–Vas a tener que explicarme eso con claridad –exigió Adrián.
Plagg dejó escapar un suspiro dramático.
–De acuerdo, si te empeñas... Pero es una larga historia.
–Tenemos tiempo hasta el amanecer.
Plagg suspiró otra vez.
–Muy bien, empezaré desde el principio: tu prodigio te otorga el poder de la destrucción absoluta, ¿de acuerdo? El Cataclysm genera una gran concentración de caos y, por tanto, es un imán de mala suerte para ti.
–¿Un... imán de mala suerte? –repitió Adrián sin comprender.
–Bueno, todos los superhéroes corren riesgos cuando luchan contra las fuerzas del mal. Pero el portador del prodigio del gato negro tiene muchísimas más posibilidades de caer en la batalla. El azar nunca está de su parte. Eso es cosa de Ladybug, ya sabes.
Adrián abrió la boca para responder, pero no se le ocurrió nada que decir.
–Por eso Ladybug y Cat Noir trabajan en equipo y sus poderes son complementarios –prosiguió Plagg–. El gato negro atrae la mala suerte y la aleja de Ladybug, despejando su camino para que ella pueda vencer al final. Pero como todo ha de tener un equilibrio, Cat Noir no dispone de una sola vida, como todo el mundo... sino de siete.
–¿Siete? –repitió Adrián, sorprendido–. Entonces, ¿es cierto que los gatos tienen siete vidas? Pensaba que era solo un mito.
–Es solo un mito. Los gatos son animales muy ágiles, pero siguen teniendo una sola vida. Es el portador del prodigio del gato negro el que cuenta con siete oportunidades; de ahí es precisamente de donde surge la leyenda.
–Eso quiere decir...
–Eso quiere decir –continuó Plagg– que puedes morir hasta seis veces. La séptima sería la definitiva.
–Pero... pero yo no he...
–¿Nunca has escapado por los pelos de una muerte segura? –planteó el kwami–. ¿No recuerdas ni una sola ocasión en la que Ladybug apareció en el último momento para salvarte? –Inspiró hondo y concluyó–: ¿Nunca has sacrificado tu vida para salvar la suya?
Adrián parpadeó, perplejo.
–Sí, alguna vez, pero...
–Ahí lo tienes. Vidas malgastadas, una detrás de otra. –Suspiró–. Todos los Cat Noirs lo hacen alguna vez, pero lo tuyo empieza a resultar realmente alarmante.
–Pero la magia de Ladybug siempre lo arregla todo al final –objetó el chico–. Para todo el mundo, no solo para mí. Quiero decir... Por ejemplo el otro día, con Gorgona, yo no fui el único transformado en piedra. Todas las otras víctimas volvieron a la vida también.
–Ellas no tienen que compensar una espiral de caos y mala suerte que las arrastra hacia su propia destrucción. El Cataclysm es como un tornado que tira de ti con el poder de la devastación más absoluta. Hace falta una dosis extraordinaria de buena suerte para contrarrestarlo. Todas las veces que ella te ha salvado... estabas condenado de antemano, Adrián. Lo ha conseguido porque es Ladybug, porque tiene la suerte de su parte y porque su magia es la única capaz de equilibrar el caos que tira de ti. Si lo hubiese intentado otra persona..., o incluso otro héroe..., no lo habría logrado. Tu mala suerte lo habría hecho fallar, y el rescate habría sido un desastre. Y estarías muerto.
Adrián dejó caer los hombros, abrumado.
–¿Y qué pasará... si pierdo la última vida?
–Que ni siquiera la magia de Ladybug lograría traerte de vuelta después. ¡Pero relájate, no pongas esa cara! –añadió el kwami, súbitamente animado–. Aún te quedan vidas por gastar, y además hay una solución muy sencilla. Es algo que han hecho muchos portadores antes que tú, no creas que los he perdido a todos de forma trágica y prematura.
–¿De qué se trata?
–Cuando pierdas tu sexta vida, iremos a ver al maestro Fu y le devolverás el anillo. Él elegirá a otro Cat Noir, que tendrá sus siete vidas intactas, y tú ya no podrás utilizar mis grandes poderes, pero tampoco serás un foco de mala suerte. Así que si te pasa algo como civil durante el ataque de un akuma, la magia de Ladybug seguiría funcionando contigo. ¿No es genial?
Adrián se quedó mirándolo.
–No, no es genial. Yo no quiero dejar de ser Cat Noir.
–Pues entonces cuida mejor tus últimas vidas. Soy el dios de la destrucción, resucitar a la gente no es una de mis especialidades.
El chico respiró hondo varias veces mientras asimilaba todo lo que Plagg le acababa de contar.
–Vale, y entonces... ¿qué tiene que ver eso con mis pesadillas?
–Ah, las pesadillas. –Plagg se acomodó un poco mejor sobre la almohada–. Cuando pierdes tu sexta vida, la magia del prodigio empieza a avisarte de que ya solo te queda una. Y te hace soñar con tu propia muerte una y otra vez. Para que tomes medidas al respecto: ser más prudente, renunciar al anillo...
–Entonces, ¿es eso lo que me está pasando? Pero tú habías dicho...
–No, no, tiene que ser otra cosa. –Plagg le dedicó una sonrisa llena de dientes–. Ya te lo he dicho, aún te quedan vidas. La que perdiste con Gorgona era la quinta.
Adrián se quedó mirándolo fijamente.
–¿Estás... seguro?
–Completamente. Sé contar, ¿sabes? Yo estaba allí cuando los sumerios inventaron las matemáticas.
Pero ni toda la calma y la confianza de Plagg conseguían deshacer el nudo de angustia que se había instalado en el estómago de Adrián.
Se levantó con decisión.
–¿Sabes qué? Vamos a volver a contar.
Plagg soltó un teatral suspiro de resignación.
–Vaaale, no confíes en mí. Después de todo, ¿qué otra cosa puede esperar un pobre kwami como yo?
Pero Adrián ya se había sentado ante su escritorio con un bolígrafo y una libreta de notas.
–Perdí una vida cuando Gorgona me petrificó, ¿verdad? –preguntó, anotándolo en primer lugar.
–Sí. Y otra cuando te caíste desde el coche volador de Rogercop.
Adrián se quedó sin aliento al recordarlo. En aquella ocasión, la cuerda del yoyó de Ladybug lo había detenido a escasos centímetros del suelo.
Qué increíble golpe de suerte.
–Vale..., van dos –dijo, apuntándolo también. Se le ocurrió una idea–. También me caí desde el trineo de Santa Clavos. Dos veces –recordó con cierta alarma.
–Sí, pero solo en uno de esos casos el impacto habría sido mortal –matizó Plagg.
–¿Cómo lo sabes? ¿Y si has contado solo una vida y no dos, cuando en realidad...?
–Solo la primera vez, Adrián, hazme caso. Cuando estás a punto de morir lo noto en las entrañas.
–¿Qué es exactamente lo que notas?
–Que mi portador es absorbido por una poderosa espiral de destrucción y oscuridad. Hasta que llega Ladybug y su magia tira de ti para traerte de vuelta. Y eso solo sucedió una vez la noche de la pelea contra Santa Clavos.
–Vale –suspiró Adrián–, ya llevamos tres.
–Anota Tormentosa.
–¿Tormentosa?
–Y el rayo que estuvo a punto de freírte.
–Oh, claro. Y el autobús.
–No, el autobús no. El traje habría absorbido la mayor parte del impacto.
Adrián se frotó los ojos con cansancio.
–Van cuatro –murmuró–. ¿Cuál es la quinta? ¿Antibug?
–Antibug no te habría dejado caer.
–¿Cómo lo sabes?
–Porque Ladybug no estaba transformada y su buena suerte no te afectaba. Si hubiese existido alguna posibilidad de que Chloé te hubiese lanzado al vacío, lo habría hecho.
Adrián se quedó mirándolo.
–¿Quieres decir que eres como una especie de Ley de Murphy con bigotes? ¿Que si algo me puede salir mal... saldrá mal?
Plagg le dedicó una larga sonrisa.
–Ya lo vas entendiendo.
El chico suspiró y volvió a su lista.
–Acabemos con esto ya. ¿Cuándo perdí la última vida que me falta?
–Glaciator.
Adrián hizo una pausa. Aquella noche le traía recuerdos dolorosos, pero se esforzó por evocarla con detalle.
–¿Cuando Ladybug me recogió en su red?
–No, eso no habría sido una caída mortal. Pero el impacto de los proyectiles de Glaciator sí te habría transformado en helado, y ella detuvo uno que te habría acertado de lleno.
Adrián asintió y repasó su lista. Ahora que lo pensaba, estaba seguro de que había estado en peligro muchas veces más.
–¿El tiranosaurio?
–Te habrías apartado a tiempo. Tus extraordinarios reflejos son también un poder especial, porque yo no solo te otorgo mala suerte, ¿sabes?
A pesar del cansancio y la falta de sueño, Adrián quiso repasar una por una todas las situaciones que podrían haberle hecho perder la penúltima vida. Pero Plagg siguió insistiendo en que ninguna de ellas lo había puesto en peligro mortal. Por fin, el chico dejó caer el bolígrafo con un suspiro.
–Tengo que haber perdido ya seis vidas, Plagg. ¿Qué otra explicación encuentras a lo de las pesadillas?
–Que te has tomado demasiado a la tremenda lo que pasó con Gorgona, eso es todo. Seguro que se te pasará con el tiempo y volverás a roncar por las noches como un bendito.
Adrián sacudió la cabeza.
–Te digo que no es normal. –De pronto se le ocurrió una idea y se quedó muy quieto–. ¿Y si perdí mi sexta vida y ninguno de los dos nos dimos cuenta? –preguntó por fin.
–¿De qué estás hablando? –replicó el kwami, un poco ofendido–. ¿Cómo vas a perder una vida sin que yo me entere?
–Me han pasado muchas cosas como Cat Noir que yo no recuerdo. Todas las veces que me han hechizado... La Marionetista, Despear Bear, Princesa Fragancia, Malediktator... Cupido Oscuro –añadió con un ligero rubor–. ¿Y si morí durante una de esas batallas y nadie me lo dijo? Ladybug nunca me cuenta lo que hago cuando... no soy yo.
–Porque no quiere avergonzarte –respondió Plagg–. Pero yo sí me acuerdo de todo. ¿No te fías de mí? –protestó al ver que Adrián no parecía muy convencido.
–Tengo que preguntarle de todos modos –decidió Adrián. De pronto sentía que no podía seguir teniendo aquellos agujeros en su memoria. Necesitaba saber.
–Vale, no te fíes de mí –protestó Plagg–. Habla con ella si quieres, pero ya verás como tengo razón.
El día fue espantosamente largo y pesado. Adrián tenía muchísimo sueño, no se concentraba en clase y se movía con lentitud y cierta torpeza.
–Debo de estar incubando un resfriado –le dijo a Marinette cuando ella se interesó por su salud–. No es nada grave, no te preocupes.
Pero se durmió en clase de la señorita Mendeleiev. Por suerte para él, ya que la profesora lo despertó antes de sufrir una nueva pesadilla. La compasiva señorita Bustier probablemente lo habría dejado dormir, y si lo hubiesen asaltado los malos sueños delante de todos habría tenido que dar demasiadas explicaciones.
Las clases se interrumpieron antes de tiempo por una alerta de akuma, y Adrián no supo si preocuparse o alegrarse. Podría ver a Ladybug antes de lo que había calculado, pero no se sentía en condiciones de luchar contra un supervillano. Estaba demasiado cansado.
Pero la fortuna lo favoreció por una vez. Porque se trataba de una falsa alarma, y cuando él y Ladybug llegaron al lugar de los hechos descubrieron que una anciana había llamado a la policía porque decía que el parque estaba lleno de pequeños monstruos destructores, «como aquella vez que pusieron patas arriba toda la ciudad». Pero había resultado ser un cumpleaños infantil con fiesta de disfraces incluida.
–La policía debería comprobar estas cosas antes de activar la alerta –comentó Ladybug, contrariada.
El teniente Raincomprix se envaró.
–No podemos correr riesgos –se defendió–. Los últimos akumas han sido especialmente peligrosos, y cuanto antes iniciemos el protocolo, antes volverá todo a la normalidad.
Ladybug suspiró, y Cat Noir la miró con simpatía. Para que «todo volviera a la normalidad», dos adolescentes debían dejar lo que estuviesen haciendo y correr a derrotar a un supervillano. Y esto sucedía al menos una vez a la semana.
–Milady –dijo cuando ella ya se marchaba–. ¿Puedes quedarte un rato más? Tengo que hablar contigo.
Leyó en su expresión que iba a negarse.
–Es importante –insistió–. Por favor.
Ladybug dudó un instante, y asintió por fin.
Se elevaron hasta uno de sus tejados favoritos, desde donde tenían una magnífica vista de la torre Eiffel, y se acomodaron allí.
–¿Y bien? –preguntó entonces ella–. ¿De qué querías hablar? –Reparó entonces en el aspecto de su compañero y añadió, un poco preocupada–: Oye, tienes mala cara. ¿Te encuentras bien?
Él se revolvió el pelo con un suspiro de cansancio.
–Sí, no es nada. Mucho trabajo en el colegio, ya sabes. Quería preguntarte... ¿recuerdas cuando fuimos a la tele, al programa de Nadja Chamak? –Ladybug asintió–. ¿Te acuerdas de las fotos que nos enseñó? ¿La del... beso? –concluyó, ruborizándose.
Ella desvió la mirada, incómoda.
–Sí, bueno, mira, ya te dije que lo hice solo para salvarte, ¿vale? Sé que no hemos hablado de eso en concreto, pero debes tener muy claro que no significa...
–No me refiero a eso –cortó él–. Ya sé lo que significa y lo que no, es solo... que no lo recuerdo.
Ladybug abrió mucho los ojos.
–¿No pretenderás... repetirlo?
–¿¡Qué!? ¡No, ni hablar! No si tú no quieres –añadió.
–¡Claro que no quiero! –Ladybug se puso en pie–. Me parece que no tenemos más que hablar, Cat Noir –dijo con frialdad, pero con una sombra de tristeza en su expresión.
Él la retuvo por la mano.
–Por favor, quédate. Sé que te he hecho sentir incómoda y te pido disculpas, pero por favor, escúchame. No es esto de lo que quiero hablar. Es sobre... todas las cosas que no recuerdo. De todas las veces que me han hechizado.
Ella lo miró un momento, evaluándolo.
–No ha habido más besos –clarificó.
–Lo sé –respondió él con tristeza–. Pero siguen siendo huecos en mi vida que no sé cómo llenar. Y ya empiezan a ser demasiados, y necesito saber... si alguna vez mis acciones... han tenido consecuencias... graves.
Ladybug se sentó de nuevo a su lado.
–¿Consecuencias? –repitió.
–Todas esas veces que me han hechizado has tenido que pelear contra mí. Por suerte has ganado siempre, pero me preguntaba...
–¿Si me has hecho daño? –preguntó ella con suavidad.
Cat Noir alzó la cabeza, sorprendido. Se preguntaba más bien si era Ladybug quien le había hecho daño a él. Pero los ojos de ella lo miraban con una extraña emoción iluminando el fondo de sus pupilas.
–¿Lo preguntas por el Cataclysm? –añadió Ladybug, y él se quedó absolutamente horrorizado.
–¿El... Cataclysm? –repitió–. ¿Me estás diciendo que he utilizado el Cataclysm... contra ti?
–¡No eras tú mismo! –se apresuró a responder ella–. Y no me alcanzaste ninguna de las veces, así que...
–¿Ninguna de las... veces? ¿Ha habido más de una?
–¡Solo dos! ¡Y estabas hechizado! Sé que tú nunca...
Se detuvo un momento y contempló a su compañero, que temblaba junto a ella, con el rostro pálido y los hombros hundidos. Le colocó una mano sobre el brazo, tratando de calmarlo.
–Sé que jamás me harías, daño, Cat Noir –le dijo con suavidad.
Él alzó la cabeza para mirarla.
–Podría haberte matado –musitó con voz rota–. Y nadie habría podido traerte de vuelta.
–Tú no eres así –le aseguró ella–. Los akumas te han afectado de muchas formas, y a menudo te han obligado a hacer cosas en contra de tu voluntad... no todas malas –añadió con una sonrisa–. Malediktator, por ejemplo, te convirtió en un gato y eras bastante mono.
–¿De verdad?
Ladybug le tomó el rostro con las manos.
–Pero no eras tú –concluyó–. Sé cómo eres, y cómo reaccionas cuando tomas tus propias decisiones. Me amenazaste con el Cataclysm cuando estabas bajo la influencia de Cupido Oscuro porque antes me habías protegido de sus flechas. Tu primer instinto fue hacer de escudo y recibir ese disparo en mi lugar.
Cat Noir no podía dejar de mirarla.
–Te amenacé con el Cataclysm y aun así... me besaste... para salvarme –musitó.
Los ojos de ella se humedecieron.
–Para recuperarte, porque ese no eras tú –le recordó–. Sé que eres un héroe y que arriesgas tu vida para protegerme. Como el otro día, con Gorgona. O el día de Timebreaker.
Cat Noir tardó un poco en procesar lo que acababa de decir. Pestañeó.
–¿Time.. breaker? ¿La patinadora? –reflexionó–. Pero recuerdo esa batalla porque ella no me hechizó, y no me suena que...
Ladybug suspiró.
–¿Recuerdas que había dos villanas... y que yo tenía también una doble?
–Sí, era un efecto extraño –respondió él, animándose de pronto–. Pero no puedo decir que no me gustara.
Ladybug reprimió el impulso de poner los ojos en blanco.
–La segunda Ladybug venía del futuro –aclaró.
Ante el creciente asombro de Cat Noir, le contó todo lo que había pasado: cómo habían luchado contra Timebreaker, cómo la villana había estado a punto de extraer toda la energía de Ladybug y cómo Cat Noir se había interpuesto entre ambas, sacrificándose para salvar a su compañera.
–Y empezaste a desaparecer entre mis brazos –musitó ella, con la voz tomada por la emoción–. Luego Timebreaker pudo viajar al pasado con la energía extra que había acumulado, y me arrastró con ella... y llegamos justo antes de que el akuma se manifestara por primera vez. Pero no pudimos impedir que Alix fuese demonizada, y por eso había dos Timebreakers... y después apareciste tú...
–Y me dijiste que mi vida estaba en juego, pero no lo comprendí –recordó Cat Noir de pronto.
–Y tú hiciste un chiste estúpido sobre tus siete vidas.
«No tan estúpido», pensó Cat Noir tragando saliva.
Pero no lo dijo en voz alta, porque de momento había decidido guardarse para sí mismo todo lo que Plagg le había revelado la noche anterior.
–Entonces... ¿venías de un futuro en el que yo estaba... muerto?
–Sí –susurró ella–. Supongo que lo revertimos al retroceder en el tiempo, y cuando ganamos la batalla y todo volvió a la normalidad, la segunda Ladybug desapareció también.
–¿La que venía del futuro?
–No –respondió la superheroína, frunciendo el ceño–. No, esa era yo. Porque si no, no recordaría todo lo que pasó.
–Entonces me salvaste la vida –concluyó Cat Noir en voz baja.
–No, me la salvaste tú a mí. Yo solo retrocedí en el tiempo hasta un momento en el que eso aún no había sucedido. Así que técnicamente..., quizá ni siquiera llegaste a morir.
Cat Noir inspiró hondo.
–Por eso no puedo recordarlo.
–Porque no pasó.
–Sí que pasó, quizá en una realidad alternativa. Porque tú lo viviste y lo recuerdas, pero yo... no estaba allí. Una versión de mí mismo, tal vez, pero me pregunto si eso no bastaría...
–Cat Noir.
Él volvió a la realidad y descubrió que su compañera lo miraba con una sonrisa cargada de simpatía.
–No le des más vueltas, ¿vale? Todo salió bien, estamos aquí, y a salvo. No te reprocho nada de lo que hayas hecho mientras estabas hechizado porque sé que tú no eres así. Y te traeré de vuelta todas las veces que haga falta.
El muchacho tragó saliva, sin saber muy bien qué decir. Deseaba poder disfrutar del afecto de Ladybug, porque ella raras veces lo mostraba, pero una espantosa sensación de abatimiento se había apoderado de su corazón.
Porque ahora sabía que Timebreaker le había arrebatado la vida que le faltaba.
Que había perdido seis hasta el momento.
Y que, tal como había temido, las pesadillas eran una advertencia de que ya solo le quedaba una.
–¿Te encuentras bien? –le preguntó Ladybug, preocupada.
–Sí –murmuró él. Trató de sonreír–. Sí, no es nada. Solo necesito descansar un poco.
Por alguna razón se resistía a compartir con su compañera todo lo que estaba averiguando en las últimas horas.
–Tienes que cuidarte más –respondió ella–. Te necesito en plena forma para luchar contra los villanos.
Le sonrió con cariño, y todas las dudas de Cat Noir se disiparon al instante.
Encontraría una solución a las pesadillas. Buscaría la manera de revertir la maldición del anillo o de multiplicar sus vidas como en un videojuego. Pero seguiría a su lado para luchar por ella, para protegerla, pasara lo que pasase.
Y lo haría sin su ayuda, porque la tarea de Ladybug era demasiado importante como para que él la distrajera con preocupaciones que debía resolver solo.
