el ceño.
–Yo no he dicho eso.
–Porque están repletas de muerte y destrucción... muy en tu estilo.
–¿De verdad? –sonrió Plagg, halagado; pero sacudió la cabeza y añadió–: ¿Para qué me voy a molestar en inspirarte pesadillas precisamente a ti, Adrián? Es absurdo.
–Entonces –quiso asegurarse el chico, alzando la mano en la que portaba el anillo–, ¿estás seguro de que estos sueños no tienen nada que ver contigo ni con mi prodigio?
–Nah –replicó Plagg–. No tiene ningún sentido.
Adrián iba a replicar, aliviado, cuando el kwami añadió:
–No es como si estuvieses a punto de gastar tu última vida ni nada por el estilo.
Hubo un breve silencio, mientras Adrián asimilaba lo que Plagg acababa de decir.
–¿Mi qué? –preguntó por fin, con una nota de pánico en su voz.
El kwami se dio cuenta entonces de que había hablado de más y esbozó una sonrisa de disculpa.
–Ups –dijo solamente.
NOTA: Por fin empezamos a llegar al meollo del fic :). No sufráis mucho por Adrien; estará bien, porque no está tan solo como cree. Después de todo, tiene a Marinette ;).
